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La Reforma y la política
La Reforma y la política

Foto de Andretti Brown en Pexels

Cultura, sociedad y ética

La Reforma y la política

José Alberto Ortiz 1 noviembre, 2017

La relación del creyente con el Estado, el gobierno y la política revela una necesidad urgente: la iglesia latinoamericana requiere una Reforma de impacto comparable a la del siglo XVI. Durante demasiado tiempo, generaciones enteras han sido educadas en la errónea enseñanza de que «los creyentes no pueden relacionarse con la política». Es comprensible la preocupación que dio origen a esa recomendación, pero las consecuencias han sido lamentables: ausencia de cristianos en puestos de influencia pública, escasa participación del pueblo de Dios en los procesos electorales y, cuando esa participación ha ocurrido, decisiones de voto que no han favorecido el bien común.

El testimonio de la iglesia latinoamericana ha sufrido daños concretos. Guatemala ha elegido tres presidentes evangélicos, y ninguno impulsó reformas que reflejaran el orden de Dios. Dos de ellos salieron del poder bajo graves acusaciones de corrupción; uno fue procesado por crímenes contra la humanidad. En Perú, los evangélicos respaldaron masivamente a Alberto Fujimori en 1990, y una década después él tuvo que exiliarse bajo acusaciones similares, cumpliendo hoy una condena de prisión. Estos casos no argumentan en favor del alejamiento cristiano de la política, sino de la urgencia de una participación más fiel, más formada y más coherente con el evangelio.

La Reforma y la dignidad de todos los llamados

Al revisar la historia de la Reforma protestante, se llega a una conclusión ineludible: los grandes cambios sociales y políticos que transformaron Occidente fueron impulsados por la participación activa de cristianos regenerados por el poder de la Palabra de Dios. La Reforma proclamó que Dios es soberano, que el mundo entero fue creado y ordenado por Él, y que todo cuanto existe apunta hacia Él y debe ser usado para darle honor y gloria, así como para traer socorro al ser humano.

Una de las contribuciones doctrinales más transformadoras de la Reforma fue su comprensión de la vocación. Antes del siglo XVI, la iglesia de Roma enseñaba que el servicio eclesiástico tenía mayor valor ante Dios que cualquier otra actividad humana. La Reforma desmontó esa jerarquía al afirmar que todos los trabajos —el del agricultor, el del juez, el del legislador— reciben igual aprobación de Dios. Esta verdad liberó a miles de creyentes para vivir con un sentido profundo de responsabilidad divina en cada esfera de la vida, incluida la política. Ya no se trataba de escapar del mundo, sino de transformarlo para que reflejara el orden de Dios.

Dos ejemplos que iluminan el camino

La historia ofrece testimonios elocuentes del impacto político de esta teología reformada. El primero es el proceso de independencia de los Estados Unidos en 1776. La mayoría de los treinta y nueve redactores de la Constitución Federal se identificaban como cristianos; los restantes, aunque no lo eran, sostenían valores morales cercanos a la revelación de Dios. Su fe y su cosmovisión se imprimieron en el texto constitucional: la separación de poderes, la distinción entre iglesia y Estado, la igualdad de todos ante la ley, el respeto a la vida, a la dignidad humana y a la propiedad privada. Puede afirmarse que Estados Unidos fue, hasta mediados del siglo XX, una sociedad profundamente influenciada por los principios de la Palabra de Dios.

El segundo ejemplo es aún más personal. William Wilberforce era miembro del Parlamento británico cuando, a los veintiún años, se arrepintió de su vida de pecado y se convirtió. Desde ese momento, asumió como causa divina la erradicación de la esclavitud en el Reino Unido y sus colonias. Le indignaba que una nación que se preciaba de respetar la dignidad humana fuera, al mismo tiempo, el principal comercializador de esclavos en Occidente. Después de veinte años de lucha parlamentaria, se abolió el comercio de esclavos; veinte años más tarde, se logró la abolición total. Wilberforce falleció tres días después de conocer la victoria. Su vida entera evidencia que Dios puede transformar un corazón y enviarlo al centro del poder para hacer justicia.

Dios le regaló nueva vida en Cristo y transformó su corazón para que impulsara esta batalla.

Un llamado a recuperar la vocación política

La iglesia de hoy necesita revisar la historia de la Reforma y enseñar a sus congregaciones a perseguir con fidelidad los llamados que Dios ha puesto en cada creyente. Aquellos a quienes Dios ha dotado con vocación para presentarse como candidatos a cargos de elección popular, o para servir en la administración pública, deben ser exhortados a ejercer esa vocación con integridad y convicción. Sus dones y talentos no son suyos: fueron otorgados por Dios para traerle gloria a su nombre y para procurar justicia y paz en nuestras naciones. Abstenerse no es una opción piadosa; es una renuncia al llamado. La Reforma nos recuerda que el Señor de la iglesia es también el Señor de la historia.

José Alberto Ortiz

José Alberto Ortiz

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