IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
En junio de 2015, cerca de setecientos pastores y líderes reunidos en Temuco, Chile, para la conferencia «Caminamos por una Senda Marcada» fueron testigos de algo que difícilmente puede explicarse por medios humanos. El ochenta y cinco por ciento de los asistentes tenía entre veinte y cuarenta y cinco años. No eran jóvenes en busca de entretenimiento ni de reconocimiento personal; eran siervos hambrientos de alimento sólido, dispuestos a ser confrontados, animados y desafiados a regresar al principio fundacional de la Reforma del siglo XVI: Sola Escritura. La representación no se limitó a Chile: Brasil, Paraguay, Uruguay, Argentina, Perú, Ecuador y Guatemala enviaron pastores y líderes que, en algunos casos, viajaron hasta siete días para llegar a Temuco con un único propósito: ser expuestos a las Escrituras.
Este dato es más que estadístico; es profético. En medio de una sociedad hostil al cristianismo y de una iglesia que con frecuencia ha buscado en la sabiduría humana las respuestas a sus crisis, Dios está moviendo su mano sobre una generación que no busca popularidad, sino fidelidad a Aquel que dio su vida por ella.
Lo más notable de este despertar es su origen. No nació de ninguna metodología, programa ni estrategia diseñada en el corazón del hombre. Es, en toda su dimensión, una obra soberana del Espíritu de Dios. La evidencia más elocuente de ello es que, en un país tan fragmentado eclesiásticamente como Chile —dividido en miles de denominaciones—, los asistentes provenían de todos los sectores del espectro eclesiológico nacional. La unidad visible en torno a la Palabra de Dios, por encima de tradiciones y distintivos denominacionales, no se fabrica; se recibe.
El apóstol Pablo lo expresó con precisión insuperable: «Porque de Él, por Él y para Él son todas las cosas. A Él sea la gloria para siempre. Amén» (Ro. 11:36). Toda obra genuina de Dios tiene este sello: la gloria no recae sobre el instrumento, sino sobre el Señor que lo usa. Eso fue precisamente lo que se pudo constatar en Temuco.
Mirando la historia, es posible admirar con gratitud aquellos movimientos del Espíritu en los grandes avivamientos del pasado. Y es también posible observar, con preocupación, cómo la iglesia latinoamericana ha transitado durante décadas por un camino en el que la sabiduría humana, los programas de crecimiento y el pragmatismo han desplazado la centralidad de la Escritura. Sin embargo, Dios, rico en misericordia y gracia, ha vuelto su rostro hacia esta parte del mundo. El retorno de la predicación expositiva a los púlpitos de América Latina es una señal inequívoca de ello.
Este retorno a las Escrituras no es un fenómeno meramente académico o intelectual; es, ante todo, un regreso a la cruz como mensaje central de la iglesia. En cada una de las exposiciones de la conferencia, sin excepción, la gloria de Cristo y la suficiencia de su obra redentora en el Calvario fueron el hilo conductor. Ese mensaje trajo consigo convicción y contrición genuinas, e impactó poderosamente la vida de los presentes. La Palabra de Dios, fiel a su naturaleza, no volvió vacía.
La analogía bíblica es iluminadora. En los tiempos de Esdras, fue la centralidad de la Palabra de Dios la que encendió el avivamiento del pueblo de Israel. Del mismo modo, el profeta Hageo confrontó a un pueblo que había abandonado la obra del Señor para dedicarse a su propia prosperidad y comodidad, y Dios intervino para despertar el espíritu de sus siervos (Hag. 1:2-14). La iglesia de hoy ha recorrido esa misma senda con demasiada frecuencia, priorizando el bienestar material y el disfrute por encima del servicio a la causa de Cristo.
Del mismo modo como en los tiempos de Esdras fue la centralidad de la Palabra de Dios la que trajo el avivamiento, también lo será hoy en el despertar de la iglesia de Cristo.
Lo que Dios está haciendo en esta generación no es una novedad caprichosa de la historia; es un regreso a las sendas antiguas que la iglesia nunca debió abandonar. Esta nueva generación de pastores y líderes, formada en el temor de Dios y arraigada en su Palabra, será la que —en medio de una creciente oposición secular y de resistencias dentro del mismo seno de la iglesia profesante— se levante en el nombre de Cristo, empuñe la espada del Espíritu y conduzca al pueblo de Dios de regreso a sus fundamentos. La promesa es firme: Dios está despertando el espíritu de sus siervos y de su iglesia para volvernos a Él, trabajar por su causa y vivir únicamente para su gloria.
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