IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El amor genuino por el hermano no es opcional ni decorativo: es la marca de nacimiento del cristiano. Así como alguien reconoce una marca comercial por su logo, el mundo debería reconocer a los discípulos de Jesús por la forma en que se aman unos a otros. Juan lo establece con claridad contundente: el que no ama a su hermano no es de Dios, y nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos. Este amor no viene de la carne ni del mundo; es fruto de la simiente divina que Dios deposita en el momento del nuevo nacimiento.
Pero hay obstáculos que impiden este amor. El primero es la ausencia del nuevo nacimiento: sin el Espíritu de Dios, simplemente no podemos amar como Cristo amó. El segundo es el egocentrismo, esa tendencia a llevar un registro de quién perdonó primero, quién cedió más, quién tiene razón. Cristo, en cambio, se despojó de sus prerrogativas antes de venir al mundo, y por eso no le costó morir después. En el aposento alto, cuando ninguno de los doce quiso lavar los pies de los demás, Jesús se levantó en silencio, tomó la toalla y sirvió sin pronunciar reclamo alguno.
El amor verdadero no es eficiente: interrumpe agendas, complica la vida del que ama para descomplicar la del amado. No se queda en palabras bonitas ni en sentimientos cálidos; se manifiesta en hechos concretos. Ver al hermano en necesidad, tener los recursos para ayudarlo y cerrar el corazón contra él es incompatible con la presencia del amor de Dios. El llamado es claro: amemos no de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Primera de Juan, capítulo 3. Vamos a estar leyendo a partir del versículo 10 para darle continuación a nuestra serie en este día. "En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo. Todo aquel que no practica la justicia no es de Dios." Aquí viene el enlace: "Tampoco aquel que no ama a su hermano."
El texto de hoy: "Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio, que nos amemos unos a otros. No como Caín, que era del maligno y mató a su hermano. ¿Y por qué causa lo mató? Porque sus obras eran malas y las de su hermano justas. Hermanos, no os maravilléis si el mundo os odia. Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en muerte. Todo el que aborrece a su hermano es homicida. Y vosotros sabéis que ningún homicida tiene vida eterna permanente en él. En esto conocemos el amor: en que él puso su vida por nosotros. También nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad."
Padre, gracias te damos. Gracias te damos porque tu Palabra no solamente son palabras, o no solamente es una palabra escrita, sino que tú enviaste a tu Hijo, y cuando caminó sobre este planeta, sobre esta tierra, él demostró con hechos lo que habló con palabras. Aquellos de nosotros que quedamos aquí para representarle, para vivir de una manera que otros puedan ver en nuestros hechos la verdad de nuestras palabras. Padre, guía a tu siervo en esta mañana en la exposición de tu revelación, y usa tu revelación para la transformación de nuestro caminar y de nuestro obrar, Dios. En tu nombre, Jesús. Amén, amén.
El amor por el hermano es obvio que es el tema del mensaje o del texto que hoy acabamos de leer. Y eso es un tema recurrente en la primera y en la segunda carta de Juan. Lo vemos seis veces en esta primera epístola: en 3:11, en 3:23, en 4:7, 4:11, 4:12, y el quinto versículo de la segunda carta de Juan. Y de hecho, en el capítulo cuatro, cuando tú llegas a él, te encuentras con una sección larga de dieciséis versículos dedicada otra vez a lo que es el tema del amor por el hermano.
Esto fue inspirado por el Espíritu Santo. Eso nos da a nosotros una idea de la importancia que Dios le asigna a la prioridad de que tú y yo aprendamos a amar al hermano como él revela en su Palabra. Y de hecho, tan importante es este tema que antes de Cristo partir, en el aposento alto, ahora antes de su crucifixión, este se aseguró de que él mencionara con sus propios labios palabras semejantes. Y tú lees en el capítulo 13 de Juan, versículo 34 y siguiente, estas palabras: "Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros." Escucha ahora: "En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si os tenéis amor los unos a los otros."
Juan, o mejor dicho Jesús, en el Evangelio de Juan establece con toda claridad una relación entre lo que es el amor de un hermano por otro hermano como la marca distintiva de que él era uno de sus discípulos. Pero él nos llama a amarnos de una manera distinta, porque él en este texto nos dice que debemos amarnos unos a otros como él nos amó. No es que pudiéramos amarnos unos a otros como estamos acostumbrados a ver, como el mundo conoce, como la gente lo practica. Cristo dice: "No, la marca distintiva de que vosotros sois mis discípulos es la habilidad que mis hijos tienen de amarse unos a otros de la manera como yo los he amado."
Y luego entonces Juan en este texto está tratando de recordarnos que el amor no consiste básicamente en palabras, que porque yo diga "hermano, te amo" no implica que lo hago. Y él termina entonces con esta frase que es nuestra frase clave de hoy y el título del mensaje a la vez; es la última frase del texto que leímos: "Amemos de hecho y en verdad," precedido eso por la frase o la idea "no amemos de palabra o de lengua, amemos de hecho y en verdad."
Y con eso yo quiero introducir todo esto que queremos compartir hoy, haciéndonos dos preguntas en esta ocasión. En primer lugar, ¿qué nos impide amar como Dios manda? Y en segundo lugar, ¿qué significa amar de hecho y en verdad?
Yo no voy a definir hoy lo que es el amor porque ya lo hicimos. Lo hicimos en el mensaje número 7 de esta serie cuando abordamos el tema por primera vez. Y no sé cuántos recordarán que en esa ocasión una de las cosas que el texto decía es que una evidencia de que alguien nació de nuevo es precisamente la habilidad de amar a ese hermano como Cristo nos ha amado.
Y ahora, en el texto que yo leí hoy, dos veces en nueve versículos Juan nos dice exactamente la misma verdad. Lo dice al final del versículo 10, con el cual yo quise introducir el texto de hoy y que pertenecía al mensaje pasado, pero que enlaza perfectamente bien con el mensaje de esta semana. Y para ello el versículo 10 dice: "En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo. Todo aquel que no practica la justicia no es de Dios," y aquí viene, "tampoco aquel que no ama a su hermano." De manera que el amor que yo tengo por el otro revela mi naturaleza.
Y la razón por la que eso es así es porque cuando yo nací de nuevo, Dios puso una simiente en mí que es su simiente. Y como es la simiente de Dios, eso nuevo que él puso en el momento del nuevo nacimiento, que es la simiente del Padre con el don del Espíritu Santo, viene con un amor que es de Dios, que se manifiesta a través de mí hacia los demás hermanos. Y eso es exactamente lo que Juan está tratando de explicar, nos está tratando de expandir: ¿cómo es que este amor se da? ¿Por qué se da? ¿Cómo debe lucir? ¿Y cómo eso es una característica de aquellos que aman a Dios?
Oye lo que él dice entonces inmediatamente después: "Porque este es el mensaje que habéis oído desde el principio, que nos amemos unos a otros." Quizás Juan estaba aludiendo al hecho de que desde el momento en que él oyó de Jesucristo y comenzó a caminar con él, o desde el momento que la fe cristiana comenzó a expandirse, o desde el momento en que Cristo se proponía ir a la cruz en el aposento alto ya les había dicho "amaos los unos a los otros." Quizás esto es lo que Juan está diciendo cuando hace referencia al hecho de que esto es lo que habéis oído desde el principio.
O quizás él se está remontando aún antes de eso, porque aún en Levítico 19:18 ya Dios había revelado que debíamos amar al prójimo como a nosotros mismos. Y si ya yo tenía que amar al prójimo, y ahora tengo un hermano, pues el estándar para amar al prójimo es que lo ame como a mí mismo. ¿Cuál sería el estándar para el hermano? Tendría que ser un estándar todavía mucho más alto. De manera que en la revelación de Dios de un hombre.
La revelación de Dios, de una u otra forma, Dios ha revelado la necesidad que tenemos de amar al otro. Y ahora ellos tienen un nuevo entendimiento de por qué lo pueden hacer de una mejor manera: es que Dios les ha dado un nuevo nacimiento, su Espíritu que mora en vosotros, que viene con un amor que es del Padre, y ese amor comienza a manifestarse a través de ustedes.
Dos veces en un solo versículo, entonces, Juan nos va a decir que una de las evidencias de que ese nuevo nacimiento se ha dado es la calidad de ese amor que expresamos por el otro. Mira cómo lo dice el versículo 14: "Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida porque amamos a los hermanos. El que no ama permanece en muerte." Ya en el 10 me dijo que el que no ama a su hermano no es de Dios. Ahora en el 14 me dice: "Nosotros sabemos." No es que tenemos una idea, no es que tenemos un "hint," no es que tenemos como una somera opinión. No es una pizca. Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida. Es garantía esto, porque amamos al hermano.
Recuerde que el estado de muerte es el estado de la persona que aún no conoce a Cristo. Efesios 2:1, ¿qué nos dice? Que estábamos muertos en delitos y pecados. Es esa condición que era lo que me caracterizaba antes de yo venir a los pies de Cristo. Juan está diciendo: la característica de que ya yo no estoy ahí donde estaba es precisamente el nuevo amor que hay en mí hacia mis hermanos. La persona que está muerta es una persona que no tiene vida eterna, no tiene el Espíritu Santo de Dios en su interior, está en tinieblas, está en un estado de no creyente, no está en la verdad. Y Juan dice: la evidencia de que todo eso no está en ti, en este caso, es la manera como tú amas a tu hermano, la calidad de tu amor.
Y eso nos muestra una vez más cuán interesado Juan ha estado a lo largo de esta carta de darnos evidencias de cómo yo sé que soy su hijo, que soy cristiano, que he nacido de nuevo. Y de hecho, de las varias evidencias que hemos dado a lo largo de la serie, tú puedes resumirlas en tres.
La primera es la prueba de la sana o la pura doctrina. En 1 Juan 1:6 nosotros leímos: "Si decimos que tenemos comunión con Él pero andamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad; la verdad no está en nosotros." Y esto tenía una referencia directa, como explicamos, a aquellos gnósticos que estaban alrededor de Juan en ese momento, insistiendo en que Cristo no había venido en la carne. Y Cristo entonces dice que aquellos que creían de esa manera no andaban en la verdad, estaban en tinieblas. La prueba, una de las evidencias de que he nacido de nuevo, es que yo tengo una doctrina consistente con el nuevo nacimiento.
La segunda prueba era la prueba de la obediencia. En 1 Juan 2:3: "En esto," aquí viene la palabra "sabemos," una palabra categórica, "en esto sabemos que hemos llegado a conocerle: si guardamos sus mandamientos." De manera que la obediencia es una segunda prueba de que estoy en Él.
Y número tres, la prueba del amor, que ya yo he mencionado hoy y que fue citada por primera vez en 2:10: "El que ama a su hermano permanece en la luz." Esas tres pruebas ya las vimos. Juan las va a reiterar una vez más a lo largo del tiempo que le queda de su carta.
Pero ahora, en el texto que nosotros tenemos delante, él pasa a contrastar entonces el amor por el hermano con el odio que esa persona no debe tener por su hermano. Y usa entonces una ilustración de la misma Palabra de Dios: la vida de Caín. Y habla de cómo Caín mató a su hermano, y nos dice incluso por qué Caín mató a su hermano. El texto de Génesis 4 nos dice que un día Caín y Abel vinieron a adorar a Dios. Abel trajo lo mejor de sus primogénitos; Caín trajo algunos de los frutos del campo. Dios se agradó con la ofrenda de Abel. Caín estaba irritado porque Dios no aceptó su ofrenda como buena y válida. Pero Juan nos está diciendo: la causa del homicidio de Caín no fue exclusivamente ese día, no fue que ese día su adoración fue rechazada y la otra fue aceptada. No, esa fue la gota que derramó el vaso.
La razón por la que Caín mató a su hermano, Juan dice aquí, fue porque sus obras en general eran malas y las de Abel eran buenas. Y eso es lo que ocurre cada vez que alguien decide obrar mal y tú no te unes a él en su obrar mal: esa persona comienza a repudiarte, a rechazarte, a odiarte, a criticarte, porque tus buenas obras ponen en evidencia su maldad. Si Abel lo hubiese estado de acuerdo en ofrecer, o mejor dicho, en vivir de una manera similar a como Caín había decidido vivir, con toda probabilidad Caín no hubiese tenido problema con su hermano. Porque como bien dice el dicho: "Mal de muchos, consuelo de tontos." Es increíble ver entonces cómo cada vez que una buena acción es tomada, aquel que no puede o no quiere tomar ese curso de acción termina criticando a la persona que ha obrado justamente.
Porque Caín lo que hace es tipificar el mundo. Es la razón por la que en el mismo texto Juan dice: entonces, como Caín mató a su hermano, luego dice: "No os sorprendáis si el mundo os odia." Porque Caín simplemente es una tipificación del mundo. Caín buscó, midió, apreció, miró a su hermano de la misma manera que el mundo vive juzgándonos, mirándonos a nosotros. Ese es el problema. Y entonces nos dice que ese Caín era del maligno y no amó a su hermano. Es como el mundo. Claro, ese mundo no puede amar como Dios nos ha llamado a amar porque ese mundo no tiene el Espíritu de Dios para amar. Ese mundo no puede amar de esa manera porque no anda en verdad, y lo único que puede hacer es fingir su amor. El mundo no puede amar porque es muy egocéntrico, y la persona egocéntrica, el espíritu de egocentrismo, simplemente no va a buscar del otro el amor.
La Palabra de Dios nos dice, y lo hemos hablado en otras ocasiones, que el amor viene de Dios. Si no tengo a Dios en mi vida, no puedo amar de esa manera. Yo puedo demandar, yo puedo exigir, pero yo no puedo amar si Cristo, si Dios, su Espíritu no está en mí. Ese amor incondicional, ágape, no viene de la carne, no viene del mundo, no viene del enemigo; solamente puede venir de Dios. El que no anda en verdad podrá decir "te amo," pero lo está fingiendo, porque él o ella siempre estará buscando lo suyo, estará buscando lo mejor para sí mismo.
Y eso es importante que lo sepamos y que podamos entender, porque mucha gente quiere un esposo, quiere una esposa, quiere un novio, quiere una novia, quiere hijos incluso, predominantemente porque yo tengo una necesidad de sentirme amado, y no necesariamente porque yo quiero amar. Y el amor del que la Palabra de Dios nos está llamando a tener es un amor que nos exige, que no pide; es un amor que da, no es un amor egocéntrico. La persona egocéntrica siempre busca lo suyo y siempre mantiene un récord de quién hizo, quién no hizo, quién perdonó, quién no perdonó, quién lo hizo primero, cuántas veces lo hice yo, porque es un amor que siempre mira a través de sí mismo.
Y yo creo que es importante que nosotros, jóvenes y no jóvenes que estamos escuchando, podamos entender de qué se trata el amor de Dios y de qué no. James Montgomery Boice, en su comentario acerca de esta carta, tiene una porción de una carta. Es una carta que un pastor africano... es una colección de cartas, de hecho, a la que él se refiere, de un autor que la puso en un libro que se llama "I Love a Girl" (Yo amo a una muchacha). Y en este libro de Walter Trobisch, él tiene una serie de cartas que este pastor le envía a un joven de su iglesia. Y aunque esto tiene un contexto juvenil, si usted quiere, yo creo que cada uno de nosotros puede encontrar en esta carta principios para aplicar a su vida en particular.
El pastor le escribe a este joven y le dice lo siguiente: "Una frase de tu carta me llamó la atención. Tú escribiste: 'Yo amo a una muchacha,' que es el título del libro, 'I Love a Girl.' No, mi amigo, tú no amaste a esa muchacha. Tú te acostaste con ella. Esas son dos cosas diferentes. Tú tuviste un encuentro sexual, pero lo que el amor es, tú no lo experimentaste. Es cierto que tú puedes decirle a una muchacha 'te amo,' pero con eso lo que quisiste decir es algo como esto: yo quiero algo, no a ti, sino algo de ti. No tengo tiempo para esperar, yo lo quiero inmediatamente. Esto es lo opuesto del amor, porque el amor quiere dar, el amor procura hacer a la otra persona feliz, no a sí mismo."
El pastor agrega: "Déjame decirte lo que debiera significar cuando alguien le dice a la otra persona 'te amo.' Te amo significa: te daré todo y estoy dispuesto a renunciar a todo por ti, a mí mismo y todo lo que poseo. Esperaré por ti, nunca te forzaré ni siquiera de palabras. Te protegeré y te cuidaré de todo mal." Y la carta continúa.
Lo que este pastor está tratando de comunicarle a este joven a través de este hecho que él tuvo, que él cometió, es que una de las características del amor verdadero, genuino, es que no hiere, no ofende, no arruina, no daña, no es ofensivo. Es protector de la vida, de la integridad, de la dignidad del otro. "Pastor, ¿y cómo se llama lo otro que ocurre continuamente de padres a hijos, de hijos a padres, de esposo a esposa, de esposa a esposo?" Amor egoísta, pero no amor ágape.
La característica del amor, precisamente del amor que caracteriza o que caracterizó a Cristo, es su habilidad, y no solamente su habilidad, su deseo de proteger la integridad de la vida de aquel a quien ama. Ese amor no atropella, ya sea voluntariamente o involuntariamente. No sabe cómo hacer eso. No es un amor demandante, es un amor dador. No es un amor que quiere que el otro se sacrifique para hacerme a mí feliz; quiere sacrificarse para que el otro sea feliz. "Para esto he venido al mundo: para que tengan vida y la tengan en abundancia." Es la característica del amor.
Pero esas palabras que este pastor le escribía a este joven, en esta sociedad egocéntrica del siglo XXI, nos suenan como extrañas, suenan como escritas en chino para una generación que no entiende lo que es ese tipo de amor. Y Juan está diciendo: no, no, no, es que la manera como el mundo ama, la manera como estamos acostumbrados a amar, es inconsistente con la simiente de Dios que se supone que mora en los hijos de Dios. Porque cuando tienes la simiente de Dios en ti, no eres tú quien ama, es Dios quien ama a través de ti. Tienes que preguntarte ahora: ¿está Dios en tu vida o no? Eso es lo que Juan está tratando de comunicar a sus lectores, a aquellos que le escucharon en su momento enseñar algo similar.
Y de la misma forma que Juan pone una importancia enorme acerca de la necesidad que tengo de amar al otro, él pone una importancia también vital acerca de cómo ese hermano no puede aborrecer a su hermano. El versículo 15 incluso dice: "Todo el que aborrece a su hermano es homicida." El odio y la falta de perdón, el resentimiento que lleva a criticar al otro, a asesinar su carácter, es eso lo que eventualmente culminó en el homicidio de Abel. Perdón, no pienses que Caín tuvo una buena relación con Abel todo el tiempo y simplemente un día, porque esta ofrenda fue rechazada... eso fue simplemente lo que destapó su ira. No, no, esto venía acumulándose.
Juan nos dice por inspiración de Dios: Caín aborreció a Abel porque sus obras eran malas y las de Abel eran justas. Y eso es lo que ocurre cada vez que esa combinación de cosas se da en dos personas distintas. Pero antes de Caín matar a Abel, tú lees en el versículo 5 que Caín se airó, y el versículo 8 que Caín mató a su hermano. Nadie le ha quitado la vida a otro ni nadie ha atacado el carácter de otro sin airarse primero. La ira es esa raíz que le da inicio al resto de las acciones. Y de eso Juan quiere hablarnos y que nosotros podamos entenderlo, porque esa ira no viene de Dios, viene de mi carne y de la influencia que mi carne sufre de parte del diablo directamente.
Cuando yo estoy airado, mira cómo el apóstol Pablo comienza a ayudarnos a entender eso en Efesios 4, a partir del versículo 26: "Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo." ¿Cómo? ¿No debería tener ira? Un momentito. Pablo admite que pudieran haber circunstancias en la vida de una persona que lo lleven a airarse sanamente. Él admite eso. Pero él nos advierte en contra de que esa ira se convierta en un pecado. Y una de las maneras como él entiende que pudiéramos hacer eso es cuidando de que nuestra ira no se prolongue en el tiempo. Y él usa entonces una simple ilustración, es algo literal. Él siempre entonces nos dice: no permitas que el sol se ponga sobre vuestro enojo. Resuélvela tan pronto tú puedas, porque en la medida en que esa ira se prolonga, en esa misma medida el chance de que peques, y en ocasiones de que peques gravemente, es monumental.
¿Por qué? Porque cuando tú comienzas a airarte, tú pierdes la razón, te vuelves irracional. En la irracionalidad tú pierdes el dominio propio, tú pierdes la manera, la forma de controlarte, y eso le abre una puerta enorme al enemigo. Y eso es lo que Pablo está tratando de que entendamos cuando él dice, déjame leerlo completo ahora, Efesios 4:26-27: "Airaos, pero no pequéis; no se ponga el sol sobre vuestro enojo, ni deis oportunidad al diablo." Pablo establece una relación estrecha entre la oportunidad que le damos al diablo y la ira que experimentamos que se vuelve pecaminosa. Y ya te expliqué por qué: porque cuando tú pierdes la razón, tú no ves las artimañas de Satanás, no ves sus ataques, no puedes entender, no puedes saber cómo defenderte. Y aun si pudieras ver sus artimañas, lo que ocurre es que tú no tienes la fuerza de voluntad para poder ejercitarte en la dirección de la santidad, de la piedad, porque tú has perdido control. Y en esas circunstancias, Satanás, que es como león rugiente que anda buscando a quien devorar, entonces te va detrás de ti. Tú eres presa fácil del diablo.
Eso es. Mira cómo la Palabra establece una cierta relación también. De Caín dice en el texto que leímos hoy que Caín era del maligno. Ese que es del maligno se aíra, ese que se aíra llega al punto de odiar a su hermano, y ese es quien mata. Esa es la relación. Dios dice: eso es incompatible con uno de mis hijos, porque mi simiente, mi Espíritu mora en él. Y uno de los frutos, una porción del fruto del Espíritu, es el dominio propio. Y el homicidio no es evidencia de dominio propio.
Dominio propio, pastor, pero yo nunca he matado a nadie. No, pero has matado su carácter, has matado su matrimonio, has matado su reputación, has matado su integridad. Le has hablado tanto de una manera que has matado su espíritu, has marchitado su vida. De hijos, de esposas, de esposos, de familiares, de amigos, de pastores a ovejas y de ovejas a pastores. Juan dice: no, mis hijos, esa no es la manera como un hijo de Dios da evidencia de que es hijo, de cuál es su paternidad. Al contrario.
De manera que la razón número uno... Ahora recordemos las dos preguntas que nos habíamos hecho al principio. Número uno, la pregunta era: ¿qué nos impide amar? Y la pregunta número dos: ¿en qué consiste amar de hecho y en verdad? De manera que todo lo anterior era la introducción, he estado las preguntas, ahora comenzamos el mensaje.
El versículo 14 nos dice que yo tengo la obligación de amar como Cristo me amó. De manera que la razón número una por la que yo no puedo amar, quizás, quizás, no estoy diciendo que es el caso siempre, es que no he nacido de nuevo. Porque la simiente de Dios, si no está en mí, el amor de Dios no está en mí. Si el amor de Dios no está en mí, no puedo amar. La Palabra nos dice la única razón por la que nosotros amamos es porque Él nos amó primero. No puedo dar lo que no tengo. De manera que eso es vital.
La Palabra no me está hablando de que no puedo experimentar emociones sentimentales. No es que no puedo experimentar atracción por una muchacha o muchacho. No es que no puedo desear estar con alguien. Tú puedes hacer todo eso aun sin tener a Dios en ti. Lo que no puedes hacer es amar agápicamente, si pudiera hacer de la palabra algo, un vocablo español. No puedes amar incondicionalmente porque ese amor viene de Dios a través de una simiente que Él pone en ti que se llama Su Espíritu.
De Ángel Módulo decía de esta manera: tú puedes ser un buen médico sin amar a tus pacientes, tú puedes ser un buen abogado sin amar a tus clientes, tú puedes ser un buen geólogo sin amar la ciencia. Lo que tú no puedes ser es un buen cristiano sin amar a tu hermano. Bueno, ¿pero por qué no? Porque un buen cristiano tiene la simiente de Dios, y la simiente de Dios ama, y la simiente de Dios en ti ama a través de ti. Y por tanto, todo el que ha nacido de Dios ama a su hermano.
De manera que esta es la primera pista de cuál puede ser la evidencia de por qué no puedo amar de esa manera. No puedo olvidar que Cristo dice: "En esto sabrán todos que sois mis discípulos". Es otra manera de decir: de esta manera sabrán todos que vosotros habéis nacido de nuevo. ¿Cómo? ¿De qué manera? Si os amáis los unos a los otros como yo os he amado. Porque eso el mundo no lo puede fabricar, no lo puede fingir, no lo puede falsificar. El mundo puede falsificar amor, pero no del que yo les he dado a ustedes. Y mi mandato es: ámense los unos a los otros como yo os he amado. Eso el mundo no lo conoce, y por tanto, no os extrañéis si el mundo os odia.
La segunda razón, a la que yo he venido ya aludiendo indirectamente o directamente, quizás de por qué nosotros no podemos amar, es ese egocentrismo con el que vivimos. Algo que Cristo no experimentó, una experiencia que Él no tuvo. Cristo nunca tuvo dificultad en amar a una persona. Nosotros sí. Las personas no tenían que estar de acuerdo con Cristo para Él amarlas.
Recuerda el caso del joven rico que viene donde Cristo: "Maestro bueno, ¿qué debo yo hacer para heredar la vida eterna?" Y le dice: "Bueno, tú conoces los mandamientos: esto, esto, esto". Y él dice: "Bueno, todos los he guardado", lo cual era una mentira, ya estaba rompiendo uno de ellos. "Todos los he guardado desde mi juventud", ni siquiera de la semana pasada, desde mi juventud. "Lo he guardado todo". Y Cristo le dice: "Bueno, pues tú sabes lo que tienes que hacer: vete, vende, y vuelve". Y el hombre se va cabizbajo, triste, porque sus bienes podían más que las palabras del Señor. Y el hombre se va. Pero con todo eso, es que el texto dice: antes de Cristo hablarle, el Señor le amó. De manera que el Señor no tuvo dificultad en amar aun a aquellos que no estuvieron de acuerdo con Él, e incluso aquellos que no le siguieron, como este joven.
Pero la razón fue que el Señor murió a sí mismo. De hecho, antes de Cristo venir a la tierra, Él hizo algo que si no hubiese ocurrido, Él no hubiese podido hacer su ministerio. Es que Él se despojó. Se despojó de sus prerrogativas, de sus derechos, de aquellas cosas que realmente le pertenecían. Y como Él murió antes de venir, no le fue difícil morir después de venir. Él murió a sí mismo. Siendo igual a Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó.
Nosotros tenemos que acostumbrarnos a despojarnos de aquellas cosas que creemos nuestras. A veces tiempo, a veces son tareas, a veces dinero, a veces son los hijos. Eso que yo creo que es mío, que me he ganado, de eso Dios quiere que yo me despoje, precisamente para que yo aprenda a morir a mí mismo. Y yo puedo amar de una mejor manera. La falta de esa muerte del yo es la imposibilidad que yo pueda amar correctamente como Cristo lo hizo.
Primera razón: quizás el nuevo nacimiento no se ha dado, por la cual yo no puedo amar como Él me manda. Segunda razón: es que quizás yo estoy todavía muy vivo, no he acabado de morir a mí mismo. Tengo todos estos derechos: pisoteaste mi espacio, pisoteaste mi dignidad, me hablaste mal, me ofendiste. Tienes que vaciarte como Cristo.
Yo casi puedo oír la frase: "Está bien, pastor, pero no siempre tengo que ser yo el que cede o la que cede". Esa frase la hemos dicho, pero solamente puede salir de un corazón egoísta. ¿Te imaginas a Cristo en la última cena? Los doce discípulos sentados a la mesa. Se suponía, ustedes conocen la historia, que en este contexto, porque la habitación era prestada o rentada en el mejor de los casos, pero no era de ellos, el primero que llegara debía haber lavado los pies. Llega el primero, llega el segundo, tercero, cuarto, quinto, hasta el decimosegundo. El texto no nos dice quién llegó primero, tampoco nos dice que el Mesías llegó de último. Pero obviamente, siendo el Mesías, el Rabí, Dios, no se suponía que lavara los pies. De manera que antes de hacerlo debieron haber ido delante doce personas. Estamos listos para cenar, viola de ley. Incluso yo me imagino a Cristo como viendo para los pies y alrededor. O sea, ¿que aquí nadie va a lavar los pies?
Imagínate que en ese momento Cristo se levanta y dice: "¿Y por qué yo siempre tengo que dar el ejemplo?" No fue lo que Él dijo. Él no pronunció palabra. Se bajó, tomó una vasija, tomó una toalla, les lavó los pies, se sentó y dijo: "Como yo he hecho con vosotros, así haced vosotros con los hombres". Y nada más. ¿Sabes por qué lo hizo de esa manera? Porque el amor es silencioso, es calmado, pausado y amoroso. No hace ruido. Es la ira que hace ruido, es la ira que es estrepitosa. El amor está bañado de compasión. De hecho, es el motor de la compasión, y la compasión es silenciosa por definición. Y Cristo no pronunció palabras.
Ahora escúchenme para que puedan entender lo que está pasando en la relación tuya con tu amigo, con tu amiga, con tu esposa, con quien tú quieras. Si es verdad que tú eres siempre el que cede, la probabilidad es que entonces tú eres el menos egoísta de los dos. Ahora, si tú quieres una fórmula para tú no tener que ser el que siempre ceda, tú la tienes: conviértete mañana en el más egoísta de los dos y no cedas hasta que el otro ceda. Pero Dios no estará complacido con esa actitud, ni tú serás bendecido por esa actitud.
Si hay algo que 1 Corintios 13 dice es que el amor no guarda récord de las ofensas. No lleva un récord de quién perdonó, cuándo y cuántas veces, y quién fue el último que perdonó, para ver a quién le toca perdonar la próxima vez. Eso lo hace el egoísmo en nosotros. Eso no sería amor. Cristo nos llamó a amarnos como Él nos ha amado, y ese es el reto. Y esa es la razón por la que Él dice: el mundo no conoce eso, no lo puede hacer eso, solamente lo pueden hacer mis hijos. En esto conocerán todos que sois mis discípulos.
El texto de hoy nos dice que Cristo puso su vida por nosotros y que nosotros debemos hacer lo mismo. Ahora, con toda probabilidad yo creo que la mayoría, o quizás ninguno de nosotros, tendremos que morir por otro hermano. Es lo más probable. Pero todos nosotros tenemos que hacer algo que es mucho más pequeño, excepto que es mucho más cotidiano: es morir todos los días al hacer las pequeñas tareas que se supone que nosotros hagamos por los demás. Y el lugar de comenzar es mi hogar. Si yo no lo puedo hacer en el hogar, jamás convencerás a nadie de que lo puedes hacer fuera del hogar. Esa forma egocéntrica de nosotros ver la vida, vivir la vida, evaluar la vida, buscar la vida, es la que nos impide otra cosa. Nos impide entonces poder amar.
Hay algo más que nos impide amar, y es la manera como nosotros vivimos hoy: acelerada. Pastor, ¿qué tiene que ver el ritmo de la vida con poder amar a otro? Absolutamente todo. Tú no puedes amar a otra persona sin detenerte a verlo y escucharlo. A escuchar cómo siente, a escuchar cómo vive, a escuchar cómo se duele, cómo sangra su alma. Nosotros vivimos tan programados, tan agendados, tan llenos, que el otro no puede hablar conmigo. "Después, bueno, tengo tiempo". Y así vivían los discípulos, pero no Cristo. Cristo se dejaba interrumpir aun en su tiempo de descanso.
Entonces resulta que cada vez que se encontraban con una persona o una multitud, Cristo los veía. Cuarenta veces en los Evangelios se nos dice: "Y Cristo le miró" o "miró la multitud". Al final de la tarde, los discípulos y Cristo están frente a la multitud. Los discípulos vieron un problema: son las cuatro de la tarde, aquí no hay pan, aquí no hay comida. "Maestro, mándalos a su hogar, que ya está cayendo la tarde y por aquí no hay dónde comprar". Ellos vieron un problema. Cristo vio la multitud y tuvo compasión de ellos. Ahí está la diferencia.
Cada vez que tenían un encuentro Cristo y sus discípulos con alguien, los discípulos veían un problema y Cristo veía a una persona. Cuando tú ves un problema, ¿qué tú haces? Tratar de arreglarlo. Pues arreglemos esto, mándalo para su casa. Cuando tú ves la persona, ¿qué tú haces? Tratar de entender la necesidad y llenarla. Tú conoces la historia de...
Juan 9. Fíjese que Cristo venía caminando con sus discípulos, se encuentra con un ciego y resulta que el ciego es de nacimiento. ¿Qué tú piensas que Cristo vio? La persona y su necesidad de ver, y Él termina sanándolo. ¿Qué tú piensas que los discípulos vieron? Un problema. "Maestro, ¿quién pecó, él o sus padres? Arreglemos esto." "Ni él ni sus padres." Los discípulos vivían analizando las personas, porque cuando tú no amas, eso es lo que tú y yo hacemos: analizamos las personas. Cristo las ve, las oye, las ama y las sana. Ellos las analizaban.
"¿Y quién te sanó?" "No sé." "No venga todo a decir que ese es de Dios." "Yo no sé, yo lo que sé es que antes era ciego y ahora veo." Siempre viendo y analizando el problema; Cristo sanando a la persona con el supuesto problema. Cuando tú te relacionas con los demás, ¿qué tú ves en ellos? ¿Problemas o sus necesidades? ¿Tú los amas y tratas de llenar sus necesidades, o tú los criticas porque el problema de ellos interfiere con mi vida, mi agenda, mi estilo de vida, mis emociones? Los discípulos y los fariseos vivían debatiendo; Cristo vivía amando y sanando la misma gente. La diferencia: amor en uno y no amor en el otro.
Paul Miller escribió un libro que en inglés se llama "Love Walked Among Us" (El amor caminó entre nosotros). En ese libro, que me ha ayudado a reflexionar un poco acerca de todo esto, él dice que la crítica nos impide que seamos infectados con los problemas de las demás personas. O sea, que la crítica es como una vacuna; quizá por eso nos gusta, que nos impide ser infectados con los problemas de las demás personas.
Entonces, cuando te detienes... Cristo se detenía, veía la persona. Le traen una mujer que cogieron en adulterio. Me imagino a los fariseos cuando la trajeron: "Maestro, Rabí, aquí está. Vamos a ver ahora, vamos a ver lo que tú dices. Aquí está una mujer cogida en adulterio." Vociferando, gritando quizás estrepitosamente, porque así es la ira. Y Cristo callado, porque así es el amor. Y al final Él se baja, escribe algo en el piso, en el suelo, se levanta, mira alrededor, solamente está la mujer. "Mujer..." Imagino a Cristo en este tono: "Mujer, ¿dónde están los que te acusaban?" "Todos se han ido, Maestro." "Yo tampoco te acuso. Vete y no peques más." El amor, la compasión es callada, silenciosa; la ira, estrepitosa. ¿Cómo es tu trato con los demás? ¿Estrepitosamente, con gritos, acusaciones? ¿O calladamente, como el Maestro? Porque en esto conocerán los demás que vosotros sois mis discípulos.
A nosotros no nos gusta detenernos porque este ritmo de la vida no nos permite. A mí no me gusta detenerme a ver a la persona, pues a veces ver la persona y oírlos me hace sentir culpa. Entonces tengo que comprometerme: mi tiempo, mi agenda, mis recursos. Por eso, cuando alguien viene a la ventana del auto, y si voy con alguien, no lo quiero ver, porque si lo veo voy a descubrir un rostro triste, una ropa sucia, rota, un brazo que no se mueve. Y sabes que va a comprometer mi recurso que yo no quiero dar. Entonces, al otro yo le digo: "Esta gente molestando, el gobierno no se mete con ellos a venir a recogerlos a todos. Es un problema del gobierno." ¿Por qué? Porque en este país, en lo que el gobierno hace eso, baja el vidrio y ayúdalo en ese momento.
Y bueno, va a decir... eso al final, bueno, va a decir exactamente con palabras exactas... Bueno, que uno a veces como pastor, oyendo la gente, pierde tiempo. Paul Miller, ¿sabe lo que dice en su libro? Que el amor no es eficiente. No es eficiente porque te deja interrumpir agendas, deshace agendas, interrumpe descanso. Lo que querías terminar hoy no lo puedes terminar porque atendiste a un hermano, porque hablaste con él, lo escuchaste. Sumamente ineficiente. Nosotros, tareas, tenemos que tener la tarea de... No, lo que tenemos como si la tarea fuera la meta de la vida. Y nosotros sabemos que la tarea tiene que ver con las personas, y terminamos la tarea y no les ministramos a las personas. Increíble. Cristo estaba todo el tiempo pendiente de la necesidad de las personas.
Amar. Cuando Juan nos dice "no amemos de palabra" es porque él sabe que amar no es palabra. Amar es un verbo; amor es una palabra, amar es un verbo, es una acción. Primera de Corintios 13, ustedes lo conocen igual que yo, tiene 13 verbos. En español tiene adjetivos: "el amor es paciente, bondadoso..." No, en el original tiene 13 acciones. Amar es algo que yo decido hacer. "Tanto amó Dios al mundo que dio." Eso es otro verbo: dio. Amar es un verbo, implica una acción.
Y bueno, dice exactamente eso. Mira, ahora en la pantalla, 1 Juan 3, pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano en necesidad y cierra su corazón contra él, ¿cómo puede morar el amor de Dios en él? "Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad." Juan lo lleva un poco más allá y dice: "Pero, pero ven acá, ¿cómo es que tú puedes tener un hermano en necesidad, tú tienes los bienes con qué llenarlo y no haces nada? ¿Cómo tú piensas que el amor de Dios puede morar en ti?" Eso es otra forma de decir: ¿cómo tú crees que la simiente de Dios mora en ti? Eso es otra forma de decir: ¿cómo tú piensas que has nacido de nuevo si tu amor no va más allá de palabras? "Hijitos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de hecho y en verdad." Yo tengo que ponerle pies y manos a mis palabras, y cuando hagamos eso, todo el mundo sabrá que somos sus discípulos.
Pastores, que cuando uno comienza a hacer eso, uno se complica la vida. ¡Ajá! Esa es la definición del amor: el amor me complica a mí la vida. El amor de Dios fue lo que complicó la vida de Dios. La Trinidad estaba totalmente en absoluta paz y tranquilidad hasta que Adán y Eva decidieron hacer lo que el maligno les hizo hacer, y la paz del universo fue interrumpida. Pero mira, el amor no complica la vida de todo el mundo; no, el amor complica la vida del amante y descomplica la vida del amado. Esto es como opcional. Cristo vino a complicar su vida para descomplicar la nuestra, y Él dice: "Entonces, así como yo os he amado, así vosotros necesitan amar."
Algunos de ustedes, hombres; algunos de ustedes, mujeres; algunos de nosotros —yo quiero incluirme ahí en el universo— estamos casados con personas que tienen problemas tan complicados: su pasado, su forma de ser, su temperamento. Y quizás tú no lo tienes. Yo quiero decirte en nombre de Dios hoy que Dios te puso en su vida para que la ayudaras a descomplicarse, a costa de complicarte la tuya. Pero yo quiero decirte en nombre de Dios que cuando compliques tu vida, en la maraña de la complicación tendrás a Dios más cerca de ti que ningún otro ser humano. Porque es Dios quien ha orquestado la maraña de la complicación con Él entre ellos. Él estará entretejido entre las fibras, Él será de las fibras que forman la maraña para descomplicar la vida del otro, de tal manera que ahora ambos puedan tener sus vidas descomplicadas en Cristo y por Cristo.
Si tú y yo queremos mostrar algo distintivo que ninguna otra religión puede mostrar, esta es la marca: que os améis unos a otros. "Y en esto todos sabrán que sois mis discípulos: que os améis unos a otros como yo os he amado. En eso todos sabrán que sois mis discípulos."
Algunos de nosotros —ya voy cerrando con esto— algunos de nosotros hemos nacido... A veces quizás todos, si nos ponemos a examinar cada persona bien, hemos nacido con una marca de nacimiento. A veces es un lunar, a veces una peca o múltiples pecas, a veces es un quistecito de la piel, un apéndice de la piel, algo. Ese es tu marca de nacimiento. El cristiano tiene una marca de nacimiento, y de acuerdo a Cristo, su marca de nacimiento es que él ama a su hermano como Cristo nos ha amado. "Y en esto sabrán todos que sois mis discípulos."
Usted conoce que hay íconos que son muy reconocidos. Usted tiene una camisa o un t-shirt que tiene un caballito, usted sabe inmediatamente que eso es qué marca. La conocemos bien, verdad: Polo. Ok, pues el cristiano se supone que debe andar con un t-shirt que tenga un ícono que todo el mundo pueda reconocer también, como usted acaba de mencionar la marca Polo. Que cuando todos vean, todo el mundo pueda decir: "Discípulo de Jesús," de la misma manera que usted dice: "Caballito, Polo." Y que otro lo vea: "Discípulo de Jesús." Porque nadie puede amar a su hermano... ¿Tú y yo estamos listos para eso? El amor de Dios no demanda, no exige, no hiere, no contraataca ni ataca ni contraataca, no hace ruina y no es eficiente y se complica. Esa es la definición.
Si estás dispuesto a amar y mostrarte con verdad heredero de Dios... Si Dios te dijera: "Miguel, ¿tú quieres ser mi bálsamo para yo sanar a tus hijos, a tu esposo, a tu esposa?" ¿A ti no te gustaría ser el bálsamo en las manos de Dios para Él contigo sanar a otro? Pues ya te lo ha dicho: "Yo quiero sanar a otros, algunos de los cuales están bien cerca de ti. ¿Tú quieres ser mi bálsamo?" O tú quieres ser más bien un ají, y cuando lo pasamos por la herida irrita y hiere, duele más.
Ahora, no puedes olvidar que todos necesitan amor y compasión, todos necesitan su gracia y esperanza, y nosotros somos parte de ese todo. Entonces, a ver, ¿por qué la gente necesita amor? Porque el amor es lo que a mí me hace sentir seguro. Si yo no me siento amado en una relación, a un día me siento seguro, y todos queremos sentirnos seguros. El amor me hace sentir aceptado, y todos queremos sentirnos aceptados. Y el amor es lo que me hace sentir seguro y aceptado, y todos necesitan su gracia y compasión, su amor y su gracia.
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