Integridad y Sabiduria
Sara nos enseña sobre la paciencia

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Mujer e identidad

Sara nos enseña sobre la paciencia

Sandra J. Viau Majluta 30 junio, 2020

Vivimos en una generación poco habituada a esperar. Lo que antes requería un proceso hoy se resuelve con un clic: desde calentar la comida hasta comprar un tiquete de avión. Esta cultura de la inmediatez ha generado personas estresadas, angustiadas y, con frecuencia, enfermas en cuerpo y alma. En ese contexto, la Palabra de Dios viene a desafiarnos con una verdad contracultural: «Mejor es el lento para la ira que el poderoso, y el que domina su espíritu que el que toma una ciudad» (Prov. 16:32).

Dios está profundamente interesado en transformar nuestro interior. Sabe que construir un carácter paciente, fiel y piadoso toma tiempo, y que la espera es precisamente el aula donde aprendemos a confiar en su amor, su sabiduría y su poder. La vida de Sara es, en ese sentido, una de las más instructivas del Antiguo Testamento.

Sara: virtudes y caídas de una mujer en proceso

Sara era hermosa en su apariencia —«Eres una mujer de hermoso parecer» (Gén. 12:11)—, pero el apóstol Pedro la cita como modelo no por su belleza exterior, sino por la interior: «Que el adorno de ustedes no sea el externo: peinados ostentosos, joyas de oro o vestidos lujosos, sino que sea el yo interno con el adorno incorruptible de un espíritu tierno y sereno, lo cual es precioso delante de Dios» (1 Ped. 3:3-4). Ella esperaba en Dios y honraba a su esposo (1 Ped. 3:5-6). Hasta ahí, un retrato admirable.

Sin embargo, sus debilidades y caídas son igualmente reveladoras. Cuando los años pasaron sin que la promesa se cumpliera, Sara tomó el control. Entregó a su sierva Agar a Abraham para que fuera el instrumento humano de una promesa divina —una práctica culturalmente aceptada en la antigüedad—, pero al hacerlo desató consecuencias inmediatas y a largo plazo que se extienden hasta nuestros días (Gén. 16:3). Obró sin consultar a Dios en oración (Sal. 25:4-5). Permitió que la amargura opacara su espíritu apacible al ser burlada por Agar, respondiendo con dureza en lugar de hacerlo con bendición (Mt. 5:44; 1 Ts. 5:15). Y, como Eva antes que ella, culpó a Abraham por lo que había sido su propia iniciativa (Gén. 16:5).

Estas caídas no están registradas para avergonzarla, sino para advertirnos: el corazón humano, cuando se llena de temor y ansiedad, puede brotar en decisiones que parecen razonables pero que se alejan del camino de Dios. «Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, porque de él brotan los manantiales de la vida» (Prov. 4:23). Y a la vez, el corazón «es más engañoso que todas las cosas» (Jer. 17:9).

La tentación de «ayudar» a Dios

Quizás usted también tiene anhelos que ha presentado a Dios en oración y ha visto pasar el tiempo sin recibir respuesta. Quizás en esa espera el miedo o la amargura han comenzado a instalarse, y ha empezado a pensar que ya es hora de tomar cartas en el asunto. Quizás el desaliento amenaza con apagar su fe. La historia de Sara nos llama a no ceder ante esa tentación.

Hay algo esperanzador en este relato: Dios no acortó su bondad a pesar de las debilidades de Sara. La siguió sosteniendo, siguió siendo fiel a su promesa y siguió obrando en su vida. Sara fue transformada de una existencia que desconocía al Dios verdadero —pues sus orígenes la habían llevado a adorar dioses paganos— a una vida piadosa y llena de fe. Su risa de incredulidad cuando le fue anunciado el embarazo (Gén. 18:12) se convirtió en risa de gozo y gratitud cuando sostuvo a Isaac en sus brazos.

Lo más esperanzador de la vida de Sara es ver su proceso de maduración espiritual, al punto de que su vida nos reta a caminar por la fe y a esforzarnos en conocer de un modo cada vez más personal al Dios Vivo y Verdadero que promete, cumple y honra la fe de sus hijos.

Creerle a Dios sigue siendo suficiente

El testimonio definitivo de Sara aparece en Hebreos: «También por la fe Sara misma recibió fuerza para concebir, aun pasada ya la edad propicia, pues consideró fiel al que lo había prometido» (Heb. 11:11). La clave no fue su perfección, sino su convicción de que Dios es fiel. Cuando le tomamos la palabra a Dios y le creemos, recibimos lo que ninguna estrategia humana puede producir.

Si en este momento su fe se siente pequeña, la Escritura también tiene una respuesta para eso: «Creo; ayúdame en mi incredulidad» (Mr. 9:24). Pedir a Dios que aumente la fe no es señal de debilidad, sino de honestidad y dependencia. Y a ese Dios al que acudimos no le piden cosas demasiado grandes: «Aquel que es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros» (Ef. 3:20), es el mismo que cumplió su promesa a Sara cuando todo parecía imposible. Porque para Él, nada lo es (Lc. 1:37).

Sandra J. Viau Majluta

Sandra J. Viau Majluta

Sandra J. Viau Majluta es sierva escogida desde la eternidad y salva por gracia desde su infancia. Consejera y psicóloga familiar, dedicada a ser instrumento de Dios para restaurar mujeres heridas. Miembro de la IBI por más de veinte años. Madre de dos jóvenes.

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