Statamic
Fortaleza en Cristo al servir en el campo misionero
Fortaleza en Cristo al servir en el campo misionero

Foto de Albert Stephens en Unsplash

Iglesia y ministerio

Fortaleza en Cristo al servir en el campo misionero

Katerine Genao 10 diciembre, 2021

El primer viaje misionero de Pablo es uno de los relatos más instructivos del libro de los Hechos. No solo porque documenta cómo el evangelio avanzó a través de fronteras geográficas y culturales, sino porque revela, con una claridad sorprendente, la fortaleza interior de quienes lo proclamaron. A lo largo del camino, Pablo y Bernabé enfrentaron oposición espiritual, abandono, persecución y rechazo; sin embargo, ningún obstáculo logró detenerlos. La clave no estaba en sus capacidades humanas, sino en su convicción de quiénes eran en Cristo y para qué habían sido enviados.

Hechos 13 es un capítulo completamente misionero. Desde la comisión de Pablo y Bernabé por la iglesia de Antioquía hasta su expulsión de la región de Pisidia, cada episodio ilustra cómo el llamado de Dios sostuvo a estos hombres cuando las circunstancias amenazaban con desanimarlos. Estudiar este capítulo no es simplemente ejercicio histórico; es una fuente viva de orientación para todo aquel que desea servir a Cristo con fidelidad.

Los tres principios que sostuvieron a Pablo y Bernabé

El primer principio es la identidad. Pablo y Bernabé sabían con claridad quiénes eran en relación con Dios. No actuaban como hombres que buscaban reconocimiento, sino como siervos enviados por el Señor soberano. Este fundamento los mantuvo estables cuando Elimas el mago intentó impedir que el procónsul Sergio Paulo escuchara la Palabra de Dios, cuando Juan Marcos los abandonó en Perge, y cuando los judíos de Antioquía de Pisidia los rechazaron con hostilidad. La identidad bien anclada en Cristo es la primera defensa contra el desánimo.

El segundo principio es la misión. A lo largo de Hechos 13, Pablo y Bernabé nunca perdieron de vista su encargo: proclamar el evangelio. En la sinagoga de Antioquía de Pisidia, Pablo resumió el mensaje del evangelio como el cumplimiento de las Escrituras del Antiguo Testamento. Cuando los judíos, movidos por celos, los contradijeron y rechazaron, Pablo no retrocedió; al contrario, aquel rechazo le permitió concentrarse con mayor determinación en la salvación de los gentiles, quienes «se regocijaban y glorificaban la Palabra del Señor» (Hch. 13:48). La misión no se negocia frente a la oposición.

El tercer principio es el propósito. Pablo y Bernabé estaban enfocados en lo que es eternamente valioso: las almas que aún no habían escuchado el evangelio. Este propósito claro les permitía interpretar los obstáculos como oportunidades. Que los judíos los expulsaran no era el final del camino, sino el inicio de una nueva etapa. Que Juan Marcos los dejara no paralizó su avance. El texto lo dice con elocuencia: «los discípulos estaban continuamente llenos de gozo y del Espíritu Santo» (Hch. 13:52). El propósito eterno transforma las pérdidas temporales en pasos hacia adelante.

El llamado, la consagración y la comisión

El relato de Hechos 13 también ofrece un patrón claro para quienes sienten el llamado al ministerio pero no tienen certeza de si ese llamado es legítimo. La vida de Pablo ilustra tres etapas que, si bien no son una fórmula rígida, sí proveen una guía útil.

La primera etapa es el llamado, la manera en que Dios dirige a una persona hacia el ministerio. En el caso de Pablo fue dramático y sobrenatural (Hch. 9:3-19), pero eso es la excepción. Para la mayoría de los creyentes, el llamado comienza como un deseo creciente de servir que se confirma con el tiempo y la experiencia.

La segunda es la consagración, el período de preparación. Entre el llamado de Pablo y su primer viaje misionero transcurrieron aproximadamente diez a doce años: tiempo en el desierto de Arabia recibiendo enseñanza del Espíritu (Gá. 1:11-17), tiempo en Jerusalén y en Tarso, y un año enseñando en la iglesia de Antioquía junto a Bernabé (Hch. 9:30; 12:25). Este período no fue tiempo perdido; fue el tiempo en que su vocación fue probada, profundizada y confirmada. La consagración es el espacio donde la identidad, la misión y el propósito se forjan en la intimidad con Dios.

La tercera es la comisión, el momento en que la iglesia envía. En Hechos 13:1-3, el Espíritu Santo habla por medio de los líderes de Antioquía, y la iglesia aparta y envía a Pablo y Bernabé. Esta escena enseña algo crucial: Dios trabaja por medio de su iglesia. No existen misioneros autonombrados ni posiciones autoadjudicadas. Es el Espíritu Santo quien separa y comisiona, y la iglesia quien confirma ese llamado y lo respalda. No es un título académico lo que autoriza a una persona para evangelizar o enseñar; es el Espíritu Santo obrando en y a través del cuerpo de Cristo.

No es un certificado de estudios o un título universitario que autoriza a una persona para ser evangelista, maestro o misionero. Es el Espíritu Santo quien separa y comisiona, luego la iglesia manda o confirma.

El Espíritu Santo: el poder detrás de toda misión genuina

Ninguno de estos tres principios —identidad, misión y propósito— puede sostenerse en las fuerzas humanas. El ejemplo de Pablo y Bernabé lo deja en claro: el rechazo y el maltrato no son razones para rendirse, porque no son ellos quienes llevan la carga solos. Es el Espíritu Santo quien dirige, fortalece y abre el entendimiento tanto del que proclama como del que escucha. Al evangelizar, la dependencia del Espíritu no es opcional; es la condición fundamental de toda proclamación genuina.

Pablo lo expresó con la convicción propia de quien lo vivió en carne propia: «Pero el Señor estuvo conmigo y me fortaleció, a fin de que por mí se cumpliera cabalmente la proclamación del mensaje y que todos los gentiles oyeran» (2 Ti. 4:17). Y también: «Todo lo puedo en Cristo que me fortalece» (Fil. 4:13). Estas no son frases de inspiración superficial; son el testimonio de un hombre que conocía su identidad, abrazó su misión y vivió su propósito hasta el final.

Que el Señor nos conceda esa misma entereza, determinación y pasión por buscar las almas perdidas.

Katerine Genao

Katerine Genao

Katerine Genao es arquitecta y madre a tiempo completo desde hace seis años. Por la gracia inmerecida de Dios, es cristiana desde hace veintiséis años. Sirve en su iglesia local (La IBI) como parte del equipo de liderazgo de Jóvenes Universitarios (JAD) y en el ministerio de parejas, además de colaborar como escritora para MPGD (Mujer para la gloria de Dios) y el Ministerio Ezer. Está casada con quien llama su “príncipe de resplandeciente armadura” y es madre de tres hermosos niños.

Sidebar Banner

UNETE A NOSOTROS

Lorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elitLorem ipsum dolor sit amet, consectetur adipiscing elit

Banner