IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
El pecado no es simplemente un error o una debilidad: es una transgresión contra un Dios infinitamente santo, y por tanto constituye una ofensa infinita. Esta realidad explica por qué el infierno es eterno —una deuda infinita requiere una infinidad de tiempo para ser pagada— y debería transformar nuestra comprensión de cuán gravoso es el pecado para Dios. La palabra griega para pecado, *hamartía*, proviene del lenguaje de la arquería y significa no dar en el blanco; pecar es actuar como si no existiera ley alguna, ignorando deliberadamente lo que Dios ha revelado.
Sin embargo, el texto de 1 Juan 3 no enseña que el cristiano nunca peca, sino que no permanece en la práctica continua del pecado. La palabra "practica" aparece seis veces en siete versículos, estableciendo el marco de todo el pasaje. Lo que distingue al hijo de Dios del hijo del diablo no es la ausencia absoluta de pecado, sino que el pecado no caracteriza su vida. ¿Por qué? Porque la simiente de Dios —el Espíritu Santo, el mismo poder que levantó a Cristo de los muertos— mora en él.
El problema no está en Dios ni en sus recursos, sino en nosotros. Hemos intentado vencer la carne con esfuerzo carnal: reglas, dominio propio, conocimiento de las consecuencias. Pero la victoria viene por otro camino: conocer a Dios tan íntimamente que el mundo pierda su atractivo. Como quien ha visto las cataratas del Niágara y luego encuentra ordinaria la Torre Eiffel, o como el adulto que ya no se emociona con un columpio porque ha experimentado cosas mayores. Necesitamos experiencias con Dios tan profundas que las tentaciones del mundo nos provoquen un simple "¿y entonces?". Las manzanas dulces están en el centro del huerto, no en la periferia cerca de la verja que mira al mundo.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Nos dejó en la primera epístola de Juan, capítulo 3, del versículo 4 en adelante: "Todo el que practica el pecado, practica la infracción de la ley, pues el pecado es infracción de la ley. Y vosotros sabéis que Él se manifestó a fin de quitar los pecados, y en Él no hay pecado. Todo el que permanece en Él no peca; todo el que peca ni le ha visto ni le ha conocido. Hijitos, que nadie os engañe: el que practica la justicia es justo, así como Él es justo. El que practica el pecado es del diablo, porque el diablo ha pecado desde el principio. El Hijo de Dios se manifestó con este propósito: para destruir las obras del diablo. Ninguno que ha nacido de Dios practica el pecado, porque la simiente de Dios permanece en él, y no puede pecar porque ha nacido de Dios. En esto se reconocen los hijos de Dios y los hijos del diablo: todo aquel que no practica la justicia no es de Dios, tampoco el que no ama a su hermano."
Padre, gracias de nuevo por tu Palabra. Tu Palabra es clara, clara como solamente tu Palabra puede ser, pero que en ocasiones necesita ser clarificada por medio de tu misma Palabra para entender nosotros mejor lo que Tú quieres decirnos en textos como estos. Danos a entender mucho mejor nuestra relación con nuestra vida de pecado, la necesidad que tenemos de apartarnos de él, y la manera de hacer eso de la mejor forma posible. Sé con tu siervo en la predicación, sostenlo, guárdalo del error, completa sus insuficiencias y permite, Dios, que él pueda honrarte en lo que hace. En tu nombre, Jesús. Amén, amén.
Entonces, un texto que a primera vista resulta un tanto chocante por algunas de las cosas que dice, pero a lo largo del camino trataremos de explicar algunas de esas cosas. La primera pregunta que quizás sea bueno hacernos con relación al texto es: ¿qué realmente representa el pecado para Dios? Yo creo que nosotros como que entendemos eso mejor en términos de qué representa para nosotros, pero ¿qué representa el pecado para Dios? Una segunda pregunta que pudiéramos hacer: ¿qué relación guarda el conocimiento de Dios con mi vida de pecado? Y en tercer lugar, ¿cuál sería la mejor forma de nosotros poder luchar en contra de ese pecado? Y a lo largo del camino vamos a tratar de responder esas tres preguntas. En ocasiones una, ocasiones dos, ocasiones cuatro, pero en esta ocasión son tres preguntas que queremos abordar.
Si hay algo que nosotros sabemos desde que comenzamos a leer este texto, es que hay una palabra que como que salta a la vista porque está ahí repetida múltiples veces. Hay seis repeticiones de la palabra "practica" en siete versículos. La palabra aparece dos veces en el versículo cuatro, una vez en el versículo siete, una en el ocho, una en el nueve, una en el diez: seis veces en siete versículos. De manera que esta palabra parece formar como el marco de referencia de aquello que Juan quiere decirnos. Y es importante sobre todo cuando comencemos a ver qué tiene esto que ver con lo que es la vida de pecado y lo que es la no presencia de esa vida de pecado en aquel que ha nacido de nuevo.
Juan va a establecer un contraste también entre la justicia o santidad de los hijos de Dios y la pecaminosidad o la vida de pecado de los hijos del diablo, como él los llama. Y en tercer lugar, Juan nos va a ayudar a ver de qué manera Dios está tratando de destruir el pecado en nosotros, de qué manera Dios está tratando de debilitar el poder del pecado en nosotros hasta finalmente hacerlo desaparecer.
Y decía que la palabra "practica" es la palabra clave. Nota cómo en el versículo Juan comienza usándola inmediatamente, diciendo: "Todo el que practica el pecado practica" —y está la palabra otra vez— "también la infracción de la ley." La palabra traducida como pecado en ese primer versículo es la palabra "hamartía" en griego. Es una palabra sumamente frecuente, 173 veces en el Nuevo Testamento aparece esa palabra. Y el estudio de todo lo que está relacionado al pecado —lo que es su origen, sus consecuencias y demás— es lo que ha sido llamado hamartiología, de esa palabra.
Esa es la palabra, pero Juan nos está diciendo... Y perdón, déjame volver: es una palabra que fue usada en el lenguaje secular para referirse al tiro al blanco, es una palabra que fue usada en la caza de aves o caza de animales. De tal forma que "hamartía" en el lenguaje original tiene algo que ver, cuando se refiere a pecado, con no darle al blanco. En este caso, si pudiéramos decir, darle al blanco representaría el cumplimiento absoluto, completo de la ley de Dios. Y cada uno de nosotros pudiera tratar de darle a ese blanco, y cada uno de nosotros terminará encontrando lo que la Palabra de Dios revela, y es que nos hemos quedado cortos de su gloria, porque nadie puede de una manera cabal poder hacer eso, excepto la persona de Jesús que ya lo hizo por nosotros.
Juan está tratando de ayudarnos a entender un poco más este término de "hamartía", lo que es el pecado, y nos dice que el que practica el pecado practica también infracción de la ley. Es una violación que ha ocurrido. Y yo creo que es un concepto importante. Ahí la palabra es "anomía": "a", sin; "nómos", ley. Sin ley. Porque Juan está tratando de decir: cuando tú pecas, dada la ley que tú tienes escrita en tu corazón, dada la ley que tú conoces que está escrita en esta Palabra, tú actúas como si vivieras en un mundo sin ley. De hecho, la palabra cuando está traducida al inglés en este texto es "lawlessness", que habla de que estás sin ley. Eso es lo que el texto en inglés dice: sin ley.
Y yo creo que eso es importante porque Dios nos ha dado su ley con un propósito definido, un propósito claro. Nos la dio en la conciencia, nos la dio en su Palabra. Y ahora cuando yo peco, yo estoy ignorando una ley que yo realmente conozco. Es una ley que yo estoy ignorando, que yo estoy rechazando, que yo estoy transgrediendo, que yo estoy violando. Y eso no es poca cosa para Dios.
Yo creo que una de las cosas que nosotros necesitamos entender de una mejor manera es qué tan gravoso, qué tan odioso es el pecado para Dios. Porque nosotros como que lo sabemos y no lo sabemos. Yo voy a tratar de explicar un concepto teológico para ayudarnos a entender qué tan gravoso es este pecado para Dios. Los teólogos hablan de que Dios no puede ser dividido; entonces hablan de la indivisibilidad de Dios. Lo que eso implica en términos prácticos es que si Dios es una cosa en un momento, Él siempre será eso todo el tiempo. En otras palabras, si Dios es amor, Dios siempre será amor, aun cuando Él hable de su ira, aun cuando Él aplique su justicia; Dios siempre es amor.
¿Por qué es eso importante? Porque la Palabra de Dios dice que Dios es santo, y al mismo tiempo dice que Dios es infinito. De manera que Dios es todo el tiempo infinitamente santo, dada su indivisibilidad de la que hablamos. Ahora, cuando tú piensas en el pecado, cuando tú transgredes la ley de Dios, tú estás cometiendo una violación contra un Dios que es infinitamente santo. ¿Cuánto tiempo me toma pagar una deuda que no ha sido pagada por Cristo en la cruz si no le recibí y mi pecado no ha sido perdonado? ¿Cuánto tiempo me tomaría a mí pagar una deuda infinita cometida contra un Dios que es infinitamente santo? Una infinidad de tiempo. Por eso el infierno es para siempre.
Es que la transgresión de la ley santa de Dios es infinita. No es lo mismo que tú peques contra mí a que tú peques contra Dios. Cuando lo haces contra Dios, tu transgresión es infinitamente pecaminosa y toma una infinidad de tiempo, una infinitud de tiempo para tú y yo poderla pagar en el infierno, hasta el punto que nunca se sale de allí. Eso nos da una idea de qué tanto Dios quiere que yo entienda la gravedad del pecado que se comete contra Él.
El pecado es violación de esa ley, es elegir ir en una dirección que Dios no me ha señalado. Es desobedecer, es rebelión, es vivir de una manera que no me importa lo que Dios ha dicho con relación a eso y yo acabo de violar. Es no creerle a Dios. Eso es exactamente lo que Adán y Eva hicieron: Dios les habló, Dios prohibió, no le creyeron, ellos pecaron. Es falta de credibilidad, es como que Tú has hablado, Dios, pero no te creo que lo que has dicho será así. Es ignorar a Dios.
Algunos de ustedes, quizás todos nosotros, hemos estado en situaciones donde la persona con quien hablamos nos está ignorando, y tú sabes lo irritante que eso es. Puede ser un hijo, puede ser un esposo, una esposa, puede ser tu superior, no importa. Cuando alguien en tu presencia actúa como que te está ignorando, eso es sumamente irritante. Bueno, eso es más o menos lo que el pecado representa para Dios, porque es ignorarlo, ignorar su revelación.
Yo no creo que después de un tiempo en la vida cristiana haya muchos pecados que nosotros cometemos en ignorancia. Nosotros los cometemos conociendo que estamos violando lo que Dios ya ha revelado, de manera que el pecado entonces se convierte en un rechazo, en una negación de la Palabra de Dios, de Dios mismo. Y eso nos ayuda a entender esto que Juan está tratando de decirnos, de por qué el que ha nacido de nuevo no permanece en la práctica de pecado, como vamos a ver en un momento.
Dios nos dio su ley para proteger lo que Dios es, lo que Dios hace, lo que Dios representa. Como cuando Dios baja y desciende al Sinaí y le dice a Moisés que ponga una cuerda, un cordón alrededor, para que el pueblo no traspasara y pudieran ellos incluso terminar muriendo. Hay algo que Dios está protegiendo cuando Él legisla.
Y ese es exactamente lo que Dios trató de hacer con Adán. Él creó, Él legisló, Él protegió con su ley, y Adán ignoró a Dios, violó su ley y arruinó el primer matrimonio, la primera familia, los primeros hijos y la raza humana entera. De manera que la ley de Dios es protectora de los que Dios hace, de lo que Dios es, y es protectora de nosotros también.
De hecho, es la razón por la que Santiago llama la ley de Dios la ley de la libertad. La ley que si tú la sigues, si tú la obedeces, si tú te sometes a ella, te va a dar libertad de aquello que mora en ti, que es pecaminoso, que es destructivo. Porque eso es una de las cosas del pecado: que el pecado es autodestructivo. Alguien decía que el pecado es autoabuso, te abusas a ti mismo, y es la realidad. La ley de la libertad es todo lo contrario, es la ley que desesclaviza tus pasiones, desesclaviza tus celos, envidias, orgullo, miedos, inseguridades. La ley de Dios es la ley que te liberta de todo eso, y es por eso que Dios nos ha dado su ley.
Al final de los cuarenta años en el desierto, reflexionando Moisés con el pueblo en Deuteronomio 10:13, le dice que los preceptos de Dios para ellos fueron dados para su bien. Esa es la ley que Dios quiere que yo conozca. Esa es la ley y el beneficio que el salmista llegó a conocer cuando dice: "¡Oh, cuánto amo tu ley!" ¿Cómo es que el salmista puede amar la ley de Dios? Él llegó a conocer su beneficio, su protección, su cuidado, el propósito para la cual le fue dada.
¿Y sin embargo? Los de Dios muchas veces encuentran la ley de Dios pesada, reinante, gravosa, a pesar de que Juan dice que sus mandamientos no son gravosos. La ley no restringe la santidad en tu vida, no restringe la santidad de Dios. La ley restringe la pecaminosidad que hay en ti, en mí, de tal manera que cuando yo comienzo a sentir la ley de Dios restrictiva, en realidad lo que yo he comenzado a sentir es la restricción que esa ley está llevando a cabo en la pecaminosidad que hay en mí, que existe en mí. De manera que mientras más pesada, gravosa, resulta la ley de Dios para mí, más yo descubro que hay pecado en mi persona.
Esa es la ley que tú y yo debiéramos estar deseando como el salmista, amando. El salmista ha descubierto lo que la ley es capaz de hacer para él. Y esa es la ley que Juan dice que yo violo en el versículo cuatro cada vez que yo peco.
Juan continúa diciéndonos entonces en el versículo seis: "Todo el que permanece en él no peca; todo el que peca ni le ha visto ni le ha conocido." Si fuéramos a tomar el texto tal cual ahí está, entonces ciertamente tenemos todos un grave problema, porque el texto dice, si lo fuéramos a tomar como está escrito en esta versión, que si tú eres nacido de nuevo, si tú eres cristiano, realmente tú no pecas.
Sin embargo, las traducciones más recientes como la ESV nos ayudan a entender dónde está el problema. Juan no puede estar diciendo que el cristiano nunca peca, porque ya en el capítulo uno, versículo ocho, Juan nos dijo que si nosotros decimos que no tenemos pecado o que no hay pecado en nosotros, nosotros mentimos. Esto es como él lo dice: "Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros." Y Juan no puede decirme en el capítulo uno que todo el mundo tiene pecado y en el capítulo tres decirme que el cristiano nunca peca. Esas dos cosas parecen contradecirse, al menos que haya una solución, y la hay.
La versión ESV nos ayuda a entender los tiempos verbales y nos explica que esto no está escrito en lo que en el griego llaman el aoristo, que es un tiempo pasado donde tú haces una acción una vez y ya no más, sino que esto está en el presente, algo que continúa. Y por tanto, esta es la traducción que la ESV tiene, yo la voy a leer tal cual está en inglés y luego la voy a traducir: "No one who abides in him keeps on sinning. No one who keeps on sinning has either seen him or known him." Esta es la traducción: todo el que permanece en él no continúa pecando o en la práctica de pecado; todo el que continúa pecando ni le ha visto ni le ha conocido.
De manera que lo que los expertos nos están diciendo que Juan está tratando de comunicar no es que si tú permaneces en él tú no pecas, sino que si tú permaneces en él tú no continúas pecando. La continuidad de mi pecado, la continuidad de la práctica del pecado es una evidencia de que yo no estoy en él, porque Juan dice que ni conoces a Dios ni le has visto.
Él está estableciendo una relación entre el conocimiento de Dios y la práctica de pecado, y esa relación se mantiene aún después de haber nacido de nuevo. Porque aún después que tú naces de nuevo, la realidad es que cuando tú no conoces a Dios lo suficiente, la práctica de pecado en tu vida es más frecuente que cuando tú has visto a Dios de una mejor manera.
Si hay algo que nosotros sabemos en la Palabra de Dios es que Dios insiste en la necesidad de que yo pueda conocerle: que no se gloríe el sabio en su sabiduría, que no se gloríe el rico en sus riquezas ni el poderoso en su poder, sino que el que se vaya a gloriar se gloríe en esto, en que me conoce. Cuando ese pueblo que no le conoció terminó siendo destruido, Dios dice a través del profeta Oseas: "Mi pueblo perece por falta de conocimiento." La falta de conocimiento de Dios lleva al pueblo a autodestruirse.
Mientras más conozco a Dios, más conozco su ley, más conozco sus mandamientos, más conozco la protección que ellos me brindan, más conozco su voluntad. Y mientras más conozco su voluntad, más descubro que es buena, que es agradable, que es perfecta. Mientras más descubro eso, más quiero hacer eso. Mientras más vivo en su voluntad, más santo vivo. De manera que ciertamente hay una relación directa entre mi grado de conocimiento y la vida de pecado que llevo o que no llevo.
Dios le dice al pueblo a través de Jeremías en 24:7: "Les daré un corazón para que me conozcan." El corazón ya lo tenemos. ¿Qué es lo que está ocurriendo, que no le conocemos lo suficiente como para que ese conocimiento de Dios sea transformador? No podemos olvidar que cuando Moisés sube a la cima del monte, él desciende transformado. ¿Qué es lo que transforma el rostro de Moisés? El estar, el permanecer con Dios, en comunión con Dios por un tiempo.
Eso es exactamente lo que debiera ocurrirnos. La santidad de Dios debiera transformarnos, su soberanía debiera aquietarnos, su amor debiera sanarnos. Pero yo necesito estar ahí, caminar con Él, permanecer con Él, vivir en Él para yo experimentar los beneficios de lo que es ser transformado, no por leyes, no por reglas, sino por una vivencia con Él.
Yo creo que ahí es donde está el problema mayor de aquellos que han querido vencer, tener victoria en la lucha contra el pecado, y es que lo han hecho por el camino equivocado, como hablábamos el miércoles, y de eso hablaremos un poco más adelante para no seguirme adelantando.
Decía alguien que el conocimiento de Dios que no lleva a amarlo más y a desear ser como Él no es conocimiento. El conocimiento de Dios que no me lleva a amarlo más y a querer ser como Él no es conocimiento. Entonces, ¿qué es? Información, no más. Yo creo que muchas veces nosotros hemos tenido demasiada información y poco conocimiento. Y si tú y yo queremos vencer el pecado, no va a ser por medio de reglas, de leyes, de prohibiciones, de anuncio de las consecuencias. Todo eso lo hemos oído, lo hemos conocido, y todavía no nos ha evitado el pecado de la manera como lo hemos hecho.
Nota cuál es el requisito de acuerdo a lo que Juan nos revela en este texto, porque él dice que todo el que permanece en él no peca. Ya explicamos que esto tiene que ver con que el que permanece en él no continúa en pecado. Pero el requisito es permanecer, que eso nos habla de vivir, morar, radicar, residir.
Y yo creo que lo que ocurre muchas veces con nosotros en nuestra relación con Dios es similar a lo que ocurre con el resto de nuestras vidas. Entramos al trabajo a las ocho de la mañana, ponchamos la tarjeta, estamos en el trabajo. Salimos a las cinco, seis de la tarde, ponchamos la tarjeta, ya no estamos en el trabajo. Venimos a la iglesia ahora por una hora y media, dos horas, ponchamos la tarjeta, estamos con Dios en la iglesia. Salimos de la iglesia, ponchamos la tarjeta, ya no estamos con Dios. Eso no es permanecer en él.
Permanecer tiene la idea de residir, de estar, de quedarte, como lo hizo Moisés, de tal manera que ahora al salir de un lugar u otro mis metas, pensamientos, deseos, sueños, anhelos, todas esas cosas están canalizadas a través de la mente de Dios que ha sido formada por medio de su Palabra y de su Espíritu en nosotros. Y ahora yo puedo permanecer en él, y todo el que permanece en él no continúa en pecado, nos dice Juan.
Alguien pudiera decir, yo casi puedo oír la objeción: "Pastor, pero eso no es fácil." Bueno, yo no estoy diciendo que no hay lucha, que no hay altas y no hay bajas. Lo que sí estoy diciendo es que, de acuerdo a lo que Juan nos dice aquí, tampoco debe ser tan difícil. Nosotros agravamos el problema, nosotros complicamos la ecuación.
Yo le decía a este grupo de jóvenes al que le hablaba el domingo pasado: yo no concibo una vida cristiana compleja, porque yo no creo que el Dios que me ama, que muere por mí, cree una vida tan compleja que solo mentes privilegiadas pueden vivirla porque la entienden. No, yo creo que la vida del Dios que yo conozco debe tener un diseño relativamente simple, de manera que todos los hijos de Él, independientemente de su grado de educación, inteligencia y sofisticación, puedan vivirla, entenderla y vivirla. Es nuestro pecado que la vuelve compleja, la vuelve complicada. Nosotros somos individuos complejos, complicados. Es el pecado en nosotros.
Juan nos dice entonces: ¿por qué esta vida, para ser vivida correctamente, no debe ser tan difícil? ¿Cómo es que alcanzar victoria sobre el pecado puede ser posible? Y es que Cristo vino; su meta fue precisamente deshacer las obras del diablo. Y lo que Dios se propone, Dios siempre lo hace. Lo que Él comienza, Él siempre termina. No es posible que Cristo haya venido para deshacer las obras del diablo en el mundo, en mi vida, y que eso no pueda estar dando resultado. Él vino para eso.
Y cuando Él vino y murió en la cruz y perdonó mis pecados, ciertamente los perdonó, pero no removió el poder del pecado de mí. Su Dios tenía entonces otra idea con la cual pensaba hacer eso. Él me dio una nueva naturaleza, de la cual Juan habla un poco más adelante. La simiente de Dios de que habla Juan es simiente. En el momento del nuevo nacimiento, esa simiente es la que corresponde al hombre nuevo, que desea cosas nuevas, que tiene nuevos atractivos, que no desea aquello del hombre viejo. Es por esa simiente puesta en mí que, si yo la cultivo, si yo cultivo mi vida apropiadamente, yo debo tener victoria sobre el pecado.
El que practica la justicia, dice Juan, es justo, en el versículo 7. La justicia es sinónimo aquí de santidad. El que practica la santidad es santo. A eso es que Juan nos está hablando. Juan nos dice: el que un día en la iglesia se comporta santamente no es santo; es el que practica la santidad. Y está la palabra clave: práctica. Aquel cuya vida está caracterizada por la práctica de la santidad es santo. De esa misma manera, aquel cuya vida está caracterizada por la práctica del pecado no conoce a Dios. Práctica es el marco de referencia de todo este texto, tanto para el pecado como para la justicia.
Y Juan nos ayuda a entender algo de eso. Ahora Juan dice en el versículo 8 que aquellos que no practican la justicia son del diablo. ¡Wow! En la Palabra de Dios hay dos grupos de personas: hijos de Dios e hijos del diablo. No hay hijos de la nada, no hay hijos de los neutrales. Son dos grupos. Ahora, cuando Juan habla de que son hijos del diablo, Juan no está diciendo que el diablo los engendró, que el diablo les dio vida. No, no, no. Él está hablando de que ese grupo tiene su voluntad esclavizada al pecado, hasta el punto que lo único que hacen es hacer la voluntad del enemigo. Segunda de Timoteo 2:26 claramente dice: teniendo la voluntad esclavizada para hacer la voluntad de Satanás. Esos son los hijos del diablo.
Los hijos de Dios, entonces, Cristo ha venido y ha roto el poder del pecado en ellos. Y al hacer eso, Él ha podido convertirlos en hijos de la luz que pueden ahora caminar en santidad, que no tienen que obedecer la ley del pecado, que no tienen que permanecer amarrados por él. Y a través de ese proceso —el perdón en la cruz, la simiente de Dios en nosotros— Él se propone destruir las obras del diablo en nosotros y en el resto del mundo por igual. "Y vosotros sabéis que Él se manifestó a fin de quitar los pecados, y en Él no hay pecado", el versículo 5. No solamente Él vino a perdonar el pecado; Él vino a quitar el pecado. Y si ciertamente el pecado no se ha ido completamente de nosotros, no es menos cierto que ya comenzó a deshacerlo. Pero lo comenzó a deshacer por medio del Espíritu de Dios que mora en nosotros.
¿Cómo es que la simiente de Dios viene a morar en nosotros y nosotros no podemos tener victoria sobre el pecado? ¿Cómo es posible que el Espíritu que levantó a Cristo de entre los muertos viene y mora dentro de nosotros, y pudiendo ese Espíritu levantar al muerto a la vida, no puede levantar al creyente, al hijo de Dios, de sus hábitos de pecado? Juan no entiende mucho esa cosa, y por eso dice en el versículo 9: "Ninguno que es nacido de nuevo" —escucha, viene la palabra otra vez— "practica el pecado". Y esa es la clave. Lo que caracteriza al hijo de Dios que ha nacido de nuevo es que él no vive en la práctica de eso que se conoce como pecado. ¿Por qué? Porque la simiente de Dios permanece en él, y no puede pecar porque es nacido de Dios. La NVI dice: "Y no puede continuar en el pecado porque es nacido de Dios". Pero ¿qué es lo que hace que no pueda continuar en el pecado? Esto precisamente: que es nacido de Dios.
Yo creo que nosotros entonces, que tenemos el nacimiento de Dios dentro, el Espíritu Santo, el poder que levantó a Cristo de entre los muertos, que tenemos nuestros pecados perdonados, si no hemos tenido mejores victorias sobre el pecado, no es por Dios, no es por su causa; es por la nuestra. Yo creo que hemos estado librando la batalla de la manera incorrecta, como hablamos el miércoles al grupo de las damas. Nosotros hemos estado tratando de luchar contra la carne por medio de la carne: el esfuerzo, el dominio propio, límites, todos los cuales pudieran ser muy buenos, pero no me van a dar necesariamente la victoria sobre el pecado.
El conocer acerca de las consecuencias del pecado, de las cuales nosotros hemos hablado tanto, no nos va a evitar pecar. Los médicos cardiólogos conocen las consecuencias del cigarrillo, y algunos de ellos fuman. Conocen las consecuencias del cigarrillo sobre la presión arterial, sobre los infartos, sobre el cáncer, y fuman. Conocer las consecuencias que algo me puede traer no me va a detener la conducta, no me va a detener el curso de acción. Lo hemos probado en medicina, lo hemos probado en la vida cristiana. Esa es la realidad.
Y entonces, ¿qué lo va a hacer? Bueno, de nuevo, hay algo que Juan está tratando de establecer: es la relación entre mi conocimiento de Dios y mi vida de pecado. Parte del problema estriba entonces en que yo no conozco lo suficiente de Dios para que Dios pueda, en lo que yo conozco de Él, ser una mayor atracción que la atracción que el mundo tiene sobre mí. Y todavía entonces las cosas del mundo nos llaman demasiado la atención: sus halagos, sus tentaciones.
Cuando tú lees el libro de Daniel, en el capítulo 11, tú llegas a un versículo que dice que el pueblo que conoce a su Dios se mostrará fuerte y actuará. Yo dejé afuera la primera parte del versículo a propósito, porque la primera parte del versículo habla de que el rey, refiriéndose a Antíoco IV, con sus halagos hizo que muchos apostataran. Sin embargo, hubo un grupo del pueblo de Dios, un grupo de personas que, debido al conocimiento que tenían de Dios, estos halagos no tuvieron ningún poder, ninguna influencia, ninguna habilidad de hacerlos apostatar, porque el pueblo que conoce a su Dios se mostrará fuerte y actuará.
Esto es lo que mucha gente no tiene. Mucha gente se ha apartado en el nuevo nacimiento de la vida de pecado anterior y simplemente se ha quedado apartada, pero no se ha acercado a Dios. Y si hay algo que la Palabra de Dios nos ayuda a entender es que la vida de santidad implica no solamente un apartarte del mundo, sino un acercamiento a Dios. Jamás, jamás yo podría tener victoria sobre el pecado simplemente apartándome del pecado. Yo tengo que acercarme a Dios vía su Palabra, vía intimidad, vía oración, vía adoración. Cuando eso no está ocurriendo, simplemente porque yo me haya apartado del mundo como un buen moralista, eventualmente yo terminaré otra vez en el mundo, porque yo no tengo aquí algo que realmente me llame lo suficiente la atención como para no ser distraído por esta otra cosa que me está llamando. Esa es la realidad.
Yo comentaba en el culto anterior y decía, con perdón de aquellos que les encanta esta ciudad, que cuando yo fui a París y fui a la Torre Eiffel, la vi y dije: "Ah, ok". "¿Tú quieres subir?" "Bueno, no, pero si tú quieres subir..." Yo sé que eso no es normal, y yo sé que algunos de ustedes piensan que yo no soy normal, y está bien. Pero yo me quedé pensando en eso, porque como yo entendí que tampoco era normal, yo me quedé pensando en eso. Y realmente entendí que, después de haber estado en cosas como las cataratas del Niágara, el Cañón del Colorado, y ver la grandeza de la creación, como que esta creación del hombre la verdad que fue poco llamativa.
Cuando usted lleva a su hijo a un columpio, su hijo de tres años, de dos años, y él se ha montado en el columpio, le dice: "¡Otra vez! ¡Otra vez! ¡Otootra vez!" Él cree que estaba viviendo una cosa del otro mundo. Ahora, yo nunca he visto una de las esposas que dice: "¡Monta otra vez! ¡Otra vez!" Un columpio, ahora que no. ¿Por qué? Porque usted sabe por qué ya usted no disfruta del columpio: porque usted ha tenido otras experiencias mejores y mayores que las del columpio. Y por tanto, el columpio se quedó atrás.
Ese es el problema. Tuvimos experiencias en el mundo y no hemos tenido experiencias con Dios mejores y mayores, y por tanto aquellas experiencias del mundo todavía nos parecen tan grandes, tan atractivas, porque yo no he tenido experiencias con Dios mucho mayores para asegurar que ese columpio del mundo está bien, pero a mí no me interesa, no me gusta, no me atrae, no lo necesito. De hecho, para mí lo tengo como escoria, basura, o decía Pablo. La palabra que Pablo dijo: "Todo esto que antes había ganado, para mí es como estiércol", es excremento humano; esa es la traducción más literal. Pero ¿qué a mí me va a dar eso, esa sensación, si yo no conozco a Dios?
"Pastor, ¿y cómo usted se atreve a decir que no conocemos a Dios?" Yo estoy poniéndome en el universo del ser humano, en el cual yo pertenezco. Bueno, yo he llegado a esa conclusión; usted me ha oído decirlo recientemente. Yo leo la vida de un hombre como Job, que él pierde diez hijos, pierde todos sus bienes, pierde su salud, y su reacción inmediata es: "Jehová dio, Jehová quitó; bendito sea el nombre del Señor". Él adoró, él se postró en tierra, él dijo: "Desnudo vine del vientre de mi madre, desnudo volveré a ella". Y ese hombre que reacciona de esa manera tan extraordinaria, cuando él termina dice: "Yo conocía a Dios de oídas". Bueno, ¿qué? Que él lo conocía de oídas. ¿Y nosotros?
Te voy a dar otra evidencia de que nosotros no conocemos a Dios. Porque Job, yo entendía... Job, déjame decirte que el texto comienza diciendo: Job era un hombre recto, justo, intachable.
Tú sabes, ¿quién fue que lo calificó al señor Job? Dios. Yo no lo decidí, ¿puedes decir eso de mí? Y cuando él termina dice: "Yo lo conocía de oídas." Mira otra evidencia.
La palabra de Dios dice, déjame devolver un poco. La experiencia humana más común, sin lugar a dudas, es el temor. De hecho, el mandato en su diferente forma verbal más común es contra esa emoción humana: "No temas." María queda embarazada, el ángel se le aparece: "María, no temas." A José hay que hablarle ahora del embarazo de María: "José, no temas." A Daniel se le aparece un ángel: "Daniel, no temas." A Juan se le aparece un ángel: "Juan, no temas." Cristo con los discípulos en la barca: "No temas, no temas, no temas, no temas, no temas, no temas, no temas, no temas." De manera que la experiencia humana más común, sin lugar a dudas, es el temor. Dios lo sabía y nos ha ordenado enfrentar eso.
Pero resulta que la palabra de Dios, que nosotros creemos como infalible, autoritaria, inerrante, incuestionable, dice que el perfecto amor de Dios, obviamente, echa fuera todo temor. ¿Qué implica eso? Cuando nosotros todavía seguimos atados por el temor, continuamente perseguidos por el temor, ese amor del que nosotros hablamos, qué perfecto, yo no lo conozco. Si lo conociera, hubiese echado fuera todo temor. Yo puedo predicarlo, yo puedo enseñarlo, yo puedo escribir un libro sobre eso, pero mientras haya áreas de temor en mi vida, hay áreas donde ese amor perfecto de Dios no ha penetrado, no lo conozco. No conocemos a Dios como Él quiere ser conocido.
De este lado de la gloria, yo ni siquiera estoy hablando de todo cuanto vamos a conocer después, no, no, no, de este lado, de lo que es posible. ¿Y qué es lo que ocurre? Cuando yo tengo un área de mi vida todavía de temor, en esa área el temor ejerce señorío sobre mí. Por tanto, yo no le he dado esa área a Cristo, y Cristo no ha venido a ejercer señorío sobre ella porque yo no se la he entregado. El día que yo se la entregue y Cristo la inunde y Cristo se siente en ella, ese día terminará el misterio en esa área porque Él será el Señor de esa área, no hasta entonces.
¿Te das cuenta que no conocemos a Dios como necesitamos conocerlo? Ese temor básicamente no conoce el amor perfecto de Dios, y como no lo conoce, no conoce la soberanía de Dios como debiera conocerla. Nosotros conocemos la soberanía de Dios, decimos que es soberano, pero de esta manera: tengo una actividad esta noche al aire libre, está nublado, está nublado. "Vamos a orar porque Dios es soberano, Dios puede hacerlo, que no llueva. Mañana para que llueva, que tenemos esto esta noche. Mire cómo está el cielo." Llame ese al pastor, le manda al pastor: "Mire que esta noche puede ser que llueva, una actividad de la iglesia." Y nos llama una cadena de oración, todo el mundo orando porque Dios está en control. Siete de la noche llega, ¿qué hay? Un aguacero. Imagínate el problema. Tanta incomodidad. Hay un momento: yo no voy a esta mañana... que Dios es soberano, o sea que Él podía dejarte tu actividad seca o mojada en el ejercicio de su soberanía. ¿Cuál es tu problema? Yo creía que Él era soberano. ¿Te das cuenta? ¿Dónde está la soberanía de Dios? Es algo que nosotros la apreciamos, la valoramos siempre y cuando vaya en favor mío. Cuando no llueve: "Yo sabía, es mi Dios, un Dios poderoso, te lo dije." Pero si llueve... Así somos.
Ahora, vamos a orar para que el Señor sane a alguien y la sanación no vino, no lo sanó. ¿Yo creo que Él era soberano sobre la enfermedad? Dios dice, volviendo a la de la lluvia, en Jeremías: ¿hay algún otro en el universo que pueda hacer caer la lluvia? La próxima vez que nos enojemos, es Dios. Ahora vamos a orar para que Dios cuide que mi hijo no tenga un accidente en el tráfico de Santo Domingo. ¿Dios soberano sobre el tráfico en nuestra ciudad? Usted no lo cree, yo sé que es difícil de creer, pero Él es soberano y Él tiene control de ese caos. Cuando mi hijo llega a casa sin un accidente: "¡Gloria a Dios!" Cuando mi hijo tiene un accidente y yo pierdo los estribos, a mí se me olvida que el Dios soberano lo determinó así.
Bueno, ¿y qué tiene eso que ver con todo esto? Cuando tú entiendas que el amor perfecto de Dios jamás permitiría o la lluvia, o el accidente, o la muerte de tu hijo sin que primero pase por su corazón y su mente, que te entiende y sabe lo que tú puedes tolerar, sabe lo que te conviene, cuando tú entiendas eso, entonces tú y yo podremos postrarnos y decir: "Yo doy, Dios quita, bendito sea el nombre de nuestro Dios." Y cuando tú conozcas ese Dios de esa manera, la lucha contra el pecado, los deseos, la soberbia, la tentación, ¿sabes qué? No va a estar. Dejarán de ser tentaciones. Porque esto que tú has conocido y has experimentado es tan grande que te va a pasar algo similar, pero distinto, guardando la distancia, de lo que me pasó cuando llegué a París. Es como: "¿Ajá?" Y entonces, entonces el mundo te tratará de tentar, de seducir, y tú dirás: "¿Sabe qué es? ¿Y entonces?"
Es como cuando mi esposa y yo abrimos una carta que llega continuamente, porque la mandan masivamente, no porque nosotros somos tan conocidos, para que no vayan a pensar otra cosa. Llega una carta ofreciéndote una práctica para ir a ejercer en equis lugar, y te ponen arriba en letra grande: "300 mil plus, más de 300 mil dólares al año." Y tú la abres y dices: "¿Ajá, y entonces?" Para otros eso es una tentación; se nos representa una tentación, para nosotros ahora no. Tú necesitas experiencias con Dios para que estas otras cosas ahora no representen una lucha tan grande por lo que tú has vivido.
Y ese es Dios, entonces, el que fue a la cruz en la persona de su Hijo. Y cuando tú lo contemplas bien y contemplas su amor para contigo, tú te darás cuenta. Realmente esto es como Cristo, Él vino a deshacer las obras del diablo, Él vino para mi beneficio, Él murió por mí. Solo que Juan dice que Él vino a deshacer esas obras del diablo y puso el simiente de Dios en nosotros, y por tanto el que permanece en Él no continúa en pecado. Y el que no practica la justicia no es de Dios, como tampoco es aquel que no ama a su hermano. El amor por el hermano, ya lo habíamos visto en una ocasión anterior, lo volveremos a ver otra vez, es una de las evidencias de que ciertamente uno ha nacido de nuevo, porque la simiente de Dios está en mí y está en el otro.
Pero quizás, no, déjenme que resumimos y cerramos. Quizás alguien está aquí que no conoce a Dios, o quizás alguien está aquí que nació de nuevo recientemente, y me oye hablar acerca de la grandeza de Dios, la dulzura, lo enorme que es Dios, y dice: "Es que, pastor, ese no es el reporte que yo he recibido de la vida cristiana. La vida cristiana de la cual yo he oído y que he comenzado a ver es más una de sacrificio, esfuerzo, sudor, dominio propio; no es fácil. Y yo le oigo a usted, es como dos vidas distintas."
Quizás esta ilustración te pueda ayudar un poco a entender, quizás, qué es lo que está pasando. Este finquero, si pudiera llamarlo de señor, sembraba manzanos, y él invitó a su vecino, a su amigo, a tomar lo que en inglés llaman apple cider, o jugo de manzana, cidra de manzana, como quiera que le llamemos. Y él le dice: "Vecino, venga que lo quiero invitar a tomar cidra de manzana de mi hacienda." Y el vecino dice: "Bueno, no, mejor otro día, vecino." "Ok." A la semana le dice: "Vecino, la cidra de manzana que le invité a tomar, ¿usted quiere venir esta tarde?" "No, no, vecino, dejemos eso para otro día." Tercera vez: "Vecino, hoy sí no me puede negar la cidra que le voy a invitar a tomar." "No, no, vecino, otro día." Entonces él ya, el vecino, dice: "Una cosa, yo creo que usted tiene un prejuicio contra la manzana mía, ¿sí o no?" Y él dice: "Bueno, no, lo que pasa es que, bueno, yo he probado realmente la cidra de la manzana suya y son muy amargas." Le dice el señor, el dueño de la finca: "No me diga, ¿y de cuál manzana usted probó la cidra?" "Es, bueno, de las que caen del otro lado de la verja." Se rió así: "Yo... sí, yo sabía, yo lo hice así a propósito. Cuando yo planté mi manzano, yo puse todas mis manzanas dulces, jugosas, en el centro, y a su alrededor manzanas amargas, para aquellos que se acercaban, de tal manera que yo pudiera mantener a los intrusos lejos de las manzanas dulces y jugosas, precisamente después que ellos probaran el sabor amargo de lo que estaba en la periferia."
Yo creo que la vida cristiana es más o menos así. En el medio está lo dulce de Dios, el deleite, aquello que el salmista decía: "¡Oh, tu palabra es más dulce que la miel! Oh, cuánto amo tu ley." Yo creo que todo eso está en el medio. Entonces aquí alrededor hay mucho de esfuerzo, lucha, sudor, eso que sabe agrio. Yo creo que Dios más o menos lo ha dejado así porque de esa manera Él mantiene lejos a los falsos profesores de fe, pensando que esa es la lucha, que esa es la vida cristiana. Y aquellos que finalmente se atreven a adentrarse y experimentar la dulzura, el jugo, el néctar de lo que está en el medio, donde está su presencia, esos entonces dice el mundo: "¿De qué mundo tú me estás hablando?" "No, es gracia, que no tengo interés; de hecho, ese mundo está tan amargo que no me interesa. Yo he conocido algo tan superior." Y cuando tú estás en medio de ese huerto y tú quieres del Señor, está tan frondoso, está tan tupido lo que está, que cuando tú miras para fuera ni el mundo se ve.
¿Te das cuenta de cómo es que debemos vivir la vida cristiana? Pregunta: ¿cuál jugo, cuál néctar, cuál cidra tú has estado bebiendo? Porque el Dios que yo conozco no puede exprimir una fruta para sus hijos que tenga un néctar, un jugo, un sumo amargo. ¿Tú concibes a ese Dios? Si lo concibes, no le conoces. Si no lo concibes y no lo estás probando, no estás dentro, no estás en el centro. El problema somos unos u otros, no Dios. Nosotros tenemos que ser librados, liberados de nosotros mismos.
Nuestros deseos pecaminosos quieren quedarse en la periferia, cerca de la verja, la que me permite ver hacia el mundo todavía, aquello que yo antes disfrutaba y de lo cual no me quiero despegar mucho. Prefiero las manzanas amargas de este lado y seguir viendo para el otro lado.
Oh, estoy fuera de la verja, estoy comiendo manzanas de afuera. Importante, lo que necesito es una nueva experiencia con Dios para nacer de nuevo. Dios, que nos libre de nosotros mismos y podamos disfrutar de su néctar. El que dio a su Hijo, ¿qué no te dará ahora? Tú eres mío.