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El impacto de la Reforma Protestante en la educación
El impacto de la Reforma Protestante en la educación

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Cultura, sociedad y ética

El impacto de la Reforma Protestante en la educación

Sugel Michelen 2 noviembre, 2017

El vínculo entre la Reforma Protestante y la educación no es accidental ni secundario: es estructural. Cuando los reformadores del siglo XVI afirmaron que el cristianismo del Nuevo Testamento no descansa en ritos, ceremonias ni imágenes, sino en un Libro —la Palabra de Dios inspirada, infalible, inerrante y suficiente—, estaban sentando las bases de una revolución educativa sin precedentes. Si el conocimiento de las Escrituras es necesario no solo para la salvación, sino también para el crecimiento y la madurez espiritual (2 Tim. 3:14-17), entonces enseñar al pueblo a leer dejaba de ser una opción para convertirse en una obligación.

Ese principio transformó profundamente la historia. A partir del siglo XVI, la expansión del evangelio y la expansión de la alfabetización marcharon juntas, inseparablemente unidas por una misma convicción: que la fe cristiana genuina exige una mente formada y una conciencia instruida.

El problema que la Reforma vino a corregir

Durante la Edad Media, los monasterios desempeñaron un papel importante en la preservación de la cultura, pero con el tiempo se fue desarrollando una forma de «cristianismo paganizado» que no requería el conocimiento de las Escrituras. Bastaba contemplar imágenes —la llamada «Biblia de piedra» o «Biblia de los pobres»— para considerarse buen cristiano. La fe se transmitía por ritos y símbolos, no por la comprensión de la Palabra revelada.

Los reformadores identificaron con claridad este problema y lo confrontaron. Martín Lutero, en un sermón predicado en 1530 sobre el deber de los padres de enviar a sus hijos a la escuela, advertía que una de las estrategias más peligrosas del enemigo consistía precisamente en mantener al pueblo en la ignorancia:

Una de las artimañas más importantes del diablo, si no la más importante, consiste en aturdir y engañar al hombre común, de tal manera que no quiera mandar a sus hijos a la escuela ni hacerlos estudiar… Al advertir que en nuestros tiempos no puede hacer ni lograr lo que quiere, piensa imponer su voluntad entre nuestros descendientes, preparándolos ahora ante nuestros ojos de manera que no aprendan ni sepan nada.

La respuesta reformada fue concreta e institucional. Ya para 1536 se fundaba en la Ginebra protestante la primera escuela pública y obligatoria de la que se tiene registro. En junio de 1559, también en Ginebra y bajo el impulso de Juan Calvino, se estableció una universidad donde los jóvenes podían estudiar sin costo alguno. Los herederos de la Reforma continuaron ese mismo camino: en 1642, los puritanos de las colonias americanas promulgaron una ley que requería educación para todos los niños, y en 1647 establecieron escuelas públicas en toda la región.

Un legado de instituciones y convicciones

Este movimiento a favor de la educación dio fruto en algunas de las instituciones académicas más reconocidas del mundo occidental. Oxford, Cambridge, Harvard, Yale y Princeton, entre otras, fueron fundadas por cristianos con el propósito de promover la instrucción del pueblo de Dios, convencidos de que el desarrollo del intelecto es indispensable para una fe cristiana vigorosa. El hecho de que muchas de estas universidades se opongan hoy abiertamente al cristianismo no borra su origen; más bien subraya la urgencia de preservar el legado que las hizo posibles.

Samuel Blumenfeld lo expresó con precisión: «La idea moderna de la educación popular, es decir, educación para todos, surgió primeramente en Europa durante la Reforma Protestante cuando la autoridad papal fue reemplazada por la autoridad bíblica». La Reforma no solo reformó la iglesia; reformó también la manera en que las sociedades conciben la formación de sus ciudadanos.

La ignorancia es la madre de la herejía, no de la devoción.

La responsabilidad de las generaciones presentes

Celebrar el legado de la Reforma significa algo más que reconocer su aporte histórico a la civilización occidental: significa asumir la responsabilidad de preservarlo y transmitirlo. Como señaló el puritano Cotton Mather, la ignorancia es la madre de la herejía, no de la devoción. Una fe que no está anclada en el conocimiento de la Palabra es una fe vulnerable, fácilmente seducida por el error y el engaño.

Capacitar a las nuevas generaciones mediante una educación cristiana que les ayude a ver el mundo a través del lente de una cosmovisión bíblica no es un lujo reservado para familias privilegiadas ni para épocas de abundancia: es una necesidad urgente si queremos ver florecer una fe robusta en los años venideros. El mismo impulso que llevó a Lutero a predicar sobre la escuela, a Calvino a fundar una universidad y a los puritanos a legislar a favor de la educación debe motivarnos hoy a invertir, con igual convicción, en la formación intelectual y espiritual de quienes nos sucederán.

Sugel Michelen

Sugel Michelen

Sugel Michelén es pastor y maestro en Iglesia Bíblica del Señor Jesucristo (Santo Domingo) por más de treinta años. Predica regularmente la Palabra y posee una Maestría en Estudios Teológicos. Autor de varios libros, entre ellos La Más Extraordinaria Historia Jamás Contada y Palabras al Cansado.

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