IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Pocas verdades son tan necesarias para el pastor como esta: «ni el que planta ni el que riega es algo» (1 Co. 3:7). En medio de las presiones del ministerio, la tentación de medir el éxito por resultados visibles o de creer que los frutos dependen principalmente del esfuerzo humano es constante. El apóstol Pablo, sin embargo, reorienta con claridad toda perspectiva pastoral: el protagonista de la obra es Dios, y quienes sirven en Su nombre son colaboradores suyos, no artífices independientes.
Este llamado a la humildad no disminuye la grandeza del ministerio; al contrario, la eleva. Ser denominado «colaborador de Dios» (1 Co. 3:9) es una distinción que ningún mérito humano podría justificar. Precisamente ahí reside la maravilla del carácter divino: el Señor no necesita instrumentos imperfectos, y sin embargo elige usarlos. Nos llama porque nos ama como hijos, para encomendarnos una tarea a la vez hermosa y tremenda.
La imagen agrícola que Pablo despliega en 1 Corintios 3 resulta iluminadora para entender la función pastoral. El labrador no crea la vida; prepara el terreno, siembra la semilla y proporciona el riego necesario. El crecimiento, sin embargo, pertenece exclusivamente al Creador. De igual manera, el pastor trabaja el campo de Dios —su iglesia— mediante la predicación fiel de la Palabra y del Evangelio, pero la transformación real en las vidas de los creyentes es obra del Espíritu Santo.
Esta comprensión libera al pastor de una carga que nunca le correspondió llevar: la de producir resultados por sus propias estrategias o habilidades. El llamado pastoral se simplifica entonces en su esencia: ser fiel. Fiel a la Palabra, fiel al Evangelio, fiel al Señor que llamó. Y esa fidelidad no nace de la autodisciplina ni de la ambición ministerial, sino de un corazón humilde que permanece en dependencia continua de la gracia y dirección de su Señor.
En un momento histórico en que Dios parece estar renovando el apetito por una nueva Reforma en Latinoamérica, este enfoque cobra especial urgencia. Una reforma que recupere la primacía de la exposición de la Palabra de Dios como semilla y alimento absolutamente necesario para la edificación de la Iglesia es, precisamente, la reforma que el contexto exige.
Si el pastor no es el productor del crecimiento, entonces tampoco puede medir su efectividad por los indicadores que el mundo suele valorar: el tamaño de la congregación, la fama del predicador o la multiplicación de programas. La labor pastoral, en su definición más fiel, consiste en hacer discípulos mediante la predicación efectiva de la Palabra de Dios —discípulos que maduren y den fruto como verdaderos seguidores de Cristo.
La función del campesino ilustra bien este principio: trabajar el campo para que reciba la semilla y, bajo cuidado constante y riego adecuado, produzca cosecha para el dueño de la labranza. Eso es el discipulado efectivo: instrucción continua, paciente y centrada en la Escritura, que no busca resultados espectaculares, sino transformación genuina y duradera.
La única verdadera medida del éxito de un ministerio es la calidad —el grado de madurez y fruto— de los discípulos que produce.
El fruto así entendido no se alcanza siguiendo fórmulas prácticas ni replicando modelos de crecimiento. Se alcanza cuando el colaborador es fiel a su encomienda. Y esa fidelidad, como señala el pasaje de 1 Corintios 3, es en sí misma producto de un corazón humilde y sometido, que no opera desde sus propias fuerzas sino desde la comunión viva con el Dios que lo llamó.
Todo lo anterior apunta a una conclusión que resulta tan sencilla como exigente: el fruto del ministerio pastoral depende, en gran medida, del carácter del pastor y de su relación personal con Dios. No de sus dones oratorios, no de su capacidad administrativa, no de su visibilidad en plataformas o conferencias. El pastor que permanece cerca de su Señor, que cultiva una vida de oración, que se alimenta de la misma Palabra que predica y que camina en humildad reconociendo que «no es algo», ese pastor es el instrumento que Dios se complace en usar para cuidar Su labranza.
La noble labor a la que Dios llama a Sus siervos es, en ese sentido, suprema no por su visibilidad, sino por su origen y destino: viene del Señor de la cosecha y apunta a la gloria de Su nombre. Quienes han recibido ese privilegio están invitados a abrazarlo con sobriedad, gratitud y dependencia total —conscientes de que ni el que planta ni el que riega es algo, pero que juntos, en manos de Dios, son colaboradores de la obra más grande que existe.
Carlos Contreras es pastor en la Iglesia Cristiana Gracia Soberana en Ciudad Juárez, México. Está casado con María Eugenia (Kena) Flores, con quien tiene cuatro hijos y tres nietos. Puedes seguirlo en Twitter o en Facebook.
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