IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Miguel Núñez • 2 febrero, 2026
El pecado no destruye de golpe; embrutece gradualmente hasta que el creyente actúa como un pagano. La historia de David con Betsabé lo ilustra con claridad devastadora: el hombre conforme al corazón de Dios, el rey escogido para tipificar el reinado de Cristo, se convirtió en adúltero y asesino premeditado. El pastor Miguel Núñez señala que esta no fue una aventura romántica sino un abuso de poder contra Betsabé, contra su padre Eliam y contra su esposo Urías, dos de los treinta hombres más valientes y leales a David.
La caída no comenzó aquella noche en el terrado. David ya había acumulado siete esposas y once concubinas; dieciocho mujeres no pudieron saciar su lujuria. Cuando se quedó en Jerusalén en lugar de ir a la guerra con sus hombres, las prioridades ya estaban invertidas. Al ver a Betsabé, violó el décimo mandamiento al codiciarla; al tomarla, el séptimo; al mentir para encubrir el embarazo, el octavo. Y cuando ningún engaño funcionó, planeó fríamente el asesinato de Urías, enviándolo al frente de batalla con su propia sentencia de muerte en las manos.
El contraste con José resulta elocuente: tentado día tras día por la esposa de Potifar, rehusó porque temía pecar contra Dios. Urías mismo, un extranjero convertido, mostró más integridad que el rey de Israel al negarse a disfrutar mientras sus compañeros sufrían en el campo de batalla. El pecado ciega, nubla la mente y lleva a amar las pasiones por encima del amor a Dios. Esta es la primera parte del mensaje; la segunda mostrará al Dios que devuelve a la razón.