Integridad y Sabiduria
Sermones

No améis lo que Dios odia

Miguel Núñez 13 diciembre, 2009

El mandato de 1 Juan 2:15 no deja espacio para negociación: no améis al mundo ni las cosas que están en él. Pero entender qué significa "el mundo" requiere distinguirlo de lo que no es. No se trata del mundo físico que Dios creó y declaró bueno, ni de la humanidad caída que Dios amó al punto de entregar a su Hijo. El mundo que debemos rechazar es un sistema de pensamiento, una forma de vivir centrada en lo temporal: la sensualidad de Sodoma, el oro de Salomón, el esplendor de Babilonia, la filosofía griega, el ateísmo moderno. Es adaptarnos a sus corrientes, sus énfasis, sus prioridades.

Amar el mundo no es tener cosas, sino desearlas porque dan seguridad o importancia. No es querer divertirse, sino hacerlo como el mundo lo hace. No es lucir bien, sino amar la apariencia. Juan identifica tres expresiones de este amor: la pasión de la carne, cuando los deseos legítimos —comer, dormir, descansar— se descontrolan y dominan la conducta; la pasión de los ojos, cuando atribuimos valor externo a algo divorciado de su valor interno, como Eva viendo el fruto, como David viendo a Betsabé; y la arrogancia de la vida, ese orgullo por apellidos, títulos, posesiones, incluso por los hijos convertidos en ídolos.

La razón para rechazar todo esto es doble: nada de ello proviene de Dios, y todo es pasajero. El mundo ya está pasando, deteriorándose. Si el amor por el mundo está presente, el amor por Dios no puede estarlo. Ambos son incompatibles. El corazón humano, caído y enfermo, busca sanar su inseguridad, su soledad, su ingratitud con cosas temporales, pero Dios creó al hombre con sentido de eternidad que ninguna cosa pasajera puede llenar.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Recuerde pedirles ahora entonces… Pueden abrir la primera carta de Juan, capítulo 2; vamos a leer tres versículos, del 15 al 17: "No améis al mundo ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él, porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida no provienen del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa y también sus pasiones, pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre."

Bueno, en el pasaje que yo acabo de leer hay un mandato, y el mandato está expresado en una forma verbal del imperativo, que nos dice que ciertamente no es una alternativa ni una opción: es un mandamiento, y está claramente dicho: "No améis al mundo ni sus cosas." Inmediatamente después aparecen entonces dos razones o justificaciones para obedecer ese mandato. La razón número uno: porque todo lo que procede del mundo no viene de parte de Dios, sino del mismo mundo. Y la razón número dos: porque las cosas que el mundo tiene que ofrecer son temporales.

Dos mil años han transcurrido desde que Juan inspiró y escribió estas palabras, y eso hace necesario que podamos hacer un poco de ejercicio hermenéutico, que podamos entender qué es exactamente lo que Juan trata de comunicarle a su generación y a la nuestra, ahora cientos de años después, a medida en que aplicamos sus enseñanzas. Yo creo que una forma como aprendemos —quizás la mejor forma— es haciéndonos preguntas, y cuando tiene que ver con el texto de Dios, haciéndole preguntas al mismo texto. Yo quisiera comenzar haciéndole algunas preguntas a este texto de Juan que pudiéramos responder a lo largo del camino.

La primera pregunta es: ¿qué es el mundo y las cosas que en él hay? La segunda pregunta: ¿en qué consiste amar las cosas del mundo? Tercera pregunta: ¿qué es exactamente la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida? Y finalmente: ¿cuál es el problema con amar ese mundo?

La palabra que está traducida ahí como "mundo" es la palabra cosmos en griego, una palabra que en diferentes momentos y en diferentes pasajes es usada con diferentes connotaciones. En ocasiones se refiere al mundo físico, al mundo de lo creado, pero sabemos que este no puede ser el caso en este texto, porque Juan no nos puede estar llamando a odiar o a rechazar lo que Dios creó. La creación fue algo que Dios, cuando la terminó, la inspeccionó y halló buena en gran manera. Y si bien es cierto que ella se encuentra en una condición caída en estos momentos, no es menos cierto que Dios nunca ha rechazado lo que ha creado.

Dios tiene problemas con la manera en que nosotros hemos usado y abusado de su creación. Pero el mundo físico en sí es un mundo amoral. Un carro, por barato que sea, es amoral. El problema está con la manera y la forma como mi corazón lo desea, pero no está en la cosa en sí. De manera que la palabra "mundo" aquí no está siendo utilizada en el contexto del mundo físico.

La palabra "mundo" o cosmos tampoco puede estar siendo utilizada en el contexto de la raza humana caída, que es otra forma como la palabra es usada, porque es el mismo Juan que nos dice en su Evangelio, en Juan 3:16, que tanto amó Dios al mundo —a la humanidad caída— que le dio su Hijo unigénito. De tal forma que Dios no nos puede llamar a odiar lo que su Hijo amó. Sabemos entonces en qué otros contextos Juan no está usando la palabra cosmos.

Cuando tú lees el texto de hoy y lees el resto de lo que la Palabra tiene que decirnos, te percatas de que en los tiempos de Sodoma y Gomorra el mundo implicó toda esa sensualidad en la que ellos habían caído. En los tiempos de Salomón, el mundo implicó todo ese oro, plata, posesiones y todas esas demás cosas que Salomón estuvo acumulando durante un tiempo cuando él perdió su norte. En los tiempos de Daniel, en los tiempos del imperio babilónico, todo el esplendor de Babilonia con sus jardines colgantes —una de las siete maravillas del mundo— eso fue parte de la mundanalidad. En la época del imperio de Grecia, toda la sabiduría, la filosofía, la educación que Grecia tuvo, el énfasis que hizo sobre esas cosas, la fascinación de los griegos con el hombre, representó parte de ese mundo.

Después de Darwin, la manera de pensar ateísta —de que Dios no creó este planeta o este universo en el que existimos, de que no necesitamos de Dios, de que es posible vivir sin Él— eso representa parte de lo que es el mundo. Es a todo ese sistema que yo acabo de describir a lo que se refiere Pablo en Romanos cuando nos dice en el capítulo 12: "No os adaptéis a este mundo, a sus corrientes de pensamiento, a su forma de ver y de hacer las cosas, de poner énfasis en las cosas temporales." Y eso nos da a nosotros entonces una idea de qué es lo que yo debo estar rechazando ahora que Juan emite esa instrucción.

Es importante que entendamos lo que es el mundo, lo que no es, lo que es amarlo y lo que no es, porque quizás yo me encuentre dentro de los que están amando ese mundo y necesito entonces hacer la corrección adecuada. Nosotros amamos el mundo o nos encontramos en ese proceso de llegarlo a amar cuando yo descubro de repente que el mundo realmente no me molesta, no me irrita, no me provoca. Eso me da una idea de que con toda probabilidad ya yo soy como ese mundo y por tanto me encuentro más o menos entre mis iguales. Cuando yo procuro lucir como ese mundo —ya sea en mi forma de hablar, mi forma de vestir, mi forma de peinarme, en la música que oigo, en los lugares que visito— eso me da una idea de que yo estoy adquiriendo parte de la forma de ese mundo.

Amar el mundo no es ser tentado; es ceder a sus tentaciones. Amar el mundo no es adquirir conocimiento; es sentirme orgulloso del conocimiento adquirido. Y es importante que yo pueda diferenciar una cosa de la otra para saber qué puedo adquirir y, cuando lo adquiero, cómo puedo usarlo. Amar el mundo no es tener cosas; es desearlas porque esas cosas me dan seguridad o porque me hacen sentir importante. Amar el mundo no es tener deseos —nuestra carne tiene deseos, ha sido creada por Dios con deseos—; amar el mundo es querer llenar esos deseos de una manera ilegítima, querer llenar deseos legítimos de una manera ilegítima.

Amar el mundo no es querer divertirme; es querer hacerlo como el mundo lo hace. Amar el mundo es vivir por encima de mis posibilidades, adquiriendo cuentas en rojo; eso es parte de la forma del mundo. Amar el mundo no es lucir bien; es amar la apariencia. Hay una gran diferencia entre lucir bien y amar cómo lucimos. Amar el mundo no es simplemente disfrutar de él; es, muchas veces, justificar sus formas, sus estilos de vida, su música, su manera de hacer las cosas, porque en definitiva es como nosotros quisiéramos hacerlas o las estamos haciendo. No es poseer las cosas; es desearlas de la misma forma, con la misma vehemencia, por la misma razón, con la misma motivación que el mundo las posee, dándoles importancia porque me hacen sentir seguro, porque me dan un nombre.

Amar el mundo no es deleitarnos en las cosas en cantidades legítimas. En otras palabras, nosotros fuimos creados con una naturaleza humana que tiene deseos legítimos, como comer, dormir, descansar, el deseo sexual inclusive. Lo pecaminoso de esos deseos no son los deseos en sí; es la manera como queremos llenarlos: en ocasiones de manera ilegítima, como ya mencioné, y en otras ocasiones, en cantidades ilegítimas. La celebración de cumpleaños, de bodas, de lo que usted quiera, de una manera que es conforme a como todo el mundo lo hace, como todo el mundo se viste, le está diciendo a usted que usted es parte de ese mundo. Porque si eso es como todo el mundo lo hace, la próxima vez que usted diga esa frase o la oiga, recuerde que lo que debió haber dicho es: "Eso es como todo el reino de Dios lo hace." Eso nos da a nosotros una idea de cómo practicamos lo que practicamos.

La pregunta es: ¿qué es lo que hace que uno ame más el mundo que otros? Porque ciertamente no todo el mundo lo ama de la misma manera. La persona que no conoce a Dios no tiene otra alternativa, no tiene otro amor; tiene un solo amor. Y como tiene un solo amor, no puede hacer otra cosa que no sea darle ese amor a ese mundo que él conoce; él no tiene un amor por Dios, no conoce a ese Dios. Pero en ocasiones el cristiano que ya ha conocido a Cristo, de repente, un año, dos, cuatro, cinco, diez, quince años más adelante, como que comienza a experimentar un enfriamiento del amor por Dios y un recalentamiento —si pudiéramos usar la frase— de su amor por el mundo. Y la pregunta es: ¿qué es lo que produce eso?

Cuando eso ocurre, Dios lamentablemente va a tener que romper esa envoltura que el mundo le ha colocado a su hijo o a su hija, porque de algo de lo cual estamos seguros es que el amor por el mundo y el amor por Dios no pueden coexistir; son incompatibles. Y cuando el mundo comienza a envolver al hijo de Dios o a la hija de Dios, Dios busca la manera de romper esa envoltura de tal forma que su hijo, su hija puedan quedar liberados una vez más.

Para esto, yo he pensado sobre este tema múltiples veces —Dios sabe que no le miento— por varios años, largos años, acerca de qué es lo que hace que unos amen más al mundo, menos al mundo, amen más a Dios, menos a Dios. Y llegué a una conclusión no hace mucho: algunos de los hijos de Dios —estoy hablando de aquellos que han nacido de nuevo— tienen un entendimiento muy superficial de la vida. Realmente ellos no creen que esto es un tiempo dado por Dios para que nosotros llevemos a cabo sus propósitos eternos en esta vida terrenal, comenzando a llevarlos a cabo en preparación para nuestra vida celestial.

Y ese entendimiento superficial de la vida hace que muchos de los hijos de Dios todavía sigan viviendo para el fin de semana, para las vacaciones, para el próximo viaje, para la próxima comida, para la próxima compra, para el próximo paseo. Viven soñando, viviendo como si realmente ese fuera el propósito de la vida, pero dentro de esas actividades quieren que Dios sea parte de eso. No han acabado de ver lo sobrio, lo serio, que es este proyecto llamado vida, que es un espacio de tiempo donde Dios quiere llenar los propósitos que Él soñó para conmigo en la eternidad pasada, y me creó un día con la única intención de que yo llevara a cabo esos propósitos.

Y ese síndrome de Peter Pan, que ahora ha sido descrito como la adultoadolescencia, no me estoy inventando esto. Todo un síndrome ahora descrito de la adultoadolescencia: personas que no quieren casarse hasta mucho más tarde porque quieren seguir disfrutando su vida. Hombres que no quieren dejar a sus padres a los 30, 33, 35 años, o los que lo han dejado quieren regresar para seguir viviendo cómodamente, porque quieren seguir disfrutando de la adolescencia, de las emociones de la adolescencia; que rehusan crecer. Y eso es parte de los problemas de nuestra sociedad, como si no tuviéramos suficientes problemas ya.

Te das cuenta entonces de todo lo que representa el mundo cuando hace tanto daño, precisamente porque todavía nosotros no entendemos lo que la vida es. La vida es una tarea dada por Dios donde yo estoy llamado a llevar a cabo y vivir propósitos eternos. Yo creo que no hay nada como el sufrimiento y el dolor para profundizar nuestras vidas. A veces hemos sido demasiado mimados, demasiado cuidados, protegidos, y por tanto tenemos una idea muy superficial de lo que esta vida es.

Entonces, en esta vida que nos mueve, si tenemos un entendimiento superficial somos presa fácil del enemigo. Cuando Satanás viene a tu vida, él no te dice: "Mira, tú quieres disfrutar un poco del mundo, de las cosas que a Dios no le agradan." Satanás no te va a decir eso. Eso sería obvio; eso sería muy fácil de rechazar para cualquier persona, un bebé espiritual de tres días de nacido espiritualmente hablando pudiera darse cuenta de esas tentaciones y rechazarlas. No, él te va a decir: "¿Sabes qué? ¿No quisieras tú un poco del mundo sin perder a Dios?" Así es como él te va a presentar la oferta, y entonces viene con sus excusas, justificaciones y razones que mi carne encanta comprar, porque mi carne siempre tiene efectivo para las ofertas. Esa es la carne.

No podemos pasar por alto que el mundo no es solamente ese mundo de la sensualidad que viene a nuestra mente cada vez que pensamos en él. No, no. El mundo es mucho más que eso. Tú puedes tener ideas intelectuales tan mundanas como los placeres sexuales. La idea intelectual que niega a Dios es mundana; es como el mundo piensa. La persona que comienza a colocar la Palabra de Dios en un segundo plano y piensa que estrategias y formas del mundo van a tener el efecto de transformación que la Palabra no ha podido tener, esa persona se ha acomodado al mundo. El médico cristiano que solamente cree en su ciencia es mundano; el psicólogo cristiano que pone más importancia en su psicología que en el poder de transformación de la Palabra de Dios es también mundano, igual que cualquier otro.

Cuando hablamos del mundo, la palabra secular viene del latín *saeculum*, que significa algo así como "de este mundo", esta mundanalidad, este mundo, el aquí y el ahora: cómo pensamos, actuamos y vivimos para el presente sin ninguna consideración para el futuro. Eso es este mundo. Y es ese mundo el que le es atractivo a nuestra carne. De hecho, recordábamos el miércoles cómo Gálatas 5:17 dice que todos los deseos de la carne son contra el Espíritu. Todos. La carne nunca ha experimentado un deseo que no sea contra el Espíritu, y todos los deseos del Espíritu son contra la carne.

Yo quiero enfatizar eso porque la primera vez que yo dije eso en un pasado reciente hubo toda una ola de comentarios sobre lo que el pastor había dicho. Y yo decía el miércoles de esa ocasión: "No, no, no, yo no dije eso; fue Dios que lo dijo. Yo solamente lo repetí." Todos los deseos de la carne son contra el Espíritu, todos; y los del Espíritu contra la carne.

Ahora bien, todo eso que yo acabo de decir tiene un peso, tiene una importancia; no es algo fácil de digerir. Pero cuando tú consideras la implicación de lo que he estado exponiendo de acuerdo a lo que Juan nos dice, entonces las cosas se ponen todavía mucho más difíciles. Porque lo que Juan me dice es que si tú amas al mundo, el amor de Dios no está en ti. ¿Qué significa eso? Que el amor que Dios tiene por el hombre no está en mí, piensan algunos. Que el amor que yo tengo por Dios no está en mí, piensan otros. Yo creo, junto con otros, que —y John Stott es uno de ellos— ese sería el contexto más apropiado: que el amor que yo debo tener por Dios no está en mí. ¿Por qué? Lo que Juan está tratando de hacer es contrastar el amor que yo tengo por el mundo con el amor que yo puedo tener por Dios. Y él dice: si yo tengo amor por el mundo, entonces el amor por Dios no está en mí.

Pero todavía la implicación de eso va más allá: es que si el amor por el mundo está, y el amor por Dios no está, es que yo no soy creyente. Esa es la preocupación de Juan a lo largo de toda su carta. ¿Quién es creyente y quién no lo es? De hecho, el domingo que viene vamos a estar llegando al versículo 19 de este capítulo 2, donde Juan dice que hubo un grupo que salió de ellos pero que no eran de ellos, porque si ciertamente hubieran sido de nosotros, hubieran permanecido con nosotros. Este es el tema recurrente de Juan.

Y eso nos lleva a nosotros a pensar seriamente: ¿qué amamos? ¿Cómo amamos lo que amamos? ¿Dónde está la evidencia de que realmente amamos a Dios y de que no amamos el mundo? Juan nos introduce el tema y nos dice que el que ama al mundo no ama a Dios, para luego explicar un poco mejor a qué es que él se está refiriendo cuando habla de ese amor por el mundo. Y en el versículo 16 él dice: "Porque todo lo que hay en el mundo, la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida, no proviene del Padre sino del mundo."

¿Qué es eso de la arrogancia de la vida, o la pasión de la carne, o la pasión de los ojos? Comencemos por la pasión de la carne, que es lo primero que Juan menciona. La carne no es más que mi naturaleza humana; no es otra cosa. Mi naturaleza humana que tiene deseos con los cuales fue creada. Y había mencionado algunos de ellos: el comer, el dormir, el descansar; aun el deseo sexual es algo con lo cual Dios me creó. Se ha dicho que Satanás nunca ha creado un deseo o pasión nuevo o nueva, sino que lo único que ha logrado es pervertir los deseos con los que Dios nos creó. Entonces, mis deseos de la carne naturales, producto de ser una creación de Dios, los llamaremos simplemente deseos.

Pero Juan no habla de deseos de la carne, sino de la pasión de la carne. Cuando mis deseos pasan a ser pasión es cuando esos deseos han crecido tanto en mí que ahora dominan mi pensamiento, mi conducta, mi forma de actuar. La palabra es *epithumia* en griego. Esa palabra es usada 38 veces en el Nuevo Testamento, y 35 de las 38 veces la palabra es usada con una connotación negativa. Solamente tres veces —en Lucas 22:15, Filipenses 1:23 y 1 Tesalonicenses 2:17— la palabra es usada de forma positiva. Pero para darles una idea: cuando yo como en exceso, cuando duermo en exceso, cuando descanso en exceso, eso es parte de la pasión de la carne, porque esas cosas han comenzado a controlarme y ya no sé dónde parar. Esos deseos que se oponen a mi espíritu comienzan a debilitar los deseos que mi espíritu tiene por las cosas de Dios, y ya han dejado de ser deseos normales de la naturaleza humana para pasar a ser pasiones pecaminosas.

¿Y qué es lo que permite que los deseos se conviertan en pasión? ¿Qué es lo que hace que esto que era un deseo legítimo de la creación de Dios se convierta en una pasión pecaminosa? Es la ausencia de dominio propio en nuestras vidas. La ausencia de ese fruto del Espíritu, la ausencia de la cultivación de una vida en el Señor donde el fruto del Espíritu se ha producido en mí de tal forma que ahora yo puedo contener mis deseos pecaminosos. Ahora yo no voy a ceder a mis pasiones. Ahora yo tengo el control para decirle no a lo que mi carne desea. Mi carne siempre deseará cosas, pero lamentablemente cuando mi carne las desea de una manera intransigente y me hace ceder a sus peticiones, eso es cuando mi deseo, tal como Dios me creó, pasa a ser una pasión pecaminosa.

Y de esa pasión de la carne habla el apóstol Pablo, escuchad, escribiendo a los corintios en su primera carta, capítulo 9, versículos 26 y 27: "Por tanto, yo de esta manera corro, no como sin tener meta; de esta manera peleo, no como dando golpes al aire, sino que golpeo mi cuerpo y lo hago mi esclavo, no sea que habiendo predicado a otros, yo mismo sea descalificado."

¿Qué es lo que Pablo está diciendo? Pablo está diciendo que él reconoce que su cuerpo tiene deseos pecaminosos, pero que no va a permitir que esos deseos se sobreimpongan. De tal manera que va a golpear su cuerpo: habrá ocasiones en que su cuerpo va a querer comer y él le dirá que no; habrá ocasiones en que su cuerpo va a querer dormir más de la cuenta y él le dirá que no; habrá ocasiones en que su cuerpo va a desear, va a tener deseos sexuales de intimidad, aun dentro del ámbito del matrimonio, que es la única forma legítima de hacerlo. Y aun dentro de esa forma legítima, habrá ocasiones en que tendrá que decirle no y sentirse bien al decirle no.

1 Corintios 7 te habla de cómo en ocasiones el esposo y la esposa deben venir juntos, de mutuo acuerdo, y ponerse de acuerdo en que se van a negar mutuamente la intimidad con el propósito de dedicarse a la oración. Los deseos de la carne se oponen al espíritu. La verdad es: ¿qué vamos a hacer con eso? Y Pablo dice: por eso yo hago del cuerpo mi esclavo. Yo no soy esclavo del cuerpo; el cuerpo será mi esclavo. ¿Esclavo de quién? De mi dominio propio, de mi espíritu, de aquello que el Espíritu de Dios ha cultivado en mí.

A eso es a lo que Juan se está refiriendo cuando habla de la pasión de la carne: los deseos de la carne, incontrolados por mi espíritu, que terminan dominándome y haciéndome rendir culto en el altar de la carne. Y Juan dice que eso no proviene de Dios. Los deseos normales de la naturaleza humana sí; la pasión de la carne no proviene de Dios.

Luego él nos dice que la pasión de los ojos tampoco proviene de Dios. Pero piensa por un momento: los ojos como órganos no tienen pasión. Cuando los ojos ven algo que les agrada, los ojos no brincan dentro de sus órbitas porque están apasionados. No, los ojos son la ventana a través de la cual tú recibes información que llega hasta tu mente, y al llegar a tu mente dispara una serie de pensamientos, de ideas e incluso de transmisores químicos en tu mente que aceleran el pulso, que aceleran la frecuencia cardíaca, que comienzan a motivarte a moverte en una dirección. Los ojos son esa ventana.

Y nosotros sabemos eso por la experiencia de la historia bíblica misma. En el libro de Génesis, capítulo 3, versículo 6, tú lees lo siguiente: que Eva vio que el árbol era bueno para comer y que era agradable a los ojos. Eva vio el árbol, entró la información y comenzó a pensar: "Hmm, la verdad que luce buena esta fruta." Nosotros seguimos leyendo en la historia bíblica y llegamos al libro de Josué, capítulo 7, versículo 21, donde se nos habla de Acán. Acán vio entre los despojos un manto babilónico muy bueno, y doscientos siclos de plata y un lingote de oro de peso de cincuenta siclos; y al verlo, lo codició y lo tomó, lo cual había estado prohibido. Pero la primera acción fue que él vio el manto y el lingote, y a los ojos le pareció atractivo.

Tú sigues leyendo y llegas al segundo libro de Samuel, capítulo 11, versículo 2, y dice que David vio a una mujer que se estaba bañando, y la mujer era de aspecto muy hermoso, la codició y la tomó para él. Los ojos no tienen deseos, pero los ojos permiten la entrada de información a tu naturaleza humana, a tu naturaleza caída, que le provoca emociones, sentimientos, ideas, deseos y pasiones pecaminosas.

Es esa realidad, es ese entendimiento lo que lleva a Job a decir en 31:1: "Yo hice un pacto con mis ojos de no ver lujuriosamente a una virgen." ¿Qué es lo que Job estaba tratando de comunicarnos? No te expongas; los ojos son potencialmente mortales. Esa es la razón por la que esta tecnología de hoy en día —de computadoras, de Skype, de Internet, de Twitter y todo lo demás— ha sido tan efectiva en las manos del enemigo. Porque él ha logrado cautivar nuestros ojos, y al cautivar nuestros ojos, estos permiten la entrada de información que en el mundo de hoy se puede lograr a través de una serie de movimientos rápidos, de música y de sonido todo al mismo tiempo, capaz de circunvalar, de bypassar tu conciencia, e ir directamente a tu centro cerebral de pensamiento, activarlo, sin que tu conciencia siquiera se percate de que está siendo motivada. Y eso tú lo ves en todos esos videos que mientras más los ves, como que más te marea todo el movimiento que quieren lograr al mismo tiempo.

Pero los ojos no solo te meten en problemas con la sexualidad. No, no, no. Tú vas a un resort y llegas al comedor: "¡Wow, cuánta comida! ¡Wow, eso luce bueno!" —pero a veces es malísimo— y ya estás salivando: los colores, el brillo, la salsa. Vas a un crucero y cuando llegas al comedor, wow, ves la mesa de postres: "¡Increíble! Voy a comer menos para comer postres." Y lo único que ha pasado es que los ojos vieron; no ha pasado más nada. Y llega un momento en que incluso eso comienza a producirnos un efecto tal que ahora soñamos despiertos con comer, hasta el punto de que sin probarlo estamos deleitándonos.

Lo que ocurre es lo siguiente: la pasión de los ojos, en esencia, funciona de esta manera: tú le atribuyes un valor externo a algo —puede ser la comida— divorciado de su valor interno. Porque tú ves la comida que luce muy bien y ya le diste un valor a cómo luce, y te olvidaste de que tienes el colesterol alto y no debes consumirla. El valor interno del producto de acuerdo a tu condición no lo has tomado en cuenta. De esa misma forma, Salomón nos habla en el libro de Proverbios acerca de la ramera que había hecho caer a muchos jóvenes. Cuando esos jóvenes cayeron y fueron seducidos, le atribuyeron a la ramera, al verla, un valor externo divorciado de su valor interno, que era ninguno.

Y así es como la pasión de los ojos funciona: tú ves una imagen en internet y le atribuyes un valor externo a la estimulación que esa mujer o ese hombre está produciendo, divorciado del valor interno de esa persona inmoral, enemiga de Dios, caída y perdida en deseos mundanos. Y tus ojos han tenido la propiedad de divorciar esos dos valores, y eres dominado por la pasión de ellos. ¿Te das cuenta de cómo funciona? ¿Qué necesitas hacer? Protege tus ojos. No te expongas. No creas que puedes. No creas que eres inmune. No creas que ya eres muy maduro. No creas que puedes exponerte y no ser afectado. En la medida de mis posibilidades, yo no lo hago. ¿Sabes por qué? Porque el que crea que está firme, cuídese de que no caiga. Cuida tus ojos, cuida tus ojos.

Finalmente, Juan nos habla de la arrogancia de la vida. ¿Y qué es la arrogancia de la vida? Bueno, la arrogancia es orgullo, en toda aquella cosa de la que la vida del mundo se enorgullece. ¿Y cuáles son esas cosas? Bueno, te voy a dar algunas, aunque la lista pudiera ser interminable: apellidos, patrimonios, nuestros hijos —grave problema ese—. A veces nos enorgullecemos de nuestros hijos porque los encontramos muy hermosos, o porque han logrado tanto, o porque son muy inteligentes o muy cariñosos. Y cuando yo coloco a mis hijos en lugar de altares, Dios quebrará mis ídolos. A veces son sus logros; a veces son los nuestros: nuestra preparación, nuestros títulos, nuestras posiciones. Las personas que conocemos: "Ayer comí con Fulano." Ajá. Lo que en inglés llaman name dropping: dejando caer nombres, porque al dejarlos caer implica que yo tengo una cierta asociación con ese VIP y, por tanto, quizá yo sea un VIPcito. Lo que ganamos, la compañía para la que trabajamos, su nombre, nuestra inteligencia, nuestro conocimiento.

Y como decíamos en uno de los sermones recientes, somos tan tales que nos enorgullecemos de nuestra humildad: "Ahora sí he llegado a ser humilde, porque imagínate, nadie haría esto." Nos enorgullecemos de la seguridad que hemos alcanzado. Yo recordaba esta mañana cómo, justamente un año antes de la depresión de 1929, el recién electo presidente de los Estados Unidos decía que la bonanza era tal que en muy poco tiempo se erradicaría la pobreza por completo de su país. La semana en que la bolsa cayó, perdiendo el 90% de su valor, un grupo de personas a bordo de un crucero salieron millonarios y llegaron en bancarrota, sin posibilidad de hacer absolutamente nada. Porque cuando Dios mueve su mano, no hay nada que me pueda asegurar.

El mundo representa todo eso, y Juan me viene diciendo que todo ese sistema, todo ese engranaje, toda esa forma de pensar, toda esa forma de sentirnos seguros y orgullosos, toda esa forma de comprar, de vender, de desear, de comer, de buscar, de deleitarnos, todo eso es parte del mundo. Y la razón por la que no debes amar el mundo —que fue el mandato— es, razón número uno: nada de eso proviene de Dios, sino del mundo. Y número dos: todas esas cosas son temporales. "El mundo pasa, y también sus pasiones; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre."

El mundo pasa. El texto ahí, la forma verbal, está en el original de una manera que implica que ya está pasando. Sí, el mundo ya está pasando; se está deteriorando, está en descomposición, está a la deriva, está cada vez peor. Eso lo sabemos, e incluso lo sabemos desde el punto de vista físico. Los hombres de ciencia nos dicen que el sol, por ejemplo, esa gran estrella en combustión formada por tres cuartas partes de hidrógeno y una cuarta parte de helio, con una combustión increíble de tal forma que en su corazón, en el centro, se estima su temperatura en 15 millones de grados centígrados, se está consumiendo. Pero es tan inmenso que le tomaría 5 billones de años, dicen ellos, enfriarse; y que cuando eso ocurra, su radio se habrá expandido 250 veces su tamaño actual, de tal forma que empujaría a la tierra de su órbita y la destruiría.

Bueno, la Palabra de Dios está de acuerdo con que eso va a pasar, pero de otra manera y en menos tiempo. No serán 5 billones de años, ni va a ser por ese enfriamiento normal, aunque sí está ocurriendo de forma paulatina. La segunda carta de Pedro, capítulo 3, a partir del versículo 10, nos describe qué va a pasar con este mundo temporal que no debemos amar.

"Pero el día del Señor vendrá como ladrón, en el cual los cielos pasarán con gran estruendo, y los elementos serán destruidos con fuego intenso, y la tierra y las obras que hay en ellas serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser destruidas de esta manera, ¿qué clase de personas no debéis ser vosotros, en santa conducta y en piedad, esperando y apresurando la venida del día de Dios, en el cual los cielos serán destruidos por fuego y los elementos se fundirán con intenso calor? Pero según su promesa, nosotros esperamos nuevos cielos y nueva tierra, en los cuales mora la justicia. Por tanto, amados, puesto que aguardáis estas cosas, procurad con diligencia ser hallados por Él en paz, sin mancha e irreprensibles."

Como este mundo está pasando, como en último caso este mundo será consumido por fuego intenso, hasta el punto en que esta tierra como la conocemos desaparecerá y los cielos como los conocemos desaparecerán en medio de un gran estruendo, ¿qué clase de personas deberíamos ser? ¿Qué clase de vida deberías llevar?

No solamente el mundo físico está desapareciendo y está pasando; es que todo pasa. Las modas vienen y pasan. Los estilos de vida vienen y pasan. Los presidentes vienen por cuatro u ocho años y pasan, a menos que usted se haya quedado aquí en Balaguer, en cuyo caso puede ser que venga por más años. Pero en sentido general, todo lo que el mundo tiene que ofrecer es pasajero. El placer sexual es extremadamente efímero. El que fuma cocaína, cinco o diez minutos, terminó su pico. El que la huele, quince a treinta minutos, terminó su pico de acción.

Y la pregunta entonces es: ¿cómo es que, sabiendo que esas cosas son tan pasajeras, tan efímeras, tan temporales, tan de corta duración, las anhelamos también mentalmente, por qué las buscamos con tanta pasión, por qué estamos tan aferrados a ellas? Y eso me hace recordar una de las cartas de C. S. Lewis, de *Las Cartas del Diablo a su Sobrino*, donde está este demonio veterano escribiéndole a su sobrino. Entonces le dice: "Recuerda que el ser humano está compuesto de dos partes: una parte animal y una parte espiritual. En su parte animal, sus pasiones son más o menos como las de los animales: comida, descanso, sueño, sexo, como los animales. La parte espiritual es como Dios. Tu meta es tratar de estimular la parte animal de ese hombre."

Y eso es lo que, con frecuencia, ocurre en nosotros: esa pasión de la carne nos domina, nos subyuga, nos esclaviza. Cuando Pablo decía "mi cuerpo será mi esclavo", quería decir que yo tengo que negarle cosas a mi cuerpo. Eso es una de las cosas que el ayuno hace: fortalece el dominio propio, uno de los frutos del Espíritu. Negarle a tu cuerpo necesidades legítimas, de tal forma que luego tú puedas, con ese mismo dominio propio, decirle que no a cosas ilegítimas. Porque si no le puedes decir que no a cosas legítimas, no podrás decirle que no a cosas ilegítimas después.

La pregunta es: ¿por qué las buscamos, si son tan efímeras, tan temporales, tan de corta duración, tan de poco valor o de ningún valor? Eso es otra área en la que yo he meditado mucho por años, y he llegado a algunas conclusiones también, que rápidamente voy a resumir a medida que termino este mensaje.

El problema es que tenemos cuerpos caídos, enfermos, con deseos enfermos, y ese corazón enfermo busca enfermizamente cómo sanarse. Déjame explicarlo de esta manera. El corazón inseguro hace todo lo posible por encontrar seguridad, trata de sanarse. ¿Cómo lo busca? Dinero, fama, placer, posesiones, todas esas cosas que le pueden ayudar a sentirse más seguro en la vida. Por eso es ilegítimo. El corazón deprimido quiere placer, porque en el placer él trata su depresión. Eso es lo que en psiquiatría hoy se conoce cada vez más como diagnóstico dual: el paciente viene con una adicción al alcohol y una adicción a la droga, pero tiene otro diagnóstico de base. Él está tratando de medicarse su trastorno de base, como su depresión, por ejemplo, con esta droga, con este sexo, con esta pornografía, lo que se conoce como un trastorno dual: son dos diagnósticos diferentes.

El corazón ingrato está enfermo; él quiere sanar su ingratitud, porque en su ingratitud lo que siente es infelicidad e insatisfacción. Y él piensa que eso que le es prohibido, si lo tiene finalmente, le va a causar y producir la felicidad que ha sido tan escurridiza. Adán es el perfecto ejemplo de eso. Adán, tú tienes todo el planeta Tierra, es tuyo y de Eva; sojúzgalo, somételo, hazlo producir, todo es tuyo, Adán. Lo único es que ese árbol que está ahí en medio del huerto, esa fruta, no la comas. Y Adán recibe la oferta de parte de Satanás de que ciertamente el día que se la comiera iba a sentirse todavía mucho más satisfecho. Si él hubiese tenido un corazón lleno de gratitud, hubiese dicho: "¿Pero si tengo todo el planeta, para qué necesito un árbol, una fruta, si lo tengo todo?" Y de esa misma manera Satanás nos ofrece a nosotros, hombres y mujeres, frutas prohibidas, teniendo otras frutas legítimas. Pero yo pienso que es la fruta prohibida la que me va a traer el gozo y la satisfacción, porque no tenemos corazones agradecidos con lo que Dios nos ha dado.

El corazón solitario busca intimidad. El corazón que quiere sentirse amado busca intimidad en la pornografía para sentirse cuidado por un mundo imaginario en el que no puede entrar. El corazón cansado quiere una sustancia, quiere algo que luego prueba ser mortal para él. Está cansado, no se quiere hacer daño; lo que quiere es sanarse, pero está buscando de manera ilegítima y termina haciéndose más daño. El corazón con baja autoestima necesita algo que le dé importancia: a veces un título, a veces posesiones, a veces una marca, a veces dinero, a veces una persona para quien trabaja que ahora le hace sentir que él también es importante.

Todas esas cosas son pasajeras, no pueden llenar el corazón, porque Dios creó al hombre con el sentido de eternidad en su interior, y el hombre no puede tratar de llenar el sentido de lo eterno con algo temporal. Él lo puede intentar, pero no lo logrará, y el hombre se pasa toda la vida tratando de hacer precisamente eso.

Juan nos dice al final del versículo 17 que la voluntad de Dios permanece para siempre, porque está anclada en el carácter incambiable, inmutable de lo que Dios es. Su Palabra, su voluntad, su propósito permanecerán para siempre. Y eso es lo que nosotros necesitamos recordar. Nosotros estamos aquí de paso, y aquí solamente se nos va a permitir realizar los propósitos eternos de Dios. Yo tengo que darle a esta vida otra connotación que no sea la forma superficial como la he venido viendo a través de formas caídas, recordar que nuestros cuerpos caídos tienen deseos caídos que buscan formas caídas de ser satisfechos.

Y Dios dice: "No, yo soy tu satisfacción, yo soy tu suficiencia." Ahora entonces entendemos mejor por qué Juan nos está diciendo que nosotros tenemos que mantenernos lejos del mundo, que no lo podemos amar, que tenemos que cuidarnos de la pasión de la carne, la pasión de los ojos y la arrogancia de la vida. Nada de eso proviene de Dios. Si eso está en mí, el amor de Dios no está en mí. Si el amor de Dios no está en mí, mi conversión está en duda. O en el mejor caso, quizás se produjo, pero está tan envuelta ahora en papel de brillo del mundo que es difícil de ver. Y cuando eso ocurre, Dios romperá ese papel, y a veces de mala manera.

Que Dios pueda usar este mensaje en estos días de Navidad. Alguien pudiera decir: "Bueno, en épocas de Navidad no deberíamos tener otros tipos de mensajes." No, este es el mensaje para esta estación: altamente consumista, dada a la carne, estamos soñando con pavos y pernil desde temprano en diciembre, cuando ayunamos el espíritu y continuamos.

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Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.