Integridad y Sabiduria
Sermones

La oración extraordinaria de un hombre ordinario

Fabio Rossi 3 mayo, 2026

¿Por qué algunas oraciones parecen mover el cielo mientras otras quedan sin respuesta aparente? La respuesta no está en la intensidad emocional, las palabras correctas ni la profundidad espiritual del que ora. Está en el Dios al que se ora. Como señala Jesús en Marcos 11, antes de hablar de mover montañas dice algo que lo cambia todo: "Tengan fe en Dios." El poder de la oración extraordinaria no reside en quien ora, sino en el carácter del Dios a quien se dirige.

Elías lo ilustra con claridad. Cuando se presenta ante el rey Acab —en medio de un reino donde Dios había sido desplazado por Baal— no llega con una idea propia. Su declaración de que los cielos se cerrarán no nace de su iniciativa, sino de la palabra que Dios mismo había anunciado en Deuteronomio. Su oración no crea el propósito de Dios; se alinea con él. Como escribió Martín Lutero a su barbero: "Cuando la palabra de Dios enciende mi corazón, mis rodillas se doblan solas." La oración extraordinaria brota de un corazón que ha sido encendido por la Escritura, no de uno que busca versículos para justificar sus deseos.

La viuda de Sarepta encarna este principio con una fuerza conmovedora. Está en su peor momento —sin esposo, sin provisión, preparando la última comida para ella y su hijo— cuando Elías le pide que le dé a él primero. Es una demanda extrema envuelta en una promesa extraordinaria. Y ella obedece. La oración que mueve el cielo no brota del que tiene todo resuelto, sino del que en medio de su última harina levanta los ojos y decide creerle a Dios.

Cuando el hijo de la viuda muere, Elías sube al aposento y ora tres veces. No baja tras la primera sin respuesta. Persevera, descansando en que el Señor es el Dios vivo para quien la muerte no es obstáculo. Nuestra visión de Dios determina el alcance de nuestras oraciones. Cuando uno conoce al Dios vivo, aprende a pedir lo que solo él puede hacer.

Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.

Quiero invitarte a que abras tu Biblia al primer libro de Reyes, en el capítulo 16, para que nos vayamos ubicando. Vamos a estar estudiando todo el capítulo 17 en esta mañana, pero vamos a ver algo antes de eso. Y en lo que ustedes lo buscan, quiero que pienses o que reflexiones en un patrón que hay en la Palabra de Dios. Es un patrón en donde vemos una repetición a lo largo de toda la Escritura de ejemplos de oraciones extraordinarias.

Te voy a mencionar algunos de ellos que seguramente tú conoces. Cuando Moisés oró, por ejemplo, Dios lo escuchó y detuvo el juicio sobre Israel. Cuando Ana oró, Dios respondió y le concedió un hijo. Cuando Ezequías oró, Dios respondió y le añadió 15 años a su vida. Cuando Daniel oró, el Señor respondió y cerró la boca de los leones. Cuando la iglesia oró en el Nuevo Testamento, Dios respondió y liberó a Pedro de manera milagrosa de la cárcel. La cárcel se abrió; él hasta tenía duda de cómo estaba saliendo, sin saber qué estaba pasando, y milagrosamente él sale.

Y algunos de ustedes tal vez están escuchando todas estas oraciones extraordinarias y respuestas milagrosas del Señor, y tal vez están diciendo: "Bueno, pastor, yo tengo una lista, pero un tantito diferente a esa. Porque yo he orado por un nuevo trabajo y Dios no me ha respondido. Y yo he orado por un esposo o por una esposa y el Señor no me ha respondido. Y yo he orado por la enfermedad de mi hijo o de mi familia y el Señor no ha respondido. Y yo he orado por la salvación de mis padres o de mis hermanos, pero el Señor no ha respondido. O yo he orado por un hijo y el Señor no me ha respondido."

¿Será que estoy haciendo algo mal? ¿Será que hay algo que se me está escapando a mí de cómo el Señor espera que yo ore, para que me responda así como le respondió a estos grandes hombres y mujeres de la Biblia? Porque entonces después yo leo Marcos 11:23-24, cuando Jesús le dice a sus discípulos: "En verdad les digo que cualquiera que le diga a este monte: 'Quítate y arrójate al mar', y no dude en su corazón, sino que crea que lo que dice va a suceder, le será concedido. Por eso les digo que todas las cosas por las que oren y pidan, crean que ya las han recibido, y les serán concedidas."

Y uno lee este texto y entonces tal vez no vienen respuestas, sino más preguntas. ¿Será que entonces yo estoy orando con duda? ¿Será que me está faltando la fe cuando yo oro? ¿O será que me falta ser un poquito más atrevido, que mis oraciones tienen que ser más atrevidas, más intensas? ¿O será que no estoy usando las palabras correctas? ¿Será que hay una fórmula que yo debo usar para orar, para que Dios me escuche y me responda?

Bueno, esas son preguntas honestas y son preguntas válidas, pero hay un error de base en esa lógica, porque pone el peso de la oración sobre el que ora, no sobre el Dios al cual estamos orando. Y sin darnos cuenta, a veces llegamos a creer que la oración entonces funciona como una fórmula: si la petición es lo suficientemente urgente, o si las palabras son lo suficientemente elocuentes, o si la emoción es lo suficientemente intensa, entonces Dios va a responder. Y entonces cuando no sucede lo que yo estoy pidiendo, concluyo que estoy fallando en alguna de estas cosas, en alguno de estos elementos de la fórmula. Pero eso no es lo que Jesús está enseñando en Marcos 11.

Fíjate en lo que Jesús dice justo antes de decir esas palabras, porque ahí está el peso y la esencia. Una frase pequeña que cambia todo el sentido de lo que acabamos de leer. Y esto es lo que dice Marcos 11:22, justo el versículo antes: "Tengan fe en Dios." Tengan fe en Dios. No les dijo: "Pidan con más confianza en ustedes, sean más atrevidos, tengan más emoción, oren con más frecuencia o sean más elocuentes en sus oraciones." No. Les dijo: "Tengan fe en Dios, porque el poder de la oración extraordinaria no está en la calidad del que ora; está en el carácter del Dios al que nosotros estamos orando." Amén.

La oración extraordinaria no está reservada para algunos supercristianos espirituales. No es el privilegio exclusivo de aquellos que tienen un nivel super alto de fe, ni de los que llevan muchos años en la iglesia, o que tienen un dominio amplio de la teología. Y Santiago se encarga de dejar esto bien claro en Santiago capítulo 5. Escucha lo que dice Santiago acerca de la vida de Elías, que es lo que vamos a estudiar hoy: "Elías era un hombre de pasiones semejantes a las nuestras, y oró fervientemente para que no lloviera, y no llovió por 3 años y 6 meses. Y oró de nuevo, y el cielo dio lluvia, y la tierra produjo su fruto." Increíble.

La oración de alguien que detiene el clima. ¿Tú te imaginas ese nivel de poder? Pero lo increíble es cómo lo describe Santiago, porque nos ayuda a entender que el poder no era de Elías. Mira cómo lo dice la Nueva Traducción Viviente, que lo pone en un lenguaje quizás más llano para nosotros: "Elías era tan humano como cualquiera de nosotros." Elías era como tú. Y tú dices: "No, no, no. Elías está por allá arriba, pastor." Pero Elías era tan humano como tú. Elías era un hombre como tú y como yo. No era un superhéroe espiritual. No, Elías no tenía poderes especiales. Era un hombre ordinario, con dudas, con temores, con miedos, con luchas. Pero su oración cambió el clima de una nación.

Ahora sí quiero que vayas conmigo al primer libro de Reyes, capítulo 16. Porque antes de entrar a estudiar su vida, o por lo menos esta parte de su vida, es importante entender un poco el contexto en el que se está desarrollando esta historia. Israel estaba viviendo uno de los peores momentos de su historia. Han pasado más o menos unos 80 años en donde ha habido rey tras rey tras rey malo. Y lo triste no era que eran todos malos; era que cada vez uno era peor, peor, peor y peor. Cuando pensaban que ya habían tocado fondo, llegaba el otro y superaba las expectativas, y cavaba más profundo.

Si nosotros nos cansamos y nos frustramos con gobiernos de 4 años, o si lo reeligieron 8 años y uno ya está cansado de la corrupción, imagínate 80 años, 80 años de maldad, de violencia, de corrupción, de injusticia. Eso es lo que está viviendo el pueblo en ese tiempo.

Y después de cinco reyes malvados, eso es lo que encontramos en 1 Reyes 16:30. Quiero que tú abras tu Biblia. Abre tu Biblia al primer libro de Reyes, capítulo 16, versículo 30. Dice: "Acab, hijo de Omri, hizo lo malo a los ojos del Señor, más que todos los que fueron antes que él." O sea, que vino rey malo, rey malo, rey malo, y llegó Acab, el peor. Y uno dice: "Pero si todos eran malos, ¿qué fue lo que hizo este hombre para ganarse ese título?"

El texto, por lo menos, nos da dos razones. Una es que él institucionalizó el pecado. Es decir, los reyes anteriores habían distorsionado la adoración a Dios. Todavía se adoraba a Dios, pero lo habían distorsionado; habían metido idolatría, habían creado otros ídolos, y había una mezcla, una especie de sincretismo religioso en la nación. Pero por lo menos Dios, el Dios de Israel, todavía aparecía por aquí y por allá. Pero cuando viene Acab, este hombre se casa con Jezabel, la hija de Etbaal. Y quiero que te aprendas ese nombre, Etbaal, porque te lo voy a preguntar más adelante. Se casa con la hija de Etbaal, de otro reino pagano. Vienen alianzas políticas y económicas muy buenas; la nación ve algo de prosperidad. Pero lo terrible de esto es que Jezabel trae consigo toda la adoración a Baal.

¿Cuál fue el pecado de Acab? Que esta mujer, junto con su esposo, lo que hizo fue quitar a Dios de la escena. Ya no era solo corromper la adoración a Dios; era quitar a Dios de la escena y poner en el centro a Baal. Aquí no se adora más a Dios.

A partir de ahora se adora a Baal, Baal está en el centro y es lo que todos vamos a adorar. Eso es una gran diferencia. Y no solo eso, vamos a traer ahora nuevos profetas, que son profetas de Baal, y los vamos a establecer. Pero no solo eso, vamos a matar a los profetas de Dios. Y te das cuenta de que sí, la cosa estaba empeorando.

Pero otro de los aspectos que nosotros vemos aquí en el texto, de por qué Acab fue peor, es que él desafía a Dios de una manera abierta. Y eso lo vemos en el versículo 34 del capítulo 16. Cuando uno lo lee a primera vista parece como una notita al pie de página, pero es un dato importante, porque bajo el reinado de Acab él da la orden de reconstruir Jericó.

Y tú dices: "¿Pero qué tiene de malo? Reconstruir una ciudad no es algo malo." Es malo cuando Dios lo ha prohibido antes. Escucha lo que dice Josué, capítulo 6, versículo 26. Ustedes saben que esa fue la primera ciudad que, cuando el pueblo estaba en la conquista de la tierra prometida, conquistaron de una manera milagrosa: Jericó. Y entonces en ese contexto Dios le dice al pueblo: "Maldito sea delante del Señor el hombre que se levante y reedifique esta ciudad de Jericó."

¿Y qué hace Acab? Vamos a reconstruir Jericó, porque no basta quitar a Dios del centro, lo voy a desafiar. Él dijo que no, pero yo quiero hacerlo. Vamos a reconstruir Jericó. Y en ese escenario de oscuridad es que aparece el versículo 1 del capítulo 17, que para nosotros es otro capítulo, pero acuérdate que en el idioma original no hay capítulos ni versículos. Eso es una historia completa. Así que naturalmente uno sigue la lectura y nos encontramos con el versículo 1.

"Elías tisbita, que era de los moradores de Galaad, le dijo a Acab: Vive el Señor, Dios de Israel, delante de quien estoy, que ciertamente no habrá rocío ni lluvia en estos años, sino por la palabra de mi boca."

Ahora, Elías aparece aquí sin preámbulos. Es la primera vez que Elías aparece en el texto bíblico. No tenemos ninguna referencia de Elías antes de eso. Esa es la primera vez que él aparece. No sabemos en este punto quién es Elías, de dónde viene, cuál es su formación, cómo fue que Dios lo llamó, si tiene esposa, si tiene hijos. Y lo que todo dominicano le hubiera preguntado, si es escogidista o es aguilucho, no sabemos nada, nada, nada, nada, nada de Elías. Él simplemente aparece en escena, pero aparece con un mensaje contundente.

Imagínate la escena. Está el rey Acab con su flamante esposa, la malvada Jezabel. Y aparece un hombre en escena que dice que tiene un mensaje, lo hacen pasar y le preguntan: "¿Cómo te llamas?" Y él dice: "Elías." Okay, vamos a parar ahí. ¿Cómo se llamaba el papá de Jezabel? Muy bien, están poniendo atención. Etbaal. Y tú sabes qué significa Etbaal: Baal está con él.

Tú sabes lo que hicieron Acab y Jezabel: quitaron a Dios de la escena, pusieron a Baal en el centro, lo cual está diciendo: "Baal es nuestro Señor, Baal es nuestro Dios, Baal está con nosotros." Es lo que están diciendo ellos. Y entonces llega un hombre de repente, se aparece en la escena y le dicen: "¿Cómo te llamas tú?" Elías. ¿Y tú sabes qué significa Elías? El Señor es Dios.

Cuando ellos están diciendo "Baal está con nosotros", él dice "El Señor es Dios." Eso es un mensaje. El nombre de Elías es un sermón. No tiene que decir más nada, sino: yo me llamo Elías, el Señor es Dios, el Dios verdadero. Pero no se detiene ahí. Él les da un anuncio: "Vive el Señor, Dios de Israel, delante de quien estoy, que no habrá rocío ni lluvia en estos años, sino por la palabra de mi boca."

Ahora, para nosotros entender esto, nos parece importante el mensaje porque uno dice: "Wow, el milagro de que va a cerrar el cielo, ¿cómo va a ser eso? Elías, impresionante." Pero ahí no está lo extraordinario de su mensaje. Lo extraordinario de su mensaje es lo que él está comunicando con esto. Porque en ese tiempo, en la cultura cananea, Baal era el dios de las tormentas, de la lluvia y de la fertilidad. Si tú controlas la lluvia, controlas la cosecha. Si tú controlas la cosecha, controlas la vida. Baal era un símbolo de bienestar general.

Y llega este hombre a decir que no va a caer una gota de lluvia. Él está diciendo: "El Señor es Dios, y el Señor, mi Dios, va a cerrar los cielos." De modo que tú, Baal, que dices que controlas la lluvia, no vas a poder hacer absolutamente nada. Porque si Dios cierra los cielos, Baal no puede abrirlos.

Pararse delante de un rey pagano que ha asesinado a otros profetas de Dios, que ha quitado a Dios del centro de la escena, requiere valor, mucho valor. Pero requiere algo más importante que valor: requiere conocer al Dios al cual tú estás representando y al cual tú estás orando. Y yo quiero que tú no pierdas de vista esto, porque cuando Elías viene y hace esta declaración, que es poderosísima, que es como un golpe directo a Baal y a todo lo que representa, tú tienes que recordar que Elías no está actuando por cuenta propia.

Él no llegó y pensó: "Se me ocurrió que quizás una buena consecuencia para este rey es cerrar el cielo. Vamos a cerrar el cielo. Entonces déjame orar por eso." No, Elías no viene con esa idea. Esta no es una idea que nace de su corazón. Eso es algo que Dios había advertido hace mucho tiempo. Mira lo que dice Deuteronomio, capítulo 11: "Tengan cuidado, no sea que se engañe su corazón y se desvíen y sirvan a otros dioses y los adoren, no sea que la ira del Señor se encienda contra ustedes y cierre los cielos y no haya lluvia en la tierra y no produzca su fruto."

Cuando Elías declara que los cielos se van a cerrar y que no va a caer ni una sola gota de lluvia, él no se lo está inventando. No es algo que él quiso hacer porque a él se le ocurrió. Él está declarando la palabra de Dios. Elías está orando conforme a la palabra de Dios. Elías está orando conforme al propósito de Dios. Su oración no crea el propósito de Dios; su oración se alinea con el propósito de Dios.

Y ese es el primer principio que el Señor nos enseña en su Palabra hoy acerca de la oración extraordinaria. Hermanos, una oración extraordinaria no nace de mis propios deseos. La oración extraordinaria no nace en mi corazón. La oración extraordinaria brota de un corazón que está alineado con la voluntad que Dios ha revelado en su Palabra.

Martín Lutero le escribió una carta a su barbero, porque su barbero le había hecho una pregunta: "¿Cómo puedo orar?" Y él le escribió una carta para responderle y enseñarle. Dentro de lo que él le escribe, le explicó cómo comenzaba sus oraciones cada mañana. Él iniciaba meditando en el Padre Nuestro, en los Diez Mandamientos y en el Credo. Y escucha lo que él escribe: "Cuando la Palabra de Dios enciende mi corazón, mis rodillas se doblan solas."

Cuando la Palabra de Dios enciende mi corazón, mis rodillas se doblan solas, porque para Lutero la oración no es el punto de partida de su vida espiritual, sino la respuesta a la Palabra de Dios. Cuando la Palabra de Dios entra a tu corazón y lo enciende, la respuesta natural es la oración. Fluye la oración, pero es una oración que se alinea con su Palabra, es una oración que se alinea con sus propósitos.

Pero debemos recordar y reconocer con honestidad que muchas veces nosotros oramos más bien como si se tratara de un monólogo. Le pedimos a Dios, le hablamos a Dios y esperamos que Él nos responda como le hemos pedido, y convertimos entonces la oración en un instrumento para traer a Dios a mis propósitos. Yo quiero, Señor, que tú bendigas mis planes. Yo quiero, Señor, que tú me ayudes en esto que yo estoy haciendo, en esto que yo me propuse, en esto que ya yo decidí. Yo no te estoy preguntando si a ti te parece bien; yo quiero que tú me bendigas. Usamos la oración como una herramienta para traer a Dios a mis propósitos, cuando la oración fue diseñada para llevarme a mí a los propósitos de Dios.

Amén.

Piensa cuál ha sido tu oración más reciente y más constante al Señor. Esa petición que tú has llevado semana tras semana tras semana, un clamor repetido al Señor. Pero pregúntate: ¿de dónde nace esa oración? Piensa por un momento. Cuando tú oras y lo que tú has estado pidiendo, ¿de dónde nace?

Elías no llegó con una idea propia, llegó con la Palabra de Dios, por el cumplimiento de las promesas de Dios. Él oró parado sobre las promesas de Dios. La pregunta es si tu oración y mi oración nacen de una necesidad que puede ser legítima y genuina, pero que yo estoy llevando a Dios para que Él la moldee conforme a Su Palabra y a Sus propósitos. O más bien nace de un deseo, y yo simplemente estoy viendo de qué versículo me agarro para decirle a Dios que esto es legítimo.

Porque cuando oramos desde nuestros deseos, le pedimos a Dios: "Alíate conmigo." Pero cuando oramos desde Su Palabra, estamos orando como Cristo. Cuando en el Getsemaní Él dice: "Pero no sea como yo quiero, que sea como tú quieres." Esa es una oración extraordinaria. Que sea como tú quieres, no como yo quiero.

¿En qué o en quién está anclada tu oración hoy? ¿En lo que Él ha dicho, en lo que Él ha prometido? Esa es la diferencia entre una oración ordinaria y una oración extraordinaria.

Ahora avanzamos en el relato y quiero que veas el versículo 3. Porque después de que Elías le entrega este mensaje a Acab y a Jezabel, él recibió una instrucción de parte de Dios. Mira lo que dice el versículo 3: "Sal de aquí y dirígete hacia el oriente y escóndete junto al arroyo de Querit." Lo que narra ahí el texto es que efectivamente Elías obedece a Dios. Dios habló, Elías obedece, va al arroyo, y Dios lo sostiene durante una temporada de una manera milagrosa, porque junto al arroyo no hay colmados, no hay nada.

Él está un poco a la deriva, pero Dios dice: "Yo te voy a proveer y voy a usar a un cuervo que te va a llevar pan y carne todos los días." Increíble. Pan y carne todos los días, y agua, puedes tomar agua del arroyo, y Yo te voy a sustentar. Un cuervo que era un animal inmundo para el pueblo de Israel en ese tiempo, lo cual nos recuerda que Dios puede usar a quien Él quiere y lo que Él quiera para cumplir Sus propósitos.

Mira lo que dice el versículo 7: "Sucedió que después de algún tiempo el arroyo se secó, porque no había caído lluvia en la tierra." Esa sequía que Elías anunció, él estaba viviendo las consecuencias de la sequía. El arroyo que Dios había provisto, Dios lo dejó secar. ¿O tú no crees que Dios hubiese podido hacer un milagro para decir: "Se va a secar todo en Israel y en esta nación, pero este arroyo donde está mi profeta fluye con agua constante"? Pero Dios dejó secar el arroyo.

Y en esto encontramos también una lección que podemos aprender de la vida de Elías: el Dios que provee también sabe cuándo cerrar una temporada para abrir otra. El arroyo fue un regalo de Dios, pero el arroyo no era Dios. Dios muchas veces nos provee para una estación de la vida, para una etapa de la vida. Hay provisiones que Dios te ha dado a ti para un momento específico, para una etapa específica.

Y nosotros tenemos la tendencia a pensar que cuando Dios secó el arroyo para Elías es porque lo abandonó y ahora tiene algo en contra de él. Pero eso no es lo que el texto nos está diciendo. Dios está haciendo un movimiento: "Vamos a caminar ahora a otra etapa. Este arroyo se está secando porque vamos a otra etapa." Y lo mismo hace el Señor con nosotros. Cuando el arroyo en tu vida se ha secado, no significa que Dios te abandonó. Significa que Él está diciendo: "Vamos a movernos a otra etapa. ¿Me crees? ¿Confías en mí?"

Y nosotros decimos: "Amén. Yo confío en ti. Yo creo en ti, Señor, en lo que tú estás haciendo." Y entonces vuelve a aparecer esta frase que permea todo el capítulo, en el versículo 8: "Y vino la palabra del Señor." Vino la palabra. Porque, hermano, no importa si el arroyo se seca, la Palabra de Dios sigue fluyendo. No importa si se acaban los recursos, la Palabra de Dios sigue fluyendo, porque este es el Dios que nosotros tenemos.

Y la siguiente instrucción que recibe Elías parece fuera de lugar. Versículo 9: "Levántate, ve a Sarepta, que pertenece a Sidón." Sarepta era Fenicia. ¿Y tú sabes qué era Fenicia? El corazón del territorio de Baal. Dios le está diciendo a Su profeta: "Sal del arroyo donde has estado este tiempo, donde Yo te he estado alimentando." Y Elías responde: "¿Y a dónde quieres que vaya, Señor?" Al corazón del territorio enemigo. Ah, esa es la siguiente etapa.

Pero no solo eso. Cuando tú lees el relato, Dios no solo le dice: "Ve al corazón del territorio enemigo." Dios no lo lleva a la familia adinerada que lo va a recibir y le va a dar una cama y alimento, una familia que lo va a recibir con amor. No. ¿A dónde lo envía? No solo al corazón del territorio enemigo, sino a la casa de una viuda. Una mujer que era el símbolo de lo más bajo y de las peores condiciones que había. Una viuda sin esposo no se podía valer por sí misma en ese tiempo. Una mujer que no tenía un futuro, que no tenía provisión. Y eso lo vemos aquí en el texto, porque cuando Elías llega a la ciudad y se encuentra a esta mujer, ella está recogiendo un poco de leña.

Entonces Elías le pide agua. Dice: "Dame un poco de agua." Y mientras ella va a buscar el agua, él le dice: "Pero espérate, ya que vas para la cocina, tráeme un poco de pan." Y la respuesta de esta mujer es conmovedora, realmente conmovedora. Porque ella le dice en el versículo 12: "Vive el Señor tu Dios, que no tengo pan. Solo tengo un poco de harina en la tinaja, solo tengo un poco de aceite en la vasija. Estoy recogiendo unos trozos de leña para entrar y preparar algo para mí y para mi hijo, para que comamos y muramos."

Esta mujer no está exagerando. Literalmente, lo único que tiene en sus manos es lo último que le queda: el último poquito de harina, el último poquito de aceite. Tiene un hijo. Posiblemente no han comido en mucho tiempo. Ella está haciendo su último esfuerzo. Tú te puedes imaginar a una mujer en esas condiciones, en una sequía, sin esperanza, sin ningún lugar a dónde ir. Esta es la última comida. Desanimada, seguramente triste, pensando: "Ya nos vamos a morir en los próximos días."

Y llega este hombre a pedirle agua. Llega este hombre desconocido a pedirle pan. Y entonces Elías le dice algo que realmente llega como un bálsamo. Versículo 13: "No temas."

No temas. Ahora, yo no sé cómo estás tú hoy. Yo no sé en qué condiciones te estás acercando hoy al Señor. Puede ser que estás enfrentando pruebas y dificultades que se han escapado de tus manos. Han llegado a ti situaciones que tú no veías venir. Ha venido una temporada de dificultades, de relaciones rotas, problemas en la familia, en el matrimonio, en el trabajo, escasez económica, enfermedad, o la muerte incluso ha tocado tu puerta. Y tú has estado atravesando una situación complicada durante un tiempo, una situación que te ha llevado a pensar: "Aquí no hay salida, aquí no hay esperanza. Yo ya estoy cansado. Yo ya no puedo más, Señor. No puedo más con esta situación. Ya no veo un futuro para mí, ya no veo una solución ni un mañana."

Y el Señor te dice hoy: "No temas. Yo no me he olvidado de ti. No temas. Yo estoy viendo tu sufrimiento. No temas. Yo estoy escuchando tus oraciones." Y es ahí, hermano, cuando comienza el caminar de fe. El caminar de fe no empieza cuando tú ves la solución en el horizonte o la luz al final del túnel. Ese no es el inicio de la fe.

La fe es cuando, en medio de la oscuridad y del momento más difícil y más doloroso, cuando tú ves que esta situación no tiene futuro, tú decides escuchar a Dios que te dice: "No temas." Y decides creerle a Dios.

Pero Elías no se detiene ahí. Le pide agua, le pide pan. Ella le dice: "Pero es lo último que tengo." Y lo que él le dice parece insensible. Versículo 13: "Pero primero hazme una pequeña torta de eso y tráemela a mí, y después haces para ti y para tu hijo."

Pero que te acaba de decir que es lo último que tiene, que tú estás viendo que es una viuda que seguramente está débil, que se ve en su aspecto, que está triste, desanimada, que te está abriendo su corazón y te dice: "Es lo último que tengo. Nosotros nos vamos a morir." Y él le dice: "Sí, pero hazme primero a mí y después cocina para ti."

Y tú dices: "¿Cómo interpreto yo eso que Elías está haciendo?" Porque cuando yo lo leo parece insensible, parece una locura, algo que ninguno de nosotros quizás haría. Pero yo quiero que tú recuerdes algo: Elías es un hombre común como tú y como yo.

Pero hay algo que él ha repetido, un patrón que hemos visto durante todo este pasaje. Elías era un hombre que vivía en la presencia de Dios. Elías era un hombre que hacía lo que Dios le pedía. Elías era un hombre que se movía solo cuando Dios le decía que se moviera. Elías era un hombre que hablaba solo cuando Dios le dijera que hablara. Esto que está diciendo Elías no es algo que a él se le ocurrió; él está hablando lo que el Señor le ha mostrado que debe hablar.

Elías está siendo un instrumento de Dios para hacerle una invitación a una mujer en su peor momento. Elías está invitando a esta mujer para que ella conozca al Dios extraordinario que Elías tiene. Y por eso Elías le dice: "Porque así dice el Señor, Dios de Israel, que no se acabará la harina de la tinaja, ni se agotará el aceite de tu vasija, hasta que el Señor mande lluvia sobre la faz de la tierra."

Es una demanda extrema envuelta en una promesa extraordinaria. La pregunta que Dios le está haciendo a esta mujer, y que te hace a ti y a mí hoy, es: ¿en quién descansa tu existencia? ¿Hay algo en tu vida hoy que Dios te está pidiendo que le entregues primero, antes de que tú veas un milagro? Antes de que tú entiendas el plan, antes de que los números te cuadren, Dios te está diciendo: "Yo quiero que tú me entregues esto, pero tú tienes miedo de soltarlo porque es lo último que te queda, porque tú sientes que vas a perder el control de la situación o de tu vida y que te vas a quedar en el aire." Y el Señor te está diciendo: "Dámelo. Entrégate por completo, que yo soy el Señor tu Dios."

Este es el corazón de la segunda verdad que aprendemos hoy acerca de la oración extraordinaria. La oración extraordinaria, hermanos, es la que descansa en el carácter de Dios. Hay una diferencia enorme entre orar esperando que Dios confirme lo que yo ya decidí, y orar descansando en lo que él ya prometió. La primera oración depende de mis circunstancias, pero la segunda es extraordinaria porque se sostiene aunque las condiciones no sean favorables. Se sostiene porque nuestro Dios es extraordinario.

Esta viuda no tenía garantías. Este hombre acaba de aparecer y me está diciendo que le dé agua, que le dé pan, y no solo eso, que le cocine a él primero. Y esto es lo último que yo tengo. Y los que somos padres sabemos: yo tengo un hijo que se está muriendo de hambre y tú, un desconocido, quieres que yo te dé primero a ti. Y la viuda obedece. La viuda cree en la palabra del Señor.

La oración que mueve el cielo no brota del hombre que tiene todo resuelto; brota de aquel que en medio de su última harina levanta los ojos al cielo y decide creerle a Dios. Esa es la oración extraordinaria: la que decide creer lo que Dios ya prometió. ¿Y qué es lo que Dios ya prometió? "No temas, porque yo estoy contigo y te fortaleceré, y ciertamente te ayudaré y te sostendré con mi mano poderosa de justicia." Ese es el Dios que nosotros tenemos.

El Señor no te pide que tú entiendas el plan antes de confiar. Él te pide lo mismo que le pidió a esa viuda: que descanses en su carácter. Tú conoces a Dios; descansa en él. Dios te pide que ores, pero no que ores desde lo que tienes, sino desde quién es él, de su carácter, de sus obras portentosas y de lo que él ha prometido.

Y es así como entramos a la última parte de nuestro relato. En la casa de la viuda parecía haber entrado una nueva normalidad. Cada mañana había harina, había aceite. Se confirmaba que la palabra de Dios era cierta. La escasez, la sequía no había desaparecido, pero por lo menos ellos tenían comida según había prometido el Señor.

Y uno pensaría que de aquí en adelante el relato va a prosperar: el Señor ha llegado, nos ha bendecido, su presencia ha estado con nosotros. Y de repente, un giro inesperado en la historia. Versículo 17: el hijo de la viuda se enferma, y la enfermedad avanzó tanto que dice el texto que no quedó aliento en él. El niño se murió.

Hay harina, hay aceite, pero mi hijo está muerto. Y esta escena, hermanos, nos recuerda una verdad importante: a veces Dios nos sostiene en un área mientras nos prueba en otra. La fidelidad de Dios no es una garantía de que no van a venir más tormentas; es una garantía de que él va a estar contigo en cada una de las tormentas.

Y la viuda entonces corre a Elías, versículo 18, y le dice: "¿Qué tengo que ver contigo, hombre de Dios? ¿Has venido para traer a memoria mis iniquidades y hacer morir a mi hijo?" Porque el sufrimiento de esta viuda la llevó a pensar que esta tragedia era un juicio de Dios. Y con frecuencia tú y yo tenemos ese mismo tipo de pensamientos. Cuando estamos atravesando un momento difícil, una prueba, una enfermedad, la muerte, quizás el enemigo ataca tu mente haciéndote creer: "Ese es Dios que te está castigando por ese pecado que tú hiciste." Y tú te empiezas a preguntar: "¿Será que Dios nos está castigando? ¿Será que Dios está enjuiciándonos por nuestra vida, por lo que estamos haciendo?"

Pero este texto no nos invita a seguir una lógica en esa línea; nos invita a ver algo más profundo. Y es que cuando nosotros no entendemos la mano de Dios, cuando no entendemos lo que Dios está haciendo, nosotros todavía podemos correr a ese Dios al cual no estamos entendiendo. Él es un Dios confiable, aunque yo no entienda lo que él está haciendo, porque yo descanso en su carácter, y él ha dicho que él es fiel, y él ha prometido que será fiel, y yo puedo descansar en su palabra y en su promesa.

Y eso es exactamente lo que hace Elías, porque él toma al niño en sus brazos, sube al aposento alto y hace lo que todo hijo de Dios debería hacer en un momento cuando no tiene respuestas: orar. Y así comienza su oración, versículo 20: "Oh, Señor, Dios mío."

No es "Señor", un Señor lejano que yo no conozco, un Dios con el cual yo no me relaciono más que cuando oro para la comida y cuando tengo problemas. Es un "Oh, Dios mío": el Dios con el cual yo camino, el Dios al que yo conozco, el Dios con el que yo tengo una relación cercana. Ese eres tú, mi Dios, a quien yo me dirijo. Y esa es la esencia de la vida de oración: no solo creer en que Dios existe, no solo creer algunas cosas correctas teológicamente acerca de Dios, sino conocerlo personalmente.

Entonces Elías hace la petición, versículo 21: "Te ruego, Dios mío, que el alma de este niño vuelva a él." Es interesante porque hasta este momento en la historia del relato bíblico no ha ocurrido nunca antes una resurrección. Esta es la primera vez. Elías no tiene una referencia anterior; no hay un pasaje previo al que pueda mirar y decir: "Ah, yo me acuerdo que uno de los profetas de Dios una vez hizo algo similar y Dios resucitó…" No, aquí no hay una referencia anterior. Es la primera vez que él hace esta petición. Pero Elías tenía una convicción suficiente, y dijo: "Jehová, el Señor, es el Dios vivo. La muerte no puede detenerlo."

La muerte no es un obstáculo para él, y se atreve a pedir algo extraordinario. ¿Tú sabes por qué muchas veces nuestras oraciones son ordinarias? Porque nuestra visión de Dios es pequeña.

Elías entendía algo que tú y yo necesitamos recordar: cuando uno conoce al Dios vivo, uno aprende a orar por cosas que solo el Dios vivo puede hacer. Y Elías se extendió sobre el niño, no una, no dos, tres veces. No sabemos cuánto pasó entre una y otra, pero él ora, espera, ora, espera, ora. Él no hizo una oración y, como no funcionó, bajó y le dijo a la viuda: "Hice todo lo que pude, no funcionó." Él insiste en su oración.

Y esta es la última verdad que aprendemos en esta mañana sobre la oración extraordinaria. Hermanos, la oración extraordinaria no es de elocuencia, no es de intensidad. La oración extraordinaria es la que espera en Dios, es la que no lo suelta hasta que el Señor te da una respuesta.

Nosotros vemos un patrón similar en Lucas capítulo 18, la parábola de la viuda insistente. Esta viuda que llegaba delante de un juez injusto día tras día tras día. El juez dijo: "Ya esta mujer me tiene cansado. Vamos a atenderla, ¿qué es lo que quiere, señora?" Y la parábola contrasta y dice: "Si este juez injusto hizo justicia para la viuda, cuánto más tu Dios, tu juez, nuestro Señor, que es justo, que es amoroso, que es bondadoso, que es tu Padre, que te conoce, que entregó a su Hijo, que te ama profundamente, cuánto más Él no va a escuchar tu oración."

¿Cuántas veces tú has orado por algo y, como no ves respuesta, te rindes, te levantas del aposento alto antes de tiempo? No, hermanos, la oración extraordinaria no es la que recibe una respuesta inmediata; es la que persevera, es la que se alinea con el propósito de Dios, es la que descansa en el carácter de Dios, y es la que espera en las promesas de Dios.

Así que después de esa tercera oración, versículo 22, el texto dice que el Señor escuchó la voz de Elías, y el alma del niño volvió a él y revivió. Y lo que me encanta de este versículo es que tú has visto un patrón constante hasta ahora: Dios habló y Elías fue delante de Acab y Jezabel; Dios habló y Elías se fue al arroyo de Querit; Dios habló y Elías fue a donde la viuda de Sarepta. Pero ahora Elías habla y Dios lo escucha.

¡Qué maravillosa gracia es saber que el Dios extraordinario oye la voz de un hombre ordinario como yo! Que el Rey soberano, el Rey del universo, se inclina para oírte a ti, se inclina para oírme a mí. Y Elías subió con un cuerpo muerto y bajó con un hijo vivo. Un hombre común, un hombre ordinario, que aprendió a orar desde la Palabra de Dios, que aprendió a descansar en el carácter de Dios, que aprendió a esperar al tiempo de Dios.

El capítulo termina en el versículo 24 con la respuesta maravillosa de la viuda, una declaración impresionante: "Ahora conozco que tú eres hombre de Dios y que la palabra del Señor en tu boca es verdad." Y ese "ahora conozco" da la idea de un conocimiento que va más allá de lo intelectual, porque la viuda ya había conocido que Dios cumplía promesas, ¿o no? ¿O no había visto la harina? ¿O no había visto el aceite? Pero aun así, ese "ahora conozco" da la idea de que ella había oído que este Dios cumple sus promesas, había escuchado de este Dios de Israel que es vivo. Pero ahora, ahora que yo he atravesado esta prueba, ahora que mi hijo ha muerto y que yo lo tengo en vida, ahora que yo he experimentado la gracia y la bondad de Dios de una manera poderosa, de una manera profunda, ahora, ahora yo sé que Él es verdadero.

La pregunta es si tú conoces a Dios de esa manera. Hay una viuda antes del versículo 24 y una viuda después del versículo 24. La pregunta es: ¿dónde estás tú? ¿Estás antes del versículo 24, donde has visto al Señor hacer muchas cosas, incluso milagros en tu vida, y tú intelectualmente crees que su Palabra es verdad? Y tú dices: "Yo voy a la iglesia." Y tú vives una vida creyendo cosas ciertas acerca de Dios, pero no conoces a Dios. No hay un "ahora" así, un "ahora yo lo he probado, ahora yo lo veo, ahora yo sé que Él es mi Dios."

Esta es la invitación del Señor para nosotros en esta mañana. ¿En dónde estás tú en tu caminar con el Señor? ¿Cómo es tu vida de oración? Porque tu vida de oración será directamente proporcional al Dios que tú tienes. Inclina tu rostro. Vamos a orar.

Nuestro buen Dios, hay uno cuya palabra es más firme que la de Elías. Y Juan lo escribió como el Verbo, el Verbo de Dios, la Palabra hecha carne. Es ese Dios que no solo habló desde el cielo, sino que bajó del cielo, y no solo bajó del cielo, bajó al corazón del territorio enemigo y se sentó a la mesa con el desfavorecido y con el menospreciado. Y fue aquel Cristo que en la oscuridad del Getsemaní esperó en silencio, pero que resucitó porque la muerte no tiene poder sobre la Palabra eterna, y que ahora desde el cielo hace algo que Elías no ha podido hacer por nosotros: orar por mí, interceder por mí.

Gracias, Señor. Gracias porque tú intercedes por nosotros siempre, sin cansarte, sin rendirte. Señor, tú has hablado esta mañana a nosotros, a nuestro corazón. Tu Palabra está delante de nosotros. Queremos recibirla. Muéstrame, Señor, si yo he creído en ti en verdad. Muestra, Señor, si hemos descansado plenamente en tus promesas. Muestra si conocemos en verdad tu carácter o hemos oído de lejos quién eres tú.

Tú hoy llamas, como llamaste a aquella viuda, con una invitación dulce que dice: "Ven, no temas, yo soy tu Dios, yo soy quien te creó. Ven en medio de tus dificultades, ven en medio de tus problemas, ven en medio de tu desesperación, ven en medio de tu cansancio, ven en medio de tu oscuridad, para que yo pueda dar descanso a tu espíritu, para que yo pueda traer descanso a tu alma, para que yo pueda traer vida donde tú solo ves muerte."

Acércanos a ti, Señor. Ayúdanos a vivir como lo hizo este siervo tuyo, hijo tuyo, que vivió en tu presencia. Yo quiero vivir en tu presencia. Yo quiero escuchar tu voz con claridad. Pero no solo quiero escuchar tu voz, yo quiero obedecer tu voz: que cuando tú me digas "muévete", yo me mueva; que cuando tú me digas "deja eso", yo lo deje, porque te amo, porque te conozco.

Que cuando tú me lleves por senderos oscuros y difíciles, yo pueda tener la certeza de que aunque yo no entiendo lo que tú estás haciendo, tú estás ahí. Y tú me sostendrás y tú utilizarás los medios que tú quieras y que a ti te place para llevar a cabo tus propósitos eternos en mi vida, porque ese eres tú, el Dios extraordinario.

Ayúdanos, Señor, a ser instrumentos tuyos, y que la oración nos acerque cada vez más a ti y a tus propósitos, y que nuestra oración sea cada vez más extraordinaria, no porque yo soy extraordinario, sino porque yo oro a un Dios que lo es, un Dios extraordinario que puede hacer todas las cosas y aun más allá de lo que nosotros podemos pedir. Obra en nuestros corazones, Señor. Santifícanos a través de tu Palabra, y que podamos vivir y caminar confiando en ti, descansando en ti. Te lo pedimos en el precioso nombre de Cristo Jesús, nuestro Señor, aquel que es mejor que Elías. Amén.

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Fabio Rossi

Fabio Rossi

Fabio Rossi es colombiano y vivió en Guatemala desde su juventud, donde completó una Licenciatura en Biblia y Teología con especialidad en Música Sacra y sirvió durante diez años como parte del equipo pastoral de su iglesia local. Obtuvo una Maestría en Divinidades en el Southern Baptist Theological Seminary (SBTS) y se desempeñó como director ejecutivo de Coalición por el Evangelio. Actualmente vive en la República Dominicana con su esposa Carol y sus dos hijos, donde sirve como pastor en la Iglesia Bautista Internacional, asistente ejecutivo del pastor Miguel Núñez y director de contenido y desarrollo para Ministerios Integridad & Sabiduría.