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Paz en tiempos turbulentos
Paz en tiempos turbulentos

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Emociones y alma

Paz en tiempos turbulentos

Katerine Genao 3 enero, 2022

Hay semanas en que la vida se comprime de golpe. Hijos enfermos, trámites urgentes, noches sin dormir y una sensación de parálisis que ningún plan puede resolver. Fue en medio de una de esas semanas —con una hija hospitalizada por asma, dos hijos menores en casa y la incertidumbre de un seguro médico aún sin activarse— que el relato de Hechos 27 cobró una dimensión completamente nueva. No como historia antigua, sino como bálsamo. No como lección académica, sino como testimonio vivo de que Dios sostiene a los suyos cuando el mundo se agita.

El libro de Hechos nos recuerda que los protagonistas de la fe eran hombres y mujeres comunes con un Dios extraordinario. Y eso es precisamente lo que vemos en Pablo cuando navega hacia Roma en medio de una tormenta que amenaza con matar a todos los que van a bordo.

Pablo encadenado, pero no hundido

Antes de llegar a la tormenta del capítulo 27, Pablo ha pasado años bajo arresto domiciliario en Cesarea del Mar. Ha comparecido ante tres gobernadores romanos —Félix, Festo y Agripa— sin que ninguno pueda identificar alguna ley que haya transgredido. El caso está paralizado: los funcionarios romanos temen liberar a Pablo por presión de los líderes judíos, y él permanece preso sin sentencia definida. La solución llega cuando Pablo, ejerciendo su derecho como ciudadano romano, apela directamente al tribunal del César en Roma. Con eso queda libre del impasse legal, alejado de quienes quieren matarlo en Jerusalén, y en camino hacia la capital del Imperio.

Es en ese viaje —cargado de incertidumbre, vientos contrarios y un naufragio inminente— donde se revelan con más claridad las anclas que sostuvieron a Pablo. Las mismas que pueden sostener a todo creyente hoy.

Las cuatro anclas que sostienen la fe en la tormenta

La primera ancla es la estabilidad. Cuando todos a bordo habían perdido la esperanza de sobrevivir (Hch. 27:20), Pablo permaneció firme. No porque ignorara el peligro, sino porque su esperanza no descansaba en las circunstancias, sino en Cristo. Un ángel de Dios le había asegurado que nadie moriría, y Pablo lo creyó. Con esa certeza alentó a los marineros y les transmitió calma. El ancla se afirma cuando dejamos de buscar respuestas en otros lugares y reconocemos que Dios está orquestando los acontecimientos para dirigirnos hacia donde Él quiere.

La segunda ancla es la unidad. Cuando algunos marineros intentaron escapar en el bote salvavidas, Pablo advirtió al comandante que eso condenaría a todos (Hch. 27:31). La salvación dependía de que permanecieran juntos. Esta imagen no es accidental: la vida espiritual tampoco fue diseñada para afrontarse en solitario. La iglesia existe precisamente para que los creyentes caminen juntos, se sostengan mutuamente y busquen la voluntad de Dios en comunidad. El mandato bíblico de congregarse no es una sugerencia cultural, sino una arquitectura de gracia para los días difíciles.

La tercera ancla es la renovación. Luego de catorce días sin comer, Pablo instó a todos a alimentarse antes de llegar a tierra (Hch. 27:33–36). Era un gesto práctico, pero profundamente espiritual. En medio de las tribulaciones, con frecuencia descuidamos el sueño, el alimento y la oración —precisamente cuando más los necesitamos—. El agotamiento físico debilita la capacidad de pensar con claridad, y el abandono de la oración cierra el oído al Señor. Pablo entendió que el cuerpo y el alma deben ser cuidados al mismo tiempo.

La cuarta ancla es el reconocimiento de la realidad. Pablo no vivió la tormenta en negación ni en pánico. Evaluó las circunstancias, comunicó lo que sabía y esperó que el Señor dirigiera cada paso. El tiempo de espera para conocer la voluntad de Dios nunca es tiempo perdido; es tiempo invertido. Al igual que los tripulantes de aquella embarcación, quienes hemos caminado con Dios podemos mirar atrás y reconocer momentos en los que Su mano fue tan evidente que, sin Su intervención, los resultados habrían sido completamente distintos.

El tiempo de espera para conocer Su voluntad nunca es tiempo perdido, sino tiempo invertido.

La pregunta que Pablo deja abierta

El libro de Hechos abunda en personajes, eventos y lecciones que sería imposible agotar. Pero hay una que sobresale: sin importar quién eres o dónde estás, Dios puede usarte. Pablo —un fanático religioso que persiguió a la iglesia— fue usado por Dios para establecer una fe y una práctica cristiana que hoy alcanza a todo el mundo. No porque fuera perfecto, sino porque lo permitió.

La lección es clara: Dios puede usarte. La realidad es asombrosa: puede usarte para cosas que jamás imaginarías. La pregunta es urgente: ¿lo permitirás? Y la oración es sencilla: «Señor, heme aquí; por favor, úsame a mí».

Nuestra actitud no depende de las circunstancias. Depende de Dios. Y mientras más crece nuestra confianza en Su omnipotencia, más firmes estaremos cuando llegue la próxima tormenta. «Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús» (Flp. 4:7).

Katerine Genao

Katerine Genao

Katerine Genao es arquitecta y madre a tiempo completo desde hace seis años. Por la gracia inmerecida de Dios, es cristiana desde hace veintiséis años. Sirve en su iglesia local (La IBI) como parte del equipo de liderazgo de Jóvenes Universitarios (JAD) y en el ministerio de parejas, además de colaborar como escritora para MPGD (Mujer para la gloria de Dios) y el Ministerio Ezer. Está casada con quien llama su “príncipe de resplandeciente armadura” y es madre de tres hermosos niños.

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