Integridad y Sabiduria
Sermones

Mi pecado y Su perdón

Miguel Núñez 18 octubre, 2009

La realidad del pecado en el creyente es ineludible, y pretender lo contrario es caer en el autoengaño. Juan escribió a cristianos que enfrentaban la influencia de gnósticos que creían haber alcanzado un estado libre de pecado, pero su advertencia sigue vigente: quien dice no tener pecado se miente a sí mismo y la verdad no está en él. El problema no afecta solo a incrédulos; también el creyente puede insistir en que cierta conducta no es pecado cuando otros a su alrededor la ven claramente. Esto ocurre porque la carne permanece relativamente ciega a sus propios errores, y cuando nos alejamos de la luz de Dios, las cosas comienzan a verse borrosas.

Para evitar ese autoengaño, es necesario visitar la Palabra no para acumular conocimiento ni para señalar a otros, sino como el piloto que revisa sus instrumentos para saber cómo va su propio avión. También se requiere caminar en santidad, porque la cercanía a Dios sensibiliza al pecado, mientras que la distancia endurece la conciencia. Igualmente importante es caminar con el pueblo de Dios, donde hay personas con discernimiento que pueden señalar lo que está mal, y mantener un corazón humilde y libre de resentimiento, porque el orgullo no escucha y el corazón amargado pierde toda razón.

La buena noticia es que Dios es fiel y justo para perdonar, pero Juan pone la confesión en condicional: no basta con verbalizar la falta. El verdadero arrepentimiento nace del dolor por haber herido al Dios a quien amamos, no del simple miedo a las consecuencias. Quien se arrepiente así no calcula hasta dónde llegar, sino que pregunta qué más debe hacer para restaurar su comunión con Dios. Y si alguno peca, tiene un abogado ante el Padre: Jesucristo el justo, quien es la propiciación por nuestros pecados.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Vamos a buscar la carta del primer Juan, capítulo 1, para continuar con nuestra serie. Vamos a leer los últimos tres versículos del capítulo 1 y los primeros dos versículos del capítulo 2, de manera que, porque ellos están relacionados. Versículo 8: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Si confesamos nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a Él mentiroso y su palabra no está en nosotros. E hijitos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Y si alguno peca, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. Él mismo es la propiciación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero."

Yo quiero que revisemos dos o tres de las verdades expresadas en este texto tan corto que acabamos de leer. En primer lugar, Juan nos habla de la realidad del pecado en nosotros. El versículo 8 nos dice que cuando nosotros no admitimos que tenemos pecado, estamos mintiendo. Es una verdad que es revisada varias veces a lo largo de la historia bíblica, y es algo que el hombre ha podido comprobar y validar por su conducta a lo largo de los siglos.

En segundo lugar, yo quiero que veamos la fidelidad de Dios para perdonar nuestros pecados. El versículo 9 nos dice que Él es fiel y justo para hacer tal cosa. Eso es algo que también es respaldado por la Palabra de Dios a lo largo del Antiguo como del Nuevo Testamento, y la mejor muestra de esa fidelidad de Dios para con nosotros es su cruz.

Y en tercer lugar, que nosotros tenemos nuestros pecados perdonados en Cristo, por Cristo, para la gloria de Dios, que es el principio del capítulo 2. Una vez más, para entender lo que Juan está tratando de comunicarnos, recordemos que Juan le está escribiendo a creyentes acerca de un grupo de gnósticos que había llegado a creer que el cuerpo y el espíritu, aunque estaban juntos en un mismo espacio por así decirlo, que el espíritu permanecía puro independientemente de las conductas pecaminosas del cuerpo, y que el cuerpo siempre sería pecaminoso. Y que era posible incluso vivir de esa manera y tener comunión con Dios. De eso quiso hablar Juan, o contradecir eso, cuando dice en el versículo 6: "Si decimos que tenemos comunión con Él, pero andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad."

Pero ahora Juan estaba tratando de comunicarle a otro grupo de gnósticos que se creían más avanzados, que entendían que habían alcanzado cierto conocimiento secreto que otros no tenían. Este grupo estaba tratando de decir que ellos incluso no tenían pecado en lo más mínimo, en lo absoluto. Y es ahí donde Juan entonces trata de decirnos en el versículo 8: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros." Si la verdad no estaba en ellos, Cristo tampoco estaba, porque Él se definió como la verdad. Y si Cristo no estaba en ellos, pues no estaban en un estado de salvación; en otras palabras, no eran salvos.

Uno pudiera preguntarse, uno escucha esto, lee acerca de esto, y uno pudiera preguntarse cómo es posible que el hombre pueda llegar a concluir que no tiene pecado. Pero para tratar de comenzar a entender esto, recordemos que esta gente, estos gnósticos, eran inconversos. Por tanto, no tenían el Espíritu de Dios, no tenían iluminación, y si no tenían iluminación estaban en tinieblas, y si estaban en tinieblas eran ciegos y no podían ver su propio pecado. El inconverso no está preocupado en conocer cuál es el estándar de Dios ni cómo luce frente a ese estándar. Él no se anda comparando, no anda revisando y examinando su vida.

De la misma manera que tú puedes levantarte en la mañana y salir de tu hogar sin haberte visto en el espejo, y salir todo despeinado y con cosas en los ojos sin saber que estás luciendo de esa manera, el inconverso tampoco usa el espejo de Dios. De manera que él puede salir a vivir su vida y no darse cuenta, no percatarse de lo mal que luce. Excepto que cuando se trata del espejo lo único que uno ve mal es el rostro, pero cuando se trata de la Palabra de Dios como espejo, lo que se ve mal es el alma y toda la vida.

Eso nos da una idea de cómo una persona que no conoce a Cristo pudiera en un momento dado llegar a pensar que realmente no anda en pecado, que no tiene pecado, que no vive una vida de pecado. Pero yo creo que lo que hace más difícil entender, y es más triste verlo, es cuando el creyente en quien mora el Espíritu de Dios insiste en ocasiones en que él no está en pecado, cuando otros que están a su alrededor pueden ver claramente que él o ella sí lo está. Y yo menciono eso porque esas dos cosas son comparables: el inconverso que no cree que está en pecado en lo más mínimo, y el creyente que no va a afirmar que no tiene pecado, pero que pudiera afirmar en ciertos casos que eso que otros ven, que eso que otros le señalan, no es un pecado, cuando en realidad sí lo es.

Por eso es que creo que eso es comparable. Y parte del problema está en que nosotros no nos hemos deshecho por completo de la carne, y la carne es relativamente ciega a nuestros propios errores. Cuando andamos en la luz, la luz misma nos ayuda a ver lo que está mal en nosotros. Pero tan pronto le damos la espalda a la luz, hay algo que comienza a verse un poco borroso. De hecho, a mí me pasa que arriba, cuando estoy leyendo el texto de la Biblia, hay ángulos en que la luz le da al texto de una forma muy directa y yo puedo ver claramente. Pero cuando paso de ahí, como estoy haciendo ahora, ya tengo sombras sobre el texto, y de inmediato hay algo que no me deja ver tan bien como venía viendo.

Bueno, de esa misma manera ocurre en nuestras vidas. Cuando pasamos de la luz, porque hemos estado en su Palabra y hemos estado cerca de Dios, a una penumbra, porque nos hemos alejado de ella, las cosas no se ven tan claras. Y de repente yo no veo lo que otros ven. Y ese es parte del problema. Cuando eso comienza a pasar en mi vida, de repente yo comienzo a perder agudeza visual desde el punto de vista espiritual; no tengo tan buena audición ni tengo tan buena sensibilidad.

Parte del problema también ocurre —y lo vemos mucho en la vida diaria— que una vez tú quieres algo, tú comienzas a perder objetividad con relación a eso que quieres. Y esa es la razón por la que las recomendaciones que se te hacen de repente te parecen exageradas. El paciente que va donde el médico muchas veces reacciona de la misma manera: el médico le hace ciertas recomendaciones y a él le parecen exageradas. Esa dieta es muy exagerada, es muy estricta, nadie puede llevar eso. Le parece algo agrandado, agigantado, alarmista; en otras ocasiones le parece prejuiciado. Y con esas cosas así en la mente, nosotros comenzamos entonces a ver las recomendaciones de otra forma.

Hasta el punto en que llegamos a circunvalarlas, a hacerles un bypass, como se dice en inglés, de tal manera que las veo ahí pero al hacerles ese bypass me convenzo de que las estoy siguiendo, porque yo no las he eliminado. Yo simplemente les pasé por el lado y creé una manera de yo poder continuar pero a su alrededor. Y de esa forma nosotros terminamos engañándonos a nosotros mismos. Llegamos a creer nuestra propia mentira, pecamos y creemos que no estamos pecando.

Yo quisiera creer en esta mañana que todo el que está aquí no quisiera llegar a un estado de autoengaño, y es donde frecuentemente nos encontramos. Por eso yo creo que vale la pena en esta reflexión de esta mañana hacernos la pregunta: ¿de qué forma yo pudiera evitar caer en esa condición? Nosotros sabemos que la mejor medicina es la preventiva más que la curativa. ¿Qué puedo hacer ahora de tal manera que mañana yo no esté ahí? Y si estoy hoy, ¿qué pudiera ver en esas recomendaciones que me permitan retroceder y volver atrás?

Cuando nosotros comenzamos a entrar en el autoengaño, una de las cosas que ocurren es que yo comienzo a tener ideas contradictorias, porque yo sé esto pero practico aquello. Y en ocasiones entonces comenzamos a hablar y a decir precisamente eso: "Pero tú crees esto, ¿verdad? Sin embargo estás haciendo aquello." "Bueno, lo que pasa es que tú no entiendes." Y comenzamos a ver esa dualidad muchas veces en el estilo de vida. La razón por la que hacemos eso es porque cuando sabemos algo y lo tenemos claro en un momento dado, pero ahora queremos algo con lo cual esto está interfiriendo, de repente yo comienzo a ver eso que antes creía desde otro ángulo, y yo comienzo a pensarlo diferente. Yo comienzo a torcer lo que antes yo creía, pero yo lo sé, yo sé que es una verdad.

Esa es la razón por la que comienzo a entrar en esa dualidad en que se me escucha decir una cosa pero se me ve hacer otra. Y en esa contradicción nosotros comenzamos a darnos cuenta de que realmente nos hemos autoengañado, o de que la otra persona se ha autoengañado. La razón por la que lo hacemos es porque ahora esto me conviene, y como me conviene yo comienzo a interpretar lo que antes sabía claramente de manera diferente. Y la razón por la que somos así es porque nuestro egocentrismo nos lleva a vivir de esa manera. Mientras más egocéntricos somos, mayor el riesgo de terminar autoengañados. Y ese es uno de los problemas de nuestra forma egocéntrica de ser.

Pero yo quiero creer, como decía, que cada hijo de Dios que está aquí no quisiera terminar ahí, o si está ahí, quisiera salir de ahí. Es por eso que yo voy a tomarme el tiempo de revisar algunas cosas sobre cómo nosotros pudiéramos prevenir caer en un estado de autoengaño, de tal manera que no lleguemos a decirnos que no estamos en pecado en un área en particular cuando es obvio para otros que sí lo estamos.

Y lo primero es que yo necesito conocer su palabra. Algunos pudieran decir: "Bueno, para eso está..." No, Dios te lo he dicho tantas veces. Sí, pero yo quisiera hacer esta observación, y es que yo necesito visitar su palabra, y cada vez que la visito yo no debo entrar a su palabra ni para acumular más conocimiento, de tal manera que yo pueda responder cuando otros me preguntan. Ni puedo entrar a su palabra simplemente porque yo quisiera demostrar que yo puedo memorizarla y recitarla, de tal forma que otros entiendan que yo sí sé la palabra de Dios.

Pero mucho menos debiera estar visitando la palabra de Dios para ver cómo la vida de otros no se conforma al estándar de Dios. Y eso es como muchas veces la leemos: "Déjame leer a ver qué le puede servir a mi marido. Ah, esto sí está bueno para fulano, que lo voy a ver esta tarde."

Recuerden: ustedes son el capitán de su propio avión. Dios es su amo, estamos de acuerdo, pero usted está pilotando su avión, y usted necesita visitar la palabra de la misma manera que el piloto de un avión revisa sus instrumentos. Yo nunca he visto ni leído de un piloto que esté chequeando los instrumentos para ver cómo el avión de al lado se está desviando. "Déjame chequear a ver el avión que salió detrás de mí, por dónde va." No, él chequea sus instrumentos con la única intención de saber cómo está su avión.

Y de esa manera, cuando nosotros entramos a la palabra de Dios, debiéramos entrar todo el tiempo con la intención primordial de saber dónde está mi vida con relación al estándar que hoy estoy leyendo. Y cuando usted abraza eso como un valor cada día, cuando usted lee la palabra y es corregido, usted dice: "¡Wow, qué bueno! ¡Qué bueno que hoy yo puedo corregir ese curso! Qué bueno, que esto que hice ayer Dios me lo está confirmando hoy, porque tiene que ver conmigo." Y cuando Dios quiera, entonces Dios le iluminará para que usted use ese mismo conocimiento con otros.

Pero eso es lo que Cristo hablaba cuando decía: "¿Por qué tú te preocupas de ver la paja que está en tu hermano, cuando no te preocupas de ver tu viga?" ¿Por qué te preocupas de ver en el texto de la palabra de Dios la vida de los demás, en vez de preocuparte por ver tu propia vida? De manera que, si yo no quiero caer en el autoengaño, yo necesito, en primer lugar, ver el estándar de Dios para ver cómo yo estoy conforme a su estándar, conforme a su plomada.

En segundo lugar, yo necesito vivir en santidad. El hecho de vivir cerca de Dios, de caminar con Dios, es caminar cerca de la luz, y cuando la luz está sobre mí, yo tengo ya por naturaleza mayor sensibilidad al pecado. ¿Por qué? Porque eso es lo que la santidad de Dios hace: nos sensibiliza al pecado. Por el contrario, cuando yo me alejo de Dios, ese alejamiento comienza a endurecer mi conciencia y a hacerme más insensible al pecado.

Quizás vale la pena recordar que nosotros nos acostumbramos prácticamente a cualquier cosa, y el proceso de acostumbramiento o de adaptación es por exposición a lo que estamos viendo, oyendo o estamos viviendo. Quizás esta ilustración nos pueda ayudar: tú entras a un lugar donde hay un olor muy fuerte —puede ser bueno o malo, no importa—, y de repente tú dices: "¡Wow, qué olor más fuerte!" Pero te quedas un rato, sigues respirándolo, y llega un momento en que ya tú no lo hueles. La razón por la que no lo hueles es porque la sustancia que estaba en el aire comenzó a fijarse a los receptores del olfato en tu nariz, y cuando las moléculas saturan los receptores del olfato, llegó un momento en que ya no lo percibes. Mientras haya receptores sin ser saturados, tú percibes el olor distinto al resto; una vez todos los receptores están saturados, prácticamente tú ya no lo percibes.

Bueno, quizás esa ilustración nos ayuda a entender también cómo ocurre con el pecado y la conciencia. Porque yo soy expuesto al pecado y todavía tengo receptores sensibles a ese pecado, pero en la medida en que yo comienzo a hablarme a mí mismo y a dialogar conmigo mismo, mis excusas comienzan a fijarse en mis receptores de sensibilidad. Llega un momento en que yo saturé todos los receptores sensibles y ya no veo el pecado de la misma manera; no veo la falta, no veo el error que otros ven con tanta facilidad. Yo necesito caminar en santidad, entonces, para que eso no me ocurra. La acción dispara la conciencia, pero la conciencia comienza a ser bombardeada con mis propias excusas, y comienzo entonces a justificar las acciones; saturo mi conciencia y continúo por el camino que yo quería ir en el primer lugar.

En tercer lugar, yo necesito caminar con el pueblo de Dios. En el pueblo de Dios va a haber gente con discernimiento, gente con sensibilidad, gente con sabiduría, que va a tratar de detenerte, que va a tratar de corregirte, que va a tratar de señalarte. Fuera del pueblo de Dios tú no vas a encontrar eso; no vas a encontrar personas con la sensibilidad del Espíritu de Dios, su sabiduría y su discernimiento para poder mostrar lo que no está bien en un momento dado. Cuando no caminas con el pueblo de Dios y estás caminando con el mundo, el mundo te va a decir —cuando escucha tus problemas y te escucha decir "me siento tan culpable"—: "¿Por qué? ¿Cuál es la gran cosa?" Claro, porque el estándar de ellos no es el tuyo, y el mundo va a justificarte en tus acciones, y tú vas a llegar a creer lo que ellos constantemente te dicen. El mundo no es tu punto de comparación; necesitas caminar con el pueblo de Dios, porque a veces queremos adorar con el pueblo de Dios y pecar con el mundo, y de esa manera nos vamos poco a poco autoengañando.

Número cuatro: tú necesitas una actitud de humildad para poder ser corregido y escuchar el llamado de atención. Lo opuesto es el orgullo, y aunque hemos hablado tantas veces de esto, creo que en este contexto es bueno que lo recordemos, porque es precisamente el orgullo el que nos lleva, en muchos casos, a no ver lo que otros ven, a no oír lo que otros oyen, a no discernir lo que otros disciernen. El problema es que el orgullo no escucha; el orgullo se vuelve desafiante, el orgullo es autojustificador, el orgullo niega haber hecho lo que ha hecho, el orgullo niega acciones que otros han visto y que han sido hechas en presencia de otros. El orgullo minimiza mis faltas aunque agranda las de los demás, y de repente yo comienzo a pensar que el otro lo que está es exagerando las circunstancias.

El orgullo es tan astuto que se cree humilde. "No, porque yo humildemente te lo digo, te lo digo en humildad de corazón; mira, yo sé cuándo tengo orgullo, pero esta vez yo estoy siendo humilde." El orgullo es así: cree saber lo que otros no saben, discernir lo que otros no disciernen, entender lo que otros no entienden. Pero eso debe ser como una alarma en mi mente: cuando nadie me entiende, el problema no puede ser todo el mundo. Yo tengo que comenzar a analizarme, porque a menos que seamos Dios —a quien nadie puede entender porque es Dios—, yo soy un simple mortal y alguien debería poder entenderme. Pero el orgullo nos lleva a creer, incluso, que otros no me pueden entender.

Y necesito también, para no caer en el autoengaño, tener un corazón sano, porque el corazón que está enfermo, el corazón que tiene ira, el corazón que tiene resentimiento, llega un momento en que se vuelve tan y tan insensible que pierde el tino, pierde la razón, y se comporta, de acuerdo a la Palabra, como una bestia. Y usted dirá: "Pastor, ¿pero eso no le suena un poco exagerado?" Déjame decirte lo que el salmista escribió en el Salmo 73: "Cuando mi corazón se llenó de amargura" —que es eso, resentimiento, algo contra alguien que me ha ofendido, algo que yo siento, algo que me sangra—, "y en mi interior sentía punzadas." De tal manera que el resentimiento, que es algo emocional, algo psicológico, ya comenzó a tener manifestaciones orgánicas, porque él había comenzado a sentir punzadas en su interior. "Cuando eso comenzó a gestarse en mí, entonces era yo torpe y sin entendimiento", dice el salmista. "Torpe y sin entendimiento, y era como una bestia delante de ti."

El salmista no es el pagano, no es el impío; es alguien que conocía a Dios, alguien que en un momento dado se apartó de Dios, y su resentimiento contra alguien que aparentemente le había ofendido hizo que él perdiera toda la razón, hasta el punto que su comportamiento era más comparable con el de una bestia que con el de un ser humano. Y cuando yo estoy así, yo quiero venganza, y procuro la venganza —física, verbal, de engaño, de injuria—, y cuando la llevo a cabo, ahora estoy peor, porque me doy cuenta de que la venganza no produjo ni la satisfacción que yo quería, y ahora estoy más resentido y necesito algo mayor. Y te das cuenta cómo eso resulta en una espiral descendente, hasta el punto en que quedamos completamente ciegos y completamente autoengañados.

Por eso es que necesito visitar la Palabra continuamente, para que la Palabra me sirva de espejo y yo pueda corregir mi curso. Yo necesito caminar con Dios porque su luz y cercanía me sensibilizan al pecado. Yo necesito caminar con el pueblo de Dios para que otros me puedan guiar y señalar para adelante. Yo necesito tener una actitud humilde de corazón, de tal manera que pueda escuchar y pueda implementar aquello que escucho. Y yo necesito un corazón sano de resentimiento, no herido, de tal manera que mi conducta no se asemeje a la de una persona torpe, sin razón, sin entendimiento, de hecho como una bestia ante la realidad de ese pecado.

Entonces Juan está tratando, al mismo tiempo, de ayudarnos a entender que si hemos andado mal, qué nos toca hacer. Él nos recuerda la realidad del pecado, pero al mismo tiempo nos menciona y nos dice: "Si confesamos" —versículo 9— "nuestros pecados, Él es fiel y justo para perdonarnos." Pero fíjate que Juan lo pone en el condicional: "Si confesamos." Y obviamente Juan no cree —porque él conoce la Palabra, él fue enseñado por Cristo— que cuando habla de "si confesamos" está refiriéndose a simplemente una verbalización de la falta, sino que él está consciente de que esto implica un arrepentimiento de corazón, donde vamos a llegar en unos momentos.

Pero Juan quiere que yo recuerde que Dios, en su fidelidad, va a ser fiel a sus promesas, va a cumplir, y Él ha prometido que si mis pecados son tan rojos como la escarlata, Él los pondrá blancos como la nieve. Él quiere que yo crea eso; es una verdad que es repetida múltiples veces en la Palabra de Dios. Pero Juan al mismo tiempo me recuerda algo que es un poco más importante: que Dios es justo. Y entonces esa justicia hace que a mí me dé cierta tranquilidad, porque yo sé ahora que ninguna consecuencia que Dios me aplique será mayor que mi transgresión. El hecho de que Dios es justo me dice que Dios nunca va a aplicar una consecuencia sobre mí que yo no merezca.

Pero al mismo tiempo Juan quiere que yo recuerde que, debido a que Dios es justo, también yo debo recordar que Él nos dijo a través del profeta Nahúm, en 1:3 —uno de los profetas que yo sé que usted menos lee—: "Él no dejará impune al culpable." ¿Por qué? Porque Dios es justo. Y yo tengo ahora ese balance: por un lado, que me recuerda que Dios está presto a perdonarme; pero por otro lado, que me recuerda que Dios está presto a disciplinarme, porque en su justicia Él no puede hacer otra cosa.

Algunos han confundido esta enseñanza y han enseñado que después que le entregaste tu vida a Cristo, después que tú le pediste perdón a Jesús por tus pecados, que el día de tu conversión —como Él te perdonó de todos tus pecados pasados, presentes y futuros— ya no tienes que jamás volver a pedir perdón. Y eso es una gran herejía, porque la Palabra de Dios continuamente nos recuerda la necesidad que tenemos de arrepentirnos continuamente. Ciertamente, desde el punto de vista de mi salvación, el día de mi conversión —si fue real y genuina— Cristo perdonó mis pecados pasados, presentes y futuros, y por tanto yo tengo mi salvación garantizada en Él. Pero eso no implica que mi comunión con Él, mi relación con Él, mi satisfacción en Él, mi gozo en Él, serán exactamente los mismos independientemente de que yo haya encontrado arrepentimiento de pecado a lo largo del camino o no. Nosotros necesitamos hacer de la confesión y del arrepentimiento una práctica continua.

del arrepentimiento, un estilo de vida, porque nosotros sabemos que continuamente violamos su ley. Y Dios ciertamente es fiel, también es justo. Él no es un mediagana rio para aplicarme consecuencias más severas o injustas, o consecuencias que yo no merezco.

El rey David, en un momento dado, cuando él experimenta el gran pecado que cometió con Betsabé, entendió perfectamente bien lo fiel y justo que Dios era. Y por eso él escribe en el Salmo 51:4: "Contra ti, contra ti solo he pecado y he hecho lo malo delante de tus ojos. De manera que eres justo cuando hablas y sin reproche cuando juzgas."

Muchos son los creyentes que cuestionan a Dios cuando están pasando por un proceso disciplinario. "No entiendo, esto es demasiado largo, esto es más de lo que yo pensaba, ¿cómo puede ser?" Y dice: "No, no, no. Dios, yo no sé qué tú vas a hacer conmigo, pero lo que tú me apliques, lo que tú hagas, yo sé una cosa: que tú eres justo cuando hablas y cuando juzgas. No tienes reproche. Haz lo que tú quieras conmigo, Dios." Eso es un hombre que conoce a su Dios. Eso es un hombre que conoce la fidelidad de Dios y la maldad del corazón del hombre.

Moisés llamaba a Dios el Dios de fidelidad y sin injusticia, en Deuteronomio 32:4. Esdras 9:15 llama a Dios el Dios de Israel y le dice: "Tú eres justo." Y el salmista, en el Salmo 116:5, dice que Dios es clemente y justo es el Señor, afirmando una vez más la combinación de fidelidad y de justicia que encontramos en Dios.

Ahora, nosotros necesitamos entender algo que hemos hablado en otras ocasiones, pero yo creo que vale la pena revisar en detalle, porque quizás podamos entender algunas cosas hoy que no habíamos podido entender antes. Recuerda que cuando Juan está hablando de que si confesamos nuestros pecados, no es una simple verbalización de los hechos, es un arrepentimiento. Y la palabra arrepentimiento en el hebreo significaba una cosa, en el griego significaba otra cosa, y quizás la combinación de ambas nos permita entender qué es lo que Juan está tratando de comunicarnos.

La palabra en hebreo es *shuv* —שׁוּב— e implica, como hemos hablado, volvernos: venía haciendo una cosa, voy a hacer todo lo opuesto. La palabra en griego en el Nuevo Testamento es *metanoia*, e implica un cambio de mente, de tal forma que cuando yo me arrepiento hay dentro de mí un cambio de mente que resulta en un cambio de conducta, un cambio de estilo de vida que me devuelve en una dirección contraria a la que yo venía transitando.

De tal forma, ahora, que cuando Juan nos está comunicando que Dios es fiel y justo para perdonarnos, nos está refiriendo a que cuando yo experimento ese cambio de mente, ese cambio de conducta, esa vuelta atrás, entonces me voy a encontrar con la fidelidad de un Dios que está dispuesto a perdonar. Y sin embargo, nosotros sabemos, quizás por nuestra misma historia o quizás por la historia de otros, que a veces decimos habernos arrepentido y, sin embargo, como que no acabamos de ver el proceso completado.

Y quizás esto que viene de la Edad Media nos ayude a entender. Si hay algo para lo que la Edad Media sirvió en teología, es que, como hubo la gran pugna con el movimiento de la Reforma, la teología fue afinada y afinada y afinada precisamente para que los conceptos quedaran claramente entendibles. Y en eso el Concilio de Trento de la Iglesia Católica hizo algo que nos ha servido a todos, y es ayudarnos a entender la diferencia entre el arrepentimiento por atrición —*atrición* es la misma palabra en español— y por contrición —*contrition*—.

Y quizás si yo entiendo esto, yo pueda explicar algunas de mis conductas o algunas de las conductas de mis hermanos. Pero no es la misma cosa; no tiene la misma motivación ni tiene el mismo fruto. De manera que hay dos formas de arrepentirme.

Cuando yo me arrepiento por atrición, me arrepiento por un miedo a experimentar las consecuencias de haber violado la ley de Dios. Por tanto, la motivación soy yo. Mi egocentrismo no se ha curado; sigue siendo yo el que se ve afectado. Es simplemente un miedo, y eso es importante entenderlo, porque como tiene que ver con consecuencias, cuando yo me arrepiento por atrición yo siempre estoy midiendo hasta dónde tengo que llegar para evitar más consecuencias. "¿Pero si hago hasta aquí, no sería eso suficiente? ¿Qué más tú quieres que yo haga? Ya yo hice esto." Porque mi corazón vive calculando, consciente o inconscientemente, si hizo lo suficiente para parar las consecuencias, y ese es todo el interés. De manera que eso es un arrepentimiento medio pecaminoso, porque el yo sigue en el trono.

Ahora, cuando yo me arrepiento por contrición, yo experimento un dolor en mi interior cuando descubro que yo he herido al Dios a quien yo amo y a quien yo sirvo. De manera que ahora la motivación ya no está en mí, está en Dios. Y cuando eso me duele por haberle causado dolor a mi Dios, ya yo no calculo hasta dónde tengo que llegar, qué tanto tengo que hacer. Ahora yo soy el primero que anda preguntando: "¿Qué más necesito hacer? ¿Qué más tengo que reparar? ¿Adónde, a quién tengo que ir? ¿Qué es lo que me falta?" ¿Por qué? Porque yo quiero asegurarme de que estoy de nuevo bien con mi Dios. Yo quiero reparar mi relación, yo quiero volver a estar cerca de Él, yo no quiero vivir lejos de Él. Yo comienzo a pensar: "Yo quiero complacer a Dios, después de no haberlo complacido por todo este tiempo." Y comienzo entonces a moverme en la dirección contraria, todo el tiempo dispuesto a hacer lo que haya que hacer, porque tu motivación ahora es glorificar a Dios, y la disposición de tu corazón será otra.

Ahora, tú entiende —ni siquiera tengo que explicarlo—: ¿con cuál de esos dos arrepentimientos tú crees que Dios estará más complacido? ¿Cuál de esos dos arrepentimientos rendirá mejores frutos? ¿Cuál de esos dos arrepentidos será restituido más rápidamente en su comunión con Dios? ¿Cuál de esas dos personas podrá comenzar a disfrutar de su relación con Dios nuevamente? El que se arrepiente por contrición no quiere jamás volver a transitar por la ruta donde él venía. El que se arrepiente por atrición se ha devuelto, pero de vez en cuando quiere coquetear un poco con la misma ruta donde había estado, y calcula incluso: "Si hago esto, ¿me traería más consecuencias? O, total, ya tengo esta consecuencia; a lo mejor no me agravan las consecuencias." Y yo comienzo entonces a vivir de esa manera.

¿Te das cuenta por qué es necesario que entendamos bien esto que Juan nos está tratando de decir en el condicional? "Si confesamos nuestros pecados", sí, pero va más allá de la simple confesión. Es un verdadero arrepentimiento, es la experiencia de dolor por haber transgredido la ley de Dios, y no simplemente evitarme las consecuencias. El yo está en el trono versus Dios está en el trono.

Y entonces Juan nos dice en el versículo 10, después de recordarnos que Dios es fiel y justo para perdonarnos: "Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a Él mentiroso y su palabra no está en nosotros." En el día de hoy, en esta mañana, no tiene que levantarse la mano, pero ¿cuántos de nosotros ya hemos pecado a esta hora de la mañana, varias veces? Si yo pidiera levantar la mano, yo esperaría que todo el mundo levantara la mano, incluyendo quien predica.

Hermanos, nuestra vida de arrepentimiento debe ser un estilo de vida, continuo, constante. La única manera de yo no pecar es vivir cada segundo de mi vida en conformidad absoluta con la voluntad de Dios, y yo no puedo hacer eso. Es la razón por la que, raramente —no voy a decir nunca, porque obviamente soy humano—, pero extremadamente raro es que yo haga una oración personal y no comience arrepintiéndome primero. Extremadamente raro.

Una de las evidencias del cristiano es su vida continua de arrepentimiento. Y mientras más va viendo al Señor, más siente la necesidad, hasta el punto de que si el Señor se presentara aquí delante de nosotros, tendría la reacción de Isaías: "¡Ay de mí, que estoy muerto!" El profeta de Dios, el hombre más justo en aquel tiempo, se sintió completamente deshecho, arruinado, cuando Dios se hizo presente delante de él. Es un hombre que conocía la santidad de Dios y, por tanto, conoció la pecaminosidad del hombre.

"Si decimos que no hemos pecado" a esta hora de la mañana, somos mentirosos. Y Juan dice: "Su palabra no está en nosotros." Obviamente el texto no dice "a esta hora de la mañana"; eso yo lo agregué. Pero Juan está diciendo: si tú entiendes que no vives en pecado, eres mentiroso. Y Pablo nos da en Romanos 3:4: "Antes bien, sea Dios veraz, aunque todo hombre sea mentiroso."

Ahora Juan nos confronta con estas verdades profundas de nuestra vida diaria, de nuestra vida práctica. Pero tú puedes sentir en sus palabras, tú puedes leer su carta y sentir una verdadera preocupación, la de un corazón de pastor. Sigue el texto en el capítulo 2, versículos 1 y 2: "Hijitos míos" —es como quien le está hablando a niños cuando ya está en edad avanzada—, "yo les escribo estas cosas para que no pequéis, para que no vivan una vida de pecado, para que no cosechen consecuencias, para que no tengan cosas de qué arrepentirse." Y estoy tratando de advertirles cómo vivir en continuo arrepentimiento delante de nuestro Dios.

Y él entonces trata de animarnos precisamente a la práctica, porque él dice: "Si alguno peca" —versículo 1—, "abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo." En otras palabras: si alguno peca, no te quedes en tu pecado. No hagas como muchos que hemos visto, que no quieren venir a Dios, no quieren venir al trono. Pero tú tienes un abogado frente al Padre, alguien que fue tentado de la misma manera que yo he sido tentado.

La palabra traducida como "abogado" es la misma palabra para "Consolador" en el Evangelio de Juan, pero en este contexto es más apropiado traducirla como "abogado", el abogado defensor. Satanás actúa como fiscal, pero este es mi abogado defensor. Y Juan nos dice quién es: es Cristo.

El justo. Y eso es importante, porque una vez más implica que cuando Cristo se pare a defenderme, yo voy a tener a alguien no injusto a favor mío. ¿Qué vas a ver? ¿Qué decirle al Padre?

La historia, creo que la conté en una ocasión, del soldado de la guerra civil en Estados Unidos. Tenía dos hermanos que ya habían muerto en batalla, quedaba él solamente, y su madre no tenía a nadie más que pudiera ayudarla. Él solicitó al presidente Abraham Lincoln que lo dejara abandonar el campo de batalla para ir a cuidar a su madre. Él pidió una audiencia, pero no se la dieron. Trató de presentarse ante la casa de Lincoln, pero no le permitieron entrar. Y él se fue.

En el camino se encontró con un niño. El niño lo ve triste y lloroso, y le pregunta qué le pasa. Él le cuenta su historia, y el niño le dice: "Dame tu mano." El niño regresa con el soldado a la casa, pasa por medio de los guardias que no le detienen, entra a la oficina, y Lincoln, cuando ve la puerta abrirse, dice: "¡Hola, Tad! ¿Qué quieres, hijo?" "Mira, este soldado…" Le cuenta la historia del soldado, y el presidente firmó su liberación para regresar a su casa.

Cuando estás en dificultad, cuando estás en pecado, no temas: el Hijo de Dios está a la diestra del Padre intercediendo por ti. Tienes un Abogado, un Defensor, pero no para quedarte en tu pecado, sino para salir del pecado.

"Él mismo es la propiciación por nuestros pecados." Es una palabra traída del mundo pagano, donde se hablaba de propiciar la ira de los dioses mediante la ofrenda de un sacrificio. En este caso, la ira de Dios contra el pecado del hombre fue aplacada por el sacrificio que Cristo ofreció en la cruz. Él es la propiciación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino también por los del mundo entero.

Juan no está hablando de que el sacrificio de Cristo pagó por el pecado de cada ser humano de manera automática, porque nosotros sabemos que tú tienes que arrepentirte para que ese sacrificio pueda tener efecto, y ese arrepentimiento lo da Dios. Lo que Juan sí está diciendo es que la propiciación no fue solamente para los pecados de nosotros los judíos, de nosotros los discípulos que vivimos, sino para el mundo entero que ha de creer en un futuro. Él es la propiciación por cada uno de nuestros pecados.

De manera que Juan, en esta carta, nos da la mala noticia y nos da la buena noticia. La mala es la realidad del pecado: cómo nos engaña, el peso que tiene. La buena noticia es que hay posibilidad de arrepentirse y recibir perdón de pecado, porque Él es fiel y justo para perdonar.

Y las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos… Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduría.org. Hasta la próxima, cuando nos reencontremos con Integridad y Sabiduría.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.