IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La vida cristiana nunca fue diseñada para vivirse en solitario. Dios, en su sabiduría, distribuye dones de manera intencional entre su pueblo, de modo que cada miembro necesite al otro para que la obra avance. El libro de los Hechos no solo registra los inicios de la iglesia primitiva, sino que nos ofrece un manual viviente de cómo el Espíritu Santo obra a través de hombres y mujeres imperfectos, distintos entre sí, que deciden someterse juntos a un mismo propósito.
Desde la conversión de Pablo en el camino a Damasco —transformado de perseguidor a predicador (Hch. 9)— hasta el gran avivamiento en Antioquía, la narrativa de Hechos nos muestra con claridad que el crecimiento de la iglesia no es producto del talento humano, sino del poder de Dios obrando a través de vasos dispuestos. En Antioquía, donde los discípulos fueron llamados «cristianos» por primera vez, nació uno de los equipos misioneros más poderosos de la historia: Pablo y Bernabé.
Pablo y Bernabé eran, en muchos sentidos, opuestos complementarios. Pablo era judío de Tarso, intelectual riguroso, formado a los pies de Gamaliel en las Escrituras y en la lógica (Hch. 22:3). Tenía una determinación admirable y una firmeza inquebrantable para cumplir la Gran Comisión. Bernabé, en cambio, era un gentil de Chipre que conocía bien la cultura de la región. Era, según el propio relato bíblico, «un hombre bueno, lleno del Espíritu Santo y de fe» (Hch. 11:24), con un don particular para alentar, consolar y conectar con quienes eran marginados o subestimados.
Cuando la iglesia de Antioquía experimentó un avivamiento tan poderoso que «gran número que creyó se convirtió al Señor» (Hch. 11:21), surgieron necesidades urgentes: los nuevos creyentes requerían instrucción en las Escrituras y formación para renovar sus mentes en medio de una cultura corrupta e inmoral. Fue entonces que Bernabé, reconociendo la magnitud del desafío, fue a buscar a Pablo en Tarso. Durante un año entero se reunieron con la iglesia, enseñando a multitudes. Su trabajo conjunto no fue accidental; fue la respuesta de dos hombres distintos a un mismo llamado divino.
De este episodio se desprenden tres principios fundamentales para todo aquel que sirve en la obra del Señor. Primero, la obra pertenece a Dios, y sus planes sobreviven a los líderes; por eso es indispensable trabajar junto al cuerpo de la iglesia, como legado para las generaciones venideras. Segundo, Dios equipa a quien llama, pero también nos llama a reconocer nuestra necesidad mutua: nadie es suficiente por sí solo, y el trabajo en equipo es el terreno donde crecen la humildad, la santidad y el fruto del Espíritu. Tercero, es Dios quien elige tanto a las personas como los lugares a los que las envía; nuestra responsabilidad es aceptar su soberanía y obedecer su mandato.
El primer viaje misionero de Pablo y Bernabé, junto a Juan Marcos como ayudante, fue intenso y exigente desde el principio (Hch. 13–15). En Pafos, enfrentaron la oposición del mago Elimas, pero eso no impidió que el procónsul Sergio Paulo creyera. En Antioquía de Pisidia, Pablo proclamó el evangelio como cumplimiento de las Escrituras del Antiguo Testamento (Hch. 13:16-41), y muchos creyeron. Sin embargo, la hostilidad de los líderes judíos los obligó a dirigirse a los gentiles, quienes recibieron la Palabra con gozo: «glorificaban la Palabra del Señor; y creyeron cuantos estaban ordenados a vida eterna» (Hch. 13:48).
Sin embargo, este trabajo tan fructífero no estuvo exento de tensiones internas. Juan Marcos había abandonado al equipo en Panfilia durante el viaje (Hch. 13:13), y cuando Pablo propuso regresar a visitar las iglesias ya fundadas, Bernabé quiso dar a Juan Marcos una segunda oportunidad. Pablo se negó. El desacuerdo fue tan profundo que «se separaron el uno del otro» (Hch. 15:39): Bernabé partió con Marcos hacia Chipre, y Pablo escogió a Silas para continuar su misión. Aun en el servicio fiel, la fragilidad humana se hace presente.
Servir a Dios no nos garantiza que siempre el trabajo será glamoroso, expuesto o seguro.
Lo que sostuvo a Pablo a lo largo de peligros, cansancio, persecuciones y conflictos no fue su fortaleza personal, sino su amor por Cristo, expresado en obediencia concreta. Él vivió la promesa de Jesús: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama será amado por mi Padre; y yo lo amaré y me manifestaré a él» (Jn. 14:21). Su entrega no comenzó con el llamado misionero; fue el fruto de años de buscar el rostro de Dios en lo cotidiano, para que su corazón estuviera preparado para los grandes desafíos.
El ejemplo de Pablo y Bernabé nos recuerda que la obra de Dios avanza cuando su pueblo reconoce que no se trata de nosotros, sino de Él. Jesús es el protagonista, y levantar su nombre en alto es tanto la misión como la motivación. Que el Señor nos conceda fortaleza de carácter y madurez en la fe para caminar en esa misma obediencia, sabiendo que Él equipa a quienes llama y sostiene a quienes confían en Él.
Katerine Genao es arquitecta y madre a tiempo completo desde hace seis años. Por la gracia inmerecida de Dios, es cristiana desde hace veintiséis años. Sirve en su iglesia local (La IBI) como parte del equipo de liderazgo de Jóvenes Universitarios (JAD) y en el ministerio de parejas, además de colaborar como escritora para MPGD (Mujer para la gloria de Dios) y el Ministerio Ezer. Está casada con quien llama su “príncipe de resplandeciente armadura” y es madre de tres hermosos niños.
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