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Jesús dignifica a la mujer
Jesús dignifica a la mujer

Foto de Israyosoy S. en Pexels

Mujer e identidad

Jesús dignifica a la mujer

Cathy Scheraldi de Núñez 4 marzo, 2025

Desde Génesis 3, el mundo ha erosionado el valor intrínseco de la mujer de maneras que a veces se sienten tan naturales que ya no las cuestionamos. Sin embargo, para comprender cómo Cristo la dignificó, primero es necesario entender cómo Dios la creó. Solo desde ese punto de partida se puede calibrar la magnitud de lo que Jesús hizo durante su ministerio terrenal.

Génesis 1:27 declara: «Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó». En el texto hebreo, la palabra hadam designa al ser humano en sentido genérico, mientras que zakhar se refiere específicamente al hombre masculino. Ambos —varón y hembra— fueron creados a imagen de Dios, con igual valor y dignidad. Lo que ocurrió después no fue el plan original.

El origen de la batalla: Génesis 3 y la distorsión del diseño

La historia del jardín es conocida: la serpiente, la más astuta de los animales creados, engañó a Eva para que comiera del único árbol prohibido, y ella le dio también a Adán. Las consecuencias fueron cósmicas. El mundo entero se trastornó, y el príncipe de este mundo pasó a ser Satanás (1 Jn. 5:19), quien ha cegado el entendimiento de los incrédulos para que no puedan ver el resplandor del evangelio (2 Co. 4:4).

Pero en medio del juicio divino hay una promesa. Génesis 3:15 registra las palabras de Dios a la serpiente: «Y pondré enemistad entre tú y la mujer, y entre tu simiente y su simiente; él te herirá en la cabeza, y tú lo herirás en el calcañar». Desde ese momento, Satanás sabía que quien lo destruiría nacería de una mujer. Y pocas líneas después, el juicio sobre la mujer incluye una palabra reveladora: teshuqah, traducida como «deseo», pero que significa «un anhelo de dominar». Dios no lo permitiría, y así comenzó la batalla de los sexos: una relación que Dios diseñó para reflejar su gloria quedó distorsionada en una lucha de poder.

Aquí radica uno de los engaños más calculados del enemigo. Si Satanás lograba quitar el valor a la mujer, también erosionaba el valor de su simiente, aquella por medio de quien vendría la derrota definitiva del mal. Las mujeres quedaron atrapadas como daño colateral en una batalla espiritual que las trasciende.

Jesús irrumpe en la historia: de invisibles a portadoras del evangelio

Lo que Jesús hizo en su ministerio no fue accidental ni cultural. Fue teológico. Fue una declaración deliberada de lo que Dios siempre pensó de la mujer.

Hay un detalle que suele pasarse por alto: la genealogía de Mateo 1. En una cultura donde las mujeres no aparecían en los registros genealógicos, Mateo menciona explícitamente a Tamar, Rahab, Rut, Betsabé y María. Por generaciones, las mujeres habían sido invisibles en la historia oficial; ahora el evangelista las coloca en el centro del plan de redención.

A lo largo de su ministerio, Jesús violó sistemáticamente las costumbres religiosas de su época para tratar a las mujeres con dignidad. Le habló a la mujer samaritana junto al pozo, divorciada cinco veces y de reputación cuestionable, y fue precisamente a ella a quien se reveló primero como el Mesías (Jn. 4). Enseñó teología a Marta y María en una época en que las mujeres ni siquiera podían entrar al templo. Cuando Marta se quejó de que su hermana no la ayudaba con los quehaceres domésticos, Jesús respondió: «María ha escogido la parte buena, la cual no le será quitada» (Lc. 10:42). Con esas palabras, Él validó que una mujer se sentara como discípula a los pies de su Rabí.

Sanó a la mujer que llevaba doce años sangrando, considerada ritualmente inmunda, aunque ella había tocado su manto violando la ley religiosa. Perdonó con respeto y compasión a la mujer sorprendida en adulterio, que había sido utilizada como trampa por los religiosos. Elogió la fe de la mujer cananea en Tiro, quien rogaba por su hija endemoniada, como una de las más grandes que había encontrado. Y fue a María Magdalena, de quien había expulsado siete demonios, a quien encargó llevar el mensaje de la resurrección a los discípulos, aun sabiendo que en su cultura el testimonio de una mujer no era considerado válido.

El libro de Hebreos culmina este argumento al incluir a Sara y Rahab en la galería de los héroes de la fe (He. 11:11, 31), junto a las mujeres que «recibieron a sus muertos mediante la resurrección» (He. 11:35).

Cristo tomó a las mujeres que habían sido olvidadas, que vivían temerosas, y las transformó en personas fieles, capaces de revelar a Dios con sus vidas y participar en Su reino.

La restauración que Génesis anticipó y Cristo cumplió

La realidad es que Jesús vino para restaurar la dignidad que la mujer tuvo en la creación: la de portadora plena de la imagen de Dios. Aunque el trato recibido durante generaciones les había hecho sentir que no tenían valor, nunca dejaron de tenerlo ante los ojos del Creador. Lo que el pecado distorsionó en Génesis 3, Cristo vino a redimir. Y lo hizo de la manera más visible posible: incluyendo a las marginadas en su genealogía, conversando con las despreciadas, enseñando a las excluidas, y confiando el mensaje más importante de la historia a quienes el mundo consideraba testigos poco confiables. Cada uno de esos gestos fue una declaración: esto es lo que Dios siempre pensó de la mujer, y esto es lo que el evangelio tiene el poder de restaurar.

Cathy Scheraldi de Núñez

Cathy Scheraldi de Núñez

Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.

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