Integridad y Sabiduria
Sermones

Su luz ilumina nuestra oscuridad

Miguel Núñez 27 septiembre, 2009

Dios es luz, y en él no hay tiniebla alguna. Esta declaración de Juan no es poesía abstracta sino una verdad con implicaciones radicales para quien dice conocer a Dios. La luz representa la esencia divina, su santidad incorruptible, su gloria inaccesible y su verdad absoluta. Así como la luz física no puede coexistir con la oscuridad, Dios no puede tener comunión con nada relacionado al pecado. Esta realidad hizo necesaria la cruz: Cristo vino del mundo de la luz al mundo de las tinieblas para salvar un abismo insalvable, tomando sobre sí el pecado mientras tres horas de oscuridad cubrían la tierra.

La primera evidencia de haber nacido de nuevo es precisamente la comunión con Dios, y esa comunión se manifiesta en andar en la verdad. No se trata simplemente de leer la Biblia u orar, aunque esto sea lo mínimo. Los fariseos hacían todo eso y no tenían comunión con Dios. Andar en la luz significa vivir de manera congruente con la revelación divina: amar lo que Dios ama, odiar lo que Dios odia, evaluar todo según el estándar de su palabra. Quien practica el mal huye de la luz para que sus obras no sean expuestas; quien practica la verdad viene a la luz sin temor.

El pastor Núñez advierte contra el autoengaño de confiar en una profesión de fe antigua, en actividades cristianas o en moralidad heredada, mientras la vida no muestra transformación real. No existen zonas grises: o luz o tinieblas, o nueva criatura o la vieja con barniz. Si Dios habita en nosotros, debe sacudir nuestra vida tanto como su presencia estremeció el monte Sinaí.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Yo quiero invitarlo a que abra la epístola, la primera epístola del apóstol Juan, el capítulo primero, para continuar esto que iniciamos un par de domingos atrás cuando hicimos la introducción a la carta. Al mismo tiempo cubrimos los primeros cuatro versículos, del uno al cuatro. Solamente en esta ocasión vamos a cubrir solamente los versículos cinco y seis, dos versículos, versículos cinco y seis de la primera carta de Juan.

El apóstol Juan comienza de esta manera: "Y este es el mensaje que hemos oído de Él." Recordemos que Juan está escribiendo una carta para contrarrestar corrientes de pensamientos contrarios a la Palabra de Dios, personas que vistiéndose de ángel de luz, personas que se habían dejado corromper, y al dejarse corromper habían corrompido la verdad. Y lo que Juan está tratando de comunicarles ahora es que este mensaje que él está a punto de escribir, y que eventualmente iba a ser leído, no fue algo que ellos o él se inventó, creó, formuló, manufacturó. Esto es algo que él oyó de Él, de Cristo mismo, y simplemente él va a servir de micrófono para poderlo proyectar hacia aquellos que han de leer la carta o escuchar la carta.

Y tan pronto uno lee este texto, así de corto, hay dos grandes verdades, dos conceptos importantes que saltan a la luz. El primero tiene que ver con el concepto de lo que Dios es: Dios es luz. Y el segundo tiene que ver con la idea de cómo el creyente debe andar precisamente debido a lo que Dios es. Lo que Dios es determina, demanda, que yo camine de una cierta manera.

Y Juan comienza diciendo: "Dios es luz," y enfatiza eso diciendo: "En Él no hay tiniebla alguna." Lo que le está tratando de hacer a través de esta carta es ayudarnos a entender, a diferenciar los frutos de la luz, los frutos de las tinieblas. Y si nosotros podemos establecer esa diferenciación, podremos hacer la diferencia, podremos conocer la diferencia entre el creyente y el no creyente, entre el hijo de Dios y el hijo del mundo, entre aquellos que son falsos maestros y aquellos que son verdaderos maestros de la Palabra.

Juan, antes de definir cuál es el caminar que debiéramos tener o cómo debemos caminar, nos ayuda a entender cuál es el camino. Pero la manera como lo hace, lo hace de una forma cuidadosa. Él no comienza con el hombre, como ya decía anteriormente, porque todo aquello que comienza con el hombre termina mal. Juan comienza con Dios. Él comienza definiéndonos a ese Dios, pero la manera como lo hace no es como el salmista lo hace en el Salmo 36:9, cuando nos dice que Dios es la fuente de luz, sino que en cambio Juan nos dice que Dios es luz.

Y ese Dios, el único y verdadero Dios, el único sabio Dios, es definido de múltiples maneras en su Palabra o calificado de múltiples maneras. Para Moisés, por ejemplo, en Deuteronomio 4:24, Dios es fuego consumidor. Para el autor de Crónicas, en su segundo libro, en 2:5, Dios es grande. Para ese mismo autor, pero en 30:9, Dios es clemente y compasivo. Para Job, en 36:5, Dios es poderoso. Para el salmista, Dios es bueno en el Salmo 33:1. Para Daniel, en 9:14, Dios es justo. Para este Juan, por ejemplo, en su Evangelio, en 3:33, Dios es veraz; en 4:24, Dios es Espíritu. Para el apóstol Pablo, en 2 Corintios 3:17, Dios es santo, y para el mismo Pablo, pero en 1 Corintios 1:18, Dios es fiel.

Pero Juan dice otra cosa. Juan dice: "Dios es luz." Y si somos honestos, yo creo que cada uno de nosotros puede admitir que las ocasiones anteriores como que quedaba más o menos claro qué era lo que se nos quería transmitir. Al nosotros oír que Dios es poderoso, Dios es grande, Dios es bueno, Dios es compasivo, Dios es clemente, cosas que a nosotros nos gusta oír, porque el pecado que mora en nosotros como que necesita oír eso. Por otro lado, no nos gusta oír tanto cuando leemos, escuchamos a alguien decir: "Dios es justo, Dios es un fuego consumidor." Ese pecado en nosotros tiende a amedrentarse. Pero ahora, cuando Juan dice "Dios es luz," nosotros tenemos menos ideas para lo que eso quiere decir.

Y yo creo que en parte tiene que ver con el lenguaje mismo. Yo decía, verdad, que en los versículos anteriores, cuando tú lees "Dios es grande," "Dios es poderoso," esos son adjetivos que califican el nombre, y eso se nos hace mucho más fácil de nosotros entender. Pero cuando Juan dice "Dios es luz," tú tienes un nombre calificando a otro nombre. Luz es nombre, Dios es nombre, y eso como que no encaja muy bien en nuestra gramática, y por eso en parte quizás Juan viene y ahora nos enfatiza la idea y nos dice: "En Él no hay tiniebla alguna." Yo necesito entender qué es luz, qué es tiniebla, cómo estas dos cosas están relacionadas o no relacionadas a Dios.

La frase "Dios es luz" en parte está tratando de ayudarme a ver, a entender, la esencia de lo que Dios es. De la misma manera que es la naturaleza de la luz el brillar, y al brillar hacerse evidente, de esa misma forma es la naturaleza de Dios el manifestarse. De hecho, la primera vez que Dios se manifiesta a este mundo lo hace en el libro de Génesis, al principio de la creación, cuando tú lees que el abismo, las tinieblas cubrían el abismo, y Dios dijo: "Hágase la luz," y hubo luz. Esa es la primera manifestación de Dios para con este mundo.

La luz simboliza su esencia, la constancia de su ser. Nosotros hablamos de que la luz, al viajar a través del vacío, no cambia, es constante. De esa misma manera Dios no cambia, es constante. No ha habido un momento de la eternidad donde Dios haya sido menos santo, más o menos santo, más o menos sabio, más o menos recto, más o menos justo.

Del punto de vista no solamente de su esencia, sino del punto de vista visual, la luz es simbólica en cierta medida de su gloria. Nosotros oímos, cuando Dios descendió, leemos, cuando Dios descendió sobre el monte Sinaí, cómo hubo truenos, hubo relámpagos, y esa luz de los relámpagos estaba en gran medida supuesta a representar la gloria de Dios que había descendido sobre el monte. O como cuando Jesús se transfiguró en el monte de la transfiguración, y el texto de Mateo 17:2 nos dice: "Y su rostro resplandeció como el sol, y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz." Y Juan, reflexionando años después al escribir su Evangelio acerca de esta experiencia en el monte, él se refirió a esa experiencia y dijo: "Y nosotros vimos su gloria." De manera que, al ver la luz resplandeciente que salía de Jesús, Juan entendió que ellos estaban en presencia de su mera gloria.

La luz de Dios representa su esencia, la luz representa su gloria, pero al mismo tiempo, moralmente hablando, la luz representa la santidad de Dios. Tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo Testamento, la luz es relacionada a la santidad de Dios, de la misma manera que el pecado y las tinieblas son relacionados de una manera muy cercana. El uno representa el otro.

Cuando Cristo se encarna, Cristo vino precisamente en representación de Dios, en esta representación del Padre, y esto es lo que Juan nos revela: "Y este es el juicio: que la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, pues sus acciones eran malas." Este mundo es visto como un mundo de tinieblas. La humanidad reinante que no conoce a Dios es vista como tinieblas, y esas tinieblas que representaban la humanidad rechazaron a Cristo cuando Él vino como la luz y resplandeció sobre el mundo.

Moralmente, la luz representa la santidad de Dios, la excelencia moral de Dios, pero representa no solamente su excelencia moral, representa la perfección de su excelencia moral. Hasta tal punto es Dios perfecto en su excelencia moral, y representado por esta luz que de Él emana, que Pablo le escribió a Timoteo en su primera carta, en 6:16, y le dice que Dios habita en luz inaccesible.

¿Qué tan inaccesible es esa luz? Bueno, yo creo que en los estudios tuvieron una idea cuando vemos a Moisés descender del monte Sinaí, después de haber pasado cuarenta días en la presencia de Dios, y después de haber visto la gloria de Dios por detrás, porque no la podía ver de frente. Y esa gloria de Dios vista de espalda se refleja en el rostro de un hombre pecaminoso, caído, un mero mortal. Y cuando esa gloria reflejada en el rostro resplandece a través de Moisés, aquellos que le vieron gritaron, le dijeron: "Moisés, cúbrete el rostro o morimos." Así de inaccesible es la luz en que habita Dios. Los serafines que ministran en su presencia cubren su rostro con dos alas, porque así de inaccesible es su luz.

Y ese es el Dios que Juan está tratando de presentarnos: la santidad de Dios representada por esta luz, traumática para el hombre. Y eso tiene implicaciones que vamos a estar viendo un poco más adelante.

Cuando Cristo viene, viene en representación de esa luz y comienza a brillar, comienza a resplandecer, y esas tinieblas comienzan a replegarse. Es algo que nosotros sabemos: es que la luz y las tinieblas no pueden coexistir. Cuando encienden la luz, las tinieblas desaparecen, y eso es exactamente a lo que Juan alude más adelante en esta primera carta, en 2:8, cuando él dice: "Porque las tinieblas van pasando y la luz verdadera ya está alumbrando."

¿Qué quería Juan decir con esto de que las tinieblas van pasando y la luz verdadera está alumbrando? Bueno, cuando Cristo viene y trae la revelación completa de Dios, esa luz ha comenzado a brillar, y en la medida en que el Evangelio, la verdad de Cristo, se propaga, en esa misma medida va replegando las tinieblas de las naciones, de los corazones, de las mentes de los individuos. Y eso es parte de lo que Juan está tratando de comunicar.

Pero recordemos que esta luz, a la que yo estoy haciendo referencia porque Juan hace referencia a ella, habla de la perfección de la excelencia moral de Dios. Una santidad que no puede ser corrompida, de la misma forma que la luz no sufre corrupción.

Tú tomas un rayo de luz, lo haces pasar por aguas turbias, por aguas sucias, y la luz entra y sale sin haberse corrompido. Y tú puedes decirme: "Bueno, pero ¿cómo se va a corromper si son ondas nada más?" No son ondas solamente; la luz es ondas y fotones, tiene partículas. Las partículas del rayo de luz entran al agua turbia y salen del agua sin haberse corrompido. La luz es incorruptible, de esa manera como Dios es incorruptible.

Esa es la razón por la que tú puedes poner a Cristo junto a las prostitutas y su sensualidad no lo corrompe, no lo tienta, no hace que las desee. Este es un caso donde las malas compañías no corrompen las buenas costumbres. Esa es la razón por la que tú puedes poner a Cristo junto a los recaudadores de impuestos y su materialismo no lo contamina. Esa es la razón por la que tú puedes poner a Cristo junto con los fariseos y su legalismo, y su espíritu de autojusticia, siempre condenando, enjuiciando al otro, tampoco lo contamina. Porque su santidad es incorruptible y es representada precisamente por esta luz de la que Juan nos habla.

Desde el punto de vista moral, la luz representa su santidad perfecta. Desde el punto de vista de la realidad del mundo que nos rodea, la luz representa su verdad, y todo lo que es contrario a su verdad es falso, es del mundo, perteneciente al mundo de la mentira. Toda mentira, toda falsedad, es contraria a la revelación de Dios y por tanto es contraria a su carácter.

Nosotros sabemos que el mundo vive en falsedad, vive en mentira. Pero dentro del pueblo de Dios en ocasiones ocurre lo que ocurrió al pueblo de Israel: que siendo ellos el pueblo de Dios, teniendo ellos la revelación de Dios, dentro de ese pueblo hubo gente que comenzó a abrazar un concepto de la verdad que era más bien un concepto de la mentira, del error, de la falsedad. Y Dios envía al profeta Isaías, y dice Isaías: "¡Ay de aquellos!" en Isaías 5:20, "que llaman al mal bien y al bien mal, que tienen las tinieblas por luz y la luz por tinieblas, que tienen lo amargo por dulce y lo dulce por amargo."

Hay aquellos, dice Isaías, que cuando abrazan el error, la mentira, en vez de serles repulsivo, en vez de saberles amargo, les resulta atractivo, dulce al paladar. Y de repente les resulta bien, y llaman al mal bien y al bien mal. Eso puede ocurrir entre nosotros también. Y continuamente, a lo largo de la Palabra de Dios, tú encuentras esta tensión entre el pecado y la santidad, entre dos reinos. Vivimos en esa tensión, entre dos mundos, dos mundos en conflicto.

Nosotros tenemos el reino de las tinieblas y el reino de la luz. Y Pedro nos dice en 1 Pedro 2:9 que fuimos llamados de las tinieblas a su luz admirable, de un mundo a otro. Cristo nos dice que su reino no es de este mundo: el reino de los hombres y el reino de Dios. Cristo viene y dice: "Mi reino, al fin de cuentas, no es de este mundo."

Nosotros leemos acerca del reino de Dios y el reino de Satanás, el reino de este mundo y el reino de nuestro Señor Jesucristo. Tan clara es la existencia de dos mundos, y tan claro es el hecho de que Cristo no reina aún sobre el mundo, sobre el reino de este mundo, que al final de los tiempos, en la consumación del plan de redención, en el libro de Apocalipsis, el apóstol Juan escribe lo siguiente: que el reino del mundo llegará a ser el reino de nuestro Señor y su Cristo. El reino del mundo no es todavía; llegará a ser. En la medida en que la verdad se propaga, en esa misma medida las tinieblas están siendo replegadas, hasta que Él regrese, en cuyo caso ya entonces Él reinará sobre este mundo.

Mientras tanto, Dios, en la persona de Cristo, el Espíritu Santo, como Trinidad, están permitiendo la existencia de este mundo con sus valores contrarios a los suyos, con sus propósitos contrarios a los suyos, porque de alguna manera que no conocemos, sirven a los propósitos de Dios.

Pero cuando Juan dice "Dios es luz," recordemos que Juan se está refiriendo a su esencia, a su santidad, a su verdad, a su gloria. Todo eso es parte de este concepto de luz. Pero hay algo más: de alguna forma, su luz representa nuestra vida. El salmista lo dice de esta forma en Salmo 36:9: "Porque en ti está la fuente de la vida; en tu luz vemos la luz." En ti está la fuente de la vida, pero resulta que esa fuente de la vida es la luz, y en tu luz vemos la luz.

Esto es como un poco de trabalenguas: "En tu luz vemos la luz." ¿Qué quiere decir con esto? Bueno, yo creo que podemos verlo de dos maneras. La Biblia ESV, la versión English Standard Version, dice que esta expresión es una expresión idiomática para significar que en Él experimentamos la vida. De manera que cuando decimos que en su luz vemos la luz, es que en su luz experimentamos la vida.

Y quizás esta ilustración nos puede ayudar. ¿Cuántos de ustedes han visto las plantas, las flores, que tienden a voltearse en dirección de donde el sol sale? Porque ellas reconocen que necesitan del sol para sintetizar clorofila y vivir. En su luz está su vida; en la luz de Dios está nuestra vida.

Pero miren algo, hay algo más. Cuando el salmista dice "en tu luz vemos la luz," quizás parte de esto es que sin la luz de Dios yo no puedo ver nada más de la realidad espiritual que nos rodea. C.S. Lewis lo ilustraba de esta otra forma. Decía: "Yo creo en el sol no solamente porque lo veo, sino porque al verlo yo puedo ver todo el resto." Lo que Lewis está diciendo es: si el sol no existiera, este mundo estuviera sumergido en una densa tiniebla donde nadie pudiera ver absolutamente nada. Entonces él dice: "Yo creo en el sol no solamente porque lo veo, sino porque al verlo, su luz me permite ver todo el resto."

Él decía: "De esa misma forma yo creo en Dios. Yo creo en Dios porque yo puedo ver su luz, su revelación, y al verla yo puedo ver toda la realidad espiritual que nos rodea." Anterior a eso, éramos ciegos. Veíamos sin ver, porque no veíamos como debiéramos ver. Hasta que nosotros no tenemos la revelación de Dios, nosotros no vemos la realidad alrededor nuestro.

Y el mejor ejemplo de eso es la manera como, antes de venir a los pies de Cristo, el pecado a nuestro alrededor no nos molestaba. No solamente el pecado a nuestro alrededor no nos molestaba; el pecado en nosotros no nos molestaba. Y no nos molestaba porque no lo veíamos, y no lo veíamos tanto que hasta lo disfrutábamos. En su luz yo veo la luz; con su luz yo veo todo el resto; sin su luz yo no veo nada del resto.

Cuando no estábamos en Cristo, la Palabra de Dios dice en Efesios 5:8: "Antes erais tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor; andad como hijos de luz." Nota lo que Pablo dice y lo que no dice. Pablo dice que antes erais tinieblas; lo que no dice es que antes estábamos en tinieblas. Hay una gran diferencia, porque yo pudiera estar en tinieblas, en esta sombra aquí, y no ser tinieblas yo. Pero Pablo no está diciendo eso. Pablo está diciendo que antes de yo venir a los pies de Cristo, no solamente que yo estaba en tinieblas, no: es que yo era tinieblas. Lo que implica que las tinieblas estaban en mí, en mi interior. Había oscuridad en mi mente, en mi corazón, de propósito; andaba perdido, no veía, era ciego hacia afuera y era ciego hacia adentro. En mí había oscuridad.

"La lámpara del cuerpo es el ojo," dijo Cristo, "y si la luz que hay en mí, que entra a través de mis ojos, es oscuridad, ¡cuán grande es mi oscuridad!" Si no tengo la revelación de Dios, la luz que hay en mí es oscuridad. Y a eso se refería el Señor Jesucristo cuando hablaba de esta manera.

Cuando nosotros hablamos, o cuando el apóstol Juan nos dice que Dios es luz, él está tratando de comunicarnos las implicaciones de esa verdad. Nota que cuando Cristo vino, el mismo Juan nos dice en el capítulo 1 de su Evangelio: "En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron." Las tinieblas, representadas por la generación de esa época, ni la comprendieron ni la aceptaron. Pero brilló la luz, brilló la luz en medio de ellos. Y ahora la luz de Cristo continúa brillando entre nosotros.

Y si Dios es luz y no hay nada de tinieblas en Él, como Juan afirma en ese versículo 5, yo creo que tenemos que preguntarnos cuáles son las implicaciones. Y la primera implicación es el conocer, el entender para nuestra vida de santidad, que Dios no desea tener comunión en lo más mínimo con nada ni con nadie que esté relacionado a lo que es el pecado, la oscuridad y las tinieblas. Él no tiene ningún deseo; de hecho, no solamente que no tiene ningún deseo, Él tiene una inhabilidad de relacionarse con eso que es pecado.

El salmista lo entendió, y dice que tus ojos son tan puros que ni siquiera pueden ver la iniquidad. La razón por la que Dios se ingenia la cruz es por esa inhabilidad que Él tenía. La cruz es invención de Dios, no de los romanos. Porque en este mundo de luz en el que Él habita, luz inaccesible, y en este otro mundo de tinieblas en el que habita el hombre, hay un abismo enorme, insalvable. Y Dios tenía que idear algo para salvar el abismo.

Y eso que Él se idea es la crucifixión de su Hijo, de tal manera que su Hijo pueda venir del mundo de la luz al mundo de las tinieblas, y Él pueda ponerle la mano a Dios y la mano al hombre, y salvar el abismo a través de la cruz. Y que en la cruz se pague por el pecado que representa las tinieblas y que hasta ese momento no había sido pagado.

Cuando Cristo toma sobre sí el pecado del mundo, el pecado de los hombres, y Dios entonces hace caer su juicio sobre la espalda y los hombros de su Hijo, tres horas de tinieblas cubrieron la tierra, representando precisamente la gravedad del pecado, el juicio de Dios sobre el pecado. Y las tinieblas que cubrieron la tierra no fueron simplemente simbólicas.

Eso es lo que hace que Cristo exclame en ese momento: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué has volteado el rostro de mí, Hijo?" Porque yo tengo una inhabilidad de relacionarme a aquello que es pecaminoso, y en este momento tú estás tomando el lugar del hombre pecaminoso. Por eso la Cruz. La Cruz es la solución, y aquel que no ha recibido la Cruz no ha recibido a Cristo. Y si no ha recibido a Cristo, está en tinieblas. Y si está en tinieblas, no tiene comunión con Él porque no tiene regeneración. Y si no hay regeneración, no hay salvación. Y si no hay salvación, estoy en perdición todavía.

Dios no desea relación con nada pecaminoso, con ninguna vida de pecado. Nadie que esté caminando en mentira, en falsedad, fuera de la verdad, lejos de la verdad; Dios no tiene deseos de relacionarse con esa persona, con ese caminar. Las implicaciones de esto son monumentales, masivas. Versículo 6, Juan comienza a entrar a la implicación, la primera implicación, porque la va a ir desarrollando a lo largo de su carta: si decimos que tenemos comunión con Él pero andamos en tinieblas, le hacemos mentira, en falsedad, no en su Palabra, no en su revelación. Mentimos y no practicamos la verdad.

Recordemos que lo que Juan está tratando de hacer es desenmascarar a aquellos que decían ser creyentes sinceros. Eso es lo que está tratando de hacer: desenmascarar a este grupo de gente, de gnósticos y sus seguidores, que decían ser creyentes y no lo eran. Los falsos maestros, los falsos seguidores. Gente que oraba aquí y oraba allá, que iba al templo aquí e iba al templo allá, que oía la Palabra aquí y oía la Palabra allá, pero no tenían comunión con Dios. La evidencia de que no tenían comunión con Dios es que no andaban en la verdad, y andaban en tinieblas.

La primera característica de la persona nacida de nuevo es precisamente su comunión con Dios. Cuando la comunión con Dios no existe, el nuevo nacimiento tampoco existe. Y eso es algo que nosotros necesitamos entender. Oye cómo Juan lo enfatiza: "Si decimos que tenemos comunión con Él..." Si decimos, como algunos dicen: "No, no, yo tengo comunión con Dios", pero la realidad es que andamos en tinieblas, Juan dice: somos mentirosos, no tenemos comunión con Él. Y por tanto, como decía, no hay regeneración.

"Pastor, ¿y cómo yo sé si yo tengo comunión con Dios?" Bueno, muchos podrían comenzar con: "Bueno, déjame ver cómo está mi tiempo de oración, cómo está mi tiempo de lectura de la Palabra", y todo eso está bien. Y si no está presente, que es como lo mínimo, no es de eso que Juan está hablando, pero si eso no está presente, que es como lo mínimo, entonces ¿dónde es y cuándo y cómo es que yo tengo comunión con Dios? Es como que yo estoy casado, pero yo nunca le doy un beso. Ella me escribe emails, pero yo no los leo. Ella me manda cartas, pero yo no las leo. Y luego yo digo: "No, pero yo tengo comunión con mi esposa." ¿Quién me lo va a creer?

Bueno, aquí está la carta y el email de Dios. Y las llamadas que mi esposa me hace, pero yo no respondo, es la oración que no tengo. "Pero tengo comunión con Dios." Pero Juan ni siquiera está hablando de eso; eso es como lo mínimo. Pero Juan está hablando de más. Yo puedo leer los emails, responder los emails, responder las llamadas y todavía no tener comunión con Dios. Los fariseos leyeron los emails, se aprendieron los emails, repitieron los emails, oraban, ayunaban, y no tenían comunión con Dios.

Entonces, ¿cómo yo sé? Oye lo que se está diciendo: para tener comunión con Dios, yo tengo que andar en la verdad. La obra conocida como Estudio de Palabras de Vincent, Vincent's Word Studies, nos dice que cuando Juan habla de esto, se está refiriendo a algo que tiene que ver con lo externo y lo interno. Que andar en la luz es vivir una vida que es congruente con su revelación en todas sus dimensiones.

Yo tengo que analizarla: ¿estoy viviendo de una manera congruente? Aquí hay simplemente algunas ilustraciones. Si la idea que yo tengo de ese Dios es un Dios que es todo amor, que está ahí para perdonarme, que está ahí para perdonarme transgresiones, pero nunca para imponerme consecuencias cuando yo transgredo su ley, entonces yo tengo una idea distorsionada de Dios. Yo he abrazado un falso concepto de Dios. Yo he abrazado la mentira. Yo no ando en verdad. Mi Dios no es el Dios de la Biblia; es un Dios que yo creé en mi mente.

Si por otro lado, yo estando en pecado, no entiendo, me quejo, demando, espero que Dios tenga un trato especial para conmigo igual que su pueblo, yo he abrazado una falsedad. Yo no ando en la luz. Si el pecado que hay en mí no me lleva al arrepentimiento, con evidencia de arrepentimiento de tal forma que lo que hacía ya no hago, lo que decía ya no digo, lo que pensaba ya no pienso, lo que sentía ya no siento, de una manera que el camino por donde andaba ya no es el camino que yo trillo; si eso no está presente en mí, entonces yo no puedo hablar de que estoy caminando en la luz.

Y si no estoy caminando en la luz, yo no tengo comunión con Dios. Porque para tener comunión con Dios yo tengo que andar con Él. ¿Y cómo yo puedo andar con Él? Si me pongo de acuerdo con Él. Yo leo lo que dice el profeta en Amós 3:3: "¿Andarán dos juntos si no se han puesto de acuerdo?" ¿Andará el hombre y Dios juntos si no se ponen de acuerdo? Yo espero que nadie me pregunte quién debe ponerse de acuerdo con quién, porque es obvio que Dios no ha de descender a negociar con el hombre a ver cómo negociamos mis estándares para que nos pongamos de acuerdo. Es el hombre que tiene que ponerse de acuerdo con Dios. Cada vez que él encuentra un precepto que contradice su vida, él sabe que está en desacuerdo con Dios. Y si está en desacuerdo con Dios, no está caminando con Él, porque ¿andarán dos juntos si no se ponen de acuerdo? No es tan difícil.

Y J.C. Ryle, en su libro acerca de la santidad, oye cómo él define esta santidad en relación a lo que yo acabo de decir: "Santidad es ser de un mismo sentir con Dios, de acuerdo como su mente ha sido revelada en las Escrituras." Escucha ahora, mira la definición más práctica que yo he encontrado acerca de santidad en toda la obra que he podido leer acerca de santidad: es el hábito de ponernos de acuerdo con los preceptos de Dios. Eso es odiar lo que Él odia, amar lo que Él ama, y es evaluarlo todo conforme al estándar de su Palabra.

¿Tú quieres saber si andas en santidad? No es nada místico. ¿Tú amas lo que Dios ama? ¿Tú odias lo que Dios odia? ¿Tú evalúas todo lo que haces, todo lo que piensas, todo lo que sientes, todas tus relaciones, todo tu negocio, todas tus transacciones? ¿Tú las evalúas a través del estándar de la Palabra?

Déjame leerte el comentario que escribí, es por eso que quiero leerlo exactamente como lo escribí: "Cuando no amas lo que Dios ama, cuando no odias el pecado que hay en ti, cuando el pecado del mundo te resulta atractivo, no te estás poniendo de acuerdo con Dios. Y si dos no se ponen de acuerdo, no pueden andar juntos. Y si no andas junto con Dios, no tienes comunión con Él. Y si no tienes comunión con Dios, no andas en la verdad. Y si no andas en la verdad, no tienes salvación. No te engañes."

Si no amas lo que Dios ama, si no odias lo que Dios odia, si el pecado que hay en ti, el pecado que hay en el mundo te resulta atractivo, no te estás poniendo de acuerdo con Dios. Si no te estás poniendo de acuerdo con Dios, no tienes comunión con Dios. Si no tienes comunión con Dios, no andas en la verdad. Si no andas en la verdad, no tienes salvación. No te engañes.

Esto es serio, hermanos. Esto de la salvación, esto de la compra de la salvación, quizás no la comprendemos. Quizás no decimos que la comprendemos, puede ser. La aceptación de esta gracia barata, esta salvación barata que solamente resulta en bendiciones para el hombre sin ningún compromiso, sin ninguna evidencia de transformación de vida, no es bíblica. No, no lo es.

Y eso es a lo que Juan se está refiriendo. Nos está tratando de dar evidencias claras de cuáles son las características de un verdadero creyente. Y a lo largo de esta carta, que nos va a tomar dos o tres meses para desarrollarla, Juan nos da varias señales. Y la primera es que esa persona tiene comunión con Dios. Característica número uno. Y esa comunión con Dios tiene que ver con ponernos de acuerdo con Dios y andar en la verdad.

Déjame leerte cómo Martyn Lloyd-Jones define lo que implica caminar en la luz, caminar en la verdad. Dice: "Hombres y mujeres que caminan en la verdad son personas que buscan a Dios." Escucha, porque hay palabras claves, no solamente conceptos, hay palabras, un vocablo que esclarece. Gente que busca a Dios. Ellos anhelan conocer más de Dios. Están preocupados por el honor y la gloria de Dios. Notan los énfasis que yo voy haciendo. Ellos están ansiosos de complacer a Dios. Ellos se percatan que por muchos años estuvieron viviendo de manera antagonista con relación a Dios, y su idea es ser tan diferentes como ellos puedan. Eso es caminar en la luz: vivir para el honor y la gloria de Dios. Dios es su amo, y ellos buscan ser rectos y viven preocupados con ser santos.

¿Tú notaste la intensidad de estas palabras? Ellos anhelan complacer a Dios. En otras palabras, la obediencia no les es pesada; anhelan obedecer. Ellos buscan conocer más de Dios. Viven preocupados con ser santos de manera intencional. Cuando la santidad no va creciendo en ellos, cuando hay evidencia en algún momento de alguna forma que eso no fue santo, se preocupan, les pesa, les carga. Porque ellos tienen una preocupación con esto de vivir para el honor y la gloria de Dios. Ellos anhelan conocer más de Dios. No es simplemente: "Bueno, me gustaría así conocer más de Dios." No, no. Ellos anhelan conocer más de Dios, y su anhelo es traducido en horas, en tiempo, en esfuerzo invertidos en conocer más del Dios que les creó.

De la misma manera que el atleta invierte esfuerzo ahora en conocer más, en practicar más, en ejercitarse más en aquella rama de la disciplina del deporte que ellos han escogido, ellos dejan de dormir para patinar, para andar en una bicicleta, para correr. Aquellos que anhelan conocer de Dios a veces dejan de dormir para conocer más de Dios, porque es un anhelo. No es simplemente "sería bueno", un deseo. Yo no creo que haya mucha gente que diga: "No, yo no quiero conocer más de Dios". Pero una cosa es decirlo, una cosa es decir "bueno, sería muy bueno", otra cosa es anhelarlo, y al anhelarlo invertir el tiempo y el esfuerzo.

Esta vida de andar en verdad, en la luz, tiene que ver con una transparencia de vida, con una vida por encima del reproche. Y una de las cosas que esta luz va a hacer específicamente es ayudarme a caminar bien, porque me alumbra el camino. Hay una relación entre la luz que experimento y mis conductas. Mira cómo Juan lo dice en los versículos 20-21: "Porque todo el que hace lo malo odia la luz y no viene a la luz, para que sus acciones no sean expuestas". Todo el que hace lo malo, todo el que está en pecado, lo esconde, no quiere que se sepa, lo tapa, porque no quiere que sea expuesto. ¿Y cómo voy a evitar que sea expuesto? Pues no vengo a la luz. ¿A cuál luz? A su Palabra, a un sermón, al pueblo de Dios, a cualquier cosa que pueda tener destellos de la luz de Dios. Tengo que ocultarme: me alejo de la iglesia, me alejo de hermanos, me alejo de su Palabra, me alejo de mi vida de oración, me alejo de mi vida de devoción. No me interesa la luz, la repelo, la odio.

"No creo que nunca la he odiado". Bueno, sabe qué, eso puede ser relativo. Dios dice: "A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí". Simplemente estaba comparando dos amores. La manera como amó a Jacob fue tan especial que el amor por Esaú parecía odio. Es de esa misma manera: comparamos dos amores, amor por las cosas del mundo y el amor por las cosas de Dios. Y el amor por las cosas del mundo y las cosas que a mí me interesan es tanto mayor que lo que expreso a Dios, que es más como un odio.

Pero el que practica la verdad viene a la luz. El que anda caminando bien, él viene a la luz, él viene a la Palabra, él viene a los hermanos, él viene a la iglesia, él viene al pueblo de Dios, él se expone. ¿Por qué? Para que sea claramente manifestado que han sido hechas en Dios, para que se sepa que estoy caminando con Dios, y esto que estoy haciendo, lo estoy haciendo en el Señor. Quiero que otros lo vean, no tengo necesidad de ocultarlo, de taparlo. Distinto al incrédulo, distinto al que anda en tinieblas. Si decimos que tenemos comunión con Él, pero andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad. Andar en tinieblas, en pecado, mentira, ocultando cosas, no es compatible con andar en la luz.

Ahora, recuerda que es posible yo andar en penumbra y creer que estoy en la luz. Es posible andar en penumbra y creer que "bueno, lo que me pasa es que yo pertenezco al mundo de la luz, pero entre lo que he hecho he entrado en algunas cosas de pecado". Decíamos en la introducción de esta carta: Juan no conoce zonas grises. Si hay una carta absolutista es esta. "Todo el mundo", "nadie", Juan habla en sus extremos. Vamos a llegar a ellos. Y cuando tiene que ver con luz y tinieblas, él no conoce penumbra. Tú o eres luz o eres tinieblas, no hay cosa intermedia.

El diccionario define la penumbra como una sombra entre la luz y la oscuridad, donde no se sabe —dice el diccionario, interesante cómo lo hace, porque casi suena espiritual— donde no se sabe dónde comienza una y dónde termina la otra. Algunas vidas, muchas vidas lucen así: no se sabe qué de esa vida es de Dios y qué es del mundo de las tinieblas. Es como una penumbra. Juan dice que el problema es que no hay tres reinos: uno de luz, uno de tinieblas y uno de penumbra. Hay dos: o de luz o de tinieblas, o de Dios o del mundo, o de Cristo o de Satanás, o de verdad o de mentira, o de luz o de tinieblas.

Pero podemos engañarnos y estar sinceramente engañados. Los gnósticos a los cuales Juan se estaba refiriendo estaban sinceramente engañados. Ellos creían que el hombre estaba constituido de un cuerpo —como era material, era pecaminoso— y un espíritu que no era pecaminoso. Esas dos cosas no se podían juntar. Por tanto, decían ellos, la carne podía pecar y eso no afectaba el espíritu. Tú podías vivir una vida licenciosa y eso no afectaba tu espíritu. Ellos creían eso, sinceramente lo creían, pero estaban sinceramente equivocados.

Y yo no creo que haya muchos gnósticos entre nosotros, pero sí yo creo que hay mucha gente sinceramente equivocada. Y hoy yo no estoy aquí para acusar a nadie; estoy aquí para tratar de traer luz, a ver si la luz repliega la oscuridad, solamente. Cualquier otra cosa que yo trate de hacer es usurpar la autoridad de Dios. Pero yo sí creo que hay mucha gente que está confiada, poniendo su confianza en una profesión de fe que hicieron cuando tenían quince años, o tres, o ocho, o dieciocho, o comiendo pan en una iglesia. Y no recuerdan a veces que la profesión de fe que yo hice, la hice en un momento de dificultad, y lo que yo abracé fue un salvavidas. Yo no abracé al Cristo de la Biblia, el Cristo de la cruz, el Cristo resucitado. Yo abracé a alguien que pudiera salvarme de problemas, y yo tengo una relación con un Cristo salvavidas, no el Cristo de la Biblia. ¿Y cómo yo sé eso? Porque voy a Cristo cada vez que tengo problemas solamente. "¿Dónde está mi salvavidas, que tengo meses que no me lo pongo?"

Y cuando nosotros caminamos de esa manera, no estamos en la verdad. Podemos ser muy sinceros, pero estamos sinceramente equivocados. Ese es un grupo de falsos profesantes. "Pastor, pero yo no estoy enseñando la Palabra para ser profesor". No, existió una profesión de fe que fue falsa, y ahora tenemos un grupo de falsos profesantes.

Hay otro grupo. Yo creo que están sinceramente equivocados porque desde pequeños nacieron, los dientes les salieron en el Evangelio —yo he oído esa expresión— y desde entonces han estado en la iglesia. Y siempre han estado involucrados en actividades cristianas, y desarrollamos pasión y desarrollamos deseo por actividades cristianas, buenas, saludables, que a mí me llenan también de propósito temporal. Y creo que confundo la pasión por esas actividades con pasión por Dios, y no es lo mismo.

O algunos yo creo que están confiados en su moralidad: crecí en un buen hogar, buenos valores, buenos principios, mi casa siempre creyó en Dios. Santiago dice: "Sí, los demonios también siempre han creído en Dios". De manera que creer en Dios solamente, si eso es lo único, esto solamente me califica para ser un demonio. Todavía me falta una cosa para ser otra cosa, pero hasta ahí ellos creen también. Otros piensan: "Bueno, yo me bauticé", y el bautismo es mi realidad, y están sinceramente equivocados.

Si yo no tengo comunión con Dios, si el pecado es lo que mora en mí, los que viven a mi alrededor, cuando preguntamos, ellos no testifican de una vida de santidad. Ellos testifican de: "Bueno, yo frecuentemente me pregunto si esa persona será cristiana". ¿Y por qué? "Por esto, por esto, por esto". En otras palabras, la evidencia es contraria a lo que profesan. Tengo que preguntarme: ¿qué dicen en mi casa? Mis padres, mis hermanos, mis amigos, ¿qué dicen mis compañeros de trabajo? Si la verdad es conocida, ¿votarían ellos por alguien que es cristiano o no cristiano? ¿Qué te dicen: es cristiano o no? Sí o no, sí o no, sí o no. ¿Quién ganaría en la encuesta? Porque si andamos en tinieblas, no tenemos comunión con Él.

Cuando nosotros nacemos de nuevo, quizás una de las primeras señales de que yo he nacido de nuevo es mi nueva comunión con Dios. Mi nueva comunión con Dios hace que comuniones anteriores que yo tenía con el mundo, con el pecado —relaciones, hábitos, forma de ser, forma de pensar, forma de caminar— esas comuniones son rotas. Porque ahora yo tengo una nueva comunión, y esa nueva comunión me empuja en una dirección contraria a la que yo tenía antes. Y ahora esa comunión con Dios se convierte en una evidencia de mi nueva relación, que resulta en frutos de justicia, de santidad, compatibles con el mundo de la luz y no con el mundo de pecado.

No es posible, hermanos, no es posible que personas que hayan nacido de nuevo tengan tan poca comunión con Dios, manifestado de varias maneras: en una vida casi no existente de oración, o en una vida casi no existente de su Palabra, o manifestado —quizás todavía para no hablar de actividades— en una vida que no es congruente con la revelación de Dios. ¿Cómo es posible que la persona del Espíritu Santo, omnipotente, el Dios que llena cada pulgada del universo, venga y habite en nosotros y cause tan pocos cambios en nosotros? ¿Qué clase de Dios es este? O Dios no está ahí.

Porque la última vez que yo leí este libro, cuando Dios descendió sobre una cosa inanimada, que es un monte, el monte tiembla. De la sensibilidad de estremecerse ante la presencia de Dios. ¿Cómo es que Dios puede venir y habitar dentro de nosotros y no sacudir mi vida? Cuando el monte muerto se sacude, cuando los umbrales del templo en la visión que Isaías tuvo se sacudieron también, ¿cómo es que cosas inanimadas tienen la sensibilidad de ser sacudidas ante la presencia de Dios, y Dios puede habitar en mi interior y haber sacudido tan poco mi vida? No puede ser, nos estamos engañando.

¿Cuál es la diferencia que Cristo hace si las mismas cosas de la vida anterior son las cosas de esta vida? Cuando Pablo habla del fruto del Espíritu en Gálatas 5:22, hay una sección que antecede a esa sección y habla de los frutos de la carne. Y si bien es cierto, en esos frutos de la carne está inmoralidad, orgías, sensualidad, borracheras —está ahí— en la misma lista está envidia, celos, pleitos, disensiones, ira, en el mismo paquete: obras de la carne. Y Pablo dice: esas obras son de la criatura anterior. Antes era y hacía todas esas cosas cuando estaba en tiniebla; ahora soy luz.

Pero traigo las mismas obras. Y cinco días, quince años después, todavía tengo las mismas obras. O dice: "No, no, no, no, hermano, por favor, permíteme decirte: no estás en la verdad. Creíste mal, te arrepentiste mal, no abrazaste bien, necesitas convencerte de que esto se trata de otra cosa."

Eso es nuevo nacimiento, lo que implica que es una nueva criatura. La nueva criatura no puede lucir igual que la vieja criatura, porque entonces no es nueva criatura, es la vieja con un barniz. Pero Dios no dice que el que está en Cristo es la criatura barnizada. Nueva criatura es, las cosas viejas ya pasaron. Nos encanta hablar en ese lenguaje cuando tiene que ver con pecados pasados, pero no nos gusta cuando esto que ha pasado sigue dando aquí presente. Bueno, quizás no es nueva criatura, quizás es la vieja con nueva pintura.

Amados, con esto ya cierro. Pablo va a usar esta carta para sacudir a aquellos que la leyeron, a aquellos que la oyeron en su momento. Es mi deseo santo, así creo que es santo, que esta carta pueda sacudir nuestras entrañas. No porque me encanta causar dolor, sino porque me encanta ver el fruto del Espíritu de Dios en las vidas que Dios transforma. Porque al fin de cuentas la persona más bendecida, que más va a disfrutar de ese cambio, es usted, y luego su esposo o esposa, y luego sus hijos.

De manera que yo lo que le estoy deseando es un gran bien: que esta luz de la Palabra pueda iluminar las áreas oscuras de nuestro ser y ayudarnos a saber, a entender dónde estamos, en el reino de la luz o el reino de la oscuridad. Y que si yo no estaba en el reino de la luz, que este día yo puedo ir donde Dios y decirle: "Dios, perdóname, estuve equivocado, sinceramente equivocado, pero equivocado. Yo estuve dando frutos de las tinieblas, y al mismo tiempo creyéndome que estaba en ti. Perdóname, perdóname mi pecado, que es grande, de autojusticia. Perdóname mi rebelión, perdóname el egocentrismo que me hizo creer todo eso. Y quiero verdaderamente ahora que me des arrepentimiento, porque yo no lo puedo manufacturar el arrepentimiento. Dame arrepentimiento, perdóname de mis pecados, y en la medida que experimento el arrepentimiento, te entrego mi vida. Hazme una criatura nueva, de manera que otros puedan verte a ti en mí."

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.