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10 cosas que debes saber sobre la consejería pastoral
10 cosas que debes saber sobre la consejería pastoral

Foto de Mizuno K en Pexels

Iglesia y ministerio

10 cosas que debes saber sobre la consejería pastoral

12 julio, 2016

Muchas personas se apartan de la consejería basada en la Biblia porque suponen que la Escritura es una colección de instrucciones simples sobre el comportamiento, incapaz de hacer frente a la profundidad y complejidad de la experiencia humana. Sin embargo, quienes así piensan no han tomado en serio lo que la Biblia realmente es: una perspectiva viva, rica y multifacética sobre la vida en un mundo dinámico. Basta leer el Salmo 119 para contemplar una imagen persistente y profunda de cómo la Escritura actúa en los remolinos que se forman en la vida.

Hay diez cosas que todo cristiano debería conocer sobre la consejería bíblica —diez verdades que, tomadas en conjunto, ofrecen una visión equilibrada, esperanzadora y profundamente arraigada en el Evangelio.

La Biblia y la vida humana: una visión tridimensional

La mejor consejería usa la Escritura como Dios la diseñó: no de manera unidimensional, sino tridimensional, capaz de hacer frente a los muchos factores de la vida, desde la dinámica relacional y la autopercepción hasta las dificultades circunstanciales. La Biblia nos deleita incluso mientras nos instruye; desafía los compromisos básicos de nuestros corazones, al mismo tiempo que levanta nuestra perspectiva por encima de nuestros dolores.

Del mismo modo, honramos la vida humana cuando la reconocemos tal como Dios la ha establecido. Las personas no solo piensan; también quieren y desean. Necesitan que sus mentes sean instruidas, pero también que sus corazones sean capturados. Deben tomar nuevas decisiones, pero también necesitan ver con claridad lo que esas elecciones producirá en ellas. Necesitan ayuda para entender cómo sus pensamientos privados afectan la manera en que se relacionan con quienes les son cercanos, o cómo los eventos del pasado moldean sus suposiciones sobre el futuro. La consejería bíblica conecta esos puntos, ayudando a las personas a entenderse mejor a sí mismas a la luz de lo que la Escritura dice, y mostrando la amorosa autoridad de Cristo sobre cada dimensión de la vida humana.

Capacidad y humildad: una paradoja necesaria

Aquí emerge una paradoja central: todo cristiano es, a la vez, más capaz y menos capaz de lo que cree.

Por un lado, un cristiano con una Biblia viviente y el Espíritu de Dios habitando en él es una herramienta poderosa para el cambio. No existe un «súperayente» que sepa automáticamente qué decir ante cualquier problema. Pero eso no significa que debas huir de las complejidades de la vida de otro. Si Dios te ha dado su Palabra y su Espíritu habita en ti, hay mucho más que puedes hacer de lo que tú mismo te has dado cuenta. Tu primer impulso no debe ser evitar el desastre ajeno, sino servir en medio de él.

Por otro lado, la humildad es la mejor protección contra el daño cuando nos involucramos en situaciones delicadas. Conocer la Biblia no garantiza que se pueda aplicarla con sabiduría en cada situación compleja. El apóstol Pablo ora precisamente por esto: que el amor abunde «en conocimiento verdadero y en todo discernimiento, a fin de que escojan lo mejor» (Fil. 1:9-10). A veces, lo más sabio es animar a la persona en dificultad a buscar a alguien más capacitado. Esto no significa guardar silencio; significa ser «pronto para escuchar y tardo para hablar» (Stg. 1:19).

La humildad es la mejor protección de herir a alguien cuando nos envolvemos en una situación delicada.

El problema como puerta, Cristo como centro

La naturaleza de la consejería es que las personas acuden solo cuando están luchando con un problema. Eso es completamente legítimo, y el consejero debe respetar y escuchar con detenimiento ese problema. Sin embargo, la consejería no está centrada en el problema, sino en Cristo.

La atención debe fijarse en Jesucristo y en cómo el corazón de la persona debe responder a Él en medio de sus dolores. La consejería no trata principalmente de resolver problemas —aunque eso ocurra con frecuencia—, sino de reorientar la adoración: de las cosas creadas al Creador, mediante el Evangelio de Jesucristo. La pregunta más importante no es «¿cómo me recupero?», sino «¿qué está adorando mi corazón?». Debajo de la promiscuidad puede haber un anhelo de seguridad no resuelto; debajo de un conflicto conyugal por las finanzas puede haber un miedo al fracaso que tiene estrangulada la vida del hogar. El corazón, diseñado para adorar a Dios, busca su identidad en otros lugares.

Esto también significa que la consejería es, en principio, para todo cristiano —ninguno de nosotros puede navegar este mundo marcado por la futilidad sin la ayuda de otros—, pero no es necesariamente la respuesta universal a toda dificultad. Los medios ordinarios de gracia —la predicación de la Palabra, la comunión de la iglesia y la oración— mantienen a muchos creyentes lúcidos y firmes durante largas temporadas. La consejería no es el ideal universal para todos, ni tampoco una señal de fracaso espiritual; es una herramienta para un momento específico, limitada en el tiempo y orientada hacia la madurez. Los buenos consejeros, de hecho, buscan quedarse sin trabajo.

La esperanza que el Evangelio produce

Jesús no abandona a nadie en las complejidades de la vida. Él mismo advirtió que en este mundo tendríamos aflicciones, pero añadió: «¡Ánimo! Yo he vencido al mundo» (Jn. 16:33). La promesa del Evangelio no es una salida fácil a los problemas, sino algo más profundo: la capacidad de insertar una virtud extraña en el sufrimiento. La paz de conocer a Dios como adorador transforma toda la dinámica de la vida de una persona.

El Evangelio de Jesucristo ha transformado a innumerables personas —adictos, prostitutas, abusivos, orgullosos— en adoradores del único y verdadero Rey. No hay nada como una vida transformada que nos lleve a pensar con asombro: el Evangelio realmente funciona.

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