IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Si alguna vez has esperado para abordar un vuelo y has mirado por las ventanas del aeropuerto, es probable que hayas notado aviones en la pista con etiquetas rojas colgando que dicen: «Remove before flight» («Retirar antes del vuelo»). Muchos las conocen como llaveros o estampados en camisetas, pero pocos saben que son señales de seguridad críticas. Se colocan en partes del avión que tienen protectores temporales que, de no retirarse, impedirán el funcionamiento correcto de sistemas esenciales para el vuelo.
Uno de esos sistemas es el tubo de Pitot: un pequeño dispositivo ubicado en el fuselaje o bajo las alas del avión que mide la velocidad aerodinámica. Aunque diminuto en comparación con el resto de la aeronave, su funcionamiento es vital. El aire que entra por su pequeño orificio proporciona al piloto información crucial sobre velocidad, temperatura y presión. Si ese orificio se obstruye —por un insecto, por ejemplo—, las consecuencias pueden ir desde un retraso en el vuelo hasta una catástrofe aérea. En febrero de 1996, un Boeing 757 que despegó de Puerto Plata, República Dominicana, se estrelló porque unas avispas bloquearon uno de sus tubos de Pitot, enviando datos erróneos al piloto. Ciento ochenta y nueve personas perdieron la vida. Un nido de avispas al lado de un avión de setenta mil kilogramos no parece una amenaza. Pero cuando logran entrar, el resultado puede ser devastador.
El sistema de tubos de Pitot es una ilustración poderosa de cómo opera el pecado en el corazón del creyente. Al principio, el pecado puede lucir tan inofensivo como una avispa que ronda el fuselaje de un avión. Pero cuando logra entrar, cuando anida en el interior, las consecuencias son igualmente catastróficas. El pecado normalmente no se ve abominable desde el principio. Aparece como algo pequeño, manejable, incluso razonable. Sin embargo, si se lo permitimos, crece, bloquea y distorsiona.
El pastor Miguel Núñez lo expresa con claridad en su artículo «Las 10 leyes del pecado»: «El pecado te llevará más allá de dónde pensabas llegar. Decimos "es que solo pienso llegar hasta aquí", o, "créeme, que esto está bajo control". Lo que estaba bajo control termina controlándote a ti. A su tiempo controlará tu corazón, y lo que controla tu corazón controlará también tus emociones y eventualmente toda tu mente. Tu vida queda sometida al pecado». El apóstol Pablo, consciente de esta dinámica, advierte con urgencia: «Por tanto, no reine el pecado en su cuerpo mortal para que ustedes no obedezcan a sus lujurias» (Rom. 6:12). Un rey no toma el poder de la noche a la mañana. Lo hace gradualmente, gano por paso. De la misma forma, el reinado del pecado en el corazón no ocurre de repente, sino poco a poco, peldaño a peldaño.
Las consecuencias del pecado también son desproporcionadas respecto a cómo luce en su inicio. Pablo preguntaba a los corintios: «¿No saben que un poco de levadura fermenta toda la masa?» (1 Cor. 5:6). El libro de Eclesiastés refuerza esta imagen: «Las moscas muertas hacen que el ungüento del perfumista dé mal olor; un poco de insensatez pesa más que la sabiduría y el honor» (Ecl. 10:1). Santiago, por su parte, señalaba cómo la lengua —un miembro pequeño— es capaz de contaminar todo el cuerpo (Stgo. 3:1-12). En todos estos casos, la lección es la misma: algo pequeño puede destruir algo mucho más grande. Hemos visto esto también en ministerios poderosos que cayeron porque un pecado no confrontado, no confesado, fue creciendo hasta acabar no solo con el liderazgo de una persona, sino con familias, ministerios e iglesias enteras.
El pecado te costará más de lo que querías pagar. Te costará tu integridad, tu reputación, tu paz. Puede llegar a costarte tu esposa o esposo, tus hijos, tus amigos, tu trabajo, tu ministerio y tu iglesia.
Un pequeño chorro de aire que entra por los tubos de Pitot brinda al piloto la información necesaria para conocer lo que sucede alrededor de la aeronave. El Espíritu de Dios actúa de forma similar en la vida del creyente: envía señales de advertencia que nos permiten ver lo que hay en nuestro corazón y hacia dónde nos dirigimos si damos rienda suelta a nuestros pensamientos y deseos pecaminosos. El Espíritu Santo es un indicador del viento, la presión y la temperatura de nuestra alma. Debemos aprender a leer sus señales, a identificar los datos que nos proporciona para corregir la altura y la velocidad antes de que la tentación anide y se convierta en pecado.
El creyente también necesita prestar atención a las «etiquetas rojas» que Dios coloca a su alrededor: esas señales de Su Espíritu enviadas para protegerlo. Así como los mecánicos de aviación tienen el deber de mantener los tubos de Pitot limpios y funcionales antes de cada vuelo, el creyente tiene el deber de revisar periódicamente su corazón y asegurarse de que no haya «una simple abeja» echando a perder el vuelo. Esto implica cultivar la rendición de cuentas, mantener una vida de oración, permanecer en la Palabra y no permitir que nadie —ni siquiera nosotros mismos— ocupe el lugar que le corresponde únicamente a Dios.
La buena noticia es que la lucha contra el pecado no se libra con fuerzas propias. Gracias a Cristo, el creyente combate en el poder del Espíritu de Dios. Las señales que Dios envía a través de Su Espíritu son, como las etiquetas «Remove before flight», un recordatorio de la atención al detalle que se requiere para vivir fielmente. Debemos disfrutarlas, valorarlas y tenerlas presentes en todo momento, sabiendo que son el instrumento providencial para vencer el pecado. El pecado comenzará siempre con algo pequeño, algo que parece insignificante o inofensivo. Pero tiene todo el potencial para destruir nuestra vida y nuestra relación con Dios. Identifícalo a tiempo. Devolverse desde el segundo peldaño siempre será más fácil que hacerlo desde el quinto. Y da gracias a Dios por cada señal de advertencia que pone en tu camino —porque en ella está Su misericordia.
Reynaldo Logroño conoció al Señor en 1980 y es miembro de la IBI desde 2007. Ha servido en Consejería Prematrimonial, GPS, Escuela Bíblica Dominical, Ministerio de Cárceles y Conferencias Por Su Causa. Desde 2010 dirige, junto a su esposa, la Escuela Bíblica Dominical, y desde 2017 es director del Ministerio Integridad & Sabiduría. Licenciado en Publicidad con maestría en Gerencia de Mercadeo, graduado del Instituto Integridad & Sabiduría y certificado en Educación Cristiana. Casado con Jenny Thompson desde 1993; padre de Celso, Sebastián y Reynaldo Jr. Casado con Jenny Thompson desde 1993; padre de Celso, Sebastián y Reynaldo Jr.
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