IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Una de las preocupaciones más persistentes del apóstol Pablo durante su ministerio era la posibilidad de haber trabajado en vano. En no menos de nueve ocasiones, Pablo expresa esa inquietud ante las iglesias a las que servía. No se trata de un temor abstracto ni de un exceso de escrúpulos: para él, trabajar en vano significaba no alcanzar el objetivo, obtener un resultado vacío, inefectivo, sin valor real —y hasta falso o pretencioso.
Esta preocupación adquiere su mayor intensidad cuando Pablo considera la posibilidad de que la vida cristiana se convierta en una gran farsa petulante en la que la gracia queda reducida a un cliché, en lugar de ser una manifestación poderosa del amor de Dios que transforma y renueva la comunión con Él. De ahí su advertencia en 2 Corintios 6:1: «Y como colaboradores con Él, también os exhortamos a no recibir la gracia de Dios en vano» (2 Co. 6:1). La gracia tiene un tiempo propicio, una puntualidad y una pertinencia; recibirla en vano es desperdiciar exactamente eso.
Pablo identifica con precisión las situaciones en que una fe aparente se revela vacía. La primera ocurre cuando el evangelio predicado para salvación no es recibido con firmeza ni retenido. En 1 Corintios 15:1–2, el apóstol escribe: «Ahora os hago saber, hermanos, el evangelio que os prediqué, el cual también recibisteis, en el cual también estáis firmes, por el cual también sois salvos, si retenéis la palabra que os prediqué, a no ser que hayáis creído en vano» (1 Co. 15:1–2). Retener implica impedir que algo se mueva, se salga o desaparezca. La preocupación de Pablo era que los corintios se hubieran deslizado fuera de la Palabra que les fue predicada.
La segunda forma de creer en vano aparece cuando los cristianos no viven vidas transformadas, acordes con el evangelio que dicen sostener. En Filipenses 2:14–16, Pablo exhorta a sus lectores a ser «irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin tacha en medio de una generación torcida y perversa», sosteniendo firmemente la palabra de vida «a fin de que yo tenga motivo para gloriarme en el día de Cristo, ya que no habré corrido en vano» (Fil. 2:14–16). La integridad de la vida cristiana valida —o desmiente— el evangelio que se profesa.
La tercera forma es ceder ante la tentación hasta debilitar la fe y la comunión con el Señor. En 1 Tesalonicenses 3:5, Pablo confiesa haber enviado a Timoteo por temor a que «el tentador os hubiera tentado y que nuestro trabajo resultara en vano» (1 Ts. 3:5). Una fe que cede sistemáticamente ante la presión del pecado termina siendo una fe sin sustancia.
Es en la carta a los Gálatas donde Pablo presiona con mayor fuerza contra una espiritualidad sin propósito. En cuatro ocasiones aborda el tema del trabajo en vano, pero la más decisiva se encuentra en Gálatas 2:20–21:
«Con Cristo he sido crucificado, y ya no soy yo el que vive, sino que Cristo vive en mí; y la vida que ahora vivo en la carne, la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí. No hago nula la gracia de Dios, porque si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo murió en vano» (Gál. 2:20–21).
El contexto es revelador: Pablo está narrando un episodio en que Pedro —e incluso Bernabé— no anduvieron «con rectitud en cuanto a la verdad del evangelio» (Gál. 2:14), una situación que el apóstol confrontó con dureza, llegando a acusar a esos apóstoles de hipocresía. La única manera de no hacer nula la gracia de Dios es recordar que la justificación por fe en Cristo Jesús nace de nuestra condición de pecadores, pero produce paz con Dios y renueva el alma para vivir en una gracia que es genuinamente eficaz.
No hago nula la gracia de Dios, porque si la justicia viene por medio de la ley, entonces Cristo murió en vano.
Por eso, permanecer en la cruz no es una opción entre varias: es el único lugar donde la fe tiene sustancia. No es algo que dependa de nosotros, sino de Su voluntad —«he sido crucificado»—. La cruz era para nosotros, no para Cristo; lo que era castigo se convierte en victoria por su gracia. Es en la cruz donde se obtiene paz con Dios (Ro. 4:25–5:1), donde se disfruta de la vida del Cristo resucitado que vive en el creyente, y donde se aprende a vivir no para los propios deseos, sino para Él. Recordar que nunca tendremos méritos suficientes para alcanzar a Dios por cuenta propia —sino solo por su obra de amor— es lo que mantiene viva y genuina la fe.
Permanecer en la cruz no es una señal de condenación, sino de salvación. Es el acto constante del creyente —pecador que sigue pecando— que invoca la sangre de Cristo para el perdón de sus pecados y el poder del Cristo resucitado para que inflame su vida con vida nueva. Una espiritualidad cristiana con propósito no es la de quien ha llegado, sino la de quien permanece: reteniendo la Palabra, sosteniendo la verdad del evangelio con integridad moral, y resistiendo la tentación desde la fortaleza de la comunión con Dios. Esa fe —y no otra— es la que no habrá creído en vano.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.
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