IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
«Aquí está la perseverancia de los santos, los que guardan los mandamientos de Dios y la fe de Jesús» (Ap. 14:12). Este versículo nos plantea una pregunta directa e ineludible: ¿estamos perseverando? No en el sentido de una vida sin tropiezos, sino en el sentido bíblico de mantenernos firmes, con la mirada puesta en Cristo, a pesar de las dificultades que nos rodean.
Han sido tiempos de prueba en muchos frentes: en el matrimonio, en la crianza de los hijos, en la salud, en lo económico y hasta en el duelo. Circunstancias que nos han obligado a examinar la solidez de nuestra fe. Solo a través de la gracia de Dios es posible mantener la paz y el equilibrio que estos tiempos demandan. Por eso vale la pena detenerse y preguntarse con honestidad: ¿estás perseverando? ¿Sientes cada día más pasión y deseo de crecer en Cristo, o el desánimo, las dudas y el temor han comenzado a ganar terreno en tu corazón?
Perseverar se parece a correr una carrera con subidas, bajadas y caminos pedregosos, bajo un sol que invita a rendirse. Lo que impulsa al corredor a continuar no es su propia fuerza, sino el deseo de alcanzar la meta. En términos bíblicos, perseverar significa soportar con fortaleza las dificultades, mantenerse constante y no abandonar la fe.
El Señor ha provisto su gracia precisamente para los momentos de aflicción, prueba y tentación. Cuando las fuerzas faltan, cuando la fe parece debilitarse o cuando el pecado de la amargura y el descontento amenaza con apoderarse del corazón, es su gracia —y solo ella— la que sostiene. Esta gracia es multiforme: tiene poder sobre el pecado (Rom. 6:10-11), nos da acceso pleno a la presencia de Dios (Ef. 3:11-12) y nos regala salvación y vida eterna (Jn. 3:36).
Una pregunta que revela si alguien ha comprendido verdaderamente la gracia es esta: ¿Por qué piensas que eres salvo? La respuesta no es «porque levanté la mano en un culto» ni «porque un día hice una oración», sino: porque sin merecerlo, el Señor murió por mí y tomó mi lugar en la cruz. Solo por su gracia he sido salvo (Rom. 3:24). Quien no entiende la salvación por gracia tendrá inevitablemente una idea incompleta de Dios. Es Cristo quien llama, busca, salva, guarda y mantiene perseverando a su pueblo mediante su obra redentora.
Conocer la gracia no es suficiente si no identificamos aquello que nos aleja de ella. Hay al menos tres peligros que debemos reconocer con honestidad.
El primero es la falta de obediencia. El mundo y sus preocupaciones van ahogando la Palabra de manera sutil e imperceptible. Cuando se desprecia el don de la gracia y no se busca avanzar en obediencia, la perseverancia se detiene.
El segundo es la ausencia de transformación. Cuando los hábitos pecaminosos no cambian con el paso del tiempo, eso evidencia que el corazón no se ha ido conformando a la imagen de Cristo. Una vida sin crecimiento espiritual no muestra las marcas de quien ha sido redimido por la sangre de Cristo.
El tercero es acomodarse al pecado, lo que produce endurecimiento, frialdad y sequía espiritual. A esto se le llama hipergracia: vivir sin preocupación por el pecado ni por el arrepentimiento, como si la gracia fuera una licencia para permanecer en la vieja naturaleza. Ante este peligro, la respuesta bíblica es el autoexamen, el arrepentimiento genuino y la oración. Pablo y Bernabé les recordaban a los seguidores de Cristo precisamente esto: perseverar en la gracia de Dios (Hch. 13:43).
El perseverar no es como una vacuna, sino como una terapia que nos acompaña todo el tiempo hasta que lleguemos al cielo. —John Piper
La perseverancia no es un logro puntual; es un camino continuo. Algunas orientaciones concretas para transitarlo:
Primero, examina si tu fe es genuina. ¿Has experimentado un arrepentimiento verdadero? Una fe secreta es una fe superficial; confesar a Cristo públicamente es parte esencial de la vida cristiana. Segundo, busca a Dios de manera intencional a través de la oración y la Palabra, predicándote el evangelio a ti mismo cada día. Tercero, permanece sensible a la voz del Espíritu Santo y cuida tu alma del deterioro que produce el endurecimiento. Como pedía el salmista: «No me dejes desviar de tus mandamientos» (Sal. 119:10).
Además, la perseverancia no es una batalla solitaria. Es un proyecto de comunidad. Hay hermanos y hermanas en la fe que pueden acompañarte a crecer en el conocimiento de Cristo, exhortarte y animarte en el camino (1 Ts. 5:11). No hay que pelear solos. Y cuando vengan las dificultades —porque vendrán—, la respuesta no es detenerse, sino correr más cerca de la Palabra. Ella sustenta.
Cuando la fe es superficial, la vida se llena de lo banal. Dios se vuelve pequeño en nuestras conversaciones y en nuestras decisiones cotidianas. Pero una fe genuina pregunta constantemente: ¿qué honraría a Dios en esta situación? ¿Le agrada este camino que estoy tomando?
Recuerda que Dios siempre está contigo: «No temas, porque Yo estoy contigo» (Is. 41:10). Su gracia es tierna y poderosa a la vez. No exige perfección, pero sí produce en el creyente un deseo genuino de obediencia, de transformación y de permanencia en Cristo hasta el final. Eso es perseverar en la gracia.
Vilma Mata de Méndez es consejera entrenada por Faith Biblical Counseling y maestra de estudios bíblicos. Conoció al Señor durante sus años universitarios. Casada por treinta y un años con el pastor Luis Méndez, con quien tiene tres hijos. Juntos dirigen el ministerio de formación de consejeros “Juntos y Unidos”.
Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit