IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Sami Abdullah en Pexels
Gilda Hernández • 20 septiembre, 2019
Según el diccionario de la lengua española, una expectativa es «la esperanza de realizar o conseguir algo; la posibilidad razonable de que algo suceda». Tenemos expectativas sobre el clima, la economía y muchas otras áreas, pero las más influyentes —y a menudo las más dolorosas— son las que depositamos en nuestras relaciones: el matrimonio, la familia, la amistad, el trabajo, la iglesia. Es en esos espacios donde las expectativas nacen, mueren y, con frecuencia, necesitan ser podadas.
Aunque cada persona llega a sus relaciones con una personalidad, un temperamento y un conjunto de experiencias distintos, es común que todos —hombres y mujeres por igual— alberguemos expectativas altas, bajas, reales e irreales sobre cómo deben funcionar esos vínculos. Tenerlas no es en sí mismo un problema; el problema surge cuando esas expectativas están arraigadas en nuestra naturaleza pecaminosa, porque entonces nos conducen, casi sin excepción, por un camino de constante frustración y decepción.
La escritora Carolyn Mahaney lo expresa con precisión: «Seremos realistas y estables tan pronto enfrentemos el hecho de que vivimos en un mundo caído, corrompido por el pecado. Dejaremos de tener expectativas de que las cosas pueden mejorar y no nos asombraremos cuando en algunas ocasiones empeoran. Ya no temeremos ante las malas noticias».
Esta perspectiva no es pesimismo; es lucidez bíblica. Cuando nuestras expectativas no se cumplen, la manera en que respondemos revela mucho sobre el estado de nuestro corazón: orgullo, idolatría, arrogancia, resentimiento, ira o tristeza. A la inversa, cuando vivimos esclavos de cumplir las expectativas de otros, emergen la vergüenza, el temor y la ansiedad. En ambos casos, el denominador común es el mismo: el pecado que aún permanece en nosotros.
Existe además una dimensión práctica que con frecuencia se pasa por alto: muchos conflictos relacionales no nacen de expectativas desmedidas, sino de expectativas no expresadas. Dentro del matrimonio, la crianza o el trabajo, hay espacios legítimos para comunicar lo que esperamos del otro. Cuando esa comunicación no ocurre, las expectativas se imponen o se asumen de manera equivocada, y el conflicto se vuelve casi inevitable.
Si hemos sido alcanzados por la gracia de Dios, sabemos que tendemos a idolatrar nuestras relaciones, olvidando que donde hay pecadores habrá diferencias y dolor. Vamos a ofender y a ser ofendidos; el pecado que permanece en nosotros es una limitación real para cumplir las expectativas que otros depositan en nosotros, así como para cumplir las que nosotros depositamos en ellos.
Pero aquí es precisamente donde el evangelio interviene. La meditación en la Palabra nos permite reconocer esa limitación y, al mismo tiempo, sostener nuestras relaciones a través del perdón. Hemos sido perdonados por Dios de una deuda impagable (Mt. 18:23). Esa realidad debe moldear la forma en que respondemos cuando el otro nos falla. «Sean bondadosos y compasivos unos con otros, y perdónense mutuamente, así como Dios los perdonó en Cristo» (Ef. 4:32). «Sean, pues, imitadores de Dios como hijos amados» (Ef. 5:1).
Las Escrituras nos dan una hoja de ruta concreta. Proverbios 19:11 nos llama a pasar por alto la ofensa. Colosenses 3:13 nos invita a revestirnos de «afecto entrañable, bondad, humildad, amabilidad y paciencia», abandonando el enojo y la calumnia. Efesios 4:1–6 nos convoca a vivir de manera digna de nuestra vocación: «con toda humildad y mansedumbre, con paciencia, soportándoos en amor, esforzándoos por preservar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz» (Ef. 4:2-3). Y Filipenses 2:2–4 nos recuerda que la actitud humilde considera al otro como más importante que a uno mismo, buscando no los intereses propios, sino los de los demás.
La calidad de nuestras relaciones es inversamente proporcional a las expectativas que tengamos de las mismas. Si nuestras expectativas son reales y, sobre todo, bíblicas, habrá una posibilidad muy alta de que esas relaciones reflejen el amor de Cristo.
Para los hijos de Dios, la expectativa más alta no es que una relación funcione perfectamente, sino la segunda venida de Cristo. Esa esperanza no anula las demás; las reordena. Nos recuerda que vivimos en un mundo caído, pero que nuestra ciudadanía está en el cielo (Fil. 3:20). Mientras continuemos en este mundo, nuestras expectativas seguirán siendo afectadas por el pecado que aún mora en nosotros. Pero gracias al Espíritu Santo, que obra por medio de la meditación en la Palabra, esas expectativas pueden ser reveladas, examinadas y reajustadas conforme a la realidad del evangelio.
Nuestras relaciones glorifican a Dios cuando aprendemos a manejarlas bíblicamente: reconociendo nuestra limitación, expresando con honestidad lo que esperamos, perdonando como hemos sido perdonados y fijando nuestra esperanza última no en el otro, sino en Cristo.
Vale la pena detenerse y reflexionar: ¿Con cuáles expectativas irreales está luchando hoy? ¿Están sus expectativas respaldadas por la Palabra o por los estándares de este mundo? ¿Cómo responde cuando el otro no cumple lo que usted esperaba? ¿Hay alguna expectativa no expresada en alguna de sus relaciones —en el matrimonio, la familia, el trabajo o la iglesia— que esté generando distancia sin que nadie lo sepa?
Gilda Hernández es licenciada en Administración Hotelera y ha sido adoptada por Dios por Su gracia. Es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve en el ministerio de misiones Antioquía y en el ministerio de mujeres Ezer. Puedes seguirla en Twitter.
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