IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Somos hijos de Dios, y eso somos. Juan lo repite tres veces en apenas tres versículos porque quiere que entendamos la magnitud de lo que significa pertenecer a la familia del Creador. Pero la pregunta que surge es inevitable: ¿cómo pasamos de ser rebeldes, enemigos, hijos de la ira, a ser llamados hijos del Padre? La respuesta es una sola: su amor. Un amor que Juan describe con una palabra griega que significa literalmente "¿de qué país?", como preguntando de qué planeta, de qué galaxia proviene un amor capaz de convertir enemigos en herederos.
Este amor es eterno —nos amó desde antes de nacer y nos amará después de morir—, inmutable —no cambia cuando desobedecemos ni cuando obedecemos—, sacrificial —entregó a su Hijo inocente por rebeldes culpables—, y fiel —porque Dios no puede negarse a sí mismo. Frederick Lehman escribió que si el cielo fuera pergamino y el mar tinta, no bastarían para describir este amor. Y nosotros somos sus beneficiarios.
Juan añade que seremos semejantes a Cristo cuando lo veamos como él es. Esa certeza debería transformar cómo vivimos hoy. La clave está en dónde ponemos nuestra esperanza: si está en el desarrollo personal, las finanzas o los logros terrenales, la santificación se vuelve difícil. Pero si nuestra certidumbre descansa en él, nos purificamos. Y esa purificación no se gana luchando contra el pecado en nuestras fuerzas, sino cultivando una relación con Dios. Como Cristo dijo la noche antes de morir: permanece en mí y yo en ti. Es en esa relación donde el pecado pierde su poder.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Capítulo 3 de la primera carta del apóstol Juan. Vamos a leer tres versículos solamente, los primeros tres del capítulo tres de esa primera carta de Juan. Así dice su palabra: "Mirad cuán gran amor nos ha otorgado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios, y eso somos. Por esto el mundo no nos conoce, porque no le conoció a él. Amados, ahora somos hijos de Dios y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser, pero sabemos que cuando él se manifieste seremos semejantes a él, porque le veremos como él es. Y todo el que tiene esta esperanza puesta en él, se purifica así como él es puro."
Padre, gracias te damos porque tu palabra nos enseña no solamente lo que hoy somos, sino lo que seremos. Te pedimos ahora que tú nos unjas con tu gracia, con tu poder, con tu autoridad, Dios, que tú nos guíes, que tú nos preserves al hablar en tu nombre, que nos preserves del error, nos preserves de nuestra propia carne, Dios, de nuestra condición caída, y que tú me permitas honrar lo que tú has inspirado de una manera que exalte a tu Hijo y te dé a ti el honor y la gloria, y solamente a ti. Y todo su pueblo dice: amén.
Bueno, yo decía en la primera ocasión esta mañana que después de once sermones en esta carta ya usted conoce la rutina. Hay una frase o palabra clave y hay una, dos, otras preguntas que contestar a lo largo del texto. Y la frase clave en esta mañana es el amor de Dios, y hay tres preguntas que yo quiero enumerar rápidamente para pasar a contestarlas inmediatamente después. Bueno, número uno: ¿qué somos hoy y cómo llegamos a ser lo que somos? Número dos: ¿qué seremos mañana y cómo lo sabremos? Y número tres: ¿cómo debiéramos vivir hoy en el interín, dado lo que somos y lo que llegaremos a ser?
Comencemos con la primera: ¿qué somos hoy? Juan lo dice claramente: somos hijos de Dios. Y Juan lo dice tres veces entre los versículos. De cierto modo, Juan quiere que nosotros entendamos bien la importancia que tiene el ser hijo del Dios creador. Yo creo que si nosotros comprendiéramos eso en su cabalidad, viviríamos con mucho mayor sensibilidad hacia lo que son nuestras formas y hacia lo que es la santidad de Dios.
Muchos de nosotros nos comportamos como dominicanos, y los americanos como americanos, y así sucesivamente. Tendemos a comportarnos frecuentemente conforme a la cultura donde nosotros hemos crecido y dependiendo de la nación a la cual nosotros pertenecemos. Y en ese sentido, entonces, nosotros debiéramos comportarnos como ciudadanos del cielo y debiéramos comportarnos como hijos de Dios. Y sin embargo no ocurre así muchas veces, pero de eso hablaremos más adelante.
La pregunta es: ¿qué somos hoy? Hijos de Dios. ¿Cómo llegamos a ser lo que somos? Bueno, cuando usted piensa de qué manera usted puede llegar a ser hijo de alguien, hoy en nuestro país, y probablemente la mayoría de los países, quizás en todos, hay tres maneras diferentes como usted puede pasar a ser parte de esa familia. En primer lugar, usted es nacido biológicamente de esa familia. En segundo lugar, usted puede llegar a serlo legalmente. Y en tercer lugar, de cierta forma, vía matrimonio o casamiento.
Biológicamente usted entiende el principio: cuando usted nace de una madre que a su vez había quedado embarazada de la persona que es su padre. Bueno, legalmente yo creo que usted también lo entiende. Usted pasa a ser parte de una familia, podría pasar a ser parte vía adopción, cuando usted toma a alguien que no tenía padres o cuyos padres le abandonaron, y usted vía legal, vía un proceso legal, le hace parte de su familia y le otorga todos los requisitos y privilegios que la ley otorga a un hijo común y corriente o un hijo biológico. Y finalmente, por matrimonio, en cierta forma, cuando usted se casa pasa a ser parte de esa familia. Tanto así que en el inglés existe la frase de que tú tienes ahora un "son-in-law", una "daughter-in-law", un hijo en ley o una hija por ley. Uno y otro pasan a ser parte de esa otra familia a través del matrimonio.
J.B. Phillips, en su comentario acerca de esta primera carta de Juan, hace alusión a estas tres maneras de nosotros llegar a ser hijos de alguien, y nos dice entonces que Dios nos ha adoptado, nos ha hecho, nos ha pasado a ser sus hijos vía los tres mecanismos. En primer lugar, él fue quien nos creó, y como tal es nuestro progenitor. Esa es la parte biológica. Legalmente, nosotros hemos sido adoptados como parte de su familia. Es un concepto que Pablo usa de manera repetitiva: tenemos el espíritu de adopción que ahora da testimonio de que somos sus hijos, y eso es parte de lo que Romanos 8 nos dice. Y en tercer lugar, nosotros sabemos que somos parte de su iglesia, pero resulta que Cristo se ha casado con su iglesia, le llama "mi novia", "mi esposa", y de esa forma también, vía matrimonio, ahora nosotros hemos pasado a ser parte de la familia de Dios. Eso es algo increíble: que Dios de todas las maneras nos ha hecho ser parte de su familia.
Habíamos hablado hace unos sermones atrás cómo en el capítulo uno Juan nos hablaba de que aquellos que habíamos recibido a Cristo, aquellos que habíamos recibido su nombre, aquellos que habíamos decidido vivir bajo su autoridad, cómo ya no habíamos nacido ni de sangre ni de voluntad de varón, sino que habíamos nacido de la voluntad de Dios, y cómo eso nos hacía entonces espiritualmente hijos de nuestro Dios. ¿Qué somos? Somos sus hijos. Y Juan dice: "Y eso somos."
Ahora, yo creo que si nosotros nos quedáramos ahí, eso nos ayuda a entender qué ha pasado, pero yo creo que nos quedamos cortos de describir algo que es vital en el entendimiento de cómo llegamos a esa posición. Porque no podemos olvidar que éramos rebeldes, no podemos olvidar que éramos hijos de la ira, hijos del mundo. De hecho, en otro momento la Palabra nos llama hijos de Satanás, y en otra ocasión nos dice que estábamos muertos. Y ¿cómo es que pasamos de esa condición a ser hijos de Dios? Yo creo que eso necesita ser explorado. ¿Qué es lo que mueve a Dios a resucitarnos de esa mortandad en la que estábamos? ¿Qué es lo que mueve a Dios a convertirnos eventualmente de rebeldes en adoradores? Su amor. No hay otra motivación. No había ninguna otra razón que no fuera el amor de Dios, que movió a Dios a hacer todo eso y a darme vida y a pasarme de ilegal a legítimo, de bastardo a su hijo.
A eso es que Juan se está refiriendo en el versículo uno cuando dice: "Mirad cuán gran amor nos ha otorgado el Padre para que seamos llamados hijos de Dios, y eso somos." La frase traducida como "cuán gran amor" no tiene traducción a ningún idioma moderno. La palabra es una: es "potapós" y significa "de qué país". Es como que Juan estaba tratando de decirnos: ¿de qué país es este amor que Dios nos ha otorgado? ¿De qué procedencia? ¿De qué planeta? ¿De qué lugar? ¿A dónde tú puedes encontrar un amor como el que nosotros hemos recibido de Dios? Y ciertamente, ¿a dónde tú vas a encontrar que rebeldes sean amados y sean convertidos en hijos? Y eso es lo que hace el amor de Dios fuera de serie, sería nuestra expresión en nuestro idioma hoy.
¿Y qué es lo que coloca el amor de Dios en una categoría por sí solo, por sí mismo? No lo puedes catalogar bajo ningún otro, con ningún otro amor, porque no tiene comparación. Es incomparable, cantábamos.
Bueno, es que en primer lugar el amor de Dios es eterno. Se originó en el pasado, pero no solamente en el pasado. No es que el amor de Dios se originó cuando yo nací. El amor de Dios por mí se originó en la eternidad pasada, y el futuro no verá su fin. Jeremías 31:3, hablando de la relación de Dios con Israel, pero lo mismo podemos decir de la relación de Dios con su iglesia hoy, el texto dice: "Con amor eterno te he amado." Y como nos amó con amor eterno en el pasado, nos eligió en la eternidad pasada también. Y desde entonces, desde que Dios me amó y me eligió, él concibió un plan, un plan que él puso en marcha, y ese plan que él inició está supuesto a continuar hasta que finalmente yo llegue a su presencia, y nada ha de alterarlo.
Ciertamente este es un amor especial. De hecho, la vida eterna que aquellos que conocemos a Dios hoy tenemos ya, Pablo le dice a Tito en 1:2 que me fue prometida en la eternidad pasada. Yo la descubrí el día que nací de nuevo, pero Dios me la prometió en Cristo en la eternidad pasada, mucho antes de que yo pudiera hacer mi presencia o mi entrada en esta tierra. Eso es reforzado por el mismo Pablo cuando le escribió a Timoteo en su segunda carta, en 1:9, le dice que Dios nos dio su gracia en Cristo Jesús desde la eternidad. La gracia de Dios no es algo que yo recibí... bueno, la recibí desde mi ángulo, desde mi posición, a partir de cuando yo nací, si tú quieres, pero en la mente de Dios es una gracia que me fue dada en Cristo desde la eternidad. Y todo eso forma parte de lo que es su amor eterno. Y ya es incomparable, porque no hay nadie que me pueda amar eternamente, porque tendría que ser un ser igualmente de eterno.
En segundo lugar, el amor de Dios no es solamente eterno, pero es un amor inmutable. Y esta es la característica del amor de Dios que más debiera llamarnos la atención y más debiera dejarnos asombrados. Porque no ha habido un momento, desde la eternidad y hasta la eternidad, donde el amor de Dios por mí y por aquellos que somos suyos haya variado en lo más mínimo. Dios me amó en la eternidad pasada de una manera ágape, de una manera incondicional, y de esa misma manera me ama hoy. Dios me amó así antes de yo nacer. Dios me amó igualmente después de yo nacer. Dios me amó incondicionalmente e inmutablemente antes de mi conversión, y me ha amado igualmente después de mi conversión. Dios me amó, me ha amado cuando he sido desobediente, y me ha amado de la misma forma cuando le he sido obediente. Cuando le he obedecido, él me ha bendecido. Cuando le he desobedecido, él me ha disciplinado, lo cual es otra de sus bendiciones. El autor de Hebreos en el capítulo 12 nos dice claramente que a quien Dios ama, Dios disciplina.
Y que los únicos que están sin disciplina, dice el autor de Hebreos 12:8, los únicos que están sin disciplina son aquellos que no son hijos de Dios, son aquellos que son ilegítimos, aquellos que otra traducción califica de bastardos. Hebreos 12:8: "Pero si estáis sin disciplina, de la cual todos han sido hechos participantes, entonces sois hijos ilegítimos y no hijos verdaderos." Son los hijos ilegítimos, los bastardos, que no son disciplinados por Dios.
Dice Dios... Bueno, ¿y entonces quién disciplina a los ilegítimos? Nadie. ¿Cómo que nadie? Si ellos son los más irreverentes en muchas ocasiones. No, ellos no son disciplinados, son castigados. Bueno, ¿y quién castiga a los hijos de Dios? Ya lo castigaron. Cuando en la espalda de Cristo fuimos castigados brutalmente como si él hubiese sido quien vivió mi vida. Y ahora yo puedo ser disciplinado porque cada una de las disciplinas de Dios tiene el propósito bendito de conformarme a su imagen. Y es por eso que una disciplina de Dios es una de sus bendiciones.
De nuevo, déjame repetir esto. Dios me ha amado igual antes y después de nacer, antes y después de mi conversión, antes y después de mi desobediencia, y me seguirá amando igual antes y después de mi muerte. Pastor, pero usted está hablando como de una forma libertina, ¿no? Yo estoy hablando del amor de Dios. Cuando me toca hablar de la justicia de Dios hablamos de otra cosa entonces, pero no vamos a empañar el amor de Dios como es, como verdaderamente es. No lo vamos a debilitar, no lo vamos a minimizar, no lo vamos a sacar del contexto que la Biblia lo describe, pero es la realidad.
Dios es eterno e inmutable en todos sus atributos. El amor es uno de sus atributos, uno de los atributos más conocidos, uno de los atributos menos entendidos, y ese atributo es inmutable, nunca cambiado. "Con amor eterno te he amado." De principio a fin.
El amor de Dios no solamente es eterno, en segundo lugar, no solamente es inmutable, sino que es un amor sacrificial. Romanos 5:10 me describe a mí como un enemigo de Dios antes de ser su hijo. Número uno. Número dos, Romanos 5:10 me dice que habiendo sido su enemigo, Dios me ha reconciliado con él. Ahora, ese texto no solamente me dice que yo era un enemigo de Dios y que yo estaba irreconciliado con Dios y que ahora estoy reconciliado, pero me dice a qué precio es que ha pasado y es que ha ocurrido por medio de la muerte de su Hijo.
Deja ver si tú has entendido esto bien, porque esto es lo que, al entenderlo, debe motivarte a ti y a mí a vivir de otra manera. Yo era su enemigo, no quería nada que ver con Dios, no me interesaban sus planes, sus caminos, sus propósitos. Y yo estaba irreconciliado con Dios, yo estaba de espalda de Dios y Dios de espalda a mí. Y Dios en su amor eterno e inmutable decidió expresar otro aspecto de su amor eterno e inmutable y entregó a su Hijo.
Pregunta: ¿entregarías tú el tuyo por el vecino? Yo no creo. ¿Entregarías tú el tuyo por un desconocido? Yo no creo. Yo escuché en una ocasión al pastor Voddie, un pastor que predica con una energía santa extraordinaria. Y él estaba hablando de cuál ha sido el momento más grandioso de Dios en toda la historia. Y todos sus sermones tenían que ver con eso y él comenzó a ilustrar. "Yo pienso que el momento más grandioso de Dios fue cuando él habló y el mundo fue hecho." Y cuando uno quedaba como, wow, sí es verdad, él decía, "No." Y él se pasó media hora en eso hasta que finalmente él habla del momento más grandioso de Dios en toda la historia: y es cuando él entrega a su Hijo en la cruz por pecadores rebeldes.
Y entonces él decía en esa ocasión, en su forma... Es un predicador de color que habla de una forma muy colorida, me encanta su predicación. Y decía: "Yo tengo un nieto, un nietecito de tres años. Y si tú me dices a mí que entregara a mi nieto por ti, tú te has vuelto un insano, porque no es verdad que yo voy a entregar a mi nieto por ti." Sí, es verdad que somos así, hubiésemos hecho exactamente eso. Pero Dios entregó a su Hijo cuando yo era su enemigo.
Pero es que tú no entiendes, es que su Hijo no era un hijo cualquiera. Era su unigénito, era su Hijo amado, dice la Palabra de Dios. Era no solamente su Hijo unigénito, llamado el Hijo inocente, el Hijo santo, el Hijo que nunca le ha desobedecido, que nunca le ha ofendido, que nunca le ha dejado de amar, que nunca le ha hablado mal. El Hijo que siempre le ha amado y Dios ha amado a él. Ese es el Hijo que él entrega por rebeldes, pecadores, irracionales enemigos que vivían de espalda de Dios, que no querían saber nada, que no querían saber nada de su plan, de su propósito. Y Dios dice: "Ahí está mi Hijo a cambio de tu vida." ¿Tú entiendes? El inocente, el Hijo, el santo, por el enemigo, el rebelde, el culpable. Es un amor sacrificial que es eterno, que es inmutable. Dios sacrificó al suyo de esa manera.
Cuando Dios me amó de esa manera, yo pasé a ser su siervo. Y el entender eso, esa calidad, ese amor, esa forma de ser amado, debiera ser suficiente para yo vivir de otra manera. Escúchame, si Dios te vio condenado y de alguna manera te perdonó y te hizo ser parte de su familia, eso hubiese sido extraordinario. Si Dios aparte de eso hubiese dicho: "Bueno, no solamente quiero que seas parte de mi familia, pero te voy a permitir hacer algunas cosas dentro de la familia," eso hubiese sido aún más extraordinario. Porque yo lo que merecía era el enjuiciamiento, el castigo, la condenación, y que Dios me diera el perdón ya fuera suficiente.
Pero es que no es eso, es que Dios me ha perdonado, ha pagado mi penalidad con la muerte de su Hijo, y no me ha hecho simplemente parte de su familia, no me ha hecho simplemente uno de los siervos en su familia, sino que me ha hecho uno de sus hijos y me ha hecho coheredero con el único Hijo legal, su Unigénito, de tal manera que lo que Cristo herede, yo heredo. ¿Tú estás entendiendo esto? Lo que Dios le dé al Hijo me da a mí. Romanos 8:17 habla de que soy coheredero, no una porción, una porción igual. ¡Wow! Ese es el amor de Dios.
Y ese amor no solamente es eterno, no solamente es inmutable, no solamente es sacrificial; en cuarto lugar, es un amor fiel. Segunda de Timoteo 2:13 dice que cuando nosotros somos infieles, él permanece fiel. El versículo que más nos gusta, ¿verdad? Es un versículo extraordinario porque ciertamente infieles hemos sido, pero él permanece fiel. Escúchame, coma, porque él no se puede negar a sí mismo. En otras palabras, Dios me ama no por lo que soy, ni siquiera por lo que puedo llegar a ser. Dios me ama porque él es amor.
Dios promete y me entrega sus promesas no por todo lo fiel y obediente que he sido, sino porque una vez hecha la promesa, no entregármela sería negarse a sí mismo, negar su Palabra. Y esa es la razón como no entiendo cómo algunas teologías postulan que Israel perdió sus promesas hechas por Dios por su desobediencia, porque entonces implicaría que Dios se negó a sí mismo. Y que la iglesia perderá las suyas también. Pero no, Dios dice: "Yo no me puedo negar a mí mismo."
Ahora, cuando nosotros llegamos a ser hijos de Dios y comenzamos a entender algunas de esas cosas, someramente, superficialmente digamos, sabes qué, claro, entonces extraordinario. Dios, yo te voy a ofrecer todo mi trabajo, todas mis obras. Voy a salir a evangelizar o voy a salir a plantar iglesias o voy a ser un misionero, hasta que descubrimos que mis mejores obras, incluyendo la de ser misioneros, son como trapos de inmundicia. Entonces decimos: "Oh, ok, y ahora... Bueno, Señor, mis finanzas, mis finanzas. Somos agarrados, pero te voy a mostrar mi amor desagarrándolas, te las voy a entregar, eso es algo grande, Señor." Hasta que me doy cuenta lo mal que las hemos manejado y lo ilegal que muchas veces ellas han sido. Entonces tampoco te las puedo ofrecer.
Sí, no, a ti no te gusta el dinero, pero dones, talentos, son mis coronas. Y pensamos en Apocalipsis, cómo estos ángeles tiran sus coronas. Esas son mis coronas, yo mis dones, mis talentos, te los tiraré a tus pies. Y de repente descubro que mis dones y mis talentos son insuficientes para complacerlo y llenar su estándar. Pero ahora no puedo ofrecer ni eso tampoco. Bueno, Señor, te voy a ofrecer lo mejor de mi vida, la niña de mis ojos que son mis hijos. Y luego veo sus vidas y las veo tan pecaminosas. Digo, pero es que esto es un sacrificio manchado también, ¿cómo te voy a ofrecer eso?
Bueno, Señor, pues ahora sí te voy a ofrecer mi mejor adoración, y es más, como dice la canción, mi mejor adoración será mi obediencia, eso es lo que te voy a ofrecer. Hasta que descubro que sigo siendo desobediente. Bueno, pues te voy a entregar mi humildad, hasta que descubro que sigo siendo orgulloso. Y ahora, Dios, ¿qué es lo que te voy a entregar a cambio, a cambio de esta paternidad que tú me has dado?
Y Dios dice: "Sabes qué, simplemente con un corazón contrito, humillado y arrepentido, eso es lo único que necesitas. Y como el padre del hijo pródigo yo estaré con brazos abiertos para recibirte, para perdonarte, para ponerte un turbante nuevo, para ponerte ropas nuevas, sandalias nuevas, y para celebrar con mis ángeles que tú has venido y has regresado y quieres estar en mi casa, en mi familia, por toda la eternidad. Eso es lo único que tienes que hacer, hijo. Ven como eres, arrepentido eso sí, hijo."
¿De qué país es este amor? ¿De qué planeta, de qué galaxia es este amor? ¿De qué universo es este amor? No, no hay manera de encontrarlo, es incomparable, es incontrable. La fidelidad de Dios para con nosotros no ha cambiado absolutamente en nada desde el principio, y es por eso que su amor es fiel.
Frederick Lehman escribió un himno famoso, creo que el año fue 1948, se llama en inglés "The Love of God," el amor de Dios.
Está traducido al español, pero con usted lo lee. En primer lugar, no todas las palabras están traducidas de la misma manera al español. Y en segundo lugar, si lo traduzco literalmente del inglés, como es un inglés antiguo, va a perder algunas cosas. Pero yo voy a tratar de traducirlo, interpretar alguna cosa que está tratando de decir y tratar de hacerlo lo más cerca posible a lo que él escribió.
En la tercera estanza dice algo como esto: si el cielo o el firmamento fuera un pergamino, y el mar en vez de agua tuviera tinta, si cada palito de la tierra, cada tronquito, cada ramita, cada cosita, cada palito que usted encuentra, hasta el palito de la pata de una silla, cada palito fuera un lapicero, y cada ser humano un escriba, y ahora nosotros nos ponemos a escribir acerca del amor de Dios, antes de terminar de escribirlo, dice el autor de esta canción, secaríamos el mar de tinta, y el firmamento, que es un papel que se extiende de un extremo del cielo al otro, no podría contener las palabras que escribiríamos, y todavía no habríamos terminado de escribir su amor para con nosotros. Y nosotros somos los beneficiarios de ese amor.
Llegamos a ser sus hijos, y Juan dice entonces que ahora que llegamos a ser sus hijos, nos dice: "Por esto, por esta razón, ahora que ya somos sus hijos, el mundo no nos conoce." ¿Por qué? Porque no le conoció a Él. Cuando el mundo nos mira y nos mira transformados, comienza a ver en nosotros algo de Dios. Y el mismo rechazo que el mundo siente hacia Dios es el rechazo que en cierta manera comienza a sentir hacia nosotros. Porque nuestra conducta, nuestra forma de hablar, nuestra forma de vivir, nuestra forma de hacer las cosas le trae convicción de pecado, y ellos odian sentirse de esa manera. Y en vez de pensar "es como yo soy que me hace sentir así", no, es "como tú piensas que eres más santurrón que yo, es la razón por la que yo siento que te quiero rechazar".
Y tan pronto tú comienzas a parecerte a Dios, el mundo, que no se parecía a Él, comienza a rechazarte. Cuando tú estabas simplemente en el mundo, viviendo por el mundo, para el mundo, no estabas en Cristo. Cuando pasaste a estar en Cristo, seguías físicamente en el mundo, pero ya no eras del mundo. "Vosotros no sois del mundo, pero estáis en el mundo."
Y Cristo les habló en el aposento alto en las últimas horas antes de morir a sus discípulos, y les hablaba de cómo entonces ellos, que ya eran hijos de Dios, serían odiados, perseguidos y hasta expulsados de las sinagogas. Él no les pintó un panorama color de rosa y pajaritos en el aire. Él fue realista y les dijo: "Esto es lo que el mundo hará con ustedes." Pero, ¿por qué? Porque son mis hijos. Pero cuán privilegiados somos al ser sus hijos, sobre todo considerando de dónde venimos.
Segunda pregunta: ¿Qué seremos mañana y cómo lo sabremos? "Amados, ahora somos hijos de Dios" —ahora— "y aún no se ha manifestado lo que habremos de ser, pero sabemos que cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él, porque le veremos como Él es."
Esto es extraordinariamente increíble: que yo era rebelde, ahora soy medio rebelde porque ya soy hijo de Dios, pero todavía no he podido llegar a conformarme completamente a su imagen. Y Dios está esperando pacientemente, amándome, disciplinándome, corrigiéndome, preservándome, hasta que llega el momento en que Dios pueda obtener el gozo de verme como su Unigénito es. Y cuando yo sea como Él, le veré a Él como Él es.
Y en el interín, 2 Corintios 3:18, yo simplemente estoy siendo cambiado de gloria en gloria. En otras palabras, ya hay algo glorioso que ha ocurrido en mí: Dios me ha regenerado, me ha dado su Espíritu, su Espíritu mora dentro de mí, ya esa gloria ha ocurrido. Pero yo sigo siendo transformado de gloria en gloria hasta que llega el momento que entro en gloria, y entonces le veré como Él es y seré como Él es. Eso es increíble, ¿no?
Ahora déjame decirte algo. La única razón por la que Dios te creó fue para hacerte conforme a la imagen de su Hijo. Eso está en la Palabra. Romanos 8:29: "Porque a los que de antemano conoció, también los predestinó para ser hechos conformes a la imagen de su Hijo." Cuando Dios me amó, decidió amarme en la eternidad pasada, me eligió. Cuando me eligió, me predestinó, pero su predestinación tenía un fin y una meta, y el fin y la meta de su predestinación fue hacerme conforme a la imagen de su Hijo.
¿Tú conoces Romanos 8:28, donde dice que todas las cosas cooperan para bien? Este es el versículo inmediatamente antes del veintinueve. ¿Qué hace que se nos hubiese olvidado el veintinueve? Pero creemos que cuando decimos "todas las cosas cooperan para bien", eso implica que todas las cosas tendrán un fin feliz aquí en la tierra. No. Todas las cosas cooperan para bien para llevar a cabo el propósito de Dios definido en el próximo verso: todas las cosas cooperan para bien hasta que tú seas hecho conforme a la imagen de mi Hijo.
Cuando Dios te predestinó, te amó, te eligió, inició un plan, y todo ese plan estaba destinado a hacerte conforme a la imagen de su Hijo, porque eso es lo que mejor glorifica a Dios, y Dios tiene el propósito de glorificarse a sí mismo.
"Monique, ¿qué garantía yo tengo de que eso va a ser así?" La garantía es Dios mismo. Que Dios lo ha dicho. El propósito de Dios. Dios dice en Números 23:19, y lo dice en otra ocasión en el segundo libro de Samuel también, que Él no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. De tal forma que la única manera que yo no llegue a ser hecho conforme a la imagen de su Hijo es que Dios se arrepienta, pero Dios no se arrepiente; que Dios cambie de mente, pero Dios nunca cambia de mente; o que alguien pueda alterar los planes de Dios, pero Dios dice que nadie puede alterar sus planes. De manera que está garantizado lo que Juan me dice en este texto: que yo seré como Él es.
Ahora mismo yo soy su hijo, pero sabes que siento en ocasiones lo que Pablo sintió y escribió en Romanos 7: que quiero hacer algo y eso no hago, no quiero hacer algo y eso termino haciendo. Y Pablo dice: "¿Quién me librará de este cuerpo de muerte?" Cuando yo sea como Él es, habré sido librado de este cuerpo de muerte y ya no tendré que pecar, ya no querré pecar, jamás ofenderé a mi Padre, jamás tendré que decir "lo que quiero hacer no hago, lo que no quiero hacer eso hago". Ya habré sido librado de la presencia de pecado en mí, porque soy como Él es.
Y es por eso que Pablo quería que recordáramos que este cuerpo de muerte se va a sembrar un día, gracias a Dios, va a ser sepultado. Lo van a sepultar como corruptible, pero va a resucitar como incorruptible. Que este cuerpo de muerte se ha de depositar en deshonra, pero resucitará en gloria. Que se ha de sembrar en debilidad, pero resucitará en poder. Que se ha de sembrar como un cuerpo mortal, pero resucitará como un cuerpo espiritual. Y ese momento entonces es cuando yo seré como Él es, y podré verle como Él es.
Y todo por el amor de Dios, que es incomparable. ¿De qué país, de qué procedencia, de qué galaxia, de qué universo, de qué mundo este amor? De ningún mundo, de ningún planeta, de ningún país, porque no es de un lugar, es de un Ser, y su nombre es Dios.
Tercera pregunta: dado lo que soy —hijo de Dios—, dado lo que llegaré a ser —como Él—, y el amor entonces que ha permitido eso, ¿cómo ya debo vivir? ¿Cómo debiéramos vivir? Versículo 3: "Y todo el que tiene esta esperanza puesta en Él" —coma, aquí viene— "se purifica, así como Él es puro."
Entiende bien lo que Juan está diciendo aquí. La clave parece ser tener la esperanza puesta en Él. Si yo tengo la esperanza puesta en Él, eso Juan entiende para yo santificarme, porque eso es lo que la palabra purificar implica. La palabra purificar tiene dos significados en el Nuevo Testamento: o te purificas físicamente, ceremonialmente, o lavabas la mano como ellos hacían antes de comer y demás, o te purificas moralmente, te santificas. En este caso, el contexto nos dice en qué forma está siendo usada. Entonces, "todo el que tiene la esperanza puesta en Él se santifica."
La palabra clave es esperanza. Pero yo creo que tenemos que entender un poco acerca de esa palabra, porque cuando tú y yo usamos la palabra esperanza, frecuentemente no es en el mismo sentido que el Nuevo Testamento la usa. Cuando tú y yo decimos "tenemos la esperanza de que el próximo año yo pueda viajar a donde sea", usualmente lo decimos con cierto sentido de incertidumbre: "Es mi deseo, pero yo no sé." Nunca Dios usa la palabra esperanza en ese sentido en su Palabra. Cuando Dios habla de esperanza, habla de certidumbre.
De manera que Juan está diciendo: todo el que tiene su certidumbre cuando está en Cristo, se santifica, se purifica. Si tenemos la certidumbre de que nuestra mejor vida no es ahora, como dice Joel Osteen, sino en el siglo venidero, entonces si tenemos esa certidumbre nos vamos a santificar. Si tenemos la certidumbre de que Dios tiene mis promesas garantizadas, yo no necesito gratificación inmediata, yo puedo esperar por mi gratificación, como aquellos que sin recibir la promesa murieron en fe, sabiendo, conociendo con la certidumbre de que recibirían las promesas que les fueron prometidas. Y si tengo la certidumbre de que pasaré la vida eterna con el Señor, entonces esta vida temporal no me resulta tan atractiva, tan llamativa, y por tanto no tengo que darle rienda suelta a mis placeres de este lado de la gloria.
Y sin embargo, a pesar de que Juan dice que todo el que tiene puesta su esperanza en Él se santifica, nota que dice "se santifica", no "lo santifican", aunque Dios es eventualmente quien nos santifica. Pero lo que Juan está tratando de decirme es: no, no, aquí hay un rol activo que a ti te toca. Se santifica él, ella, hace el esfuerzo. Pero a pesar de que Juan dice eso, no lo vemos así necesariamente.
La pregunta es, ¿por qué? ¿Se equivocó Juan? Yo no creo, no, yo sé que Juan no se equivocó, porque Dios no se equivocó, y Juan fue simplemente un lapicero; el autor fue Dios, que escribió estas palabras. El problema es que la clave está en "todo el que tiene su certidumbre puesta en él", y muchos de sus hijos, a pesar de ser sus hijos, tienen su certidumbre puesta en su desarrollo personal, que yo no lo voy a coartar por los propósitos de Dios.
Madres hoy en día no están dispuestas a coartar el desarrollo de su profesión para criar a sus hijos, que es el propósito de Dios número uno si tú los tienes. El problema entonces es cómo tengo mi esperanza puesta no en él, sino en mi profesión, en mi desarrollo personal, en mis finanzas, en el patrimonio que he acumulado. Y si no es en el patrimonio, es en el matrimonio, en el matrimonio que me puede dar cierta seguridad, y gente se casa por seguridad económica. Lo hemos visto. Y si no es en el patrimonio ni en el matrimonio, es en títulos y logros y relaciones que tengo, porque uno nunca sabe a quién puede necesitar; hay que tener sus relaciones.
Entonces todas esas cosas son de este mundo, pasajero, actual, presente, y la carne que no tiene nunca deseos por las cosas del mundo venidero. La carne en el azul y en el más allá jamás ha deseado nada de aquel lado de la gloria. Siempre de este lado. Entonces la carne, que tiene los deseos por esas cosas que yo he estado mencionando, termina arrastrándonos, pero es porque yo tenía mi certidumbre puesta de este lado y no en aquel, en aquel mundo y siglo venidero. Eso es cómo ha ocurrido. Los que tienen su esperanza verdaderamente puesta en Cristo terminan purificándose.
Y sin embargo, yo hablaba con Dios ayer. Pasé literalmente todo el día hasta la madrugada hablando con Dios sobre este texto y tratando de entenderlo y de meditarlo y de rumiarlo. Y cuando llegué aquí, dije: "Dios, hay algo que yo quiero entender, y es que todo el que tiene la certidumbre puesta en él se purifica, pero de tus hijos muchos han naufragado. Ayúdame a entender, yo quiero pensar esto contigo." A mí me gusta pensar con Dios. "Yo quiero pensar contigo y yo quiero que tú me ilumines, me enseñes, me muestres. ¿Cómo es que eso es?"
Y Dios comenzaba a iluminar algunas cosas y a traerme varias comparaciones a mi mente que quedaron literalmente como iluminadas con un farol, bien claras. Y él me traía la primera relación que él me traía a la mente. Me decía: "¿Te has fijado cómo raramente ocurre, pero raramente un amigo traiciona, un buen amigo? Puede ocurrir, pero eso no es común, en cuyo caso usualmente no era tan buen amigo. Pero tan buen amigo, mejor amigo, raramente es traicionado. ¿Por qué tú piensas que es eso?"
Obviamente no es que yo estoy oyendo a Dios audiblemente, pero yo tengo esta conversación reflexionando con él. "Bueno, es que ese amigo que tiene ese mejor amigo, ellos han cultivado una relación, y una relación cultivada no es fácil de violentar." ¿Ok?
"Entonces, esa es la razón por la que aquellos que no tienen una relación cultivada conmigo violentan tan fácilmente y me traicionan tan fácilmente, más rápidamente que aun el mejor de los amigos. Es la razón por la que algunos no solamente me han traicionado a mí, no solamente han traicionado mi palabra, han traicionado a sus cónyuges y a sus hijos. ¿Cómo ha sido? Porque si no cultivas una relación con tu cónyuge o con tus hijos, es mucho más fácil darle la espalda a ellos que aun a un amigo con quien tú has estado cultivando una relación." ¿Ok?
Entonces, todo eso, ¿cómo se relaciona con esto de que todo el que tiene su esperanza puesta en él se purifica? Que la victoria contra el pecado no se gana luchando en mi propia carne, en mi propio esfuerzo, tratando de vencer al pecado que parece inconquistable porque es parte de mi carne, y mi carne no se cansa de pedir, sino que se vence en una relación.
Las últimas palabras de Cristo, toda una noche hablando con sus discípulos ya antes, ahora antes de morir: no hay un plan de cómo ganar la batalla contra el pecado, no hay un plan de cómo ganar la guerra espiritual. Lo que hay es una instrucción a una cosa, repetitivamente: "Permaneced en mí y yo en vosotros." Es una relación. Cuando permaneces en mí, comienzas a deleitarte en mí y descubres deleites tan extraordinariamente grandes y maravillosos que los deleites del mundo, los deleites de la carne comienzan a perder su atracción, comienzan a perder su poder, comienzan a perder su fuerza. Y cuando tú los tengas debilitados, es fácil conquistarlos ahora, pero en una relación conmigo. "Yo soy la vid y vosotros los pámpanos." La manera de purificarte, hijo, es en relación conmigo.
Te relacionas con mi palabra, la llegas a amar hasta el punto como el salmista dijo: "¡Cuánto amo tu ley!" No te será tan fácil violentarla. Pero cuando no la conoces y no la amas, puedes pisarla, puedes pisarla una y otra vez, porque no la amas. Le haces a mi palabra y a mi nombre lo que no te atreves a hacerle a tu mejor amigo, porque tienes una relación con él.
"Amarás al Señor con todo tu corazón, con todo tu ánimo y toda tu fuerza." El más grande de los mandamientos. Y el próximo para vencer el pecado: "Y a tu prójimo como a ti mismo." Amas a tu esposa de esa manera, jamás la traicionarás. A tu esposo, amas a tus hijos de esa manera, jamás los traicionarás. Es en una relación que conquistas el pecado: con tu Padre, con tu prójimo que lo llegues a amar como a ti mismo, en una relación con mi palabra, con tu iglesia.
Cuando no amas a tu iglesia, es fácil darle la espalda a tu iglesia, es fácil no apoyar moralmente las actividades de tu iglesia, es fácil estar un día y no estar otro día, es fácil estar cuando la necesito y no estar cuando no la necesito porque yo quiero estar en otro lugar. Porque si no cultivas una relación, esa relación no cultivada siempre es fácil de violentar.
Ahora yo entiendo, Dios, por qué dijiste a este hombre que te preguntó cuál es el más grande de los mandamientos y lo definiste en términos de dos relaciones: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y toda tu fuerza, y a tu prójimo como a ti mismo." Y eso resume, dice Cristo, toda la ley y todo lo que los profetas dijeron. No, no puede ser. Oye, escúchame, todo el Antiguo Testamento es resumido en estas palabras tan cortas. Ahora lo entiendo.
Lo que necesito entonces es permanecer en él, cultivar mi relación con él, deleitarme en él y cultivar todas las relaciones santas que la Biblia describe que yo debo tener: con mi Dios, con su palabra, con mi esposa, con mis hijos, con mi hermano, aun con el que no es mi hermano, con mi prójimo, con mi iglesia, con mis jefes, con el gobierno de la nación. Cuando todas mis relaciones son cultivadas bíblicamente, santamente, no es tan fácil transgredir esas relaciones. Pero la primera es tu relación con Dios, que en ocasiones va a ser tan fuerte que aun cuando alguna de las otras no esté tan bien, tu relación con Dios impedirá que violentes las demás.
Y todo el que tiene su certidumbre puesta en él se purifica. Esta es la manera de hacerlo. Y la motivación: sabemos cómo él es. Y la otra motivación que anda ahí mismo: así como él es puro, yo necesito estar en integridad.