Integridad y Sabiduria
Sermones

La perseverancia es la pruebra de que soy Su Hijo

Miguel Núñez 20 diciembre, 2009

La permanencia en la fe es la prueba más contundente de que alguien es verdaderamente hijo de Dios. Esta es la afirmación central que el apóstol Juan hace en su primera carta cuando aborda el éxodo de personas que abandonaron la iglesia de Éfeso. Juan consuela a los que permanecieron con palabras directas: "Salieron de nosotros, pero en realidad no eran de nosotros, porque si hubiesen sido de nosotros habrían permanecido con nosotros". La salida de estos falsos discípulos, arrastrados por falsos maestros, cumplió un propósito dentro del plan de Dios: purificar su iglesia.

El espíritu del anticristo no es algo nuevo; es tan antiguo como la serpiente en el Edén. Se manifiesta en maestros que usan el mismo lenguaje bíblico pero con definiciones distintas, que hacen promesas que no pueden cumplir, que se consideran incuestionables y manejan sus iglesias como propiedad personal. El pastor Núñez señala que el movimiento del evangelio de la prosperidad representa hoy este espíritu, abarcando los cinco continentes con enseñanzas que han abandonado la cruz como centro de la predicación.

La promesa genuina de Cristo es una sola: la vida eterna. No la salud perpetua, ni la comodidad, ni la prosperidad material. Hebreos recuerda que muchos fieles fueron apedreados, aserrados y muertos a espada, y aun así obtuvieron aprobación por su fe. El verdadero maestro no pinta cuadros color de rosa; dice la verdad, apunta siempre a la cruz, y predica a Cristo resucitado. El llamado final es claro: permanecer en Él para no apartarse avergonzados en su venida.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Así que voy a pedirles que me acompañen a abrir la Palabra de Dios. Vamos a introducir la Palabra de Dios en la primera carta del apóstol Juan, capítulo 2, para nosotros continuar en esta mañana con esta serie.

Capítulo 2, Primera de Juan, versículo 18: "Hijitos, es la última hora, y así como oísteis que el Anticristo viene, también ahora han surgido muchos anticristos; por eso sabemos que es la última hora. Salieron de nosotros, pero en realidad no eran de nosotros, porque si hubieran sido de nosotros habrían permanecido con nosotros; pero salieron a fin de que se manifestara que no todos son de nosotros. Pero vosotros tenéis unción del Santo, y todos vosotros lo sabéis. No os he escrito porque ignoréis la verdad, sino porque la conocéis, y porque ninguna mentira procede de la verdad. ¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo? Este es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo tampoco tiene al Padre; el que confiesa al Hijo tiene también al Padre. En cuanto a vosotros, lo que oísteis desde el principio, que permanezca en vosotros. Si lo que oísteis desde el principio permanece en vosotros, vosotros también permaneceréis en el Hijo y en el Padre. Y esta es la promesa que Él mismo nos hizo: la vida eterna. Os he escrito estas cosas respecto a los que están tratando de engañaros. En cuanto a vosotros, la unción que recibisteis de Él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; pero así como su unción os enseña acerca de todas las cosas, y es verdadera y no mentira, y así como os ha enseñado, permaneced en Él. Y ahora, hijitos, permaneced en Él, para que cuando se manifieste tengamos confianza y no nos apartemos de Él avergonzados en su venida."

Como ya ha sido costumbre en esta serie, tenemos una palabra clave y dos o tres preguntas. La palabra clave esta vez es bien clara; yo creo que, no sé si la pudieron notar, pero es el verbo "permanecer" en sus conjugaciones: aparece siete veces en un texto relativamente corto. Las preguntas que queremos hacerle al texto de una forma práctica, y convertir eso en el eje sobre el cual pueda girar toda la exposición, son estas. Número uno: ¿quiénes son los hijitos a quienes Juan se refiere? ¿Son los mismos de ayer los hijitos de hoy? Número dos: ¿qué es el espíritu del anticristo? Y número tres: ¿cómo se distingue la verdad del error?

Comencemos por la primera pregunta: ¿quiénes son estos hijitos? Es un término que solamente Juan usa. Solamente aparece tres veces en la Palabra de Dios. La primera vez aparece en el Evangelio de Juan, capítulo 16, versículo 33, pero Cristo la pronunció en esa ocasión; Juan la registró. Las otras veces Juan la usa en esta primera carta que llamamos Primera Epístola de Juan: la usa en 2:1 y aquí la vuelve a usar en 2:18, como hemos mencionado y como hemos leído.

Esta carta posiblemente se escribiera alrededor del año 85 o 90; los años pudieran variar de autor en autor. Pero de ser así, probablemente Juan estaba avanzado en edad, y con el avance de la edad, quizás, o sin quizás, nos volvemos más tiernos, más amorosos, más melosos. Quizás es parte de la razón por la que Juan pudiera estar usando ese término de cariño, "hijitos"; pero quizás es simplemente que ha querido imitar al Señor Jesús cuando se refirió a sus discípulos como hijitos. En cualquier caso, la pregunta es: ¿quiénes son? ¿Quiénes fueron ayer, quiénes son hoy?

El concepto de hijo es un concepto muy importante para Juan desde el comienzo de su evangelio. Ningún otro evangelista nos ayuda tan claramente como Juan a entender el concepto de hijo, concepto que él continúa desarrollando hasta sus cartas. En el primer capítulo, versículos 11, 12 y 13, desde ese primer capítulo del Evangelio de Juan nosotros leemos las siguientes palabras: "A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron; pero a todos los que le recibieron, les dio el derecho de llegar a ser hijos de Dios, es decir, a los que creen en su nombre, que no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios."

De una forma clara, Juan está tratando de ayudarnos a entender la diferencia entre hijos y criaturas. Ahora nos está diciendo que hay un grupo de personas que han pasado de ser criaturas a ser hijos, y nos dice quiénes son y cuáles son los requisitos, porque a esos mismos que él, años después, llama hijitos. Él nos está diciendo que este grupo de personas recibió a Cristo, le recibió tal como Él fue enviado. Fue un grupo de personas que han creído en su nombre, porque no solamente creyeron en su nombre, sino que al creer, de una forma sobrenatural, nacieron de nuevo; pero nacieron de una manera especial: no nacieron de la sangre, ni de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de la voluntad de Dios. Dios decidió su nacimiento; en Dios se originó el deseo de que ellos nacieran de nuevo, y nacieron de nuevo al creer en este nombre que es sobre todo nombre.

En otras palabras, el ser hijo de Dios es algo que nace, en primer lugar, en el corazón de Dios. Ahora bien, cuando hablamos, de acuerdo a lo que Juan dice, de que este grupo de personas le han recibido, tenemos que entender que recibirle es haberle aceptado con toda la investidura con que Él fue enviado: como Dios, como Señor, como Salvador. No hay términos medios. Rechazar una de esas posiciones o investiduras es rechazar toda su persona, de tal manera que a eso es a lo que Juan se está refiriendo cuando en el versículo 23 dice: "El que confiesa al Hijo tiene también al Padre."

Confesar al Hijo es creer que Él es el Hijo de Dios, que Él es el Cristo, el Hijo del Dios viviente, como dijo Pedro. Confesar al Hijo implica que tú crees que ciertamente Él es la segunda persona de la Trinidad, y que todas las cosas fueron hechas por medio de Él, y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. Confesar al Hijo implica que Él es aquel a quien Dios le confirió el nombre que es sobre todo nombre, para que al nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra, y toda lengua confiese que Jesucristo es Señor para la gloria de Dios Padre.

Pero ver eso que yo acabo de pronunciar es vivirlo: es vivir bajo su señorío, es vivir en obediencia, es vivir sujeto a lo que Él ha revelado. No es creer de palabras, no es proclamarlo, no es hacer una confesión un día; es vivir como si ciertamente tú eres su siervo, Él es tu amo, Él es tu Señor, Él es tu Rey, y tu vida está sujeta a sus ordenanzas, y que ciertamente tú has doblado la rodilla al Señor Jesús. La razón por la que es importante haberle confesado con palabras y con hechos es porque es posible confesarle de palabras y negarle con los hechos, con lo cual negamos por completo lo que confesamos.

La Palabra de Dios nos habla de esa posibilidad; no solamente de esa posibilidad, nos habla de esa realidad en la vida de muchos. Pablo le escribe a Tito, y en Tito 1 dice que hay un grupo de personas —en aquel tiempo los hay, hoy los ha habido siempre— que profesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan. Han conocido a Dios de la misma manera que los demonios creen y tiemblan. Es posible confesarlo de palabras, pero confesándolo de palabras lo niegan con sus vidas, con la manera y la forma en que viven.

Pero Pablo, cuando le escribe a Tito, lleva esta enseñanza a un paso más, porque en el mismo versículo del cual yo leía apenas la mitad, Pablo dice: "Profesan conocer a Dios, pero con sus hechos lo niegan, siendo abominables y desobedientes e inútiles para cualquier obra buena." ¿Qué es lo que los hace abominables? Yo no creo que Pablo necesariamente se estaba refiriendo a personas que viven en inmoralidad sexual, por ejemplo. Yo creo que lo que los hace abominables es el hecho de confesar algo de palabras, e identificarse con Dios, su nombre, su santidad, su señorío, y no vivirlo. Yo creo que eso es lo que los hace abominables, porque eso me recuerda las palabras de Cristo mismo en el libro de Apocalipsis, cuando les pasa revista a sus iglesias y habla de aquellos que sabe que no son fríos ni calientes sino tibios, y la reacción de Cristo es como de algo abominable: "Te vomitaré de mi boca." ¿Por qué, Señor? Él no hace eso con los fríos ni con los calientes: con los calientes no lo va a hacer porque viven tu verdad; con los fríos no viven nada. ¿Por qué con estos? Porque se identifican con su nombre, con su santidad, y le niegan con sus vidas. Por eso es que Pablo termina diciendo que son inútiles para toda obra buena. No basta con profesar ni creer; hay que vivirlo. Tener al Hijo es creer en el Padre quien le envió.

Entonces, entre ellos había un grupo de personas que habían confesado al Hijo y se habían agrupado en una iglesia. Pertenecían a un mismo ministerio; de hecho era esta, la iglesia de Éfeso, la iglesia por donde circularon los mejores predicadores: Pablo estuvo ahí, Timoteo estuvo ahí, Apolos estuvo ahí, Priscila y Aquila pasaron por allí. Juan está ahí ahora. Y entonces Juan dice: el problema es que ahora hemos visto un éxodo de esta iglesia. De esta iglesia que tiene años viendo grandes predicadores y oyendo buena predicación, hemos observado un éxodo significativo, que él define en el versículo 19 con estas palabras: "Salieron de nosotros, pero en realidad no eran de nosotros, porque si hubieran sido de nosotros, habrían permanecido con nosotros; pero salieron a fin de que se manifestara que no todos son de nosotros."

La permanencia en la fe es la prueba más contundente de que soy su hijo. De hecho, ese es el título de mi mensaje en esta mañana: la permanencia como la prueba de que soy su hijo. Juan dice que el problema es que esta gente estaba con nosotros; ellos estaban ahí, formaban parte de la misma iglesia, quizás fueron discipulados por la misma persona, quizás fueron bautizados por la misma persona.

Quizás pertenecían al mismo grupo ministerial, quizás pertenecían al mismo grupo del liderazgo, porque aparentemente los que salen no son simplemente discípulos; aparentemente salen con ellos, liderados por personas a quienes Juan está llamando, vamos a ver más adelante, anticristos. Esos son los líderes que Dios permitió que infiltraran en la iglesia, líderes y seguidores, que en un momento dado estuvieron bajo la misma tutela, si se quiere, del mismo cuerpo de Cristo. Teniendo esa misma tutela, en un momento dado manifestaron sus verdaderos colores, pero la manera como lo hacen es simplemente saliendo de las filas y creando un éxodo, una apostasía.

Juan, tratando quizás de calmar a aquellos que estaban con él, les dice: "Saben qué, tranquilos, hijos, ellos salieron de nosotros, pero no eran de nosotros." Y la razón, o la forma como sabemos que no eran de nosotros, es porque si hubiesen sido de nosotros habrían permanecido con nosotros, pero ahora han salido para poner en evidencia que no todos son de nosotros.

Esto nos ayuda a entender un poco la dinámica del reino de los cielos. Dios permite en su sabiduría que su iglesia sea infiltrada por falsos maestros y por falsos discípulos. Por años me debatí sobre la razón, y finalmente llegué a entender la parábola del trigo y la cizaña que Cristo dijo: "Permitan que crezcan juntas." Pero, Señor, ¿por qué, permítales que crezcan juntas? Es que cuando la iglesia de Cristo es infiltrada por falsos maestros, ellos eventualmente crean ese éxodo, y cuando ellos salen arrastran consigo a los falsos discípulos, y con eso Cristo purga, limpia, santifica y purifica su iglesia. Ellos llenan un propósito dentro del plan de redención.

Él está hablando ahora de otro grupo; él les llama "hijitos". Es como que este grupo salió y ahora Juan tiene la convicción de que los que permanecieron son verdaderos hijos, y él les llama hijitos, refiriéndose a ese grupo que permaneció. La permanencia es la prueba más contundente de que soy un verdadero hijo de Dios.

Ya Juan nos había hablado de que una de las características del verdadero creyente, el convertido genuino, es que él tiene comunión con Dios, con el Padre, y que tiene comunión con los otros hermanos. Juan comenzó a abordar el tema de que otra característica clara de mi conversión es que, si soy nacido de nuevo, yo amo al que es nacido de nuevo. Todavía no lo ha dicho de esa manera; más adelante lo va a decir claramente: todo el que ha nacido de nuevo ama al que ha nacido de nuevo, y esa es una característica fundamental de aquellos que han sido verdaderamente regenerados.

En un mensaje reciente hablamos durante todo el mensaje acerca de la obediencia como la prueba de mi conversión. Esta mañana estamos hablando de la permanencia como la prueba de que soy su hijo. Y esto es nuevo: Cristo quiso preparar a sus apóstoles, a sus discípulos, a los maestros, a nosotros, para que podamos hacer ministerio, evangelizar, sin ser desanimados, porque cuando ves lo que ocurre frecuentemente en el mundo de la iglesia, si no tienes la advertencia y la enseñanza del Señor Jesús, pudiera ser muy estremededor el panorama.

Por eso Cristo nos dio una parábola, una parábola clara que Él llegó a explicar claramente. Es la famosa parábola del sembrador, donde el sembrador es el predicador y la semilla obviamente representa la Palabra de Dios. Ese predicador salió a sembrar la semilla, y la semilla fue cayendo en diferentes tipos de terrenos que representan diferentes corazones que fueron oyendo la Palabra de Dios. Cada vez que la semilla caía en un tipo de terreno, producía un tipo de reacción de parte de aquellos que escucharon la Palabra.

Y esto es como el texto comienza en Mateo 13, versículo 18: "Vosotros, pues, oíd la parábola del sembrador." Mateo 13:18: "A todo el que oye la palabra del reino y no la entiende, el maligno viene y arrebata lo que fue sembrado en su corazón." No la entiende porque Pablo nos dice en 1 Corintios 1 que para discernir las cosas espirituales yo tengo que hacerlo espiritualmente, lo que implica que yo tengo que haber nacido de nuevo antes de poder entender lo que se predica. La palabra y sus implicaciones las puedo entender gramaticalmente, lo que dijeron, pero no sus implicaciones. Pero hay un grupo que oye la Palabra del reino y no la entiende; entonces el maligno sabe que el que oyó no le entendió, y es tiempo de arrebatársela, y queda sin fruto.

"Este es aquel en quien se sembró la semilla junto al camino. Y aquel en quien se sembró la semilla en pedregales, este es el que oye la palabra y enseguida la recibe con gozo." Le escucha la Palabra, le gusta, le encanta, tiene gozo. ¡Wow, qué sermón! ¡Wow, qué predicación! ¡Wow, qué iglesia! Él tiene gozo. Esto no es cuestión de un día; esto es una respuesta temporal: días, semanas, meses, quizás años. Pero no tiene raíz profunda en sí mismo, sino que solo es temporal, y cuando por causa de la Palabra viene la fricción o la persecución, enseguida tropieza y cae. Se fue del camino.

"Y aquel en quien se sembró la semilla entre espinos, este es el que oye la Palabra, mas la preocupación del mundo y el engaño de las riquezas ahogan la Palabra y se queda sin fruto." Este otro grupo que escuchó la Palabra posiblemente la recibió también con gozo, pero el mundo, las preocupaciones y las riquezas que fue acumulando comenzaron a ahogar la Palabra que había oído, y quedó sin fruto.

"Pero aquel en quien se sembró la semilla en tierra buena, este es el que oye la Palabra y la entiende." La tierra buena oye la Palabra y la entiende. "Este da fruto y produce: uno a ciento, otro a sesenta y otro a treinta." Tú juntas a Juan, tú juntas a Mateo, los pones en una batidora y lo que sale como resultado es el siguiente: los hijos todos producen frutos. No iguales, uno a treinta, uno a sesenta, uno a ciento por uno, pero si eres hijo tienes frutos. Los demás quedaron sin frutos, y esa es la evidencia de que ciertamente no eran hijos.

Estos son los hijitos de quienes Juan habla, a quienes Juan se está dirigiendo. Él les dice con confianza a este grupo que se quedó: "Vosotros no tenéis necesidad de que nadie os enseñe; vosotros tenéis al Espíritu Santo." Lo dice de otra manera, con otras palabras, pero esto es lo que Juan les dice. El grupo que se queda ahora, el grupo de hijitos: "En cuanto a vosotros, lo que oísteis desde el principio permanezca en vosotros. Si lo que oísteis desde el principio permanece en vosotros, vosotros también permaneceréis en el Hijo y en el Padre."

¿Oíste cómo es que permanecemos? ¿Oíste cómo es que no nos desviamos ni somos parte del movimiento apóstata? Es que aquello que oímos en el principio, del perdón de pecados por la sangre de Cristo, y la cruz; aquello que oímos de que Él era mi Señor y mi Salvador; aquello que oímos de que yo tenía que vivir bajo su señorío; aquello que oímos de que yo tenía que vivir sujeto a su Palabra: eso que oí, eso que comencé a practicar, si esto no se me ha ido, entonces yo puedo permanecer en el Hijo, y si permanezco en el Hijo permaneceré en el Padre.

Cuando eso primero que yo escuché comienza a convertirse en un evangelio diluido, en un estándar liviano, en un evangelio prosperístico, no has permanecido en lo que oíste al principio, y eso te descalifica y te pone con el grupo que salió de nosotros pero que no era de nosotros.

Nosotros estamos en medio del éxodo más grande que la historia de la iglesia de Cristo haya visto en los últimos dos mil años, en una sola dirección: la dirección del evangelio de la prosperidad, el movimiento de la confesión positiva y de la súper fe. Es un movimiento que abarca los cinco continentes y pudiera ser mayoritario al día de hoy.

Algunos opinan —yo lo creo, pero recuerde, es una opinión, no una revelación de la Palabra— que este pudiera ser la apostasía final antes de la segunda venida de Cristo, y sería de mucho alivio para mi alma si así es, porque eso implicaría que el Señor está más cerca de lo que pensamos. Pero este movimiento es enorme; sus implicaciones, sus lazos, es poderoso en dinero, y está predicando un Evangelio que se ha desviado de lo que oímos al principio. Esto representa entonces el espíritu del anticristo, que es la próxima pregunta.

¿Cuál es ese espíritu? Segunda pregunta: ¿cuál es el espíritu del anticristo? La palabra "anticristo" como tal —no el concepto, no su definición, la palabra "anticristo" como tal— solamente Juan la usa, y aparece cinco veces en cuatro pasajes. Aquí están los pasajes: aparece en 1 Juan 2:18, que yo leí hoy, y aparece dos veces ahí; aparece en el versículo 22 de nuestro pasaje de hoy; en 1 Juan 4:3; y en la segunda carta de Juan, versículo 7. Solamente Juan usa este nombre de esa manera.

Pero escúcheme: este no es el anticristo del que Pablo nos habla en 2 Tesalonicenses, capítulo 2, porque Pablo habla de un personaje, un inicuo, un hijo de perdición, que se va a levantar en los tiempos finales, inmediatamente antes de la aparición del Hijo del Hombre. Este no es ese personaje, y lo sabemos de forma clara porque Juan habla de que muchos anticristos se han aparecido. De hecho, él dice que la manera como sabemos que esta es la última hora es porque muchos anticristos han aparecido.

De tal forma que es importante que nosotros podamos identificar el espíritu del anticristo, porque la abundancia de ese espíritu, de acuerdo a Juan, es la evidencia de que estamos en la última hora. De esta última hora hablaremos más adelante. Pero yo quería simplemente decir lo siguiente: ese espíritu del anticristo no es nuevo; es quizás tan viejo como la creación, porque cuando Adán y Eva aparecieron ya estaba obrando en el Edén. Es el espíritu de perdición, es el espíritu de engaño, es el espíritu de mentira; ese obrar de Satanás, el poder de las tinieblas, tratando de parar, de detener, de desviar, de interceptar los planes eternos de Dios, de desviar a los hijos de Dios, de hacerlos sufrir, porque él no puede hacer sufrir a Dios, pero sí puede hacerlo con Su pueblo. Ese es el espíritu del anticristo.

En el Antiguo Testamento, quizás mejor representado por Balaam, el hombre que trató de profetizar por dinero, el hombre que Pedro denuncia en 2 Pedro 2:15 como esa persona que habló por dinero, que Judas denuncia de la misma manera en el versículo 11 de su carta. Y ahora usted entiende quiénes representan el espíritu del anticristo hoy: aquellos, cada uno de los predicadores que han abrazado el Evangelio de la prosperidad, poniendo a un lado e ignorando la cruz como el tema de su predicación, y haciendo promesas que jamás pueden hacer cumplir. Entonces no es Balaam; es Balaam resucitado, reencarnado, por así decirlo, no en espíritu, pero sí en sus ideas.

El profeta Jeremías denunció a profetas que profetizaban con falsos sueños; ni soñaban, se inventaban los sueños. Eso no es distinto hoy. Zacarías hablaba contra videntes que veían falsas visiones, visiones que no habían visto. El Señor Jesús habló de falsos profetas, falsos cristos, y lo hizo de forma repetitiva en Mateo 7:15, Mateo 24:11 y Mateo 24:24. Habla de que en los últimos tiempos vendrían falsos profetas, falsos maestros, falsos cristos, acompañados de grandes señales y prodigios tan poderosas que serían capaces de confundir aun a los elegidos, si fuera posible. En otras palabras, la única razón por la que los elegidos no han de ser confundidos es por la intervención directa y misericordiosa de Dios en favor de los Suyos; de lo contrario, hasta ellos serían desviados.

Pablo habló de los falsos apóstoles —esto no es nuevo, este movimiento—. En 2 Corintios 11:13 habló de falsos hermanos; en Gálatas 2:4, de los que se infiltraban. Algunos de ellos los llamó lobos rapaces en Hechos 20, lobos feroces. Fueron los sepulcros blanqueados del tiempo de Jesús. Pedro en su segunda carta, en 2 Pedro 2:1, habla de los falsos profetas. Juan ahora viene y nos habla del espíritu del anticristo, o de los múltiples anticristos. Esto es una preocupación continua de parte de Jeremías, de Zacarías, de Jesús, de Pablo, de Pedro, de Juan, de todo el que tiene un interés en la verdad del Evangelio de Cristo y en mantener la pureza y la dirección del camino.

Juan dice de una forma clara, finalmente, de una forma llana y sencilla que no da lugar a interpretación, la razón por la que les está escribiendo. Porque hasta ahora lo hemos hablado, lo hemos dicho, pero lo hemos inferido; ahora Juan lo dice de forma explícita. En el versículo 26 del capítulo de nuestro texto de hoy, él dice: "Os he escrito estas cosas respecto a los que están tratando de engañaros." La razón por la que me estoy tomando el tiempo de hablar de aquellos que salen, aquellos que se quedan, aquellos que permanecen, cómo lucen los que salen, qué han llegado a creer, es porque hay un grupo entre nosotros que ha estado tratando de engañaros, y es mi responsabilidad delante de Dios contender ardientemente por la fe, como leemos en el libro de Judas.

A aquellos a quienes Juan se estaba refiriendo en su tiempo —hablamos de eso en la primera ocasión—, Juan se estaba refiriendo a un grupo de gnósticos. Dentro de ellos había un grupo que creía que Cristo realmente no había venido en la carne, que vino una especie de semejanza de Cristo; ese grupo fue formado por los docetistas, del verbo griego "dokeo", que implica "aparecer", "parecía, pero no era". Por eso es que Juan está hablando de que hay que confesar que Cristo vino en la carne: si no confiesas que Cristo vino en la carne, tú no eres de nosotros. Dentro de esos gnósticos había otros que creían que Jesús había venido como hijo de María en la carne, pero que Cristo, su espíritu, no vino sobre Jesús hasta el día de su bautismo, y que ese espíritu salió antes de llegar a la cruz. Y Juan está tratando de combatir ese espíritu del anticristo.

Pero esas corrientes y enseñanzas aberrantes no han desaparecido, y se han ido convirtiendo cada vez en cosas más aberrantes aún. Hoy hemos oído recientemente de uno de los apóstoles de la ciudad de Miami —que combatió el movimiento apostólico pero que hoy es parte de él— que, junto con otros, ha comenzado a enseñar que Dios es un extraño y un ilegal en la tierra, que requiere permiso nuestro para actuar en ella. ¿Cuándo has visto a Dios hacer algo sin la presencia de algún humano? Ese es el espíritu del anticristo: distorsiona la verdad, distorsiona la revelación de Dios, y no puede colgar su enseñanza sobre la Biblia porque no hay clavos para colgarla cuando la Biblia la contradice.

Y lamentablemente, en una generación que ha sustituido la razón por los ojos y los oídos y se ha vuelto eminentemente emocional, este tipo de enseñanzas aberrantes prolifera, porque nadie —hiperbólicamente hablando, porque sabemos que algunos lo hacen— la gran mayoría no se detiene a estudiar, a reflexionar, a meditar, a rumiar las verdades de Su revelación. Por eso es que Pablo le dice a Timoteo: "Procura presentarte ante Dios como obrero aprobado, que no tiene de qué avergonzarse, que maneja con precisión, que corta derecho la palabra de verdad", para que no seas persuadido, para que no seas desviado, para que no tropieces, para que no caigas, para que no te pierdas. Si esta es Su revelación, yo necesito conocerla y manejarla con precisión.

Es una generación a la que no le interesa lo bíblico, ni lo moral, ni lo puro, ni lo digno; le interesa lo pragmático, lo que funcione, lo que resuelva, lo que rinda beneficios, lo que a mí me convenga. En medio de esa generación, esparcir una falsa enseñanza sobre la base de falsas promesas es sumamente fácil, y ha ocurrido: cinco continentes están bajo la maldición de ese falso evangelio en el día de hoy. Dios los entregará para que crean la mentira, porque no amaron la verdad —2 Tesalonicenses 2:8-9—. Dios les enviaría un espíritu de confusión, Dios —no Satanás, Dios—, para que crean la mentira, a fin de que se pierdan, porque cuando Dios les envió la verdad no la amaron y prefirieron los mitos, los sueños y las visiones a Su Palabra. Es el espíritu del anticristo: prefiere otra revelación a la de Dios.

¿Cómo lucen los anticristos? ¿Cómo lucen sus personajes, sus maestros? Hay varias características; yo no tengo el tiempo para mencionarlas todas, quizás tomamos otro mensaje para hablar un poco más de esto, pero por ahora señalo algunas. Hablan de Cristo, hablan del Espíritu Santo, hablan de Dios Padre, pero sus definiciones y concepciones de la Trinidad no son las nuestras. Conocen el lingo, usan el mismo lenguaje con diferentes definiciones. Cuando le preguntas de dónde lo sacaste —cuando le preguntas a Benjamín de dónde sacaste que la Trinidad tiene nueve personas y no tres—, la respuesta es: "Dios me dio un sueño, Dios me dio una visión." Pero Dios no puede darte un sueño ni una visión que contradiga Su revelación; quizás la enchilada de la noche anterior pueda, pero no Dios.

Los falsos maestros distorsionan la verdad de Dios. Por eso, como bien dice Juan en el texto de hoy: "¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo?"

Y este es el anticristo: el que niega al Padre y al Hijo. Todo aquel que niega al Hijo tampoco tiene al Padre; el que confiesa al Hijo tiene también al Padre. Pero escúchame algo: los que vinieron ahora en tiempo de Juan, los gnósticos, no vinieron diciendo "negamos al Hijo". No vinieron diciendo eso. Vinieron diciendo "creemos en el Hijo, pero de esta otra manera". Eso es cómo se introduce la herejía, hasta que explota dentro de nosotros.

Tiene apariencia de piedad, se parece. Es como se introdujo Satanás a Eva, con aquello de que Dios dijo que no podía tocar ningún árbol del huerto. No, Dios no dijo eso, pero dijo algo que se parecía, algo que tocaba decirse de la misma manera. Por eso, así como se introdujo Cristo en el desierto frente a Jesús, citándole la Biblia tres veces, "escrito está", Satanás conoce la Biblia mejor que tú y que yo. A él lo entrenaron en la universidad de los cielos, por el mejor maestro del universo: Dios mismo. No juegas con él. Él es muy sabio, es muy astuto, y conoce la Palabra, pero también conoce nuestro corazón y sabe cómo desviar la Palabra para que tú y yo la creamos, porque es apetecible a nuestra carne.

Pero cuando Juan habla de que tenemos que confesar al Hijo, no es simplemente confesarlo de palabras; es vivir su señorío. Eso es no atrevernos a cuestionar algo, como decir que Dios es un ilegal o un extraño en la tierra. Eso no es confesar al Hijo; eso es negar al Hijo mil veces. Él es el dueño de la creación.

Los falsos maestros se hacen sentir superiores; les encantan los títulos, adoran los títulos. Les hacen sentir por encima de los demás, les encanta ser reconocidos, les encanta ser el centro de atención, y cuando eso no se produce, se sienten irrespetados y ofendidos. Los falsos maestros son incuestionables, altamente sensibles a la crítica; no toleran a nadie que les cuestione. Rehúsan rendir cuentas porque piensan que están por encima de los estándares. Y manejan sus iglesias como si fueran su hogar y su presupuesto.

Contaba alguien, un líder internacional que no voy a mencionar, que me comentó hace un tiempo cómo, después de que fue invitado a uno de los países de América del Sur para predicar, ese apóstol lo llamó a su oficina y le abrió una bóveda en esa oficina. Le dijo: "¿Cuánto quieres y en qué moneda? ¿Dólares, euros, moneda local?" Él manejaba las finanzas de su iglesia como si fuera el presupuesto de su casa. No. Nosotros hemos sido llamados a predicar la Palabra; que otros administren. Nosotros dediquémonos a ministrar la Palabra de Dios.

Los falsos maestros les encanta hablar de la unción, y la Palabra de Dios habla de la unción, pero no en el contexto en que los falsos maestros usan ese término. Ese es el problema: usamos las mismas palabras, el mismo lenguaje, pero no queremos decir la misma cosa. Los falsos maestros hablan de la unción como algo que ellos han recibido de manera especial, que solo ellos merecen por sus dones, sus privilegios, lo que han llegado a hacer, lo que ellos son, y que ya te pueden pasar la unción, como si la unción fuera algo que un ser humano pudiera o tuviera autoridad de pasar a otros. No. La Palabra de Dios habla de la unción de otra manera.

El texto de hoy habla de la unción y te deja ver una de las maneras como la Palabra de Dios la presenta. En este contexto, la unción es algo que todo creyente, todo hijo de Dios, tiene. Escúchenme, lo voy a leer textualmente para que no piensen que es mi opinión o mi invención. Versículo 20: "Pero vosotros tenéis unción del Santo", y la palabra es *chrisma*, "y todos vosotros lo sabéis". Y en el versículo 27: "En cuanto a vosotros, la unción que recibisteis de Él permanece en vosotros, y no tenéis necesidad de que nadie os enseñe". ¿Cómo? No tenéis necesidad de que nadie os enseñe, "sino que así como su unción os enseña acerca de todas las cosas". ¿Quién es el que nos va a enseñar acerca de todas las cosas? Lo dijo Cristo: el Espíritu Santo. Esa es la unción, el Espíritu que mora en mí. "Y es verdadera y no mentira; y así como os ha enseñado, permaneced en Él."

En primer lugar, la unción es algo que está íntimamente relacionado con el Espíritu Santo que mora en cada hijo de Dios, y por tanto cada hijo de Dios ha recibido esa unción de esa manera. En segundo lugar, la unción es algo que Dios concede como una especie de favor, de capacitación, de llenura de ese mismo Espíritu para realizar tareas especiales, pero no porque el individuo lo merezca, o sea mejor, o superior a nadie. Aarón recibió la unción arónica. Los reyes del Antiguo Testamento eran ungidos. Cristo fue ungido como Hijo, como Dios, como el Cristo, el Mesías. Su última unción ocurrió el sábado antes de su muerte: María lo ungió para su sepultura. Cuántos de los nuevos falsos maestros quisieran ser ungidos para su muerte una semana después. Yo me pregunto.

Los falsos maestros usan a sus ovejas para enriquecerse, para ganar poder, para lucrarse, para servirse de ellas, no para servirles. Y usan a las personas porque no todas son ovejas. ¿Cómo lo hacen? ¿Cómo lo logran? ¿Cómo consiguen grandes masas de personas que les sigan por un tiempo? No es tan difícil. Cada cuatro años, en los diferentes países, nosotros vemos el mismo fenómeno en las épocas electorales: les rasgas el oído a los que están dispuestos a oír, y ellos te siguen por promesas que luego no se cumplen. Así es como los falsos maestros lo hacen: hacen promesas que no pueden cumplir. Esas promesas exaltan el ego de la congregación, la congregación entonces termina exaltando el ego de su maestro, y la congregación se convierte en un centro de masaje de ego mutuo. Eso es donde están muchos en el día de hoy.

Ahora bien, cuando Juan dice que estamos en la última hora, Juan no estaba diciendo que Cristo estaba por venir en ese momento; dos mil años han pasado. Pero Juan sí dice que la última hora está marcada por una proliferación de anticristos. Dos mil años después, estamos más cerca de su venida. El Nuevo Testamento habla básicamente de dos etapas, no más, que llamamos siglos. Este siglo presente —Gálatas 1:4, si usted lo quiere buscar— lo califica de malo: "este presente siglo malo", algo así como Pablo lo dice. Esta época de ahora hasta que Cristo venga es este siglo presente malo. Y hay una segunda época que es el siglo venidero, que Cristo inauguró y que comenzó. No hay más.

De tal manera que esta última hora está marcando el último trecho de este siglo presente, que es malo. De este lado de la gloria hemos entrado en el último trecho. La frase más común es "los últimos días"; "la última hora" solamente Juan la usa, y solamente en este texto. "Los últimos días" es una frase que aparece más de una vez y se refiere claramente a los días que Cristo inauguró. Hebreos 1, en los primeros tres versículos, dice que Dios nos habló en tiempos pasados por sus profetas, pero que en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo, identificando claramente la frase "los últimos días" con la entrada de Cristo a este mundo.

Ahora, la última hora es el último trecho de este siglo presente antes de entrar al siglo venidero, y una de sus características es la proliferación de falsas enseñanzas y falsos cristos, que ha comenzado a ocurrir. Nosotros estamos en medio de una proliferación enorme y presentación del falso evangelio, ayudado por los medios de comunicación. Desde el punto de vista del calendario profético, como nosotros lo entendemos, no hay nada más que cumplirse. No es una profecía, simplemente es una afirmación: de acuerdo a muchos que entendemos el calendario profético de la misma manera, Cristo pudiera venir en cualquier momento; no hay nada más que haga falta por cumplirse. Pudiera tardarse cincuenta años, claro que sí; cien años, claro que sí; pudiera ocurrir esta noche, claro que sí. No hay nada más pendiente. Solamente Dios sabe lo que falta, pero en términos de lo revelado pudiera ser en cualquier momento, y estamos en medio de una gran apostasía.

Solo queda una tercera pregunta: ¿cómo discernimos la verdad del error? Es importante, y tendríamos que hacer todo un seminario para hablar de eso, pero por lo menos podemos dar algunas pinceladas basadas en parte de lo que aquí está revelado. Versículo 25: "Y esta es la promesa que Él mismo nos hizo: la vida eterna." ¿Cuál fue la promesa? La vida eterna. El predicador del pasado y el predicador del presente vienen haciéndote promesas para esta vida: de prosperidad, de comodidad, de esa vida regalada, de ese cuadro pintado color de rosa, ofreciéndote sanación y poderes sobrenaturales. No es que Cristo no sane; no es eso. Es la promesa de que todos debemos ser sanos y la proclamación y el ofrecimiento de poderes sobrenaturales, como quiso Simón el Mago en el capítulo 8 del libro de los Hechos. Cuando tú comiences a oír eso, sal corriendo: ese es el espíritu de la enseñanza del anticristo, promesas para este mundo que solamente a la carne le son atractivas.

Juan dice: "Esta es la promesa que Él nos hizo: la vida eterna." No nos ha hecho ninguna otra. Dios no me ha hecho la promesa de tener salud toda mi vida. Dios no me hizo la promesa de que yo me voy a morir antes que mi esposa, ni que jamás voy a sufrir. Dios no le hizo la promesa ni a mi esposa ni a mí de que tendríamos cónyuges perfectos. Dios no nos hizo la promesa de que no perderíamos hijos a temprana edad. Su promesa es que su gracia estaría con nosotros, que su protección estaría con nosotros, y aun eso, a su propio Hijo lo llevó a la cruz; fue su gracia y su poder lo que lo llevó a la cruz. Mientras tanto, Juan dice: "Esta es la promesa que Él mismo nos hizo: la vida eterna." Sus promesas son para el próximo reino. De este lado de la gloria nos quedan cosas por vivir y por sufrir.

Esperaban por esa vida eterna. Déjame decirte: el autor de Hebreos nos dice que muchos fueron apedreados, aserrados, tentados, muertos a espadas; anduvieron de aquí para allá, cubiertos con pieles de oveja y de cabras, destituidos, afligidos, maltratados —de los cuales el mundo no era digno—, errantes por desiertos y montañas, por cuevas y cavernas de la tierra. Y todos estos, habiendo obtenido aprobación por su fe, recibieron la promesa. No. La promesa no es para este mundo, es para la vida eterna.

En la espera, muchos han sido apedreados, aserrados, tentados, muertos a espadas; han andado errantes por desiertos, por montañas, por cuevas, por cavernas de la tierra, porque la promesa es para la vida venidera, y no en esta. El verdadero maestro de la Palabra te dice la verdad, no te pinta un cuadro que no es. Versículo 26: "Os he escrito estas cosas con respecto a los que están tratando de engañarlos." El maestro verdadero te dice: esto es un llamado alto, es el más alto de los llamados; es un llamado duro, la puerta es angosta, el camino es angosto, la puerta es estrecha. Él no está tratando de pintarte un panorama que no es.

Porque en este camino hay muchos sinsabores; hay muchos Judas que traicionan la verdad; hay muchos Simón el Mago que quieren comprarte; hay muchos Balaam que están especialmente locos por venderse. El verdadero maestro siempre te dice la verdad, siempre apunta a la cruz, siempre predicará a Cristo y a este crucificado. La Biblia será su ancla, la cruz será su norte, y Cristo es su amo.

Por algo más: el verdadero maestro predicará la cruz siempre desde la perspectiva del domingo y no del viernes. El verdadero maestro no tiene a Cristo colgando de la cruz; Él ha resucitado, Él vive, Él no está muerto. Y porque Él vive, yo también viviré. Él está a la diestra del Padre, sentado en gloria y en majestad.

El verdadero maestro no teme a los peligros de que la iglesia va a sucumbir y que, por tanto, hay que reinventar la iglesia. No, eso es el espíritu del Anticristo. Dios nos dio un manual y nos dijo, antes de que su Hijo partiera: "Tú eres Pedro, y yo soy la roca; sobre esta piedra yo edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades jamás prevalecerán contra ella." Nosotros tenemos la garantía de que primero pasa el cielo y la tierra, primero se hunde toda la tierra, antes que la iglesia de Cristo pueda perecer. El verdadero maestro no teme a que la iglesia sucumba; él está seguro del triunfo de la iglesia.

El maestro genuino de la Palabra hace distinción todo el tiempo entre la Palabra de Dios y su propia opinión. Yo les di mi opinión hace un rato, de la apostasía y de la posible venida cercana de Cristo; no la revelación de Dios. Él tiene que ser cuidadoso en distinguir lo que es inspiración infalible de lo que son sus palabras. Él puede tener sus ideas, él puede tener sus opiniones, él puede pensar a través de las verdades; lo que tiene que diferenciar es lo que es verdad clara revelada de Dios y lo que son sus propias palabras. Él lo hace porque tiene un alto respeto por la santidad de la revelación de Dios.

Y finalmente, el verdadero maestro jamás se aprovechará de sus ovejas: ni físicamente, ni emocionalmente, y hasta donde le sea posible, procurará no cargarles ni siquiera económicamente. Y Pablo es nuestro mejor ejemplo.

Vayamos al último versículo: "Y ahora, hijitos, permaneced en Él, para que cuando se manifieste tengamos confianza y no nos apartemos de Él avergonzados en su venida." Este es un día de decisión. Dios nos pone en bifurcaciones y Dios nos da oportunidades; Dios nos da *kairós*, ventanas de oportunidades. Cuando Pablo nos dice "aprovechad bien el tiempo porque los días son malos", la palabra "tiempo" es *kairós*: es una ventana de oportunidad que implica que se va a cerrar, y una vez cerrada no hay vuelta atrás.

Este es un *kairós* que Dios le ha dado a algunos de ustedes, quizás a muchos, quizás en la IBI, pero no es para siempre. Y hoy, como dice el autor de Hebreos, capítulo 4: "No endurezcáis vuestros corazones como en la rebelión", donde Dios juró que esa generación, de cierta edad para arriba, jamás entraría en su reposo, y se cerró su *kairós*, se cerró su ventana de oportunidad. Que eso no sea tu caso.

Si entiendes hoy al oír su voz, que Dios te ha puesto y te ha permitido escuchar esta revelación de una forma clara y convincente que puede estremecer tu vida, recuerda: el verdadero maestro prefiere estremecer tu vida ahora a que tú te estremezca después en el día final. Él no lo hace con gusto; él no disfruta estremecer a nadie. Él disfruta ver los frutos de tu santificación y las bendiciones que vienen después de haber sido sacudido.

Algunos de ustedes: Dios tiene meses, días, semanas, años hablándoles. No te rebeles; no te queda bien, no te luce bien. Sobre todo si somos hijos: a nosotros no nos luce revelarnos y estar del otro lado, haciéndole la oposición a nuestro propio grupo y equipo. A ti y a mí no nos luce. Hay un solo camino: es el camino de la obediencia, es el camino de la rendición, es el camino de la sumisión. Y a Dios nos encuentre fieles.

Voy a cerrar con una oración, y por hoy ya cerramos con esto. No tendremos ninguna canción al final; solamente esta oración final, y los despido en reflexión. Después podrán reflexionar y podrán saludar a su hermano y demás.

Padre, quiero reflexionar contigo y pedirte que Tú seas con cada una de las ovejas que hoy han escuchado tu voz, tu Palabra, tu advertencia. Te pido por aquellos que han estado tan vacilando entre una decisión y otra, y que hoy Tú les has hecho, quizás, un último llamado. No lo sé; no pretendo ser profeta, Dios. Que me libre de encomendarme hasta allá. Solamente quiero ser tu pastor, bajo tu guianza, de las ovejas por las cuales Tú moriste, Jesús. Y mucho es que Tú me des ese privilegio.

Yo te pido por cada uno de los que están aquí, que haya en su corazón, en su mente, antes de salir y antes de que este día termine, que ellos puedan tomar una decisión final. Poder decir: "Dios, perdón a mi rebelión, mi desobediencia, mis desatinos, mi desenfoque, mi yo. Perdóname, Dios, perdóname. En este día yo, por tu misericordia y por tu sangre, te pido perdón y lo recibo, Jesús. Gracias por ser fiel y justo para perdonarnos."

"Yo quiero iniciar un nuevo año de manera distinta a como transité gran parte de este año. Si no eres hijo, dile: 'Jesús, yo quiero ser tu hijo, y solamente Tú puedes darme ese nacimiento; hazme tu hijo.' Si no estás seguro, dile: 'Jesús, yo quiero estar seguro.' Si estás seguro, dale gracias. Si tienes algo de qué arrepentirte, dile: 'Perdóname, porque siendo tu hijo, he jugado a estar del otro bando, haciendo oposición, y no ha lucido bien. No me queda bien, no me sirve ese traje, Jesús. Perdóname.'"

"Pero gracias porque Tú puedes darme túnica nueva, turbante nuevo, sandalias nuevas, un anillo nuevo para lucir como tu hijo, que hasta ahora no lo estaba luciendo. Gracias por confrontarme hoy, Jesús, antes de que el año termine. Gracias por amarme tanto, por no dejarme donde estaba, por levantarme. Gracias, Jesús, porque yo sé que en esta hora Tú has hablado. En esta oración Tú has estado ministrando de manera personal; yo lo sé. Gracias. A quiénes, no lo sé; pero yo sé que lo sé. Gracias. En tu nombre, amén."

Integridad y Sabiduría es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos. Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos con integridad y sabiduría.

Miguel Núñez

Miguel Núñez

Miguel Núñez es pastor Titular de la Iglesia Bautista Internacional y presidente y fundador de Ministerio Integridad & Sabiduría. Su visión es impactar esta generación con la revelación de Dios en el mundo hispanohablante.