IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El que dice que permanece en Cristo debe andar como él anduvo. Esta demanda de 1 Juan 2:6 plantea una pregunta crucial: ¿qué se requiere para caminar como Jesús caminó? La respuesta no está en leer más la Biblia, orar más frecuentemente ni ayunar con mayor intensidad. Todas esas disciplinas son buenas, pero por sí solas no producen lo que Dios busca. El secreto está en comenzar por donde Cristo comenzó y hacer lo que él hizo, en el orden en que lo hizo.
Filipenses 2 revela ese orden: Jesús no se aferró a su igualdad con Dios, se despojó de sus privilegios, tomó forma de siervo, se humilló y se hizo obediente hasta la muerte de cruz. Ahí radica la diferencia entre intentar la vida cristiana y vivirla. No aferrarse es una actitud del corazón; despojarse es la acción que sigue. Cristo dejó ir la comunión íntima con el Padre, la adoración de los ángeles, un lugar sin pecado ni lágrimas. Nosotros, en cambio, vivimos aferrados a derechos, privilegios, espacios, tiempos, la aprobación de otros y, sobre todo, al yo con sus deseos.
Esas ataduras son precisamente lo que nos hace esclavos. Cuando alguien interrumpe nuestro tiempo nos enojamos, cuando invaden nuestro espacio reclamamos. Pero Cristo, despojado ya de todo, dejó que las multitudes lo oprimieran y sanó a quien lo tocó sin quejarse. Le abrieron el techo de una casa y perdonó al paralítico sin mencionar el daño. No reclamaba derechos porque no se había aferrado a ninguno. La verdadera libertad no consiste en ser uno mismo, sino en soltar todo lo que el yo demanda. Solo entonces hallaremos descanso para nuestras almas y podremos andar como él anduvo.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
En el día de hoy tenemos un versículo, una palabra clave y dos preguntas que queremos responder. El versículo es 1 Juan 2:6, que lo leeremos un poco más adelante. La palabra clave es caminar o andar, y las dos preguntas son las siguientes, escúchenlas: ¿Cómo anduvo el Señor? Y dos: ¿Qué se requiere para andar como Él anduvo? ¿Cómo anduvo el Señor y qué se requiere para andar como Él anduvo?
Padre, gracias te damos por tu satisface. Te pedimos ahora que seas con tu siervo, que lo guíes, que lo llenes de ti, de tu sabiduría, de tu autoridad, de claridad, de ideas al hablar. Glorifícate a ti en él. Ayúdanos a entender cómo tú quieres que seamos y cambia tu iglesia, en Cristo Jesús.
En el mensaje anterior nosotros hicimos un gran énfasis y decíamos, basados en lo que el texto de Primera de Juan dice, que una de las mejores evidencias de que nosotros realmente amamos al Señor es a través de nuestra obediencia. Si me amáis, guardad mis mandamientos, dijo el Señor. Pero decíamos también que una de las mejores evidencias de que realmente somos cristianos, de que realmente estamos en la fe, es nuestro grado de obediencia. Y esta es la manera como Juan lo dice en su capítulo segundo —perdón, capítulo dos, versículo tres— de esta primera carta de Juan: "Y en esto sabemos que hemos llegado a conocerle, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo he llegado a conocerle, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso y la verdad no está en él. Pero el que guarda su palabra, en él verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado. En esto sabemos que estamos en él."
¿Cómo sabemos que estamos en él? Si guardamos sus mandamientos. Pero ahora el versículo seis, que es el texto de hoy, toma esa enseñanza, la lleva un paso más allá, y esto es lo que el texto del versículo seis dice: "El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo." Recuerde que aquí el tema es permanencia. El mensaje anterior: el que dice que permanece en él, debe guardar sus mandamientos. En este mensaje: el que dice que permanece en él, debe andar como Él anduvo. En otras palabras, el estilo de vida que Cristo exhibió debe ser mi estilo de vida, porque eso es lo que Dios me está mandando a hacer.
Y yo decía al grupo anterior que esta enseñanza no es nueva ni es única de Juan, que Pedro de una u otra manera nos dijo exactamente lo mismo, también en su primera carta, también en el capítulo dos, pero en el versículo 21 en esta ocasión: "Porque para este propósito habéis sido llamados, pues también Cristo sufrió por vosotros" —coma, escúchame ahora— "dejándoos ejemplo para que sigáis sus pisadas." Andar como Él anduvo y andar sobre sus pisadas es exactamente el mismo llamado, el mismo estándar, el mismo compromiso.
De manera que ahora nosotros sabemos que ese es el llamado que hemos recibido. Tenemos que hacernos dos preguntas: la primera, ¿cómo anduvo Cristo? Y dos, ¿qué se requiere para andar como Él anduvo? Y yo creo que de esas dos preguntas es más fácil conocer la respuesta de la primera —cómo anduvo el Señor—, porque yo dudo que haya una sola persona aquí que no sepa la respuesta a esa pregunta.
Nosotros sabemos que Él fue manso, humilde. Nosotros sabemos que Él fue obediente, sabemos que fue dependiente, sabemos que Él caminó y anduvo perdonando, que anduvo sanando, que anduvo dando, que estuvo amando. Y cada una de esas cosas son conocidas, de manera que nosotros tenemos una buena idea de cómo Él anduvo. Y el apóstol Juan nos dice: tú debes andar como Él anduvo.
La segunda pregunta yo creo que es más difícil de responder, y eso es precisamente lo que vamos a tratar de hacer en el resto del tiempo que tenemos juntos: ¿qué se requiere para andar como Él anduvo? Y yo no sé cómo cada uno de nosotros respondería esa pregunta. Pero quizás algunos dirían: "Bueno, tenemos que leer la Biblia, leerla más, estudiarla, meditarla, recordarla, memorizarla, hacerla parte de nosotros." Y eso es cierto, pero no va a producir lo que nosotros queremos ni lo que estamos preguntando esta mañana.
Quizás algunos estén pensando: "Bueno, quizás necesitamos orar, orar más, más frecuentemente." Eso es bueno, usted debe hacerlo, pero no va a producir lo que nosotros queremos. Quizás otros están pensando: "Bueno, si no es estudiar la Palabra y no es orar, quizás estudiar, orar y ayunar todo junto, de manera que podamos realmente llegar a ser como Él fue y caminar como Él caminó." Todo eso es bueno, pero no va a producir lo que nosotros queremos y lo que el texto de hoy nos está diciendo.
Entonces, si todas esas cosas son necesarias y son buenas, pero no producen lo que Dios quiere que se produzca en nosotros, ¿cómo es que va a ocurrir? Porque si yo no sé cómo va a ocurrir, tampoco voy a poder caminar como Él caminó, y la demanda es que yo haga eso. Bueno, yo creo que lo que nosotros necesitamos hacer es comenzar por donde Cristo comenzó y hacer, en el orden en el que lo hizo, lo que Él hizo. Cuando Cristo terminó de hacer lo que Él hizo, Él tuvo la vida que Él llevó. Si yo hago lo mismo, yo debo terminar en el mismo lugar. Y vamos entonces a explicar a partir de un texto de la Palabra claramente qué fue lo primero que Cristo hizo, y a partir de ahí exponer el resto del mensaje.
Filipenses 2:5-8 dice: "Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo también en Cristo Jesús, el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, haciéndose semejante a los hombres. Y hallándose en forma de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz."
Escucha qué es lo que Cristo hace en primer lugar. Su igualdad con Dios, que era probablemente lo que Él más podía valorar, Él decide ponerla a un lado. Sus privilegios, sus prerrogativas, sus condiciones de ser Dios, que pudieron ser de las cosas que Cristo más apreció, Él se despojó de eso también. La comunión íntima con su Padre, de la cual Él había disfrutado desde la eternidad, Él se despojó de eso. La compañía de los ángeles en adoración conjunta, Él no consideró eso como algo a qué aferrarse tampoco. El haber habitado en un lugar donde no había pecado, no había dolor, no había lágrimas; habitar en un lugar donde todo el mundo se conformaba totalmente a la voluntad de Dios, eso debe haber sido uno de sus deleites, pero Él terminó despojándose de eso también. Es ahí donde Jesús comienza. El resto es historia.
Tú notaste ahora el orden de cómo esto se dio. En primer lugar, Él no se aferró, que no es lo mismo que se despojó. Están relacionadas, pero son diferentes. Cuando el texto dice que Él no se aferró, nos habla de que Él no consideró, Él no sopesó, Él no lo pensó dos veces, sino que estuvo dispuesto a deshacerse precisamente de eso de lo cual Él terminó despojándose. Después de no haberse aferrado a algo, es mucho más fácil despojarte de ese algo. Y yo lo ilustraba de esta manera: no es lo mismo que yo no me aferre a este libro, que yo me despoje de él. Y de eso vamos a hablar un poquito más adelante.
En tercer lugar, tomó forma de siervo, y el siervo no viene a ser servido, sino a servir. En cuarto lugar, el humillarse le resultó relativamente fácil, porque como ya no estaba aferrado a nada y se había despojado de todo, ya le era fácil hacer eso que es típico de los siervos: el humillarse. Se hizo obediente, fue a la muerte y murió en una cruz. ¿Tienes el orden ahora? Y ahora Juan te dice: el que dice que permanece en él, debe andar como Él anduvo.
Ahora tú tienes una idea. Paso número uno: Cristo no se aferró. Y tú y yo vivimos demasiado aferrados; ese es el problema. Nosotros vivimos aferrados a cosas, a personas, a condiciones, a circunstancias, a hábitos, a seguridad que creemos tener, a memorias, familiares, amigos, a derechos que creemos tener también, privilegios, a grados de importancia que yo mismo me doy, a una imagen que yo he cultivado, que quiero tener frente a los demás aunque quizás mi interior no corresponda a esa imagen, a posiciones, a salarios, a títulos, a comodidades. Y vivimos aferrados a la aprobación de los demás, el aplauso. Y todas esas cosas a las que vivimos aferrados nos impiden, nos imposibilitan caminar como Él anduvo.
Gary Thomas, en su libro "The Glorious Pursuit" (La Búsqueda Gloriosa), dice lo siguiente: "Es una cosa el rendirse y otra cosa totalmente diferente el estar despegado. El rendirnos es un acto de la voluntad aceptando situaciones físicas o condiciones que Dios ha ordenado y buscar su buen propósito en ellas. El despegarnos implica que dejamos de encontrar seguridad y significado en la gente, en las cosas, en las posiciones y en el poder, de manera que nada de eso ya nos seduce a hacer cosas que no son sabias o que son inservibles."
En otras palabras, aquellas cosas a las cuales nos aferramos son esas cosas que terminan seduciéndonos y haciéndonos pecar de una manera que nosotros en primer lugar no hubiésemos querido hacer. Pero nosotros jamás podremos caminar como Cristo caminó si no nos despegamos primero. Y lamentablemente la mayoría trata de esforzarse, hace enormes esfuerzos, pero al mismo tiempo permanece aferrada, esa mayoría, a cosas que no están dispuestos a dejar. Y la pregunta es: ¿por qué?
No, no, nosotros queremos cambiar, yo estoy seguro de eso. Pero nosotros queremos cambiar lo suficiente para impresionar, para crear una buena opinión en el otro, para que el otro se pueda ir con una buena opinión, o para que alguien me deje trabajar a su lado, o para que se me permita trabajar en la obra del Señor o en un ministerio equis. Yo quisiera cambiar hasta ese grado, pero yo no quiero cambiar totalmente hasta el punto de llegar a ser un siervo.
Yo quiero dominio propio de tal manera que, a través del dominio propio que tengo, yo pueda servir a quien yo quiero servir, cuando yo quiero servir, donde yo quiero servir. Pero yo no quiero ser transformado tan completamente de tal forma que yo tenga que servir donde se me pida servir, a quien se me pida servirle y en la manera como se me pida servirle. ¿Te das cuenta hasta dónde nosotros queremos ir, hasta dónde nosotros queremos llegar? Es la razón por la que, cuando muchas veces se nos pide servir, decimos que no, porque eso no era lo que yo quería hacer.
Nosotros queremos fuerza de voluntad, pero nosotros no queremos la fuerza del Espíritu, porque nuestra búsqueda es una búsqueda interesada, es una búsqueda enfocada, pero enfocada no en Dios, sino en impresionar al otro de tal manera que el otro piense que tengo una santidad tal y que esa santidad me permite hacer el trabajo de Dios en la manera en que yo entienda debe hacerse el trabajo de Dios. Lamentablemente, esas cosas a las cuales nosotros nos aferramos son las cosas que nos hacen esclavos. Porque esas cosas y derechos y privilegios que creemos tener son las que continuamente nos repiten en la mente: "Mira lo que te hicieron, y no te llamaron, y no te invitaron, y no te consideraron, y te pisotearon los derechos, y se limpiaron los pies en ti". Y esas cosas son las que nos estrangulan y nos quitan el gozo que Dios quiso darnos en nuestra salvación en primer lugar.
Cristo no se aferró a ninguna de esas cosas. Cristo en ningún momento se sintió estrangulado por esas demandas porque Él había dejado esos privilegios a un lado. Paso número uno: no se aferró. Paso número dos: se despojó. ¿Saben a qué me suena esta diferenciación? El primero no se aferra y luego se despoja, y es que realmente son diferentes y son pasos distintos.
Cuando yo no me aferro, eso es una actitud, y de hecho eso es exactamente lo que el texto dice: "Haya, pues, en vosotros esta actitud que hubo en Cristo Jesús". Es una disposición de ánimo, del espíritu frente a la vida, y eso es lo que muchas veces los hijos de Dios no tienen. La razón por la que muchos tienen dificultad en caminar como Cristo caminó es precisamente por la mala actitud que tienen. No que tuvieron ayer, porque cada uno de nosotros en algún momento ha tenido una mala actitud. Me refiero a la mala actitud que tienen frente a la vida, con falsas expectativas, y donde continuamente sienten insatisfacciones y continuamente están reclamando, ya sea verbalmente, ya sea en su interior, o se están quejando, están insatisfechos. Y esa actitud que no hubo en Cristo Jesús nos impide caminar como Él caminó.
Tú primero tienes que no aferrarte. Si yo no me aferro a este libro, yo primero digo: "Estoy dispuesto a darlo si Dios quiere que lo dé", pero todavía no lo he dado. Simplemente tengo una actitud de dar. Ahora, cuando yo quiero despojarme, yo puedo pensar: "Aquí en seguida se lo voy a dar", y termino entregándolo. Entonces Cristo primero no se aferra y luego Él se despoja de su posición, de su igualdad con Dios, de sus privilegios, de sus derechos.
Y es importante que nosotros reconozcamos que esta actitud frente a la vida se construye en la mente, en el lugar de la batalla. La mente es el campo de batalla donde yo gano y pierdo mis luchas, sin lugar a dudas. Cuando tú vas y pecas, tú perdiste esa batalla antes de la acción, cuando tomaste la decisión en tu mente de lo que ibas a hacer. Y de hecho ya Dios te lo contó como pecado porque Él sabía a lo que ibas. Y de la misma manera, en tu mente, cuando le dices que no al pecado, tú ganas la batalla, y ya Dios te la contó como ganada porque tú decidiste que no ibas a ceder.
Y la razón por la que es importante que nosotros reconozcamos este estado de la mente es porque muchas veces nosotros no estamos repitiendo la acción del pecado, pero seguimos en el mismo pecado. "Pastor, no entiendo". Ahora te explico. Muchas veces nosotros no estamos pecando solamente porque no me gustan las consecuencias del pecado y los frenos alrededor de mí están presentes, y por tanto yo no estoy repitiendo la conducta. Pero si me pusieran en el medio del África donde nadie me ve, yo probablemente —o sin probablemente— yo volvería a repetir la acción. Esa es la razón por la que todavía vivo esclavizado al pecado, y la razón por la que mi arrepentimiento todavía no ha sido contado para Dios, porque Dios sabe que en el estado de mente en que estoy yo acaricio mi pecado, me gusta mi pecado, no he dejado ir mi pecado, y dadas las circunstancias donde yo entienda que no se me está viendo, voy a repetir mi pecado.
Y vivimos aferrados ahora no solamente a cosas, no solamente a personas, no solamente a circunstancias; nosotros vivimos aferrados al pecado que a mí me gusta, y por eso no lo dejo ir todavía. Hasta que yo no termine aborreciendo mi pecado —no aborreciendo las consecuencias de mi pecado, y no aborreciendo tampoco cómo yo me siento después de haber pecado, no— cuando yo termine aborreciendo el hecho mismo del pecado, hasta que yo no esté ahí, mi arrepentimiento no ha sido contado para con Dios. Ha sido modificación de conducta solamente.
Y cuando yo me aferro a esas cosas, esas cosas son las que terminan seduciéndome y me terminan llevando a cometer las acciones que yo no hubiese querido cometer, pero que he sido forzado —más que forzado— seducido, inducido y llevado por cosas que yo no he dejado ir. Vivimos demasiado aferrados, y yo jamás podré andar como Él anduvo mientras yo sigo aferrado a cada una de esas cosas que estamos describiendo ahora.
Cristo, paso número uno: no se aferró. Paso número dos: se despojó. Paso número tres: se hizo siervo. La característica número uno del siervo es que él se ha destronado a sí mismo. Como Cristo se despojó, se movió, se salió del trono. Y eso no es que Dios Padre lo empujó, no, Él lo hizo por sí mismo. La característica número uno del siervo es que ellos son personas destronadas, y entonces la mejor evidencia de que realmente eso ha ocurrido es que ahora yo tengo una vida de servicio, y esa vida de servicio no se centra en ellos sino se centra en otros.
No es lo mismo servir que una vida de servicio. La persona que te atendió la última vez que tú fuiste a una tienda sirve; eso no es una vida de servicio. Él o ella recibe una remuneración, recibe un pago, está siendo inducida por un factor dinero a servir. Eso es como se gana la vida. Una vida de servicio es una vida rendida a los propósitos de Dios, sin un pago equivalente, reconociendo que parte del propósito de mi existencia está en este servicio que hoy estoy rindiendo, a través del cual yo puedo glorificar a mi Dios.
Cuando tú lees la vida de Cristo, te das cuenta que Él vivió y murió ciertamente como un siervo. Y como siervo, humillarse ahora le fue más fácil. Le fue más fácil porque ya se había despojado. No se había aferrado, se había despojado, se había convertido en el siervo, y el humillarse ahora le fue mucho más fácil. La humillación y la condición de siervo promueven la obediencia porque ya no están aferrados a cosas.
Y lamentablemente, cuando nosotros vivimos aferrados a esas cosas de que yo hablaba —privilegios y derechos que creemos tener— es cuando nosotros continuamente nos estamos enojando, cuando otros interrumpen mi espacio, mi tiempo, mi derecho, mis privilegios. Yo no sé si tú has estado en alguna ocasión en una fila que no es fila, es un molote de personas, y la gente está empujando, y de repente alguien como que te empuja por detrás. Tú recuerda lo que tú sentiste por dentro.
Pero recuerda que Marcos 5 nos dice que Dios estaba caminando entre las multitudes y que las multitudes lo oprimían. Más de una vez el texto bíblico nos dice que las multitudes lo oprimían. En este caso de Marcos 5, la multitud lo oprime, y resulta que en medio de Él sentirse oprimido, hay una mujer que está sangrando por doce años que lo toca, y Él la sana y la salva. Y en ningún momento Él dijo: "Yo no puedo creer esta gente que me estaba oprimiendo, me estaba apretando, me estaba empujando, qué egoístas, están en mi espacio". Él no tenía espacio; Él dejó el suyo ya hace mucho tiempo. Él estaba irrumpiendo en el espacio del otro para ministrarle.
Cristo en ningún momento dice: "Están violentando mis derechos". Él no tenía ninguno, por eso no reclamaba ninguno. Él se despojó, Él se vació de tal manera que Él pudiera ser llenado por el Espíritu de Dios siendo Él hombre, y Él pudiera entonces servir de esa manera. Cuando nosotros nos enojamos, nos enojamos precisamente porque creemos que otros están infringiendo mi derecho, mi privilegio, mi lugar, mi tiempo, mi espacio. Y nada de eso nos permite caminar como Él anduvo.
Primer lugar: no se aferró. Paso número dos: se despojó. Paso número tres: se hizo siervo. Paso número cuatro: se humilló. Cuando nosotros pensamos ahora en alguien que se humilla, pensamos en alguien que ha hecho algo que no le correspondía hacer o que está por debajo de su investidura: como cuando Cristo lavó los pies de los discípulos, como cuando Él soportó los insultos, cuando vivió entre pecadores y personas ofensivas, cuando fue y murió en una cruz.
Humillarte, que es lo que Cristo hizo, implica olvidarte de ti mismo. Cuando tú te olvidaste de ti mismo, ahora tú estás pendiente del bien de los demás, y por tanto no reclamas las cosas que nosotros vivimos reclamando que tienen que ver conmigo. Cuando tú puedas vivir de esa manera verdaderamente, tú podrás entonces caminar como Él anduvo y podrás complacer al Padre.
Quizás la batalla más ardua que nosotros tenemos que luchar es la batalla contra el yo en medio de una generación yoísta, narcisista, que continuamente le dice al yo: "Te lo mereces, tú lo debes disfrutar, ¿por qué no hacerlo si está bueno?" Y nosotros creemos, llegamos a la conclusión de que nuestra verdadera libertad estriba en nosotros poder ser nosotros mismos, que mi mayor libertad está en yo ser lo que quiero ser. Y yo no conozco mayor prisión que cuando Dios te deja hacer lo que tú quieres ser. Yo no sé si tú has estado ahí, yo no sé si tú lo has visto, porque es precisamente las demandas del yo, los reclamos del yo, lo que sofoca tu vida. Tu verdadera libertad está cuando tú dejas ir y te despojas de todo lo que el yo quiere, demanda, desea, reclama, posee. Ahora eres libre, es en Cristo, por Cristo, y ahora tú puedes disfrutar la vida que Él te ha dado.
Lamentablemente nosotros queremos ejercitar, estimular, motivar, como dice Thomas en su libro, que excites a su momento todo lo que es del ego, la carne, el yo. Queremos llenarnos de todo eso, y todo eso que nos llena es lo que nos sofoca. En realidad nuestra libertad no consiste en llenarnos, en empalagarnos. Y Cristo se humilló. Ahora recuerda que Cristo no solamente se humilló, sino que Él fue humilde, y humillarse sin ser humilde no es la misma cosa.
Yo creo que cada uno de nosotros ha estado en el pasado, quizás aun hoy mismo, en situaciones donde usted se humilló y al otro día usted se hizo orgulloso otra vez. ¿Sí o no? Ok, hay dos o tres aquí, nosotros somos sinceros, el resto son mentirosos. Eso es humillarse. Ser humilde es otra cosa. Ser humilde es el estado que resulta, en el que yo quedo, después de múltiples procesos de humillación, y yo quedo en ese estado ahora, donde ahora yo soy humilde. Cristo no solamente se humilló, Él dijo: "Aprended de mí que soy manso y humilde." Pero cuando eres humilde ya no tienes que humillarte. ¿Sabes por qué? Porque el humillarte es hacer algo que tú consideras está por debajo de tu investidura. Cuando eres humilde, nada está por debajo de tu investidura. Tú haces lo que te toca hacer y lo haces con gusto y lo disfrutas. ¿Sabes por qué? Porque ya tú no estás concentrado en ti, enfocado en ti. Tú vives para Dios y luego para el otro, para bienestar del otro, hasta el punto que eres capaz de morir por el otro.
Esa es la verdadera libertad. Cuando entendamos eso, podríamos caminar como Él anduvo, y cuando caminemos de esa forma, seremos tan libres como queremos ser. Cristo les lavó los pies a los discípulos y Él no sintió que estaba siendo menospreciado, ni sintió que Él se estaba humillando. Nosotros lo vemos y terminamos pensando de esa manera. Ser humilde y humillarse no es lo mismo, como comer y estar satisfecho no es lo mismo. Comer es la acción, estar satisfecho es el resultado de haber comido mucho o suficiente. Es el estado en que yo quedo después de haber comido de manera repetitiva, o después de haber ingerido alimento de manera repetitiva. Bueno, eso es lo mismo con el ser humilde y el humillarme. Después de humillarme y humillarme y humillarme, llega un momento en el que yo termino siendo humilde. Hay una gran bendición en ser humilde.
Escucha lo que Cristo dijo en Mateo 11:29: "Aprended de mí que soy manso y humilde." ¿Cuántos de nosotros sabemos cuáles son las palabras que continúan inmediatamente después, sin punto ni coma, después que Cristo dijo "aprended de mí que soy manso y humilde"? Ok, ¿pero qué es lo que sigue? "Y hallaréis descanso para vuestras almas." Oh, pastor, yo no sabía que el estado de desasosiego en que he estado en parte se debe a que no soy manso ni humilde, sino rebelde y orgulloso. Claro, porque es mi rebeldía y es mi orgullo que terminan demandando, queriendo, pidiendo, reclamando, que me sofocan el gozo y la paz que Dios me da, y entonces ahora no puedo tener paz para mi alma.
Cristo dice: si eres manso, si eres humilde, que va a ser una condición que resulta de haberte despojado, de no haberte aferrado, de no reclamar derechos, de no reclamar espacio, de no reclamar privilegios, si eres manso y humilde de esa manera, ahora tú puedes estar en paz, porque tu yo no hará reclamos. Oh, pastor, ahora entiendo. Qué bueno. Cristo dice que es imposible disfrutar mi vida, caminar como yo anduve y disfrutar mi gozo si no haces esto que te estoy diciendo.
Para ser manso tienes que deshacerte de la ira, pero yo tengo que preguntarme qué es lo que a mí me produce ira. Si tú lo piensas, es bien claro lo que a nosotros nos produce ira. Nos produce ira cuando alguien interrumpe mi tiempo, cuando alguien interrumpe mi conversación, cuando alguien penetra mi espacio, cuando alguien viola mis derechos, o cuando alguien te ignora. Nada peor para el orgulloso que ser ignorado. ¿Sabes eso? Odiamos que nos ignoren, y cuando nos ignoran y nosotros odiamos eso, decimos: "¡Qué bueno que te ignoraron! Por diseño mío has sido ignorado."
Pero sabes qué, cuando yo veo a Cristo, un hombre que se despojó, que no se aferró a nada, Él se va a descansar un día con sus discípulos e interrumpieron su tiempo de descanso. Y Cristo mira para atrás y mira las multitudes y le dice a los discípulos: "Ok, discípulos, se acabó el descanso." "Pero Maestro, no hemos comenzado." "Se acabó la idea del descanso." "¿Y qué vamos a hacer?" "No, ustedes los mandan a sentar." "¿A sentar? Esta tarde ya, manda a cada quien a su casa, que se vaya a comer por ahí algo." "No, ustedes les van a dar de comer ahora." "Maestro, por eso íbamos a descansar." "Y 'vamos' es del verbo 'que ya no vamos'." Su tiempo fue interrumpido. Él no se airó. Los discípulos sí.
El Señor Cristo estaba enseñando en una ocasión y su enseñanza, su conversación, fue interrumpida por este hombre rico que viene corriendo y se tira a sus pies de rodillas y dice: "Maestro bueno, ¿qué debo yo hacer para heredar la vida eterna?" Y sabes que Él interrumpió su enseñanza, comenzó a responderle a este interruptor. Nosotros le hubiéramos dicho: "Un momento, te contesto ahora, seguimos la enseñanza." Él se detiene y le responde, y comienza a intercambiar ideas con él. Y antes de que el joven rico tomara su decisión de irse tal cual como vino, el texto dice que Cristo lo amó. ¿A quién? A quien interrumpió su enseñanza. Porque Cristo entendió que el propósito precisamente de su venida era cambiar a los interruptores para convertirlos de antes recibidores en dadores. Ellos no pueden ser lo que no han llegado a hacer todavía a través del proceso de conversión.
Cristo estaba enseñando en una casa, interrumpieron su espacio y le abrieron el hoyo al techo y le bajaron un paralítico. Eso hubiese sido razón suficiente para nosotros no sanarlo. Y Cristo lo sana y lo perdona y le dice: "Ahora vete caminando, vete en paz, sano y salvo." ¿Y el hoyo? ¿Cómo vas a comparar el hoyo de un techo temporal con la sanación y la salvación de un hombre? "No me hablen de hoyos y su egoísmo. Para esto yo vine: para convertir a personas egoístas en dadores, a través del cambio que yo y mi Padre operaríamos en él o ella a través del Espíritu de Dios."
Y quizás alguien pudiera decir: "Bueno, Él era Dios, por eso Él se pudo comportar así." No, esa no es la razón por la que se comportó así. La razón por la que se comportó así, porque Él vino como Dios hecho hombre, es por lo que ocurrió en los cielos: no se aferró y se despojó. Esa es la razón.
Ahora tú tienes la idea. Número uno: no te aferras. Número dos: te despojas. Número tres: te haces siervo. Número cuatro: te humillas. Número cinco, aquí viene: se hizo obediente. ¿Cómo que se hizo obediente? Él era Dios, Él siempre fue obediente. Sí, pero Él nunca fue requerido a someterse a la ley de Moisés. Cuando Él vino, en la medida en que Él cumple la ley de Moisés, se estaba haciendo obediente. Y el seis: obediente hasta la muerte.
La obediencia es la conformidad absoluta, la verdadera obediencia, conformidad completa a la voluntad de Dios. Y la desobediencia yo no la voy a definir como lo opuesto de eso. La desobediencia yo la voy a definir como un estado. Es el estado natural de las criaturas, de los seres caídos, que quieren hacer siempre lo que ellos quieren hacer, que desean que los dejen hacer lo que ellos desean hacer. ¿Y qué es eso? Queremos ser pecaminosos y queremos que nos dejen ser pecaminosos. Y cuando alguien viene e interrumpe mi tiempo, mi espacio, mis privilegios, decimos: "¡Qué egoísta!" Y tu forma de reaccionar, ¿no es egoísta también? Porque estaba centrado en mis derechos y mi espacio y mi tiempo. Y Dios lo sabe. Pero Cristo se hizo obediente, y al hacerse obediente, entonces Él pudo complacer a nuestro Dios.
La razón por la que algunos de nosotros estamos donde estamos por diez, quince, veinte años, o cinco, o tres meses, yo no sé, es porque estamos aferrados todavía a cosas que no queremos dejar ir. Y no las queremos dejar ir porque, al mismo tiempo que esas cosas nos seducen al pecado, al mismo tiempo disfrutamos la seducción que ellas nos provocan. Y queremos entonces un poco de Dios y un poco de la seducción. De hecho, queremos cristianizar nuestra seducción. Y Dios dice: "No, así no funciona."
Si tú quieres andar como Él anduvo, es una vida de obediencia. Obedecer y vivir de serio una vida de obediencia no es la misma cosa. Tú puedes obedecer, y hablamos de eso en un mensaje reciente, a regañadientes. Eso no es una vida de obediencia. Una vida de obediencia es un estilo de vida caracterizado por el sometimiento, la rendición de tu voluntad a los propósitos de Dios, de una manera más o menos constante. Yo no quiero hablar de perfección, pero de una manera más o menos constante. Y no es obediencia, desobediencia, obediencia, desobediencia, obediencia, desobediencia. Eso no es una vida de obediencia. Es una vida de yo-yo, pero arriba y para abajo.
Obedecer es seguir las instrucciones de alguien, en este caso Dios. Una vida de obediencia es una vida, escúchame ahora, rendida a la voluntad de Dios, de tal manera que para la persona es un gozo hacer la voluntad de Dios y no un peso.
Y usted podrá decirme: "Pastor, ¿y dónde vive ese espécimen?" Bueno, hay evidencia de que ha existido y no creo que esté en extinción tampoco. Salmo 40:8: "Me deleito en hacer tu voluntad." Dios, no solamente que yo quiero conocerla. A todos nosotros, de cierta manera, Dios, revélame tu voluntad. Y cuando tú la revelas: "¡Ay, no! ¡Así no! No te pedí tanto tampoco, Dios." No, el salmista dice: "No solamente yo quiero conocer tu voluntad, yo quiero hacerla." Y sabes qué, Dios, cuando la hago, es un deleite hacerla. Es un deleite complacer, es un deleite obedecer. Tu mandamiento, tu mandamiento ciertamente no es gravoso para mí, es mi deleite, es mi gozo.
Pero tú no puedes hacer eso si vives aferrado. Tú no puedes hacer eso si todavía no te has despojado. Tú no puedes hacer eso si no eres un siervo. Tú no puedes hacer eso si no te has humillado. Cristo no se aferró, se despojó, se hizo siervo, su humillación fue evidente, y entonces decidió morir. Y como murió, el obediente por el desobediente, el inocente por el culpable, el juez por el acusado, el Creador en lugar de la criatura, y el justo por el violador de la ley.
Nosotros, escucha, frecuentemente decimos: "Eso no es justo." Dios dice: "¿Qué tiene eso que ver con nada?" "No es justo que yo tenga que hacer y que el otro no tenga que hacer." Dios dice: "¿Qué tiene eso que ver con nada?" Imagínate que Dios Padre, Dios Hijo, hubiesen tenido una conversación. Dios Padre le dice: "Hijo, yo tengo un plan." "Dime, Padre." "Tenemos que ir al hombre." "Buena idea." "Solamente hay una cosa." "¿Qué es, Padre?" "Tú, el justo, tienes que morir en lugar del injusto." "Eso no es justo." "Hijo, ¿qué tiene eso que ver con nada? Lo que te estoy pidiendo es si tú estás dispuesto a hacer mi voluntad."
No es comparativo. Lo que nosotros estamos... la vida que te estamos pidiendo que vivas, la vida que Dios, que Cristo, que murió por ti, te está pidiendo que vivas, no es comparativa. "De lo que yo hice, de lo que el otro va a hacer, si él da un paso yo doy el otro, si él no va a hacer, yo no voy a hacer hasta que no haga." No, esa no es la vida. Tú no puedes andar como Él anduvo; Él jamás anduvo de esa manera. Cristo hizo de tal manera que al hacer, su vida era tan hermosa que indujo a los hombres a querer vivir como Él vivió. Y luego te dice: "Tú ve y haz lo mismo. Tú ve y vive una vida tan hermosa, no comparativa, no midiendo acciones, sino haciendo lo que te corresponde hacer, imitándome, siguiendo mis pisadas, andando como yo anduve, de tal manera que cuando otros te vean, tú puedas inducirlos a hacer lo mismo."
"Ah, no se me había ocurrido antes." O ya lo sabías. A Cristo no le fue difícil hacer eso. ¿Sabes por qué? No le fue difícil hacerlo aquí en la tierra; Él se despojó en la gloria. La razón por la cual a nosotros se nos hace difícil es porque todavía estamos aferrados. Y una de las cosas a las que más nos aferramos es al yo. Le tenemos un amor al yo inmenso. Dormimos con él, lo acariciamos, lo despertamos, lo acurrucamos: "No, es muy temprano todavía, yo acuéstate un poquito más, no tienes que sacrificarte tanto."
Y lamentablemente, como vivimos aferrados a ello, nosotros queremos el cielo del mañana. Claro que queremos el cielo del mañana, pero viviendo la vida de este mundo ahora. Claro que nosotros queremos los privilegios del cielo, pero no hay que renunciar a los derechos de este mundo tampoco. Claro que nosotros queremos las bendiciones de Cristo, pero no sin las ofertas del mundo. Yo quiero sus bendiciones y las ofertas del mundo, y si las combino, trato de cristianizar las ofertas del mundo. Por eso es que siempre vivimos preguntando: "¿Qué tiene de malo?" Porque yo quiero saber qué tiene de malo esto del mundo que yo estoy tratando de cristianizar con esto del Reino. Esa es la pregunta, ese es el origen de la pregunta. Y eso revela una persona aferrada a sus deseos, a sus pasiones, a su yo, a sus privilegios, a sus derechos que él cree tener, pero no más se lo cree, porque Dios no se lo cree ni se lo concede ni se lo valida tampoco.
Número seis: Cristo murió. Y cuando murió, número siete, fue a la cruz. Habíamos hablado ya de cómo Él murió; ahora Él fue a la cruz. Y ahora que Él fue a la cruz, escucha lo que Cristo le dice. Marcos 8:34: "Llamando a la multitud y a sus discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame." Nota que Cristo no le hace la demanda a los discípulos de la misma manera que esta mañana, cuando comentaba y hacía el comentario que hacía antes de la predicación. Yo no le estaba haciendo la demanda a aquellos que están verdaderamente comprometidos y a los líderes. No, a la multitud. "Llamando a la multitud y a los discípulos, les dijo: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame."
¿Entendiste el orden? Niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Sin cruz no me sigas, y sin negarte a ti mismo tampoco. La única manera que me puedes seguir, la única manera que te doy el derecho de seguirme, es si te niegas, que implica no aferrarte y despojarte, y tomas tu cruz. Entonces me puedes seguir.
¿Te das cuenta? Déjame ilustrártelo. Ahora ya llegamos hasta la cruz; vamos a devolvernos de la cruz hasta el no aferrarse, al revés, para que lo puedas ver desde otro ángulo. Para llevar tu cruz, tú tienes que estar dispuesto a morir. Para morir, tú tienes que estar dispuesto a obedecer. Para obedecer, tú tienes que estar dispuesto a humillarte. Para humillarte, tú tienes que ser un siervo. Para ser un siervo, tú tienes que estar dispuesto a vaciarte. Y para vaciarte, tú tienes que estar dispuesto a no aferrarte.
Y entonces, si decimos que permanecemos en Él, debemos andar como Él anduvo. Y si queremos andar como Él anduvo, debemos comenzar por donde Él comenzó. No es tan difícil la vida cristiana si comenzamos por donde Él comenzó y hacemos lo que Él hizo. La dificultad que hemos tenido en llevar la vida cristiana ha consistido única y exclusivamente en que hemos querido vivir su vida, caminar como Él anduvo, sin nunca habernos despojado y viviendo aferrados a la vida que conocíamos, con todos los supuestos derechos y privilegios y condiciones, y aferrados a mi yo y sus deseos. Esa es la dificultad, y es eso mismo lo que nos ha esclavizado, y es eso mismo lo que nos ha sofocado el gozo, y es eso mismo lo que nos ha impedido avanzar y ser libres en Cristo.