Integridad y Sabiduria
Sermones

El amor por mi hermano como prueba de mi conversión

Miguel Núñez 22 noviembre, 2009

El amor genuino por los hermanos en la fe es una de las evidencias más claras de que alguien ha nacido de nuevo. Juan lo dice sin ambigüedad: el que ama a su hermano permanece en la luz; el que lo aborrece permanece en tinieblas. No hay zona gris. La permanencia en el amor no es opcional para el cristiano, es la marca visible de una transformación sobrenatural. Por eso Juan insiste: "Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos."

Pero amar no es lo que muchas veces creemos. Decir "no puedo estar sin ti" o "te necesito" no es amor, es amor propio disfrazado. Cumplir con las responsabilidades tampoco lo es; eso es sentido del deber, algo que hasta un ateo puede tener. El amor verdadero no demanda, da. No quita, no daña, no se aprovecha, no cansa, no se impone. El que ama a su hermano no le sirve de piedra de tropiezo. Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿he sido yo tropiezo para mi esposo, mi esposa, mis hijos, mi hermano en la fe, con mi ira, con mi forma de hablar, con mis demandas?

Primera de Corintios 13, aunque lo usamos en bodas, fue escrito en el contexto de la iglesia local. El amor es paciente —permanecer mucho tiempo bajo calor sin irritarse—, es bondadoso, no envidia, no es arrogante, no busca lo suyo. El problema de la irritación no es temperamento; es falta de amor. Si maldecía antes y maldigo ahora, si era áspero antes y lo sigo siendo, quizás el nuevo nacimiento nunca ocurrió. Y si ese es el caso, el llamado es claro: arrepentirse y pedir a Dios lo que solo él puede dar.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Primera de Juan! Capítulo 2, para continuar con nuestra serie que ya iniciamos hace varias semanas atrás. Yo quiero leer el texto, para luego entonces hacer una muy breve introducción y pausar y presentarnos nuevamente ante Dios para la exposición de la Palabra, comenzando en el versículo 7.

Amados, no os escribo un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo que habéis tenido desde el principio. El mandamiento antiguo es la palabra que habéis oído. Por otra parte, os escribo un mandamiento nuevo, el cual es verdadero en Él y en vosotros, porque las tinieblas van pasando y la luz verdadera ya está alumbrando. El que dice que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en tinieblas. El que ama a su hermano permanece en la luz y no hay causa de tropiezo en él. Pero el que aborrece a su hermano está en tinieblas y anda en tinieblas y no sabe a dónde va, porque las tinieblas han cegado sus ojos.

Padre, gracias. La claridad de tu Palabra, la dirección de tu Espíritu, la convicción que produce. En esta mañana queremos presentarnos delante de ti una vez más, reconociendo que la persona que inspiró esta Palabra es tu Espíritu, y pidiendo que ese mismo Espíritu pueda guiarnos a toda verdad en este momento. Ayúdanos a glorificarte por medio de la predicación de tu Palabra. Como te cantábamos, glorifícate, exáltate. En tu nombre, Jesús. Amén, amén.

Por lo tanto, con las directrices o la estructura que le hemos dado a los últimos mensajes, yo quiero una vez más en el día de hoy básicamente exponer una sola verdad, un solo principio: el amor por el hermano como evidencia de mi conversión. La palabra clave es un verbo: amar. Y la pregunta que yo quiero que respondamos a lo largo de la exposición es esta: ¿qué significa amar al hermano y qué no es amar a ese hermano?

Yo creo que una vez más Juan parece preocupado. Yo creo que esa es la palabra: preocupado por algunos que están entre ellos, que dicen ser creyentes, pero que no están dando evidencias de serlo. Y en este caso, porque la manera como tratan a sus hermanos no es la forma como se espera que un cristiano lo haga. Y quizás de manera primordial, Juan tenía en mente a ese grupo de gnósticos que entendían que la salvación se adquiría a través de una serie de conocimientos secretos que solamente un grupo o una élite podía obtener. Y quizás en su elitismo, ellos no estaban evidenciando amor por aquellos que verdaderamente sí estaban en la fe.

Quizás es lo que Juan tenía en mente de manera primaria, pero de manera secundaria, yo creo que con toda probabilidad Juan nos estaba hablando a nosotros también y a todas las iglesias a lo largo de los siglos. Y es que si hay algo que nosotros sabemos, es que cuando uno nace de nuevo, debe producirse con el nuevo nacimiento un nuevo amor hacia aquellos que también han nacido de nuevo. Y que la ausencia de ese amor especial del uno por el otro debe hablarnos a nosotros en contra de esa transformación que se debe haber dado en mí. De manera que el amor que tengo o no tengo por mi hermano habla en favor o en contra de mi conversión o nuevo nacimiento.

A lo largo del Evangelio que lleva su nombre, el Evangelio de Juan, y de estas cartas, y sobre todo de esta primera carta, Juan usa la palabra luz para referirse al reino de Dios, a aquellos que han nacido de nuevo, y usa la palabra tinieblas u oscuridad para referirse al mundo de pecado o al reino de Satanás o a la condición de la persona incrédula que aún no ha nacido de nuevo. Y entonces en ese contexto él dice que el que está en la luz y aborrece a su hermano está aún en tinieblas, que es otra forma de decir: el que dice ser creyente y aborrece a su hermano, ese todavía es incrédulo. Esa es la manera negativa como él lo dice, pero él dice la misma verdad de una forma positiva cuando afirma lo siguiente: el que ama a su hermano permanece en la luz. El que ama a su hermano permanece en la luz; el que lo aborrece no es creyente.

John Phillips, en su comentario acerca de esta epístola de Juan, dice que la palabra que Juan traduce como permanecer es la palabra "menō", que significa exactamente eso: permanecer o continuar. Y que es una palabra favorita de Juan. Es una palabra que usa no menos de 41 veces en el Evangelio de Juan, 26 veces en sus cartas, y que Juan con frecuencia hace uso de la misma porque él entiende que la permanencia es la evidencia de que verdaderamente soy creyente.

En otras palabras, la preocupación que a veces nosotros tenemos de que alguien que estaba en la fe se fue al mundo y se perdió por falta de cuidado, Juan dice: no, esa no es la manera como debe ser visto. La manera como debe ser visto es que la falta de permanencia es la evidencia de que nunca estuvo. Y él va a ampliar esa idea aún más en versículos más adelante.

Pero la idea de permanencia es algo que Cristo mismo enseñó y le dio una connotación especial en Juan 15 a partir del versículo 4. Cristo dice: "Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí mismo si no permanece en la vid, así tampoco vosotros si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ese da mucho fruto, porque separados de mí nada podéis hacer." Permanecer es sinónimo de creyente para la teología de Juan, y en estos dos versículos que yo leí que salieron de los labios de Cristo, la palabra permanecer aparece no menos de cuatro veces. En la primera carta de Juan que yo estoy exponiendo desde hace varias semanas, la idea aparece no menos de diez veces. De tal forma que este es un concepto clave, vital para este apóstol que escribe.

Y con relación al amor y el concepto de permanencia, un versículo más adelante en el capítulo 3, Juan va a decir: "Nosotros sabemos" —en 3:14— "que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos." Nosotros sabemos que ya no somos incrédulos, que ya no estamos muertos, sino que hemos nacido de nuevo, porque amamos a los hermanos. No es la doctrina que afirmo lo que dice que soy creyente, no es el deseo que tengo de entrar al reino de los cielos lo que dice que soy creyente. En este contexto, ahora la forma como yo lo sé es porque yo tengo un amor especial por los hermanos en la fe. Y él dice entonces en la última parte del versículo 14, capítulo 3: "El que no ama permanece en muerte." El que no ama a su hermano permanece en la muerte, lo que implica que no ha nacido de arriba, no ha nacido del Espíritu.

Ahora, cuando Juan comienza a hablar en el párrafo que yo leí, él dice un par de cosas que en la superficie parecen contradictorias, porque primero él dice que no os doy un mandamiento nuevo, y él luego dice un poquito más adelante: "Por otra parte, os doy un mandamiento nuevo." Entonces, ¿cómo es? ¿Es nuevo o no es nuevo? Bueno, por un lado el mandamiento no era nuevo. Los discípulos y los judíos conocían lo que Levítico 19:18 dice: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." Es ahora parte de la ley, del Pentateuco, de lo que Moisés escribió. Ellos conocían eso, pero no lo creían y lo practicaban, porque de hecho ellos pensaban que la única razón por la que Dios había creado a los gentiles era para alimentar el fuego del infierno. Te da una idea de qué tan distorsionada estaba su mente. Pero el mandamiento en ese sentido no era nuevo.

Sin embargo, Cristo dice: "Pero sí os doy un mandamiento nuevo." Y parte, yo creo, de la interpretación que tenemos que tener en esto es a partir de las palabras que aparecen más adelante, cuando Juan escribe y dice: "En Él", o "ese mandamiento es verdadero en Él", refiriéndose a que es visto, "y en vosotros." En otras palabras, el mandamiento es antiguo; sin embargo, en Él —¿en quién? En Cristo— ha adquirido una nueva connotación. Donde, cuando en la cruz, cuando Él murió ahí por los pecados de la humanidad y de manera especial por sus elegidos, en ningún otro momento, en ningún otro lugar del tiempo de la historia del hombre ha habido una demostración de amor más grande, más clara, más evidente, más contundente, más convincente que en la cruz, cuando Cristo Dios dio su vida en rescate por muchos.

Entonces, el mandamiento antiguo tiene una nueva connotación, y es verdadero en Él y en vosotros. ¿Cómo en vosotros? Porque vosotros habéis nacido de nuevo, ahora tenéis el Espíritu de Dios dentro, y vosotros podéis amar de una manera que antes no podían hacer. De manera que se hace nuevo con una nueva fuerza, una nueva connotación, una nueva obligación, una nueva responsabilidad. Eso es parte de la enseñanza de este texto.

Ahora, nosotros vemos esa demostración de amor entre los hermanos de una forma muy patente, muy clara en la iglesia primitiva, donde había una preocupación genuina del uno por el otro. Y Juan dice que ese amor era la evidencia de su conversión; de otra manera jamás lo hubiesen podido tener. Tú eres una nueva criatura, y con la nueva criatura, en tu nueva creación, hubo la formación de un nuevo amor que no proviene de ti, proviene del hombre nuevo que está en ti que Dios ha formado. Y Dios lo puso ahí de tal manera que tu hermano se pueda sentir amado por ti y tú por él.

De manera que ahora tenemos claro que, a la luz de la Palabra de Dios, no hay forma que yo pueda convencer, por lo menos al apóstol Juan, de que he nacido de nuevo si yo no tengo amor especial por mi hermano en la fe. Y yo creo que eso ya lo hemos dejado claro de una manera negativa y de una manera positiva: cuando él habla del que aborrece a su hermano es en la forma negativa, cuando él habla del que ama a su hermano es en la forma positiva. El que lo aborrece permanece en tinieblas, el que lo ama permanece en la luz. El que lo aborrece aún es incrédulo; el que lo ama da evidencia de que él está en la verdad.

Y habiendo dicho eso, yo quiero que rápidamente, de una forma muy tangencial, antes de comenzar a ver lo que es el amor —si es a base de la evidencia o uno de los criterios por medio del cual yo puedo examinar mi fe—, antes de yo comenzar a ver lo que es el amor a partir de lo que la Palabra de Dios dice, yo necesito entender lo que no es. Yo quiero que me pongan especial atención, sobre todo aquellos que, bueno, no importa si están casados o no casados, pero sobre todo los que no están casados, de tal forma que puedan entender qué es lo que están escuchando de parte del otro. Pero los que estamos casados pudiéramos hacer el ejercicio también. Lo que vamos a hacer: tres ejemplos, tres ilustraciones de lo que no implica amar o amor.

Amar no es decir "yo no puedo estar sin ti". No, no, no, eso no es amar. Tú no has entendido, eso es amarme a mí mismo. Que como mi yo no puede estar sin ti, mi yo demanda que tú estés conmigo. No tiene nada que ver contigo, tiene que ver conmigo y la demanda que mis necesidades imponen sobre ti.

Amar no es decir "te necesito". No, no, no, no, eso es amarme a mí mismo. Yo tengo necesidades, de nuevo, que tú puedes llenar, que de hecho tú tienes que llenarme, y por tanto tú tienes que venir a llenarlas. Eso no es amar. No te ilusiones, eso puede ser cualquier cosa menos amarte.

Amar no es llenar mis responsabilidades para contigo, para con mis hijos. No, no, no, eso es sentido del deber, eso no es amor. El sentido del deber lo puede tener hasta un ateo; él lleva la imagen de Dios y eso nos da parte del sentido del deber. Eso no es amor.

Entonces, pastor, si eso no es amor, ¿qué es amor? Bueno, hemos dicho, insistimos en que la Palabra tiene que interpretar la Palabra, de tal forma que usted no debe tomar una definición del amor, de un concepto tan importante que va a definir si yo soy un hijo de Dios, si yo soy un cristiano, si estoy en la fe, simplemente por una opinión mía. Usted tiene que tomarlo de la Palabra para que sea la Palabra que juzgue.

Pero el amor no exige que tú hagas lo que yo quiero, cuando quiero, como lo quiero, sin considerar los deseos del otro. El amor no demanda, el amor da. La Palabra de Dios no dice "tanto amó Dios al mundo que demandó que le siguieran". No, no, "tanto amó Dios al mundo que dio" de sí para enriquecerte a ti. No tiene que ver conmigo, y de esa forma yo tengo que ir pensando en mi concepto del amor. El amor no demanda del otro, el amor le da al otro. Las demandas que yo hago del otro simplemente hablan de mis inseguridades, y al demandarle yo estoy diciendo: "Asegúrame, asegúrame, asegúrame". Eso es lo que yo estoy haciendo con mis inseguridades, y que haga las cosas a mi manera. Cuando tú hagas las cosas a mi manera en el tiempo que yo entiendo, entonces estaremos contentos. Así no habla el amor, el amor no demanda.

Y el amor verdadero, escucha, evita quitarle al otro, herir al otro, dañar al otro, aprovecharse del otro, cansar al otro, imponerse sobre el otro. Nada de eso corresponde al amor, y nada de eso lo vemos en la vida de Cristo, que realmente supo amar.

De hecho, si tú quieres saber si es así, en el texto que yo leí —no sé cuántos de ustedes captaron lo que yo acabo de decir— dicho por Juan de otra manera: yo acabo de decir que el amor verdadero no le quita, no le hiere, no perjudica o aprovecha o daña al otro, no se impone sobre el otro. Escucha lo que Juan dice ahora en el versículo 10: "El que ama a su hermano permanece en la luz, y no hay causa de tropiezo en él". El que ama a su hermano no le hace tropezar, no le hiere, no le hace caer, no le irrita, no le daña. ¿Te das cuenta cómo Dios entiende que debe ser la evidencia de que ciertamente yo amo a mi hermano?

Y quizás, a manera de reflexión entre tú y yo, y luego entre tú y Dios, quizás tú necesitas hacerte la pregunta. Necesitas hacerte la pregunta si tú has sido de piedra de tropiezo para tu hermano, tu esposo, tu esposa, tus hijos, tu hermano en la fe. Y si tú has sido piedra de tropiezo alguna vez con tu ira, con tu forma de hablar, con tu forma de comportarte, con la manera en que demandas, con tu comportamiento, por la forma en que te vistes, por la forma en que vives, por la forma quizás desconsiderada hacia el otro, porque si de alguna manera lo hiciste caer y le serviste de piedra de tropiezo, no le amaste. Y si no le amaste, no estás dando evidencia de lo que vive en nosotros, que es el Espíritu de Dios. El que ama a su hermano, no hay causa de tropiezo en él.

El problema es que amamos tanto al yo que continuamente hacemos tropezar al hermano, ese es el problema. Pero cuando nosotros amamos al hermano o a la hermana, no les seducimos, no los tentamos, no los provocamos, no los empujamos en el camino del error, en el camino del pecado, no les llevamos en una dirección donde él cosecharía consecuencias, porque estamos pendientes de él y estamos siendo sensibles a él.

Entonces, nosotros estamos familiarizados con el texto de 1 Corintios 13, pero casi todos nosotros entendemos y hemos oído predicar acerca de 1 Corintios 13 en el contexto de las bodas, del matrimonio. Y yo reflexionaba sobre esto y de repente me di cuenta que, ¿sabes qué? El problema es que esta definición de 1 Corintios 13 sobre el amor, aunque obviamente tiene su aplicación en el contexto del matrimonio, Dios no me la dio en un pasaje que habla del matrimonio. No me la dio en Efesios 5, versículo 22 en adelante, donde habla de la responsabilidad del esposo para con la esposa, de la esposa para con el esposo. Me la dio en 1 Corintios 13, entre dos capítulos, el 12 y el 14, que hablan de la edificación del cuerpo de Cristo, que hablan del uso de los dones, que hablan de amonestarnos, de edificarnos, de fortalecernos. De manera que 1 Corintios 13 me ha sido dado como un sándwich entre dos capítulos que me están hablando de la vida en el cuerpo de Cristo, y de esa manera yo quiero que tú y yo lo veamos hoy, porque es su contexto.

Es del amor incondicional, ágape, que yo debo mostrar, no por mis hijos, no por mi esposa, no por mi esposo, aunque obviamente se aplica a ellos, pero el contexto es el ambiente de la iglesia, del hermano que ha nacido de nuevo y que se supone que comparte parte del cuerpo conmigo, del hermano por quien Cristo derramó su sangre. Eso es lo que hace mi hermano especial, es que se ha pagado sangre por él igual que por mí, y de ahí es su importancia.

Cuando tú llegas a 1 Corintios 13, Pablo comienza a definir lo que es el amor. Recuerde, la Palabra tiene que interpretar la Palabra. Si Juan ahora me dice en 1 Juan que una de las evidencias de mi conversión es que yo amo al hermano, yo tengo que preguntarle a la Palabra: entonces, ¿qué implica amar al hermano? Cuando le pregunto a la Palabra, la Palabra me responde: 1 Corintios 13. La Palabra interpretando la Palabra.

El amor es paciente. Macrothumeo, dos palabras, una palabra compuesta formada de dos vocablos, que implica permanecer mucho tiempo bajo calor. En el contexto ahora del cuerpo de Cristo, cuando yo voy a amar a mi hermano, voy a ser paciente con él, yo necesito permanecer con él mucho tiempo bajo circunstancias difíciles que a veces él me genera. Dificultades, es como el hermano que te irrita, y eso genera calor, y tú tienes que esperar por largo tiempo. Ahora, yo puedo esperar de dos maneras: yo puedo esperar airado, yo puedo esperar con una buena actitud. El amor verdadero espera, y en la espera él no demanda cambio, él sabe que Dios es quien puede producir y debe producir los cambios.

Cuando nosotros no queremos esperar por Dios para que Dios haga el cambio e insisto en tomar las cosas en mis manos, yo en esencia le estoy diciendo a Dios: "¿Sabes qué, Dios? Hasta ahora yo confié que tú produjeras el cambio, tú no lo has producido, yo lo voy a causar, y yo te voy a enseñar cómo cambiar las cosas rápidamente, de tal manera que la próxima vez lo puedas hacer a mi manera más rápido, y ahora tú y yo podemos aprender el uno del otro".

Yo puedo esperar impacientemente, pero el amor que es macrothumeo, paciente, espera sin impacientarse, espera sin airarse. No es el amor que dice "si haces lo que quiero y lo haces a mi manera, voy a ser paciente". Eso no es amar al hermano, eso es egoísmo. Yo puedo esperar por largo tiempo e irritado; eso es más terquedad que otra cosa, pero eso no es la clase de amor que Pablo está hablando. Paciencia es esperar con buena actitud. De acuerdo a cómo 1 Corintios 13 nos define el amor, paciencia es sinónimo de amar.

De tal forma que cuando eres poco paciente con tu esposa, con tu esposo, no le estás amando. Tú has oído múltiples veces, me has oído a mí múltiples veces, que hay personas que son pacientes con los niños y que se dice que aman mucho a los niños. Claro, si tú amas a los niños serás paciente con ellos. Cuando eres impaciente con ellos es una muestra de que no les estás amando. Y cuando no les estás amando porque eres impaciente con tu esposa, con tu esposo, con tus hijos o con tu hermano, les sirves de piedra de tropiezo. Y el que ama a su hermano, en él no hay tropiezo, de manera que estás sirviendo de contradicción a la definición de lo que es un verdadero cristiano.

Pablo continúa y dice el amor no solo es paciente, sino que es también bondadoso. En otras palabras, el amor verdadero, ágape, el sincero, genuino, que viene de Dios, anda buscando la necesidad que el otro pueda tener para llenársela. No le anda presentando al otro su necesidad para que se la llene; él anda buscando la necesidad que el otro tiene para llenársela, de tal manera que él inicia la acción. De hecho, el diccionario de la Real Academia define la bondad como la inclinación natural a hacer el bien, de tal forma que el amor de Dios, el amor genuino que es bondadoso, tiene una inclinación natural a hacer el bien a mi hermano, al otro, no a dañarle, no a injuriarle. Ese amor bondadoso que anda buscando llenar la necesidad, no anda pidiendo, él anda dando; esa es su naturaleza.

Pablo continúa: el amor no tiene envidia, o no es celoso, dependiendo de la traducción que usted tenga. La envidia es desear lo que el otro tiene; la envidia en último caso es ingratitud hacia Dios, porque yo quiero lo que tú tienes y Dios no me lo está dando. O es celoso porque tengo algo y no lo quiero compartir, y tengo miedo, me siento amenazado cuando el otro se acerca y yo comienzo a sentir que pudiera perderlo. La envidia destruye y los celos también. Lo único que los celos pueden hacer es edificar murallas entre tú y yo, pero jamás podrán ser constructivos.

El problema de los celos es que son causa de tropiezo, porque muchas veces estás acusando al otro de algo que él no ha hecho o no ha pensado. Y no tiene que ser celos de mi esposo o de mi esposa; no, yo puedo celar a mi amigo o mi amiga. Cada vez que mi amigo hace un nuevo amigo, una nueva amiga, yo me siento celoso, me siento amenazado. O estamos en un círculo de diez y resulta que mi amigo está compartiendo con mi otro amigo, mi amiga, y de repente yo me siento amenazado de que la intimidad que tenemos en la amistad está siendo compartida con el otro, y yo comienzo a molestarme. La palabra en el original implica ponerse rojo, pero eso es que el que está celoso tiene la cara tan roja como la tiene.

Pero el amor no es envidioso. La palabra es "zeloo"; hasta eso suena medio rojizo, "zeloo". Esa es la idea. El antídoto de la envidia, porque decíamos que a veces es traducido como envidia, a veces como celos, el antídoto de la envidia es gratitud hacia Dios: estoy contento con lo que tengo y no quiero lo que es del otro. ¿Te das cuenta que ciertamente el amor verdadero no es piedra de tropiezo para el otro?

El amor tampoco es jactancioso ni arrogante. No comienza las conversaciones esa persona que ama continuamente con "yo": yo esto, yo aquello, yo pienso, yo creo, yo opino, yo deseo, yo demando, yo te digo, yo te impongo. No, no es de esa manera. El amor verdadero no tiene que tener la última palabra, no necesita que se le dé la razón, no dice "yo siempre sé lo que tengo que hacer, déjame tranquilo, yo sé". No es el yo hablando. La jactancia celebra los logros, pero los suyos; las cosas que hace bien se las aplaude a sí mismo. El amor verdadero celebra logros también, pero no los de él, los del otro, y aplaude también, pero no sus victorias, sino las del otro. La arrogancia no permite que el otro hable, siempre está hablando hasta que encuentra algo que decir; en otras palabras, no se detiene de hablar.

El amor no es jactancioso, no es arrogante, no se aplaude a sí mismo, y en eso no les sirve de piedra de tropiezo. En ocasiones nosotros, en nuestra jactancia, en nuestra arrogancia, les servimos de piedra de tropiezo al otro, porque lo irritamos, lo llevamos a molestarse contra nosotros, a predisponerse contra nosotros, a considerarnos jactanciosos como verdaderamente somos. Y en eso muchas veces ellos pecan y yo les sirvo de piedra de tropiezo. El amor no se comporta de esa manera.

La carta de 1 Corintios 13 continúa definiéndome el amor, como si ya no hubiera dicho suficiente. Dice que el amor no se comporta indecorosamente. En otras palabras, no dice palabras hirientes, no es áspero, no es grosero, no te hace pasar vergüenza ni en privado ni en público. ¿Por qué? Porque esa no es la manera como el amor se comporta. El amor jamás pierde los estribos, no ofende a la otra persona, no usa palabras indebidas, no menosprecia al hermano. Todo esto en ese contexto del hermano; recuerda que aunque tiene aplicación a todo el mundo, pero dentro del ámbito de la iglesia, el amor por mi hermano se va a manifestar con todas las cualidades opuestas a lo que yo estoy diciendo. No es ofensivo, no usa palabras indeseables, indebidas, no maldice, no echa malas palabras, no hiere, no daña al otro, porque nada de eso es conforme a las reglas del amor.

"Pero yo pensaba, pastor, que fuera un problema de temperamento." Yo también, hasta que entendí 1 Corintios 13. No es un problema de temperamento, es un problema de amor, es un problema de corazón. Y muchas veces es un problema de nuevo nacimiento que no existe, porque maldecía antes y maldigo ahora, me irritaba antes y me irrito ahora, era indecoroso antes y soy indecoroso ahora, era áspero y grosero antes y soy áspero y grosero ahora. El amor que es paciente es el mismo amor que no es áspero, que no es grosero, que no se comporta de esa manera. Pero lamentablemente muchas veces no hemos crecido porque no nos hemos convertido, y entonces todavía parecemos, claro, con otras palabras o sin palabras, simplemente en emociones y sentimientos, nos parecemos al niño de dos años.

Yo creo que he mencionado esto en otras ocasiones, pero déjame repetirlo porque yo creo que en este contexto encaja perfectamente bien dentro de lo que son las ilustraciones para un mensaje como este. El niño de dos años dice algo como esto: "Si me gusta algo, es mío. Si algo está en mi mano, es mío. Si puedo quitártelo de la mano, es mío. Si lo tenías hace un rato, es mío. Si es mío, nunca debe parecer como que es tuyo. Si estoy haciendo algo, construyendo algo, todas las piezas son mías. Si luce como el mío, es mío. Y si pienso que es mío, ya es mío." Y así somos muchas veces en nuestro egoísmo, en nuestra forma de ser.

Pero sabes que ese niño de dos años solo busca lo suyo. El problema es que Dios me dice en esta definición de lo que es el amor que el amor no busca lo suyo. Entonces es que busca lo tuyo: para llenarte a ti, para servirte a ti, para descansarte a ti, para que puedas vivir de mejor manera, para que puedas tener más tiempo, para que no te tengas que cansar tanto. Porque te amo, y soy tu hermano, y soy tu siervo, y soy esto y soy aquello. Cuando no puedo servir de esa manera, yo tengo un problema, no de servicio, de amor. El verdadero amor no pide cuando se le sirve.

En una ilustración que se me acaba de ocurrir, bien sencilla: cuando no amamos, esperamos que alguien, que sea la esposa, nos pida: "¿Agua? ¿Tú me puedes traer un vaso de agua, por favor?" "Ok." Cuando amamos de manera ágape: "¿Quieres agua? ¿Quieres algo? ¿Qué necesitas? ¿Qué quieres?" Es la diferencia entre uno y otro. "No, pero pastor, yo trato de servir en mi matrimonio; mi esposa no está respondiendo, él sigue igual." ¿Quién ha dicho que el amor se hace o se da o se brinda para que el otro me devuelva o cambie? El amor es algo que yo doy por lo que soy.

Es como que usted se para afuera en un día bien soleado y usted proyecta una sombra. Entonces, ¿ya usted no quiere proyectar la sombra porque la persona con quien usted vive no le responde correctamente? ¿Se quiere mover para que le dé el sol? No. La sombra es lo que usted proyecta de manera natural cuando se para frente al sol. El amor es lo que usted proyecta de manera natural cuando vive en Cristo. Esa es su sombra, independientemente del comportamiento del otro.

Bueno, ¿y cómo yo aprendo a amar? Bueno, hay diferentes cosas que pudiéramos decir, pero quizás la primera es: quizás necesito conversión, que no la tengo. Quizás es el paso número uno, quizás es el paso que no se ha dado, quizás es que he estado engañado. La manera como el amor por el hermano se manifiesta en la comunidad de creyentes es porque tengo un aprecio, un apego, un compromiso con mi comunidad de creyentes, y yo lo demuestro en la manera en que yo le devuelvo a mi hermano en esa comunidad de creyentes. Mi nivel de compromiso, fíjate, hacia mi hermano. La iglesia no son cuatro paredes, no es una institución, son hermanos.

El amor no se irrita, dice Pablo. ¡Wow, wow, wow, wow! No se irrita. "Yo creía que era un problema temperamental, pastor. Yo creía que era un problema de cómo soy yo." Sí, hasta que yo leí 1 Corintios 13; yo también pensaba eso, pero ya no. Ya me doy cuenta que el problema de la irritación es un problema de falta de amor. Pero son personas que aman mucho, sí, al yo, antes que a los demás. Por eso cualquier cosa que infringe en su derecho, en su lugar, le irrita. Por eso es que en una fila de un banco, si alguien se pone adelante, él inmediatamente está irritado. ¿Por qué? Porque alguien ha infringido su derecho.

Imagínate a Cristo en un banco; alguien infringe su derecho. Imagínate ahora al Señor hablándole indecorosamente a este hombre. Él probablemente le toca en los hombros y se pone a hablar con él, y busca una oportunidad para presentarle el evangelio, y cuando vienen a verse, se convierte antes de él depositar o sacar dinero. Quizás debiéramos pedir por oportunidades como esa, donde Dios traiga gente a mi vida que interrumpa mi espacio, de manera que yo pueda demostrar el amor que tengo por los demás. Porque el amor no se irrita. La irritación y la facilidad con la que a mí me irrito habla de mi falta de amor por el otro y mi gran amor por mí mismo. Lo que tengo es un grave problema en el corazón. Por eso no tengo paciencia.

El amor no toma en cuenta el mal recibido, no busca vengarse, no busca recordar la ofensa, no busca volverla a traer al tapete una y otra vez, una y otra vez. Prefiere mirar hacia adelante, decide no tener que mirar hacia atrás. La falta de perdón es una evidencia de mi falta de amor.

¿Tú has leído lo que dice 2 Corintios 5, el versículo 18, 19, 20? Que Dios estaba en Cristo no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha dado a nosotros ahora el ministerio de la reconciliación. De manera que si Dios estaba en Cristo no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y yo estoy en Cristo, debiera yo estar haciendo lo mismo: no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones. ¿Quiere eso decir entonces que cuando alguien hace algo indebido no lo llamamos, no lo amonestamos, no lo corregimos? No implica nada de eso. Implica que después que le amonesto le continúo amando; no tengo resentimiento, no tengo mal sabor, no tengo nada negativo ni prejuicio en contra de su persona.

No mantiene la herida abierta, el caso abierto. Lo cierra y mira hacia adelante, y prefiere no volver a mirar hacia atrás.

El amor no se regocija en la injusticia. Wow, eso implica dos cosas. Número uno, solamente no se regocija nunca en lo que es injusto, y ahora vamos a hablar un poquito de eso. Y solo se regocija en lo que es verdad o lo que está en la verdad. Eso es monumental, porque si yo no me regocijo en lo que es injusto y solo me regocijo en lo que es verdad, debilité todas mis tentaciones. Porque cuando me sienta tentado, no puedo hacerlo, eso es injusto y no me deleito en eso. No puedo hacerlo porque eso no es veraz y tampoco me deleito en eso.

Es la historia de José cuando fue tentado por la esposa de Potifar. No, no, no puedo hacerlo, no es justo. No puedo hacerlo contra ti, no puedo hacerlo contra Dios, no puedo hacerlo contra Potifar, mi jefe. No puedo hacerlo, lo siento, porque yo no me deleito en lo injusto y solamente me deleito en la verdad. ¿Te das cuenta cómo nos protege el poder amar verdaderamente? No me deleito en ningún tipo de injusticia o de actos pecaminosos.

Por eso Cristo lo definió muy claramente: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza, y al prójimo como a ti mismo. Y esas dos cosas resumen toda la ley y los profetas. En otras palabras, cuando amas a Dios de esa forma, hay múltiples cosas que nunca terminarás haciendo porque le amas. Y cuando amas a tu prójimo de esa manera, hay múltiples caminos por los que jamás darás, porque le amas. Cuando le dañas, no le amas. Cuando le haces tropezar, no le amas. Cuando le hieres, no le amas. Cuando lo usas, no le amas. Cuando abusas de él, no le amas.

El amor todo lo sufre. Molestias, incomodidades. Es como que tienes una piedrecita en el zapato, y como amas a tu hermano, esa piedrecita es tu hermano. O quizás tú eres la piedra en el zapato del otro hermano, o quizás yo soy la piedra. Pero como nos amamos y todo lo sufre por un largo tiempo, por amor al hermano y los propósitos de Dios, reconociendo que Dios tiene un propósito en el hermano y tiene un propósito en la piedra en mi zapato, que es mi hermano.

El amor todo lo cree. Eso no quiere decir que es ingenuo. Eso no quiere decir que en presencia de la evidencia rehúsa creer la evidencia. No, no, no, no, yo no soy ingenuo. Lo que implica es que el amor verdadero no es desconfiado. No anda continuamente pensando que el otro está haciendo algo por una razón maléfola. Puede ser, pero él no quiere pensar de esa manera. Él no tiene corazón para eso. No anda pensando: "Sí, él lo hizo por tal cosa." No anda caminando diciendo: "Ese huevo quiere sal." No, él no anda así. Puede ser que el huevo quiera mucha sal, puede ser que el huevo quiera estar cubierto de sal, pero él decide tener su mente transformada. No quiere pensar de esa manera. Eso no fue como Cristo caminó.

¿Y qué él decide hacer entonces? Él prefiere Filipenses 4:8: en todo lo bueno, todo lo digno, todo lo sublime, todo lo amable, en esto pensar. Él quiere pensar de esa manera. ¿Por qué? Porque el amor no es desconfiado. El amor todo lo cree. Eso es lo que quiere decir. Esa es la diferencia. Esa es la manera como una mente cambiada debe pensar.

Pero Pablo no ha terminado, y aún estás casi abrumado de oír lo que es amar y pensar lo que no hacemos. El amor todo lo espera y todo lo soporta. Todo lo espera sabiendo que quien produce los cambios, las cosas, las circunstancias, no soy yo, es Dios. El amor todo lo espera porque sabe que él, el individuo, y el amor no es soberano. Dios lo es. Y las cosas serán cuando Dios quiera que sean y no cuando yo termine de orquestarlas. Todo lo soporta. Sí, hasta la cruz, porque entiende que Dios no es ajeno a mi circunstancia. Dios no es ajeno a la otra circunstancia. Y Dios ha colocado al hermano en mi camino para realizar un trabajo en mí.

Y dentro de ese contexto entonces Dios me dice: amaos los unos a los otros. La manera como los de afuera vean que se aman los de adentro convencerá a muchos de los de afuera a querer venir adentro. La manera como muchos de los de adentro no se aman, se dividen, chismean, critican, dañan, hacen sufrir, hacen caer, hacen tropezar a personas de adentro, hace que los de afuera no quieran entrar adentro y quieran irse tan lejos como sea posible de ese lugar. La falta de evidencia.

Dentro de ese contexto entonces, a lo largo del Nuevo Testamento, la Palabra nos manda a nosotros los hermanos y nos dice: sed afectuosos unos con otros, amaos unos a otros, tened un mismo sentir el uno con el otro, aceptaos unos a otros, amonestaos. Date cuenta que parte de mi amor por ti implica la amonestación. Amonestaos unos a otros, no para destruirte, para seguirte formando a la imagen de Cristo. Esperaos unos a otros, servíos unos a otros, soportaos unos a otros, confesaos vuestros pecados unos a otros, no os quejéis unos de otros, no habléis mal unos de otros, perdonaos unos a otros, sed misericordiosos unos con otros, confortaos los unos a los otros, alentaos unos a otros, exhortaos los unos a los otros. Y pudiéramos seguir la lista interminablemente.

Es eso, que yo no lo puedo manufacturar, lo que da evidencia de que en mí se ha producido un cambio sobrenatural que se llama el nuevo nacimiento. Y cuando otros lo ven, la evidencia de que yo he cambiado desde arriba, no conductas, no formas de hablar, formas de ser, y eso es tan sobrenatural, que eso es lo que convence a otros de que ciertamente yo he nacido de nuevo. Eso es sobrenatural.

Si amamos es porque Dios nos amó primero, dice la Palabra. Tú no puedes dar lo que no tienes. No puedes modelar lo que no has experimentado. Es la razón por la que muchas veces yo no puedo amar a mi hermano: es que yo no he experimentado el amor de Dios. Puede ser que tengo muchos años en la vida cristiana, que he experimentado la doctrina de Dios. Pero no es la afirmación de la doctrina lo que da testimonio de mi nuevo nacimiento. De ser así, los fariseos hubiesen todos testificado correctamente. No es la doctrina, no es que no sea importante. Lo que quiero decir es que yo puedo aprender la doctrina sin el cambio de corazón, estando muerto. Lo que yo no puedo hacer es amar de manera ágape estando muerto. Es un fruto del Espíritu, y como fruto del Espíritu, la evidencia de mi conversión: por sus frutos los conoceréis.

Y como es en el contexto del hermano, 1 Corintios 13, de la iglesia local, yo tengo que preguntarme hasta dónde yo amo la iglesia local. No la IBI, no estas cuatro paredes, no sus ministerios, no sus líderes: los hermanos. Hasta el punto que yo quiero estar con ellos, yo busco la oportunidad de estar con ellos, yo busco ministerios para estar con ellos, de tal forma que ellos me puedan amar y yo pueda amar, que yo pueda compartir mi vida con ellos y ellos conmigo. Y que con eso entonces yo pueda realmente sentir que estoy dando evidencia de que soy un hijo de Dios.

Esto es tan importante para Juan que él va a retomar la misma idea más adelante y lo va a decir de una forma más categórica: todo el mundo que nace de nuevo, esto es un absoluto, todo el mundo que nace de nuevo ama al que nace de nuevo. Cuando retoma este concepto más adelante me lo lleva a la última expresión. Me dice: aquí no hay zona gris. Todo el mundo que nace de nuevo, por naturaleza, ama al que nace de nuevo. Y no hay dos opciones, una sola.

A la luz de esto, ¿qué hago, pastor? El título de esta serie: examinaos si estáis en la fe. Toda la serie, todo lo que estamos predicando por las próximas semanas que nos faltan gira cerca de ese título: examinaos si estáis en la fe. Y si no, ¿qué hago? Me arrepiento. Dios, perdóname. Dame el arrepentimiento que no tengo. Yo quiero un nacer de arriba. Estoy encontrando que no ha ocurrido en mí. Perdóname. Yo creo que Cristo vino por el perdón de los pecados, por los míos también. Pero hace falta más que eso: arrepentimiento que solamente Tú das. Si lo estoy experimentando en este momento, perdóname, entrego mi vida, Dios, recibo la tuya. Si no lo estoy sintiendo, te pido que me lo des cuando Tú quieras, pero lo quiero cuanto antes, para que yo pueda entrar en la fe y estar en la luz, permanecer en la luz, y aún más, caminar en tinieblas.

Integridad y Sabiduría es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos con Integridad y Sabiduría.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.