IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Dios no se ha quedado sin testificar acerca de su Hijo. En 1 Juan 5, la palabra "testimonio" aparece nueve veces, revelando que el tema central es precisamente cómo el Padre ha dado evidencia contundente de quién es Jesucristo. Cuando Cristo fue bautizado en el Jordán, los cielos se abrieron y se oyó la voz del Padre declarando: "Este es mi hijo amado en quien tengo complacencia". Cuando derramó su sangre en la cruz, aunque el Padre guardó silencio, el cielo se oscureció, la tierra tembló, el velo del templo se rasgó, y el centurión quedó convencido sin necesidad de palabras: "Verdaderamente este era un hombre justo". El Espíritu también testifica, pues inspiró las Escrituras de manera infalible y congruente, y hoy abre los ojos de quienes no creían para que entiendan la verdad.
El problema no es que el testimonio de Dios sea insuficiente; el problema es que el hombre rehúsa creerlo. Le creemos al chef que nunca hemos visto, al médico que apenas conocemos, al mozo que nos recomienda un plato, pero no a Dios. La razón es clara: creerle al chef no implica rendirle cuentas, pero creerle a Dios sí. Juan advierte que quien no cree hace a Dios mentiroso, porque rechaza un testimonio que ha sido plenamente dado.
El testimonio es este: que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. Tener al Hijo no es simplemente decir "yo creo", ni visitar la iglesia ocasionalmente. Es vivir por él, para él, sometidos a su voluntad. Juan escribió para que quienes han creído sepan con certeza que tienen vida eterna, una vida que no comienza al morir sino al nacer de nuevo, y que permanece para siempre.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
1 de Juan, capítulo 5, versículo 6. Vamos a estar leyendo desde el 6 hasta el versículo 13. El texto de 1 Juan, capítulo 5, versículo 6, comienza de esta manera: "Este es el que vino mediante agua y sangre, Jesucristo; no solo con agua, sino con agua y con sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad. Porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo; y estos tres son uno. Y tres son los que dan testimonio en la tierra: el Espíritu, el agua y la sangre; y los tres concuerdan. Si recibimos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios; porque este es el testimonio de Dios, que ha dado testimonio acerca de su Hijo. El que cree en el Hijo de Dios tiene el testimonio en sí mismo; el que no cree a Dios, le ha hecho mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado respecto a su Hijo. Y el testimonio es este: que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo tiene la vida; y el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida. Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios, para que sepáis que tenéis vida eterna."
En el texto que yo acabo de leer hay una palabra recurrente, y su frecuencia nos deja ver inmediatamente que esa debe ser la palabra clave. Me estoy refiriendo a la palabra "testimonio", que aparece unas diez veces en el texto que yo acabo de leer tal cual lo expuse. Y menciono eso porque quiero hacer una aclaración introductoria que, a pesar de tener más bien un interés académico, yo creo que tiene cierto interés que usted también lo sepa. Las palabras que aparecen en el versículo 7 casi por entero no están en los mejores manuscritos del griego. Es un verso que no aparece en los manuscritos anteriores al siglo XVI, y con toda probabilidad es un verso que no es parte de la versión original inspirada por Dios. Sin embargo, independientemente de que esté o no esté ahí, el contenido, el significado del texto no cambia en lo más mínimo.
El texto, en vez de decir —yo quiero leértelo para que entiendas—, en vez de decir "porque tres son los que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno", simplemente debiera decir "y tres son los que dan testimonio". Más nada. Ahora, algunos de ustedes preguntarán: ¿y cómo es que esas palabras llegaron allí si no eran parte del texto original? Bueno, los detalles escapan a lo que sería el interés de este sermón, el énfasis de este sermón. Sin embargo, si usted quiere la explicación detallada, escríbale al ministerio y le prometemos enviársela en el día de mañana.
En resumen, las palabras aparecen allí por influencia de la Vulgata, que es la traducción al latín hecha por Jerónimo en los años 400, y luego formaron parte de lo que se conoció como el Textus Receptus, a partir del cual se hicieron nuestras traducciones modernas. Pero si usted ve las traducciones modernas, al pie de la página le va a indicar que esas palabras no estaban ahí.
De tal forma que, si sacamos este texto de ahí, la palabra "testimonio" todavía continúa apareciendo nueve veces, lo cual es sumamente frecuente en un texto tan corto. La raíz de esa palabra en el original es "martus", una raíz que aparece 175 veces en el Nuevo Testamento, y eso nos ayuda a nosotros a entender qué tan central es la idea de testificar a toda la historia del Nuevo Testamento. 175 veces el Nuevo Testamento hace alusión al hecho de que algún testimonio alguien ha dado acerca de algo o de alguien, y en este caso Juan está tratando de enfatizar precisamente la misma idea.
Tenemos que hacer varias preguntas que las vamos a hacer en un momento, pero yo quiero también que sepas que la palabra o la raíz "martus" es la misma raíz de nuestra palabra "mártir". De tal forma que un mártir no es más que alguien que ha testificado de la persona de Jesús, excepto que ha ido más allá de testificar con meras palabras. Sus palabras le costaron su vida, y por tanto un mártir es alguien que ha testificado de palabra y de hecho, hasta pagar con su vida por el testimonio que le había brindado a aquellos que le escuchaban. Y esa es la raíz de esta palabra clave que nosotros tenemos en el texto.
La palabra "testificar" es importante recordar eso, porque cuando tú tratas de analizar un texto, la idea de extraer la idea central del texto es para que tú puedas entender, de la mejor manera posible, todo lo que el autor estaba tratando de decir. Y en el caso de hoy, donde aparece una frase tan extraña como esta, que Cristo vino mediante agua y sangre, ¿qué quiso Juan decir con esto? Algo que ha dado mucha tela que cortar a muchos estudiosos. Pero si tenemos en cuenta la idea de que la palabra central y la idea central de este texto es testificar, cualquier cosa que Juan haya querido decir acerca del agua y de la sangre tenía que tener alguna relación con la idea de testimonio, de testificar.
Entonces yo tengo tres preguntas para el texto de hoy. Número uno: ¿del testimonio de quién está Juan hablando? Número dos: ¿quién está testificando? Y número tres: ¿cuál es el testimonio? Vamos a ver si podemos responder esas preguntas a partir del texto.
La primera pregunta: ¿del testimonio de quién está Juan hablando? Versículo seis: "Este es el que vino mediante agua y sangre, Jesucristo; no solo con agua, sino con agua y con sangre. Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad." Juan está tratando de esclarecer, de amplificar, ayudarnos a entender que el testimonio de Jesucristo ha venido de cierta manera, llegado hasta nosotros, ha sido avalado de cierta forma. Pero el testimonio es de Cristo. Esa es la respuesta a nuestra primera pregunta: ¿de quién es el testimonio? Bueno, el testimonio es de Cristo, aquel que vino por medio del agua y de la sangre.
Como no estamos seguros, y nadie ha estado seguro exactamente de lo que esta frase significa, lo mejor es tratar de hacer lo que se supone que debemos hacer siempre que intentamos interpretar la Palabra: dejar que las Escrituras interpreten las Escrituras, número uno. Y número dos, cualquier cosa que vayamos a decir acerca del agua y de la sangre debe guardar una relación con la idea de testificar, porque eso es de lo que Juan está hablando a lo largo de todo el texto.
Si tú piensas en el agua, tú piensas en la sangre, ¿qué relación guardan esos dos elementos con la idea de testificar? Múltiples ideas han surgido, pero quizás la que más ha calado en la mente de muchos estudiosos, y yo creo que tiene mucha lógica, es el hecho de que cuando Cristo vino y fue bautizado por Juan el Bautista en medio de las aguas, el Padre testificó. Los cielos se abrieron, se oyó una voz, se escuchó al Padre decir: "Este es mi Hijo amado, en quien yo tengo complacencia." En ese momento el Padre hizo descender el Espíritu Santo en forma de paloma, un símbolo externo de lo que estaba ocurriendo internamente. Y eso ocurre precisamente estando Cristo en medio de las aguas del Jordán. Cristo fue testificado por el Padre, testimoniado por el Padre en medio de las aguas.
Y de hecho, cuando Juan el Bautista viene, él dice que la única razón por la que él vino fue para que el Mesías fuera presentado, fuera revelado a la nación de Israel. La única razón por la que él vino bautizando con agua fue para que el Mesías fuera revelado a Israel. ¿Cómo y cuándo fue el Mesías revelado a Israel? Cuando los cielos se abrieron y el Padre testificó y dijo: "Este es mi Hijo amado, en quien yo tengo complacencia." De manera que muchos entienden, y yo creo que tiene mucha lógica, que el hecho de que Juan ahora está tratando de ayudarnos a entender cómo Dios testificó de su Hijo tiene que ver con el agua y con la sangre. Esta es la primera explicación.
Pero, ¿qué tiene que ver la sangre con testificar, y sobre todo con el testimonio de Dios? Porque se va a ver algo que nosotros vamos a ver en la respuesta a nuestra segunda pregunta: ¿quién es el que está testificando? Es Dios quien está testificando. De manera que, ¿cómo Dios, cuándo Dios testifica en relación a la sangre? Bueno, si piensas entonces en cuando Cristo derramó su sangre en la cruz, en esta ocasión Dios no abrió su boca. En esta ocasión los cielos no se abrieron; quizás en cierta medida los cielos se cerraron. Y Dios no abrió su boca, guardó silencio ante el horror de lo que ahí estaba ocurriendo.
Y todo el cielo se oscureció, nos dice Mateo 27. Y no solamente se oscureció el cielo, sino que el suelo tembló, el velo del templo se rasgó en dos, los sepulcros se abrieron, y muchos que estaban muertos resucitaron y fueron a sus familiares. Y el testimonio de Dios, quien no habló ese día, fue tan contundente que el centurión, al pie de la cruz, dijo: "Verdaderamente, este era un hombre justo." El centurión quedó convencido, sin palabras, por el testimonio que Dios Padre acababa de dar acerca de quién había muerto en esa cruz.
Y ahora Juan dice que Cristo vino testificado por el Padre mediante el agua y mediante la sangre. Y ahora quizás entendemos mejor esta frase de Juan, que como nosotros no vivimos en su tiempo, quizás no sabemos qué tan común era a los seguidores de Cristo, a los cristianos de aquella época.
Ambos símbolos enfatizan de hecho una misión, la misión de Cristo en la tierra como hombre. Ambos símbolos nos hablan de para qué Él vino, cómo Él vino, hasta el punto que cuando Juan el Bautista reconoce que este es el Mesías porque ve esta paloma descendiendo sobre Él —y él había sido informado que el Mesías sería aquella persona sobre quien la paloma descendiera—, cuando él ve la paloma descender sobre el Mesías, yo me imagino el espanto de Juan. Él no quiere bautizarlo. Él entiende: "¿Quién soy yo para bautizar al Hijo de Dios, la segunda persona de la Trinidad?" Y Cristo le informa: "Juan, ¿sabes qué? Yo no he venido a ti en función de Dios, de lo contrario yo estaría bautizándote. Yo he venido como hombre; procede para que cumplamos toda justicia."
Y cuando Cristo muere en la cruz y derrama su sangre, el derramamiento de sangre también enfatizaba su misión como hombre, porque en primer lugar para eso Él vino: para morir en sustitución mía, en sustitución del hombre, a pagar la deuda que el hombre había contraído. Y aún más, para los gnósticos que no creían que Cristo había venido en carne y sangre, sino que era más bien un espíritu, el derramamiento de su sangre era significativo de que ciertamente la persona que había muerto allí era un hombre como nosotros. Pero no era simplemente un hombre como nosotros; era el Dios hecho hombre.
Y todo esto entonces le brinda credibilidad al testimonio que Dios ha dado acerca de su Hijo. Y Juan está tratando de ayudarnos a entender que Dios no se ha quedado sin testificar acerca de su Hijo, acerca de su verdad, que Dios ha dejado clara evidencia de lo que Él ha dicho. Y eso es importante, porque si el testimonio que Dios Padre da acerca de su Hijo no tiene credibilidad, entonces la enseñanza que el Hijo viene a traer al hombre tampoco tendría credibilidad. De tal forma que es necesario probar la contundencia del testimonio para poder creer la enseñanza de quien testifica. Y eso es precisamente lo que Juan está tratando de ayudarnos a entender: la credibilidad del testimonio de Dios ha sido establecida.
Y él dice al final del versículo 6: "Y el Espíritu es el que da testimonio, porque el Espíritu es la verdad." De hecho, el Espíritu Santo es llamado de diferentes maneras, y uno de sus nombres es el Espíritu de verdad. ¿De qué manera el Espíritu Santo ha testificado acerca de la misma verdad, acerca del mismo Hijo? Porque ya dijimos que la persona acerca de quien se está testificando es Jesucristo. El Padre lo hizo en el río Jordán, el Padre lo hace en la cruz, pero el Espíritu Santo también da testimonio. ¿De qué manera el Espíritu Santo ha estado dando testimonio acerca del mismo Hijo?
Bueno, en el Antiguo Testamento inspiró a los profetas, le dio palabras a los profetas, le dio visiones y les ayudó a entender el Mesías: cómo vendría, dónde nacería, cómo viviría, cómo moriría. Les ayudó a entender, a ver cosas que todavía estaban cientos de años por ocurrir, cientos de años más adelante. Y sin embargo ya el Espíritu estaba testificando de que un día vendría ese Mesías.
El Espíritu Santo testificó cuando inspiró tanto el Antiguo Testamento como el Nuevo Testamento. Lo inspiró de una manera infalible y de una manera congruente, de tal manera que lo que Moisés escribe en el Génesis, pasan mil quinientos años después y todavía es congruente con lo que autores posteriores estarían escribiendo durante el tiempo del Nuevo Testamento. El Espíritu Santo testificó cuando inspiró infaliblemente y cuando inspiró congruentemente.
El Espíritu Santo dio testimonio de Jesús el día que descendió como una paloma. Recuerden, el Espíritu Santo no era la paloma; era el símbolo externo de lo que estaba ocurriendo internamente. Ese día Dios estaba ungiendo a su Hijo, que vino como hombre, lo estaba ungiendo con poder especial para una misión especial. Y le dio a Juan como símbolo la paloma para que él supiera quién era el Mesías, y nos permitió a nosotros ahora retrospectivamente saber lo que estaba ocurriendo ese día. Pero el Espíritu Santo dio testimonio ese día también.
Y el Espíritu Santo da testimonio hoy en día cuando en este salón, en cualquier otro salón, alguien que no cree tiene sus ojos abiertos y de repente comienza a entender la verdad que no había entendido. Pero la verdad que no había entendido tiene que ver con el Hijo, porque en el Hijo está la vida, en el Hijo está la vida eterna. De manera que tú puedes ver entonces de qué manera el testimonio del Espíritu, el testimonio dado en el Jordán y el testimonio dado el día que Él derrama su sangre eran congruentes.
Y eso es exactamente lo que el próximo versículo 8 dice: "El Espíritu y el agua y la sangre, y los tres concuerdan." En otras palabras, nuestra fe no es una fe ciega que tiene una verdad aquí, una verdad allí, una verdad aquí que no guardan relación, que tiene una verdad aquí que se contrapone o que es en contraposición a esta otra verdad que está en este otro lado. No, nuestra fe es una fe basada en verdades congruentes, escritas por cuarenta autores diferentes, separados por continentes diferentes, separados por cientos de años de distancia. Y sin embargo todo lo que escribieron era y es congruente al día de hoy. Es una fe que puede ser sometida a análisis y pasa el análisis. Dos mil años de análisis y todavía no lo han podido probar estar en el error.
Tres testigos es interesante, porque la Palabra de Dios establece en Deuteronomio 17 y Deuteronomio 19:15 que ningún testimonio puede ser establecido si no es por la palabra de dos o tres testigos. Y aquí Juan dice: tú tienes el testimonio del Espíritu, el testimonio de la sangre, el testimonio del agua, todos ellos concordando, congruentes, acerca de la persona de Jesús.
Bueno, ya sabemos de quién se estaba testificando. De hecho, comenzamos a responder ya quién estaba testificando. Dijimos que era Dios. De los tres miembros de la Trinidad, el Padre testificó, ya lo vimos, y el Espíritu testificó, ya lo vimos. El Hijo no está testificando en este caso en relación a lo que estamos diciendo, porque el testimonio es acerca de Él. Cuando el Hijo habla, Él testifica acerca de su Padre, pero cuando el Padre habla y cuando el Espíritu habla, ellos testifican acerca del Hijo. Entonces, ¿de quién es el testimonio? Del Hijo. ¿Quién testifica? Dios. Y lo hace la primera y la tercera persona de la Trinidad.
Si hay algo que queda claro es que Dios ha dado testimonio acerca del Hijo. Y sin embargo, a pesar de que Dios ha dado testimonio de su Hijo, el hombre rehúsa creer el testimonio que Dios da. Pero lo rehúsa creer no porque el testimonio no sea suficiente, no porque no tenga peso, no porque no tenga congruencia, no porque no haya suficiente. El testimonio él rehúsa creer porque no le conviene creer. Él sabe que una vez él comienza a creer el testimonio que Dios Padre ha dado acerca de su Hijo, él tiene problemas. Tú y yo tenemos problemas. Tenemos ahora que someternos, a rendir cuentas.
Y sin embargo nosotros estamos mucho más predispuestos a creer las palabras del hombre que las palabras de Dios. Usted va a un restaurante, ordena una comida, y usted se la come sin pensar si el chef pudo haber agregado algo que le hiciera daño. Usted no le ve la cara al chef, nunca lo ha visto, no lo conoce, no sabe ni siquiera si habla su idioma, y usted se la come sin mirar y decir: "Señor, que este chef no me haya envenenado." Es más, antes de pedir, en ocasiones usted a veces le dice al mozo: "¿Qué tú me recomiendas?" Y el mozo hace una recomendación de algo que usted nunca ha comido. "Dame eso." Porque usted se come lo del chef y se come la recomendación del mozo porque usted ha creído su palabra.
Usted va al médico. Usted llama a una amiga: "Mira, yo tengo un problema, ¿tú me puedes recomendar un médico?" "Sí, ve donde fulano." Usted va y entra a la oficina de un médico que usted nunca ha visto, que usted no sabe ni siquiera si es bueno o malo, si tiene integridad o no. Usted le cuenta sus problemas, él le receta una cosa que usted no sabe lo que es, usted se la toma, y usted no sabe ni siquiera si eso le va a hacer daño, bien o mal. ¿Y por qué usted se la toma? Porque usted cree las palabras del médico.
Y sin embargo, el médico habla, el chef cocina, usted le cree, se lo come, se la toma, pero no cree las palabras de Dios. ¿Por qué? ¿Cuál es la diferencia? "Claro, pastor, porque cuando yo me como la comida del chef yo no tengo que rendirle cuentas a él. Si me cayó mal, no tengo que decirle lo que me pasó después. Si el médico... si yo le creo al médico, yo no tengo que rendirle cuentas al médico. Es simplemente que me tomé esa medicina; si no me gustó, cambio de médico. Pero si le creo a Dios, yo tengo que comenzar a rendir cuentas." Y mi conciencia lo sabe, mi corazón lo sabe. "Es mejor, ¿cómo yo hago esto lo más anónimamente posible?"
Estaba en un centro médico ayer, y un médico me dice: "Voy a visitarte." Le digo: "Tú tienes seis meses visitándome, no me has visitado." Me dice: "Pero tú no confiesas, ¿verdad?" Que viene de un trasfondo donde se confiesa. Y se acercó. Le digo: "Bueno, no exactamente como tú estás pensando, pero si tú quieres yo te confieso." "No, no, no, eso es lo que yo quiero, que no me confieses." ¿Te das cuenta que nuestra conciencia sabe de qué estamos huyendo? Y el hombre sabe que si le cree a Dios él va a tener que rendirle cuentas. Entonces preferimos creerle al hombre mucho antes que a Dios.
Mira cómo Juan lo dice en el versículo 9: "Si recibimos el testimonio de los hombres, mayor es el testimonio de Dios, porque este es el testimonio de Dios, que Él ha dado testimonio acerca de su Hijo." Él ha comparado el testimonio del hombre con el testimonio de Dios. Y Juan nos está diciendo que si nosotros estamos dispuestos a creerle al hombre, ¿cómo es posible que no le creamos a Dios, que es mayor? Esto es un argumento del menor al mayor: le crees al menor, el hombre, ¿cómo no le vas a creer al mayor, que es Dios? No, no lo creemos porque no nos conviene, no queremos.
Y entonces Juan nos dice, nos da la respuesta, una parte de la respuesta a mi tercera pregunta. Mi tercera pregunta: ¿cuál es el testimonio? La primera, recuerda, era: ¿acerca de quién es el testimonio? Ya lo
Vimos a Cristo, quien está testificando. Bueno, es Dios, y lo hizo por medio del agua, de la sangre, del Espíritu. Y ahora la pregunta es: ¿cuál es el testimonio? Y esta es una pregunta que Juan responde. Oye y escucha esto otra vez: "Este es el testimonio, que Él ha dado testimonio acerca de su Hijo." Dios dice: "¿Tú quieres saber cuál es mi testimonio? Mi testimonio es que yo he dado testimonio acerca de mi Hijo. Que tú no me puedes decir que no lo he hecho. Que tú no me puedes decir que es insuficiente. Que tú no me puedes decir que no tiene las pruebas en las manos. Que tú no me puedes decir que yo no me he revelado." Ese es mi testimonio. ¿Y el tuyo?
¿Te das cuenta lo que Juan está tratando de ayudarnos a entender? Que la revelación de Dios ha sido clara, ha sido poderosa. Que Dios lo sabe, que es una afrenta enorme creerle al hombre cuando rehusamos creerle a Dios. Y que Dios ha testificado acerca de su Hijo. Cuando Dios abrió los cielos, cuando Dios rasgó los cielos y lo hizo oscuro a la muerte de su Hijo, le estaba testificando acerca de quién estaba allí. Cuando el Dios que abre su boca y el universo entero se crea, se forma, abre la misma boca y da testimonio de su Hijo, eso debió haber sido abrumador.
La verdad de Dios debe ser tan abrumadora, tan contundente, porque viene del Creador de los cielos y la tierra. Nosotros pensamos en la creación, en ese momento en que Dios abre su boca y los universos, las galaxias son creadas. La misma boca se abrió para testificar acerca de su Hijo, pero no tiene el mismo impacto en nosotros. ¿Por qué? Porque lo otro, su impacto es intelectual: la formación del universo, el cosmos, los planetas, las galaxias. La otra connotación es moral, tiene que ver con mi conciencia, mi voluntad. Y entonces nosotros decidimos cerrar los oídos.
"El que cree en el Hijo tiene el testimonio en sí mismo. El que no cree a Dios, ha hecho a Dios mentiroso, porque no ha creído en el testimonio que Dios ha dado respecto a su Hijo." Interesante, ¿verdad? El que cree en el Hijo tiene el testimonio en sí mismo. Tú recuerdas, a ver si lo ves, lo que decía: que el que da testimonio es el Espíritu. Pero resulta que si tú has nacido de nuevo, si has sido regenerado, el Espíritu mora en ti. Y si mora en ti, claro que si tú crees en el Hijo, tú tienes el testimonio dentro de ti, porque tienes el Espíritu dentro de ti, que es quien da testimonio. Y eso es congruente con lo que el apóstol Pablo dice en Romanos 8:16, que el Espíritu da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos.
¿Te das cuenta de la congruencia de la Palabra de Dios? Por un lado me dice que el que da testimonio es el Espíritu. Por otro lado me dice que el Espíritu vive dentro de mí. Por otro lado me dice entonces que si tú crees en el Hijo, el testimonio ahora está dentro de ti. Claro. Y también me dice en otro texto que es el Espíritu Santo que da testimonio a mi espíritu de que somos sus hijos. La congruencia de la Palabra de Dios: donde quiera que levantas una piedra, te encuentras con que la otra piedra estaba ahí primero. Y eso es como Dios ha inspirado su Palabra. Nadie puede decir que su testimonio no es convincente, no es concluyente.
Pero hay algo más en este texto, y yo no había considerado desde ese ángulo nunca, hasta que volví a leer este texto varias veces esta semana. Dice que el que no cree a Dios, no es simplemente como algo pasivo. No es como que: "Bueno, no creo." Juan dice que Dios considera, porque esto es Dios que inspira, que aquella persona que no cree a Dios dice con su acción y su actitud: "Dios es un mentiroso." Y eso no es poca cosa. Y si tú lo piensas bien, eso es exactamente como es. "El testimonio no lo ha dado", o "si lo ha dado, no sirve." En ambos casos, mi actitud frente a la revelación de Dios es una que dice: "No, Dios es un mentiroso." Y eso es exactamente lo que Dios está diciendo. No es tan pasivo. No creer en mí es sumamente pasivo-agresivo, porque tu pasividad de creer agrede mi revelación y me llamas mentiroso después de yo haber hablado. ¡Wow, esto es fuerte!
¿Cómo es posible que Dios nos envíe un profeta, otro profeta, otro profeta, y el pueblo de Israel prefirió todo el tiempo sus dioses ajenos hasta que eran oprimidos? Entonces se volvían al Dios verdadero, con lo cual ellos daban evidencia de que ellos sabían quién era el Dios verdadero. Porque, ¿por qué no se volvían a sus dioses ajenos en tiempos de tribulación? No. En los tiempos de bonanza nos volvemos a nuestros dioses ajenos para que ellos apoyen nuestra pecaminosidad. Y en los tiempos de tribulación, al verdadero Dios, para que nos saque de la tribulación. ¿Ya te das cuenta de que el hombre sabe la verdad?
"Bueno, porque bueno, ya pasaron esos tiempos." No, no, no, no. El día de hoy hay gente que sabe que Dios ha dicho que su Hijo abrió el trono, que todo lo que se nos va a conceder es en su nombre, que tú pides en su nombre, que Él tiene toda la autoridad. Habiendo oído eso, habiendo leído eso, van a un intermediario y le oran. Van a una estatua y le oran. Van a un santo y le oran. Es lo mismo, no hay diferencia. Pero en tiempos de tribulación buscan a alguien, como me está pasando en estos días. Buscan a alguien que conoce al Hijo, le dicen: "Ora a Él por mi situación." ¿Y por qué a Él? ¿Y por qué ahora? Porque tú sabes la verdad. Es que el ídolo te garantiza que tú puedes tener lo que tú quieres. El Hijo te garantiza que tú puedes tener lo que tú necesitas, aunque no sea lo que tú quieres. Pero eso no es lo que nosotros queremos.
Dios ha dado ese testimonio, y de lo contrario hacemos a Dios mentiroso. Dios dio testimonio de su Hijo. Aparece Maharishi, un anuncio en el periódico: "Curso de meditación trascendental", y ahí va el hombre, paga su dinero a coger un curso. Aparece Hare Krishna y ahí va el hombre a pagar su dinero. Aparece la Nueva Era y ahí va el hombre a pagar su dinero. Se pasa un platillo para que ofrenden a la iglesia de Dios: "¡Ah, son interesados!" ¿Te das cuenta del corazón del hombre? Él prefiere el intermediario porque en esos otros lugares que él fue le ofrecieron lo que quería oír.
Esto te dice lo que puede cambiar tu alma, que puede cambiar tu espíritu. El versículo 11 nos ayuda a ampliar el testimonio que Dios ha dado. Oye lo que dice. "Y el testimonio es este." Primero, Juan en el versículo 10, el testimonio es este: que Dios ha dado testimonio. Respuesta a respuesta b de cuál es el testimonio. Y esta es la respuesta: "Y el testimonio es este: que Dios nos ha dado vida eterna, y esta vida está en su Hijo."
De manera que ahora Juan me está ayudando a entender que Dios no solamente dio evidencia de quién era su Hijo, sino que cuando dio evidencia, esa evidencia al mismo tiempo trajo consigo la revelación de dónde estaba la vida eterna, cuál era el camino de la vida eterna. Me reveló a su Hijo y al mismo tiempo me reveló: "Si tú quieres la vida, está en ese Hijo, quien yo he revelado y de quien he testificado." Por eso es que Cristo viene y dice: "Yo soy el camino, la verdad y la vida." Y mi Padre ha revelado eso. La pregunta es si tú quieres seguirme, o si tú quieres irte por el camino de Buda, por el camino de la Nueva Era, por el camino de todas aquellas otras corrientes.
Pero, ¿por qué es que se nos hace más fácil creerle a esas otras corrientes, a esos intermediarios, antes que a Dios? Bueno, yo he hablado de alguna de las razones, pero déjame darte una o dos más. Déjame repetir una: Buda no te va a hacer rendir cuentas; Cristo sí. Razón número uno. Razón número dos: yo estaba pensando esta semana por qué es que nosotros creemos más fácil la mentira que la verdad, hasta que el Salmo 116 vino a mi mente. Entonces entendí. Salmo 116, Dios dice: "Todos los hombres son mentirosos", dice Dios. Eso cada vez que yo lo leo no me hace sentir bien para nada, pero es la verdad, porque Dios lo dice. Entonces, como en Andrógenos, "a cada cuero su condición", y yo soy mentiroso, yo entonces creo la mentira antes que la verdad.
Esa es otra razón poderosa, contundente: porque es más como yo. El problema es que la mentira es más como yo soy. Y como es más como yo soy, es más creíble. La verdad es distinta a lo que yo soy, y por tanto es más rechazable de parte mía. Y el hombre vive en negación. Es increíble nuestra capacidad de negación.
Mi esposa y yo hablamos de esto en ocasiones. Lo ilustro simplemente porque lo mismo pasa en el plano espiritual. "Señora, usted tiene la azúcar en 240. Eso implica que usted tiene diabetes." Próxima visita: "¿Está siguiendo su tratamiento?" "Bueno, a mí a veces me sube la azúcar, porque no es que yo tenga diabetes, pero como a veces me sube la azúcar..." "Señora, usted tiene diabetes." "¿Diabetes? Lo que yo tengo, ¿es diabetes?" Tres meses después está hablando con una amiga: "¿Y qué pasó?" "No, me dijeron que tengo la azúcar por gracia, que todavía no ha salido diabetes."
En el plano espiritual no es distinto. Dios dice: "Tú estás muerto en delitos y pecados", y no lo creo. Dios dice: "Tú necesitas vida a través de mi Hijo, por mi Hijo", y no lo creo. El hombre fuma y sabe que a otros les ha salido cáncer de pulmón, pero "a mí no me va a dar." El hombre vive en una total y absoluta negación. Pero lo único que él niega es aquello que él entiende que no le favorece. En el plano espiritual, el hombre hace exactamente lo mismo.
La vida está en el Hijo. Y si no tengo al Hijo, bueno, no tengo lo que tienen los demás. Entonces, si la vida está en el Hijo, ¿qué tiene Maharishi? ¿Qué tiene Hare Krishna? ¿Qué tiene Buda? Vida temporal en esta tierra y muerte eterna en la próxima vida. Eso es lo que yo tengo. No tienen más nada que ofrecer.
Para los que creen en Cristo, esta es súper obvio. No tienen ni más eso. Sabiendo que esto va a pasar y esto es temporal y esto es pasajero, "los sufrimientos presentes no son dignos de ser comparados con la gloria que ha de ser revelada." Es la razón por la que el libro "Tu mejor vida ahora" no es para creyentes. No puede ser. Si esto es mi mejor vida ahora, de dolor, de sufrimiento, de tristeza, de insatisfacciones, donde yo mismo a veces me encuentro insatisfecho conmigo mismo, si esta es mi mejor vida, yo sería el hombre más digno de lástima. No, mi mejor vida es después. Y ya creo que hay que escribir un libro que se llame "Tu mejor vida después", para hablar en el libro de cuál es la vida del creyente.
Para el creyente, si hay algo que lo anima es que sabes que hay un lugar que ojos humanos no han visto, que oídos no han oído, que nosotros no tenemos idea ni siquiera de cómo imaginarlo. Hay un lugar que está esperando por mí, y cuando yo llegue al lugar, yo no tengo que trabajarlo como Adán tenía que trabajar el Edén para prepararlo. No, Cristo lo ha preparado por mí. Fue de antemano a preparar una morada para mí, para que yo entre en su reino y lo encuentre preparado. El primer Adán no supo preparar el reino; el segundo Adán sí supo cómo hacerlo. Y es nuestra esperanza: mi mejor vida es después.
Nosotros vivimos en una vida de paradojas. Para aquellos que somos cristianos, como se ha dicho tantas veces, comenzando con que nosotros nacemos en un estado de muerte. Nació un niño, sí, pero está muerto. Yo sé que es una verdad contundente, sobre todo para aquellos de ustedes que acaban de tener un bebé, pero espiritualmente está muerto. Por eso es que el Unigénito tuvo que venir a morir, para que él pueda tener vida.
Vivimos una vida de paradojas. Nacemos en un estado de mortalidad. Yo vivo en esta tierra, pero soy un ciudadano de otro reino. Yo puedo tener mi cédula dominicana, pero yo no pertenezco a este mundo. Mi identidad no está en esta cédula. Mi verdadera identidad: yo tengo un Dios que no veo, pero es más real que cualquier cosa que yo tenga en la palma de mi mano. Mi Dios aparentemente no habla, pero sus hijos escuchan su voz.
Nosotros vivimos en este mundo de paradojas. El cristiano es promovido cuando él desciende. Él es más fuerte cuando él está más débil. Tú no quisieras vivir esa vida; es una vida totalmente contradictoria a lo que el mundo nos vende, nos dice. El mayor en el reino de los cielos está supuesto a servir al menor. Él muere para vivir. La manera de hallar su vida es perdiéndola. Y cuando él muere es cuando verdaderamente pasa al mundo de los vivos. ¿Y qué me vas a decir, que mi mejor vida es ahora? No, la Palabra dice que no. Mi mejor vida es después.
La relación entre el Hijo y la vida eterna. Versículo 2: "El que tiene al Hijo tiene la vida, y el que no tiene al Hijo de Dios no tiene la vida." No una vida, la vida. Entonces, pastor, ¿qué tiene el que no tiene al Hijo de Dios? Tiene la muerte. Ahora la pregunta es: ¿qué es tener al Hijo de Dios? Porque si hacemos encuesta en la calle de Santo Domingo o en cualquier parte dominicana, noventa y más por ciento dice que tiene al Hijo de Dios. Seguro, te lo puedo apostar. Entonces, ¿qué es tener al Hijo de Dios?
Bueno, quizás esta ilustración del matrimonio nos puede ayudar. Estar casado no es estar casado con una mujer equis. No es pensar en ella, como algunos piensan en Cristo. Estar casado no es escribirle una carta amorosa un día, como algunos le hacen una petición, una oración amorosa a Cristo un día. Estar casado no es llamarla cuando me siento solo, como algunos que llaman a Dios cuando se sienten solos y atribulados. Estar casado no es visitarla de vez en cuando, como algunos vienen a la iglesia. Estar casado no es desearla, como algunos desearían tener a Dios. Estar casado no es contar con ella cuando ella no cuenta conmigo, como algunos están contando con Dios, pero Dios nunca puede contar con ellos. Estar casado no es dar dinero para la casa y llenar las responsabilidades, como algunos ofrendan a Dios y llenan ciertas responsabilidades. No, no, no. Nada de eso. Muchas cosas yo tengo que hacer si estoy casado, pero no implican que estoy casado.
Estar casado es otra cosa. Es ser una sola carne con ella, de acuerdo a la Palabra, como yo estoy supuesto a ser uno con Cristo y en Cristo. Estar casado es tener una relación con ella, como yo debo tener una con mi Señor. Es sentir por las cosas que ella siente, como yo debo sentir por su causa. Por su causa vivo yo. Estar casado es identificarme con las cosas que mi esposa se identifica, como yo tengo que identificarme con las cosas del Señor. Estar casado es darme a ella, como se supone que yo me debo dar a Cristo.
Ahora entendemos mejor qué es tener al Hijo. Porque tener al Hijo no es simplemente decir "yo creo en él." No es ir a la iglesia. No es hacer muchas cosas. Tener al Hijo es vivir por él, vivir para él, vivir para su causa, someterme a su voluntad, buscar su señorío, someterme a sus leyes, hacer prosperar su reino, vivir de acuerdo a sus valores. Y todo eso es lo que Juan ha tratado de evidenciar a lo largo de su carta.
A lo largo de su carta, Juan ha estado tratando de ayudarnos a entender verdaderamente quién es un nacido de nuevo. Porque esta gente estaba viendo personas que estaban en la vida cristiana, que estaban saliendo de la fe cristiana, y estaban amedrentados algunos de ellos. Y Juan está tratando de afirmar a aquellos que se quedaron, aquellos que verdaderamente creían. Y él ha dicho algunas cosas que para algunos pudieron haber parecido hasta ofensivas en ocasiones, pero él está escribiendo para un grupo de personas específicas. Y él está tratando de hacer algo muy específico con esta carta.
Finalmente llegamos a este versículo donde Juan dice claramente para quién él está escribiendo y para qué él está escribiendo. Déjame leer el versículo 13, que fue el último versículo del texto que yo leí esta mañana: "Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios." Aquí está a quién Juan está escribiendo. Escucha otra vez: "Estas cosas os he escrito a vosotros que creéis en el nombre del Hijo de Dios." ¿Para qué, Juan? "Para que sepáis que tenéis vida eterna." Para que no tengas dudas. Para que no andes en incertidumbre. Para que tu fe no sea removida. Para que no andes pensando si la tengo o no la tengo. Vosotros que habéis creído, a vosotros escribo para que tengan certidumbre de que tienen vida eterna.
El Evangelio de Juan no les escribió para el mismo grupo de personas. Él dice cosas muy, muy similares a las que yo acabo de leer, pero no les escribió para el mismo grupo de personas. El Evangelio, ¿para qué es? Para evangelizar. Entonces debió haberle escrito para incrédulos. Claro, tú escribes una carta a quien tú conoces. Tú no escribes una carta a un desconocido. Este grupo era conocido de Juan, conocido de Dios. Esta carta era para ellos. El Evangelio fue para incrédulos.
Mira cómo Juan lo dice claramente en Juan 20:31, las siguientes palabras: "Pero estas se han escrito para que creáis." Para que creáis, ¿qué? "Que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que al creer tengáis vida en su nombre." Dos audiencias, una misma verdad. A ustedes que han creído, les escribo para que sepáis que tenéis vida eterna. A vosotros que no han creído, les he escrito este Evangelio para que creáis que Jesús es el Hijo de Dios, y al creer podéis tener la misma vida eterna de que les voy a hablar en mi primera carta cuando yo escriba esa carta. La misma verdad, el mismo tema, dos audiencias.
¿Te das cuenta de cómo la audiencia hace que tú cambies tu mensaje? O más bien, que tú cambies la manera como vas a entregar el mensaje. Porque la primera audiencia no tuvo un mensaje distinto a la segunda audiencia. Unas palabras fueron dadas para adquirir vida eterna, y las otras palabras fueron dadas para que supieran que ya la tenían.
La pregunta entonces de cierre y de conclusión sería: ¿qué es la vida eterna? Porque ya hablamos acerca de quién testifica, según Juan. Hablamos de quién estaba testificando. Hablamos de cuál era el testimonio: el testimonio de que Dios había dado testimonio, y de que la vida estaba en el Hijo, específicamente la vida eterna. La próxima pregunta es entonces: ¿qué es la vida eterna?
Bueno, si usamos las palabras de Cristo literalmente, pero tendríamos que entenderlas, Cristo lo diría de esta manera: "Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, Padre, y a tu Hijo, a quien tú enviaste." Ok, eso me define dónde la encuentro, cómo la encuentro, quién la da. Pero ahora necesito hacer uso del resto de lo que Cristo enseñó para entender qué es la vida eterna.
No es un estado al que yo paso cuando me muero, porque todo el mundo va a entrar a un estado eterno cuando se muera, sin excepción. Unos de muerte eterna y otros de vida eterna. Pero la vida eterna no comienza cuando yo me muero. De hecho, si cuando yo me muero yo no entro al próximo lugar con vida eterna, tengo problemas. Porque la vida eterna yo la tengo en esta tierra. Yo lo que hago al morir es que paso a un lugar donde finalmente me han quitado aquello: la carne, este cuerpo, esta cárcel, este cuerpo de muerte de que hablaba Pablo. Donde finalmente me han quitado esa prisión que me impedía tener todos los beneficios de la vida eterna que yo tenía. Pero no comienza al morir. Comienza aquí, al nacer de nuevo. Y al morir, yo simplemente continúo lo que ya Dios me había dado. Y es llamada vida porque yo estaba muerto en delitos y pecados. Y es llamada eterna porque no la puedo perder desde el momento en que comienza, para el resto de mi existencia.
Ahora piensa un momento: ¿quién puede tener vida eterna, que no muere? Dios. Por tanto, algo tiene que pasar en mí que me dé cierta participación en la naturaleza de Dios para yo poder tener vida eterna, porque solamente Dios la puede tener. Y ese es exactamente lo que ocurre: que en el nuevo nacimiento, el Espíritu de Dios viene a mí, mora en mí. El Espíritu Santo, la Trinidad, viene a mi interior, se fusiona con mi espíritu. Porque ahora yo no tengo adentro dos espíritus. Yo no tengo el espíritu mío y el Espíritu Santo viviendo como que cuando yo me muero el Espíritu para un lado y mi espíritu para otro. No es como ocurre, sino que el Espíritu... Dios me ha dado, Juan lo leímos uno o dos mensajes atrás, Dios me ha dado de su Espíritu. El Espíritu no puede ser contenido dentro de mí. Él me ha dado de su Espíritu, a todo el mundo. Y entonces ahora mi espíritu, regenerado por su Espíritu cuando recibe el nuevo nacimiento, entra a un estado de vida eterna que él jamás puede perder.
Si eso no se da, yo permanezco en la muerte. Pero entonces esa muerte eterna implica no solamente la ausencia de Dios, sino la ausencia de todo lo que está relacionado a Dios.
Todo lo que está relacionado a Dios: vida, luz, verdad, amor, bondad, paciencia, ¿qué más? Misericordia, gracia, ¿qué más? Perdón, benignidad, mansedumbre, dominio propio, ¿qué más? Fe, perdón, paz, gozo. ¿Sabes qué? Nada de eso va a estar presente en el infierno. No es simplemente que yo voy a un lugar donde Dios no está, pero están mis amigos aquí. No, ellos no van a lucir como tus amigos ni tú los vas a ver como tus amigos, porque la única razón por la cual aquellos eran tus amigos es por ese viso de Dios que todavía permanecía en ellos. En el infierno es la ausencia de Dios y todo lo que le representa.
Por eso es que Cristo habla de este estado de una forma tan increíble, donde hay llanto y crujir de dientes. Donde este está en llanto y el otro está en llanto y el otro está en llanto y el otro está en llanto. Donde no hay nadie que pueda venir en mi socorro y decirme: "Yo te entiendo, hermano." A nadie le va a importar, porque tratar de tener empatía con el otro es algo que viene de la presencia de Dios en el mundo, en nosotros, en la imagen de Dios en el hombre, perdida en el infierno para siempre.
Te hago esa aclaración, hermano, porque tú y yo necesitamos vivir tan agradecidos de Dios por una salvación tan grande. Porque tú y yo tenemos que contemplar y contemplar con temor y temblor esta salvación inmerecida y de lo que nos han evitado, hermanos. ¿Y te das cuenta por qué tú y yo, lo digo por mí mismo, necesitamos más sensibilidad hacia aquellos que están perdidos? Necesitamos un corazón como el de Moody, que lloraba por los perdidos. Como el de Cristo, mejor todavía, que lloraba por los perdidos: "¡Oh Jerusalén, oh Jerusalén!" "Mujeres, no lloréis por mí, llorad por vosotros, por vuestros hijos."
Cristo nos llama a llorar por aquellos que están perdidos. Para eso en los días de la cruz, de eso se trata la cruz. "Pastor, pero la elección es de Dios." Escúcheme, que el Hijo, Cristo, lloró por los perdidos. Si hay alguien que sabía quiénes eran elegidos o no, era Él, y Él lloró por los perdidos. Que Dios nos dé sensibilidad a ti y a mí, de la que su Hijo tuvo por aquellos que no le conocen.