Integridad y Sabiduria
Sermones

El amor de Dios facilita mi obediencia.

Miguel Núñez 9 mayo, 2010

Todo aquel que ha nacido de nuevo vence al mundo. Esta afirmación de 1 Juan 5 no admite excepciones: no una parte de los creyentes, no la mayoría, sino todos. La victoria sobre el mundo está directamente ligada al nuevo nacimiento, y la ausencia de esa victoria cuestiona si la regeneración realmente ocurrió. Cuando alguien aparentemente nace de nuevo pero termina perdido en el mundo, como Demas que "amando al mundo" abandonó a Pablo, la evidencia señala que nunca hubo verdadera conversión.

Cristo venció primero para que nosotros pudiéramos vencer después. El poder no lo sedujo, los privilegios no los ejerció, las riquezas no llenaron sus ojos, la popularidad no infló su ego. Ninguna de las cosas que frecuentemente se convierten en piedras de tropiezo tuvo poder sobre él. De la misma manera que amamos porque él nos amó primero, vencemos porque él venció primero.

¿Por qué entonces la obediencia se siente tan difícil si el texto afirma que los mandamientos de Dios no son gravosos? El problema no está en los mandamientos sino en el amor dividido. Cuando el mundo se convierte en nuestro amante, el corazón queda partido y obedecer se vuelve pesado. Los héroes de Hebreos 11 recibieron las promesas desde lejos porque se confesaban extranjeros y peregrinos; anhelaban una patria celestial, no bendiciones terrenales. Esa mentalidad de exiliado es la que permite que el alma regenerada encuentre dulzura en la ley de Dios. El Salmista podía decir "cuánto amo tu ley" porque había cultivado esa mente de peregrino. Cuando alimentamos el alma más que la carne, la obediencia deja de ser lucha y se convierte en deleite.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Primera carta del apóstol Juan, capítulo 5, versículos 1 al 5. Con esto le damos continuación a nuestra serie. Este mensaje lo hemos titulado "El amor de Dios" o "El amor por Dios", porque ambas cosas que voy a decir son ciertas: el amor de Dios o el amor por Dios facilita mi obediencia.

Versículo 1: "Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo es nacido de Dios, y todo aquel que ama al Padre ama al que ha nacido de Él." En esto sabemos que amamos a los hijos de Dios: cuando amamos a Dios y guardamos sus mandamientos. Porque este es el amor de Dios: que guardemos sus mandamientos, y sus mandamientos no son gravosos. Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo, y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe. ¿Y quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?

Padre, en esta mañana Tú nos has dado un texto que nos habla de nuestra victoria sobre el mundo, contra el mundo, y nos dice en cierta manera cómo lograr la victoria. Yo quiero pedirte que por el poder del Espíritu que mora en nosotros, Tú puedas glorificarte a Ti mismo en cada una de las vidas que aquí estamos, que aquí están. Padre, por amor a Ti mismo, por amor a Tu causa, ayúdanos a entender de qué se trata cuando hablamos de obedecerte. En este texto Tú nos dices que Tus mandamientos no son pesados, no son difíciles de seguir. Fue Tu Hijo que nos dijo: "Venid a mí, todos los que estáis cansados, agotados, y yo os haré descansar", porque mi carga, que tiene que ver con Tus mandamientos, es liviana, y mi yugo, que tiene que ver con Tu palabra, es ligero. Ayúdanos a entender qué es eso, Dios, en Tu nombre, Jesús.

En el texto que yo acabo de leer, el apóstol Juan relaciona varias verdades importantes de la vida cristiana, la relación a esas verdades directamente a nuestra experiencia del nuevo nacimiento. Yo creo que eso salta a la luz tan pronto comenzamos a leer. La primera parte del versículo 1, Juan nos dice varias cosas, o mejor dicho, nos dice una de esas varias cosas en la primera parte de ese versículo, y es que todo el que ha nacido de nuevo cree que Jesús es el Cristo.

Noten el orden en que Juan lo está diciendo: todo el que ha nacido de nuevo, el que nace de nuevo, termina creyendo que Jesús es el Cristo. Contrario a lo que muchos han pensado y entendido, pensamos que el que cree en Cristo nace de nuevo. Eso no es como está dicho, y sobre todo en el lenguaje original los lingüistas nos ayudan a entender que la construcción de esto está en el tiempo perfecto, lo que implica exactamente eso como yo lo acabo de leer: el que ha sido primero nacido, cree. Ese es el orden. Yo primero nazco de nuevo y luego yo creo que Cristo es el Hijo de Dios, el Mesías, el Ungido, el Enviado, no uno de los enviados. Dios tiene que regenerarme. Dios tiene que despertarme de la muerte en la que yo estaba. Dios tiene que darme vida para yo poder creer, y el texto nos dice: no hay una persona que haya nacido de nuevo que no haya creído, que no crea hoy, que Cristo es el Mesías.

La segunda mitad de este mismo versículo nos dice entonces que el que ama a Dios ama al que ha nacido de nuevo. El que verdaderamente ama al que le dio nacimiento al otro, pues ama también a ese otro. El versículo 2, el texto de Juan nos dice que si amamos a los hijos de Dios, eso implica también que amamos a Dios, de manera que esto se convierte en un círculo virtuoso, no vicioso, virtuoso. Si amamos a Dios, amamos a los hijos de Dios; si amamos a los hijos de Dios, amamos a Dios. No podemos hacer una cosa sin la otra. Entonces te das cuenta de que Dios nos está revelando la interrelación que existe entre algunas cosas expresadas en Su Palabra.

La Palabra también nos deja ver en ese mismo texto, en ese mismo versículo, que este es el amor de Dios: que guardemos sus mandamientos. Lo que implica que mi grado de desobediencia es un problema más de amor hacia Dios que cualquier otra cosa. En esto consiste el amor de Dios: en que guardemos sus mandamientos. En el versículo 3 entonces Juan nos dice que esos mandamientos, que cuando son guardados expresan mi amor por Dios, no son gravosos, no son pesados, no son difíciles de llevar, no están lejos de mí, como dice el texto de Deuteronomio. Y sin embargo, esa no es necesariamente la experiencia de muchos de los hijos de Dios, y de eso queremos abundar más adelante.

El versículo 4 nos recuerda que todo el que ha nacido de nuevo vence al mundo. Juan habla en términos absolutistas: todo el que ha nacido de nuevo, no una parte, no la gran mayoría, vence al mundo que le hace la guerra, le hace la vida difícil. Y finalmente, en el versículo 5, Juan nos dice que todo el que vence al mundo lo hace creyendo que Jesús es el Hijo de Dios. Tú no puedes vencer al mundo separado de la fe que has depositado en Cristo. Nuestra lucha es una lucha por fe, no en nuestras propias fuerzas, no en nuestra propia fortaleza.

Entonces, en resumen, lo que Juan nos está diciendo en este texto, para luego abundar en algunas cosas en particular, es que mi amor por Dios, mi amor por mi hermano, mi grado de obediencia a la ley de Dios, mi victoria sobre el mundo, y por tanto mi permanencia en el camino de la verdad, todas están relacionadas a mi experiencia del nuevo nacimiento. Todo el que ha nacido de nuevo tiene esas características, y la ausencia de esas características milita, habla, cuestiona si el nuevo nacimiento se ha dado.

Ahora, algunas de esas cosas que yo acabo de mencionar son reiterativas, han sido mencionadas en otras porciones de esta primera carta. Yo no quiero irme sobre mojado, de manera que yo voy a concentrarme en aspectos muy puntuales en esta mañana de este texto leído. Lo voy a hacer haciendo el énfasis en la parte que la mayoría de los comentaristas entienden es lo que Juan nos está tratando de comunicar en este texto que yo acabo de leer, y eso tiene que ver con nuestra victoria sobre el mundo.

Versículo 4: "Todo el que es nacido de Dios vence al mundo, y esta es la victoria que ha vencido al mundo: nuestra fe. ¿Y quién es el que vence al mundo, sino el que cree que Jesús es el Hijo de Dios?" Ahí tú tienes entonces a Juan diciendo: no hay una persona nacida de nuevo que no haya vencido el mundo. Cuando tú tienes a alguien que aparentemente nació de nuevo y se pierde en el mundo, esa persona no nació de nuevo. Cuando tú tienes un Demas, como Pablo habla en su segunda carta, capítulo 4, versículo 10, que dice que Demas, amando al mundo, lo abandonó y se fue a Tesalónica, entonces tú entiendes que realmente estas personas no nacieron de nuevo, porque la permanencia en el camino, que es la manera de vencer al mundo, es lo que habla de que ciertamente yo soy uno de los vencedores.

La palabra "vence" aparece dos veces en estos dos versículos, el participio "vencido" aparece una vez, la palabra "victoria" aparece una vez: cuatro alusiones diferentes en dos versículos a la idea de que nosotros como hijos de Dios vencemos al mundo. Y esa es la palabra que yo quiero usar como palabra clave en esta mañana: "vence". Y la quiero relacionar al verbo "vencer", porque ese verbo es muy de Juan y esa acción, esa idea, es muy de la teología de Juan. Tú puedes creer que ese verbo en el griego, en su forma original, es "nikao", y que esa palabra "nikao" aparece 28 veces en todo el Nuevo Testamento, y 24 de las 28 veces es Juan quien la usa.

Aparecen en el Evangelio de Juan, aparecen en las cartas de Juan, aparecen en el libro de Apocalipsis que Juan escribió. La idea de que el cristiano es un vencedor, tiene victoria en Cristo, es muy de Juan. Y por tanto yo quiero que nosotros pongamos atención en esta mañana sobre esa idea. ¿Qué significa vencer al mundo? Es una de las preguntas que queremos contestar. ¿Cuál es la manera de vencer al mundo? Es la segunda pregunta. Y voy a responder a dos preguntas de manera combinada más de una vez en diferentes formas, pero eso es lo que queremos explorar hoy. ¿Qué significa vencer al mundo? ¿Cómo yo hago eso de vencer a ese mundo que lucha contra mí?

Eso no es una lucha nueva. Si nosotros podemos decir hoy, la Palabra mejor dicho dice hoy, que si nosotros amamos es porque Él nos amó primero. De esa misma manera, nosotros podemos y debemos decir que si nosotros vencemos hoy es porque Él venció primero. Él venció ese mundo. Él nos dijo eso. Él nos dio testimonio de eso al final de sus días, ya en el aposento alto, en las últimas horas antes de crucificarse. Juan 16:33 nos dice: "Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. En el mundo tendréis tribulación, pero confiad, yo he vencido al mundo."

Está Cristo tratando de darnos confianza de que estemos en paz, pero la confianza que le está tratando de darme, la paz que Él quiere que yo disfrute, Él hace eso en base a que Él ya venció el mundo. De tal manera que si yo voy ahora a vencer ese mismo mundo, yo tengo que hacerlo de la misma manera que Él lo hizo, y yo tengo que percatarme de qué fue eso que Él venció para saber qué son esas cosas que ahora a mí me toca vencer.

Piensa un momento en su vida para que tú veas cómo Cristo fue venciendo cada una de esas cosas. El poder, por ejemplo, no lo sedujo. Él se resistió continuamente a la idea de ser hecho rey. Sus privilegios, aquella cosa que Él podía hacer, aquella cosa a la cual Él tenía derecho, no los ejerció. Él no convirtió las piedras en pan, aunque era su derecho haberlo hecho. Cuando tuvo hambre, alguien le dio de comer o Él cocinó Él mismo. Tú puedes ver que la adoración de los hombres y aun la adoración de los ángeles, esas cosas no lo volvieron engreído. Permaneció humilde.

Tú puedes ver en su vida también cómo las riquezas no llenaron sus ojos. De hecho, terminó sin una almohada donde poner su cabeza. "Te ofrezco todos los reinos de este mundo," le dice Satanás en el desierto. "No me interesan. Esas cosas no me cautivan, no me llaman la atención, no tienen valor para mí," te puede decir con ellas. La popularidad de los hombres no llenó su ego. Con frecuencia predicó de una manera que la gente se iba y lo dejaba solo. Eso a Él no le preocupó. Las mujeres que frecuentemente estaban a su alrededor no cautivaron su corazón. Ninguna de las cosas que frecuentemente se convierten en piedras de tropiezo en nuestro mundo, para Cristo no tuvieron el poder ni la atracción que muchas veces tienen para nosotros.

Las fuerzas de las tinieblas no pudieron contra Él, no pudieron resistirse. Tan pronto Él abría su voz, tenían que replegarse. Los demonios huían de su presencia. Y la necesidad de sentirse aprobado nunca le atrajo. De manera que ciertamente Cristo venció el mundo.

Satanás quisiera hacernos creer que nosotros no podemos vencer el mundo, porque eso desacreditaría el nombre de Dios y la causa de Dios. Y la manera como yo me imagino algo esto es como algo parecido a esto: yo sé que la mayoría de ustedes, o quizá ninguno, haya tenido la oportunidad de trabajar con pacientes o personas que hayan estado involucradas en el mundo de las drogas. Pero yo he tenido esa oportunidad cientos de veces. Y una de las cosas que la persona que está en ese mundo atrapada trata de comunicarle a otra persona que está tratando de salir de ese mundo es: "Jamás podrás salir de esto. Tú puedes estar fuera una semana o dos, tú vas a regresar. Nadie sale de esto."

De esa misma manera yo me imagino que Satanás quisiera que una de estas personas, uno de nosotros que ha estado en el mundo y que logra nacer de nuevo, nosotros pudiéramos volver a incursionar en ese mundo. De tal manera que él pudiera transmitirnos la idea: "Sabes que solamente Dios se cree eso de que tú puedes vivir para Él. Nadie sale de este mundo. Nadie sale de mis garras. Nadie sale de los deseos de su carne." Él quisiera convencernos de eso, porque cuando tú te convences de eso, jamás tratas. De hecho, yo he estado en presencia en ocasiones de creyentes en pecado que me han dicho: "Yo no sé siquiera ni siquiera tratar porque yo no creo que jamás yo voy a salir de esto." Eso es exactamente lo que él quisiera que tú creyeras.

Y sin embargo la Palabra de Dios nos dice que todo el que ha nacido de nuevo vence al mundo. La pregunta es: ¿qué es ese mundo? ¿Cómo luce? ¿Cómo lucho? ¿Cómo venzo?

John MacArthur, escribiendo acerca de este texto, dice: "El mundo es el sistema espiritual invisible de maldad que se opone a Dios y que es gobernado por Satanás." Escucha: "Sus ciudadanos están gobernados por una ambición carnal, orgullo, avaricia, egoísmo y placer, todo lo cual constituye la lujuria de la carne, la lujuria de los ojos y la arrogancia de la vida," de la cual Juan nos habla en su primera carta, 2:16.

Más adelante MacArthur agrega: "Aunque vivimos en el mundo, los cristianos no mantenemos una relación con el mundo porque somos extranjeros y peregrinos. En nuestra nueva naturaleza, junto con el poder del Espíritu Santo, somos alejados del mundo y acercados a Dios. Las atracciones del mundo ya no cautivan nuestro corazón y ya no amamos lo que el mundo tiene que ofrecernos."

Lo que este autor está tratando de ayudarnos a entender es que una vez tú naces de nuevo hay una nueva naturaleza. Esa nueva naturaleza está dada por el Espíritu Santo que viene a morar en ti. Esa nueva naturaleza entonces tiene nuevos deseos. Esos nuevos deseos de esa nueva naturaleza tienen que ver con Dios y no con el mundo. De tal manera que las cosas que antes me eran atractivas, cautivantes, que brillaban ante mis ojos, ahora han perdido su glamour porque mi nueva naturaleza no tiene esos deseos.

El incrédulo solo tiene los deseos de su carne, y como solamente tiene los deseos de su carne, él no puede vencer al mundo. Porque su carne lo empuja, lo dirige, lo atrae en una sola dirección y él no tiene con qué contrastar esa fuerza que lo hala. El creyente es otra cosa, porque si bien es cierto que él permanece con deseos carnales todavía de su vida anterior, no es menos cierto que tiene ahora dentro de sí una fuerza superior que es la fuerza del Espíritu de Dios que mora en él, la misma fuerza que levantó a Cristo de entre los muertos. Y con ese Espíritu que ahora mora en él, él es empujado y acercado a las cosas de Dios, de tal forma que él puede librar una batalla y él puede ganar en esa batalla.

Y la idea es esta: Romanos 12:2 nos dice "no os adaptéis a este mundo." No es la palabra "esqueno," no sea transformados, "metamorfoo" es la palabra. No cambiéis la forma a la forma de este mundo, sino transformaos mediante la renovación de vuestra mente, para que verifiquéis cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, aceptable y perfecto. La palabra mundo ahí en el griego no es "cosmos," que es este planeta, esta tierra o el universo. Es "aion," que implica esta era. No tomen la forma de esta era, sus formas de pensar, sus corrientes filosóficas, sus corrientes educativas, sus estilos de vida, sus formas de hablar, sus formas de vestir. No os conforméis a esta era. Y eso es cierto en cada era. Por eso es que la palabra es era y no mundo. Esa es la idea.

"Pastor, pero eso no es tan fácil." Bueno, no es tan fácil porque nosotros no hemos aprendido o no hemos querido hacer lo que la Palabra nos llama a hacer para tener esa victoria. Recuerda algo: en ocasiones países han estado en guerra. Hay un país que gana la guerra sobre el otro. La victoria es proclamada, pero todavía quedan rincones de resistencia en ese lugar que ya se ha declarado en derrota, que ya se rindió. Bueno, todavía en los otros hay rincones de resistencia y esos rincones de resistencia van a pelear. Son rincones de la carne. La carne nunca se dará por vencida. Tú no puedes negociar con la carne. La carne nunca levantará una bandera blanca de paz. No. La carne tiene una sola cosa. Con la carne tú puedes hacer una sola cosa y es acribillarla, matarla, porque la carne jamás se dará por vencida. Entonces, ¿cómo lo hago?

John Piper en uno de sus sermones nos dice algo acerca de esta mentalidad a la que MacArthur se refería cuando hablaba de que nosotros somos peregrinos y extranjeros. Entonces él nos dice: "Debemos cultivar la mentalidad de los exiliados, de los peregrinos y los extranjeros. Esto nos hace sobrios y nos despierta para que no vayamos a la deriva con el mundo y para que no demos por sentado que la manera en que el mundo piensa y actúa es la mejor."

Escucha ahora dónde él quiere hacer el énfasis: "No asumimos que lo que aparece en televisión beneficia al alma. No asumimos que las prioridades de los anunciantes ayudan al alma. No asumimos que las estrategias y los valores de los negocios y la industria ayudan al alma. No asumimos que nada de esto pueda glorificar a Dios."

"¿Qué hacemos, Piper?" "Nos detenemos, pensamos y consultamos la sabiduría de nuestra propia nación, que es el cielo, y no asumimos que la sabiduría convencional de estos tiempos viene de Dios. Nosotros orientamos nuestro rumbo por la Palabra de Dios. Cuando uno se visualiza como un extranjero y exiliado con su ciudadanía en los cielos, y cuando uno ve a Dios como su único soberano, uno no se va a la deriva junto con las corrientes de nuestros días. Usted medita sobre lo que es bueno para el alma y lo que honra a Dios en todo: ya sea comida, carros, videos, trajes de baño, control de natalidad, límites de velocidad, horas de acostarse, metas financieras, la educación de los hijos, las personas que han sido tocadas por el Evangelio, las hambrunas, los campamentos de refugiados, los deportes y todo lo demás."

Tú, mediante, te detienes y piensas en todo lo que tú haces, que va desde los que no han sido evangelizados hasta el traje de baño que quieres usar, y los deportes que miras y practicas. La línea final dice, escucha: los extranjeros toman su dirección de Dios y no de este mundo. Este mundo no nos dice por dónde caminar, qué hacer, cómo hablar, qué vestir, porque los exiliados, los peregrinos y extranjeros toman sus órdenes de parte de Dios; responden a otro reino.

De manera que tú puedes notar aquí ahora que el énfasis que MacArthur hacía era que la nueva naturaleza tenía nuevos deseos, y el énfasis que este otro autor hace es que tú tienes que medirlo todo en términos de qué beneficios aporta o no al alma. No asumimos que esto beneficia al alma, ni que aquello beneficia al alma, ni que esto otro beneficia al alma, porque no podemos olvidar Gálatas 5:17: los deseos de la carne son contra el Espíritu, los deseos del Espíritu contra la carne.

Ahora, el texto comienza hablando, ¿no es en el versículo uno?, de que el que es nacido de nuevo ama a Dios. ¿Y qué tiene esto que ver con la lucha? Todo, absolutamente todo. Porque este es el problema, de acuerdo al texto que leí, ¿no? Si yo amo a Dios, yo obedezco sus mandamientos, pero resulta que hijos de Dios con frecuencia se encuentran no obedeciendo sus mandamientos. Lo que implica entonces que con frecuencia encontramos a hijos de Dios no amando a Dios.

Entonces, ¿qué es lo que hace difícil, en ocasiones incluso imposible, que hijos de Dios nacidos de nuevo no obedezcan, no amen a Dios? Es el lugar que le han dado al mundo del cual salieron. Los deseos del mundo, los deseos de la carne, la pasión de la carne o las pasiones de la carne continuamente luchan en contra de los deseos del Espíritu. Y Dios nos ha dado sus mandamientos precisamente para salvaguardar nuestra vida, para motivar una relación con Él, para cultivar una mente de exiliado y extranjero, pero no hemos sabido o no hemos querido, porque con frecuencia nos encontramos atraídos por las cosas del mundo y no cumpliendo sus mandamientos.

Una pareja: le decía el esposo a la esposa, "Honey, ¿no sería fantástico si nos vamos a la Tierra Prometida y desde el tope del monte Sinaí programamos los Diez Mandamientos?" Y la esposa dice, "Yo creo que sería mejor si nos quedamos y mejor los cumplimos." Bueno, esos mandamientos son los que están supuestos a ayudarme a mí a cultivar una mentalidad de peregrino y extranjero, de tal manera que yo no sea atraído por la fuerza de ese mundo.

Escucha lo que Pedro dice a sus seguidores en su primera carta, en 2:11: "Amados, os ruego como a extranjeros y peregrinos, que os abstengáis de las pasiones carnales que combaten contra el alma." Hoy, ¿a qué es lo que Pedro apela? Apela a la mente de extranjero y peregrino para entonces decirle: con esa mente lucha en contra de las pasiones carnales que combaten contra tu alma.

Ahí es donde está el problema. Nosotros tenemos una lucha interior, una lucha interior continua, que en unos se da más intensamente que en otros. Y nosotros lamentablemente hemos sucumbido a las ofertas, a las atracciones, a las ventas del mundo, y hemos hecho como los indios cuando los españoles vinieron: que los indios cambiaron oro por espejitos. Y muchas veces nuestra fe, que es más preciosa que el oro, con el tiempo pierde su brillo, y cambiamos entonces con el mundo espejitos y le damos nuestra fe que es más preciosa que el oro. Porque nosotros no tenemos una mente de extranjeros y peregrinos; vivimos, compramos, anhelamos, acumulamos conforme a una mente como si este mundo fuera todo lo que hay y donde voy a pasar la vida. Ya es la razón por la que se nos hace tan difícil conquistar los rincones de resistencia que todavía están en nosotros.

Pero esta gente de la cual la Palabra de Dios nos habla no vivió de esa manera, y por tanto fueron aplaudidos por Dios precisamente porque lograron hacer cosas que hoy en día muchos no pueden hacer. Cuando tú abres el libro de Hebreos capítulo 11, tú llegas al salón de la fama, al salón de la fe, al salón de la fama de la fe, donde están todos aquellos que tienen sus récords registrados porque hicieron algo que valió la pena llevarlo al salón de la fama.

Pero resulta que esa gente, Dios dice lo siguiente en Hebreos 11 a partir del versículo 13: "Todos estos murieron en fe," escúchame, "sin haber recibido las promesas, pero habiéndolas visto y aceptado con gusto desde lejos." Escucha ahora por qué: "Confesando que eran extranjeros y peregrinos sobre la tierra, porque los que dicen tales cosas claramente dan a entender que buscan una patria propia. Y si en verdad hubieran estado pensando en aquella patria de donde salieron, habrían tenido la oportunidad de volver. Pero en realidad anhelan una patria mejor, es decir, celestial." Escúchame ahora: "Por lo cual Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos, pues les ha preparado una ciudad."

Esta gente recibió promesas. Perdón, esta gente recibieron las promesas en palabras, nunca las recibieron. Y sin embargo, sin haberlas recibido, las vieron desde lejos, las recibieron simbólicamente hablando. ¿Y sabes por qué las recibieron? Porque ellos sabían: promesas para la próxima vida, para donde yo voy, para donde voy a pasar la eternidad, no me las dé ahora que se quedan aquí. No la necesito aquí por sesenta, setenta, ochenta años. No, yo creo tus palabras, Dios, y yo sé que la voy a recibir. Dámelas en la próxima vida que es donde yo voy a pasar la eternidad.

Pero vivimos anhelando que Dios nos bendiga ahora. ¿Dónde? Aquí. ¿Para cuándo? Para disfrutarlo ahora. ¿Con quién? Con mi carne. Esta gente no vivió de esa manera. Ellos tenían otra mentalidad: extranjeros y peregrinos, transeúntes que estaban aquí hoy y no estarían mañana, que no querían disfrutar ahora lo que venían acumulando porque no habían acumulado nada. Y entonces de esa manera ellos pudieron vencer el mundo de su tiempo también.

Son esas cosas que compramos, atesoramos, acumulamos, las que terminamos amando. Ellas terminan amándonos a nosotros, y por tanto se nos dificulta amar a Dios. ¿Cómo se nos dificulta amar a Dios? Porque tengo un amor compartido. El mundo resulta mi amante, tengo un amor compartido. Ahora no puedo obedecer sus mandamientos, y ahora cuando los veo y veo que no los puedo obedecer, digo: "Es que no es fácil, pastor." Él dice: "Eso no es verdad, no le creas. Yo garantizo en mi Palabra que mis mandamientos no son gravosos, no son pesados, no son difíciles de cumplir."

De hecho, en el libro de Deuteronomio, dado al pueblo de Dios dos o tres semanas antes de entrar a la tierra prometida, Dios le dice exactamente lo mismo y le dice: "Mis mandamientos no son gravosos, coma, ni están lejos de tu alcance. No me digas que tienes que estirarte mucho, yo te los he puesto bien cerca." Yo te voy a explicar cómo Dios lo ha hecho, pero quiero que entiendas qué es lo que hace difícil cumplirlos, qué es lo que hace difícil vivir por ellos. Porque son fáciles. Lo que lo hace difícil es la no cultivación, el no cultivo de una mente de extranjero y peregrino, y un apego y un vivir muy cerca de ese mundo que continuamente lucha contra nosotros.

Escucha al salmista. El Salmo 119, el versículo 14: "Me he gozado en el mundo..." No, "en el camino de tus testimonios más que en todas las riquezas." Versículo 16: "Me deleitaré en tus estatutos y no olvidaré tu palabra." Versículo 24: "Tus testimonios son mi deleite." Versículo 47: "Y me deleitaré en tus mandamientos, los cuales amo." Versículo 127: "Por tanto amo tus mandamientos más que el oro, sí, más que el oro fino." En el mismo Salmo el salmista dice: "¡Cuánto amo tu ley!" La ley que me restringe, yo entiendo que es la ley que me cuida, que me preserva, que me evita consecuencias. ¡Cuánto la amo, Dios!

¿Cuándo fue la última vez que tú oíste a alguien, o que tú mismo dijiste... que tú estabas leyendo su Palabra y dijiste: "Dios, cuánto amo tu ley"? No las bendiciones al que bendice. "Gracias por decirme no puedes hacer esto, gracias por decirme no debes hacer aquello, gracias por decirme no, no. Y gracias por decirme en estas otras áreas sí, sí. Yo entiendo tu ley, oh Dios." Esa es la manera como cultivas la mentalidad de extranjero y peregrino.

La mayoría de los hijos de Dios ven los mandamientos de Dios como un mal necesario. "Bueno, está bien, pero ojalá no estuvieran ahí." No, no. ¡Qué bueno que están ahí! La ley de la libertad, dice Santiago. Nosotros pensamos que libertad es poder hacer lo que mi carne quiere hacer. Algunos de nosotros que ya pasamos por la adolescencia, y algunos de ustedes padres que tienen hijos adolescentes, hemos dicho o hemos oído decir: "Cuando yo cumpla dieciocho años haré lo que me da la gana." Y pensamos que esa es la libertad.

Pregúntenle al apóstol Pablo lo que es la libertad. Cuando les escribe Romanos, él dice: "Esto que yo quiero hacer no lo hago, y lo que no quiero hacer termino haciendo. Estoy preso. ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" Aun en su estado regenerado, Pablo está diciendo: "¿Sabes qué es lo que me preocupa? Que todavía no me siento libre." Porque libertad es poder hacer todo el tiempo los anhelos de mi alma, y mi carne no me lo deja, me lo impide.

Y cuando Pablo dice "¿quién me librará de este cuerpo de muerte?" muchos piensan que estaba haciendo alusión a algo que en el mundo antiguo se hacía. Uno de los peores castigos en la antigüedad era cuando tú matabas a alguien: te ataban con lazos a ese cuerpo muerto a quien tú le diste muerte y te condenaban a terminar caminando y viviendo con él hasta que tú te morías, con ese cuerpo en podredumbre. Y nadie estaba supuesto a desatarte porque pagaba la misma suerte. Pablo estaba diciendo: "Este cuerpo en el que está enjaulada mi alma regenerada es como ese cuerpo de podredumbre que no me deja hacer todo el tiempo los anhelos de mi alma."

Nosotros pensamos que libertad es hacer lo que la carne quiere. Dios dice: "No, libertad es... tú conocerás libertad cuando entres en gloria, cuando finalmente podrás de una vez y para siempre, y todo el tiempo, continuamente y eternamente, hacer solamente los anhelos de tu alma." Por eso Pablo dice: "¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" ¿Quién?

¿Qué es lo que queremos hacer? ¿Cuáles son los anhelos? Ahora mismo, ¿cuáles son algunas de las cosas que tú quieres hacer y no puedes hacer? Detente un momentito ahí, piénsalas. Y ahora respóndete a ti mismo: eso que tú quieres hacer y no puedes hacer, ¿responde a un anhelo del alma o un anhelo de la carne? De ambos no es. El alma regenerada no tiene el más mínimo deseo por nada, absolutamente nada, que tenga que ver con este mundo pasajero y temporal y efímero. Nada. Porque ella no vive en este mundo. Ella está enjaulada en este mundo, pero esperanzada en el próximo. Su ciudadanía está en los cielos. Esa alma tiene una cédula de identificación que dice: "Cielo."

¿Qué es lo que quieres hacer? Pablo... la lucha de Pablo no era para que lo dejaran hacer las cosas de la carne. Él decía: "El problema que tengo es que en mi hombre interior me deleito en la ley de Dios, pero veo todavía esta ley en los miembros de mi cuerpo, la ley del pecado, que lucha contra mí y me impide vivir como mi alma anhela vivir todo el tiempo." Eso es libertad.

Entonces, yo quiero ganar esa libertad, yo necesito cultivar una mentalidad de extranjero y peregrino. Entonces, esa mentalidad es la que cuando escucha a Dios decir "mis mandamientos no son gravosos," dice: "Amén, estoy de acuerdo." Lo que a mí me es gravoso es esta carne que no me deja hacer lo que yo quiero, dice mi alma. Eso es lo que me pesa. La carne es lo que me pesa, no los mandamientos de Dios. Los mandamientos de Dios son buenos, son más dulces que la miel. A mí me pesa mi propia carne, que me impide avanzar más rápidamente por los caminos de Dios.

Ahora, escúcheme. ¿Qué es lo que hace que los mandamientos de Dios no sean gravosos? En primer lugar, que son los mandamientos de Dios y no los de los fariseos. Eso es lo primero. En otras palabras, quien me los ha dado es la persona que murió por mí. Tú piensas que la persona que muere por mí sin yo merecerlo, ¿sería capaz de darme algo para hacerme colapsar del peso de lo que me ha dado? No, porque ya me dio su vida y me provocó. Él sería incapaz de hacer algo como eso. Entonces, en primer lugar, es que son los mandamientos de Dios y no los de un capataz. Eso es lo primero.

En segundo lugar, lo que hace que los mandamientos de Dios no sean gravosos es que Dios no me dice: "Ok, aquí está, Miguel. Mírala, cúmplela."

Dios me dice: "Escúcheme una cosa, Miguel. Yo tengo una ley que es eterna, que no puede ser violada. Como en tu estado de inconverso tu mente carnal no se somete a mi ley ni siquiera puede, oye lo que yo voy a hacer. Yo voy a tomar una de las tres personas de la Trinidad, a quien nosotros la Trinidad le ha llamado el Espíritu Santo. Yo la voy a poner a vivir dentro de ti y voy a crear a través de ella tanto el querer como el hacer, de tal manera que ahora, a través de la tercera persona de la Trinidad que vive en ti, Dios morando en ti, yo te voy a pedir que obedezcas los mandamientos. De tal forma que yo te voy a conceder lo que te estoy exigiendo: poder y deseo para hacer mis mandamientos."

¿Ves por qué no son gravosos? Es como que tú me digas: "Ve al supermercado y tráeme mil dólares de alimento", y aquí están los mil dólares para que me lo traigas. ¿Dónde está lo gravoso de esa petición? Es que Dios ha puesto en nosotros el poder para cumplirlos y se mueve dentro de nosotros creando el querer como el hacer. En su comentario sobre esta carta dice: "Hermano, nosotros no somos esclavos obedeciendo un amo, sino que somos hijos obedeciendo un Padre amoroso." Eso es lo que hace los mandamientos de Dios no gravosos.

Dios no quiere que yo le obedezca por miedo. Yo tengo que decir que obediencia por miedo, a eso sí es obediencia, porque al fin de cuentas es obediencia, pero es una obediencia inmadura. Eso no hace lucir bien a Dios para nada, en lo más mínimo. El mundo que mira hacia dentro dice: "Sí, obedecen. En primer lugar, los pobrecitos, cómo viven muertos de miedo, porque si desobedecen..." No. Dios quiere que el mundo mire hacia su pueblo y diga: "¡Increíble! Mira esa gente, mira cómo obedecen, con el gozo que obedecen y la facilidad que tienen para obedecer, porque lo hacen por amor. ¿Qué es lo que ellos tienen que les hace el cumplimiento de esos mandamientos tan fácil y a mí tan pesado?" Tú me puedes decir: "¿Quieres saber qué es?" Es el Espíritu de Dios que mora en nosotros.

Spurgeon va un poco más allá y él dice, déjenme encontrar mi cosita. Dice que la obediencia que no es voluntaria es desobediencia, porque el Señor mira al corazón, y si Él ve que le servimos por la fuerza y no porque le amamos, rechazará nuestra ofrenda. Dios mira al corazón, y si sabe que te cuesta tanto dándole lo que me estás dando, mejor no me lo des. Ustedes, padres, yo sé que han visto o han dicho cosas similares a sus hijos. Le han pedido algo a su hijo o hija y ha ido a hacerlo refunfuñando, decimos nosotros en nuestro país, quejándose. Y han podido decir, o quizás han oído a otros decir: "No, no, no. Si lo vas a hacer peleando, mejor no lo hagas."

Dios le dice al pueblo judío a través de Malaquías: "¿Sabes qué? Si me vas a traer estos corderos por miedo a que yo te castigue, me los vas a traer ciegos y cojos, no me los traigas. Yo no quiero tu ofrenda." Dios le dice al pueblo judío cuando van a crear el tabernáculo: "Toma una ofrenda de todo el que quiere traerla voluntariamente. No lo obligues. El que no la quiere traer, que no la traiga." Porque Dios no necesita lo que yo le doy; Dios quiere mi disposición interior.

Escucha qué más dice Spurgeon acerca de esto, hermano: "No puedes esperar que Dios te escuche si tú no lo escuchas, y cuando le pidas a Dios no puedes imaginar que Él te dará lo que pides si tú no le das lo que Él te pide." Conciso, preciso, claro. No pienses que Dios te va a escuchar si tú no le escuchas, y cuando tú ores y pidas, no pienses que Dios te va a dar si tú todavía no le has dado lo que Él te ha pedido.

¿Te das cuenta de la importancia que tiene para Dios que yo le ame? Y Él me ha dado lo que se requiere para yo poderle amar. El mundo no tiene que ver a una persona como yo obedeciendo a un Dios severo, como si Dios lo fuera, que no lo es. El mundo necesita ver a una persona como yo obedeciendo a un Dios amoroso en quien yo me deleito en obedecer, precisamente por lo hermoso de sus mandamientos.

Si nosotros miramos los preceptos de Dios como pesados, yo tengo que preguntarme, y en la medida en que resumimos este mensaje tengo que hacerme una, dos, tres preguntas. Número uno: ¿Nací de nuevo? Porque si no nací de nuevo, es la explicación. Para el que no ha nacido de nuevo, estos mandamientos no solamente son gravosos, son imposibles. Dios lo dice, es una imposibilidad, no los puedes cumplir. Ok, eso es uno.

Quizás nací de nuevo. Ok, entonces, ¿por qué si nací de nuevo me están siendo todavía gravosos? Bueno, entonces tengo una lucha, y esa lucha es entre mi carne y mi alma. La que esté más desarrollada de las dos ganará la batalla. En la medida en que alimento mi alma, vencer los deseos de la carne será fácil. Porque sabes que muchas veces ni ahí están; la carne ni lo quiere. Si alimentamos los deseos de la carne, entonces los deseos del alma no están, lo que implica que no puedo obedecer, no tengo el deseo para obedecer, lo que implica que tampoco estoy amando a Dios, porque el texto de hoy nos dice que esto es el amor de Dios: que guardemos sus mandamientos. ¿Qué estoy alimentando? ¿Qué estoy cultivando? ¿Qué estoy cuidando? Porque literalmente eso es como se da la respuesta.

Entonces, la pregunta de reflexión en la conclusión: ¿Para dónde está tu mirada? ¿Para arriba, para el mundo? ¿Dónde está el mundo para nosotros? ¿Atrás, adelante, o en mi interior? ¿Cómo es eso, pastor? Bueno, cuando está verdaderamente atrás, implica que yo estoy en el reino de los cielos y estoy teniendo victoria y vivo victorioso. La carne tendrá su lucha, pero en sentido general yo llevo una vida de victoria sobre los deseos de la carne, y yo puedo entonces afirmar y atestiguar: "Los mandamientos de Dios no son gravosos."

Si está adelante, es porque todavía no me he convertido. El mundo es mi meta, yo voy para el mundo, yo quiero el mundo. ¿Y cómo es esto de que está adentro? Cuando yo nazco de nuevo, Dios me saca del mundo, pero no ha podido sacar el mundo de mí. Sacamos al pueblo de Egipto, pero Egipto nunca salió de dentro de ellos. Siempre querían los pepinos y las cebollas, como si esa cosa fuera filete, y de eso se acordaban. ¿Dónde está el mundo? ¿Detrás, delante, dentro?

¿Qué es lo que tú estás deseando hoy? Eso que deseas, que no has podido dejar de hacer, ¿corresponde a tu carne o a tu alma? Porque si es de la carne, no tiene mucho valor que continúes tras eso. Cuando lo tengas, descubrirás: "Estoy tan insatisfecho como antes de haberlo tenido."

Y entonces, ¿cómo triunfo, pastor? No me deje aquí. No, no la voy a dejar ahí. ¿Cómo triunfo? Bueno, ¿usted estudia la Palabra? No la leo, ¿usted la estudia? Cuando usted estudia la Palabra, descubre su profundidad. Al descubrir su profundidad, descubre la hermosura de Dios. Cuando descubre la hermosura de Dios, la hermosura de Dios cautiva su alma, y estas otras hermosuras del mundo palidecen. A partir de ahí, usted verá a otras personas correr tras cosas y usted dirá: "¿Qué será lo que le ven?" Y alguien tendrá que venir y decirte: "Sabes qué, no hables muy duro, que tú estabas ahí una vez." "Ah, sí, verdad." Pero te darás cuenta que hay cosas que están tan lejos que tú ni te acuerdas que tú hacías eso antes, no tienes la menor intención de volver a eso.

Dejarás de preguntar: "¿Qué tiene de malo?" El alma nunca se ha preguntado eso. Nunca el alma suya propia, no Dios, su alma regenerada, dentro, nunca se ha preguntado qué tiene de malo, porque ya sabe que lo único que tiene de bueno son aquellas cosas que le alimentan, y ella siempre sabe cuáles son.

¿Qué es lo que la Palabra dice? Pon tu fe en eso y confías en eso. Porque el versículo 5 de este texto dice que nadie ha vencido al mundo sin poner su fe en la persona de Jesús, en lo que le ha dicho. Cultivas esa mente de extranjero y peregrino, de pasajero que está pasando por el camino. Entonces, de repente, tú comienzas a sentir que tu corazón cambiado, ayudado por el Espíritu que mora en ti, ahora comienza a obedecer a Dios porque ama a Dios. Y ahora la obediencia se torna mucho más fácil, placentera, incluso buscada, porque ahora es por amor. Ya no es un peso, ya no es una lucha, es lo que quiero hacer. Y cuando violo eso, rápidamente regreso, porque me doy cuenta: "Sabes qué, lo violé, pero no me produjo absolutamente nada de satisfacción. Cinco segundos, un minuto, cinco minutos, se fue, ya no está aquí, vino y se fue."

Nos hace falta más mente de peregrino y extranjero. Y sabes qué, miras la cruz, ahí donde tiene que regresar nuestra mirada continuamente, y decir: "El Mesías que ahí murió merece que yo tome mi cruz cada día y la lleve, y yo pueda vivir..." La cruz no es un evento, es una forma de vivir. Cristo dijo: "Toma tu cruz cada día." Entonces, ese Mesías que murió en la cruz por mí merece que yo viva una vida de cruz. Y ahí tú vas a encontrar el deleite y el placer que venías anhelando por tanto tiempo, que creías que lo ibas a encontrar por otros caminos, pero que solamente el alma regenerada puede disfrutar.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.