Integridad y Sabiduria
Sermones

Comunión con Dios... comunión con el hermano

Miguel Núñez 4 octubre, 2009

La comunión con Dios y la comunión con el hermano son inseparables. Juan lo establece con claridad absoluta: si andamos en la luz, tenemos comunión los unos con los otros; si andamos en tinieblas, mentimos cuando decimos que tenemos comunión con Dios. No existe la posibilidad de una buena relación vertical con Dios acompañada de una mala relación horizontal con los hermanos. Una implica la otra, y la ausencia de cualquiera pone en tela de juicio la salvación misma.

Cuando Adán y Eva fueron expulsados del Edén, perdieron privilegios que solo la comunión con Dios puede restaurar: el sentido de compañía, de propósito, de seguridad, de aprobación. Desde entonces, el ser humano ha intentado llenar esos vacíos con mascotas, con logros profesionales, con el aplauso del mundo, pero nada satisface lo que solo la presencia de Dios puede dar. Pedro, Juan y Jacobo lo experimentaron en el monte de la transfiguración: cuando entraron en verdadera comunión con Cristo, no querían descender. Querían quedarse allí.

La iglesia primitiva vivió esta realidad. Estaban juntos, compartían todo, comían con alegría y sencillez de corazón. La necesidad los hermanó, la persecución les mostró lo verdaderamente importante. Hoy, en cambio, somos islas sofisticadas, ofendidos por cómo nos pidieron algo o porque no nos invitaron. El pastor Núñez lo dice sin rodeos: nada de eso tiene valor cuando la relación con el hermano importa más que las nimiedades. El tratamiento es sencillo: una estrecha relación con Dios produce naturalmente una estrecha relación con el hermano.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

El versículo 6 y 7 del capítulo 1 de la primera carta de Juan. La palabra es comunión, y las dos verdades: comunión con Dios y comunión con el hermano. Versículo 6: "Si decimos que tenemos comunión con él, pero andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad. Mas si andamos en la luz, como él está en la luz, tenemos comunión unos con los otros, y la sangre de Jesús, su Hijo, nos limpia de todo pecado."

Yo quiero que abordemos la primera de las dos verdades que les mencioné: la comunión con Dios, expresada en el versículo 6. Y comunión con Dios yo tengo que verla como un privilegio. Un privilegio que Adán y Eva perdieron en el jardín del Edén el día que desobedecieron, y que el hombre que no le conoce aún anda buscando. El hombre que anda en tinieblas, el hombre que no ha nacido de nuevo, el hombre que aún está muerto en delitos y pecados, no conoce lo que es esa comunión con Dios.

Pero el día que Adán fue expulsado, el día que él comenzó a vivir fuera del jardín, en ese momento él entendió que iba a morir. Y a partir de ese instante, él y Eva comenzaron a vivir con un sentido de temporalidad, de tal forma que eso los hizo enfocarse en aquello que era temporal porque ya no iban a vivir para siempre. Eso hizo que ellos se enfocaran en la tierra, y desde entonces el hombre ha nacido con ese sentido de falta de compañía, de soledad, en búsqueda de algo que no está seguro de lo que es. Y esa inseguridad y ese desasosiego es lo que él ha tratado de satisfacer en la carne, por medio de la carne, por medio de su propio esfuerzo, pero ha quedado insatisfecho. Y eso comenzó ese día en el jardín del Edén.

El día que Adán y Eva pecaron, ellos perdieron todos sus privilegios. Y ahora, cuando yo entro en una relación con Dios, esa relación me permite reganar aquellos privilegios perdidos, el primero de los cuales es compañía. El hombre fue creado para vivir en comunidad. La Trinidad toda la vida, desde la eternidad, ha existido en comunidad. En la mente de Dios, Él no concibe un ser humano en aislamiento; Él no creó al ser humano para vivir aislado. "No es bueno que el hombre esté solo, le haré ayuda idónea." Y a partir de ahí, el hombre, la mujer y Dios estuvieron viviendo en comunidad, como la Trinidad ha existido todo el tiempo.

Y el primer privilegio, entonces, que es restaurado cuando yo entro en comunión con Dios, es el sentido de su presencia, el sentido de su compañía. Y el segundo de esos privilegios es la posibilidad de verdaderamente establecer comunión con el hermano. Cuando yo no tengo comunión con Dios, yo no puedo tener comunión con el hermano; es una imposibilidad. Yo necesito nacer de nuevo para yo poder tener esa compañía, y Dios siempre ha visto esas dos comuniones en relación. Dios nunca ha separado una comunión de la otra.

De hecho, Proverbios 16:7, que es uno de mis proverbios o mis pasajes favoritos —cuando usted va a mi oficina está ahí a mano derecha, usted lo puede leer— establece la relación entre estas dos comuniones: "Cuando los caminos del hombre agradan a Dios" —comunión con Él— "Él hace que aun sus enemigos estén en paz con él", con el hombre. Cuando mi relación vertical está bien, Dios hace que mi relación horizontal, aun con mis enemigos, llegue a estar bien.

Cuando Cristo definió la vida, la definió en términos de esas dos relaciones: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu fuerza, y a tu prójimo como a ti mismo. Pero ahora Juan está diciendo: "Oye, yo no te voy a hablar ni siquiera del prójimo en general, te estoy hablando de tu hermano." Para tener esa comunidad con él, tú necesitas tener comunión con Dios primero.

Y en esa comunión con Dios yo adquiero nuevamente el sentido de compañía; la soledad que estaba experimentando comienza a desaparecer. Pero yo adquiero también sentido de propósito, que se perdió el día en que Adán y Eva dejaron el Edén. Pero resulta que yo no puedo descubrir mi propósito si no estoy en comunión con Dios. De esa misma manera, yo no puedo llevar a cabo mi propósito si no estoy en comunión con el hermano, porque el propósito para el cual yo fui creado está íntimamente relacionado con el propósito, o con la vida, o con la comunión que yo tenga con mi hermano, porque tengo que llevarlo a cabo o junto con él o en su vida. Dios no concibe uno de esos hijos creado y puesto en una isla para que él solo en esa isla lleve a cabo su propósito; eso no existe en la mente de Dios. Y de ahí la necesidad o la importancia de esa comunión que estamos tratando de establecer hoy, o de la relación, la importancia de la relación entre mi comunión con Dios y mi comunión con el hermano.

Adán y Eva comenzaron, al salir del Edén, a vivir de una manera temporal. Se preocuparon por el aquí y el ahora. Eso es uno de nuestros problemas, es uno de los obstáculos que experimentamos al establecer una comunión con Dios: es que estamos tan enfocados en el aquí y en el ahora que se nos olvida que nuestra ciudadanía está en el cielo y que nuestro enfoque debiera ser en lo eterno y no en lo temporal. Estamos tan preocupados, vivimos tan enfocados en esto que está aquí abajo, que ni siquiera tengo tiempo para levantar la mirada y construir una relación con Aquel que está ahí arriba, de tal manera que ahora esa relación con Él sea lo que rija mi relación con lo que está aquí debajo. Pero lamentablemente eso no es como ocurre en muchas vidas.

Y como no tenemos esa comunión con Dios, entonces experimentamos soledad. La epidemia —he usado ese nombre aunque quisiera que no se viera de una manera negativa, simplemente usar un poquito de hipérbole para dar a entender lo que quiero comunicar— la epidemia de mascotas que nosotros tenemos en los últimos años es simplemente una reflexión de la soledad con la que el hombre vive. Mientras más solo se siente, más mascotas necesitamos. Pero resulta que la mascota es simplemente una criatura y no puede darme el sentido de compañía que el Creador me puede dar. Pero el hombre ha vivido tratando de encontrar la compañía que solamente Dios y su comunión puede dar a través de todas las formas posibles en el mundo, y sigue todavía solitario. Hay un solo lugar y de una sola manera en que yo puedo sanar ese sentido de soledad: el lugar de su presencia y la manera de su comunión.

Nosotros fuimos creados para tener una relación con lo eterno. Dios puso en nuestros corazones el sentido de eternidad, dice Eclesiastés 3:11. Y ese hombre ha estado tratando de encontrar esa relación con eso, con ese algo eterno, pero resulta que ese algo es Alguien, y es Dios. Y lamentablemente, como no sabe lo que es, él ha vivido con una perspectiva por debajo, enfocado en lo temporal y no en lo eterno, enfocado en el aquí y en el ahora, como ya dijimos. Y lamentablemente, la comunión con Dios, que es lo único que nos puede devolver el sentido de compañía, de seguridad y de paz, no ha sido encontrada por una gran cantidad de personas.

Moisés, un hombre que hablaba con Dios cara a cara como Dios nunca había hablado con ningún otro profeta —dicho por Dios mismo— entendía que a pesar de eso a él le hacía falta algo. Había una insatisfacción en Moisés. Claro que tenía que haber una insatisfacción en Moisés: Moisés nunca estuvo en el jardín del Edén, nunca supo lo que fue comunicarse con Dios, tener comunión con Dios sin una naturaleza pecadora, en medio de lo que es un jardín donde el pecado todavía no lo había invadido. Moisés no sabía lo que eso era, y por tanto, en esa insatisfacción, un día, a pesar de hablar con Dios cara a cara, le dice a Dios: "Muéstrame tu rostro, muéstrame tu gloria. Estoy insatisfecho todavía, Dios." Y usted conoce el resto de la historia.

Cuando Dios nos da ese sentido de comunión, hay algo que nosotros experimentamos que nos lleva a no querer salir, a no querer perder lo que estamos experimentando. Esta es la experiencia de Pedro, Juan y Jacobo, usted recuerda. Cuando hablamos en el mensaje anterior, cómo Jesús en el monte de la transfiguración, cómo su rostro brilló, sus ropas brillaron, como Dios que es luz. Y hablamos en ese momento que Cristo tiene esa transformación, pero no hablamos de la experiencia de aquellos que vieron la transfiguración.

Y es que cuando Pedro, Juan y Jacobo experimentan lo que experimentan, Pedro le dice: "Señor, es bueno para nosotros estar aquí. ¿Quieres que hagamos tres chozas? Una para ti, una para Elías, una para Moisés", que se habían aparecido. En otras palabras: "Señor, nosotros estamos experimentando una comunión como nunca antes la habíamos tenido. Nosotros no queremos bajar, no queremos descender. ¿No es posible que nos quedemos aquí? Mira, hacemos tres chozas y nos quedamos." Esa es la experiencia de todo aquel que ha entrado, que ha experimentado comunión con Dios: no quieres salir, no quieres dejarla, no necesitas nada más. "Yo no necesito ir allá abajo, Dios. Yo no quiero experimentar la mundanalidad de nuevo, la temporalidad del mundo. Yo estoy bien aquí."

Y entonces tenemos que decir que cuando usted un domingo está viendo el reloj porque ya es muy tarde y lo están esperando, o el pollo se está quemando, usted está teniendo un encuentro con lo temporal, no con lo eterno. Cuando tú entras en el mundo de lo eterno, las horas pasan, el tiempo pasa y tú no quisieras salir. Y es eso lo que la comunión con Dios quiere devolvernos: una compañía tal que satisfaga las necesidades más profundas de mi ser, con lo cual yo voy a vivir de otra manera, no como la mayoría de nosotros vivimos.

Cuando la primera pareja fue echada del huerto, ellos experimentaron inseguridad y desasosiego. Desde entonces hemos querido llenar esa inseguridad, como hemos mencionado en otras ocasiones, con pólizas de seguro, con retiros, con planes de retiro, pero nada de eso le puede dar al hombre la seguridad que solamente Dios puede proporcionar.

Pero el salmista, cuando encuentra esa comunión con Dios, lo que nada más puede ofrecerle, él grita, él clama: "Tú eres mi refugio, mi roca fuerte, tú eres mi torre fuerte, tú eres mi castillo fuerte, en ti yo encuentro el refugio que nadie más me puede dar". Ese es el fruto de un hombre que ha sabido experimentar comunión con Dios, y en Él encuentra la seguridad y la compañía que no había podido experimentar.

Ahora escucha algo más. Tú sabes, tú y yo sabemos lo doloroso que es cuando nos sentimos desaprobados por alguien, sobre todo por alguien que para nosotros es importante. Con ese sentido de desaprobación hemos crecido, porque Adán y Eva experimentaron una desaprobación que tú y yo todavía ni siquiera conocemos.

Porque piensa por un momento: si ciertamente ha sido doloroso e hiriente el sentirnos desaprobados en algún momento por personas importantes, ¿cuál tú crees que debió haber sido la experiencia de Adán y Eva cuando llegaron a oír a Dios verbalmente, al aparecérseles, expulsarlos, desaprobarlos, poner un querubín para que jamás vuelvan a su presencia? ¿Cómo tú crees que tan profunda debió haber sido esa herida, ese quebrantamiento de esa primera pareja, que luego de haber pecado oye la voz de Dios que los expulsa y les cierra el regreso a su presencia?

Nadie ha experimentado algo semejante. Ese quebrantamiento, esa herida, fue pasada a cada uno de los hijos de Adán y de Eva, y así nacemos tú y yo. Entonces queremos ahora encontrar en el mundo que entramos, en nuestras experiencias, la aprobación que yo no tengo, que yo quisiera. Ni siquiera estoy seguro de qué es lo que necesito, porque cuando estoy fuera de la presencia de Dios no hay manera de que yo me pueda sentir aprobado.

Tuve las conductas entonces. Tuve la conducta en los jóvenes que son capaces de vestirse de todas las maneras posibles y de peinarse de todas las maneras posibles, tratando de encontrar la aprobación de sus iguales. Pero yo decía que yo no iba a ser muy duro hoy con los jóvenes que se peinan de esa manera, porque los predicadores hacen lo mismo. Hacen peor: ellos despeinan el mensaje y lo diluyen porque ellos quieren la aprobación de los seguidores.

Somos como Aarón. Aarón quería la aprobación del pueblo. Sí, Aarón tenía un corazón idólatra, pero la razón por la que Aarón terminó construyendo un becerro de oro es porque el pueblo le presionó. Él quería la aprobación del pueblo y él cedió ante la presión. Pero algo que nosotros sabemos es que solamente Dios nos puede dar ese sentido de aprobación que nosotros andamos buscando y que necesitamos.

El empresario cristiano muchas veces está dispuesto a darle en esfuerzo y horas a su trabajo lo que él o ella no están dispuestos a darle a su familia. ¿Por qué? Porque yo necesito sentirme aprobado, y los logros y el éxito me consiguen, me procuran, la aprobación de mi jefe. Y yo estoy dispuesto a darle a ese trabajo aquello que no estoy dispuesto a darle a mi familia, porque yo estoy dispuesto a pagar un precio por la aprobación, un precio que jamás yo hubiese pensado que hubiese estado dispuesto a pagar. Necesito el abrazo del mundo. Necesito que el mundo que está allá fuera aplauda mis logros, aplauda mi éxito, aplauda lo que yo hago. Y por tanto, por conseguir el aplauso del mundo, me vendo al mundo, con lo cual yo pierdo la comunión con Dios. Porque cuando me vendo al mundo comienzo a caminar en tinieblas.

El versículo 6 dice que si andamos en la luz entonces podemos tener comunión con Él. Yo no puedo estar en tinieblas y al mismo tiempo tener comunión con la luz. Eso es una imposibilidad. De hecho, Juan dice en el versículo 6: "Y decimos que tenemos comunión con Él, pero andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad." Tú no necesitas el abrazo del mundo. Tú necesitas no permitir que el mundo te abrace. El mundo no tiene brazos suficientemente largos para abrazarte a ti con todas tus necesidades. Tú no necesitas el abrazo del mundo; tú necesitas el abrazo del Padre, donde tú puedes sentir su aprobación. Pero tú no puedes tener eso si no tienes comunión con Él, y no puedes tener comunión con Él si no tienes salvación.

De hecho, Juan dice que la ausencia de comunión con Dios habla altamente de la ausencia de salvación. Yo no puedo, Juan entiende, ser salvo sin comunión con Dios. De ahí la importancia de estas verdades que les está tratando de comunicarnos.

Una vez establecida la comunión con Dios en el versículo 6, el próximo versículo nos da la otra pieza del rompecabezas. El versículo 7: "Si andamos en la luz como Él está en la luz, escucha, tenemos comunión los unos con los otros." Si andamos en la luz —y el término luz ahí diferentes comentaristas lo usan o aplican de diferente manera, pero significa lo mismo— andar en la luz es andar en la verdad, andar en la luz es andar en salvación, andar en la luz es caminar con Dios. Dice: si andas en la luz, tienes salvación; si andas en la verdad, tienes comunión con el otro, con el otro hermano. No es que podrías, es que tenemos de manera automática.

Ahora, si yo ando en tinieblas yo no puedo tener comunión con el que está en la luz. Bueno, ¿por qué no? Porque ya Pablo estableció las razones, dejó saber el porqué. Segunda de Corintios 6:14: "No estéis unidos en yugo desigual con los incrédulos, pues ¿qué asociación tienen la justicia y la iniquidad?" Escucha ahora: ¿O qué comunión? Es la palabra clave. ¿O qué comunión la luz con las tinieblas? ¿O qué armonía tiene Cristo, que representa la luz, con Belial, que representa las tinieblas? ¿O qué tienen en común un creyente que está en la luz con un incrédulo que está en las tinieblas? Esas dos cosas no pueden tener comunión.

De hecho, cuando un creyente comienza a caminar, a desviarse y a coquetear con las tinieblas, con el mundo de pecado, inmediatamente se comienza a producir una separación entre el desobediente y el que está en la luz. ¿Por qué? Porque no podemos tener comunión la luz con las tinieblas, y esa separación ocurre de forma natural.

Ahora, recordemos que Juan está escribiendo a un grupo de individuos, o para defender la verdad de un grupo de individuos, entre quienes estaban los gnósticos y los docetistas. No vamos a entrar en la definición de esos grupos porque ya lo hicimos, pero ellos habían torcido la verdad, habían diluido la verdad, habían manipulado la verdad. Y Juan les está diciendo: como ahora han hecho eso con la verdad, ya no andan en la verdad; y como no andan en la verdad, no andan en la luz; como no andan en la luz, andan en tinieblas; como andan en tinieblas, no podemos tener comunión con vosotros. Se ha roto la comunión, producto de que nosotros estamos en la luz y vosotros ahora estáis en tinieblas. Vosotros ya no andáis en la verdad, vosotros ya no andáis en santidad. De hecho, vosotros estáis dando evidencia de que no eran salvos en primer lugar. "Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros, y la razón por la que salieron de nosotros era porque nunca pertenecieron a nosotros." Primera de Juan 2:19. Eso es lo que Juan está diciendo.

Para Juan, este concepto de comunión con Dios y el concepto de comunión con el hermano es vital. Es vital porque una comunión implica la otra, y una no puede existir sin la otra. Y esas dos comuniones, cuando están ausentes, hablan en contra de salvación. Por eso son tan pesadas estas dos verdades tan sencillas.

Recordemos que la palabra comunión implica koinonía, y koinonía viene del griego. Koinonía y sus derivados aparecen más de 60 veces en el Nuevo Testamento y significa, implica, una vida compartida. Dios estableció koinonía conmigo, comunión conmigo. ¿Cómo lo hizo? Él compartió su vida. Y si tú tienes alguna duda de que Dios haya compartido su vida conmigo, tú miras a la cruz y te das cuenta de que Él compartió su vida en la cruz, la vida de su Hijo. Y luego tú miras hacia adentro, y si encuentras al Espíritu de Dios dentro, te das cuenta de que Él todavía está compartiendo su vida conmigo. Eso es una verdadera koinonía. No puedo ir a ningún lugar sin esa realidad y sin esa persona que mora dentro de mí. Eso es comunión. Dios dice: "Yo establecí esa comunión contigo, y ahora tú vas y la estableces con tu hermano. Y si tú no tienes comunión con tu hermano, yo dudo que la tengas conmigo. Y si no la tienes conmigo, no tienes salvación." ¡Wow!

La comunión vertical con Dios resulta irremediablemente en una comunión horizontal. Si la vertical es genuina, si es real, hay una comunión horizontal también genuina y también real. Y la ausencia de una o de la otra, Juan dice, pone claramente en tela de juicio si ha habido conversión.

Yo no sé si a usted le ha pasado, pero yo espero que sí. Usted va a otro país, usted va a otra ciudad, se junta con hermanos nacidos de nuevo que tienen el Espíritu, y a la hora después de estar comiendo ya usted se siente como que los conoce por diez años. ¿Qué es eso? Es que el Espíritu que vive en mí y el Espíritu que mora en el otro se entrelazan en la conversación rápidamente. ¿Por qué? Porque pertenecemos al mismo Dios.

Hay un sentido en el que yo no puedo romper esa comunión con Dios, porque el Espíritu de Dios no entra y sale de mi persona. En ese sentido yo no la puedo romper. Pero hay otro sentido en el que yo puedo interrumpir esa comunión. Yo puedo interrumpir el gozo de la comunión. Yo puedo interrumpir las bendiciones de la comunión. Yo puedo interrumpir la plenitud de la comunión. Yo puedo interrumpir la seguridad que la comunión me da. Yo puedo interrumpir el sentido de compañía que esa misma comunión me da. Yo puedo interrumpir el sentido de propósito con el que vivía, porque la compañía fue interrumpida. Pero no hay forma de que yo pueda interrumpir mi comunión con Dios sin que yo interrumpa al mismo tiempo, en el mismo grado, la comunión con mis hermanos.

Déjame decírtelo de esta manera. Lo voy a decir de dos formas diferentes, e implican exactamente la misma cosa, simplemente para enfatizar lo que estoy tratando de decir. No hay manera de que yo pueda tener una buena relación con Dios y una mala relación con mis hermanos. Eso no existe. La otra manera: no hay forma de que yo pueda tener una mala relación con Dios y una buena relación con mis hermanos. Eso no existe. En esta Palabra eso no existe. En la mente de Dios eso no existe. En el corazón de Dios eso no existe. Nunca existe. Una relación vertical genuina, real, resulta en una relación horizontal.

Cristo definió toda la vida en términos de dos relaciones, exactamente lo mismo que estamos hablando. "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y toda tu fuerza" —relación vertical— "y a tu prójimo como a ti mismo" —relación horizontal. Juan dice: yo no te voy a hablar del prójimo, yo te voy a hablar del hermano, que es todavía más serio esto. Del hermano que es nacido de nuevo. Es más, Juan dice: el que no ama a su hermano no ha nacido de nuevo.

Primera de Juan 4:20: "Si alguno dice: 'Yo amo a Dios', y aborrece a su hermano, es un mentiroso. Porque el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto." ¡Wow!

Bueno, si no, no me vengas a decir que tú tienes comunión con Dios, que tú te levantas a las tres de la mañana, que tú lees la Biblia, que tú te la memorizas, que tú sientes un sentido de tanta presencia cuando tú oras. A tu hermano, ¿no? No es verdad, mientes. Sincerízate. Será un encuentro emocional, pero no es espiritual. No puedes amar a Dios y odiar a tu hermano. Y si odias a tu hermano, si no puedes amar a tu hermano, no amas a Dios.

Mira cómo Juan lo dice al principio de la carta: "Lo que hemos visto y oído, os proclamamos también a vosotros." Él dice, Juan dice: "Lo que yo... yo fui testigo ocular del Señor Jesús, yo fui testigo auditivo de sus enseñanzas." Él dice: "Lo que nosotros hemos visto y oído, eso es lo que estamos proclamando." Escuchen la única razón, la única razón por la que Juan está proclamando estas verdades: "Lo que hemos visto y oído, os proclamamos también a vosotros para que también vosotros tengáis comunión con nosotros. Y en verdad, nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo Jesucristo."

Escuchen lo que Juan dice. Juan dice: "Yo tengo una sola razón para proclamar esta verdad: es que vosotros podáis tener comunión con nosotros, y nosotros tenemos comunión con el Padre y con el Hijo." En otras palabras, si ustedes se apropian de estas verdades, podréis tener comunión con el Padre y con el Hijo, que es con quien nosotros estamos conectados, y entonces tendremos comunión los unos con los otros. No tengo otra razón para proclamar esta verdad que no sea comunión. ¡Wow! O sea, todo este esfuerzo, Juan, ¿es para comunión? Sí, para comunión con el Padre y con el Hijo.

Y Juan no menciona al Espíritu, no porque no lo crea. Pablo nos dice en 2 Corintios 13:14 que tenemos comunión con el Espíritu Santo, pero recordemos que Juan está escribiendo en el contexto de una controversia. La controversia tenía que ver con el Hijo. Y Juan dice: "Nosotros tenemos comunión con el Padre y con el Hijo." Y estas verdades tienen el único propósito de establecer comunión con Dios, la Trinidad, y con nosotros. Y si no hay comunión con nosotros, pues no hay comunión con Dios. Y si no hay comunión con Dios, no hay regeneración. Está tan claro como el agua.

Yo creo que este es un concepto importante porque nosotros estamos viviendo días donde mucha gente entra y sale de la iglesia, se siente cómoda haciendo eso, recibiendo beneficios sin realmente comprometerse con la iglesia. Y eso es un concepto tan ajeno a la mente de Dios. Yo creo que si Pedro y Juan se enteraran, se revolcarían en las tumbas, porque para ellos era inconcebible. Era inconcebible que no hubiera un compromiso con los hermanos. Tu compromiso no es con estas cuatro paredes. Estas cuatro paredes es donde nosotros nos reunimos. Tu compromiso es conmigo. Mi compromiso es contigo, de persona a persona, de vida compartida.

Oye cómo Juan lo dijo. Yo no me atrevería a decirlo si no estuviera en la Palabra. De hecho, leerlo me resulta fuerte. Escuchen, cantar. Pero Juan dice en 1 Juan 3:10: "En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo. Todo aquel que no practica la justicia no es de Dios." Hasta ahí voy bien. "Tampoco aquel que no ama a su hermano." ¿Cómo? Juan, ¿qué es lo que tú estás diciendo? Que hay dos grupos: hijos de Dios, hijos del diablo. Y si tú eres hijo de Dios, tú amas a tu hermano. Y si tú no amas a tu hermano, tú no eres hijo de Dios. Y hijo de quién entonces soy, ¿del diablo? ¡Wow! Esto es serio. Esto es la comunión con el hermano. Y este no es mi hermano biológico, porque Cristo ya lo dijo: si amas a quienes te aman, ¿qué mérito tienes? Hasta los paganos aman a quienes les aman, los inconversos. No hay ningún mérito.

Es este tipo de radicalismo en la carta de 1 Juan que ha hecho que predicadores del pasado y del presente piensen que este es uno de los libros más difíciles de predicar de toda la Palabra de Dios. Para mí, al día de hoy, este es el libro más difícil de predicar, porque Juan habla con un absolutismo que no te deja espacio para nada: todo el mundo, nadie. Y esto es como que vuelve y lo dice aquí: aquí hay hijos del diablo e hijos de Dios. El hijo de Dios ama, y el que no ama no es de Dios. Entonces, Juan, ¿de quién es? Del diablo. Y él lo dice como con tanta facilidad.

Esa característica de comunión, de hermandad, nosotros no la vemos en la iglesia del siglo XXI. Somos como islas, como bloques de islas aislados el uno del otro. Un archipiélago somos. Y Juan dice: "Eso no es así."

Pastor, ¿y dónde existió una iglesia con esa característica? La iglesia primitiva. Déjame leerte por lo menos sus primeros años. ¿Cómo lució una iglesia que vivió en comunión con Dios y en comunión el uno con el otro? Hechos 2, a partir del versículo 44: "Todos los que habían creído estaban juntos y tenían todas las cosas en común. Vendían todas sus propiedades y sus bienes y los compartían con todos según la necesidad de cada uno. Día tras día continuaban unánimes en el templo y partiendo el pan en los hogares, comían juntos con alegría y sencillez de corazón, alabando a Dios y hallando favor con todo el pueblo. Y el Señor añadía cada día al número de ellos los que iban siendo salvos."

Si hubo una iglesia que supo experimentar comunión, cercanía, hermandad, fue esta primera iglesia. Y ciertamente el Espíritu de Dios estaba soplando sobre ellos. Pero veo algunas condiciones que yo no quiero pasar por alto, que permitieron que esto se diera de esta manera, porque de lo contrario seríamos inocentes. Yo quiero mencionarlas, pues quizás eso es lo que necesitamos un poco.

Lo primero es que esta fue una iglesia en necesidad, y no hay nada como la necesidad para hermanarnos. El problema es que cuando yo tengo todas mis necesidades suplidas, las físicas, las emocionales, sobre todo ahora en este mundo cibernético donde si no me gusta este pastor me sintonizo y puedo ver los mejores predicadores del mundo en mi computadora sin tener que salir de mi apartamento si quiero... Entonces, esas necesidades así de suplidas no hacen que yo necesite, o hacen que yo no necesite de nadie.

Pero esta fue una iglesia perseguida, y no hay nada como la persecución para mostrarte la realidad. La necesidad nos humilla, la necesidad nos vuelve vulnerables, y no hay nada como la vulnerabilidad para yo hermanarme con otro. Es esa necesidad la que nos quita el aire de sofisticación con el que cada uno de nosotros vive, muros que hemos construido. Y ahora somos tan sofisticados de mente, de corazón, que ahora hay que andar como que camina sobre huevos, no vaya a ser que yo ofenda al hermano. Si vas a visitarme, me llamas primero a ver si te puedo recibir. Si alguien que trabaja en mi casa va a venir, que me avise primero a ver si puede venir.

Yo no me imagino a Juan llamando a Pedro por teléfono, por celular: "Juan, ¿yo puedo pasar por tu casa?" No, porque no había teléfono. Entonces Pedro, Juan, el uno del otro, tenía que mandar un mensajero. Para mandar el mensajero, ¿yo voy a preguntar primero "llámeme a ver si puede pasar por mi casa"? Segundo, no me llame después de esta hora ni antes de esta otra, porque somos así de complejos y de complicados. Y luego entonces, si me llama de una forma que a mí no me gustó, imagínate: "Mira cómo llamó y mira a qué hora me lo pidió."

Pero yo he descubierto que el problema, escuchen lo que yo dije el miércoles, para los que no estuvieron y que necesitan venir los miércoles como parte de la hermandad del Nuevo Testamento de la que estamos hablando en este sermón, en caso de que usted no se hubiera dado por aludido, yo se lo estoy diciendo: ninguna de las cosas que yo siento tienen que ver con usted, tienen que ver conmigo. Cuando me siento mal, cuando me siento triste, cuando me siento ofendido, yo mismo, yo solo estoy diciendo. Y luego lo que nosotros hacemos es que tratamos de encontrar en el otro la razón para justificar cómo yo me siento, pero tiene que ver conmigo nada más.

Y lo ilustraba hoy de esta manera: si a mí no me gusta prestar mis cosas porque yo soy bien complejo y complicado, entonces cuando tú me pides algo y yo no lo quiero prestar, entonces voy y le comento: "Mira cómo me lo pidió, ni siquiera dijo por favor." El problema no fueron las palabras. No lo quiero prestar, y ahora, en la ausencia de "por favor", yo quiero encontrar la razón para sentirme bien. "Mira la hora que lo pide." En manos, se lo va a prestar, préstelo. Olvídese de las palabras. Y si no lo va a prestar, no lo preste. Si usted lo va a prestar porque usted tiene una hermandad con su hermano que es más importante que la manera como se lo pidieron... Pero somos demasiado sofisticados.

La necesidad nos enseña lo que verdaderamente es necesario y lo que es superficial, lo que es real. Permítanme decirlo de esta manera: y lo que es niñería. Un montón de cosas son simplemente niñerías. Que me dijeron, que no dijeron, que la palabra, que lo que... ¿Qué tú imaginas? ¿Cómo me lo dijo? ¿Cómo se atrevió? En manos, se atañe a mí. Por favor, usted tiene eso, y si es su hermano, es más importante que las palabras, cómo lo dijo y la forma y la manera. "Ah, bueno, que le enseñe, siempre lo tiene que aprender." Si él tiene que aprender, pues es Dios el que tiene que transformarlo, no usted, no yo. Y bastante que ha esperado Dios por usted, ¿y usted no puede esperar por el hermano?

La necesidad nos muestra lo que es descanso necesario y lo que es simplemente entretenimiento superficial. La necesidad destruye el orgullo y el egocentrismo que construye todas estas paredes y toda esta sofisticación con la que nosotros vivimos en el día de hoy. Esta fue una iglesia perseguida, y la persecución te enseña lo que realmente tiene valor.

Hoy nosotros estamos preocupados si mi hijo me ensució el sillón del carro con migajas de casabe y lo abochornamos, porque, claro, el sillón es más importante que mi hijo, su dignidad, el respeto y la desaprobación que está experimentando. O lavamos el carro y ya se nubló. ¡Tú puedes creer que ya está nublado! Vamos a ver otra vez. Cuando tu vida está siendo perseguida, tú no andas protegiendo el carro, tú andas protegiendo tu vida. Tú sabes lo que es importante, tú sabes lo que tiene valor. Cuando esta iglesia supo lo que era importante, porque la vida era lo que andaban buscando proteger, hoy yo te protejo a ti y mañana tú me proteges a mí, o a mis hijos, o a los tuyos.

La segunda cosa que favoreció, que ayudó a esta iglesia, es que esta iglesia tenía necesidad económica. De hecho, al principio de la iglesia había poca gente. No es que esto fuera bueno, pero quizá ni estoy diciendo que fue bueno o malo, pero quizá fue bueno por un tiempo. Había poca gente de recursos en la iglesia o en las iglesias. Y uno de los problemas con la... yo usé la palabra "afluenza" en el primer culto, me dijeron que no estaba en el diccionario, no la usé en el segundo culto y me dijeron que sí estaba en el diccionario. Riquezas, affluence en inglés, abundancia.

El problema con eso no es que sea malo en sí, pero mira cuál es el problema. Esa afluenza, esa abundancia, nos entretiene con sus ofertas. Y al entretenernos con sus ofertas, nos distrae, nos entretiene y nos distrae con sus juguetes, nos posee con sus tentáculos, nos quita tiempo porque hay que cuidarla y desarrollarla. Esa abundancia demanda emociones de mi corazón. Y cuando yo tengo ese corazón dividido entre juguetes, ofertas, tentáculos y todas estas otras cosas que el mundo tiene que ofrecerme, queda muy poco corazón para el hermano. Ese es el problema. Y ante la menor petición del hermano ya es demasiado. Claro, porque el corazón estaba lleno ya, pero un corazón que está rebosado no tiene espacio.

Quizás alguno de ustedes conoce la ilustración del profesor que cogió una vasija y la llenó de rocas, para que le llegara hasta arriba, y le preguntó a los estudiantes que si la veían llena. Le dijeron que sí. El profesor cogió piedrecitas pequeñas, las dejó caer hasta que llegaran hasta arriba y les dijo que si ahora la veían llena. Sí, profesor. Él tomó un puñado de arena y lo dejó caer, y la arena cupo. Y ahora él volvió y lo levantó y les decía: ahora la ven llena. Sí, profesor. Y él cogió un poco de agua y lo dejó caer, y también cupo el agua. Les preguntó a los estudiantes cuál era la lección, y ellos dijeron que tú siempre puedes meter más en tu vida, en el espacio. El señor dijo: esa no era la lección. La lección es que cuando tú pones las cosas importantes primero, las secundarias siempre pueden caber.

El problema es que tenemos el corazón lleno de cosas secundarias y las importantes no caben. Como qué: comunión con Dios, con mi hermano. Eso es una roca de todo el tamaño, no cabe. El corazón está lleno de qué: de pepitas, de piedra, de arena. ¿De dónde? Del mundo, no del reino de los cielos.

Ahora, el texto del libro de los Hechos que yo les digo tiene algo que llama la atención. Y es que dice que ellos tenían sencillez de corazón. ¡Ah, eso es! Como ya decíamos, es que somos demasiado complejos hoy. Además, demasiado sofisticados. Es la presencia de la sencillez de corazón que permite y hace posible la comunión entre hermanos. ¿Por qué? Porque mira, el corazón sencillo es un corazón que no se cree más de lo que realmente es. El corazón sencillo es un corazón perdonador, él sabe cuánto le han perdonado. El corazón sencillo no se ofende fácilmente, porque es el orgullo que se ofende con facilidad. El corazón sencillo es sumiso, no demanda del otro, no es cuestionador, no exige privilegios especiales. Está contento cuando sirve y está contento cuando no sirve. Está contento cuando le informan y está contento cuando no le informan. Está contento cuando le invitan y está contento cuando no le invitan.

Esto de que no me llamaron, no me informaron, no me procuraron, no me invitaron, no me llamaron, no me dijeron, no me... ¡Por Dios, hermanos! Por Dios, si tuviéramos una mente puesta en las cosas que realmente tienen importancia. ¿Me vas a decir que eso tiene importancia en tu vida? Pero cuando nuestra mente, nuestra vida, no está siendo gastada en cosas importantes, esas cosas sin importancia, nimiedades, se convierten en cosas vitales para mi vida.

¿Hasta dónde te importa la relación con tu hermano para que tú puedas pasar por alto todas esas nimiedades? Porque no encuentro otra palabra; si hubiera una más chiquita yo la usara. Nada de eso tiene valor. ¿Por qué? Porque la relación con mi hermano vale más que todo eso. ¿Qué oye? Oye con lo que me salió esta mañana. Tú no sabes cómo ese hermano se levantó esa mañana. Tú no sabes lo que es tener un hijo en drogadicción. Tú no sabes lo que es tener una hija que te acaba de decir que está en estado. Tú no sabes lo que es tener un hijo de 16 años que te acaba de decir que se fue de la casa. Tú no sabes lo que es levantarte sin saber qué tú vas a comer ese día.

Y en vez entonces de airarte con tu hermano porque mira cómo me dijo, ¿por qué no te preocupas por él y te dices: wow, qué tendrá mi hermano, qué le estará cargando, que lo veo tan irritable últimamente? No, porque el hermano no tiene valor para nosotros. Pero es que la palabra es "valen tanto". Porque el hermano no vale nada, por eso valen los carros también, los asientos. Porque el hijo no vale nada, por eso protegemos los carros. A las esposas, los carros alemanes, más que las esposas.

Y Dios dice: ¿y tú me vas a decir, tú me vas a decir que sin comunión con el hermano, con tu hijo, con tu esposa, que tú eres hijo mío, que tú eres nacido de nuevo, que tú tienes comunión conmigo? Yo digo: no, no es verdad, no. A otro solo puedo decir por ahí. No. Y lo que van a estar diciendo: si yo soy nacido de nuevo, tengo comunión con Dios, y si tengo comunión con Dios, tengo comunión con el hermano. Quiero ver al hermano, quien está en relación con él. Hay hermanos que cuando lo ven a usted se alegran, y si usted es nacido de nuevo, hay hermanos que cuando usted los ve a ellos se alegra.

Quizás usted me dice: bueno, para todo, yo no tengo hermanos así, yo nunca me alegro cuando veo a nadie. Bueno, mire para adentro entonces, quizás es que no he nacido de nuevo. Y sabes que yo no te lo digo para acusar. A mí me duele que tú estés ahí, porque no sabes lo que te pierdes. Porque la primera persona que se duele por ti es Dios. Porque no tienes lo que Adán perdió. Porque no puedes tener los privilegios que Adán perdió. Porque no puedes tener todo lo que tú quieres y deseas: toda la seguridad que tú quieres, todo el propósito que quieres, todo el significado que quieres, la paz que quieres, el sosiego que quieres, el poder vivir en armonía. Que todo eso yo creo que todos nosotros lo queremos, pero no estamos dispuestos a pagar el precio que se requiere para tenerlo en un lugar y de una manera: en Su presencia y comunión. No hay otra forma.

Y entonces, pastor, si eso es así, entonces ¿qué hacemos? Súper sencillo. Siempre usted me va a oír decir que la vida cristiana es la cosa más sencilla del mundo que yo conozco. Bueno, pero este problema que acaba de describir es complejo. Sí, pero el tratamiento es súper sencillo. Usted establece una estrecha relación con Dios y el fruto natural es una estrecha relación con el hermano. Se terminó la enfermedad. ¡Ah, pero verdad que sencillo! Sí, yo solo dije que es sencillo. Una sola cosa: una estrecha relación con Dios. Y eso resulta en una estrecha comunión con su hermano, que usted quiere ahora bendecir, y ayudar, y amar, y fortalecer, y llevar, y esperar de él. No es tan complejo. Necesitamos comenzar a establecer una relación con Dios y con tu hermano como evidencia, como evidencia de que soy salvo, de que soy nacido de nuevo. La ausencia de eso, Dios dice, habla en contra de tu nuevo nacimiento.

Integridad y Sabiduría es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima cuando nos reencontremos con Integridad y Sabiduría.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.