IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La obediencia genuina es la prueba visible de una conversión verdadera. Según 1 Juan 2:3-5, quien dice conocer a Cristo pero no guarda sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él. Esta afirmación resulta incómoda, pero Juan la establece sin rodeos: no basta con una profesión de fe verbal; el creyente auténtico es aquel que obedece la palabra de Dios.
Pero ¿qué significa realmente obedecer? No es estar mejor que el año pasado ni lucir mejor que otro hermano. Si alguien se emborrachaba cinco veces por semana y ahora solo lo hace dos, sigue en franca desobediencia. Tampoco es cumplir un mandato a regañadientes ni hacer la voluntad de Dios por miedo a las consecuencias. La obediencia que no es voluntaria es desobediencia, porque Dios mira el corazón. Cuando obedecemos por temor, nuestra relación con él se vuelve distante, fría, impersonal, y terminamos haciendo de Dios un ogro que amenaza en lugar del Padre bondadoso que es.
La verdadera motivación para obedecer es el amor. Cristo lo enseñó claramente: "Si alguno me ama, guardará mi palabra". Quien tiene problemas con la obediencia tiene problemas con amar a Dios. Y las dos razones principales por las que no amamos a Dios son la falta de conversión genuina o que el amor propio supera al amor por él. Cuando comenzamos a amarlo de verdad, sus mandamientos dejan de ser pesados; se convierten, como dice el salmista, en nuestro deleite.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Yo quiero invitarlos a que abramos la Palabra de Dios en la primera carta de Juan, capítulos de Juan. Yo había dicho en el mensaje anterior que este es uno de los libros más difíciles de predicar, de acuerdo a predicadores del pasado y predicadores de hoy en día, gente considerada como excelentes expositores. Pero al mismo tiempo, yo creo que este es uno de los libros más prácticos de toda la Biblia. Y yo creo que nosotros estamos descubriendo eso, no tanto en el día de hoy, sino en la medida que desarrollamos esta serie.
Como este es un tema práctico, una carta práctica, yo quiero mantener la estructura de los mensajes relativamente sencilla. Y hoy básicamente yo tengo tres versículos que exponer: 3, 4 y 5. Una palabra clave que es obediencia, y dos principios de enseñanza. Que son: número uno, la obediencia como prueba de mi conversión o de mi regeneración, de que soy cristiano; y número dos, que la mejor motivación para esa obediencia es el amor por Dios y no el miedo a Dios. Con esa introducción, yo quiero leer los versículos.
Primera de Juan, capítulo dos, versículos 3 al 5: "Y en esto sabemos que hemos llegado a conocerle, si guardamos sus mandamientos. El que dice: yo he llegado a conocerle, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él. Pero el que guarda su palabra, en él verdaderamente el amor de Dios..."
A lo largo de esta serie hemos estado hablando de que el apóstol Juan ha estado estableciendo en esta primera carta criterios por medio de los cuales yo puedo conocer con certidumbre acerca de lo que es una conversión genuina. Juan no nos estimula a caminar por el mundo diciendo: este es convertido, este no es. Sin embargo, él nos da claros criterios por medio de los cuales yo puedo juzgar, determinar y evaluar una verdadera conversión. Y él hace eso en vista de que en su tiempo había un grupo, al cual ya hemos aludido, conocido como los gnósticos, y ese grupo de individuos afirmaba creer en Cristo con los labios, pero lo negaba en doctrina y lo negaba en hechos. Por tanto, Juan está tratando de esclarecer eso para ellos y para nosotros hoy, que estamos leyendo su carta.
Habíamos hablado de que en el capítulo primero, en los versículos 3 al 7, Juan estableció los dos primeros criterios de cómo un verdadero creyente luce, o debe ser, o debe vivir. Él habló de que el creyente debe tener una verdadera comunión con Dios y al mismo tiempo una verdadera comunión con sus hermanos. Y lo que me permite a mí tener esa comunión con Dios es estar en la verdad. Si no estoy en la verdad, pues obviamente esa comunión no puede existir. Cuando pensamos en esa comunión con Dios, tengo que pensar en términos prácticos: ¿cómo está mi vida de oración?, ¿cómo está mi vida de la Palabra? Porque si yo no tengo una vida de oración ni una vida de la Palabra, pues yo no tengo comunicación con Dios, y si no tengo comunicación con Dios me es imposible tener una verdadera comunicación con el hermano, y si esas dos cosas no existen, pues mi conversión, mi salvación, tampoco existe.
Y Juan lo que me está diciendo es que no tenerlas no es verdad. Decíamos que lo que me permite tener comunicación con Dios es estar en la verdad. Si no estoy en la verdad, Juan hablaba de que estamos en tinieblas, y si estoy en tinieblas no he nacido de nuevo, y si no he nacido de nuevo estoy muerto, y si estoy muerto no tengo vida eterna, y si no tengo vida eterna lo único que tengo es vida temporal, y si lo único que tengo es vida temporal, pues yo no tengo salvación alguna. En esencia, ese es el resumen del capítulo uno en términos de la relación que Juan establece entre mi comunión con Dios, mi comunión con el hermano y mi experiencia de conversión.
Ahora, en este capítulo que yo leí, Juan establece un criterio más por medio del cual yo debo saber si realmente experimenté salvación o no. Y esto es como Juan lo dice en el versículo 3: "Y en esto sabemos que hemos llegado a conocerle, si guardamos sus mandamientos." Lo dice de una forma positiva primero, de esta manera: "sabemos." Y luego lo dice de una manera negativa en el próximo versículo: "El que dice: yo he llegado a conocerle, y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso, y la verdad no está en él." De manera que para Juan, el creyente no es alguien que simplemente afirma con los labios que conoce a Cristo y que un día hizo una profesión de fe. Para Juan, el creyente es alguien que obedece su Palabra.
Y esa enseñanza no es nueva. En el Evangelio de Juan, que había sido escrito diez o quince años antes, en el capítulo 3, versículo 36, Juan dice: "El que no obedece al Hijo, la ira de Dios permanece sobre él." Juan está hablando de obediencia: el que no le obedece pues no es creyente, y por tanto la ira de Dios permanece sobre esa persona. Noten el énfasis continuo que Juan hace acerca de la obediencia como señal de que ciertamente la persona ha sido regenerada.
Antes de la conversión, el individuo en su carne no tiene el más mínimo deseo de agradar a Dios. Él tiene los deseos de la carne, y la carne está solamente interesada en el aquí y el ahora, en los placeres, en los deleites, en aquello que puede producirle cierto placer, en el entretenimiento, algo que es típico de aquellos que viven aquí debajo. La carne no tiene ese deseo. Y aun pudiéramos decir que no tiene ese deseo, pero hay un problema mayor: la voluntad del hombre está esclavizada al pecado. La postura de Pablo nos dice en el capítulo 8, versículo 7 de Romanos, que la mente puesta en la carne —que es otra manera de decir la mente del inconverso— es enemiga de Dios, no se somete a la ley de Dios y ni siquiera puede.
Esa es la razón por la que tenemos que darle gracias a Dios, que es Él quien sale a buscarnos. Y como bien dice Pablo a los filipenses en el capítulo 2, versículos 12 y 13: "Dios es quien pone en nosotros tanto el querer como el hacer." Entonces ahora nosotros entendemos cómo es que venimos a la salvación, entendemos ahora cómo es que comenzamos a obedecer. La persona convertida ahora tiene nuevos deseos por las cosas de Dios. La persona regenerada, que antes no tenía una voluntad capaz de obedecer la ley de Dios, ahora tiene una voluntad que sí puede obedecer a Dios y su ley, y de hecho muchas veces quiere hacerlo. La persona que ha sido convertida, cuando peca, tiene suficiente convicción y dolor interno en su interior que le ayuda muchas veces a evitar esa misma experiencia en un futuro cercano.
Yo menciono esto último porque yo creo que mucha gente está equivocada en términos de cuándo experimenta el arrepentimiento. Pensamos que cada vez que fallamos al pecar, cuando no logramos lo que le habíamos prometido a Dios, cuando experimentamos algunos sentimientos negativos, creemos que esos sentimientos negativos equivalen a mi arrepentimiento. Pero muchas veces el sentimiento es solamente de vergüenza o de fracaso, porque no logré alcanzar lo que me había propuesto. El inconverso e incluso el ateo, que no creen en Dios, son capaces de experimentar vergüenza y sentido de fracaso cuando no logran alcanzar lo que se habían propuesto o habían prometido hacer. De manera que el sentido de vergüenza y el sentido de fracaso no son evidencia necesariamente de mi arrepentimiento.
La vergüenza es algo que yo experimento cuando yo descubro, o cuando tú descubres, que yo no soy lo que yo creí ser o lo que te había dicho que era. Por ejemplo, si te digo que yo hablo francés y a la hora de hablarlo no puedo hacerlo delante de ti, he mostrado que lo que yo decía que era no lo soy, y me da vergüenza. Pero yo no estoy arrepentido. Yo tengo un sentido de fracaso porque fracasé en lo que me había propuesto y había dicho.
El arrepentimiento es otra cosa de acuerdo a la Palabra de Dios. En el hebreo, la palabra es *shub*, e implica la experiencia de un dolor interno profundo. Y la motivación de la vergüenza y la motivación del arrepentimiento son totalmente distintas. En la vergüenza, lo que ha ocurrido precisamente es que yo descubrí que yo no era lo que yo creía, o que otros descubrieron que yo no era lo que yo creía. En el arrepentimiento, el sentimiento que yo experimento no tiene nada que ver conmigo; tiene que ver con Dios. Me duele haberle fallado a Dios, no a los hombres. No tiene nada que ver con mi reputación, que es la vergüenza; tiene que ver con Dios. La vergüenza tiene que ver con el amor que yo me tengo a mí mismo, con que mi reputación ha sido puesta en entredicho y cuestionada. El arrepentimiento tiene que ver con el amor que yo experimento por Dios: ¿cómo le puedo hacer eso a mi Dios? Como bien dijo José en el Antiguo Testamento: no le puedo hacer eso a mi Dios.
La vergüenza produce un sentimiento pasajero que no tiene duración y que por tanto no produce los cambios necesarios. El arrepentimiento es algo mucho más duradero y más productor, o causante, de cambios genuinos, verdaderos y profundos que puedan durar en el tiempo. Yo creo que mucha gente cree que está obedeciendo cuando está desobedeciendo. Yo creo que mucha gente cree que se está arrepintiendo cuando está orando, y muchas veces está pecando en su oración de arrepentimiento. Y la razón es que en esa oración de arrepentimiento, él o ella no está siendo honesto ni con Dios ni consigo mismo, y por tanto, más que resultar en un arrepentimiento, está resultando en un pecado mayor.
Yo creo que nosotros no entendemos bien lo que Juan está tratando de comunicarnos cuando habla de obediencia. Y como yo quisiera hacer mi mejor esfuerzo para que usted lo pueda entender, voy a tratar de explicarles algunos conceptos claves. Y si usted se siente con convicción, la convicción no la produzco yo; la produce el Espíritu Santo que está en usted y que junto con usted está oyendo la exposición de la Palabra de Dios.
Y con eso yo quiero que podamos definir lo que es la obediencia, y a veces la mejor manera de comenzar a entender un concepto es comenzando a entender lo que no es. Yo voy a comenzar por ello, voy a comenzar definiendo lo que la obediencia no es.
La obediencia no es estar mejor que el año pasado, porque yo puedo estar mejor que el año pasado y estar en franca desobediencia. Si yo me emborrachaba tres, cuatro, cinco veces a la semana y este año yo solamente me emborracho una o dos veces, yo sigo en desobediencia. Y muchas veces nosotros nos convencemos de nuestro arrepentimiento simplemente porque el pecado que practicábamos antes lo practicamos menos frecuentemente. Y yo puedo aplicar eso a la sexualidad, a las finanzas, yo puedo aplicar eso a mi relación con mi pareja, yo puedo aplicar eso a mi veracidad. Si yo hoy digo menos mentiras que el año pasado, esto no me hace un hombre veraz; yo sigo en franca desobediencia.
Y el problema es que muchas veces lo único que logramos hacer es producir cambios conductuales, que un psicólogo secular y ateo puede ayudarme incluso a conseguir. Pero el hecho de que yo haga cambios conductuales que resulten en una cierta mejoría externa de mis relaciones no dice que yo me he arrepentido, porque Dios conoce mi corazón, y muchas veces en mi corazón me sigo muriendo por el mismo pecado que antes cometía externamente. Y Dios conoce eso y Dios juzga eso.
La obediencia no es lucir mejor ante los hombres. La obediencia tampoco es lucir mejor que otro hermano que viene a la iglesia. Bueno, pero si me llevo de eso, la mitad de la iglesia está así; puede ser que la iglesia entera esté en desobediencia. Estoy diciendo que ese al caso, simplemente estoy explicando: si yo tengo un cáncer menos agresivo que la persona que se sienta a mi lado, eso no dice que yo estoy libre de cáncer. Yo estoy enfermo. La otra persona puede estar más enferma, pero dos enfermos no hacen a un sano.
La obediencia tampoco es cumplir un mandato el 60 u 80% de las veces. No sé cuántos de ustedes se tirarían en paracaídas si supieran que va a abrirse el 60% de las veces. La obediencia a medias es desobediencia. La obediencia ni siquiera es hacer la voluntad de la persona que me da las órdenes, que en este caso sería Dios, o pudiera ser un jefe, si yo hago eso a regañadientes. Eso no es obediencia, eso es imposición; yo tengo miedo de mi superior porque es mayor que yo. Eso no es obediencia.
La obediencia, en el mejor sentido de la palabra, no es simplemente cumplir una ley, que yo creo que es lo que mucha gente hace con Dios. Eso es más bien cumplir un deber, eso es cumplimiento, no obediencia. Amémonos a cómo Spurgeon entendió eso que yo estoy tratando de explicar, y qué bueno que cuando tú piensas en una idea, tú puedes encontrar alguien de la calidad de Spurgeon para que avale lo que tú entiendes. Spurgeon dice: "La obediencia que no es voluntaria es desobediencia, porque el Señor mira el corazón, y si Él ve que le servimos forzosamente y no porque le amamos, Él rechazará nuestra ofrenda."
Yo entiendo eso, Spurgeon lo entiende. ¿Sabes qué? No lo entiende el mundo secular. Yo estuve en shock, en choque, cuando yo me encuentro que los diccionarios seculares definen la obediencia de la misma manera que yo estoy tratando de definirla a la luz de la Palabra de Dios. Es increíble, porque cuando el mundo está de acuerdo con la Biblia, usted está ante algo serio. La primera definición del diccionario secular dice que la obediencia es una conducta destinada a complacer al otro. De manera que, de acuerdo al diccionario secular, yo obedezco a Dios cuando yo lo hago con una actitud con la que Dios está complacido. El diccionario entiende eso mejor que nosotros, o mejor que el pueblo de Dios.
El segundo diccionario secular dice lo siguiente: la obediencia es una conducta sumisa con relación a otro. De manera que cuando yo obedezco la ley de Dios diciendo "bueno, pues si es su voluntad, tendré que hacerlo", eso no es obediencia, eso es rebelión e imposición del mayor sobre el menor.
Si tú juntas lo que la Biblia dice con lo que los diccionarios seculares dicen, déjame construir una definición bíblica concreta de lo que es la obediencia. La obediencia implica someter mi voluntad sumisamente a la voluntad de la otra persona, que en este caso es Dios, de una manera que a Él le resulte complacido. Déjame ilustrártelo. Esposos, déjame comenzar por nosotros. Cuando Dios me manda a ser cabeza espiritual de mi hogar y yo asumo ese rol incómodo y disgustado, yo no estoy en obediencia, yo estoy en rebelión por el rol asignado. Efesios 5 me manda a hacer eso. Esposas, cuando la Palabra de Dios les manda a someterse a sus maridos y usted lo hace a regañadientes, eso no es obediencia, eso es rebelión.
Ahora tú tienes una idea quizás, una mejor idea de por qué en ocasiones, por tanto tiempo, el viento favorable de Dios no ha venido en mi dirección. Es que he estado en desobediencia, porque en ocasiones estoy en violación de los preceptos, y las otras veces cuando los cumplo, no es sumisamente de una manera que agrade a mi Dios. O sea, ¡cuánta desobediencia! Quizás comenzamos a entender qué es lo que Juan está diciendo.
La motivación para obedecer, yo creo que es bueno revisarla, porque de nuevo yo creo que la mayoría de la gente obedece erróneamente o por la motivación equivocada. Yo estoy convencido de que la mayoría de las personas obedecen por miedo a las consecuencias, de lo que a mí me pueda ocurrir o de lo que Dios le pueda enviar a mis hijos. "Pastor, yo le tengo mucho miedo a lo que Dios le pueda hacer a mis hijos." Yo lo he oído mil veces. Y esa expresión no honra a Dios, lo deshonra; no es digna de nuestro Dios. Es una expresión que ante el mundo empequeñece la imagen de Dios, lo hace lucir como un ogro, como un monstruo que está en los cielos tratando de causarte consecuencias dolorosas, porque como dictador del universo que él sería, tú tienes que someterte.
Cuando Dios ha sido todo bondad contigo, ha sido tu proveedor, te ha dado gracia, te ha dado misericordia, te ha dado perdón, te ha dado riquezas espirituales, y ahora ante el mundo tú lo haces lucir como un monstruo legislador. Eso deshonra a nuestro Dios. Cuando obedecemos por miedo, mi relación con Dios es distante, es lejana, es fría, es impersonal, es pesada. Dios me dice a través del libro de Santiago: "Acercaos a mí y yo os acercaré a vosotros", pero yo no me puedo acercar a alguien a quien le tengo miedo. Me relaciono con Dios por control remoto, a distancia, y ahora estoy violando otro mandamiento, porque no me acerco a Dios y Él dice: "Acercaos a mí."
Aparte de eso, la relación por miedo a las consecuencias no me va a producir gozo. Yo no puedo disfrutar el miedo; si usted lo disfruta, venga con su herida, por favor. Pero yo no puedo disfrutar el miedo, y yo no puedo tener una experiencia íntima y cercana con Dios a través del miedo. De hecho, el obedecer por miedo a las consecuencias es la esencia del legalismo; es la fibra de la cual se forma, se nutre, se constituye el legalismo. Porque el legalismo es amor a las leyes motivado por miedo a las consecuencias de las leyes, sin en ningún momento amar al dador de esas leyes.
Esa es la esencia del legalista. Él ama obedecer ciertas reglas, él ama ver a otros obedecer las reglas que él cumple, él ama ver a otros defender las reglas que él ha amado y que estima y valora, porque lo que ha hecho es que de todo el universo de reglas que existen, él buscó las reglas que él puede cumplir y que le guste cumplir. Las va a cumplir, y cuando termina de cumplirlas se va a sentir con méritos y derechos para desobedecer las otras reglas, que ahora él va a determinar que son menores, porque él ha cumplido con las mayores. Y una vez cumplidas las mayores en su propia estimación, entonces él se siente que puede desobedecer las menores. Y esas reglas que lo hacen sentir bien cuando las cumple son las que él ama, y esa es la esencia del legalismo: no hay amor por Dios.
Otros van un poco más allá; están un poquito mejor porque terminan obedeciendo por el sentido del deber. Pero el sentido del deber nunca ha sido enseñado en la Palabra de Dios como la primera motivación para obedecer. El deber está ahí para obedecer cuando yo estoy desanimado, cuando estoy desalentado, cuando no tengo las emociones. Es como decía esta mañana: es como el overdrive del carro, que usted lo pone cuando necesita un empuje de fuerza extra; pero eso es una medida de emergencia. Usted no maneja siempre en ese cambio, en ese overdrive; esa no es la forma de manejar ni como el carro debe ser.
Cuando Cristo quiso enseñar, o más que quiso, cuando Cristo enseñó, porque Dios nunca quiere algo sin hacerlo; cuando Cristo enseñó cómo debiéramos obedecer y cuál era la motivación para obedecer, lo hizo en la última noche en el aposento alto, horas antes de irse a la cruz. Y Él dijo en Juan 14:23: "Si alguno me ama, guardará mi palabra." ¿Tú escuchaste? Cristo dijo: "¿Tú quieres obedecer? Ámame." Es fácil, no es pesado; es algo que comienza por amarme. "Si me amas, obedeces mis mandamientos." Y Él agrega y dice: "Mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos con él morada." Esa es la esencia de la salvación: "Y haremos con él morada."
Por tanto, cuando yo verdaderamente soy salvo, yo amo a Dios, y cuando yo amo a Dios, yo obedezco sus mandamientos. Y entonces, eso es lo que Juan está diciendo. "Si alguno me ama, guardará mi palabra." ¿Tienes problemas con obedecer a Dios? Tienes problemas con amar a Dios.
Y hay dos razones principales por las cuales nosotros no amamos a Dios. Te voy a dar mi opinión: cuál es la más frecuente y luego la menos frecuente. La razón más frecuente por la que yo no amo a Dios es falta de conversión dentro del pueblo que se llama cristiano. Yo no tengo que ir a hablar al inconverso, alzado que es inconverso e incrédulo.
Y la segunda causa por la cual no amamos a Dios como Él debe ser amado, en personas que sí son convertidas, es porque el amor que tengo por mí es mayor que el amor que tengo por Dios. E incluso muchas veces yo amo a Dios por el amor que me tengo a mí mismo. ¿Cómo, pastor? Sí, porque yo amo sus bendiciones. Y cuando estas bendiciones comienzan a tardarse en llegar, yo comienzo a distanciarme de Dios. Y luego me encuentro con el pastor y me pregunta: "Fulano, ¿cómo estás?" "Pastor, yo tengo que arrepentirme." "Ah, ¿qué pasa?" "No, yo estoy molesto con Dios." Inmediatamente yo sé: hay bendiciones que no te están llegando. Porque mientras las bendiciones te llegan, todo el mundo ama a Dios. Es como los políticos y sus seguidores: tan pronto pierden la elección, no quieren saber de ellos más.
Cristo dice: "El que me ama guarda mis mandamientos." Y después que Cristo lo dice en Juan 14:23, el que me ama guarda mis mandamientos, ¿qué sucede en el sentido negativo de lo que Él dice? El que no me ama no guarda mis mandamientos. El que no me ama no guarda mis mandamientos. Este tiene problema con la obediencia. Vaya hoy donde Dios y pídale amor por Él, y pregúntele a Dios: "Muéstrame si yo soy una persona convertida, porque hoy me dijeron que los convertidos tienen amor por ti, y los que tienen amor por ti te obedecen, y yo no estoy obedeciendo."
Por eso es que los predicadores, del pasado y del presente, dicen que este es uno de los libros más difíciles de predicar. Yo te leí lo que Juan dice en su evangelio; te voy a repetir lo que dice ahora en su primera carta. "Y en esto sabemos que hemos llegado a conocerle, si guardamos sus mandamientos." La frase "y en esto sabemos" es repetitiva en la carta de Juan; en cinco capítulos aparece cinco o seis veces. Y en el griego tú puedes saber algo de dos maneras: de un conocimiento general, o de la manera que Juan lo dice. Y Juan lo dice de esta forma: "En esto tenemos la convicción de que si hemos llegado a conocerle, guardamos sus mandamientos."
Y ahora, en el próximo versículo que yo leí al principio, él es más enfático. Él dice: "El que dice 'yo he llegado a conocerle' y no guarda sus mandamientos, es un mentiroso." Y luego Juan, como que no se satisface, dice: "Y la verdad no está en él." Pero resulta que en el capítulo primero ya me dijo que si la verdad no está en mí, estoy en tinieblas, y que si estoy en tinieblas no tengo salvación. La Biblia al Día, oye cómo lo pone; es un lenguaje bien llano, pero dice la verdad de lo que el texto dice. Oye cómo la Biblia al Día lo dice: "Si alguno dice 'yo soy cristiano, voy al cielo, pertenezco a Cristo', pero no procura obedecer a Cristo, miente." ¡Wow!
Juan establece claramente en el Nuevo Testamento, mejor que cualquier otro autor, la relación directa que existe entre conversión y amor por Dios, y entre amor por Dios y obediencia, concluyendo entonces que el que no obedece no ha creído. Juan establece dos cosas: uno, la mejor evidencia de conversión es mi obediencia; y dos, la motivación de una verdadera obediencia es amor por Dios. Oye lo que Juan ha escrito en el versículo 5: "Pero el que guarda su palabra" —eso es obediencia— "en él verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado." Escúchate ahora: "En esto sabemos que estamos en Él." ¿En qué sabemos, Juan, que estamos en Él? En que guardamos su palabra. ¿En qué sabemos que nos hemos convertido, Juan? En que guardamos su palabra.
Y si no obedecemos, Juan, no estamos en Él. Juan: y si no estamos en Él, estamos en tinieblas, en el mundo. Juan: y si estamos en tinieblas, no estamos en la verdad. Juan: y si no estamos en la verdad, no tenemos comunión con Dios ni con los hermanos. Juan: y si no tengo comunión con Dios y con los hermanos, ya te dije en el capítulo 1 que no hay salvación. ¡Wow! Muchos son los llamados, pocos los escogidos; la puerta y el camino que lleva a la gloria, al cielo, es angosto. En aquel día muchos me dirán: "Señor, en tu nombre profetizamos, echamos fuera demonios e hicimos milagros", y yo les diré: "Fuera de aquí, jamás os conocí." ¿Por qué, Dios, dices eso? Porque no tenían las evidencias de conversión que Juan establece.
Cuando tú comienzas a amar a Dios como fruto de tu conversión, es ahí cuando tú puedes decir, junto con Juan: "Sus mandamientos no son gravosos, no son pesados." Esa idea de que la vida cristiana no es fácil, de que la ley de Dios es una carga, que no es fácil, eso viene del puro abismo; huele a azufre por todos los lados. "Pastor, ¿cómo usted se atreve a decir eso?" Porque la Palabra lo dice. Déjame leerte el veredicto del salmista con relación a la ley de Dios. Salmo 119:97, primera parte: "¡Cuánto amo tu ley!" Oye lo que no dice: no dice "¡cuánto amo tus promesas!", "tus bendiciones"; no, el salmista no está hablando de promesas ni de bendiciones, sino de tu ley, que me prohíbe, que me evita, que me dice que no puedo. "¡Cuánto la amo!" ¿Y por qué la amas? Porque me protege del pecado y de sus consecuencias.
Versículo 97, segunda parte: "Todo el día es ella mi meditación." La razón de que la Palabra de Dios, la ley de Dios, sea la meditación continua del salmista es el resultado de "¡cuánto amo tu ley!" Pastor, yo tengo dificultad con la Palabra; claro, no la amas. Si la amaras, vivieras en ella. Y como yo lo sé, es porque el día que te enamoraste te volviste loco y llamabas a esa persona quince veces al día. Si te volvieras loco de la misma manera con la Palabra, la visitarías quince veces al día. A veces la novia o el novio, si no son del mismo temperamento, otra vez —el celular: mira, mira, otra vez, mira ese número. Te imagina que Dios tuviera que decir: "Mira, mira otra vez en la Palabra."
En el versículo 47 del mismo Salmo 119: "Y me deleitaré en tus mandamientos, los cuales amo." ¿Es que este hombre no es de nuestra tierra, o qué? Que él siente por la Palabra lo que la mayoría del pueblo de Dios no siente. "Me deleitaré en tus mandamientos, los cuales amo." Salmo 119:159: "¡Cuánto amo tus preceptos!" Versículo 143: "Tus mandamientos son mi deleite." ¿Cómo? Sí, oiga. Mi deleite no es la televisión, no es la computadora, no es lo que yo hago, no es mi dinero, no son mis logros, no es lo que el mundo me ofrece; "tus mandamientos son mi deleite." El Salmo 40:8 dice: "Me deleito en hacer tu voluntad, oh Dios mío."
¿Están viendo lo que estoy leyendo? ¿A qué hay una persona que dice: "Yo me someto a la voluntad de Dios, yo me deleito en hacer la voluntad de Dios"? Es como que los hijos fueran donde sus padres y dijeran: "Papá, mamá, a partir de hoy me voy a deleitar en obedecerles." Les da un ataque cardíaco. ¿O qué si la esposa va donde el esposo y le dice: "Mi amor, yo me voy a deleitar en someterme"? Él se va a caer para atrás; se va a quedar solo, no va a tener a nadie en la casa. ¿O qué si el esposo llega esta tarde y le dice: "Mi esposa, mi amada, yo me comprometo hoy a ser, no tu jefe, sino el líder espiritual de nuestro hogar"? La esposa va a dar un brinco, va a romper el techo, va a salir por la azotea. ¿Y quién dijera: "Yo me voy a deleitar en hacer eso"? Esa es la voluntad de Dios.
Mira cómo es que debe ocurrir. Tú amas, número uno. Tú obedeces, número dos. Tú sirves, número tres. ¿Sabe cómo lo hacemos? Yo sirvo, número uno; yo sirvo, número dos; yo sirvo, número tres. Y después podemos hablar de obedecer, y después podemos hablar de amar. Dios dice: "No, no, no, no, no, no." Tú tienes tres carretas delante del caballo. Tú tienes que amarme. Es la razón por la que cuando recién convertidos vienen a mí, para todo lo que hago, nada, nada, nada: tú te quedas a los pies del Maestro, recibes de Él y aprendes a amarle. Cuando le ames, vas a comenzar a obedecer; y cuando vayas a servir, después que le ames y después que obedezcas, entonces le puedes servir. Y tu servicio será una ofrenda grata a Dios.
Nosotros creemos que cualquier cosa que le hagamos a Dios, como que Dios está arriba muriéndose porque alguien le traiga un servicio —"¡qué bueno, es la ofrenda del servicio que me trajo!"—, no, no, no, no. Dios no te necesita. Dios quiere una ofrenda de servicio secundaria a una ofrenda de amor y obediencia. El servicio es totalmente secundario. "Obediencia quiero y no sacrificios." ¿Cuál es la Palabra? Es reiterativa: la misma cosa, la misma cosa, la misma cosa, la misma cosa. Y mi obediencia no comienza el día que yo hago la acción; mi obediencia comienza en mi mente, que continuamente está en rebelión.
Eso es lo que ocurre muchas veces en la vida del cristiano. Él tiene una mente en rebelión, él tiene un corazón en rebelión, él tiene una voluntad en rebelión, y él tiene una conducta sometida a un mandamiento por imposición, que se da de mala gana. Eso es. Pablo dice: "No, no, no, no, no, no, no, no, no, no es ahí." Él escribe a los corintios, segunda carta, capítulo 10, versículos 4 y 5. Y Pablo dice: "Tú tienes que traer todo pensamiento cautivo en obediencia a los pies de Cristo"; no toda conducta, todo pensamiento. Eso que tú estás pensando, eso que estás meditando, que no es bueno, que no es digno, que no es puro; eso en lo cual no debes pensar, que es contrario a Filipenses 4:8 —"en todo lo bueno, todo lo digno, todo lo puro, en esto pensar"—; eso que estás pensando, que es contrario a mi ley, que me ofende, que yo conozco, que te hace pecar, que se vuelve pecado en ti una y otra vez, tú tienes que traérmelo en obediencia a los pies.
Y qué ocurre entonces: oye lo que el mismo texto de 2 Corintios 10:4-5 dice, que eso se convierte en un arma poderosa que no es carnal, y que es capaz de destruir fortalezas y pensamientos que se levantan de manera altiva en contra del conocimiento de Dios.
En algunos de nosotros tenemos fortalezas por años en nuestras mentes, en nuestros corazones, en nuestras voluntades que nos tienen amarrados. Y Cristo dice: "¿Tú quieres destrucción de tus fortalezas? Tú tienes años sin lograrlo y continuarás años sin lograrlo, porque tú quieres hacerlo por tu fuerza, a tu manera, cuando tú quieres." Y es bien sencillo: tú traes tus pensamientos en obediencia, cautivos a mis pies, antes de que se conviertan en acciones. Y tú tienes que arrepentirte del pensamiento maligno, malévolo, inicuo que tienes, y decirme que estás arrepentido por simplemente pensarlo. Y entonces, cuando tú has hecho eso, yo vengo y derramo gracia y poder y fortaleza y protección sobre tu vida, y tus fortalezas comenzarán a caerse, porque yo he intervenido y no hay nada que pueda pararme.
Eso es cómo se libra la guerra espiritual. Tu peor demonio no está fuera, está dentro, y eres tú. No es de Satanás, es tu voluntad, férreo, quebrantable. Nosotros preferimos perder con voluntad inquebrantable que ganar habiendo sido quebrantados por Dios. Y habiendo sido yo humillado por Dios, y habiendo yo admitido mi error, mi falta, mi pecado.
Mi obediencia no tiene nada que ver con el otro: yo y Dios. Mi pecado no tiene nada que ver con el otro: yo y Dios. Les digo no sé cuántas veces desde el púlpito, una vez más: mientras yo insista en que mi pecado ha sido provocado, motivado, encendido por el otro, yo permaneceré en pecado, permaneceré estancado y esclavizado por las fortalezas de mi corazón, de mi mente, y yo permaneceré paralizado por mi carne y por los poderes de las tinieblas, porque Dios jamás suplirá su gracia en esa dirección.
Cuando yo vengo delante de Dios y me arrepiento quebrantado —"Dios, he pecado contra ti, contra ti solamente, contra ti. Oh Dios, he violado tu ley y no he tenido el arrepentimiento que debiera. Yo me arrepiento ahora, Dios, de tantas veces que he confesado sin arrepentirme"— cuando yo vengo así, Dios actúa. "Yo he entendido, Dios, yo he estado preocupado por mi reputación, yo he experimentado vergüenza, yo he experimentado sentido de fracaso, pero no he experimentado dolor por haber violado tu ley, tu santidad. Perdóname. Y ahora mismo, Dios, ni siquiera tengo el dolor que debiera estar teniendo por años de lo mismo. En tu gracia, Señor, dame lo que no tengo, produce lo que no puedo, produce, mi Dios, lo que solamente tu Espíritu puede hacer. Y perdóname, Dios, y te olvidas de los demás."
Cuando comienzo a hacer eso, Dios comenzará a soplar el viento en tu favor. Es la obediencia la que abre las puertas a la audición de nuestro Dios. Eso tiene beneficios. El obedecer de esa manera tiene beneficios enormes. El tiempo se me ha ido, voy a ir cerrando con tres beneficios rápidamente.
El primero de esos beneficios es una vida estable, no una vida como un yo-yo para arriba y para abajo. Cristo lo dijo de esta manera, en Mateo 7, a partir del versículo 24: "Por tanto, cualquiera que oye estas palabras mías y las pone en práctica" —eso es obediencia— "será semejante a un hombre sabio, que edificó su casa sobre la roca." ¿Qué es lo que le da solidez a la casa que representa mi vida? Que oí las palabras de Dios. No que las memoricé, no que sabía que estaban en tal capítulo, sino que lo que oí lo puse en práctica. La obediencia le da solidez a mi casa, que representa mi vida. Y ahora, cuando los vientos vienen, cuando los torrentes de agua vienen, esa casa, mi vida, permanece firme sobre la roca. Versus la que se construyó sobre arena, que se derrumbó. ¿Por qué? Porque oyó y no hizo, desobedeció. Primer beneficio: una vida estable.
Segundo beneficio: gozo de vida. No de un evento, no de un concierto, no de una mañana aquí, no de una obra de teatro, sino de vida. ¿Y cómo yo sé eso? Porque Cristo lo enseñó. Cristo, en el capítulo 13 de Juan, se está despidiendo de sus discípulos horas antes de su muerte. Está hablando de las cosas más importantes. Si usted sabe que se va a morir en unas horas, yo creo que rápidamente encuentra lo que es importante en su vida. Cristo les está hablando de las cosas importantes. Termina de hablarles de una serie de cosas que ellos debieran hacer, y cuando llega al versículo 17 de Juan 13, se escuchan estas palabras: "Si sabéis estas cosas, seréis felices." Hasta ahí va muy bien. "¡Qué bueno, pastor! Bueno, no me tengo que saber nada para ser feliz." No. "Si sabéis estas cosas, seréis felices si las practicáis." En otras palabras, si obedeces lo que oyes.
Ahora, Cristo no me dijo "estaréis felices", porque yo puedo estar feliz ahora y triste mañana o aburrido mañana. No. Al usar "seréis", será tu estado natural de vida continua el ser feliz. ¿Cómo? Si lo que oyes lo pones en práctica. Ahora yo entiendo por qué es que estoy tan infeliz tanto tiempo. ¿Dónde está la obediencia? Y lo que creía que era obediencia, hoy aprendí que era simplemente vergüenza. Y lo he hecho tantas veces que ahora estoy sin vergüenza.
Tercer beneficio: mi camino prosperará. Pastor, ¿usted está ahora en el evangelio de la prosperidad? No. Usted sabe que yo lo aborrezco con todo mi corazón. No estoy hablando de eso. Pero Santiago me dice lo mismo que se le dijo aquí del capítulo uno del libro de Salmos. Yo no le dije al pastor Luis que yo iba a estar compartiendo en esta parte del mensaje. Y él habló acerca de este hombre del Salmo 1, que camina con Dios, cuyas raíces estaban profundamente en la tierra, que es bienaventurado, que no anda con impíos. Y saben lo que él dijo: "Él prosperará en todos sus caminos." Ahora, no de manera absoluta en lo económico. No está diciendo que se hará rico. Pero él prosperará, avanzará, verá sus propósitos realizados, llegará a donde yo le he enviado.
Y Santiago, en el capítulo 1, a partir del versículo 23, dice algo parecido. Santiago me dice que si yo oigo la ley, que él llama la ley de la libertad, y no me vuelvo un oidor olvidadizo, sino un hacedor eficaz —que es eso, obediencia—, Dios me dice, a través de Santiago, que yo seré bienaventurado en lo que hago. Lo mismo del Salmo 1: bienaventurado, feliz, contento, próspero en general, en lo que hago. Debido a qué: a que oí e hice. Oí y obedecí como una actitud interna, de manera que cuando Dios vio mi corazón y lo pesó en balanza de justicia, se sintió complacido con la actitud de mi corazón relacionada a mis actos de obediencia. Y no una obediencia a regañadientes. "Bueno, si Dios lo dice, si esto es lo que manda a ser esposa, si esto es lo que manda a ser esposo…" No, Dios no necesita eso. Usted le puede hacer eso a un dictador, no a Dios.
Nosotros cantamos, y yo no sé si cuando usted canta las palabras que canta le dan tan duro como a mí me dan. Porque yo veía lo que cantábamos hoy y es casi para irse a arredrar. Usted le cantó a Dios: "Te daré lo mejor de mi vida." Usted no le dijo a Dios ni siquiera en voz baja: "Te digo, te voy a dar lo mejor de mi vida." Y tú ni sabes lo que es eso. Eso lo entendió bien Abraham. "¿Cuánto ha sido tu vida, Abrahán?" "Tú yo, tú yo, tú yo." "¿Cuándo son uno?" "Uno." "Ese fue el que yo te prometí, Abraham. ¿Cuánto sabes tú que tienes?" "Tengo cien años ya, Dios." "Pues mata a tu hijo." "¿Cómo?" "Sí. Llévalo a donde yo te diga." "¿A dónde lo quieres, Dios?" "Por ahí." "Pues Isaac, coge la leña, nos vamos." "Papá, ¿y el cordero?" "Dios proveerá."
Pero ya lo vimos en ese libro de Hebreos. Abraham no razonó que había de haber un cordero al lado —no confunda eso, porque Hebreos no dice eso—. Abraham razonó que Dios podía resucitarle de la muerte. En otras palabras: "Lo voy a matar creyendo que Él me lo va a resucitar." Él pudo cantar: "Te daré lo mejor." Y cuando Dios vio la disposición del corazón, dijo: "Abrahán, no tienes que matar a tu hijo. Yo no hago nada con mi hijo muerto. Pero yo hago mucho con un corazón rendido. Yo solamente quería tu corazón rendido a mí como ejemplo para las generaciones que vienen."
Y saben que algunos de nosotros tenemos años con Dios pidiéndonos pequeñas cosas de lunes a sábado, y el domingo yo cantándole: "Daré lo mejor", y esa pequeña cosa yo rehusando ponerla en el altar. No es como un hijo, pero eso es lo mejor.
Nosotros cantamos: "Enséñame cuál es la canción que te hace sonreír, quiero entonarla." Y yo decía: "No, no, no, no. Yo quiero saber cuál es la vida que te hace sonreír, para yo vivirla." Las canciones que cantamos me encantan, pero sabe que son promesas a Dios que yo le estoy haciendo en canción. De lo contrario no dejan de ser simples entretenimientos. "¡Qué bonita la música! ¡Qué lindo cantas, niña!" Sí, las voces pueden ser preciosas, pero sabe que no es de eso que se trata. Usted sabe aquella canción que cantamos: "Se trata de ti." Eso es lo que yo estoy cantando. Cuando yo canto canciones como esa, a mí me estremecen, porque es de Él que se trata, y yo sé que estoy haciendo un voto a Él en canción. Entienden lo serio que esto es.
Y cantamos: "Yo me rindo a ti", "Todo a Cristo yo entrego." Y mañana usted anda con todo a cuestas otra vez. Escúcheme. Yo hablaba de esto ayer con alguien. La única razón para usted tomar cualquier decisión en su vida hay una sola, y se llama Dios. El resto es pecado. Hablaba ayer con alguien que está en el mundo de los negocios: "Y si yo pierdo el cliente, por eso yo lo hice, para no perder el cliente." Eso es pecado. ¿Y sabe por qué es pecado? Porque tu confianza está en cómo tú vas a hacer las cosas para conservar el cliente, y Dios no está en la ecuación. "¿Y qué harías tú?" Yo voy donde Dios, hablo con Dios, le pido a Dios que ablande el entendimiento al cliente y le dé gracia al cliente.
Para cuando yo hablo con él, me entienda y me reciba, y podamos hacer las cosas. Y si Dios, después de eso, decide quitarme el cliente, permíteme lo decir, que no es lo que lo hablan dominicano: bien quitado, bien quitado. Yo no necesito una cosa que Dios no quiere para mí, así provea millones de pesos. Pero nosotros preferimos los millones.
Hay una sola razón para usted contratar un empleado: se llama la guianza de Dios. Hay una sola razón para usted cancelar un empleado: se llama la guianza de Dios. Hay una sola razón para usted firmar un contrato o no firmar un contrato: se llama la guianza de Dios. No hay otra. No hay beneficios. No hay sabiduría humana. Hasta donde yo entiendo, en oración, en consejo que he recibido, esta es la guianza de Dios. Amén.
Y el resto es desobediencia e idolatría: Dios sacado de su trono, puesto en un segundo lugar. Y por eso entonces enfrentamos tantas consecuencias. Pueblo de Dios, ama a Dios, ama a Dios, obedece un mandamiento y pruébalo solo al mundo. No a Dios; Él sabe si le amas o no le amas. Pruébalo al mundo, obedeciendo. Obedeciendo.
Integridad y Sabiduría es una producción que llega hasta ustedes gracias a los aportes de individuos y empresas comprometidos con la defensa de la fe. Para más información, preguntas y comentarios, visite nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. En esta página encontrará información sobre la producción de este y otros recursos que ponemos a su disposición, como también las formas en las que usted puede contribuir con la producción de programas como estos.
Les invitamos nuevamente a visitar nuestra página de internet: www.integridadysabiduria.org. Será hasta la próxima, cuando nos reencontremos con Integridad y Sabiduría.