IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La vida se parece a una carretera. Hay tramos amplios y planos donde transitamos con tranquilidad, disfrutando las bondades de Dios y viendo con claridad su obrar. Pero cada cierto tiempo aparecen curvas inesperadas y giros que, a nuestra vista, parecen absurdos: nos desconciertan, nos hacen dar vueltas en círculos y nos llevan a callejones sin salida.
En esos momentos en que ya no podemos ver con claridad, ¿qué nos mantiene caminando? ¿Cómo seguimos avanzando cuando todo está oscuro y el futuro, más que incierto, parece inexistente?
La fe es el ejercicio de la esperanza hacia aquello que aún no es realidad. Sin embargo, la Biblia nos enseña que la fe no es una actitud mental positiva ni un sentimiento que fabricamos por voluntad propia: es un fruto del Espíritu Santo y posee un objeto definido. Ese objeto es Cristo, quien la inicia al concederla por medio del Espíritu y quien la consuma al cumplir todo aquello que nos pide que creamos (Heb. 12:2).
El autor de Hebreos lo expresa con precisión: «La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (Heb. 11:1). En el célebre capítulo 11, conocido como la galería de los héroes de la fe, casi cada versículo comienza estableciendo que estos hombres y mujeres pudieron llevar a cabo actos de obediencia y confianza en el Señor precisamente a causa de la fe: Abel, Noé, Abraham, Sara, José, Moisés (vv. 4, 7, 8, 11, 22, 24). La fe no era para ellos un sentimiento cómodo, sino la capacidad sobrenatural de actuar cuando la vista falla.
Solemos recordar con facilidad los resultados positivos de la fe: oraciones respondidas, liberaciones, sanidades, salidas milagrosas de situaciones difíciles. Tenemos frescos en la mente esos momentos en que Dios nos sacó de la incomodidad como regalo de su gracia. Sin embargo, más adelante en ese mismo capítulo 11, el autor de Hebreos revela otra cara de la misma fe: por ella, muchos afrontaron circunstancias oscuras con valentía sobrenatural sin ver resultado alguno al instante. Fueron torturados, ridiculizados, azotados, encadenados, apedreados, aserrados por la mitad (vv. 35b–38).
El diccionario describe al valiente como quien «actúa con decisión y firmeza haciendo frente a sus miedos, inquietudes y dudas». El ejercicio de la fe —esa confianza práctica en lo que no podemos ver— demanda exactamente eso: superar miedos reales y legítimos para seguir actuando aunque no haya señales visibles. En la historia del caminar de muchos creyentes con Dios, lo que el teólogo Paul David Tripp llama «gracia incómoda» se hace presente: la gracia que nos lleva justo al centro de la dificultad y trabaja en nosotros para conformarnos a la imagen de Cristo, sin cambiar absolutamente nada de las circunstancias tormentosas.
«Todas estas personas obtuvieron un testimonio favorable mediante la fe, aunque ninguna recibió lo que había prometido» (Heb. 11:39). No estamos ante personas fuertes, automotivadas y positivistas. Estamos ante personas débiles que fueron fuertes porque, en medio de su debilidad, podían ver algo más de forma sobrenatural a causa de la fe.
El apóstol Pablo merece un lugar destacado en esta galería. Una vez que reenfocó su fe en la verdad de Cristo, dejó atrás el legalismo, abrazó la gracia, y se rindió totalmente al Señor, ofrendando su vida hasta el sacrificio. Con valentía y firmeza enfrentó toda adversidad, defendió su apostolado y llevó a cabo su propósito hasta el último aliento (Hch. 22:3–21; 2 Co. 11:16–33; 2 Ti. 3:10–12). A diferencia de los héroes de Hebreos 11 que murieron sin recibir las promesas, solo divisándolas de lejos, Pablo las recibió cumplidas en Cristo.
Todas estas personas obtuvieron un testimonio favorable mediante la fe, aunque ninguna recibió lo que había prometido.
La fe tiene un objeto, y ese objeto es Jesús, quien promete darnos visión en medio de nuestra ceguera circunstancial si fijamos los ojos en Él. Pero fijar la mirada en alguien no tangible ni visible requiere confianza plena en que Él es real, en que Él es Dios. Implica desprenderse de lo que pensamos que debe ocurrir y reconocer plenamente que sus caminos no se parecen a los nuestros: «Mis pensamientos no se parecen en nada a sus pensamientos —dice el Señor—. Y mis caminos están muy por encima de lo que pudieran imaginarse» (Is. 55:8–9).
Los mártires de la fe recibieron lentes especiales gracias a la confianza depositada en Dios, en quién Él dice ser y en su soberanía. Sabían que Él era capaz de librarlos, pero descansaban en el conocimiento de que era infinitamente más sabio que ellos. Incluso Jesús, en su momento de mayor debilidad, nos dio el ejemplo supremo: se despojó de su propio entendimiento y fijó su mirada en el plan bondadoso y superior que el Padre había preparado. «Por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, despreciando la vergüenza» (Heb. 12:2). Cuando miramos la cruz, recordamos que no podemos confiar en nosotros mismos ni en nuestra lectura del panorama presente, por más real que este parezca. Nuestro pensamiento es exageradamente limitado.
La fe es un regalo de Dios para ayudarnos a ver lo que no podemos comprender. Nos enseña —y en ocasiones nos recuerda— que Dios orquesta el rumbo de nuestra vida de forma detallada y personal, uniendo al mismo tiempo lo particular con su plan eterno y universal. Solo la confianza y dependencia total en el Dios soberano, todopoderoso y lleno de bondad puede hacer florecer una fe robusta e inamovible.
Este artículo es, en el fondo, una invitación a no temer y a ser valientes por fe. Es un llamado a caminar un día a la vez, con los ojos puestos en Jesús, quien soportó lo peor y nos amó hasta la cruz. Es un aliento para transitar los caminos que la vida presente —sean tramos planos o curvas cerradas— confiando en quien trazó la carretera. Las manos que Él extiende para sostener nuestros pasos son las mismas que sustentan el universo (Heb. 1:3). Mientras el mundo gire y exista, podemos confiar: Él está y estará con nosotros, sosteniéndonos, guiándonos, reenfocándonos y perfeccionando nuestra fe hasta el día en que finalmente estemos completos en Él. Entonces no necesitaremos más valentía ni visión especial. Estaremos ante la consumación plena de nuestra fe.
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