Integridad y Sabiduria
El amor de Dios es eterno

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Teología y doctrina

El amor de Dios es eterno

Anny Mañón de Mirabal 23 febrero, 2021

En medio del confinamiento, la incertidumbre, el aislamiento y las pérdidas, muchos descubrieron algo que no esperaban: una fuente permanente de aguas a las que podían acercarse continuamente. Aguas que, en la sequía del alma, daban vigor y esperanza; fuerzas renovadas para continuar perseverando en la carrera de la fe. La crisis no acortó el brazo de Dios para extender misericordia y gracia hacia todo aquel que le buscaba. Por el contrario, en medio de todo aquello, el enfoque comenzó a desplazarse de lo temporal hacia lo eterno.

Es desde ese lugar —de sed profunda y experiencia vivida— que surge la invitación a detenerse y reflexionar en una promesa que lo cambia todo: «Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia» (Jer. 31:3).

La eternidad de Dios y la profundidad de su amor

Para comprender la fuerza de esta promesa, es necesario detenerse en el concepto de eternidad tal como las Escrituras lo presentan. El término hebreo olam hace referencia a un tiempo escondido o distante, ya sea en el pasado o en el futuro. El término griego aion, por su parte, connota la idea de una prolongación en el tiempo sin límite definido. Ambas palabras apuntan a lo mismo: duración sin principio ni fin, infinitud que no está sujeta a las restricciones del tiempo.

La eternidad de Dios no es simplemente una característica abstracta; está expresada a lo largo de toda la Escritura. En Apocalipsis 1:8, el Señor mismo declara: «Yo soy el Alfa y la Omega, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso». Para nosotros, seres limitados por el tiempo, esta afirmación resulta difícil de abarcar con la mente. Y sin embargo, la Biblia une este atributo —la eternidad— directamente al amor de Dios hacia su pueblo.

Cuando Jeremías 31:3 dice «con amor eterno te he amado», el mensaje es claro: Dios ha amado a su pueblo desde antes que existiera el tiempo, y lo amará más allá de todo tiempo. Su amor no comenzó con una decisión circunstancial ni cesará cuando las circunstancias cambien. No es un amor que responde a nuestra conducta, sino uno que surge de la esencia misma de quien Dios es. Como afirma 1 Juan 4:8: «Dios es amor». El amor no es simplemente uno de sus atributos; es su misma naturaleza.

Un amor demostrado, no solo declarado

Lo que distingue al amor de Dios de cualquier concepto humano de amor es que no quedó en palabras. Fue demostrado de forma concreta e irrevocable en la historia: «En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó a nosotros y envió a Su Hijo como propiciación por nuestros pecados» (1 Jn. 4:10). El amor de Dios no depende de nosotros; depende de Dios mismo. Y fue precisamente cuando no lo merecíamos que quedó consumado: «Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros» (Ro. 5:8).

Es a través de Cristo que este amor —tan vasto que desborda toda categoría humana— se vuelve tangible y personal. Por eso el apóstol Pablo oraba por los creyentes con estas palabras: «…de manera que Cristo habite por la fe en sus corazones. También ruego que arraigados y cimentados en amor, ustedes sean capaces de comprender con todos los santos cuál es la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que sobrepasa el conocimiento, para que sean llenos hasta la medida de toda la plenitud de Dios» (Ef. 3:17-19).

Cuatro dimensiones. Un amor que rodea, cubre y sostiene por todas partes, sin que exista cosa alguna que pueda separarnos de él.

Dios mismo es eterno, y Dios es amor; por tanto, como Él no tuvo principio, tampoco su amor lo tiene. Este concepto trasciende el alcance de nuestra mente finita. Sin embargo, cuando no podemos comprender, podemos adorar.

Conocer a Dios: una búsqueda activa, no pasiva

Descansar en la fidelidad de Dios no significa cruzarse de brazos. Implica una búsqueda intencional y activa. El conocimiento genuino de su amor eterno produce fruto concreto: primero, un amor de respuesta hacia Él; luego, un amor desbordado hacia el prójimo, a imagen de la manera en que Él nos ama. «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente… y amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt. 22:37-38). Podemos amar así precisamente porque Él nos amó primero.

Este amor se cultiva. Se busca. Se nutre pasando tiempo con Dios, hablándole en oración, adorándole por lo que Él es, leyendo su Palabra para conocer su carácter y sus obras. Se expresa en obediencia, pues como afirma 1 Juan 5:3, si le amamos, le obedeceremos. Implica disciplina —incluso del cuerpo, como lo hace un atleta (1 Co. 9)— y la disposición de dejar la comodidad para ir al encuentro diario con el Amado Eterno.

Arraigados y cimentados en este amor, junto a todos los santos, el creyente puede enfrentar la incertidumbre no con resignación, sino con la certeza firme de que nada —absolutamente nada— puede separarlo del amor eterno de Dios.

Este artículo es material producido y creado por el equipo del ministerio de mujeres de la Iglesia Bautista Internacional, Ministerio Ezer.

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal

Anny Mañón de Mirabal es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el Cuerpo de Consejeros, el Ministerio de Discipulado Matrimonial y el ministerio de mujeres Ezer. Es hija de Dios por Su gracia durante casi 25 años. Egresada del Instituto Integridad & Sabiduría, está casada con Justo Mirabal Díaz, es madre de tres y abuela de cinco.

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