Integridad y Sabiduria
El impacto de la Reforma en la música y la adoración
El impacto de la Reforma en la música y la adoración

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Vida devocional

El impacto de la Reforma en la música y la adoración

Luis Núñez 1 noviembre, 2017

La frase «de las tinieblas a la luz» resume con precisión lo que significó la Reforma Protestante para la iglesia cristiana. Al conmemorar sus quinientos años, resulta imposible ignorar la dimensión musical de ese movimiento. Cuando Martín Lutero clavó sus noventa y cinco tesis en la puerta de la iglesia de Wittenberg, no solo estaba denunciando prácticas contrarias a la Biblia; estaba encendiendo una llama que iluminaría tanto los púlpitos como los himnarios de generaciones enteras.

La adoración y la teología siempre han caminado juntas. Lo que una iglesia cree determina cómo adora, y cómo adora revela lo que en verdad cree. Por eso, reformar la doctrina implicó necesariamente reformar el canto. Antes de la Reforma, durante casi un milenio, el canto congregacional había sido prácticamente suprimido para los creyentes comunes. Solo coros integrados principalmente por monjes entonaban salmos y cánticos en latín, un idioma ininteligible para la mayoría. Peor aún, la ignorancia de la verdad bíblica —del carácter de Dios, Sus atributos, Sus obras y Su evangelio— había conducido al pueblo a una adoración vacía, o incluso falsa. Jesús mismo señaló esta tragedia al decirle a la mujer samaritana: «Ustedes adoran lo que no conocen» (Jn. 4:22). Esa era la realidad de la iglesia antes de la Reforma, y sigue siendo la realidad de muchos lugares en nuestros días.

Lutero y la música como «doncella de la teología»

Lutero no era solamente un teólogo valiente; era también un músico apasionado y talentoso. Vio en la música un instrumento poderoso para proclamar el evangelio y grabarlo en el corazón del pueblo llano, en su propio idioma. La definió como «la doncella de la teología cristiana», es decir, una sierva y auxiliar de la Palabra de Dios. Consecuente con esa convicción, dedicó parte de su vida no solo a traducir la Biblia al alemán, sino también a componer alrededor de treinta y seis himnos. El más célebre de ellos, «Castillo Fuerte es nuestro Dios», ha sido traducido a más idiomas que prácticamente cualquier otro himno en la historia y es considerado el himno de batalla de la Reforma.

No obstante, el aporte más duradero de Lutero no fue este himno en particular, sino la influencia que ejerció sobre músicos y compositores que lo sucedieron. La semilla que sembró floreció en figuras de la talla de Johann Sebastian Bach, George Frideric Handel y Felix Mendelssohn. Bach acostumbraba inscribir al final de sus manuscritos las palabras Soli Deo Gloria («Solo a Dios la gloria»), y algunos lo llamaron «el quinto evangelista» por la manera en que introducía la teología del evangelio en sus composiciones. Handel, que se dirigía a audiencias de la alta sociedad e incluso a la realeza, empleó su música para presentar la vida, muerte y resurrección de Jesucristo, a quien llamó «el Redentor de su alma», y con esa convicción compuso su monumental obra El Mesías. Mendelssohn, devoto de las enseñanzas luteranas, llevaba su reverencia por las Escrituras hasta el punto de declarar que, al poner música a un texto bíblico, debía tener sumo cuidado en no desviar ni cambiar «ni una iota».

A estos nombres se suman otros que, en generaciones posteriores, continuaron esa herencia: Isaac Watts, Charles Wesley, Thomas Ken y John Newton, entre muchos más. Todos ellos contribuyeron a moldear una adoración que trascendió las fronteras denominacionales y que entendía la música como un arte puesto al servicio de la gloria de Dios.

La batalla continúa: adoración centrada en Dios o en el hombre

Sin embargo, como advierte el propio himno de Lutero, «nuestro enemigo es cruel» y, en cada generación, ha buscado revertir todo lo que glorifique a Dios. Desde la Reforma hasta nuestros días han surgido movimientos que desplazan el centro de la adoración: de Dios hacia el hombre. Las ideas tienen consecuencias —como afirmó el pensador Richard Weaver—, y esto se hace evidente en gran parte de la música contemporánea, donde el espíritu orgulloso y egoísta del ser humano busca la satisfacción personal antes que la gloria de Dios. Como describe Romanos 1:25, el hombre «cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en lugar del Creador». No en vano el filósofo Platón observó: «Dame las canciones de una nación y no importa quién escriba sus leyes.»

La adoración revela qué teología tiene una iglesia, pero también su teología define su adoración.

Una herencia que debemos custodiar y proclamar

La Reforma nos legó una visión clara: la música es sierva de la Palabra, y la adoración debe ser en espíritu y en verdad. Esa herencia nos convoca hoy a componer, tocar y cantar con excelencia, pero sobre todo con un propósito que trascienda la habilidad artística: que en cada nota sea evidente el señorío, la supremacía y el infinito valor de Cristo, de Su Palabra, de Su evangelio. Sola Scriptura, Sola Fide, Sola Gratia, Solus Christus, Soli Deo Gloria: los cinco pilares de la Reforma siguen siendo la brújula de una adoración genuina. Oremos para que, así como ocurrió hace quinientos años, la luz resplandezca sobre las tinieblas, demos a conocer al Dios que adoramos, y en muchos lugares se pueda cantar que solo en Cristo hay verdadera libertad.

Luis Núñez

Luis Núñez

Luis Núñez es pastor de Adoración en la Iglesia Bautista Internacional. Conoció al Señor en 1983, siendo aún un niño. Tiene más de veinticinco años de experiencia en ministerios de adoración y música. Ha servido como músico, líder de adoración, director musical y pastor. Es graduado en Administración de Empresas (INTEC), egresado del Instituto Integridad & Sabiduría y posee una Maestría en Divinidad (MDiv) del Southern Baptist Theological Seminary. Está casado desde 1999 con Carolina Joa y tienen tres hijos: Daniel José, Emma Carolina y Sarah Carolina.

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