El amor de Dios, cuando es verdaderamente experimentado, tiene el poder de expulsar todo temor del corazón humano. Juan establece una conexión directa entre la experiencia del amor incondicional de Dios y la confianza que el creyente puede tener frente al día del juicio. No se trata de un amor emocional o sentimental, sino del amor ágape, propio de la naturaleza divina, que ahora mora en quienes han nacido de nuevo. Así como al agua no le cuesta esfuerzo mojar lo que toca porque esa es su naturaleza, a Dios no le cuesta amar incondicionalmente. Pero para nosotros, que no tenemos esa naturaleza, Dios debe cortarnos, regenerarnos y hasta forzarnos para que aprendamos a amar de esa manera.
El proceso de madurez espiritual sigue un patrón: antes de conocer a Cristo no hay temor de Dios ni amor por él; luego viene una obediencia motivada principalmente por temor; después comienza a desarrollarse el amor, y finalmente ese amor va empujando el temor hacia afuera. La vida cristiana siempre implica riesgo, como lo demuestran Moisés llevando dos millones de personas al desierto sin provisiones visibles, o Pedro caminando sobre las aguas en medio de la tormenta. No necesitamos conocer hacia dónde vamos si conocemos al Dios que nos lleva.
Juan presenta una verdad incómoda: es más fácil amar al hermano que a Dios, porque al hermano lo podemos manipular y a Dios no. Por eso quien dice amar a Dios pero aborrece a su hermano es mentiroso. El amor por el prójimo es la evidencia visible del amor por Dios, y ambos mandamientos están inseparablemente unidos. Como le dijo Cristo a la iglesia de Éfeso: o amas o te mueres.
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Mario Madrigal Crespo nos invita a abrir la palabra de Dios en la primera carta de Juan, capítulo 4. Vamos a estar leyendo a partir del versículo 17: "En esto se perfecciona el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio. Pues como Él es, así somos también nosotros en este mundo. En el amor no hay temor, sino que el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor involucra castigo, y el que teme no es hecho perfecto en el amor. Nosotros amamos porque Él nos amó primero. Si alguno dice: 'Yo amo a Dios', y aborrece a su hermano, es un mentiroso, porque el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto. Y este mandamiento tenemos de Él: el que ama a Dios, ama también a su hermano."
Bueno, ustedes recuerdan que hace tres domingos atrás hablamos de que íbamos a estar iniciando una larga sección que inició o comenzaba en el versículo 7 y terminaba en el versículo 21, que yo acabo de leer, y que toda esa sección tenía que ver con la habilidad o la necesidad que tenemos de amarnos los unos a los otros, y qué efecto tiene Dios en nosotros, el amor de Dios en nosotros.
La primera, en el primer tercio de esa sección que va desde el 7 al 11, nosotros estuvimos cubriendo o hablando acerca de que todo el que ama ha sido de Dios y conoce a Dios. La segunda, el segundo tercio, nosotros cubrimos desde el 12 al 16 y hablamos de cuán seguros nos podemos sentir en su amor. Y ahora entonces, en esta ocasión, queremos hablar del efecto que el amor de Dios debe tener en nosotros, hasta el punto que ese amor, experimentado de la manera que Dios entiende, debe ir empujando hacia afuera todo temor en los hijos de Dios.
Yo quiero en el día de hoy usar como palabra clave la palabra amor, el nombre "amor". Yo usé en una ocasión el verbo "amar", y usé en otra ocasión la forma verbal "amémonos". Hoy yo quiero usar el nombre "amor", que aparece cuatro veces en el texto que yo acabo de leer, que aparece catorce veces en esta carta de apenas cinco capítulos, sin contar con el número de veces que Juan usa "ama", "amémonos", "amó". De manera que eso nos da a nosotros una idea de cuán preeminente es esto del amor de Dios en nosotros y ese amor para el hermano, en esta epístola de este último de los apóstoles que conocemos como Juan.
Ahora, desde el inicio Juan hace el énfasis de que le está hablando del amor ágape, no del amor filial. Hay una gran diferencia entre el amor incondicional o ágape, que es propio de la naturaleza divina, y el amor filial, que es el que yo puedo experimentar por un hermano, que es propio de la naturaleza humana. Nosotros no sabemos amar de forma incondicional, sobre todo de una manera natural. Dios es todo lo opuesto. Juan nos dice que Dios es amor, lo que implica que Dios no tiene que hacer ningún esfuerzo para amar. A Dios no le cuesta absolutamente nada amar, e incluso no le cuesta absolutamente nada en esfuerzo amar incondicionalmente, porque esa es su naturaleza, eso es lo que Dios es.
Quizás yo te lo pueda comparar con el agua: al agua no le cuesta ningún esfuerzo mojar una superficie cuando entra en contacto con ella, porque es la naturaleza del agua mojar aquello que toca. Pero si piensas, por ejemplo, en una fruta como la sandía, tiene mucha agua, pero como esa no es necesariamente su naturaleza, para tú extraer el agua de la sandía, tú tienes que cortarla, quizás exprimirla un poco. Y de esa misma manera, no es nuestra naturaleza amar de una forma ágape o incondicional. Y para que eso ocurra, Dios tiene que cortarnos con su Palabra, regenerarnos, exprimirnos, forzarnos, y entonces nosotros comenzamos a aprender a amar, muchas veces en contra de nuestra voluntad, y hacerlo incondicionalmente.
Yo creo que es bueno recordar eso, porque mucho de lo que nosotros llamamos amor no es más que emociones, sentimientos, buenas intenciones, pero no es el amor ágape del que Juan nos está hablando en esta carta, que Dios tiene para con nosotros y que se supone que yo debo tener para aquellos que son mis hermanos en la fe.
En este texto entonces Juan está ayudándonos a entender cuáles son los efectos que el amor de Dios, experimentado en mi vida, debe tener y que deben ser evidentes en mí. Con esa introducción entonces, yo quiero que nos hagamos tres preguntas que vamos respondiendo a lo largo del camino. La primera tiene que ver: ¿qué tiene que ver el amor con el juicio final? Porque Juan hace una conexión en el primer versículo de este texto que yo leí. En segundo lugar, que veamos de qué manera nosotros podemos aumentar nuestra capacidad de amar al otro. Y en tercer lugar, yo quiero que veamos si es cierto, ¿será cierto que es más fácil amar al hermano que amar a Dios? Porque en la superficie eso parece como una contradicción o una imposibilidad, y sin embargo Juan dice que es más fácil amar al hermano que amar a Dios. Yo quiero que veamos el porqué de esto.
Comencemos con la primera pregunta: ¿cuál es la relación entre el amor y el juicio final? Versículo 17: "En esto se perfecciona el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio." En esto, ¿qué es "esto"? Bueno, yo tengo que devolverme si yo quiero saber de qué es que Juan viene hablando. Cuando él de repente dice "en esto se perfecciona", entonces yo tengo que devolverme para ver en qué es esto de que Juan está hablando o venía hablando.
Nos vamos al versículo 16 y Juan dice lo siguiente: "Y nosotros hemos llegado a conocer y hemos creído el amor que Dios tiene para nosotros. Dios es amor, y el que permanece en amor permanece en Dios, y Dios permanece en él." ¿En esto conocemos en qué, Juan? En este amor que hemos conocido, en este amor que nosotros hemos experimentado, en el que hemos creído. En esto nosotros ahora, o en esto, se perfecciona el amor de Dios hasta el punto que, llegado el día del juicio, yo puedo acercarme a Dios con confianza.
Pero Juan me habla también de que Dios es amor, y Dios permanece en mí y yo en Él. De manera que es la permanencia de Dios en mí que va brindando su amor incondicional y permitiéndome experimentarlo, hasta el punto que yo voy creciendo en experiencia con relación a lo que es ese amor ágape de Dios, hasta el punto que llega un momento en que yo siento confianza cuando pienso en el día final del juicio.
De tal forma que hay dos maneras como ese amor que va permaneciendo en mí va perfeccionándose. Una tiene que ver con la confianza que produce en mí cuando yo descubro que Dios está por mí, y lo llego a creer, y no en contra de mí. Y la otra manera es cómo me va capacitando cada vez más para amar a mi hermano de una mejor manera.
"Dios es amor", dice el versículo 16, "el que permanece en amor permanece en Dios, y Dios permanece en él." En otras palabras, en un verdadero creyente mora la presencia de Dios. Esa presencia de Dios, se supone que si es real, debe ir perfeccionando a ese hermano en dos direcciones: en el sentido vertical, en su relación con Dios; en el sentido horizontal, en su relación con los hermanos. Y ese amor hacia arriba, hacia Dios, y ese amor horizontal hacia el hermano debe venir alcanzando una perfección.
Ahora, ¿cómo Dios nos ayuda a perfeccionar el amor por el otro? Forzándonos muchas veces a amar a personas a quienes nosotros no queríamos amar, no queremos amar, o personas que no piensan como yo, no actúan como yo, no toman decisiones como yo. Y Dios me los pone al lado para que yo aprenda a amarlos, porque de esa forma yo comienzo a experimentar la naturaleza de lo que es el amor incondicional, que es propio de la naturaleza divina que ahora mora en mí.
Yo recuerdo cuando yo terminé mi especialidad en infectología, que tenía que ver con pacientes de SIDA que venían de un trasfondo homosexual. Para mi vergüenza, yo originalmente, inicialmente, los odiaba, y era cristiano. Y Dios comenzó a mostrarme: "Tú no puedes ser mi hijo y tener odio en tu corazón, no importa quién sea la persona." Y yo fui donde Dios y comencé a arrepentirme de eso, sin aprobar el pecado, hasta que Dios me dio arrepentimiento, hasta el punto de poder llegar a tener un estudio bíblico para ellos, donde muchos de ellos llegaron a conocer al Señor y salir de su pecado. Pero eso es el amor de Dios trabajando y permaneciendo en nosotros, que tiene que ir haciendo ese trabajo hasta el punto de llevarnos hasta la madurez de su amor.
Y ahora Juan le ayuda a entender que si verdaderamente ese amor hace su efecto en mí, debe llegar el momento en que yo pueda estar confiado, aun cuando piense que tengo que enfrentarme al Juez en el día final del juicio. Aquellas personas que cuando tú les hablas del día del juicio final experimentan miedo, están dando evidencia de una de dos cosas: o no son cristianos porque no han sido regenerados, y por tanto no pueden tener confianza para el día final porque van a tener que enfrentar a su Juez; o si ya son cristianos verdaderamente, ellos aún no han tenido la experiencia de poder vivir o experimentar el amor incondicional de Dios, de tal forma que lleguen a creer Romanos 8:1, que no hay condenación para aquellos que están en Cristo Jesús. Y eso debe producir entonces una experiencia de confianza a la hora de ese juicio.
James Montgomery Boice, en uno de sus comentarios, cita a un comentarista del siglo XVIII de apellido Bengel, y Bengel nos ayuda a entender cómo se da este proceso de crecimiento y esta dualidad de amor y temor. Él dice que antes de tú venir a los pies de Cristo, cuando tú eras un incrédulo, no había temor de Dios en ti y tampoco había amor: ni temor de Dios ni amor por Él. Tú llegas a conocer a Dios, pero estás todavía muy, muy inmaduro en tu fe. Y ahora tú no amas a Dios; tú obedeces a Dios, pero lo obedeces primordialmente por temor.
Entonces tú pasas de no tener ni temor ni amor a tener temor, y tu obediencia es motivada por el temor. Pero si es lo único que tienes, tú sigues madurando; entonces, de repente, tú comienzas a desarrollar amor por Dios, de manera que ahora tú tienes temor y amor, tienes ambas cosas. Pero se supone que en la medida en que el amor se sigue perfeccionando en ti, debido a la permanencia de Dios en tu interior, entonces el amor de Dios debe ir empujando todo temor hacia afuera.
Eso es exactamente lo que Juan nos está diciendo en el versículo 20: que el amor de Dios debe tranquilizar, apaciguar a sus hijos, no solamente en el día del juicio, sino también durante el resto de sus días de este lado de la gloria. Si tú pones atención a lo que John Newton escribió en ese himno famoso "Amazing Grace" o "Sublime Gracia", él dice en español lo siguiente: "Su gracia me enseñó a temer, y su gracia mis dudas ahuyentó". La misma gracia que me enseñó a temer es la gracia que posteriormente completó su trabajo en mí, y esa misma gracia ahuyentó mis dudas, mis temores. En inglés, para aquellos de ustedes que hablan inglés, la letra dice de esta manera, es un inglés antiguo: "Twas grace that taught my heart to fear, and grace my fears relieved". La misma gracia que me enseñó a temer es la gracia que ahuyentó mis temores, precisamente porque es el trabajo de perfección que el amor de Dios va haciendo en cada uno de sus hijos.
Hasta el punto que, una vez he experimentado el amor de Dios de esa manera, yo debo tener plena confianza para el día del juicio final. La palabra traducida como "confianza" en el texto, en el griego, es parresía. Y parresía aparece cuatro veces en esta carta de Juan: dos veces en relación a la oración, la confianza que yo debo tener cuando me acerco a Dios a orar para pedirle algo. Las otras dos ocasiones, y esta del texto de hoy es una de esas dos, están en relación al día del juicio final, donde el hijo de Dios que ha experimentado verdaderamente y ha entendido ciertamente el amor de Dios no debiera tener nada que temer cuando piensa, habla o comenta acerca del gran día del juicio. Ese día no es para mí. Esa visitación ocurrió sobre la espalda de Cristo. Ese juicio cayó sobre la espalda de Cristo, y ya yo no estoy bajo juicio; yo estoy bajo su amor y su gracia y su perdón, de manera que no hay condenación para aquellos que están en Cristo Jesús.
Ahora, la razón por la que nosotros, a pesar de estar bajo su amor, todavía seguimos viviendo llenos de temores, de dudas, de inseguridades, de incertidumbres, es porque yo no he acabado de experimentar el amor de Dios como Dios quiere que yo lo experimente. La relación que existe es: en la medida en que yo experimento ese amor, en esa misma medida mi confianza en Él crece; en la medida en que mi confianza en Él crece, en esa misma medida mis temores disminuyen. De manera que hay una relación directa entre mi experiencia de temor, mi falta de confianza y mi falta de experiencia del amor incondicional de Dios.
Y nosotros lo vemos en la vida de los discípulos. Uno de los relatos que Mateo nos da en Mateo 8 es precisamente en una de las dos ocasiones cuando una tormenta se levantó estando los discípulos en el mar, y en esta ocasión Cristo estaba durmiendo. Y los discípulos fueron: "¡Maestro, despierta, que morimos!" Y el Maestro se despierta, y estas fueron sus palabras: "Hombres de poca fe, ¿por qué estáis amedrentados?" Entonces Él se levantó, reprendió a los vientos y al mar, y sobrevino una gran calma. Inmediatamente, sin pestañar, sin pensarlo dos veces, Cristo estableció una relación entre sus temores y su falta de fe o de confianza: "Hombres de poca fe, ¿por qué estáis amedrentados?"
Pero ahora yo quiero establecer la relación entre la falta de confianza, la falta de fe, y la presencia parcial o ausencia del amor incondicional de Dios en tu vida. Una vez tú entiendes que Dios está por ti, si los discípulos hubiesen estado conscientes en la barca de que el amor de Dios es fiel y que en su fidelidad Dios sabía lo que estaba ocurriendo, entonces hubiesen podido ir, despertar al Maestro, pero no estar amedrentados, porque el amor de Dios calma a los hijos de Dios. Y eso es lo que nosotros necesitamos aprender hoy.
Como Juan lo dice en el versículo 18: "En el amor no hay temor". Entonces, cuando yo temo, ¿qué es lo que me está haciendo falta? La experiencia del amor de Dios. "Sino que el perfecto amor echa fuera el temor, porque el temor involucra castigo, y el que teme no es hecho perfecto en el amor". ¿Te das cuenta lo que Juan está diciendo? El amor de Dios, en la medida en que tú tienes esa experiencia, es capaz de ir eliminando lo que es el temor en ti. La manera como lo hace es creando mayor confianza en ti hacia Dios.
Y ese amor perfecto de Dios, dice el texto de Juan: "El que teme no es hecho perfecto en el amor". De manera que el que teme, ese temor le impide su perfeccionamiento en el amor. ¿Y cuál es ese perfeccionamiento en el amor? La palabra "perfecto" en el griego, que es teleion, es una palabra que no implica estar sin faltas, sino estar completo, acabado. De tal forma que mi temor es una evidencia de la inmadurez del amor de Dios en mí. Una vez el amor perfecto de Dios termina de perfeccionarme en el amor, entonces el temor que había en mí sale de mí, precisamente porque eso es uno de los efectos que el amor de Dios produce en nosotros.
Y uno de los problemas entonces que nosotros tenemos a nivel diario es que cuando nosotros no hemos experimentado el amor de Dios de esa manera, nosotros no nos atrevemos a arriesgarnos, no tomamos los riesgos. Pero si hay algo que yo sé por este libro es que la vida cristiana siempre es una vida de riesgo.
Hemos hablado aquí en otras ocasiones. Moisés: "¿No vamos al desierto con dos millones de personas? ¿Y los supermercados dónde están?" No hay supermercados. "¿Y hay agua Planeta Azul o Cristal por ahí en el desierto?" No hay agua tampoco. "¿Y con cuánta gente vamos a salir?" Con dos millones. "Moisés, ¿para dónde?" Para el desierto. "Pero eso es un riesgo, Moisés. ¿Tú quieres ir conmigo o quieres quedarte en Egipto? Pero escúchame, Moisés, una cosa que mis hijos tienen que aprender: no hay manera de caminar conmigo y permanecer donde tú estabas al mismo tiempo".
Pedro, en medio de la tormenta, entre tres y seis de la mañana, los vientos levantándose, las olas altas, la barca que casi se hunde, Cristo se aparece en medio de esta tormenta y le hace una invitación a Pedro a arriesgar su vida: "Pedro, ven y camina. Yo te invito a que vengas a mí". Si hubiese sido yo, le digo: "Señor, ¿y no podemos hacer esto de día, en la orilla, cuando se calme? A veces yo sé caminar primero y luego probamos en la noche". "No, Pedro, ven". Ahora, y Pedro tiene el valor de sacar los pies y comenzar a caminar. Una invitación a arriesgar su vida en un momento cuando Pedro nunca había visto a Cristo caminar sobre las aguas, ni siquiera estaba seguro que era Cristo porque pensaba que era un fantasma. Imagínate que era un fantasma que lo estaba invitando a salir a caminar, y él nunca tampoco había caminado sobre las aguas para saber si eso iba a funcionar. "Lo único que tienes que saber, Pedro: no puedes estar al lado mío y en la barca al mismo tiempo". ¿Te das cuenta de cómo es?
"Abraham, hay un lugar que se llama Canaán. Te lo voy a dar a ti y a tu descendencia. Camina por ahí, por ahí está, tú te vas a encontrar con él". "¿Pero hay camino?" "No, tú vas a ser el camino". "¿Y no me puede dar un mapa, Dios?" "No, tú vas a ser el mapa. Y yo te invito, Abraham, a una vida de riesgo conmigo. ¿Quieres quedarte en Ur de los caldeos o quieres ir a la tierra prometida? Lo que no puedes hacer es tener mi compañía y la tierra prometida y quedarte donde estás al mismo tiempo".
¿Te das cuenta de cómo es este caminar? Si lo que necesitamos es un plan para dar el paso, no necesito a Dios, sino el plan. Pero escúchame, escúchame: tú no necesitas conocer para dónde vas si tú conoces al Dios quien te lleva. Tú no necesitas conocer dónde vas a conseguir la provisión en el desierto cuando tú conoces a Jehová-Jireh, que es tu provisión. Tú no necesitas temer la tormenta cuando tú estás en medio de la tormenta con la persona que es tu refugio precisamente en la tormenta.
Pedro sale de la barca, comienza a caminar, tiene temor, y Cristo dice: "Ven, ven, Pedro". Y cuando el Señor le habla, Pedro pierde el miedo. ¿Por qué? Y todavía estaba en el agua, y todavía estaban los vientos rugiendo, y todavía estaba el mar rugiendo. Porque ahora Pedro ha entrado en su refugio en medio de la tormenta. El amor de Dios nos da precisamente la confianza para nosotros poder vivir la vida cristiana de esa manera.
Hay una relación vertical: el amor de Dios, entonces, mejora mi confianza hacia arriba, y al mismo tiempo mejora mi relación horizontal con los demás. En eso es que el amor de Dios se perfecciona, y esa es la manera como Él lo hace: primero la relación vertical y luego la horizontal, el amor por mi hermano.
Y eso nos lleva a la segunda pregunta: entonces, ¿cómo yo puedo mejorar mi capacidad de amar al otro? Escucha, versículo 19: "Nosotros amamos porque Él nos amó primero". Piensa en esto detenidamente: yo amo hoy porque Él me amó ayer. Ahora, el amor que Dios tuvo para mí ayer no es menor que el amor que Él tiene para mí hoy. Sin embargo, es posible sentir el amor de Dios hoy de una manera mucho más agrandada, agigantada, de una mejor manera, mucho más fuerte hoy que lo que yo lo sentía ayer, sin que su amor hubiese cambiado. ¿Y qué es lo que hace entonces la diferencia?
Bueno, en la medida en que yo me voy santificando, en la medida en que yo voy eliminando mis pecados y yo me voy acercando a Él, mi experiencia de su amor va acrecentándose, y esa experiencia de su amor producida por una vida de santificación va haciendo perder mis temores. Pero escúchame: si yo amo porque Él primero me amó, porque Él me amó primero, eso implica también que si yo amo poco hoy es porque primero yo experimenté poco su amor; y si yo amo mucho mañana es porque finalmente yo pude experimentar mañana más de su amor, con lo cual yo pude amar mejor, más.
El problema es que nuestro amor es muy egoísta y nuestra vida es muy egocéntrica. Por tanto, de todos los pecados que me impiden experimentar el amor de Dios que me apacigua, me calma, me tranquiliza, de todos ellos, el número uno es mi egocentrismo. Mi vida egocéntrica que ha vivido recibiendo más y más de Dios, y todavía pienso que Dios no me ha dado lo suficiente, hasta el punto que yo con frecuencia cuestiono si Dios está conmigo o no está conmigo. Yo creo que ya Dios no me bendice, a pesar de que hay una lluvia de bendiciones diarias sobre tu vida, porque el egocentrismo es así: recibe mucho, siempre quiere más, nunca es suficiente.
Y lamentablemente es el tipo de amor que nosotros conocemos. Nuestro amor es tan egocéntrico que por eso se nos hace difícil muchas veces amar al otro, y mi egocentrismo no me permite experimentar el amor de Dios apropiadamente. Si nosotros podemos, si agapamos hoy, amamos incondicionalmente, es porque nos agaparon. Y la cantidad, la manera, la intensidad, la calidad de cómo yo puedo agapar depende directamente de la calidad con la cual yo haya podido sentir el amor de Dios que él ha derramado sobre mi vida. ¿Te das cuenta de la relación que existe? Porque en la medida en que yo experimento eso, mis temores, mis dudas, mi incertidumbre comenzarán a despejarse, a disiparse.
Número tres, y última pregunta: ¿Será cierto que amar al hermano es más fácil que amar a Dios? Porque Juan dice eso en este texto. Juan dice: no me digas que tú amas a Dios si aborreces al hermano, si no amas al hermano, porque si tú no lo amas a él, a quien tú ves, tú no puedes amar a Dios, a quien no ves. Mira qué es lo que Juan está diciendo. Si amar a Dios fuera más fácil, tú podrías entonces amar a Dios y aborrecer a tu hermano, porque como amar a Dios es más fácil, tú llegas a amar a Dios, todavía aborreces a tu hermano, después tú llegas a amar al hermano. Juan dice: no, pero no es así. Amar al hermano es más fácil. Entonces, si tú no amas al hermano que está aquí, aquí abajo, a quien tú ves, no me digas que tú amas a Dios, que está aquí arriba, a quien no ves, porque es más fácil amar a este hermano que amar a Dios.
Entonces, ¿qué es esto que yo he estado sintiendo hacia Dios? Bueno, a veces es un tipo de amor egocéntrico, pero es utilitarista y es interesado. Yo comentaba en el primer culto, yo no sé ustedes, pero yo presto extremada atención a las líricas que canto. Con cuidado, soy quisquilloso con eso, porque eso es lo que me permite entrar en la adoración y yo puedo rumiarlas, de manera que el ritmo para mí es totalmente secundario, aunque es bonito tener un buen ritmo, no me confundan.
Entonces esta mañana yo estaba entrando en la lírica de la adoración y con este sermón en la cabeza, y estamos cantando esta canción acerca de "A ti me rindo", ustedes la conocen ahora. Y la canción dice una línea: "Yo te anhelo". Próxima línea: "Te necesito, por eso te anhelo". Pero cuando Dios quiso y deseó tener una relación conmigo, él no me necesitaba. Él estaba satisfecho en sí mismo, la Trinidad contenta, y no teniendo necesidad de mí vino y me amó. De manera que nuestras canciones revelan, no estoy diciendo que está mal, no estoy diciendo que la dejemos de cantar, a mí me va a seguir gustando, simplemente es una revelación de cuán egocéntrico e interesado siguen siendo nuestras emociones.
Lo próximo que la canción dice es: "Lo rindo todo a ti". Próxima línea: "A cambio de tu amistad". No, Dios lo rindió todo en la cruz a cambio de nada. Pero hasta nuestras canciones revelan cuán utilitarista, egocéntrico e interesado es nuestro amor aún, nuestro amor hacia Dios. "Lo rindo todo a ti, a cambio de tu amistad". Dios lo rindió todo a cambio de nada. Además, ¿qué le vas a dar a Dios? Si tú quieres darle algo, ¿qué le vas a dar que no tenga?
Es el amor de Dios, es el amor que ha pasado a ser parte de nuestro interior en la persona del Espíritu Santo y que ahora tiene que pasar a nuestro exterior en dirección a mi hermano. Porque está allá adentro, simplemente que yo no lo dejo salir, porque en mi egocentrismo lo quiero todo para mí.
Nuestro amor es así, hermanos. Es más fácil amar al hermano. Y no pudiera pensar cómo que más fácil amar al hermano, debe ser más fácil amar a Dios que es bueno, perfecto, sin pecado, que amar a mi hermano. Déjame explicarte por qué no es más fácil. Nosotros somos muy manipuladores, todos, y manipulamos nuestras relaciones de amor, todas. Manipulamos al esposo, manipulamos a la esposa, manipulamos a los hijos, manipulamos a los padres.
No hay en el plano humano el amor que más se acerca al amor de Dios sería el amor de una madre. Yo he visto, que quizás usted lo ha hecho, la mamá con su hijito, hijita, dos o tres años, ahí está comiendo unas galletitas dulces. "Mami, dame un chin". "No". "Ok mami, ¿tú me quieres?". "Sí". "Pues dame un chin". Eso es una manipulación. ¿Qué tiene que ver la galletita con el amor? Esa no es la naturaleza del amor. Mira lo que le estamos enseñando a nuestros hijos: ama interesadamente. Eso es una reflexión de la naturaleza de nuestro amor. Amamos a los hijos y luego decimos: "Mira con todo lo que hemos hecho por ti y mira con lo que me pagas". En otras palabras: te amé y lo hice para que me pagaras, y ahora los intereses no me gustan. No, Dios no nos dio para que le pagáramos. Yo no digo que los hijos no deben volver en gratitud, eso es su pecado por no hacerlo, pero es otra cosa. El amor incondicional, ágape, Dios da simplemente porque es su naturaleza, dar sin esperar.
Y es por eso que entonces es más fácil amar al hermano, ¿no? ¿Sabes por qué? Porque entro en una relación de amor con él, no importa el tipo que sea, y manipulo, manipulo ese amor para que me haga sentir bien. Pero cuando voy donde Dios, a Dios no lo puedo manipular. Nosotros manipulamos nuestras relaciones hasta el punto que en ocasiones usted y yo hemos dicho: "Bueno, lo voy a hacer para que después no diga", "Le voy a llevar o le voy a regalar para que después no diga". Pero cuando tú vas donde Dios, nunca le has dado nada para que después no diga, ni nunca le has dado nada, déjame darle a mi hijo para que después no diga. Porque Dios es inmanipulable, inmanejable. Cuando tú vas donde Dios, verdaderamente puede ser, no puedo con él. No, no puedes. Entonces más fácil amar al otro, al que manipulo, que amar a Dios, a quien no puedo manipular. Dios me da cuando él entiende y siente que es adecuado y apropiado darme, independientemente de que yo haya intentado manipularlo o no.
Juan quiere que yo entienda que este amor por el hermano es una de las evidencias que él presenta de que yo he nacido de nuevo. A lo largo de su carta, Juan nos da tres pruebas para yo examinar mi fe. En cada uno de esos casos, él me dice: si tú haces esto o dices aquello, eso te hace a ti un mentiroso. Y cada una de esas cosas es una de las pruebas de mi fe.
La primera aparece en 2:4: "El que dice: yo he llegado a conocerle, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él". El que dice yo he llegado a conocerle, o sea, que conoce a Dios, ha nacido de nuevo, y no obedece sus mandamientos, es un mentiroso. De tal manera que mi grado de desobediencia con frecuencia habla, pone en evidencia, milita, revela que yo no he creído. Esta es la prueba de la obediencia.
Próxima prueba. Primera de Juan 2:22: "¿Quién es el mentiroso, sino el que niega que Jesús es el Cristo?". Si tú dices que crees en Dios, si tú dices que crees en la Palabra, pero no crees que Jesús es el Mesías, como esto no se te conecta, entonces tú eres un mentiroso. Por tanto, tú no conoces a Dios, ciertamente tú no has nacido de nuevo, tú no eres regenerado. Esa es la prueba de la doctrina. La doctrina del Hijo, del Mesías, el Salvador y Redentor, te deja afuera de la familia.
Y la tercera prueba es esta que estamos tratando en el día de hoy. Primera de Juan 4:20: "Si alguno dice: yo amo a Dios, y aborrece a su hermano, es un mentiroso". Esa es la prueba del amor. Porque no es verdad que tú puedes amar a Dios si tú ciertamente no amas a tu hermano.
Ahora, escucha, eso que Juan está diciendo aquí no es nuevo, para nada. Cristo lo había dicho, enseñado de otra manera, pero tan claro como Juan. Juan simplemente lo está recordando y quizás lo está ampliando. Pero cuando vinieron donde Cristo y preguntaron cuál era el más grande de los mandamientos, Cristo respondió en Mateo 22:37 en adelante: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el grande y primer mandamiento. Y el segundo es semejante a este: amarás a tu prójimo como a ti mismo". El cumplimiento del primer mandamiento, amarás al Señor tu Dios, resultará invariablemente en el cumplimiento del segundo mandamiento: amarás a tu prójimo como a ti mismo. No puedes cumplir un mandamiento sin el otro. No puedes cumplir el segundo sin haber cumplido el primero, porque es el primero que te capacita para el segundo. Pero no puedes cumplir el primero sin que de manera natural termines cumpliendo el segundo, que es amar a tu prójimo como a ti mismo. ¿Te das cuenta cómo el mayor de los mandamientos y el segundo de los mandamientos está directamente relacionado a la experiencia de amar?
Pablo viene después y comienza a hablar de los dones, y habla del don de lenguas, y habla del don de profecía, y el don de discernimiento, y el don de sabiduría. Y cuando él comienza el capítulo 12 y luego expande en el 14, en el medio aparece el capítulo 13 de Primera de Corintios. Es como que Pablo dice: déjame detenerme aquí un momentito, porque yo quiero que esto quede bien en perspectiva. Y Pablo comienza a hablar, dice: "Sabes que si hablo todas las lenguas, todas las lenguas angelicales del mundo, y no tengo amor, tú eres como un címbalo que retiñe", de manera que eres un ruido.
Si tú tuvieras sabiduría para entender todos los misterios, dice Pablo, todo en el mismo texto, uno detrás de lo otro. Piensa por ejemplo que hubieses subido al tercer cielo y tienes esas sabidurías o misterios, pero no tienes amor, de nada te sirve. Finalmente dice: y si tú tomas todo lo que tienes y lo vendes, lo das a los pobres y no tienes amor, tú eres absolutamente nada. De manera que no solo el más grande de los mandamientos y el segundo de los mandamientos está relacionado al amor, sino que ahora el mayor de los dones está directamente relacionado al amor. ¿Te das cuenta de la importancia que Dios le da a esto?
Entonces pasamos por los evangelios, llegamos a las epístolas de Pablo y ahora nos vamos a Apocalipsis y la última carta del Nuevo Testamento, escrita por Juan, el mismo autor de este libro. Y Juan habla de que él tuvo una visión. En esa visión aparece Cristo y Cristo está caminando entre las iglesias inspeccionando sus iglesias. Y llega a la iglesia de Éfeso, una iglesia extraordinaria en doctrina. Si tú querías saber lo que era solidez de la doctrina: Éfeso. Por ahí pasó Pablo, por ahí pasó Juan. Juan era el pastor de esta iglesia al final de sus tiempos. Por ahí pasó Timoteo. Pablo solo duró casi tres años ahí. Por ahí pasó Priscila, Aquila, Apolos. Todos los hombres del primer siglo, grandes ligas, pasaron por ahí.
Esta es la iglesia que cuando Cristo comienza a pasarle revista, le dice: "¿Sabes qué? Te aplaudo porque tú has desenmascarado a aquellos que se llaman apóstoles y son falsos, son mentirosos." Precisamente porque conocían la doctrina también desenmascararon a los falsos apóstoles. Ese profecía: "¿Sabes qué? Yo tengo algo contra ustedes." ¿Y qué es? "Tú has perdido el primer amor." Y alguien aquí pudiera decir: "Un momento, pastor, porque el primer amor tiene que ver con Dios y Juan está hablando del amor hacia el hermano." Sí, pero ya Juan también me dijo que yo no puedo amar al hermano si no amo a Dios. De manera que cuando los efesios perdieron su amor por Dios, su primer amor, ahí se fue también el amor por el hermano.
Y Cristo le dice: "¿Sabes qué? Tienes un chance. O te arrepientes o te quito el candelabro." Dicho de otra manera: o amas o te mueres. Los efesios escogieron. ¿Qué usted piensa que escogieron? Si usted no sabe, yo le voy a decir el resultado después. ¿Qué usted cree que ellos escogieron? La iglesia se murió. ¿Qué pasó? ¿Qué escogieron? No amar. Esa es la razón por la que Alexander Strauch escribe un libro pequeñito acerca de la iglesia de Éfeso que se llama "Love or Die": o amas o te mueres. IBI, amas o te mueres. No hay otra opción. Dios inspecciona sus iglesias continuamente y el estándar de ayer es el estándar de hoy.
La manera como yo muestro mi amor por Dios, si es verdadero, antes de darte la respuesta, déjame, permíteme dejar a Jesús que dé esas respuestas. Juan 14:15: "Si me amáis, guardaréis mis mandamientos." Piensen en ese momento, regístrenlo, séllenlo, recuérdenlo. Si me amáis, si me amáis a mí, discípulos ustedes, si me aman a mí, Cristo, guardaréis mis mandamientos.
Próximo versículo que quiero leerte, Juan 13:34: "Un mandamiento nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; que como yo os he amado, así también os améis los unos a los otros." Déjame unirte los dos versículos. Si me amáis, amaos los unos a los otros. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Guardar mis mandamientos, pero el nuevo mandamiento es que améis los unos a los otros. Por tanto, si me amáis, guardad, amaos los unos a los otros.
Eso no es en nada distinto ni diferente cuando Cristo tiene este encuentro con Pedro al final, después de su resurrección. "Pedro, ¿me amas? ¿Me agapas?" "Sí, Señor, yo te fileo." "Ok, Pedro, eso no fue lo que yo te pregunté, pero escúchame: si me agapas, apacienta mis ovejas." "Pedro, una segunda vez, ¿tú me agapas?" "Señor, yo te fileo." "Ok, pero todavía eso no fue lo que yo te pregunté. Pero si me vas a amar, ¿cómo lo vas a mostrar? Amando, apacentando, nutriendo a mis ovejas. Te estoy dejando al hermano que puedes ver para que lo ames, porque a mí no me vas a poder ver."
Y luego Juan dice: "No me digas que amas a Dios a quien no ves y no amas a tu hermano a quien sí ves." "Pedro, déjame bajar a tu nivel de amor. ¿Me fileas?" "Sí, Señor, yo te fileo." "Está bien, te acepto esa calidad de amor por ahora, pero déjame decirte: si me fileas, apacienta mis ovejas." En otras palabras, ellos son mi presencia manifiesta en la tierra.
¿Te acuerdas lo que el texto decía en el versículo 17? "En esto se perfecciona el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del juicio." Escucha ahora: "Pues como Él es, así somos también nosotros en este mundo." Ellos son mi presencia manifiesta. Como Él es, Él es un Hijo de Dios, amado por Dios, sentado a la diestra del Padre. Nosotros somos hijos de Dios, amados por Dios, en Cristo, también sentados a la diestra del Padre. Como Él es, hoy nosotros somos, hoy todavía de este lado de la gloria. ¡Wow! Pedro, amas o mueres. Éfeso, amas o mueres. IBI, amas o te mueres.
El gran evangelista Dwight Moody es proverbial por la manera en que él predicó acerca del amor de Dios. Lo que mucha gente no conoce es cómo Moody llega a convertirse en ese hombre que predicaba de una manera extraordinaria acerca del amor de Dios. En una ocasión, Moody invitó al predicador británico Moorhouse. Y este señor tenía la particularidad de que él tomaba un tema, lo estudiaba desde el Génesis hasta Apocalipsis, y cuando iba a predicar, predicaba varios sermones sobre el mismo tema desde el Génesis hasta Apocalipsis.
De manera que ahora Moody lo invita a que vaya a su iglesia porque él estaba visitando América. Y en esa ocasión, como los viajes duraban tanto, la gente que iba a predicar a un sitio no predicaba un sermón o dos, o dos días. Se pasaba por lo menos una semana y dos, predicando todos los días. En esta ocasión, este señor predicó siete mensajes durante siete días, uno por día, siete mensajes de un solo versículo: Juan 3:16. Y Moody estaba en la congregación escuchando a Moorhouse.
Hasta ese momento, el énfasis de Moody en su predicación había sido la justicia de Dios en contra del pecado, porque era la predicación acostumbrada desde los años de 1700 y tanto a 1800. Recordemos la predicación de Jonathan Edwards: "Pecadores en las manos de un Dios airado." La idea en el siglo XVIII, y un poco quizás hasta el XIX, era que el hombre era, como dicen en inglés, "man was very, very bad and God was very, very mad": que el hombre era muy, muy malo y Dios estaba muy, muy enojado. Y esa era la predicación, y esa era la de Moody.
Hasta que en esa semana este hombre llega a su iglesia y predicó de esta manera por siete días consecutivos. Y Moody lloraba en su presencia al leer y sentir el poder del amor de Dios correr a través de su ser. Y Moody fue transformado, cuenta el mismo Moody, en esa semana. Hasta el punto que posteriormente alguien dijo, no recuerdo si fue Spurgeon, que si iba a oír hablar del infierno, él no quería oír a ningún otro predicador que no fuera Dwight Moody. Porque cuando tú oías a Moody hablar, predicar acerca del infierno, tú sentías el dolor de aquellos que van al infierno por causa de haber rechazado al Señor.
Es el amor de Dios. Cristo viene hacia Jerusalén montado en un asno y ve a la ciudad de Jerusalén, la ciudad que le ha rechazado, que no le ha recibido, que le ha blasfemado. Y cuando la ve, Él llora de dolor por su pecado y las consecuencias que le vendrían. Nosotros no somos así. Nosotros nos gusta disfrutar la visitación de la justicia de Dios sobre el pecador. No lo decimos, pero lo sentimos.
Nosotros somos como Jonás, recordemos eso. "Jonás, te voy a enviar a Nínive para que le prediques a los ninivitas." "¿No? ¡Aquí estoy yo, manda a otro!" "Jonás, pero ¿cuál es el problema?" "Esa gente son unos crueles y Tú, Tú eres demasiado bueno. Tú te atreverías a perdonarlos. Si yo voy, yo estoy seguro de que es lo que Tú vas a hacer, que Tú los vas a perdonar. Y esa gente no merece perdón." "Así que, o sea, Jonás, ¿que tú sí lo mereces?" "Sí, sí, claro, claro que lo merezco, yo soy judío, claro que yo lo merezco." Nosotros no lo pensamos de esa manera, pero eso es más o menos como pensamos. Nosotros todos llevamos un Jonacito allá dentro que se esconde en nuestros corazones.
Moody fue cambiado por la realidad, la experiencia del amor transformador, infinito, incondicional, eterno de Dios para con el pecador, porque ahí estábamos tú y yo. Esto es lo que nuestra doctrina y actividades y ministerios y ocupaciones nos llevan a perder: mi primer amor, que es el combustible para mi segundo amor, que es el amor por el hermano.
Pero yo no puedo olvidar nunca que la gente es el propósito del plan de Dios. El resto, los ministerios, las actividades, son meros instrumentos para llevar a cabo el propósito. Pero el propósito de la gloria de Dios es para ser visitada sobre la gente, que Él pueda ser entonces visto en sus vidas transformadas por su amor, su gracia, su perdón y su misericordia. De eso es que trata la cruz. Y de eso tú y yo tenemos que llenarnos, y de eso tenemos que arrepentirnos de lo que no hemos hecho ni sentido.