Integridad y Sabiduria
Sermones

La esperanza purificadora

Predicador Invitado 7 diciembre, 2008

La venida de Cristo es la esperanza mayor del creyente, y esa esperanza produce efectos concretos en quienes la abrazan. Jesús consoló a sus discípulos con la promesa de volver para llevarlos consigo, y en su oración al Padre pidió exactamente eso: que donde él esté, estén también los suyos para contemplar su gloria. El libro de Apocalipsis cierra con la misma nota: "Ciertamente vengo en breve", y la iglesia responde: "Sí, ven, Señor Jesús".

Esta esperanza sostiene la fe y empuja a permanecer en Cristo. Juan presenta el permanecer no como algo pasivo sino como un mandato que exige intención deliberada. Quienes no permanecen revelan que nunca fueron verdaderamente de la familia de Dios; salieron porque no eran parte de ella. En cambio, los que permanecen se reconocen por su estilo de vida: hacen justicia habitualmente porque han nacido de un Padre justo. La semilla que los engendró es santa, y el fruto que producen refleja esa naturaleza.

Pero hay más. Juan invita a contemplar la magnitud del amor recibido: no solo hemos sido salvados, sino hechos hijos de Dios, y lo somos verdaderamente. Y lo mejor está reservado para el final: cuando Cristo se manifieste, seremos semejantes a él porque le veremos tal como es. Esta esperanza enciende el fuego de la pureza. Todo el que anhela encontrarse con el Santo se purifica a sí mismo, no según el estándar de otros creyentes, sino según Cristo mismo. La noche está avanzada y el día se acerca; el llamado es a vestirnos del Señor Jesucristo y andar como de día.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Les invito a que abramos aquí la primera epístola del apóstol Juan en el capítulo 2. Quiero leer con ustedes a partir del versículo 28 hasta el capítulo 3, versículo 3. Nos dice allí la Escritura: "Y ahora, hijitos, permaneced en él, para que cuando se manifieste tengamos confianza, para que en su venida no nos alejemos de él avergonzados. Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de él. Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios. Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero sabemos que cuando él se manifieste seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es. Y todo aquel que tiene esta esperanza en él se purifica a sí mismo, así como él es puro."

Padre, te damos gracias en esta mañana. Oramos, Señor, que tú puedas traer tu palabra a nuestros corazones, que tu palabra en verdad haga aquello para lo cual tú la envías en esta hora, Señor. Que tu palabra alumbre en nuestras vidas, que tu palabra, oh Señor, cautive nuestras vidas, que tu palabra nos lleve a hacer aquello que tú quieres en nosotros. Te pido, Señor, que nuestros corazones sean dóciles a tu palabra, y que tú me concedas el denuedo y la gracia para poder exponerla como conviene. En el nombre de Jesús, amén y amén.

Hermanos, el Señor Jesús, antes de partir, mirando que sus discípulos estaban entristecidos con la noticia de que él debía partir, les consoló, les animó y alentó con unas palabras que se encuentran en el libro de Juan. Allí él les dijo a sus discípulos: "No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Si así no fuera, os lo hubiera dicho. Voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis."

El punto principal de estos textos no es ni son las moradas que él va a preparar para nosotros, sino el lugar que nos va a conferir a su lado. Alienta el corazón de sus discípulos al decirles que él volverá otra vez, y que volverá para llevarlos consigo, para que ellos estén con él para siempre.

Así también en el capítulo 17, el mismo Juan también nos dice que Cristo, en su momento más solemne de intimidad con su Padre, oró al Padre pidiéndole lo mismo. Ya no a sus discípulos, sino al mismo Padre él le ruega por esto que antes había dicho a sus discípulos: "Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo." Es el anhelo del Señor que aquellos que son suyos estén con él. Aunque él está con nosotros todos los días, porque lo ha prometido: "Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo", o hasta el fin del siglo, esto a lo que él se refiere es ese encuentro con él en su manifestación gloriosa donde estaremos con él para siempre. Al orar al Padre le dice: "Yo quiero que ellos estén conmigo, para que vean mi gloria, para que vean mi gloria que me has dado, porque me has amado desde antes de la fundación del mundo."

Y el libro de Apocalipsis, hermanos, termina preciosamente declarando la misma cosa. En el libro de Apocalipsis, el mismo Juan que escribe la primera epístola, que escribe el evangelio y que escribe también el libro de Apocalipsis, termina con estas expresiones: "El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve. Amén, sí, ven, Señor Jesús." ¡Qué tremendo, hermanos míos!

La venida de nuestro Señor Jesucristo es nuestra esperanza mayor. La venida de nuestro Señor Jesucristo consuela nuestros corazones. Como nos enseña Juan en la primera epístola que acabamos de leer, hay tres cosas más que hace esa esperanza gloriosa de encontrarnos con él en aquel día.

La primera de ellas la encontramos en los versículos 28 y 29. La esperanza de encontrarnos con él, la esperanza de su venida, es aquella que sustenta nuestra fe, sustenta nuestra fe y nos hace permanecer en él. Noten que el texto nos enseña de una manera imperativa permanecer en él. En el versículo 27, Juan les ha declarado a sus discípulos que la unción que él nos ha dado, es decir, su Espíritu Santo, nos enseña a permanecer en él. Pero en el versículo 28 él nos da un mandato y nos dice: "Hijitos, permaneced en él, permaneced en él."

Hermanos, esta permanencia en él es la evidencia, pero también es el más grande desafío de los creyentes. Es la evidencia de la genuinidad de nuestra fe. El no permanecer en él, nos enseña Juan, declara que en realidad nunca fuimos suyos. Él contrasta a aquellos que permanecen con aquellos que no permanecen. Hablándonos del espíritu del anticristo, nos dice en los versículos 18 y 19: "Salieron de nosotros", hablando de los falsos maestros, "pero no eran de nosotros, porque si hubiesen sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros, pero salieron." Y el que hayan salido no es una desgracia para la iglesia, sino una bendición. Y oramos hoy que otros falsos también puedan salir antes que el Señor venga.

Pero él dice: "Salieron de nosotros porque no eran de nosotros. Habrían permanecido con nosotros", dice Juan, "si hubiesen sido de nosotros, pero salieron para que se manifestase que no todos son de nosotros." Quiere decir que el no permanecer de estos creyentes, y en particular de estos falsos maestros, era una evidencia de que en verdad ellos no eran parte de la iglesia del Señor. Así que, a aquellos que permanecen les dice Juan: "Pero vosotros tenéis la unción del Santo", y esa misma unción os enseña a permanecer en él.

Este texto que leímos también nos enseña, hermanos, que en nuestras congregaciones, en la iglesia visible del Señor, coexisten los verdaderos creyentes y aquellos que no lo son, entre los cuales hay muchos falsos maestros. Y aunque Juan dice que en aquellos días algunos falsos maestros, en nuestros días podemos hablar de muchos falsos maestros. Estos falsos vivían en medio de los verdaderos creyentes, pero Juan nos enseña que con su salida manifestaron que no eran de nosotros. Pueden estar en medio nuestro, pero dice Juan, no son de nosotros. Y si no son de nosotros es porque no están en él.

El apóstol Pedro, hablando de estos falsos, también nos enseñó que se levantarán en nuestros días también falsos maestros, como se levantaron en la antigüedad falsos profetas. Pedro nos dice que estos introducirán encubiertamente herejías destructoras. De una manera deliberada, de una manera intencional, ellos introducirán encubiertamente tales falsas enseñanzas. Pero lo más grave de lo que Pedro nos dice es que muchos seguirán sus disoluciones, nos dice Pedro. Y nos hace recordar cuando Pablo le dijo a Timoteo: "En los postreros días vendrán muchos que enseñarán conforme a sus propias concupiscencias y se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias", como hoy. Y por supuesto serán oídos por aquellos que tienen igual concupiscencia.

Cuando hablamos de los falsos en esos días y de sus seguidores, cuando hablamos del evangelio de la prosperidad y de cuánta gente le sigue, tenemos que mirar que no solamente ellos enseñan conforme a sus propias concupiscencias, sino que el auditorio que les aplaude también comparte la misma concupiscencia que tienen ellos. Y dice Pedro que estos serán seguidos por muchos, pero lo más tremendo que nos enseña Pedro es que por causa de estos, nos dice Pedro, el camino de la verdad será satisfecho. Y si el camino de la verdad es blasfemado, entonces eso nos involucra a ti y a mí. Aunque no sea en nuestra iglesia que estén tales falsos maestros, si el camino de la verdad es blasfemado dondequiera que aparezcan, me involucra a mí y te involucra a ti. ¿Amén?

Y por esto es que Juan no puede callar esto, y nosotros tampoco. Por el honor de nuestro Señor, por la gloria de nuestro Señor, no podemos callar esto, hermanos. Cuando yo oigo, hermanos, mientras se entristece mi corazón, cuando yo puedo mirar que hombres que están engañando a la iglesia tienen auditorios repletos de llamados creyentes, eso entristece mi corazón. Y tengo que decir que muchos de los creyentes, de los que están allí engañados, muchas veces por un tiempo, porque no será para siempre. Pedro también nos dice que lo hacen movidos por la avaricia, por avaricia nos dice Pedro, harán mercadería de vosotros, dice Pedro. Que los falsos puedan usarnos para hacer mercadería con nosotros.

No tenemos que ir muy lejos para tener un ejemplo claro, pero quiero decir que se servirán de la iglesia del Señor para sus propios fines. Pedro nos dice que el Señor los juzgará; él nos dice que los juzgará severamente, porque sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda. Pero tristemente tenemos que convivir hasta el día de la siega con los que son y con los que no son. Jesús nos enseñó que el trigo y la cizaña crecerían juntos hasta el tiempo de la siega, no tan solo en el mundo sino en medio de las congregaciones. "Dejar crecer", dijo el Señor, "lo uno y lo otro hasta la siega". Y al tiempo de la siega se segará aquella; él vendrá, nos dice el Señor, y separará lo uno de lo otro. Recogerá primero la cizaña y la atará en manojos para quemarla, pero recogerá el trigo en su granero. ¡Qué privilegio tenemos de ser trigo para Dios! ¿Amén?

Sí, hermanos míos, este permanecer que nos habla Juan no solamente es un asunto pasivo; es una palabra que está dada ahí en imperativo. Es el gran desafío de los santos. No tan solo es una evidencia de la genuinidad de su fe, sino que también es el desafío que está sobre nosotros todos los días de nuestras vidas. La unción que se nos ha dado, el Espíritu que él ha hecho morar en nosotros, nos declara cada día: permaneced en él. A pesar de las tribulaciones, a pesar de las presiones de la vida, a pesar de las muchas dificultades, el mandamiento está ahí: permaneced. ¿Amén? Esto es lo que nos dice. Y si hay un mandamiento, aquellos que somos suyos debemos anhelar con todo el corazón que ese mandamiento sea una realidad en nuestras vidas. Sí, Señor, yo quiero permanecer en ti.

No es algo, hermanos míos, que se va a dar automáticamente en nosotros, sino que es algo en lo que tenemos que ocuparnos. Dice Juan que tenemos que ocuparnos en esto, tenemos que anhelar con toda nuestra fuerza encontrarnos unidos a él, asidos de él hasta el día de su manifestación. La esperanza de verle —no sé si es Juan— al considerar, hermanos, el día glorioso en que le veremos tal como él es, el día en que le veremos cara a cara. Con estas palabras consoló a sus discípulos. Al considerar ese día, eso nos mueve el corazón a permanecer, asidos a él.

Para encontrarnos con él en aquel día, nos lleva a permanecer en la verdad a pesar de la proliferación de los falsos. Nos lleva a permanecer en él a pesar de las muchas aflicciones de la vida. Él nos da un mandato: permaneced en él. Y por supuesto es un mandato que, como todos los otros mandatos, podemos obedecer por la gracia que se nos ha sido dada en él. Esa misma gracia que nos ha salvado nos capacita para andar en obediencia a él, caminar en aquello que es su voluntad.

Nos hace recordar las palabras de Pablo a los Filipenses: "Ocupaos en vuestra salvación y hacedlo con temor y temblor, sabiendo que Dios es el que en vosotros produce tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad". No tenemos, hermanos, qué aliento: solo aquellos que permanecen hasta el fin le recibirán con confianza. Los demás tendrán que apartarse de él avergonzados, dice el versículo 28. Pero aquellos que han permanecido en él, por esa misma gracia, le recibirán con gran alegría, con gran gozo en aquel día. Oirán la voz de su Señor que les dirá: "Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros".

Tremendo. Todos los demás se alejarán de él con vergüenza; todos aquellos que tuvieron apariencia, pero que en verdad no eran verdaderos creyentes; todos aquellos que profesaron una fe que nunca poseyeron. En aquel día tendrán que alejarse de él avergonzados.

Pero noten que Juan nos dice que este permanecer es evidenciado con un estilo de vida piadoso, justo, con un estilo de vida en justicia. Nos dice el versículo 29: "Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de él". Sí, los que son nacidos de él son aquellos que permanecerán. Los que permanecerán también son aquellos que andan en justicia. Y si no andan en justicia, entonces no han nacido de él. Y si no han nacido de él, no hay manera de que puedan permanecer.

Pero él dice que ese andar en justicia, esto es una característica de ellos. Serán encontrados andando en justicia. La palabra justicia refiere a aquello que es recto, aquello que se conforma al carácter de Dios, aquello que se conforma a su palabra. Ellos no tan solo pueden hablar de justicia, enseñar de justicia como los fariseos. No, ellos hacen justicia. Noten el versículo 29: hacen justicia, caminan en justicia de una manera habitual.

A la iglesia del Señor, Juan la miró en el libro de Apocalipsis, y en el capítulo 19, cuando nos habla de la boda del Cordero, él vio a la iglesia vestida de lino fino. Y nos dice: "A ella se le ha concedido que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente, porque el lino fino es las acciones justas de los santos". Así que los santos tienen acciones justas. ¿Y por qué tienen acciones justas los santos? Tienen acciones justas porque han sido engendrados de un Padre que es justo. Han nacido de Dios; en consecuencia, los tales tienen acciones justas. A ellos se les ha dado la naturaleza del Padre justo; en consecuencia, modelan esa justicia en su vida.

Pero no solamente tienen esa justicia, sino que también son llamados a crecer en esa justicia cada día. ¿Cuántos anhelan crecer en esa justicia? Cada día son llamados a andar, a ejercitarse, a anhelar ver esa justicia manifestada en su vida cada día. Ellos son justos, han sido justificados, pero también se les ha dado la naturaleza justa de Dios.

Jesús les dijo a los fariseos: "No todo el que me dice Señor, Señor, entrará. Muchos me dirán en aquel día..." Esto no es una suposición del Señor; esto es una palabra profética. Él dice que en aquel día muchos me dirán; es decir, que esto que él dice se dará, así será. Él está declarando que en aquel día vendrán algunos que dirán: "Señor, ¿no echamos demonios en tu nombre? ¿No hicimos muchos milagros en tu nombre? ¿No profetizamos en tu nombre?" Interesante, las tres cosas que ellos exponen terminan diciendo "en tu nombre". Todo eso lo hicieron en su nombre, pero el nombre del Señor no estaba en ellos. ¿Y qué dice el Señor? A los tales él les dirá: "Apartaos de mí, nunca os conocí". Pero le añade: "Hacedores de maldad".

¡Qué tremendo, hermanos míos! Es ahí. El fariseísmo se esforzaba en modelar una justicia externa, la cual no poseían internamente. Por eso tenían una gran brecha en su vida; no vivían lo que predicaban. Jesús dijo de ellos que ellos colaban el mosquito y se tragaban el camello. ¡Qué cosa más tremenda! Miren qué abismo entre un mosquito y un camello; ese abismo en su integridad había en ellos.

Pero estos, dice, son nacidos de Dios. Ellos hacen justicia, practican habitualmente la justicia, porque son nacidos de Dios. La simiente que les ha engendrado es una simiente santa, es una simiente justa. En consecuencia, ellos son hacedores de justicia. Isaías los presenta al profeta y habla de ellos y dice: "Y serán llamados árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya". El fruto que se manifiesta en ellos es justicia.

Miren lo que nos dice el versículo 7. Rápidamente nos dice allí: "Hijitos, nadie os engañe: el que hace justicia es justo, como él es justo". El versículo 10 nos dice: "En esto se manifiestan los hijos de Dios y los hijos del diablo". Solo dos familias: los hijos de Dios y los hijos del diablo. Y ambas tienen una característica, dice Juan, que los hace manifestar la paternidad a la que pertenecen. ¿Y cuál es esa característica? Dice: "Todo aquel que no hace justicia no es de Dios". Y si no es de Dios, es del diablo. ¡Tremendo! ¡Qué tremendo es esto, hermanos! Pero si hace justicia y anda en justicia, evidencia que ha nacido de Dios, ha sido engendrado por un Dios que es justo.

Esta esperanza, hermanos míos, de ver al Señor nos anima a permanecer en él, a andar en justicia, a practicar la justicia, a modelar la característica de aquel que nos ha engendrado.

Pero en segundo lugar, el capítulo 3 nos dice que esta esperanza que tenemos de mirarle se fortalece y crece al considerar su gran amor. Oh hermanos, mirad cuál amor nos ha dado el Padre. ¡Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, hermanos! En la medida que podemos contemplar la magnitud, la profundidad, lo maravilloso, lo inefable del amor que se nos ha dado, en esa misma medida se enciende en nuestra alma el anhelo de encontrarnos con aquel que nos amó. En esa misma medida somos empujados a anhelar y a decir como la iglesia: "¡Sí, ven pronto, Señor Jesús!"

Oh hermanos, pero ese amor, dice Juan, ¡mirad cuál amor! Aunque todos los santos somos y hemos sido bendecidos con este amor que se nos ha dado, no todos lo podemos entender de la misma manera. No todos lo hemos pregustado con la misma intensidad. No todos lo hemos gustado de la misma magnitud. Por eso Pablo ora por los efesios para que sean capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede, dice Pablo, a todo conocimiento.

¿Cuántos anhelan esto, hermanos míos? Pablo ora: "Yo quiero que ustedes puedan mirar esto, y que lo puedan mirar no de una manera intelectual, sino experimentar, que puedan gustar del amor de Dios". A la que puedan decir como el salmista: "Gustad y ved cuán bueno es el Señor; dichoso el hombre que confía en él". ¡Mirad qué glorioso, qué extraordinario, qué maravilloso es este amor!

Hermanos, cómo estabas tú y cómo estaba yo antes de que nos encontramos con él: sin Cristo, ajenos a sus promesas, sin esperanza, sin Dios en el mundo. Pero ahora él nos ha dado su amor, nos ha dado su amor como un don, el cual no se nos será quitado jamás. Dice Juan que ese amor se manifiesta de tal manera que nos ha dado el privilegio de que llevemos el título de ser llamados hijos de Dios. Pero en la Biblia de las Américas, aquello que lo tiene, es clara como las más antiguas versiones.

Y lo somos. No solo dice que nos ha dado el privilegio, nos ha dado ese gran privilegio de ser llamados hijos de Dios, sino que Juan añade: "y lo somos". Como diciendo, no solo nos ha dado el privilegio de que nos llamemos así, sino que en verdad somos sus hijos porque Él nos ha engendrado y nos ha hecho una sierva. Esto no es para maravillarnos, hermano mío. Él pudo salvarnos sin hacernos sus hijos, pero nos hizo sus hijos, y hacernos sus hijos también nos hizo coherederos juntamente con Él.

Nos ha hecho sus hijos y en verdad lo somos. No nos ha dado como nosotros podamos adoptar a alguien sencillamente y decirle: "Lleva mi nombre, desde ahora serás llamado mi hijo", pero en verdad no lo es. Él lo sabe y yo también, pero le doy esa... Pero esto no es con nosotros. La paternidad espiritual es verdadera. Hemos nacido de Dios verdaderamente porque hemos sido engendrados por el Espíritu Santo que nos ha dado y por su Palabra.

Pero Él nos dice: no solo nos ha dado esto. Por eso el mundo no nos conoce; como no le conoció a Él, tampoco nos conoce a nosotros como lo que en verdad somos: hijos de Dios. El mundo nos conoce como religiosos. Lo que llega a hacer en nuestra vida se lo atribuyen a la religión a la que pertenecemos. ¿No es así, hermano? Nos dice la gente del mundo: "Mira lo que ha hecho esa iglesia por ti, lo que ha hecho su religión. Él ahora es religioso". Pero no nos encontramos con nadie que nos diga: "En verdad tú eres un hijo de Dios". Como tampoco le conocieron a Él.

Pero no solo nos ha dado este privilegio, sino que además, hermanos, dice Juan, ha reservado para el final lo mejor: que seamos conformados cabalmente a la imagen de su Hijo. Y lo que nos dice el versículo 2: "Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser". Como si fuera poco lo que nos ha dado hoy, bendito el nombre del Señor. Pero dice Juan: "Pero una cosa sabemos, y es que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él".

Pero esto solamente es para caer postrado delante del Señor. Seremos semejantes a Él. Señor, ¿a dónde vas a llegar? Sí, ya esto es una locura. No solo que seamos sus hijos, sino que nos parezcamos a aquel del cual Él dijo: "Este es mi Hijo amado, en el cual mi alma se complace". Y a mí se me hace que el fin de la redención, es la gran meta de la redención, que seamos hechos conformes a la imagen de su Hijo. Y aunque el proceso ha comenzado, amén, en la medida en que le vemos como en un espejo oscuramente, vamos siendo transformados de gloria en gloria como en la misma imagen. Nos dice Juan: "Pero cuando Él se manifieste, cuando le veamos cara a cara, seremos totalmente hechos a la imagen suya".

Hermano, ¿no es esto amor, hermanos míos? Por supuesto, no quiere decir esto que seamos hechos a la imagen de Cristo... Quiere decir que cuando Él se manifieste, todos nosotros nos vamos a parecer a Cristo físicamente, ¿no? Solo va a haber un Cristo, solo hay un Cristo y solo habrá un Cristo para siempre. Pero el carácter suyo será formado perfectamente en nosotros. La integridad del Señor será formada perfectamente en nuestras vidas. Y se nos dará la capacidad que hoy no tenemos: de no pecar.

Hermano, ¿no nos hace esto anhelar ese día? Dice Juan: cuando Él se manifieste será esto. Pero no te quedes ahí, hermano. Si tenemos esta esperanza, si anhelamos esto, el conformarnos a esta imagen. Así dice Pablo: "Como hemos llevado la imagen del terrenal, llevaremos la imagen del celestial". El terrenal es Adán y el celestial es el Señor. Y cuando Él se manifieste, llevaremos su imagen. Pablo nos enseña que Él transformará este cuerpo de la humillación nuestra y lo hará conforme al cuerpo de la gloria suya. Y dice Pablo: "Y hará esto por el poder por el cual sustenta todas las cosas". Sí, hermano, Él hará esto con nosotros, contigo y conmigo.

Y nos dice Juan, y nos lleva al punto final: y si esto es así, hermano, si esto es lo que nos espera, si hemos de encontrarnos con Él que es Santo, si hemos de verle cara a cara, si anhelamos ese día el cual fue orado y pedido por Cristo para mirar su gloria, entonces también nos dice Juan. Noten conmigo en el versículo 3: "Y todo aquel que tiene esta esperanza..." ¿Cuántos tienen esa esperanza? Si tenemos esperanza y confesamos que tenemos esa esperanza, entonces mira lo que nos dice allí. Sí, tenemos esa esperanza. Y la tenemos como hijos del Señor. Si anhelamos verle, no solo la esperanza de encontrarnos con Él, sino la esperanza de ser conformados a la imagen suya.

Si tenemos esa esperanza, dice Juan: "Todo aquel que tiene esta esperanza", no alguno, todo el que tiene esta esperanza, ¿qué dice Juan? "En Él se purifica a sí mismo, así como Él es puro". Y esto nos lleva al punto final: esta esperanza no solamente sostiene nuestra fe, esta esperanza no solo se acrecienta al mirar y contemplar su infinito amor, sino que esta esperanza nos desafía a cultivar una vida pura.

"Todo el que tiene esta esperanza", dice Juan, es llevado a anhelar la pureza de aquel con el que nos hemos de encontrar. Si hay esa esperanza verdaderamente en nuestros corazones, dice Juan, también tiene que encenderse en nuestra vida el anhelo de ser purificado como Él es puro. Todo el que tiene esta esperanza se purifica. No como Él se purifica, porque Él es puro y no tiene nada de qué purificarse, sino como Él es puro. Así todo el que tiene esta esperanza debe anhelar ser purificado.

Pero noten, hermanos míos, que aquí tiene que funcionar por la gracia. Esto es algo intencional, por eso dice: "Se purifica a sí mismo". Por la gracia que nos ha sido dada, participamos de aquello que Él quiere hacer y está haciendo con nosotros. Se purifica a sí mismo, así como Él es puro. La meta es ser como Él. Entonces el estándar es Él. Oh no, no, hermano. No nos dice que el que tiene esta esperanza se purifica a sí mismo así como el pastor es, así como los líderes son, así como aquel o aquel, sino así como Él es puro. La meta está arriba, siempre está arriba, y el anhelo debe ser ser como Él. Aunque sabemos que el único que hará esto será Él mismo en nosotros, en su manifestación. Pero hoy la esperanza de verle enciende el fuego de la pureza en nosotros.

Hermanos, esto es lo que nos enseña la Escritura y esto es lo que debemos anhelar: ser puro como Él es puro, para que en aquel día nos podamos encontrar con Él.

El libro de Romanos, capítulo 13. Noten lo que nos enseña la Escritura allí. Pablo hablándole a los creyentes en el versículo 11 les dice: "Señores, el tiempo es corto". Verso 11: "Y esto", les dice Pablo, "conociendo el tiempo, que es ya hora de..." ¿Qué dice Pablo? "De levantarnos del sueño, porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos", amén.

"La noche está avanzada y se acerca el día. Desechemos, pues..." Esta es una exhortación. Esto es algo que me involucra. Desechemos, pues, deliberadamente. Desechemos, pues, intencionalmente. "Desechemos las obras de las tinieblas y vistámonos las armas de la luz. Andemos como de día, honestamente. No en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas y envidia, sino..." Y volvemos al mismo punto: "Sino vestíos del Señor Jesucristo". Esto es conformarse a su imagen cada día. "Y no proveáis para los deseos de la carne". La esperanza de verle debe producir en nosotros un anhelo de esa purificación, un anhelo de esa santidad.

¿Cómo termina Apocalipsis, hermanos míos? Ponte de pie y mira cómo termina Apocalipsis conmigo. Capítulo 22, del versículo 10 en adelante nos dice allí: "Y me dijo: No selles las palabras de la profecía de este libro, porque el tiempo está cerca. El que es injusto, sea injusto todavía; y el que es inmundo, sea inmundo todavía. Pero el que es justo", ¿qué dice allí?, "practique la justicia todavía; y el que es santo, santifíquese todavía".

"He aquí yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra. Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último. Bienaventurados los que lavan sus ropas, para tener derecho al árbol de la vida, y para entrar por las puertas en la ciudad. Mas los perros estarán fuera, y los hechiceros, los fornicarios, los homicidas, los idólatras, y todo aquel que ama y hace mentira. Yo Jesús he enviado mi ángel para daros testimonio de estas cosas en las iglesias. Yo soy la raíz y el linaje de David, la estrella resplandeciente de la mañana".

"Y el Espíritu y la esposa dicen: Ven. Y el que oye, diga: Ven. Y el que tiene sed, venga; y el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente". Verso 20: "El que da testimonio de estas cosas dice: Ciertamente vengo en breve". Amén, sí ven, Señor Jesús.

Predicador Invitado

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