Integridad y Sabiduria
Sermones

En Él somos perdonados y triunfadores

Miguel Núñez 29 noviembre, 2009

Vuestros pecados os han sido perdonados. Esta verdad, tan sencilla y tan repetida, ha perdido para muchos creyentes el peso que debería tener. El apóstol Juan hace una pausa en su carta para animar a los cristianos con realidades fundamentales del evangelio: el perdón de pecados, el conocimiento del Padre eterno, y la victoria sobre el maligno. Son verdades que al principio de la fe nos llenaban de gozo —tanto que queríamos contarlas a todo el mundo— pero que con el tiempo hemos ido diluyendo hasta que ya no nos motivan como antes.

Para recuperar el asombro hay que entender qué es lo que nos han perdonado. Un pecado es una violación de la ley de un Dios tres veces santo, un desafío a su autoridad, una contaminación de su creación. Y no hemos cometido uno, sino miles. Millones de corderos sacrificados en el Antiguo Testamento no fueron suficientes para limpiar la conciencia del pecador, pero la sangre de Cristo lo logró de una vez y para siempre. Aquel que no conoció pecado fue hecho abominación para que nosotros fuéramos hechos justicia de Dios.

El problema es que nos enredamos en los negocios de la vida diaria, como soldados que olvidan a su comandante. Y en ese enredo perdemos el primer amor. Pero las promesas de Dios son tan inmutables como su carácter eterno, y el maligno ya fue derrotado en la cruz. No luchamos para ver si ganamos; vivimos una victoria ya consumada. Por eso el llamado es a vivir en el presente del perdón —no en los lamentos del pasado— y a obedecer por amor, no por miedo.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

¡Vamos! Primera carta de Juan, capítulo dos, comenzando en el versículo 12: "Os escribo a vosotros, hijos, porque vuestros pecados os han sido perdonados por su nombre. Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que ha sido desde el principio. Os escribo a vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno. Os he escrito a vosotros, niños, porque conocéis al Padre. Os he escrito a vosotros, padres, porque conocéis al que ha sido desde el principio. Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno."

A simple vista, este texto no parece tener mucho que enseñarnos. Sin embargo, si nosotros nos detenemos a pensar un poco, a meditar, a reflexionar, a rumiar las verdades que Juan expresa aquí de una manera muy sencilla, nos vamos a dar cuenta que hay todo un mundo detrás de estas palabras.

Aquí hay tres verdades de las cuales yo quisiera hablar a lo largo de mi texto. Las voy a anunciar desde el principio: la realidad del perdón de nuestros pecados por su nombre o por la gloria de su nombre; la eternidad de Dios, que nos recuerda de la inmutabilidad de su carácter y, por tanto, de lo invariable o de lo inmutable que son sus promesas también; y, en tercer lugar, nuestra victoria contra el maligno por medio de Él. La palabra clave es "en Él" o "por Él". La pregunta que yo quiero que respondamos a lo largo del camino es: ¿hasta dónde la realidad de estas verdades constituye una motivación para caminar en mi vida de obediencia?

Padre, gracias por todos. Por la palabra de Dios que nos guía, por tu Espíritu que nos inspira, nos ilumina el entendimiento, que prepara el corazón, que circuncida los oídos. Y quiero pedirte que tú prepares a tu siervo aún en este momento, Dios, que él pueda predicar de una forma que tu verdad pueda ser exaltada, tu nombre sea glorificado, tu causa proclamada, tu gloria entre nosotros. Oh Dios, yo te voy a pedir que lo hagas por amor a ti mismo, en el nombre de aquel que murió por nosotros. Amén, amén.

Si ustedes han estado aquí conmigo a lo largo de esta serie, probablemente pueden apreciar que esto que yo acabo de leer representa una especie de paréntesis, como un receso que Juan ha hecho en el desarrollo de lo que él venía explicando hasta ahora. Como sabemos, Juan ha estado preocupado y hablando acerca de estas malas enseñanzas que estaban circulando alrededor de él. Y junto con esas enseñanzas o malas enseñanzas, él las estaba exponiendo de una manera comparativa, al venir describiendo cuáles son de verdad las cualidades que debieran caracterizar a todo cristiano, a toda persona nacida de nuevo.

En esos primeros mensajes Juan es sumamente confrontador, pero como que de repente se percata de algo que es una realidad, y es que cada uno de nosotros necesita ser animado, estimulado; cada uno de nosotros necesita un poco de empuje a lo largo del camino. Y él como que decide detenerse en este momento, hacer exactamente eso. Él está tratando ahora de hablarnos de algunas verdades que puedan animarnos, estimularnos, afianzarnos en el camino de nuestra salvación.

Y meditando sobre eso, recordaba esta gran realidad, algo que hace muchos años atrás tuve la oportunidad de revisar más detenidamente. En uno de los retiros de ancianos de nuestra iglesia en Estados Unidos se me pidió que, al final de un retiro que iba a ser sumamente difícil, yo pudiera hablarle al grupo acerca de la necesidad que nosotros tenemos de ser animados mutuamente en nuestra carrera cristiana. Y leí en ese momento un pequeño librito, casi un folleto, del pastor Chuck Swindoll, que se llamaba "Encourage Me", Anímame, estímulame. Y en él hablaba de una forma muy clara de algo que él hace muy bien, y es animar a los creyentes a vivir su fe.

Bueno, en este texto Juan, yo creo que está tratando de hacer exactamente lo mismo antes de continuar el desarrollo de su temática. Y cuando lo va a hacer, entonces él toma este grupo de personas a quien él se está dirigiendo y parece dividirlos entre tres grupos que él llama niños, jóvenes y padres. Esos grupos han sido vistos de diferentes maneras, pero la enorme mayoría de los estudiosos, por los siglos de los siglos, no ha pensado que estos grupos se refieren a grupos cronológicos. Y tampoco han pensado que estos grupos se refieren a personas dentro de un núcleo familiar que cronológicamente corresponden a niños, a jóvenes y a padres, sino que estos grupos corresponden a grupos dentro del cuerpo de Cristo, porque de esos es que Juan ha venido hablando y seguirá hablando. No está dirigiéndose a grupos de edad cronológica, sino más bien a personas que están en diferentes estados de su desarrollo espiritual.

Y de esa manera, entonces, para muchos la palabra "niños" nos engloba a todos, porque Juan hace uso de esa palabra en su carta no menos de diez veces. Y en las otras nueve veces, la palabra "niños" o "hijitos", en este caso, hace referencia a todos los creyentes, a aquellos que verdaderamente hemos nacido de nuevo. Y yo creo que esto va a ser la diferencia. Autores de la calidad de Martín Lutero, de Juan Calvino, lo entendían así: que "niños" o "hijitos" nos engloba a todos, y que entonces aquí no hay tres grupos, sino que hay dos distinguidos dentro de todos: los jóvenes y los padres. Los jóvenes corresponden a aquellos de una edad espiritual, de un desarrollo espiritual menos maduro, y los padres a aquellos, entonces, que han alcanzado un desarrollo espiritual más avanzado.

De tal manera que a lo largo del camino, cuando yo esté desarrollando mi texto y me refiera a los niños, nos estamos refiriendo a todos nosotros. Cuando hablemos de los jóvenes y de los padres, estamos hablando de dos grupos diferentes. Los padres, los más maduros; los jóvenes, aquellos de menos madurez espiritual, pero que tampoco son bebés o infantes en la fe, sino que ya han tenido un caminar, un desarrollo. Y es por eso que Juan dice que ellos son fuertes: "vosotros sois fuertes", porque ya han desarrollado algo de esa fortaleza en su caminar con Cristo.

Habiendo dicho eso, entonces yo quisiera que comencemos a ver qué es lo que Juan le dice a unos y qué es lo que Juan le dice a otros. Estas son verdades cardinales, verdades que a lo largo del tiempo nosotros hemos ido perdiendo su valor; las hemos ido diluyendo hasta el punto que, como las hemos oído tanto, ya no representan, ya no nos motivan, ya no significan aquello que significaron una vez. Y esto es lo que yo le pedía a Dios que nos permitiera hacer en esta mañana: que al volver a revisar estas verdades, al volver a revisar estos textos, nosotros pudiéramos aquilatar, apreciar, valorar aquello que una vez valoramos, aquello que Dios valora de otra manera, de una forma distinta a como nosotros lo hacemos.

Y con eso en mente, entonces, el texto comienza de esta manera. A los niños, versículo 12: "Os escribo a vosotros, hijos, porque vuestros pecados os han sido perdonados por su nombre." Y en el versículo 13, al final, él vuelve a decir: "Os he escrito a vosotros, niños, porque conocéis al Padre." Juan le habla a los niños, jóvenes, padres, y vuelve, y luego habla de nuevo a los niños, jóvenes y padres. Lo que yo he hecho es agrupar las verdades que él les menciona a los niños en un lado, y a los jóvenes y a los padres aparte, entendiendo que niños somos todos, o hijos somos todos.

El versículo 12 nos dice entonces, a nosotros los hijos: "Vuestros pecados os han sido perdonados por su nombre." Versículo 13: "Os he escrito a vosotros, niños, porque conocéis al Padre." Esas dos verdades son ciertas de todo el mundo que ha nacido de nuevo, que es genuinamente cristiano, que pertenece a la familia de Dios: el hecho de que mis pecados me han sido perdonados. Y lamentablemente eso es algo que nosotros... es esa verdad como que no nos anima tanto como nos animó en un momento dado.

Quizás algunos de ustedes recordarán cómo, al principio de su fe, al principio de su caminar, cuando usted se supo perdonado de años de pecado, cuando se sintió libre por primera vez, cómo usted contaba su testimonio a todo el mundo que le diera oído para escucharlo. Yo recuerdo en esos primeros años que era enviar a mi familia cada pedazo de literatura que caía en mis manos. Yo quería proclamarlo a los cuatro vientos. Y sin embargo, con el paso del tiempo, como que nos vamos sofisticando, y estas verdades sencillas, estas verdades verdaderamente profundas del evangelio, como que van perdiendo su valor.

Les mencionaba en el primer servicio cómo alguien fue donde el gran teólogo Karl Barth —no es que estemos de acuerdo con todo lo que él enseñó, pero sin lugar a duda fue uno de los grandes teólogos del pasado reciente— y le preguntó cuál sería esa gran verdad profunda que él pudiera compartir con una audiencia. Y Barth respondió: "Jesus loves me, this I know, for the Bible tells me so." Jesús me ama, esto yo lo sé, porque la Biblia me lo dice. Esa fue la gran verdad que este gran teólogo pudo compartir cuando alguien le hizo esa pregunta esperando una respuesta mucho más profunda.

Yo creo que aquí está parte del problema que nosotros tenemos: verdades reveladas de la palabra de Dios que con el paso del tiempo no las aquilatamos. Y el hecho de tener mis pecados perdonados es una de esas grandes verdades. Y meditando sobre esto, comenzaba a pensar por qué es que el hecho de tener mis pecados perdonados no tiene la motivación, no nos da el ánimo, no nos da el impulso que una vez nos dio. Y parte del problema está en que nosotros no entendemos lo que implica o lo que es el pecado, para saber qué es lo que me han perdonado.

Yo quiero ayudarte a meditar, a reflexionar en eso esta mañana, para que sepas qué es lo que a ti y a mí nos han perdonado. Un pecado es una violación inmoral de la ley de un Dios que es tres veces santo. Un pecado es un desafío a la autoridad del Dios soberano, Creador y Sostenedor del universo. Es un desafío al Dios soberano, Creador y Sostenedor del universo.

Un pecado es una ofensa en contra de Dios que nos ha dado la vida. Un pecado es una contaminación de la creación que, cuando Dios la vio, la revisó, le pasó revista, la declaró buena en gran manera. Es una contaminación de su creación. Un pecado es algo abominable para Dios. El problema es que lo que a ti y a mí nos han perdonado no es un pecado, no, miles de pecados.

De tal manera que cuando Juan nos recuerda "hijos, vuestros pecados han sido perdonados", lo que Juan me está tratando de comunicar es cómo Dios me ha perdonado miles de veces las violaciones contra su ley. Cómo Dios me ha perdonado miles de veces el que yo haya desafiado su autoridad, ofendido su santidad, el que yo haya contaminado su creación con mis acciones, y miles de veces el que yo haya obrado perversamente contra Dios. Eso es lo que me han perdonado. Eso es lo que debiera motivarme a vivir de otra manera, de una manera más agradecida, de una manera más santa, de una manera más gozosa, conociendo lo que Dios ha hecho por mí.

Y vosotros, vuestros pecados han sido perdonados. Recuerda, tú ya naciste en pecado. El pecado no es algo que yo hago, es algo que yo soy. Y cuando Juan me habla de que mis pecados han sido perdonados, si yo verdaderamente soy cristiano, lo que me está diciendo es que la gracia infinita y la misericordia incomparable de Dios han sido lo suficientemente grandes para cubrir todas mis infracciones de su ley, miles de veces.

Dios trató de comunicarnos algo de ese sentir en el Antiguo Testamento. Por cientos de años, millones de corderos sin exageración fueron sacrificados, y millones de ofrendas ofrecidas, y no fueron suficientes ni para perdonar los pecados del pecador ni para calmar su conciencia, como una manera de Dios mostrarnos a nosotros lo monumental que es el pecado contra Dios. Millones de ofrendas, millones de corderos quedaron y fueron insuficientes para lograr lo que la sangre de Cristo, derramada en la cruz, pudo hacer de una vez y para siempre.

Nuestros pecados, hijos, han sido perdonados. Algo que es abominable para Dios, algo que la Palabra declara como abominable ante sus ojos, algo que Habacuc menciona que sus ojos son tan puros que no pueden ni siquiera verlo, algo que cuando llegamos al Nuevo Testamento sigue siendo denunciado como algo abominable. Lucas 16:15: "Y él les dijo: Vosotros sois los que os justificáis a vosotros mismos ante los hombres, pero Dios conoce vuestros corazones, porque lo que entre los hombres es de alta estima, escúchame, porque lo que entre los hombres es de alta estima, abominable es delante de Dios".

La versión Dios Habla Hoy tiene un comentario a este versículo y dice que abominable es todo aquello que es hecho de una manera que no glorifica a Dios. Esa es la razón por la que Pablo nos recuerda en 1 Corintios 10:31: "Ya sea que comáis o bebáis, hacedlo todo para la gloria de Dios". Y cada vez que nosotros hemos hecho algo tan simple, tan insignificante como comer o beber, y no lo hemos hecho para la gloria de Dios, ha sido abominable a sus ojos.

Entonces la mala noticia... pero escucha, Juan no me está hablando de la mala noticia ahora. Juan me está dando la buena noticia, y es que mis pecados han sido perdonados. Que aquel que fue a la cruz fue hecho como abominable por mis pecados. Que aquel que abomina el pecado fue hecho como abominable para que yo pudiera ser limpio de pecado. ¿Tú entiendes lo que Juan está tratando de comunicarnos? ¿Tú entiendes de qué manera Juan está tratando de animarme?

La Palabra de Dios, de hecho, declara esto. Declara en 2 Corintios 5:21: "Al que no conoció pecado, fue hecho pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en él". Aquel que no conoció pecado fue hecho pecado, pero recuerda que el pecado es una abominación para Dios. Aquel que era puro para no ver el pecado fue hecho como abominable ante los ojos de Dios para el perdón de mis pecados. Esa es la buena noticia, es lo que Juan está tratando de proclamar. Yo no creo que esa es una verdad que podamos pasar por alto de una manera tan ligera, tan somera, sin detenernos a contemplarla, a rumiarla, y sin nosotros experimentar un gozo extraordinario de conocer que Dios ha perdonado mis pecados, hermanos.

¿Y cómo lo hizo? Por amor a su nombre. El texto en español simplemente dice "por su nombre", el texto en inglés dice "por su nombre", por amor a su nombre, por amor a sí mismo, por su gracia, por su misericordia, por sus méritos, por lo que él hizo, por la gloria de su nombre. Es que la canción que cantamos y dice "Por la historia del Calvario" es una de mis canciones preferidas por la simpleza de sus letras. Por la historia del Calvario, por tu vida, por tu muerte. No es simplemente por tu muerte, por tu vida donde llenaste los méritos, acumulaste los méritos en mi favor. Por tu muerte, pero no solamente por tu muerte, porque sin derramamiento de sangre no hay perdón de pecados. Por tu vida, es por tu muerte, por la sangre en la cruz, por tu amor inexplicable te alabaré.

Hace dos sábados atrás, en la sesión del curso Siete Pilares, alguien preguntaba: "Pastor, ¿y por qué un Dios que conocía que cada uno iba a caer lo creó?". Y dije: "No, no, no, hay una pregunta antes que esa". Muchos "antes que esa" que teníamos que responder. ¿Por qué un Dios perfecto, infinito, autosuficiente en sí mismo, satisfecho en el amor que tenía por el Hijo y el Hijo por él, satisfecho en la Trinidad —Padre, Hijo y Espíritu Santo—, un Dios que no ha ganado nada después de haber creado, por qué ese Dios creó? Punto.

Esa es la respuesta: es que Dios es amor, y el amor da. "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito". Que Dios quiso compartir lo que él era, lo que él tenía, con criaturas. ¿Por qué? Porque el amor da. Y aun sabiendo que esas personas caerían y que necesitaban ser redimidas, y aun conociendo que su Hijo tendría que ser crucificado un día, las creó. ¿Por qué? Él entendió en su amor infinito, en su amor inexplicable, que valía la pena todavía crear, para redimirlos, para que pudieran compartir por el resto de la eternidad lo que él es, vía el perdón de sus pecados. ¿Entiendes lo que Juan está tratando de ayudarnos a recordar?

La segunda cosa que Juan le dice al grupo que él denomina niños, todos nosotros: "Os he escrito a vosotros, niños, porque conocéis al Padre". Esa es otra verdad que así conocemos al Padre, que no significa mucho para muchos de nosotros ahora, pero no es poca cosa conocer al Padre. Porque conocer al Padre implica que ahora yo soy su hijo, y eso no es poca cosa. No es poca cosa haber pasado de esclavo a hijo legítimo de Dios. Eso no es poca cosa. De condenado a libre, de hijos de ira a hijos del perdón, de hijos de Satanás a hijos de Dios. Eso no es poca cosa ni una pequeña verdad. Vosotros conocéis al Padre, porque ahora sois hijos.

Hijos. Algunos piensan que esta palabra "hijos" versus "jóvenes" versus "padres" —estos son los menos— algunos piensan que corresponden a infantes en la fe, a personas que acaban de nacer muy recientemente. No lo creemos así, como ya hemos explicado. Pero sí quiero aprovechar la oportunidad para recordar que muchas veces son esos jóvenes, infantes en la fe, los que tienen su primer amor, los que tienen mayor pasión, los que recuerdan lo que Cristo hizo en la cruz por ellos, los que recuerdan la sangre derramada por ellos y experimentan un enorme gozo en su vida inicial cristiana. Hasta el punto, incluso, que ahora aquellos que van delante, que son más maduros, que los años les han pasado por encima, cuando los oyen, incluso los he oído decir: "Está bien, qué bueno, pero se le pasará".

Qué pena que se le pase. Qué tristeza. Qué desilusión, que puedan olvidar lo que Cristo hizo por nosotros en la cruz. Cuando lleguemos al cielo, cuando estemos en gloria, por el resto de la eternidad, los redimidos de Dios cantaremos de nuestra redención. Y la celebraremos en presencia de sus ángeles, los serafines, de los querubines, donde ya no haya más dolor, ni llanto, ni lágrimas. Y si comenzamos así, con ese primer amor, ¿cómo lo perdemos? ¿A dónde se nos fue? ¿Qué es lo que antes me motivaba a vivir en obediencia, que no era el miedo al castigo, sino mi primer amor, que hoy ha cambiado y ahora lo que me mueve a obedecer es más el miedo a las consecuencias que el amor por lo que él hizo por mí? ¿Dónde se perdió?

Pablo le habla a Timoteo desde otra perspectiva, pero yo quiero aplicarlo a esta verdad que yo acabo de mencionar. Y nos revela dónde se pierde, cómo se pierde. La segunda carta a Timoteo 2:4 dice: "Ningún soldado en servicio activo se enreda en los negocios de la vida diaria, a fin de poder agradar al que lo reclutó como soldado". ¿Cómo empezaste? ¿Entiendes cómo se pierde?

El Comandante en jefe, el Comandante en jefe de todo el universo, nos reclutó para su gloria, para su causa, para ser parte de su ejército. Y después de haber sido reclutados, nosotros nos enredamos en los negocios de la vida diaria. No es que no nos ocupemos de las cosas de la vida que tenemos que atender, es que las cosas de la vida no pueden pasar a ser prioritarias. Porque cuando pasan a ser prioridad nos atrapan, nos enredan, y quedamos atrapados en esas trampas. Y en ese atrapamiento perdemos las verdades preciosas del evangelio, de mi perdón, mi primer amor. Y ahora qué tenemos: tenemos a un soldado reclutado por su Comandante en jefe atrapado en los negocios de la vida diaria.

Esa es la razón, hermanos, por la que Dios dice, por la que Cristo dijo: "Buscad el reino de Dios primero y su justicia, y el resto se os dará por añadidura". Pero nosotros comenzamos a buscar, a enredarnos en los negocios de la vida diaria, y enredados queremos que Dios nos dé por añadidura el resto. Dice: "No, no, no, no, no, no, tienes las cosas invertidas". Pero ¿para qué nos reclutó Dios? Escúchame: a fin de poder agradar al que lo reclutó como soldado.

Cuando tú y yo hacemos eso, cuando vivimos de esa manera, recordamos las verdades sencillas del Evangelio por donde yo comencé. Cultivamos el primer amor, permanecemos en el primer amor y nos encontramos obedeciéndole por amor más que por miedo. "Os escribo a vosotros, hijos: vuestros pecados os han sido perdonados y vosotros conocéis al Padre." Wow, soy hijo de Dios. Eso es para todos nosotros, los hijos.

Y ahora dos grupos: los padres y los jóvenes, dentro de ese grupo de todos. "Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que ha sido desde el principio." Una verdad que es repetida otra vez exactamente igual en el próximo versículo. ¿Qué es lo que Juan está tratando de hacer? Una verdad tan sencilla, tan conocida, repetida dos veces en dos versículos uno detrás del otro. "Os escribo a vosotros, padres, porque conocéis al que es desde el principio." Eso es lo único que le dice a los padres, que se supone son aquellos más avanzados en la vida espiritual.

Algo que nos recuerda de la eternidad de Dios. Y eso es otra enorme verdad, una gran verdad que hemos diluido, que hemos olvidado, que no nos anima, que no nos motiva, que no nos lleva, que no nos impulsa, que no nos levanta. ¿Y cómo es que no podemos ser levantados por una verdad que Dios mismo levanta de forma repetitiva en su Palabra? Una y otra vez Dios proclama su eternidad. ¿Qué está tratando de hacer Juan? ¿Qué está tratando de hacer Dios cuando la repite una y otra vez?

Déjame leértela varias veces. Salmo 90:2: "Antes de que los montes fueran engendrados y nacieran la tierra y el mundo, desde la eternidad hasta la eternidad, tú eres Dios." Su ser. Salmo 93:2: "Desde la antigüedad está establecido tu trono. Tú eres desde la eternidad." Tu trono desde la eternidad. No solamente tú eres; tú gobiernas, Dios, eternamente. Salmo 106:48: "Bendito sea el Señor, Dios de Israel, desde la eternidad y hasta la eternidad. Y que todo el pueblo diga amén. Aleluya."

E Isaías 43:13: "Aún desde la eternidad, yo soy, y no hay quien libre de mi mano. Yo actúo, ¿y quién lo revocará?" Desde la eternidad yo soy. Desde la eternidad yo obro. Desde la eternidad yo determino. Y desde la eternidad nadie puede revocar lo que yo he determinado.

Nuevo Testamento. 1 Timoteo 1:17: "Por tanto, al Rey eterno, inmortal, invisible, único Dios, a él sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén." Al Rey eterno, inmortal. Y finalmente, 1 Timoteo 6:16: "El único que tiene inmortalidad y habita en luz inaccesible, a quien ningún hombre ha visto ni puede ver. A él sea la honra y el dominio eterno. Amén." La exclusividad de su eternidad, la exclusividad de su trono eterno, el gobierno que no se ha apartado desde la eternidad hasta la eternidad de sus manos. Juan proclama la eternidad de Dios.

"Ustedes conocéis, padres, a aquel quien ha sido desde el principio." La eternidad de Dios nos recuerda la inmutabilidad de su carácter. Y de la misma manera que su carácter es inmutable, así son sus promesas, que son todas un sí y un amén en Cristo. Eso es lo que Juan está tratando de recordarle a aquellos que son más viejos en la fe: que sus promesas nunca fallarán, que sus promesas son tan ciertas como que Dios vive, sus promesas son tan verdaderas como que Cristo resucitó de entre los muertos. Y son un sí y un amén para aquellos cuyos pecados han sido perdonados.

A los jóvenes, a aquellos que tienen menos tiempo en la fe, que quizás no son bebés, infantes en la fe, que ya tienen un tiempo caminando, que ya han probado hasta cierto punto su fe, él escribe y les dice. Versículo 13, segunda parte: "Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno." Algo que él vuelve y repite en el versículo 14: "Vosotros habéis vencido al maligno." No lo venceréis, no quizás vencerán. Vosotros lo habéis vencido.

Cristo vino a deshacer las obras del diablo. El mismo Juan va a decir eso en su primera carta, en esta carta que estamos viendo más adelante. En el capítulo 3, versículo 8: "El Hijo de Dios se manifestó con este propósito: para destruir las obras del diablo." Déjame hacerte una pregunta: el Hijo de Dios era Dios, es Dios, será siempre Dios. ¿Tú no piensas que Dios vino a destruir las obras del diablo y se fue sin haberlo logrado? Dios nunca ha comenzado algo que no haya terminado. Si él vino a destruir las obras del diablo, él concluyó su obra.

Y la Palabra de Dios proclama que él concluyó su obra. Colosenses 2:15: "Y habiendo despojado a los poderes y autoridades, hizo de ellos un espectáculo público, triunfando sobre ellos por medio de él." Y cuando Cristo triunfó, yo triunfé, porque yo estoy en Cristo. Por eso Juan dice a los jóvenes: "Vosotros habéis vencido al maligno." Él es un enemigo derrotado. Lo único es que él rehúsa proclamar su derrota, poner sus armas y bajar su bandera. Nosotros no estamos luchando una batalla para ver si la ganamos. Nosotros bien sabemos que estamos viviendo una victoria de un enemigo ya derrotado, porque Cristo venció.

Juan 16:33: "Yo he vencido al mundo. Tranquilos, tened paz. Yo he vencido al mundo." Y alguno pudiera estar pensando: "Pastor, por ahí no dice 'yo he vencido al maligno'." ¿Qué tú crees que representa el mundo? El mundo no es más que todo el sistema, permíteme decirlo en dominicano, todo el aparataje construido, diseñado en el Hades por el maligno, a través del cual él engaña a los hombres. Todos los sistemas de gobiernos que se oponen a la Palabra de Dios, a la verdad de Dios, fueron diseñados en el Hades. Todos los sistemas educativos que se oponen a la Palabra de Dios tienen su diseño en el Hades. De eso es que Cristo está hablando cuando dice: "Yo he vencido al mundo."

Lo que Satanás hace es que él conoce a su enemigo, conoce su hábitat, y conforme a su hábitat diseña su estrategia. Cuando él forjó el ardid en Edén, ¿cuál era el hábitat en el que ellos estaban? Un jardín que había árboles y animales. Él no va a venir a través de la tecnología; no existía, no era parte de la vida. Hubiese sido muy obvio que esto es extraño. Él vino a través de una serpiente, lo que era común a su hábitat. Y a través de aquello que es común a su hábitat, él engañó a Adán y Eva.

De esa misma manera, él viene a nosotros a través de nuestra inteligencia, nuestros sistemas educativos, nuestra ciencia, nuestro progreso, todo aquello que refleja nuestro hábitat: nuestras computadoras, internet, iPhone, Twitter, Facebook. Todo eso que es parte de nuestro hábitat es usado por el enemigo. No estoy diciendo que es necesariamente pecaminoso; es usado por el enemigo para desviarnos, desviar nuestra atención, engañarnos, enredarnos. Y entonces, ahora, como es parte de mi hábitat, yo ni siquiera me percato de sus ataques. Cuando Cristo dijo "yo he vencido al mundo," él está hablando: "Yo he vencido el sistema entero construido por Satanás que estuvo en contra de mi vida, que trató de hacerme tropezar, que trató de hacerme caer."

Esa es nuestra lucha. Mi peor enemigo lo llevo dentro. Por eso cantábamos: "Líbrame de mí." Soy yo. No podemos hacer como, hace unos años, señores, una historia verídica en Estados Unidos. Un señor tenía más de cuatrocientas, quinientas libras y demandó a la cadena de restaurantes McDonald's, porque sus hamburguesas lo hicieron engordar. Llegó el caso a la corte. Sí, las hamburguesas te hicieron engordar, pero fue tu carne que deseó esa carne. Satanás nos presenta las ofertas, pero es mi carne que las compra, es mi carne que las desea. Mi peor enemigo lo llevo dentro. Satanás es solamente un presentador de ofertas a individuos que tienen deseos.

"Pastor, ¿y el pasaje de Efesios que dice que nuestra lucha no es contra carne ni sangre, que es contra principados y potestades?" ¿Qué tú crees que representa el mundo y todo su sistema construido? Déjame llevártelo más allá. Adán y Eva: cuando Adán cae, Adán culpa a Eva. Pero Eva no era su problema; su problema era la serpiente que engañó a Eva. Es contra principados y potestades que usan a seres humanos y hacen caer a otros.

Cuando Cristo estaba siendo tentado para que no llegara a la cruz, su problema no era Pedro, sino Satanás que estaba usando a Pedro. "Apártate de mí, Satanás." Nuestra lucha es contra principados y potestades. Eva no quería destruir a Adán. Pedro no quería destruir a Cristo, pero estaba siendo usado por él, por el enemigo. Cuando Israel tiene una plaga de setenta mil muertos y David fue el culpable, al fin de cuentas David no era su problema, no era el problema de Israel. David no quería destruir a su propia gente, sino que se dejó engañar por el enemigo.

Nuestra lucha es contra principados y potestades que usan individuos a través de los cuales él nos hace tropezar. Y tú lo ves a lo largo de la historia bíblica y de todo un sistema y de todo un aparataje que él ha montado en el mundo conforme a nuestro hábitat y que él usa. Tan normal y común que yo jamás pienso que me está sirviendo de distracción y de pecado y de trampa en el camino.

Ahora, nota que cuando Juan le habla a los jóvenes, en el versículo 14, y le recuerda: "Vosotros habéis vencido al maligno," no lo vencerás; está vencido. Él les dice: "Sois fuertes y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno." Nota la relación que él establece entre ser fuertes, la palabra de Dios que permanece, y el haber vencido al maligno. Tú no puedes vencer al maligno fuera de la Palabra. Tú no puedes vencer al maligno si no aplicas la Palabra. Tú no puedes vencer al maligno si no consumes la Palabra. Tú no lo puedes vencer si no aplicas la Palabra.

De hecho, el salmista lo dice en el Salmo 119:9: "¿Cómo puede el joven guardar puro su camino? Guardando tu palabra." ¿Cómo puede hacerlo? De una sola manera: guardando tu palabra. Esa es la razón por la que personas que consumen su Palabra se deleitan en Dios. Personas que ignoran su Palabra terminan deleitándose en el mundo, y por eso caen. Su Palabra nos ilumina el camino, nos da la dirección, te muestra dónde están las minas que Satanás ha plantado a lo largo del camino.

Su satisfacción de pecado, cuando Su palabra es consumida con regularidad, te hace entonces deleitar en las cosas de Dios, y cuando no es consumida te hace deleitar en las cosas del mundo. Los que consumen Su palabra y la aplican son vencedores; los que ignoran Su palabra son vencidos.

Es como la historia de Spurgeon hablando acerca de un oficial escocés que antes de ir a la guerra reunió a sus soldados. Obviamente iban a la batalla, él simplemente es un comandante que quiere proteger sus tropas y quiere ganar la batalla, y les dice a los soldados: "Recuerden algo, soldados: si ustedes no matan, los van a matar." Recuerden algo, hijos: si ustedes no vencen, serán vencidos.

Y Dios nos ha dado Su palabra. Dios de hecho ha ido a la cruz en la persona de Su Hijo y ha vencido al enemigo. Tú no tienes que luchar contra un enemigo que es todopoderoso; tú tienes que librar algunas batallas contra un enemigo vencido, cuyo poder fue despojado en la cruz cuando Dios hizo un espectáculo de él a través de Cristo. Y cuando Cristo venció, yo decía: "Yo vencí." Es como el ejército que va a la guerra: cuando él ganó la batalla, cada ciudadano de esa nación entiende que ganó la guerra, porque cuando el ejército venció, ellos vencieron.

¿Te das cuenta de qué manera Juan está tratando de animar a sus discípulos? Aquellos que verdaderamente han creído, hermanos: vosotros tenéis vuestros pecados perdonados, conocéis al Padre, sois hijos de Él, no sois bastardos ya, vosotros habéis vencido al maligno, vosotros conocéis a Aquel que es desde el principio.

Y mis pecados han sido perdonados. Déjenme ir presumiendo y cerrando este mensaje que Juan ha querido traer precisamente para animar a aquellos que ciertamente han nacido de nuevo por el poder del Espíritu de Dios: mis pecados han sido perdonados por amor a Su nombre.

El salmista conocía lo importante que eso era. En el Salmo 23:3 dice: "Él restaura mi alma, me guía por senderos de justicia por amor de Su nombre." La importancia de que sea por amor de Su nombre y no de otra cosa es que Dios tiene Su nombre comprometido en esto, y eso implica entonces que mi vida ha sido garantizada, mi triunfo garantizado y mi permanencia en el camino también garantizada. ¿Por qué? Porque lo está haciendo por amor de Su nombre. Si ustedes fuesen algo de pentecostales, lo hubiesen brincado con esa verdad.

"Aunque pase por el valle de sombra de muerte" —o el silencio de la IBI— "no temeré mal alguno, Tú estarás conmigo. Tú eres mi presencia, Tú eres mi Dios. No importa por dónde ocurra, por dónde vaya, no importa si es el valle de la muerte, Tú estarás conmigo, porque has perdonado mis pecados por amor de Tu nombre, Dios."

Los otros, padres, conocéis a Aquel que es desde el principio. Segunda de Timoteo 1:9: "Quien nos ha salvado y nos ha llamado con un llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según Su propósito y según la gracia que nos fue dada en Cristo Jesús desde la eternidad." Adán no había sido creado, el mundo no había sido creado, y la gracia me había sido dada en Cristo desde la eternidad, hermanos.

¿Te das cuenta de qué manera Dios me ha amado? Con amor eterno te ha amado. Te concibió, creó el mundo, te creó a ti, te puso en él, para que un día tú y yo nos juntáramos por el resto de la eternidad y tú puedas disfrutar de lo que Yo soy.

Hemos vencido al mundo, hemos vencido al maligno. Él lo dice dos veces: no que lo venceremos, hemos vencido ya en Cristo, por medio de Su sangre y por medio de Su palabra escrita en nuestros corazones con el dedo del Espíritu. Y eso es suficiente para nosotros creer las promesas del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento.

Isaías 35:3-6: "Afianzad las rodillas vacilantes, decid a los de corazón tímido: Esforzaos, no temáis. He aquí vuestro Dios viene con venganza, la retribución vendrá de Dios mismo, mas Él os salvará. Y los oídos de los sordos se destaparán, el cojo entonces saltará como un ciervo y la lengua del mudo gritará de júbilo, porque aguas brotarán en el desierto y arroyos en la Arabá."

Y eso está en verdad: como que Dios existe, el ciervo verá, el sordo oirá y el cojo saltará, en el desierto brotarán aguas, corrientes y fuentes de agua, porque Dios, Aquel que es desde el principio, lo ha prometido, y de la misma manera que Su ser es inmutable, así son Sus promesas.

Oh hijitos, hijitos, ¿por qué vivís como si vuestros pecados aún no hubiesen sido perdonados? ¿Por qué vivís cargados y atribulados? ¿Por qué no aquilatar lo que Él hizo en la cruz y vivir de una manera santa para Aquel que murió por vosotros?

Yo decía el jueves pasado, recordando el día de acción de gracias, el famoso Thanksgiving de Estados Unidos —mi día preferido del año—, días antes yo comienzo a anticiparlo, pensando en lo que Dios me ha dado durante todo ese año, agradeciendo a Dios por todas Sus bendiciones y anticipando ese día: ¿cuál es la petición que Dios pondrá en mi corazón este día para el próximo año? Por más de veinticinco años ahora, Dios me ha concedido una petición anual hecha en ese día.

Y yo decía en esta ocasión, algo que he dicho por años ahora: no tengo lamentos. Ni de mi tiempo en Estados Unidos, ni de mi tiempo después de haber llegado, no tengo un solo lamento. Y alguien me pudiera escuchar y decir: "Oh Pastor, parece que usted lo ha hecho todo bien." No, yo no lo he hecho todo bien. Yo he pecado al igual que tú, pero yo no vivo en los lamentos del pasado, yo vivo en Su perdón del presente. Y yo no puedo debilitar la obra de la cruz en mi vida: Él me ha perdonado, Él me ha lavado, Él me ha hecho hijo suyo, y yo no puedo vivir en el pasado ahora. Yo vivo en Su presente, perdonado, y Él no se avergüenza de llamarme hermano.

¿Cómo no celebrarlo? ¿Cómo no querer vivir santamente para Él? ¿Cómo no querer vivir victoriosamente en Su poder, en Su palabra? ¿Cómo deleitarme en otra cosa que no sea lo Suyo? ¿Cómo desear otra cosa? No. Por Su amor inexplicable, por la historia del Calvario, por Su vida, por Su muerte, por Su sangre en la cruz, por Tu amor inexplicable, te alabaré, Dios, te alabaré.

Esta debe ser tu vida y mi vida: una vida de obediencia, una vida de alabanza para nuestro Dios, movido no por miedo a sus consecuencias, sino por amor a Su nombre y con agradecimiento por lo que Él ya hizo en la cruz. Cobra fuerza, hermano: el Hijo de Dios no solamente ha muerto por ti, está orando por ti. No temas a ninguno, Él te espera en la meta.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.