Integridad y Sabiduria
Sermones

Seguros en Su amor

Miguel Núñez 25 abril, 2010

La seguridad de nuestra salvación no descansa en la firmeza de nuestras convicciones, sino en el amor con que Dios nos sostiene. A lo largo de toda su primera carta, el apóstol Juan repite palabras como "sabemos" y "conocemos" porque sus lectores atravesaban una crisis profunda: personas que los habían discipulado y evangelizado habían abandonado la fe, dejándolos preguntándose si lo que creyeron era verdadero. Juan no los reprende por dudar; los afirma. Les recuerda que quienes salieron nunca fueron realmente de ellos, y que la permanencia en Dios tiene evidencias concretas.

¿Cómo sabemos que Dios mora en nosotros si nadie lo ha visto jamás? Por el efecto que produce, como el viento que mueve las páginas aunque no lo veamos: el amor genuino entre hermanos. No un amor romántico ni circunstancial que dura mientras el otro me hace sentir bien, sino el amor que arriesga, que entrega posesiones, que visita presos sabiendo que puede costarle todo. Es el amor de Esteban perdonando mientras lo apedreaban, de Pablo dispuesto a ser maldición con tal de que sus hermanos judíos conocieran a Cristo.

Este amor es posible porque Dios no solo envió a su Hijo, sino que nos dio de su Espíritu para que morara dentro de nosotros. La salvación es trinitaria de principio a fin: el Padre amó, el Hijo murió, el Espíritu capacita. Y nuestra permanencia depende más de Él que de nosotros. Como ilustra el pastor Núñez con un recuerdo de infancia: siendo niño cruzaba un río crecido de la mano de su padre; si se hubiera soltado, la vergüenza habría sido mayor para el padre que para él, porque el niño no tenía fuerza para sostenerse, pero el padre sí la tenía para sostenerlo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Por sí solo, versículos 12 al 17, capítulo 4 de Primera de Juan: "A Dios nadie le ha visto jamás. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor se perfecciona en nosotros. En esto sabemos que permanecemos en él y él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió al Hijo para ser el Salvador del mundo. Todo aquel que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. Y nosotros hemos llegado a conocer y hemos creído el amor que Dios tiene para nosotros. Dios es amor, y el que permanece en amor permanece en Dios y Dios permanece en él. En esto se perfecciona el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio. Pues como él es, así somos también nosotros en este mundo."

En este párrafo que yo acabo de leer, yo creo que es obvio que Juan está tratando de asegurarle algunas cosas a sus creyentes. Y quizás de una sola cosa les está tratando de asegurar, y es de darle certidumbre, darle confianza de la seguridad de su salvación. Uno casi puede sentir a lo largo de toda esta carta el corazón pastoral de Juan, que parece preocupado a lo largo de su carta con la condición de sus seguidores y del estado, quizás, de confusión o de incertidumbre por el que ellos estaban pasando, y que en un momento dado estaban dudando de su posición en Cristo.

Nosotros quizás pudiéramos preguntarnos: ¿pero qué pasó? Es como que de repente algo le hubiera ocurrido a estos seguidores de Juan que hubiese sacudido la zapata, la fundación de lo que hasta ahora ellos venían creyendo. Entonces, a lo largo de esta epístola, de diferentes maneras y en diferentes momentos, de diferentes formas, Juan ha tratado de cimentar la fe que ellos habían depositado en el Salvador. Juan se ha percatado de que algo ha pasado en medio de ellos y de que necesariamente él necesita brindarle confianza a sus seguidores.

Yo creo que esa es una de las funciones del pastor de un rebaño: poderle brindar confianza al rebaño, de tal manera que el rebaño no vaya a ser desperdigado, si pudiéramos decir. Y es por eso que Juan en esta epístola con frecuencia usa palabras como "sabemos", "conocemos", "para que sepáis", y lo hace de manera repetitiva.

Yo quiero revisar con ustedes, porque yo sé que la memoria no siempre está fresca, y quiero revisar algunas de las cosas que hemos venido diciendo en los últimos 19 mensajes. Este es el número 20 en esta carta, para que entendamos que ciertamente, de forma repetitiva desde el principio, Juan está tratando de asegurarles a los verdaderos hijos de Dios que pueden tener confianza y sentirse seguros en Dios.

Déjame decirte rápidamente cómo Juan lo dice. En 2:3: "Y en esto sabemos que hemos llegado a conocerle, si guardamos sus mandamientos." Sabemos. Próximo, 2:5: "En esto sabemos que estamos en él." 2:13: "Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al Padre." 3:14: "Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida." 3:19: "En esto sabemos que somos de la verdad." 3:24: "Y en esto sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu que nos ha dado." 4:2: "En esto conocéis el Espíritu de Dios." 4:6: "En esto conocemos el espíritu de la verdad y el espíritu del error."

¿Tienes alguna duda de qué está Juan tratando de comunicarle a sus lectores? Si la tienes, escucha este último versículo del próximo capítulo. En 5:13: "Estas cosas os he escrito para —aquí está la razón— que sepáis que tenéis vida eterna." Yo estoy escribiendo una carta, es mi primera epístola, y yo quiero que entiendan al final, ahora que estoy terminando mi capítulo cinco, lo que hoy conocemos como capítulo cinco, que estas cosas yo las he escrito con una sola razón: para que sepáis que tenéis vida eterna.

¿Qué está pasando? ¿Cuál era la necesidad del momento? Porque no hay duda de que Juan está tratando de comunicarle confianza. ¿Qué ha pasado de repente que ha sacudido la seguridad de estos seguidores de Juan?

Quizás alguien pudiera decir: "Pero, ¿no debería el Espíritu Santo brindar confianza a aquellos que son hijos de Dios? ¿Eso no es parte de lo que Pablo revela en la carta de Romanos?" Claro que eso es parte de lo que el Espíritu de Dios hace, pero muchas veces lo hace a través de personas que Dios envía a nosotros. Y en este caso, Dios está tratando de hacerlo a través de Juan, el apóstol que está allá en sus últimos años, y a través de esta carta de manera particular.

Quizás algunos pudieran decir: "Bueno, pero la verdad que si esta gente necesitaba tanto que se le asegurara tanto, estos eran hombres de poca fe." ¿Y sabes qué? Es muy fácil, mirando las cosas hacia atrás dos mil años después, en medio de una iglesia, en un país donde no hay persecución, donde la iglesia está más o menos bien, donde no hay necesidades mayores. Cuando yo, en mi caso particular, no tengo ninguna necesidad, es muy fácil sentirnos muy seguros de nuestra fe, de lo que hemos creído, y tenemos la convicción de que nunca le negaremos. Pero otra cosa es a la hora de la prueba.

Porque yo quiero recordarles que cuando el Maestro vino, cuando Dios, Dios mismo, encarnó en la persona de Jesús y tomó a doce hombres y los discipuló personalmente, y les hizo milagros, y les multiplicó los panes, y caminó sobre las aguas, y sanó a ciegos, y sanó a sordos, y curó leprosos, y levantó muertos, y ellos vieron eso... A la hora de la prueba, cuando Cristo les dijo: "Esta noche uno de vosotros ha de entregarme", los doce se voltearon al Maestro y le dijeron: "¿Seré yo, Maestro?" Gente discipulada por Jesús, gente que vio los milagros, que lo vio caminar sobre las aguas, que vio grandes milagros, que vio a Lázaro levantarse de entre los muertos después de cuatro días de heder, a la hora de la prueba ninguno de ellos tuvo el orgullo para decir: "Uno de ellos, cualquiera de ellos, menos yo." Todos se vieron tan tensos y atribulados que dijeron: "¿Quizás soy yo?"

Yo quiero recordarnos también que cuando el primo de Jesús, pudiéramos muy bien llamarle, el que lo bautizó, que vio los cielos abrirse, que oyó una voz desde los cielos decir: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia", que lo introdujo a la nación de Israel, llegada la hora de la prueba mandó a preguntar: "Pregúntale al Maestro si él es el Mesías o tenemos que esperar a otro."

De manera que no nos sintamos tan seguros de nuestras convicciones, porque es muy fácil hacerlo cuando no estamos en medio de la prueba. Preguntémosle a Pedro. Para que tú entiendas ahora, para que tú y yo entendamos la necesidad que esta gente, que nosotros tenemos de ser afianzados, afirmados en nuestra fe, en nuestras convicciones, en las cosas que hemos creído. Porque tú y yo no sabemos cuándo la gran prueba ha de llegar a nuestra vida, y esa pudiera ser el momento en que tú y yo necesitemos precisamente recordar algunas cosas que esta Palabra nos dice.

Gracias a Dios que en su misericordia, como Pablo revela a los corintios en su primera carta, capítulo 10, Dios no permite que ninguna tentación mayor de la que yo pueda soportar llegue a mi vida. Y si ocurre de esa manera, Dios es fiel. Dios, en su fidelidad, abre una puerta por donde yo debo salir. Lo que implica ese texto es que si Dios no interviniera, con toda probabilidad, a la hora de la prueba cada uno de nosotros puede quebrarse. Que él tiene que intervenir y decir: "No, esta prueba no puede pasar de aquí para Miguel, porque si la dejo pasar lo quiebra. Y de pasar, Miguel, aquí está tu puerta para que salgas y no te quiebres en medio de la prueba."

¿Te das cuenta de cómo, de tantas maneras, Dios ha manifestado su amor para con nosotros? De tal forma que Juan quiere que esta gente se sienta afianzada y reconozca que ellos están permaneciendo en Dios. Y esto era todavía aún más importante porque no podemos olvidar cómo en 2:19 leímos esto que Juan escribió: "Salieron de nosotros, pero en realidad no eran de nosotros, porque si hubiesen sido de nosotros habrían permanecido con nosotros. Pero salieron, a fin de que se manifestara que no todos son de nosotros."

Cuando tú comienzas a ver que la persona que te discipuló se fue al mundo, que la persona que te ministró se fue al mundo también, que la persona que Dios usó en un momento dado para traerte a sus pies incluso ha abandonado la fe, ha negado las verdades de la fe, tú comienzas a preguntarte: "Pero, ven acá. Cuando esta persona me evangelizó, ¿él era un inconverso? Y esto fue lo que yo creí. Yo creí lo que un inconverso me vendió. ¿Será verdad esto que yo creí? ¿Será verdad que lo que este inconverso me presentó, que ahora yo compré, que ahora él ha negado, será verdad? ¿Y será posible o debiera ser que yo continúe abrazando esto?"

Y en medio de esas dudas, porque esta gente estaba viendo gente que fue discipulada por Juan... Juan, ¿y entonces cómo es posible? Mira a fulano cómo se fue. Juan dice: "Sí, es verdad, salieron de nosotros. Tenemos que reconocer eso. Pero yo quiero también que tú entiendas que Dios permitió que salieran de nosotros y que no se quedaran con nosotros, porque al salir ellos estaban dando evidencia con su salida de que nunca fueron de nosotros." Y ahora entonces Juan comienza a afirmarlos, a afirmarlos: "Para que sepáis", "porque sabemos", y "sabemos", y "conocéis", y "estas cosas os he escrito para que sepáis que tenéis vida eterna."

Yo creo que una lectura superficial del texto nos deja ver claramente cuál es la idea central y cuál es la palabra clave del texto. Por 19 mensajes ahora hemos venido escogiendo una palabra clave y hemos venido haciendo una, o dos preguntas, o tres, o cuatro, para explorar a lo largo del texto. Ahora ustedes, que estuvieron tomando el método inductivo y que no estaban familiarizados con cómo estudiar la Biblia inductivamente, entienden por qué hemos estado escogiendo en esta serie, por 19 mensajes consecutivos, una palabra clave que nos ayuda a entender cuál es la idea central sobre la que gira un texto. Porque eso me permite a mí no solamente entender mejor de qué está hablando el texto, sino aplicarlo en su correcto sentido.

De manera que hoy tenemos igualmente una palabra clave como en otras ocasiones, y hemos escogido una pregunta, no más, una sola pregunta, que es la que queremos responder a lo largo del texto en el tiempo que tenemos. Déjame leerte de forma resumida el texto que yo leí de Juan para el día de hoy, pero de una manera muy escueta para que veas la palabra clave claramente. Versículo 12: Dios permanece en nosotros; en esto sabemos que permanecemos en Él y Él en nosotros. Versículo 15: Dios permanece en él y él en Dios. Versículo 16: el que permanece en amor, permanece en Dios y Dios permanece en él.

¿Tienes algunas dudas de cuál es la palabra central? Seis veces en apenas cuatro o cinco versículos, la palabra permanece o permanecemos aparece en este texto, y la idea de permanecer o permanece en Dios aparece dos veces más. De manera que ocho veces Juan me está hablando de algo que tiene que permanecer. Como en un sermón anterior, creo que fue el número 10 si mal no recuerdo, nosotros usamos la palabra permanecer como palabra clave. En esta ocasión yo voy a usar una frase relacionada, y es permanecer en Dios. De manera que cualquier cosa que nosotros digamos en el día de hoy tiene que ver directamente con esa idea.

La pregunta entonces, ¿cuál es? Bueno, piensa en esto. Usted dijo, pastor, que todo el texto del 7 al 21 tiene que ver con el amor que tenemos el uno por el otro, pero ahora me está hablando de que dentro de eso hay otra idea, y es que necesito permanecer en Dios. ¿Qué tiene que ver el amor que tenemos uno por el otro con mi permanencia en Dios? Esa es la pregunta. Esa es la pregunta del día de hoy. Esa es la pregunta que queremos responder: cuál es la relación que existe entre el amor entre los hermanos y la idea de mi permanencia en Dios.

Porque Juan lo que ha hecho es que ha tomado una sección larga. Me habla del amor del uno por el otro debido al amor que Dios me ha dado a mí. Me habla aquí también del amor del uno por el otro, y en el medio, en ese contexto, me habla de la permanencia en Dios. Ahora, para complicar las cosas, el texto que yo leí comienza diciendo: "A Dios nadie le ha visto jamás". Esa es una frase muy de Juan; la usa tres veces en su Evangelio. A Dios nadie le ha visto jamás. Eso parece una frase halada como por los moños. ¿Qué tiene que ver la idea de que a Dios nadie le ha visto con que nos amemos unos a otros y con que yo tengo que permanecer en Dios y Él en mí?

Bueno, si tú recuerdas que en el mensaje anterior nosotros estuvimos hablando de que el amor es de Dios, y todo el que ama conoce a Dios, ha nacido de nuevo y conoce a Dios, entonces ahora tú entiendes esto. Porque si Juan dice que todo el que ama conoce a Dios, si a Dios nadie le ha visto, entonces ¿cómo yo sé que Dios está en mí? Si todo el que ama conoce a Dios, pero ahora la idea es que nadie ha visto a Dios, ¿cómo yo sé que Dios está en mí? Y Juan nos responde a nosotros mismos en el versículo 12 la idea, porque él nos dice un poco más adelante: "A Dios nadie le ha visto", punto y seguido, "si nos amamos unos a otros", ahí está la evidencia. Ahí está la evidencia de que Dios está en mí.

Vamos a desarrollar un poco más todavía. Es como el viento. Usted no sabe de dónde viene el viento. Usted no sabe para dónde va, como el viento, dice Juan en el capítulo 3. Sin embargo, usted sabe que hay viento. Por ejemplo, cuando usted ve las páginas de la Biblia que se están volando y usted dice: "Bueno, ahí va el viento". Usted sabe que hay viento por los efectos que produce. A Dios nadie le ha visto jamás, pero cuando Dios viene a morar en tu vida y permanece en ti, hay un efecto que se produce en esas personas donde Dios mora, y por el efecto que Dios produce, sabemos que Dios está en esa persona. Juan, ¿y cuál es ese efecto? El amor agapé del uno por el otro. A Dios nadie le ha visto jamás, punto. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor se perfecciona en mí. La evidencia de que Dios está en mí es la presencia de su amor por mi hermano.

Y Juan dice algo más: y su amor se perfecciona en nosotros. ¿Cómo es eso, que el amor de Dios se perfecciona en nosotros? Bueno, hay diferentes maneras como esto ha sido leído. Pudiéramos decir, por un lado, que el amor de Dios se perfecciona en nosotros en la medida en que yo me voy santificando; el amor de Dios tiene también que santificarse. Porque nosotros tenemos que ser honestos: nosotros tenemos un amor muy circunstancial. Yo no quiero yo verme sobrepasado sobre lo que dijimos ya la semana pasada, pero la realidad es que nosotros amamos hasta que tú me haces sentir mal. Cuando tú me haces sentir mal, yo ahora comienzo a distanciarme. De manera que mi amor no era un verdadero amor; era un amor que tenía que ver con la manera en que tú me haces sentir. Siempre y cuando me hagas sentir bien, estejamos. Cuando me haces sentir mal, me retiro, me alejo, me distancio.

"Sí, pastor, pero es que me hirieron, y usted sabe que nadie quiere ser herido". Bueno, yo no estoy diciendo que a mí me gusta ser herido, pero tienes que entender algo: amar siempre nos coloca en una posición de vulnerabilidad para ser heridos. No puedes amar sin tomarte el riesgo de ser herido. Es más, no puedes verdaderamente amar sin exponerte a la experiencia de ser herido. Porque solamente Cristo es incapaz de herirnos, pero todo ser humano es capaz de herirnos y nos va a herir si nos relacionamos cercanamente con él.

C. S. Lewis lo dice muy bien: el único lugar donde tú puedes estar libre de herida es el infierno, donde nadie se ama, nadie se acerca uno al otro, no hay cercanía, y por tanto cada cual está a la distancia. Pero si necesitamos amar unos a los otros, eso implica que nosotros vamos a estar siempre en una posición de vulnerabilidad para ser heridos. Dios nos envió a su Hijo y nos capacitó por vía de su Hijo precisamente para amar de esa manera.

Dios reveló... El Hijo vino a revelarnos al Padre, pero reveló el amor del Padre en la medida en que Él vino y amó personas como Él supo amar, y de esa manera lo evidenció. El Unigénito vino, pero cuando el Unigénito vino, Él no se quedó entre nosotros. Él vino, Él se crucificó en la cruz, murió en la cruz, resucitó al tercer día, Él se fue. Pero ahora resulta que Dios ha dejado a otros plurigénitos, no unigénitos; nosotros, nos ha dejado aquí. De tal manera que, de la misma forma que el Hijo, el Unigénito, reveló al Padre y reveló el amor del Padre amando y muriendo por otros, de esa misma manera aquellos que somos sus hijos hoy podamos revelarle el Padre a otros y revelarle el amor del Padre a otros por la manera en que tú y yo nos estamos amando y lo que somos capaces de hacer el uno por el otro. Y eso no va a estar fácil, pero es el llamado que tú y yo tenemos.

De tal forma que el mundo no vea en nosotros un amor circunstancial como el mundo está cansado de verlo. Yo creo que eso es importante, porque yo creo que cuando nosotros comenzamos a hablar de la necesidad de amarnos unos a otros, nosotros nos volvemos medio romanticoides. "¡Ay, qué bueno, qué lindo, qué lindo suena eso de que nos amemos!" Pero no estamos hablando de ese tipo de amor. Estamos hablando de un amor que la iglesia primitiva fue forzada a vivir. Estamos hablando del amor que el Hijo mostró en la cruz cuando murió por ti y por mí. Es ese tipo de amor.

"Bueno, pastor, pero Él era Dios, y como Dios, claro que le puede amar de esa manera". Ok, yo estoy hablando del amor que Esteban, que no era Dios, mostró en el momento cuando estaba siendo apedreado y que respondió con la misma frase que Cristo respondió cuando dijo: "Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen", dijo Cristo. Esteban miró al cielo y dijo: "Padre, perdónalos porque estos tampoco saben lo que hacen".

Estamos hablando del amor que Pablo mostró cuando dice: "Yo estoy dispuesto a ser anatema, si es posible, con tal de que mis hermanos judíos lleguen a tener la bendición de conocerte, Dios". Esto es increíble, que Pablo tenía la pasión, el fuego, la motivación, el impulso de decir: "Padre, si Tú pudieras hacerme a mí maldición para hacer a mis hermanos increíble bendición, yo estoy dispuesto". ¡Wow! Eso es lo que este texto nos está diciendo: que tú y yo tenemos que amarnos de esa manera.

Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros. Déjame decirte lo que Juan no está insinuando. Porque cuando Juan dice "si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros", podría dar la impresión de que Juan está diciendo: "Bueno, si no nos amamos, Dios se va de nosotros y perdemos la salvación". Eso no es lo que Juan está diciendo. Lo que Juan está tratando de ayudarnos a entender es que cuando nosotros nos amamos unos a otros de esta manera incondicional de que nos está hablando, esa es la verdadera evidencia de que Dios está permaneciendo en nosotros.

Pero yo no lo puedo hacer de ninguna otra manera. Yo no lo puedo fingir. Yo puedo fingir esta predicación y usted no darse cuenta y pensar, si lo llega a pensar: "¡Qué buen sermón!" Pero quizás fue fingido. Yo puedo fingir el discipular a otros. Yo puedo fingir las misiones. Yo puedo fingir prácticamente cualquier otra cosa. De hecho, alguien pudiera decir: "Pastor, pero ¿usted no piensa que el amor también puede ser fingido?" Bueno, el amor en una iglesia no perseguida, sin grandes problemas, este tipo de amor puede ser fingido. Pero como ese es el honor al contexto de esta gente, estamos hablando de otro tipo de amor. Estamos hablando del amor que Priscila y Aquila tuvieron por Pablo cuando él describe en Romanos: "Gracias y saludo a Priscila y Aquila, quienes arriesgaron su vida por mí". Eso tú no lo puedes fingir.

Estamos hablando del amor de la iglesia de ellos en Hechos 2, cuando vendían sus posesiones. Y lo increíble de este texto, cada vez que lo leo, yo me quedo asombrado. Dice: "Y no había nadie entre ellos en necesidad." ¡Pastor, pero ser una iglesia rica, no vendedora de sus cosas! ¡Wow! Estamos hablando de gente que fue a la prisión porque se asoció con un Pablo. "Fulano y Perencejo, mis compañeros de prisión," dice Pablo. Este no fue porque fueron a ayudarle a limpiar la cárcel a Pablo; fue porque se asociaron con él.

La historia nos cuenta cómo gente iba a la cárcel a visitar a alguien, como nosotros vamos a la cárcel por una hora, la misma cosa. Porque esta gente iba a visitar a un Pablo, a un Juan, y cuando llegaban, la casa estaba vacía; habían confiscado sus posesiones. Hebreos 11 nos habla de gente que tuvieron sus posesiones confiscadas, y la historia nos recuerda cómo ocurrían a veces esas cosas. "Es que yo salí hace dos horas para la cárcel y regresé, y al llegar no tengo nada." ¿Cuál fue mi delito? Que fuiste a visitar a un santo en la cárcel. Ese amor tú no lo puedes fingir.

Por eso es que nosotros, cuando analizamos las cosas y las vemos en el contexto nuestro, siempre es decir: "Bueno, ¿por qué no va a quedar la tal dificultad?" No, esta gente no amó nada; no amaron siquiera sus propias vidas. De ese amor es que Pablo nos está hablando.

Y nos dice entonces que el amor de Dios se perfecciona en nosotros. Y esa frase ha sido vista de diferente manera. Una ya se la mencioné: que en la medida en que yo me voy santificando, ese amor en nosotros tiene que irse también santificando. Pero la otra manera como esto puede ser visto es que cuando Cristo vino, el Unigénito mostró el perfecto amor de Dios en la cruz. Pero el Unigénito no está con nosotros corporalmente hoy en día, y cuando Él mostró ese amor de su mejor manera, lo hizo en la cruz. Ese calvario está tan lejos ahora, geográficamente y aun en tiempo de nosotros.

Y entonces, ¿cómo es que se va a perfeccionar ese amor? Bueno, Dios ahora tiene muchos otros hijos y nos ha pedido a esos otros hijos que vayamos y vivamos por el mundo de la manera que Él vivió, amándonos de esa manera, entregándonos de esa manera. De tal forma que ahora el amor de Dios no se está expresando en una sola persona, en un solo calvario; se está expresando en múltiples personas a través de cinco continentes diferentes que han decidido dar su vida en diferentes calvarios. Y al mundo ver eso, el mundo está siendo convencido de que ciertamente el amor de este Dios es extraordinario y hace a este Dios un Dios singular, fuera de serie. Y ahora Dios perfecciona su amor, la expresión de su amor para el mundo, a través de nosotros. Si nos amamos unos a otros, su amor se perfecciona en nosotros.

El versículo 13: "Ahora, en esto sabemos que permanecemos en Él y Él en nosotros." Ahí está la idea. "En esto sabemos que permanecemos en Él," permanecemos, y ahora la idea de otra forma: "y Él en nosotros." Dos puntos: ¿Cómo es que sabemos, Juan? "En que nos ha dado de su Espíritu."

La idea es esta: que Dios no solamente nos amó cuando nos envió los profetas, no solamente nos amó cuando nos envió a su Hijo; es que Dios, luego que su Hijo partió y se fue, nos siguió amando y nos envió de su Espíritu. No es poca cosa que el Dios del universo, el Dios que llena cada pulgada del universo, haya querido compartir su misma esencia con nosotros y hacer su Espíritu parte de nuestra esencia. Eso no es poca cosa.

Y Juan dice: "En esto nosotros sabemos que permanecemos en Él y Él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu." ¿Qué más convencimiento tú requieres? Si te dio al Hijo y ahora te dio al Espíritu también, ¿qué más quieres para ser convencido? ¿Entiendes ahora lo que Juan está tratando de ayudarnos a entender y de qué manera él está tratando de darnos seguridad de la salvación ofrecida por el Hijo en la cruz?

Y es una de las funciones del Espíritu de Dios que me ha sido dado a mí: no solamente iluminar la verdad y discernir la verdad del error, pero es una de sus funciones el preservarme. Si no fuera por la acción continua del Espíritu de Dios, nosotros nos perderíamos varias veces en el camino. Si no fuera por el Espíritu de Dios, nosotros nos desilusionaríamos varias veces a lo largo del camino y abandonaríamos la carrera. Precisamente por las vivencias que cada uno de nosotros va acumulando, por ese Espíritu dado por Dios en nuestro interior.

Y eso es lo otro extraordinario: es que Dios no me dio su Espíritu para que viviera fuera de mí, como el Hijo vino a vivir fuera de nosotros. Me dio a su Espíritu para que viviera dentro de mí. ¿Qué tú preferirías? Yo no sé mucho de básquetbol, pero Michael Jordan es un gran basquetbolista. ¿Qué tú preferirías? Si tuvieras la opción de que Michael Jordan viniera y te entrenara desde afuera, o si hubiera la posibilidad de que Michael Jordan viniera y viviera dentro de ti, y desde adentro él hiciera los tiros de las pelotas, las bolas de básquetbol, ¿qué tú preferirías?

Pues Dios nos envió al Michael Jordan de los cielos, que ni debiera comparar su nombre. Nos envió a nuestro entrenador especial universal y lo puso adentro de nosotros para que desde adentro nos entrenara a amar como su Hijo. Y en eso entonces el mundo va a conocer que ciertamente el Espíritu de Dios vive en nosotros, y si el Espíritu de Dios vive en nosotros, pues permanecemos en Dios. Es la idea: mi perseverancia en el camino es la evidencia de que soy su hijo. Sin su Espíritu en mí, yo no perseveraría ni una hora. "¿Perseverar?" Les dijo a los discípulos en el Getsemaní: "¿Es que no podéis perseverar ni tan solo una hora?" Es el Espíritu que nos despierta, nos anima, nos guía, nos entrena, nos corrige, nos trae, nos hala, nos empuja, nos levanta.

Versículo 14: "Nosotros hemos visto y dado testimonio de que el Padre envió al Hijo para ser el Salvador del mundo. Todo aquel que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios."

Ahora pasa a decir: "Yo le estoy hablando porque yo he sido testigo ocular de algo. Nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió al Hijo. Yo estuve ahí, yo estuve al pie de la cruz, yo estuve en su juicio." No está diciendo: "Yo, a mí no me contaron, a mí no me dijeron, yo no estuve leyendo en un libro que esto pasó." ¡Yo lo vi!

Y nosotros estamos aquí ahora, amados, para decirles que, habiendo sido testigo de eso, nosotros queremos hablarles: que ese Dios que envió a su Hijo como Salvador del mundo es el que, en su amor y por su amor, ahora te ha hecho permanecer. "Todo aquel que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios."

Esto es un amor trinitario. Es un amor trinitario porque Dios nos amó y nos dio a su Hijo; su Hijo nos amó y nos dio su vida; el Espíritu nos amó, y Dios, de su parte, hemos recibido de su Espíritu. No importa cómo veas la historia redentora, es un amor trinitario, es una historia trinitaria de principio a fin.

Y ahora entonces, que Dios dio a su Hijo, que el Hijo dio su vida, que el Espíritu dio su parte, ahora Dios nos dice: "Ahora los dejo a ustedes para que ustedes den su parte." Y la manera como yo quiero que comiencen a dar su parte es amándose los unos a los otros como ustedes han sido previamente amados y capacitados por mi Espíritu, por mi ejemplo, para amarse los unos a los otros.

No tienes excusa. Donde estabas muerto sería una cosa; ahora estás vivo. Cuando estaban sin el poder de hacerlo, solamente tenían una excusa; ahora tienen el poder de la resurrección morando en ustedes. Cuando no tenían ejemplo, tenían una excusa; pero ya tienen un ejemplo. Es más, no solamente les di un ejemplo, les dejé huellas para que pisaran sobre las huellas y simplemente caminaran sobre los lugares que Él caminó. De tal forma, ahora tienen vida, tienen poder y tienen ejemplo para amarse los unos a los otros. No tienen excusa. ¡Wow!

Tú y yo no amamos así. Yo no estoy aquí para decirles: "Como ustedes no aman así, yo sí." Yo no estoy diciendo eso. Tú y yo no amamos así. Pero ¿saben cuál es el problema? El problema no es que tú y yo no amamos así porque, bueno, no somos Dios. El problema es que tú y yo sí sabemos cuál es el estándar, y sabiendo cuál es el estándar y sabiendo que no amamos así, no nos molesta. Ese es el problema.

Y la razón por la que no nos molesta es porque yo dudo que hayas visto, por lo menos lo hayas hecho con frecuencia, que cada vez que tú y yo no amamos de la forma incondicional como Dios nos ha mandado a amar, cada vez que no lo hacemos, pecamos. Y cuando pecamos, tenemos que arrepentirnos. Yo tengo que arrepentirme diariamente de no poder amar incondicionalmente como Dios ama. Es una gran realidad, porque eso es lo que me han pedido: que ame incondicionalmente.

Esteban se aproximó a eso. Pablo se aproximó a eso. Moisés ofreció su vida cuando Dios iba a matar a todo el pueblo, y dijo: "No, no, ¿por qué no me matas a mí mejor y dejas el pueblo con vida?" ¡Wow! Eso es lo que tú y yo necesitamos.

Y luego que Juan nos dice en el versículo 14 que somos testigos y damos testimonio de que el Padre envió al Hijo para salvar el mundo, entonces el siguiente dice: "Todo aquel que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios."

Alguien pudiera decir: "Ay, pastor, pero si lo único que se requiere para permanecer en Dios y Dios en mí es que confesemos al Hijo como Salvador del mundo, pues yo lo confieso." Sí, el problema es que no estamos hablando de ese tipo de confesión, tampoco de la que estamos acostumbrados: "¿Confiesas a Jesucristo como Señor y Salvador?" "Sí." "Salvo." No, no, no estamos hablando de eso.

Estamos hablando en el contexto de esta iglesia que vivió esto: que a ti te han tomado, te han llevado, han ido a tu casa, te han arrastrado fuera, te han puesto en frente de la fiera, y te dicen: "Tú confiesa al Señor Jesucristo como Señor y Salvador." ¿Es Kurios Señor o César, o Jesucristo? "Yo puedo tener veinticuatro horas para pensarlo." ¡Jesucristo! Y tú hoy, es muy fácil, estamos hablando de eso, muy fácil en aire acondicionado, sentado en su silla acolchada, poder decir: "No, yo confieso a Jesucristo como Señor y Salvador." Estamos hablando de esa fe seria.

Alguien que yo aprecio de los reformados, de los reformadores, hay muchas cosas que yo...

A preciarlo de ellos, pero sea lo que yo aprecio y de lo que quiero hablar un poquito rápidamente en esta mañana, en la medida que voy trayendo esto a conclusión. Vamos viendo esto de lo que implica confesar a Cristo como el Hijo de Dios, porque esa es evidencia de que Dios permanece en mí y yo en Él. Él en mí, yo en Él, y Él en mí. Si esa confesión es evidencia, yo tengo que entender bien: ¿a qué se refiere esta confesión?

Los reformadores me ayudaron a entender esto perfectamente bien cuando definieron para nosotros los componentes de una fe salvífica. Lo que yo voy a explicar, no quiero decir ahora, en el momento de hacer la confesión yo necesito todo este conocimiento teológico. No, pero mi corazón sabe razones que la razón no sabe, decía Pascal. Y al momento de yo hacer mi confesión de fe, estos elementos tienen que estar presentes para que esa sea una fe verdaderamente que me salva, porque el texto me dice: todo el que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios es salvo, Dios permanece en él y él en Dios.

Los reformadores hablaron de tres componentes. Son tres palabras en latín, porque así muchas veces se definían estas cosas, y yo te las voy a decir rápidamente. Tú las podrás entender bien fácilmente; no te compliques mucho con los términos sino con el entendimiento. Notitia, que hablaba del contenido de la fe. Aquellos que han estado estudiando Romanos como iglesia últimamente ya revisaron esto. Notitia te habla del contenido de la fe. ¿Cuál es el contenido de la fe? Es que Cristo es el Hijo de Dios, vino a morir por mí, derramó su sangre, yo soy perdonado, murió en mi lugar, la salvación es por fe, la salvación es por gracia. Todo eso es contenido de la fe; yo necesito eso. Tú piensa: los demonios saben que Cristo es el Salvador del mundo, que la fe es por gracia, que no es por obras. Ellos tienen notitia, pero ya no tienen salvación.

Segundo: assensus. Asentir. Yo tengo que asentir que Jesús vino al mundo, que murió por el pecado, que es el Hijo de Dios, que es el Santo de Israel. Tengo que asentir todo eso. Assensus. ¿Usted piensa que si le preguntamos a un demonio si Cristo es el Santo de Israel qué va a decir? Que sí. Uno de ellos lo voceó cuando Él vino: "¿Qué tienes que ver con nosotros, Santo de Israel?" ¿Te acuerdas? De manera que los demonios tienen notitia y tienen assensus, pero ¿tienen salvación? De manera que hasta ahora, si lo que yo tengo es notitia y assensus y no sé más nada, para lo único que me clasifico es para ser un demonio. No me clasifico para más nada hasta ahora.

Lo que los demonios no tienen es fiducia. Y fiducia es confianza, depositar su vida, su fe en el Hijo de Dios. Eso ellos no lo tienen, y por eso permanecen y han estado y siempre permanecerán condenados por la eternidad. Nosotros hemos depositado nuestra confianza en Dios después de haber asentido y de haber podido conocer el contenido de la fe. Hemos depositado la confianza en Dios, y esa es la fe que me salva. Entonces, el que confiesa que Jesús es el Hijo de Dios y lo entiende así, Dios permanece en él y él en Dios.

Bueno, pastor, ¿y qué tiene todo eso que ver con que Dios nos dio de su Espíritu? Porque más adelante usted tenía otra idea de que Dios nos ha dado de su Espíritu. Tiene todo que ver con eso, porque yo no puedo entender la notitia, ni puedo asentir el contenido de la fe, y mucho menos depositar la confianza en Él si el Espíritu no me capacita. Es el Espíritu el que tiene que volverme de la muerte a la vida, darme el entendimiento, darme la capacidad, abrir mi corazón, despertarme, avivarme. Y entonces yo puedo depositar mi confianza en Él. Lo que nos ayuda a entender cómo esta salvación es de Dios de principio a fin, porque si Dios no hiciera todo eso por medio de su Espíritu, yo permanecería muerto en mis delitos y pecados. La salvación es trinitaria. El amor de Dios es trinitario.

Por si alguien piensa que el tiempo se nos ha ido, versículo 16: "Y nosotros hemos llegado a conocer y hemos creído el amor que Dios tiene para nosotros." Escucha esto: nosotros hemos llegado a conocer y hemos creído el amor que Dios tiene para nosotros. Y eso parece tan sencillo, tan simple. Lo hemos oído tantas veces, y sin embargo yo estoy convencido de que la mayoría de nosotros todavía no hemos entendido el amor que Dios ha tenido para con nosotros.

Y pastor, ¿cómo usted puede decir eso? Es bien sencillo. La única razón por la que todavía tenemos problemas con la obediencia es porque frecuentemente nosotros no estamos obedeciendo por amor, sino por miedo a las consecuencias. Y como las consecuencias una vez las veo y otra vez no las veo, una vez obedezco y otra vez no. ¿Ves? Esa es la única razón, porque si entendiéramos el amor de Dios como Dios lo ha expresado, lo ha manifestado, como lo ha dado, se acabaría el problema de la desobediencia para siempre. Porque es una fuerza tan impulsadora, tan motivadora, tan regeneradora, tan transformadora, que experimentaríamos exactamente lo que Pablo expresó a los corintios cuando les dice: "El amor de Dios nos constriñe."

Hemos hablado de esto en otras ocasiones, lo que implica en el lenguaje original esa expresión "el amor de Dios nos constriñe": haber sido puesto entre la espada y la pared sin haber dejado ninguna otra opción. Lo que Pablo dice es: la razón por la que estoy viviendo cómo estoy viviendo, de la manera entregada, esforzada, y de la manera como me han visto dar ejemplo, es por una sola razón. Es que el amor de Dios expresado en mí es tan increíble que no me queda otra opción que vivir de esta manera. Yo no estoy huyendo de las consecuencias, hermanos. Es básicamente lo que Pablo pudiera tratar de decirnos: yo estoy haciendo esto porque el amor que he experimentado de mi Dios, que he recibido, como lo he visto, como lo vi en el Calvario a través de la historia que Él dejó plasmada y lo que me reveló, es tan, tan conmovedor, que yo me he quedado sin palabras y sin alternativas que no sea vivir de la manera que estoy viviendo.

Eso es lo que Juan está diciendo: y nosotros hemos llegado a conocerle y hemos creído el amor que Dios tiene para nosotros. En ese amor yo me puedo sentir seguro. Es en ese amor que yo puedo entonces decir con convicción verdadera, de forma humilde pero con convicción muy grande: sabes qué, hermano, ni la muerte, ni la vida, ni los ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni ninguna otra cosa creada podrá separarme del amor de Dios en Cristo Jesús. Estoy seguro en su amor porque le he llegado a conocer, y al conocerle, ese conocimiento me da seguridad. Mi permanencia depende más de Él que de mí.

¿Sabías eso? Es perseverancia. Escucha bien antes de que los juzgue de herejes: si uno solo de los hijos de Dios, de sus llamados, de sus elegidos, se pierde, Dios pierde más que nosotros. Porque se perdió uno de nosotros, es verdad, pero quedan muchos más. El problema es que si Dios pierde uno de lo que le ha dado al Hijo, Él ha perdido su nombre, su honor, su esencia. Escucha Juan 6:37 y 39: "Todo lo que el Padre me da vendrá a mí, y al que viene a mí de ningún modo lo echaré fuera." Escucha el 39 ahora: "Y esta es la voluntad del que me envió: que de todo lo que Él me ha dado yo no pierda nada, sino que lo resucite en el día final." Esa es la voluntad de Dios: que yo, el Hijo, no pierda absolutamente nada de la ofrenda de amor que me entregó, que es una humanidad para ser redimida y para que glorifique a Dios por el resto de la eternidad. Si uno de esos se pierde, Dios fue incapaz de hacer cumplir su voluntad. Él pierde su honor, Él pierde su nombre. Eso te da una idea de la imposibilidad de que uno de los suyos se pueda perder.

Yo les voy a contar esta historia que ya muchos de ustedes han oído, pero es una historia que a mí me ocurrió, bien corta, bien sencilla, e ilustra lo que yo acabo de decir. Estando yo pequeñito, no sé si seis, siete años, ocho, no recuerdo, pero bien pequeño, yo estaba cruzando el río con mi padre. El río había crecido, el río tenía mucha más fuerza que yo. Yo sentía que me llevaba. Mi padre me tenía de la mano. Mi padre iba dando pasos, iba muy despacio porque él sentía la fuerza del río. Si yo me hubiese soltado de la mano de mi padre, eso hubiese dicho, hubiese sido, como se dice, hubiese hablado mal mucho peor de mi padre que de mí. Mucho peor, porque yo no tenía la fuerza para sostenerme de él, pero él sí tenía la fuerza para sostenerme. De manera que de esa misma forma, Dios no ha de permitir que uno solo de los suyos, porque en el don de Dios a su Hijo, se lo lleve la corriente de la vida. ¿Te das cuenta de cuán seguros podemos sentirnos en su amor? No para vivir liberalmente, sino para vivir como Pablo vivió: constreñido, sin ninguna otra opción que no sea vivir y morir por Él y para Él.

Es como Warren Wiersbe en su comentario sobre esta carta dice: hermano, nosotros no estamos leyendo un libro de la historia de amor de Dios. Nosotros no somos tampoco espectadores de esa historia. Nosotros somos participadores del drama de amor de Dios. Nosotros somos los actores. Hemos recibido su gracia, hemos recibido su amor. Estábamos muertos, nos dio vida. Nosotros no somos simples espectadores; somos los participadores, los actores del drama. Y por eso nosotros debiéramos vivir este drama de una manera totalmente entregada.

Como esta gente sugiere, el versículo 17, que no vamos a cubrir hoy, pero dejo el puente para la próxima semana: "En esto se perfecciona el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio." Parte de la confianza que voy a tener en el día del juicio es que yo fui convencido antes del juicio del amor, Padre, que tú tenías por mí cuando entregaste a tu Hijo. Y eso me va a dar confianza.

Por ahora escucha la última idea, pues como Él es, así somos también nosotros en este mundo. ¡Wow! Escucha una vez más: como Él es, no así seremos cuando entremos en gloria, así también somos nosotros en este mundo. ¿Entiendes cuán seguros tú y yo debemos sentirnos en el amor de Dios? ¿Entiendes de qué manera nosotros sabemos que permanecemos? ¿Entiendes de qué manera al permanecer nosotros debiéramos dar la evidencia de que estamos permaneciendo? Que Dios pueda tomar esas ideas y aclararlas profundamente en nosotros.

Nosotros podamos, al rumiarlas, vivir de otra manera.

Integridad y Sabiduría es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org.

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Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos con Integridad y Sabiduría.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.