IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La maternidad es una de las responsabilidades más hermosas y exigentes que Dios confía a una persona. Para quienes la ejercen como creyentes, viene acompañada de una pregunta constante: ¿cómo cumplir bien con este llamado? La Biblia no guarda silencio al respecto. A lo largo de sus páginas aparecen mujeres cuyas historias —distintas entre sí, a veces dolorosas, siempre reales— iluminan lo que significa criar hijos con el corazón orientado hacia Dios.
Estas madres no fueron perfectas, pero en ellas se puede reconocer algo valioso: que Dios obra a través de la fidelidad ordinaria y del amor que persevera incluso cuando las circunstancias se vuelven insoportables. Sus vidas son un medio de gracia para quienes hoy se preguntan si están a la altura de la tarea.
Cuando el ángel le anunció a María que sería la madre del Hijo del Altísimo, su respuesta no fue de orgullo ni de asombro paralizante. Fue de rendición: «He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu Palabra» (Lc. 1:38). Poco después, su canto lo confirma: «Mi alma engrandece al Señor, y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador» (Lc. 1:46-47). María entendió que la bendición que recibía no era para su propia gloria. Sabía que se trataba de Dios, no de ella, y por eso le devolvió a Él toda la honra.
Esto interpela directamente a quienes crían hijos: ¿cómo se responde ante los logros o las bendiciones que estos traen? ¿Se reconoce con genuina gratitud que todo lo bueno proviene del Señor y que a Él le corresponde la gloria?
Eunice, madre de Timoteo, ofrece otra dimensión igualmente necesaria: la fe transmitida con intención. Pablo le escribe a Timoteo recordando «la fe sincera que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida y en tu madre Eunice» (2 Ti. 1:5). La fe de Timoteo no surgió en el vacío; fue sembrada y regada por dos mujeres que tomaron en serio la instrucción en las Sagradas Escrituras. Más adelante, en esa misma carta, Pablo le recuerda a Timoteo que persevere en lo que aprendió desde su infancia (2 Ti. 3:14-15). La Palabra había hecho su trabajo en él, formándolo como hombre íntegro, y ese trabajo comenzó en el hogar.
Las historias de Jocabed, Bitia y Rizpa confrontan con una realidad más áspera: el amor materno puesto a prueba por circunstancias fuera del control humano. Jocabed vivió bajo un decreto de muerte. El faraón había ordenado arrojar al Nilo a todos los bebés varones hebreos, y sin embargo ella no cedió al miedo. Con ingenio y valentía, colocó a su hijo Moisés en una cestilla calafateada y lo dejó entre los juncos a la orilla del río (Éx. 2:3), desafiando la autoridad del imperio y rompiendo su propio corazón en el proceso. Su amor fue sacrificial en el sentido más literal: entregó a su hijo para salvarle la vida.
Bitia, hija del faraón, cerró ese círculo con un gesto de compasión inesperada. Al encontrar al niño llorando, «le tuvo compasión» (Éx. 2:6) y lo adoptó como suyo. En ella, Dios proveyó para Moisés una madre en el lugar menos probable. La maternidad adoptiva que Bitia ejerció no fue menos real ni menos amorosa por no ser biológica.
Rizpa, en cambio, enfrentó la pérdida sin poder evitarla. Dos de sus hijos fueron ejecutados como parte de un acuerdo entre David y los gabaonitas (2 S. 21). Lo que hizo después, sin embargo, habla más fuerte que cualquier circunstancia: durante semanas protegió los cuerpos de sus hijos de las aves y las fieras, día y noche, sin rendirse (2 S. 21:10). No se resignó a la deshonra. Su amor, fidelidad y determinación fueron tan evidentes que cuando David se enteró, ordenó darles sepultura digna.
Estas madres, aun en medio de las peores circunstancias, nos enseñan mucho del corazón de Dios.
Estas cinco mujeres no representan un ideal inalcanzable. Representan algo mucho más útil: evidencia de que Dios sostiene a quienes confían en Él en el ejercicio de la maternidad, cualquiera que sea la forma en que esta se presente. Para quien cría a sus hijos sin el apoyo de una pareja, para quien atraviesa el dolor de un hijo alejado o perdido, para quien ha elegido adoptar, para quien enfrenta la tentación de abandonar —hay aquí un recordatorio firme: no están solas, y la lucha vale el esfuerzo.
La humildad de María, la fidelidad de Eunice, el valor de Jocabed, la compasión de Bitia y la determinación de Rizpa no fueron virtudes que surgieron de fuerzas propias. Fueron el fruto de mujeres que, en distintas medidas, dependieron de un Dios que no falla. Ir a la Palabra y meditar en sus historias es, en sí mismo, un medio de gracia. Porque aunque desempeñar este rol en un mundo caído sea difícil, Dios no llama sin también sostener.
Claudia Humeau es esposa, madre y abuela, amada y escogida por Dios desde antes de la fundación del mundo. Miembro de la Iglesia Bautista Internacional, sirve con dedicación en los grupos pequeños del ministerio de mujeres Ezer y es apasionada por la Palabra de Dios.
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