IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Permanecer en Cristo no es una idea abstracta ni un estado pasivo: es la marca visible de quien verdaderamente ha nacido de nuevo. Juan usa esta palabra más de veinticuatro veces en su breve carta, y Jesús la desarrolló en sus últimas horas con los discípulos usando la imagen de la vid y los sarmientos. Una rama injertada en el tronco recibe lo que el tronco tiene; si Cristo es la fuente del amor, el gozo, la paz y el dominio propio, esas cualidades deben circular hacia quienes permanecen en él. La ausencia de esos frutos no es un problema menor: cuestiona la permanencia misma.
Permanecer implica varias cosas concretas. Significa fructificar en carácter, no solo en actividad. Significa continuar abrazando lo que Cristo enseñó, sin redefinir la fe según las corrientes del momento. Significa vivir una vida de oración donde las respuestas son frecuentes, porque quien permanece en él comienza a desear lo que Dios desea. Significa sentir su amor y amarlo a él, de modo que todo lo relacionado con Dios resulta atractivo. Y significa caminar en obediencia, no como peso sino como expresión natural del amor.
El pastor Núñez conecta esta permanencia con la segunda venida de Cristo: quienes permanecen estarán confiados ese día; quienes no, serán avergonzados. La iglesia primitiva vivía esperando ese regreso con entusiasmo. Juan cierra diciendo que todo el que practica lo recto es nacido de Dios. No basta profesarlo ni creerlo; hay que vivirlo. Por sus frutos los conoceréis.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Abrimos la Palabra de Dios una vez más en la primera carta, la primera epístola del apóstol Juan, el capítulo dos, para terminar con esa sección que no pudimos terminar en el mensaje anterior. Se nos quedaron dos versículos sin cubrir: el versículo 28 y el 29 de 1 Juan capítulo 2. "Y ahora, hijos, permaneced en él, para que cuando se manifieste tengamos confianza y no nos apartemos de él avergonzados en su venida. Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de él."
Gracias de nuevo por tu Palabra. Este es un texto corto, pero hay mucho que entiendo que tú podrás decirnos a través de él. Quiero pedir tu dirección una vez más. Quiero depositar mi confianza en ti, Dios. Te pido que sostengas a tu siervo, que le cuides, que le guíes, que no le permitas, Dios, hacer afirmaciones con las que tú no estarías de acuerdo, que tú le des palabras de vida eterna como hemos venido pidiéndote, y que al final la Palabra escrita sirva para honrar a la Palabra viva de tu Hijo. En su nombre oramos.
Decía que en el mensaje anterior se nos habían quedado dos versículos sin cubrir: el 28 y el 29. En esta última parte, el apóstol Juan nos estimula, nos habla de la necesidad de caminar bien, de la necesidad de caminar en santidad y de vivir una vida recta, y nos da la razón —en ese mismo texto, por lo menos una razón— por la que él entiende que nosotros debiéramos vivir de esa manera.
Ahora, algunos de ustedes que leyeron el texto con detenimiento pudieran estar preguntándose o diciendo: "Yo no veo dónde Juan nos llama a vivir santamente en este texto." Y ciertamente pudiera aparecer de esa forma en la superficie, hasta que uno se percata de que la palabra "permanecer" que está en este texto tiene todo que ver con lo que es mi caminar con Dios. La palabra "permanecer" es una palabra favorita de Juan. De hecho, en esta carta que apenas tiene cinco capítulos, Juan la menciona no menos de 24 veces. En el capítulo 15 del Evangelio que lleva su nombre, siendo un solo capítulo, la menciona no menos de 11 veces. De manera que esta es una palabra capital en lo que es la teología de Juan.
En el texto que leímos aparece la frase "permanecer en él", y de hecho nos vamos a pasar una gran parte —quizás la mayor parte— del mensaje en esa frase, porque es una frase sumamente importante. El mensaje anterior nos sirvió para introducir este tema. No sé cuántos de ustedes se recordarán que el título del mensaje anterior fue "La permanencia como prueba de que soy su hijo." En esa ocasión hablamos de quiénes permanecen y quiénes no, hablamos de por qué algunos dan la impresión de ser sus hijos inicialmente y cómo al final terminan apostatando de la fe, y hablamos finalmente de cuál era el espíritu del anticristo y de cómo discernir la verdad del error.
Bueno, en el día de hoy, teniendo eso de trasfondo o de base si se quiere, yo quiero que usemos como clave a recordar la palabra o la frase "permanecer en él", y quiero que respondamos tres preguntas a partir del texto que tenemos por delante. En primer lugar, ¿qué significa permanecer en él? En segundo lugar, ¿cómo se relaciona el permanecer en él con su segunda venida? Y la tercera pregunta es: ¿de qué manera mis frutos hablan de mi nuevo nacimiento?
Comencemos con la primera pregunta: ¿qué significa permanecer en él? Si "permanecer" —que en griego es la palabra "ménō"— es una palabra tan importante para Juan, yo creo que es primordial que nos detengamos y hagamos la pregunta, porque quizás haya mucho que nosotros no hemos entendido de lo que esa frase implica. Ciertamente nosotros pudiéramos decir muchas cosas de lo que implica permanecer en Cristo, pudiéramos especular muchas cosas, pudiéramos hacer uso de textos bíblicos para tratar de responder la pregunta, pero yo creo que la mejor persona, la persona más calificada para responder esa pregunta, es Jesús mismo, porque es él quien está hablando de permanecer en él, y si yo puedo preguntarle a él qué significa eso, yo creo que la respuesta entonces será contundente, será clara, será precisa y nos va a guiar.
Y Jesús hizo eso en la última noche, en las últimas horas, en el aposento alto, en la intimidad de la noche con sus discípulos. Me imagino a media luz, en medio de los temores que embargaban a cada uno de ellos por diferentes razones, Cristo comenzó a pronunciar estas palabras que aparecen en Juan 15:4: "Permaneced en mí y yo en vosotros. Como el pámpano no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los pámpanos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer."
Cristo comenzó, en medio de la agonía de esa noche, a infundir ánimo a sus discípulos. Pero él quería no solamente infundirles ánimo; sabemos que quería darles algunas instrucciones que fueran importantes para cuando él no estuviera presente, y comenzó a hablarles del concepto de permanencia. Ahora bien, antes de continuar, yo creo que es importante que recordemos que la primera vez que yo comencé a estar en él, no estaba, y un día comencé a estar en él. Eso no tuvo nada que ver conmigo. Fue algo que él decidió en la eternidad pasada, algo que él de manera unilateral logró producir en mí, de tal forma que el método de la muerte me llevó a la vida, y cuando me dio vida, ya yo estaba en él. Ese día yo comencé a estar en él.
Pero de ahí en adelante, yo tengo mucho que ver con mi permanencia en él, hasta el punto en que Cristo le dice de forma imperativa —es una orden—: "Permanece en mí." En otras palabras, hay una parte que me toca a mí hacer en la permanencia, y le toca hacer otra parte a él. Y cuídense, porque él dijo: "Permaneced en mí y yo en vosotros." Nosotros comenzamos a entender entonces que esta idea de permanencia tiene todo que ver con mi caminar y con mi vida de santificación.
De acuerdo a este pasaje que comencé a leer, Juan 15:4, la única manera de fructificar o de dar frutos es permaneciendo en Cristo. Eso es el versículo 4. Por ahí, el versículo 5 enfatiza lo que acabo de decir, lo amplifica y me llama a la reflexión. En el versículo 5, Cristo dice: "El que permanece en mí y yo en él"—escuchen bien—"ese da mucho fruto." Cristo no está diciendo que el que permanece en él da fruto; está diciendo que el que permanece en mí y yo en él da mucho fruto. Y yo creo que eso es lógico cuando uno se detiene a reflexionar qué es lo que él nos estaba instruyendo.
No estaba solamente informando; es que él nos dijo que él era la vid y nosotros los pámpanos, las ramas. Pero al mismo tiempo él se califica como el Viñador. Y realmente, tener ramas injertadas en la vid, siendo él al mismo tiempo el Viñador, y no tener las ramas produciendo mucho fruto, desdice de la calidad de Viñador que Dios es. Dios sería el Viñador más ineficiente si ramas que están en él, cuidadas por él como Viñador, no son capaces de producir mucho fruto. Y esto es exactamente lo que él está informando a sus discípulos en esa noche; es parte de lo que implica su permanencia.
Ahora bien, dar frutos —yo quiero decirlo en este momento— no es evangelizar, aunque eso pudiera ser parte de lo que el concepto implica. No es discipular, aunque eso pudiera quedar debajo de esa sombrilla en cierto modo. No es dirigir un grupo de creyentes, o tener un grupo de parejas o de jóvenes, aunque eso pudiera ser parte de lo que implica dar frutos. Yo quiero hoy sugerir, a la luz de la Palabra de Dios, y anclarlo categóricamente en la Palabra de Dios, que por encima de cualquier otra cosa que fructificar pudiera significar, el dar fruto tiene que ver primariamente con el trabajo que se produce en mi carácter en la medida en que Dios forma su imagen en mí.
Y si usted me pregunta de dónde tengo esta idea, la tengo de la Palabra de Dios, del libro de Gálatas, capítulo 5, versículos 22 y 23: "El fruto del Espíritu" —lo que el Espíritu produce como fruto, lo que es fructificar— "es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio propio." Es lógico pensar que si esta rama no estaba en el árbol y ahora se injerta en el árbol que es Cristo, aquellas cualidades que son parte del árbol debieran comenzar a pasar a las ramas, y por tanto eso es calificado como el fruto del Espíritu. Por eso Cristo dice: "Si tú permaneces en mí y yo en ti, tú darás mucho fruto; yo me encargo de eso." Y por tanto, la ausencia de esas cualidades en mí milita en contra de mi permanencia. De manera que, en primer lugar, a la luz de la Palabra de Dios, permanecer en Cristo implica dar frutos, evidenciado por el cambio que en mi carácter se experimenta en la medida en que Dios forma su imagen en mí y el Espíritu de Dios produce eso en nosotros.
En segundo lugar, a partir del texto de Juan 15, yo quiero continuar y mostrar ahora cómo permanecer en Cristo significa permanecer en aquello que Cristo enseñó, permanecer en su doctrina, permanecer fiel a la fe que Cristo y los apóstoles ya dejaron como base o fundamento para nosotros. El principio del versículo 7 de Juan 15 dice: "Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros." Aquí Cristo comienza a establecer la relación entre la permanencia en él y la permanencia de sus palabras, sus enseñanzas, en vosotros, de tal forma que cuando alguien comienza a desviarse de aquello que Cristo enseñó, eso es una indicación de que esa persona, esa iglesia o denominación ha comenzado a apostatar y ha comenzado a dejar de permanecer.
En el siglo IV, Pelagio apostató de la fe, no permaneció en lo que Cristo enseñó, y Agustín tuvo que confrontarlo cuando aquel comenzó a enseñar que para la salvación no era necesaria la gracia de Dios. Un siglo más adelante, a partir del siglo V, la iglesia de Roma comenzó a alejarse de las enseñanzas que Cristo había dejado, hasta que diez siglos más tarde fue enfrentada por Martín Lutero y todo el movimiento de la Reforma.
En el día de hoy, todo el movimiento de la súper fe es apóstata por completo, y es un movimiento que ha abandonado hace mucho tiempo las enseñanzas de Cristo para abrazar nuevas corrientes. Junto con ese movimiento, la gran mayoría de las iglesias emergentes que han abrazado el movimiento posmoderno son apóstatas porque han comenzado a alejarse de las enseñanzas de Cristo. Un movimiento que postula que no hay verdades absolutas, un movimiento que postula que tenemos que readaptar o redefinir las enseñanzas del pasado porque cada lector tiene que darle a las palabras el sentido que él o ella crea más conveniente conforme a su situación, no puede ser un movimiento que haya permanecido en las enseñanzas del Señor.
Hoy en día, algunos que se califican de posmodernos y cristianos no entienden que eso es un oxímoron, esto es una contradicción; esas cosas no existen. Yo no puedo ser posmoderno y llamarme discípulo de Jesús a la vez, porque por definición el posmodernista no cree, ni enseña, ni abraza lo que Cristo enseñó. Algunos, de una manera muy orgullosa, entienden que no califican, que no encajan dentro de ninguna de las definiciones tradicionales de la fe, y con eso han comenzado a crear su propio movimiento. Se nos olvida que no hay manera en que yo pueda permanecer en Cristo divorciándome de dos mil años de legado y doctrina que la iglesia ha dejado sembrada, porque para permanecer en lo que Él enseñó, yo necesito hoy creer lo que Él dejó ayer. Nos damos cuenta entonces de cómo muchos ya no han permanecido en la fe.
De manera que, en primer lugar, permanecer en Cristo es fructificar. En segundo lugar, permanecer en Cristo es permanecer creyendo aquello que Él enseñó. Y en tercer lugar, permanecer en Cristo implica —escucha esto con detenimiento— tener una vida de comunión con Dios tal que mis oraciones son frecuentemente contestadas. Algunos de ustedes estarán pensando que el pastor comenzó a apostatar también. No, no; está aquí, y yo no he llegado al texto todavía, pero estamos en el mismo versículo 7 que yo comencé a leer y me detuve a mitad a propósito.
El versículo 7 de Juan 15 dice: «Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y os será hecho.» «Pedid lo que queráis y os será hecho.» ¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Bajo qué circunstancias? «Si permanecéis en mí y mis palabras en vosotros.» ¿Qué es lo que Jesús está tratando de comunicar? Él no le está entregando un cheque en blanco a los discípulos. Lo que sí les está tratando de ayudar a entender es que cuando tú permaneces en Él verdaderamente, y sus palabras en ti, llega el momento entonces en que los deseos de Dios son tus deseos por el concepto de permanencia. Y cuando tus deseos son los de Dios, tú comienzas a orar en la dirección de los deseos de Dios, y Dios se deleita y se complace en darte lo que pides, pues es fruto de esa relación y de esa permanencia.
Estaba pensando ayer de qué manera yo pudiera ilustrar un principio tan importante y tan práctico como este. En ocasiones —y sé que a alguno de ustedes le ha pasado porque me lo han contado— su hijo que ya terminó el bachillerato tiene que entrar a la universidad, y él quiere ir a una universidad que no es la universidad a la que usted quiere que su hijo vaya. La razón primordial por la que él quiere ir a esa universidad es porque sus amigos van allí. Pero usted, que conoce más y tiene más experiencia, conoce una universidad y conoce la otra, y entiende que esa no es la universidad más adecuada para su hijo. Algunos de ustedes lo han tomado de la mano, lo han llevado a la universidad, han entrevistado a profesores, han buscado egresados de esa universidad, y han hecho lo indecible por exponer a su hijo a ese ambiente, a esa idea y a ese tipo de universidad a la que usted quiere que él vaya. Al final, su hijo termina gustando la universidad de la elección del padre; termina siendo la decisión que usted quería, y de alguna manera usted logró producir en él tanto el querer como el hacer.
Dios es más o menos de esa forma con nosotros. La Palabra de Dios nos dice que Él forma en nosotros el querer y el hacer. Y Dios se deleita en producir en nosotros el querer y el hacer, por oraciones que tú y yo debiéramos estar haciendo, primero porque son los deseos de su corazón, y segundo porque Dios quiere que yo experimente respuestas a mis oraciones de tal forma que cuando yo vea las respuestas, mi fe pueda crecer, mi confianza en Él pueda ser robustecida, y de repente yo pueda creer aún más en la fidelidad de Dios y pueda tener una mayor confianza para vivir mi vida de una mejor manera.
Cristo dice: «Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que queráis y os será hecho.» Una vida de permanencia genuina, de íntima comunión con Dios, debe resultar en oraciones frecuentemente contestadas. Y una vida de oraciones frecuentemente no respondidas habla más de mi no permanencia que de lo contrario. ¿De qué forma orar, orar, orar, orar y nunca tener respuesta va a contribuir a mi vida de fe, a mi vida de confianza, a mi relación con Él? Pero si yo estoy permaneciendo en Él, y Él pone en mí el deseo de su corazón, y yo comienzo a orar conforme a esos deseos, entonces Él comienza a responder mis oraciones, y de repente mi vida de fe y de confianza en Él se comienza a fortalecer, y yo tengo una mejor vida en el Señor.
Es por eso que hay una íntima relación entre mi permanencia en Él y la respuesta a mis oraciones. Cristo quería, antes de partir, antes de irse, antes de ausentarse, que ellos entendieran esa relación. Por eso cuando comienza a hablarles del concepto de permanencia, no solamente les habla de que cuando permaneces fructificas, no solamente les habla de que cuando permaneces continúas abrazando aquello que Él enseñó, sino que también les dice: cuando permaneces verdaderamente, tus oraciones serán respondidas. De hecho, Cristo lo hace de una forma tan abierta: «Pedid lo que queráis», pero tiene una condición. Mi vida en Cristo debe estar caracterizada por oraciones frecuentemente contestadas, pero tiene que ver con mi permanencia en Él.
Número cuatro: permanecer en Cristo implica sentir el amor de Dios por nosotros y nosotros sentir amor por Él. Juan 15:9: «Como el Padre me ha amado, así también yo os he amado; permaneced en mi amor.» Hay dos maneras de permanecer en su amor. Cuando tú permaneces en su amor, eso implica en parte que tú sientes el amor de Dios hacia ti, porque estás permaneciendo en ese amor. Y número dos, cuando tú permaneces en ese amor, ese mismo amor genera en ti amor por Dios, amor por sus cosas y por las cosas relacionadas con Dios: amor por su Palabra, amor por su pueblo, amor por su segunda venida; todo lo que está relacionado con Dios, de repente, tú también comienzas a amarlo.
Es como cuando dos personas se enamoran: a la novia nunca le había gustado un juego de pelota, pero de repente ya está encantada con ir al estadio de pelota. Todo lo que está relacionado con él, o todo lo que está relacionado con ella, de repente tiene un nuevo color, un nuevo brillo. Cuando tú permaneces en Dios, todo lo que está relacionado con Él resulta atractivo para ti. De forma práctica, estar en su iglesia ahora es un deleite, no un compromiso. Obedecer sus mandamientos ahora es un deseo, no un peso. En tu vida diaria, la lectura de la Palabra y la exposición de la Palabra resultan ahora un verdadero gozo, no una letanía. Y el sometimiento de tu voluntad a la suya es una realidad, porque le amas y porque sientes que Él te ama también.
Si estás teniendo problema en amar aquellas cosas relacionadas con Dios, más que un problema de amor es un problema de permanencia, porque el que permanece ama aquello que Dios ama. De nuevo, creo que si tú piensas de forma lógica es bien sencillo: Él es la vid, nosotros somos sus ramas. Aquello que circula por la vid eventualmente terminará circulando por las ramas, de tal forma que aquello que la vid —Dios, Cristo— ama, eventualmente tú como rama terminarás amando. Aquello que la vid —Cristo— rechaza y odia, tú como rama terminarás odiando y rechazando, porque no hay forma de que la savia circule por el tronco sin que llegue a las ramas.
Yo creo que Cristo, como era el maestro de las historias, no pudo encontrar una mejor ilustración que esta, la de una vid con ramas, para ayudarnos a entender que lo que necesitamos es un verdadero concepto de permanencia, de tal forma que aquello que Él es como tronco termine pasando a lo que yo terminaré siendo como rama. Entonces ahora entiendes mejor el fruto del Espíritu y por qué es amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre y dominio propio, porque eso es lo que Él es. Y cuando yo soy su rama, esos frutos de su carácter, de su ser, de su esencia comienzan a ser parte de la mía también, como rama.
En quinto lugar, permanecer en Cristo es caminar en obediencia a sus mandamientos. Juan 15:10: «Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.» Cristo dice: «Yo, cuando vine, guardé los mandamientos de mi Padre, y eso fue permanecer en su amor.» Ahora ustedes obedezcan mis mandamientos, y así permaneceréis en mi amor. Cristo comienza a establecer la relación entre permanencia y obediencia, entre lo que implica estar en Él y obedecerle a Él.
Es inconcebible amar a Dios y no querer obedecerle. Tú quieres obedecerle porque le amas. Y es igualmente inconcebible obedecer a Dios sin previamente amarle, porque cuando lo haces sin amor ya no es obediencia, es un sometimiento a regañadientes.
Y muchas veces cuando no sentimos el amor de Dios es porque no estamos viviendo en congruencia con sus mandamientos. Si te mantienes en obediencia, sentirás su amor, y si verdaderamente le amas, querrás obedecerle. No perfectamente —estamos claros en que ninguno de nosotros puede obedecer perfectamente ni amarle perfectamente—, pero a mayor grado de amor, mayor grado de obediencia. Mi problema con la desobediencia no es tanto la desobediencia en sí: es falta de amor por el Dios que me dio la vida, por el Dios que me mantiene vivo, por el Dios que me ha injertado en su tronco de forma unilateral —lo gracioso de eso— y ahora me ha dicho: en la permanencia tú tienes un rol que jugar en tu vida de santificación. Permanecer en mí: imperativo, una orden.
Sexto lugar: permanecer en Cristo es consistente con una vida de gozo. Después que Cristo le habla a sus discípulos de que permanecer en Él implica fructificar, después que Cristo le habla a sus discípulos de que permanecer en Él implica permanecer abrazando la enseñanza que Él les dejó, después que Cristo les explica a sus discípulos que permanecer en Él implica una vida de obediencia y que permanecer en Él está relacionado íntimamente con una vida de oración, con oraciones frecuentemente contestadas, después que Él les dice todo eso, entonces dice lo siguiente en el versículo 11 de Juan 15: "Estas cosas os he hablado para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea perfecto."
En otras palabras, una vida de permanencia debe resultar de forma natural en una vida de gozo. Una vez más lo vamos a decir hoy: un cristiano sin gozo es una contradicción. ¿Cómo es posible que Cristo —la fuente del gozo, no una de las fuentes, la fuente del gozo— me tome como rama, me injerte en su tronco, y ahora yo esté conectado directamente a Él, y que esa fuente del gozo sea incapaz de pasarle a su rama su gozo? Eso hablaría de la fuente más ineficiente de gozo conocida en el planeta tierra: que teniendo a alguien que permanece pegado a Él, y siendo Dios —nosotros sabemos que no es "supuestamente", sino que realmente lo es—, no le puede pasar a sus hijos su gozo.
De hecho, un cristiano sin gozo es una contradicción del propósito de la muerte de Cristo. Cristo lo dijo de una forma extremadamente clara: "Yo he venido para que tengan vida" —Juan 10:10— "y la tengan en abundancia." Y si la abundancia no implica gozo, yo no sé entonces lo que la abundancia implica, porque no es material, no es materialismo la abundancia. Bueno, pastor, pero usted no ha visto cristianos verdaderos sin gozo, que han perdido su gozo. Sí, yo lo he visto, pero no permaneciendo en Él, no permaneciendo en lo que Él enseñó, no permaneciendo en obediencia, no permaneciendo en su amor y mucho menos permaneciendo en comunión con Él. Eso es una imposibilidad, porque por el mismo concepto de permanencia —permanecer—, eso está vivo de la mejor manera posible. Y te recuerda que la permanencia implica que estoy injertado en el tronco, y lo que corre por el tronco correrá por las ramas. Por tanto, cuando estas cosas no están presentes, yo tengo que preguntarme acerca de mi permanencia.
Eso es importante, eso es vital. Yo creo que ahora tenemos una mejor idea de lo que implica permanecer en Cristo. Eso responde a la pregunta número 1. Pregunta número 2: ¿cómo se relaciona el permanecer en Él con su segunda venida? Bueno, Juan me dice claramente en este versículo que la razón para permanecer en Él es para que —aquí viene— cuando se manifieste, tengamos confianza y no nos apartemos de Él avergonzados en su venida. Juan dice: cuando Cristo venga, algunos estarán confiados y otros serán avergonzados. Entonces él me dice que la forma como puedes saber hoy lo que pasará mañana es que los que permanezcan estarán confiados, y los que no permanezcan serán avergonzados. Cuando permanecemos en Él, cuando vivimos en obediencia, cuando caminamos en santidad, podemos vivir gozosos, contentos, confiados en su segunda venida.
Ojalá en este minuto o dos que le voy a dedicar al tema de la segunda venida, ojalá pueda inyectar nuevos brillos, nuevo entusiasmo en ustedes, porque no entiendo todavía cómo hijos de Dios tienen tan poco deseo, tan poco interés, tan poco entusiasmo por aquello sobre lo cual Dios en su Palabra permanece altamente entusiasmado desde el principio hasta el final. ¿Cómo puede ser que esto entusiasme a Dios y no a sus hijos? El 27% —si usted quiere ser exacto— de lo que Dios reveló es material profético. Dios lo hizo así, y no vamos a tener entusiasmo por eso. Uno de cada 25 versículos del Nuevo Testamento tiene que ver con el retorno de Cristo. El Nuevo Testamento tiene 260 capítulos. ¿Cuántas veces se menciona el retorno de Cristo en esos 260 capítulos? 318 veces: más de una vez por capítulo. Los únicos libros que no mencionan el retorno de Cristo son Gálatas —que es una carta que tenía un contenido específico para un problema doctrinal—, Segunda de Juan, que es una página, Tercera de Juan, que es una página, y Filemón, que es una página. Todos los demás libros hablan del segundo retorno de Cristo, y no pueden hacer que Dios tenga tanto entusiasmo por la segunda venida de su Hijo y sus hijos no tengan ninguno.
Hasta el punto de que Juan, aquí en su primera carta, dice: permanezcan en Cristo, porque esto tiene que ver con su segunda venida, para que cuando Él venga la segunda vez puedan estar confiados al recibirle y no sean avergonzados. Ahora, en este tiempo antes de su segunda venida —aquello en lo que todavía vivimos—, tenemos diferentes actitudes frente a esa segunda venida del Señor. Está el grupo de los incrédulos, que ni siquiera cree que vaya a ocurrir tal cosa. Pero dentro de los incrédulos hay un subgrupo: el grupo de los burladores, que con sarcasmo —según Pedro explica en su segunda carta, capítulo 3, a partir del versículo 3— han estado diciendo: "¿Dónde está la promesa de su venida? Porque desde que los padres durmieron, todo continúa tal como estaba desde el principio de la creación." Y Pedro continúa: no, no, no, no. Todo continúa tal como estaba desde el principio de la creación, pero hubo un juicio, hubo un diluvio, en caso de que usted no estuviese enterado, y va a haber otro juicio la próxima vez; no es como usted, el burlador, piensa.
Luego tenemos un grupo de personas que se creen cristianos pero que realmente no lo son. A veces van a la iglesia, otras veces no van por tres meses —tan comprometidos—, el resto del tiempo no tan comprometidos, pero en realidad ellos no son cristianos. Entonces, como no son cristianos, realmente no tienen ningún interés en la segunda venida de Cristo, porque para tener algún interés en ese segundo episodio hay que haber nacido de nuevo; porque si no he nacido de nuevo, no tengo ningún interés en nada que tenga que ver con el mundo espiritual, y esto es del mundo espiritual.
Ahora existe un tercer grupo, y yo he estado con este tercer grupo —quizá no como grupo, pero sí con individuos de este tercer grupo—: que viven aterrados de la segunda venida de Cristo. Tú hablas con ellos y los ojos se les llenan de lágrimas, no de convicción de pecado, sino de miedo, porque ellos saben que si Cristo llegara hoy no están muy bien parados. Ellos saben que si Cristo llegara hoy ese sería el día del comienzo de su existencia en el infierno. Ellos lo saben, pero no han querido dar su brazo a torcer.
Pero hay un cuarto grupo de personas: creyentes, seguros, confiados, que conocen y saben que sus pecados han sido perdonados, que están confiados en su segunda venida, que están ansiosos por ver al Señor tal como Él es, que viven en un sentido soñando con que Él regresa. Ahora bien, dentro de este grupo, déjame decirte que la idea tampoco es vivir en este mundo como si no observaras nada, todo loco porque el Señor venga, porque Pablo no vivió así. Oye lo que Pablo dijo: "¿Sabes qué? Yo no sé qué es mejor: si quedarme o irme. Quedarme es bueno por causa de ustedes; estar con el Señor es mejor." Pero Pablo no dice que quedarme es malo. No: aquí, mientras yo tenga propósito en los caminos de Dios, estando en sus caminos, yo estoy viviendo mi vida eterna ya. Yo he entrado en el gozo de mi Señor ya. Yo no estoy esperando su segunda venida para entrar; lo voy a tener en mayor medida, pero ya entré. Quedarme es bueno, pero irme es mejor.
Entonces, los que están confiados: ese será un día glorioso para ellos. Yo trataba de imaginarme —espectacular— que la Palabra de Dios dice que el Señor vendrá con todos los ejércitos del cielo en toda su gloria, y vendrá a recibir a su iglesia, a la que Él escogió desde antes de la fundación del mundo. Yo no me imagino este día. Este es el día esperado desde antes que el mundo existiera, donde Dios hizo una elección de una iglesia, y hubo que esperar toda esta historia y todos estos avatares para que en ese día el Hijo, el Cordero, se juntara con la novia que preparó, la vistió de lino fino y resplandeciente, para recibir al Rey.
Tú deberías saltar de tus sillones, y si no, bueno, tengo pena, porque necesitas entusiasmarte con esto que la Palabra de Dios dice. Juan nos dice: "Y ahora, hijos, permaneced en Él, para que cuando se manifieste tengamos confianza y no nos apartemos de Él avergonzados en su venida." La palabra "venida" es *parusía*, es una palabra repetitiva en el Nuevo Testamento, y en el primer siglo *parusía* tenía que ver con la aparición personal de un monarca o de un emperador. De manera que Juan está tratando de decirnos: cuando Cristo venga, Él va a venir personalmente como monarca o como emperador a tomar su trono.
Y nosotros, que somos sus hijos, debemos estar confiados en que así se dará, y que nosotros nos reuniremos con Él, finalmente le veremos como Él es, seremos como Él y estaremos unidos con Él por siempre. Ustedes deberían levantarse todos los días con ese anhelo, con ese cuidado: "¿Y si es el Señor?" Usted debería moverse de esa manera, ansiando. La iglesia primitiva vivió esperando que el Señor llegara.
Número tres, tercera pregunta y última: ¿De qué manera mis frutos hablan de mi nuevo nacimiento? Versículo 29: "Si sabéis que Él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es nacido de Él." Ahora, eso en el español perdió toda su fuerza, porque eso no es exactamente lo que Juan está tratando de transmitir. Déjenme leérselo en inglés para que aquel que estaba en inglés lo entienda, y luego se lo voy a traducir del inglés al español, porque el problema está en la palabra "justo" y "justicia": "Si usted sabe que Él es *righteous*, usted sabe que todo el que practica o hace lo recto es nacido de Él." Eso es lo que el texto dice.
De manera que la forma como yo puedo determinar si yo u otro ha nacido de nuevo es si practica lo recto. Para Juan no es suficiente hablarlo, no es suficiente profesarlo, no es suficiente creerlo, hay que vivirlo. Y Juan dice, y aquí él es muy absolutista: "Todo el que practica lo recto", no me deja afuera a nadie. Todo el que practica lo recto es nacido de Él. Claro, porque si Dios es el que me da nacimiento, si Dios en su tercera persona es el que viene a habitar en mí, eso que Él es de alguna manera debió originar algo similar a lo que Él es, y si Él es recto, entonces aquellos que son nacidos de Él debieran comenzar a vivir rectamente.
Eso nos ayuda a entender entonces esto que Juan dice. Juan está diciendo: no es solo hablarlo, profesarlo o creerlo, hay que vivirlo. Eso es exactamente lo que Cristo nos dijo cuando dijo: "Por sus frutos los conoceréis." Eso es exactamente lo que Cristo quiso decir también, relacionándolo al concepto de permanencia en Mateo 10:22 y en Mateo 24: "El que persevera hasta el fin será salvo." El que persevera, el que permanece hasta el fin será salvo. Hay una relación aquí entre permanencia, llegar hasta el fin y salvación.
Y usted pudiera decir: "Pastor, pero yo creía que desde este púlpito se predicaba que la salvación no se pierde." Sí, lo seguiremos predicando. Lo que Cristo está tratando de ayudarnos a entender es algo que explicamos la vez anterior: la permanencia hasta el fin es la evidencia de que yo era del redil. Es posible comenzar como Judas y no terminar. Judas comenzó, no terminó; los otros once comenzaron y terminaron. Pero la Palabra de Dios categóricamente nos afirma que Judas nunca fue salvo, él no la perdió, él simplemente no permaneció. "Por sus frutos los conoceréis." "El que persevera hasta el fin será salvo."
Este versículo 29 también nos deja ver que es imposible vivir una vida de santidad sin haber nacido de nuevo. "Todo el que practica lo recto es nacido de Él." Para practicar lo recto, lo santo, hay que haber nacido de Él, porque la carne no tiene ningún interés en hacer lo que es recto, bueno, moral, santo. La mente del hombre que no conoce a Dios, lo hemos hablado en otras ocasiones, Romanos 8:7 nos dice claramente que no se somete a Dios y ni siquiera puede. Esa mente no tiene ninguna relación con aquello que sí tiene que ver con nuestro Dios.
Y el problema es que antes de yo nacer de nuevo, la Palabra de Dios dice que nadie busca a Dios. La razón por la que nadie busca a Dios antes de nacer de nuevo es porque la carne tiene esta característica. Déjenme darles diez de ellas, no son todas, pero al menos diez. Número uno: no tiene interés en las cosas de Dios, no se siente atraída por ellas, no le causan admiración, no le son motivo de conversación. Usted escucha a creyentes reunirse y hablan del Señor, hablan de la Palabra, hablan de un mensaje, hablan de un sermón de ayer, hablan de lo que están leyendo, de algún libro cristiano, hablan de su segunda venida. Ese es el interés en las cosas de Dios. La carne no tiene ese motivo de conversación, nada de Dios y sus cosas la cautiva, el reino le parece aburrido. Su segunda venida le tiene sin cuidado o le aterra. Disfruta del pecado. Cuando nuestro hermano pastor habló de que el pecado es bueno para la carne solamente, así es: disfruta del pecado. No es capaz de fructificar para Dios, porque para fructificar para Dios yo tengo que permanecer.
Y finalmente, la carne puede ser atraída por la predicación, puede disfrutar de la predicación momentáneamente. Lo que no puede hacer es permanecer. La parábola del sembrador: aquel recibió la palabra con gozo y permaneció, pero llegada la aflicción y la persecución y los afanes de la vida y las riquezas lo ahogaron, se cayó, la rama fue desprendida. Por tanto, no permaneció.
Ahí está la respuesta a la tercera pregunta: la relación entre mi nuevo nacimiento y mis frutos. La relación y la respuesta a la segunda pregunta: de qué manera el permanecer se relaciona con la segunda venida. Y la respuesta a la primera pregunta: qué significa permanecer en Cristo.
Este fin de año es un buen momento para nosotros reflexionar, y al comenzar el nuevo año poder decir: "Déjame revisar mi vida de permanencia, déjame revisar mis frutos, déjame revisar mi vida de oración, déjame revisar si mis oraciones se están frecuentemente siendo respondidas, o si no. Déjame revisar si yo todavía sigo creyendo lo que la fe cristiana de una vez por todas creyó para siempre. Déjame ver si yo amo a Dios y todo lo que está relacionado con Él, y si yo continúo sintiendo el amor de Dios en mi vida."
Cuando pasemos revista, poder ir delante de Dios ahora de una manera reflexiva y decir: "Salvo que Dios, sé que yo estoy permaneciendo en ti, o sé que yo he hecho un nuevo compromiso de realmente tener una verdadera permanencia en ti, como evidencia y testimonio de mi nuevo nacimiento. Yo me siento seguro, gozoso, animado acerca de tu segunda venida. Estoy loco por verte. Cuando tu Palabra dice que todo ojo te verá, yo sé que el mío también. Estoy loco por verte descender como Señor de señores y Rey de reyes, reunido y acompañado por tus ángeles en toda tu gloria."
Y sabes que yo decía: "¡Wow, esto va a ser extraordinario!" Y doloroso para otros, porque ese es el día en que aquellos que no hicieron el compromiso con Dios, en toda su pecaminosidad, tendrán que ver y enfrentar a Dios en toda su santidad. Cuando Cristo vino, se encarnó, y en este cuerpo humano ese cuerpo le sirvió como una envoltura, si se quiere, que hasta cierto punto velaba su divinidad y su gloria. Esta es la razón por la que en ocasiones, cuando Cristo dejaba ver su gloria, la gente caía al suelo. En el huerto de Getsemaní: "¿A quién buscáis?" "A Jesús de Nazareno." "Yo soy." Y, ¡boom!, al suelo. "¿A quién buscáis por segunda vez?" "A Jesús de Nazareno." "Yo soy." ¡Boom!, al suelo. ¿Qué era lo que estaba pasando? De repente Cristo estaba dejándoles ver parte de su divinidad, todavía a través de este cuerpo humano.
Pero cuando Cristo venga en su cuerpo glorificado, en toda su gloria, el humano que no le ha conocido, en toda su pecaminosidad, tendrá que ver y enfrentarse al Dios en toda su santidad. No hay nada más traumático que esa experiencia para aquellos que no le conocen. Pero los que le hemos conocido seremos transformados en un abrir y cerrar de ojos, y seremos también provistos de un cuerpo glorificado, y podremos verle tal como Él es y ser como Él es.
Eso va a ser un día extraordinario, un día de júbilo, un día de celebración, porque a su esposa se le ha concedido —usted conoce la canción— que se vista de lino fino y resplandeciente para recibir al Rey.
A Él sea la gloria. Te alabaré.
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