IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La historia del rey David es una de las más ricas y matizadas de toda la Escritura. Su carácter espiritual y humano nos presenta a una persona con luces y sombras, con altibajos, pero también con la grandeza de alguien creado a imagen de Dios y moldeado graciosamente por Él hasta convertirse en un hombre «conforme a su corazón» (1 Sam. 13:14). En esa misma historia encontramos, casi de pasada, uno de los ejemplos más elocuentes de ética pública que registra el Antiguo Testamento.
Cuando Joab asesinó cobardemente a Abner —el general que estaba a punto de entregarle el reino de manera pacífica—, David no guardó silencio. Rasgó sus vestiduras, ordenó luto público, marchó detrás del féretro, lloró junto al sepulcro y ayunó hasta la puesta del sol (2 Sam. 3:31–35). Aquel acto dejó en claro ante todo el pueblo «que no había sido el deseo del rey que se diera muerte a Abner» (2 Sam. 3:37). No fue una declaración protocolaria: fue valentía pública respaldada por un compromiso ético personal. Es justamente ese tipo de valentía lo que los creyentes necesitamos recuperar hoy.
Existe una confusión muy extendida que equipara ética con legalidad, como si todo lo que la ley permite fuese automáticamente correcto y todo lo que no constituye delito fuese moralmente aceptable. Esta confusión empobrece enormemente el debate público. Como señala el politólogo Gonzalo Rojas: «¿Qué sentido tendría tratar de mejorar la legislación si ella fuese ya la ética misma? ¿A qué criterios podrían referirse los legisladores si no hubiese más moralidad pública que la ley ya vigente?»
La ética es, por su propia naturaleza, superior a todo marco legal. En muchas ocasiones, la legalidad no es más que la codificación de un statu quo injusto que exige una intervención ética urgente. Un periodista lo expresó con crudeza al enumerar una larga lista de «deslices» de figuras públicas que justificaban sus actos amparándose en que no eran delitos: «¿Cómo recuperar el sentido ético y moral para ver estos hechos como lo que son? ¿Cómo luchar contra la amnesia financiera, la miopía ética, el daltonismo moral y la esquizofrenia de muchos políticos, funcionarios y empresarios?»
La pregunta no es retórica: interpela directamente a quienes decimos tener una fuente de moralidad que trasciende la opinión mayoritaria o el interés político de turno.
La respuesta cristiana a esta crisis no puede limitarse a la queja ni a la moralina pública quejumbrosa. Necesitamos, en cambio, afilar la conciencia y actuar desde lo que la Palabra de Dios establece como respuesta «salina y luminosa» para nuestra sociedad. La gran virtud de la ética cristiana es que no nos convierte en meros críticos neutrales de la realidad, sino que nos lleva a una búsqueda decidida de transformación. Como afirma el filósofo Robert Spaemann, «lo ético es simplemente la vida buena».
Esa vida buena tiene raíces profundas. Desde las primeras páginas del Génesis encontramos la imagen de un Dios enemigo del caos y la oscuridad, que propicia el orden, la justicia, la compasión, el amor, la armonía y la belleza. Los cristianos creemos en ese Dios que ha manifestado su voluntad perfecta en las Escrituras: el Dios del pueblo de Israel, el Dios revelado en Jesucristo y su obra salvadora, el Señor que ha guiado a su Iglesia durante dos mil años y que volverá como Rey. El concepto de Dios no es algo meramente privado. Él es el Dios de la naturaleza en toda su vastedad, el Dios de la historia en toda su complejidad, el Dios Redentor que hará cumplir su plan soberano.
Por eso el pueblo de Dios no puede ser solo reactivo u observador de los fenómenos sociales. Está llamado a ser proactivo y responsable ante un Dios que es tanto Creador como Redentor, y que nos ordena compartir las Buenas Nuevas con toda criatura. El ser humano no puede ser su propio referente ético: es criatura, y como tal está sujeto a los límites de su condición. La ética cristiana parte de una valoración intrínseca de todo ser humano, pero también de la comunidad humana en su conjunto. Aprendemos a vivir en comunidad cuando lo que puede «pasarnos» llega a ser tan importante como lo que puede «pasarme».
Lo ético es simplemente la vida buena.
Esta extensión del sentido de comunidad encuentra su expresión más radical en las palabras de Jesucristo:
«Habéis oído que se dijo: "AMARÁS A TU PRÓJIMO y odiarás a tu enemigo". Pero yo os digo: amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; porque Él hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos... Por tanto, sed vosotros perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.» (Mt. 5:43–48)
No son leyes particulares de ayuda al prójimo ni la membresía en una asociación filantrópica lo que mueve a una acción ética genuina. Lo que en realidad la sostiene es una compasión interna profunda, como la del buen samaritano de la parábola, que lleva a atender al herido anónimo como si se tratase de uno mismo. Amamos al prójimo porque Dios nos amó primero. Por eso la ética pública debe ir siempre acompañada de un carácter personal que la sustente: no basta con declarar los valores correctos si la vida no los encarna.
El ejemplo de David y la enseñanza de Jesucristo apuntan en la misma dirección: la ética cristiana no es un conjunto de reglas externas impuestas por convención social, sino la expresión natural de un corazón transformado por el evangelio. Una sociedad mejor no se construye solo con mejores leyes, sino con personas cuya integridad personal precede y sostiene su compromiso público. Ese es el llamado del pueblo de Dios en cada generación: ser sal y luz, no desde la queja, sino desde la convicción de que el Dios de la Biblia no permanece silencioso ante la realidad y de que sus palabras son el fundamento más sólido para todo lo que es verdaderamente bueno.
José «Pepe» Mendoza es predicador, escritor y profesor, y autor del libro Proverbios para necios: Sabiduría sencilla para tiempos complejos (Vida, 2024). Ha servido como pastor asociado en la Iglesia Bautista Internacional, en la República Dominicana, y actualmente vive en Lima, Perú, donde enseña en el Instituto Integridad & Sabiduría y colabora con el programa hispano del Southern Baptist Theological Seminary. También trabaja como editor de libros y recursos cristianos. Está casado con Erika y juntos son padres de su hija Adriana.
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