IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
¿Qué nos mueve realmente a vivir, a soportar, a amar incluso cuando solo recibimos rechazo? Pablo llegó a Corinto sin credenciales impresionantes, sin elocuencia ni carisma. Los corintios lo consideraban "poco impresionante" y su manera de hablar "despreciable". Sin embargo, no se fue ni los abandonó. Los buscó una y otra vez, les escribió, oró por ellos, les habló con el corazón. La respuesta está en tres motivaciones que gobernaban su vida: el temor del Señor, el amor de Cristo y la misión de Dios.
El temor del Señor no paraliza; impulsa. Es vivir consciente de que Dios ve todo —lo público y lo privado— y que un día compareceremos ante su tribunal. Cuando Dios ocupa el lugar más grande en nuestra vida, las personas dejan de ser ídolos cuya aprobación necesitamos y se convierten simplemente en prójimos a quienes amar. El amor de Cristo, por su parte, no es una emoción pasajera sino una convicción razonada: él murió por nosotros cuando estábamos muertos en pecado, sin fuerzas para librarnos. Quien comprende ese amor ya no puede vivir para sí mismo.
De esa comprensión nace la misión: somos embajadores de reconciliación. No inventamos el mensaje; proclamamos lo que Cristo ya logró. El pastor Fabio Rossi cerró con el testimonio de su madre, Esperanza, quien a sus casi 70 años sigue predicando a cada persona que encuentra, construyendo casas para familias necesitadas y educando niños en su propia casa. Aunque el cuerpo se debilita, el alma plantada en Cristo sigue dando fruto. Todo lo que somos y tenemos le pertenece a él.
Esta transcripción ha sido generada de forma automatizada y puede contener errores o imprecisiones.
Bueno, es un privilegio siempre estar aquí y compartir la Palabra del Señor con ustedes. Hoy es un día especial, un día de las madres, un día donde recordamos la bendición del Señor de retenerlas. Y es un día especial también porque hay niños aquí. Yo sé que los niños hoy están aquí con nosotros, y para comenzar quiero hacerles una pregunta. Quiero que levanten su mano bien alto, bien alto, si aman a su mamá. ¡Wow! Hay uno que se está estirando mucho, ¿no? Hay que estirarse bien, la mano bien alta si amas a tu mamá. ¡Exacto, con esfuerzo! Muy bien, eso está genial, pueden bajar la mano.
Porque ese amor que tenemos dentro y que ahora expresamos a nuestra madre es un poco de lo que queremos hablar esta mañana. Nosotros vamos a aprender hoy que en nuestros corazones hay cosas que nos motivan o que nos impulsan a vivir. Nosotros hacemos muchas cosas, pero siempre somos motivados por algo. Y esta mañana vamos a descubrir algunas de esas motivaciones del corazón que nos impulsan a tomar decisiones, a vivir, a caminar en cierta dirección, a obedecer o también a desobedecer.
Hay muchas cosas que nos motivan. Es como si yo creo que tú pienses: ¿quiénes han tenido un carrito de control remoto en su niñez? O los chicos que están aquí, todos conocemos una patineta o una bicicleta. Bueno, ahora quiero que piensen algo: ¿esas cosas se mueven solas? No. ¿Qué necesita el carrito para poder andar? Un control remoto o baterías. Sí, el carrito no se mueve si no tiene baterías; la bicicleta no anda sola, a menos que tú te montes en ella y la andes. Y de esa manera, así funcionamos nosotros, hermanos. Nuestra vida anda o se mueve porque hay algo que nos impulsa, hay algo que nos motiva.
Por eso quiero invitarte a que abras tu Biblia esta mañana en la segunda carta de Pablo a los corintios, capítulo 5, que es donde vamos a estar meditando esta mañana. Pero antes de leer esta porción de las Escrituras, quiero contarte un poquito de qué es lo que está pasando ahí cuando Pablo está escribiendo a los corintios. Corinto era una ciudad muy, muy movida. Había mucho movimiento, era una ciudad muy comercial, portuaria; gente venía de diferentes lugares a Corinto a hacer negocios, o a buscar placer, o a buscar fama, a buscar poder, a buscar muchas cosas. Así que Corinto era una ciudad tremendamente movida, y si tú querías vivir en Corinto, si tú querías ser exitoso en Corinto, si tú querías sobresalir en esa ciudad, tenías que ser impresionante también. Tenías que hablar muy bien, tenías que lucir muy bien, ibas a necesitar títulos, ibas a necesitar impresionar a las personas con lo que eras.
Y adivinen qué pasó con Pablo entonces. Porque cuando nosotros pensamos en el apóstol Pablo, yo creo que todos lo tenemos hasta allá arriba: uno lee sus cartas y era impresionante. Pero quiero que vean algo de Pablo, porque Pablo llega a Corinto y no encaja de ninguna manera. Tanto así que mira lo que decían de él en 2 Corintios 10:10: "Pablo en persona es poco impresionante y su manera de hablar es despreciable." O sea, que para muchos Pablo era un don nadie; Pablo no era fuerte, no parecía exitoso ni popular.
Pero aunque Pablo fue muy rechazado, muy criticado y muy despreciado, no se ofendió con los corintios, no se fue, no los abandonó. Al contrario, los buscó una y otra vez. Pablo les escribió cartas, Pablo los visitó, oró por ellos, les habló con el corazón. Y aquí es donde eso nos involucra a nosotros, porque quiero hacerte una pregunta: ¿quién sigue amando y quién sigue sirviendo cuando lo único que recibe de regreso es rechazo, oposición, críticas y comparaciones?
Yo creo que la mayoría de nosotros no reaccionamos como Pablo. Cuando alguien nos ignora, ¿qué hacemos nosotros? Cuando alguien nos critica, ¿qué hacemos nosotros? Cuando alguien no nos responde como esperamos, ¿qué hacemos? Yo creo que si somos honestos, muchas veces nosotros nos alejamos. Si tú entras a un ambiente medio tóxico, donde la gente te critica, te ignora, te habla mal, uno quiere salir huyendo de ahí. Cerramos el corazón, nos protegemos y pensamos: "Yo no voy a aguantarme esto, yo no voy a soportar esto." No sé si los niños aquí alguna vez tuvieron algún amiguito que los dejó fuera de un juego en el recreo. ¿Cómo se siente uno cuando al otro día no quieres acercarte a esa persona? Y a nosotros, ¿cuántas veces alguien nos ha decepcionado en la familia, en el trabajo? ¿Seguimos buscando a esa persona o nos apartamos? Muchas veces nos apartamos.
Pero también debemos ser conscientes de algo: no siempre respondemos así. A veces estamos dispuestos a soportar. La pregunta es: ¿qué es lo que te motiva a soportar? ¿Cuántos hemos tenido un trabajo difícil, un jefe terrible, y seguimos ahí? ¿Cierto? Aguantamos, ¿por qué? Porque tal vez el sueldo conviene. Muchas veces aguantamos en una relación, en una amistad, tal vez por miedo a estar solos o por miedo al qué dirán. A veces, si tú eres empleador y tienes un empleado que no rinde, no trabaja bien, estás como medio cansado, pero dices: "Sabes qué, me voy a aguantar, porque reemplazarlo me va a salir más caro." ¿Cierto? Muchas veces sí aguantamos, pero depende de la motivación en nuestro corazón. Soportamos, pero no precisamente por amor; lo hacemos por miedo, lo hacemos por comodidad, lo hacemos por interés.
Pero Pablo no. Su motivación para la vida, y particularmente aquí en este texto para seguir con los corintios, no era por lo que él podía obtener de ellos. Él soportó todo eso porque había algo más. Y aquí es donde yo quiero que veamos, entonces, 2 Corintios 5, leyendo de los versículos 11 al 21, para descubrir al menos tres cosas que motivaban a Pablo a vivir la vida, a servir a los demás, a aguantar y soportar aun cuando había críticas y desprecios. Y son estas tres motivaciones: el temor del Señor, el amor del Señor y la misión del Señor. Tres cosas que motivaban a Pablo, y que yo oro que sean lo que nos motiva a ti y a mí en nuestra vida y en nuestro andar.
Leamos juntos el pasaje, comenzando en el versículo 11:
"Por tanto, conociendo el temor del Señor, persuadimos a los hombres, pero a Dios somos manifiestos; y espero que también seamos manifiestos en las conciencias de ustedes. No nos recomendamos otra vez a ustedes, sino que les damos oportunidad de estar orgullosos de nosotros, para que tengan respuesta para los que se jactan en las apariencias y no en el corazón. Porque si estamos locos, es para Dios; y si estamos cuerdos, es para ustedes. Pues el amor de Cristo nos apremia, habiendo llegado a esta conclusión: que uno murió por todos y por consiguiente todos murieron; y por todos murió, para que los que viven ya no vivan para sí, sino para Él, que murió y resucitó por ellos. De manera que nosotros de ahora en adelante ya no conocemos a nadie según la carne; aunque hemos conocido a Cristo según la carne, sin embargo ahora ya no lo conocemos así. De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, ahora han sido hechas nuevas. Y todo esto procede de Dios, quien nos reconcilió con Él mismo por medio de Cristo y nos dio el ministerio de la reconciliación; es decir, que Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo con Él mismo, no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones, y nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación. Por tanto, somos embajadores de Cristo, como si Dios rogara por medio de nosotros; en nombre de Cristo les rogamos: reconcíliense con Dios. Al que no conoció pecado, lo hizo pecado por nosotros, para que fuéramos hechos justicia de Dios en Él."
El versículo 11 comienza con una palabra importante. ¿Cuál es esa palabra? Si tienes tu Biblia, mira y dime con cuál palabra comienza el versículo 11. "Por tanto." ¿Cierto? "Por tanto, conociendo el temor del Señor." Ese "por tanto" lo que hace es conectarnos inmediatamente con lo que él ha venido hablando antes. Y solo quiero que veamos el versículo 10 entonces, para entender en qué contexto Pablo está mencionando el temor del Señor.
El versículo 10 dice: "Porque todos nosotros debemos comparecer ante el tribunal de Cristo, para que cada uno sea recompensado por sus hechos estando en el cuerpo, de acuerdo con lo que hizo, sea bueno o sea malo." Yo creo que estos son los versículos que nos dan miedo y nos alertan. Es decir: yo voy a estar frente a Cristo para comparecer ante ese tribunal, para ser recompensado por todo lo que he hecho.
Quiero preguntarte si alguna vez tuviste un examen para el que no te sentías muy preparado. Quizás en el colegio, tal vez en la universidad, tenías un examen y no te sentías completamente listo. Y entonces te sientas, lo empiezas a llenar: la pregunta 1, vamos bien; la pregunta 2, está fácil; la 3, la 3 ya no la estoy entendiendo mucho; la 4, ya me perdí. Y tú marcas la B o la C, y son 50 preguntas en el examen. Empiezas a mirar para arriba, empiezas a mirar a los lados, y ves que tu compañero de al lado está como en su salsa en el examen, pasando páginas y avanzando. Y sientes la tentación, quizás, de mirar lo que él está haciendo y copiarte alguna de esas preguntas. Y cuando estás a punto de hacerlo, escuchas unos pasos en el pasillo. En ese salón silencioso, donde solo se escuchan páginas y lapiceros, escuchas los pasos que se acercan.
El maestro recorriendo el salón de repente se para, y tú con los ojos clavados en tu zapato, no quieres mirar por dónde está el maestro. Estás decidiendo qué hacer, porque hay un temor. Cierto, hay un temor en que tú sabes que si copias y te agarran, te va a ir mal. Hay un temor también de arriesgarse, porque puede ser que tú digas: "Bueno, a lo mejor no se da cuenta." Hay un temor de que uno sabe que está siendo visto y que va a ser evaluado, calificado.
Y Pablo está hablando aquí, no de ese temor que te paraliza en un examen, no. Es el temor del Señor, y es un temor reverente, conscientes de que Él, que es el Maestro —el Maestro celestial—, te está viendo a ti, me está viendo a mí: cómo vivo cada día, cómo camino, cómo hablo, cómo me conduzco, cómo manejo. El Señor está viendo, y no solo eso: el Señor está viendo tus pensamientos, el Señor está viendo tu corazón, mi corazón.
Hermanos, eso debería producir en nosotros un temor, pero no un temor que nos paraliza, sino un temor que nos impulsa, que nos mueve a vivir para Él, que nos mueve a vivir con integridad, a hablar con valentía, a caminar en la verdad, aun cuando nadie más lo hace. Ese es el temor del Señor. Y el temor es uno de los grandes motores del corazón humano. Yo quiero que tú pienses en esa idea por un momento: el temor es uno de los grandes motores del corazón humano.
Tal vez tú piensas: ¿cuándo fue la última vez que dijiste "tengo miedo"? Uno quizás, como adulto, no lo dice tanto. Mis hijos me dicen muchas veces: "Tengo miedo por esto o lo otro", pero son cosas sencillas. Un adulto que diga "tengo miedo", como que no es muy común. Pero yo quiero que tú pienses ahora en esto: ¿cuándo fue la última vez que escuchaste a alguien decir "estoy preocupado"? Quizás tú mismo lo dijiste. ¿Cuándo fue la última vez que escuchaste a alguien decir "estoy ansioso", o "estoy muy estresado", o "me siento abrumado"?
Ahora yo quiero que tú pienses qué es lo que hay detrás de ese estrés, de ese sentirse abrumado, de esa ansiedad. Y yo creo que si somos honestos y nos detenemos a evaluar qué es lo que hay detrás de cada una de esas cosas, tú y yo vamos a coincidir en que muchas veces lo que hay detrás de la ansiedad, de ese sentirme abrumado, es el temor a fallar, el temor a no llegar a la meta. Estoy preocupado porque no voy a llegar a la meta, porque no voy a lograr alcanzar la altura, porque voy a ser irrelevante, voy a decepcionar, voy a fallar.
Y Pablo en Corinto estaba siendo altamente cuestionado por la iglesia. Decían que le faltaba integridad, que no tenía las credenciales suficientes, que Pablo no tenía el carisma, que no era elocuente como los demás predicadores que estaban ahí afuera, que Pablo no daba la talla. ¿Y cuántos de nosotros hubiéramos hecho lo de Pablo? ¿Cuántos de nosotros quisiéramos servir a una iglesia como la de Corinto, ir a predicar a la iglesia de Corinto? Nos cuesta aceptarlo, y tal vez no lo habíamos visto de esta manera, pero muchos de nosotros vivimos con temor del hombre. Cuando vemos situaciones así, nos apartamos.
El pastor Ed Welch escribió un libro muy bueno que se llama *Cuando la gente es grande y Dios es pequeño*. Y ahí él define el temor al hombre como una forma de idolatría que ocurre cuando la aprobación, el rechazo o la opinión de una persona es más importante para mí que lo que Dios ha dicho. Es un temor que pone nuestra identidad y nuestra seguridad en manos de alguien más, en lugar de en las manos de Dios.
Y esa forma de vida, cuando tú vives con temor del hombre, te drena, porque vivimos preocupados por lo que otro piensa, por lo que otro dice acerca de mí, si otro me aprueba o no. Vivimos con temor a ser rechazados, expuestos o humillados. ¿Y qué es lo que dice el mundo ante este tipo de situaciones? Que tú tienes baja autoestima. Entonces el temor del hombre se corrige cuando tú mejoras tu autoestima. ¿Cierto? Lo han escuchado: tienes que creer más en ti mismo, estar más seguro de ti mismo. De hecho, hay una famosa frase, o tendencia, no sé cómo llamarlo, pero: acércate a las personas vitamina, los que te alientan, los que te añaden algo; pero los que no, déjalos, porque así es como te vas a sentir seguro, afirmándote en ti mismo.
Pero en realidad esta lucha del temor del hombre no es un asunto emocional o psicológico, sino más bien es una distorsión espiritual. En otras palabras, el temor al hombre no se corrige cuando tú aumentas tu autoestima, porque la solución no está dentro de ti. La solución está fuera de ti, porque tú y yo fuimos creados para vivir con un temor reverente a Dios, dependiendo de Su voz por encima de todas las demás voces. Por eso Pablo dice que él vivía conociendo el temor del Señor, porque cuando Dios ocupa Su lugar como lo más grande en tu vida, entonces las personas dejan de ser ídolos y se convierten en lo que realmente son: prójimo.
El temor reverente a Dios nos libera para que tú y yo podamos amar sin manipular, para que podamos amar sin tener que estar impresionando a los demás, para que podamos amar y servir sin depender de lo que otros dicen. Y entonces pasamos de vivir del "¿qué dirán?" al "¿qué dirá Dios de mí?", porque eso es lo que verdaderamente importa. Y por eso Pablo escribe en el versículo 11: "Lo que somos —dice Pablo— está plenamente manifestado delante de Dios." En otras palabras: Dios conoce mi corazón, y eso me basta.
En aquellos días había unas personas que se autoproclamaban "super apóstoles". Eran hombres que hacían maravillas, aparentemente milagros, hablaban muy bien, eran muy elocuentes. Pero Pablo decía: "Ellos no son sinceros. Sus vidas son vacías, son falsas." Eran personas que vivían predicando incluso el Evangelio, pero no por las razones correctas. Y eso es lo que hace el temor al hombre, hermanos: nos lleva a vivir vidas hipócritas, nos lleva a vivir vidas de apariencias, llenas de buenas obras pero vacías delante de Dios.
Por eso el Señor nos alienta y nos alerta en esta mañana para decir: tú y yo necesitamos vivir conscientes de que un día estaremos frente al tribunal de Cristo, de modo que debemos vivir nuestra vida para ser aprobados por la audiencia del único que verdaderamente importa. Y ese enfoque y esa reverencia fue lo que mantuvo enfocado a Pablo, porque él no tenía temor del hombre, porque él temía al Señor.
Yo sé que muchas veces, hermanos, tú y yo nos vamos a encontrar frente a la tentación y a la presión de impresionar a los demás, de buscar la aprobación de los demás, de buscar el aplauso, o de aparentar una vida cristiana impecable. Y hoy tú debes recordar que ese camino, hermano, es vacío. Pero si tú y yo caminamos en el temor del Señor con una conciencia limpia delante de Él, entonces podrás decir como Pablo: "Lo que yo soy está claro delante de Dios, y eso me basta", porque eso es todo lo que realmente importa. Vivir sabiendo que Dios te ve: eso es el temor del Señor, hermano. Dios te ve en lo público y te ve en lo privado.
La segunda motivación que vemos en la vida de Pablo es el amor de Cristo. El amor tiene la capacidad de hacernos hacer locuras. ¿Cierto? Yo quiero que pienses cuál fue la cosa más loca que tú hiciste por amor. Tal vez en tu juventud, o tal vez recientemente: ¿qué fue la cosa más extraña, extravagante, arriesgada que tú hiciste por amor?
Bueno, yo te voy a contar el relato de alguien que hizo una locura por amor. Este hombre se llama Tad. En Estados Unidos, en julio del 2002, este hombre que trabajaba como interno de la NASA se enamoró perdidamente de una compañera, a quien le prometía cosas. Entre esas cosas, quería darle una prueba de cuánto la amaba. Así que Tad y otros cómplices planearon robar las rocas lunares que se habían recolectado durante las misiones del Apolo y que estaban resguardadas por el gobierno de Estados Unidos como parte del patrimonio científico de la humanidad. Nada más quería entrar, arrogarse unas cuantas de esas piedras y dárselas a ella. Así que Tad, impulsado por adrenalina —y él dice que por amor—, logró burlar la seguridad de la NASA, logró entrar al laboratorio y logró sacar las rocas lunares. Pero después, cuando entrevistaban a Tad y le decían: "¿Qué hiciste? ¿Por qué hiciste eso?", él decía: "Lo hice por amor." Por supuesto, Tad lo arrestó el FBI y recibió ocho años de prisión. Muchas gracias.
Pero nosotros concluimos que así como hacemos muchas cosas por temor, también hacemos muchas cosas por amor. Nosotros aguantamos muchas cosas por amor. Nosotros soportamos muchas cosas por amor. Y lo mismo pasaba con Pablo: era eso lo que lo motivaba a estar ahí entre los corintios con toda esa oposición. Mira el versículo 14: ¿qué es lo que lo impulsaba? El amor de Cristo. Dice el versículo 14: "El amor de Cristo nos controla."
Pero yo quiero que tú observes dos cosas importantes aquí. Lo que movió a Pablo no fue el amor que Pablo sentía por Cristo; eso es distinto. Él no está hablando de su medida de amor a Dios; él está hablando de la inmensa medida del amor de Dios por él. Eso era lo que motivaba a Pablo, lo controlaba, lo capturaba, lo gobernaba. Y esa diferencia es abismal: el amor de Cristo. Cuando Pablo dice "me controla", es como los márgenes de un río: el río no va para donde quiere, va por donde dicen los márgenes. Es una fuerza que te sostiene, que te guía, que te dirige. Pablo no elegía para dónde ir; era el amor de Cristo el que lo controlaba y le marcaba el paso y la senda por donde él debía andar, y no había manera de escapar.
Pero, segundo, lo que motivó a Pablo no fue un amor emocional. Eso a mí me llamó mucho la atención, porque mira lo que él dice ahí mismo en el versículo 14: "habiendo llegado a esta conclusión". Esa frase se puede traducir como "hemos evaluado cuidadosamente la realidad de la cruz, hemos llegado a esta conclusión razonada". No es un emocionalismo, no es que un domingo yo canté y ahora me siento como que hoy sí le hice todas las promesas a Dios y lo amo y voy a seguirlo. Pablo dice: no, esto no es un emocionalismo, esto es algo razonado, es algo que yo he pensado. Y hemos llegado a esta conclusión: no era una emoción pasajera, sino una convicción profunda. Pablo decía: Cristo me ama, Cristo me ama, y eso lo cambia todo para mí.
Pablo entendió el amor de Dios a la luz de la cruz. Cuando Pablo dice "uno murió por todos, y por consiguiente todos murieron", hermano, eso no es una metáfora, es un diagnóstico espiritual. Y yo quiero que tú pienses en esto, porque otra vez estas son cosas que nosotros hemos escuchado demasiadas veces en la iglesia, demasiadas veces tú las sabes: Cristo murió por nosotros, Cristo murió por ti. Pero ese conocimiento tiene que bajar al corazón, que tú entiendas lo que significa que Cristo murió por ti. Ese diagnóstico espiritual es claro: tú estabas muerto, yo estaba muerto, estábamos perdidos en nuestra culpa, no teníamos fuerzas para librarnos, éramos esclavos de nuestros deseos, estábamos en una oscuridad tan densa que ni siquiera sabíamos que existía la luz. Para nosotros venía juicio seguro, nosotros teníamos un destino asegurado, pero Cristo murió por nosotros.
Cuando tú y yo entendemos eso, cuando tú y yo entendemos nuestra realidad y lo que implica el amor de Dios —que Él cargó con tu culpa, que Él recibió en su cuerpo la sentencia que a ti y a mí nos pertenecía—, ahí, en esa cruz, es que se desplegó la magnitud del amor de Dios: inmenso, incondicional, inquebrantable. Cuando tú y yo conocemos el amor de Cristo, no hay otra manera de responder. Y por eso es que Pablo entendió las implicaciones de ese amor, porque Cristo no solo murió para librarte a ti y a mí del castigo del pecado, sino para quebrantar las cadenas que nos ataban a una vida enfocada en nosotros mismos.
Pablo fue un hombre que en su momento vivía para sí mismo. Él vivía para sus metas, para sus planes, sus deseos, sus anhelos, cautivo del mundo y de las promesas del mundo. Pero ahora Pablo entendía que, unido a Cristo por la fe, él había muerto. Y por eso es que les escribía a los gálatas, un texto que tú y yo conocemos de memoria: "Con Cristo he sido juntamente crucificado, y ya no vivo yo, sino que ahora vive Cristo en mí." Es la muerte del yo. Es la muerte de mi carne, es poner a muerte mi carne para que Cristo pueda vivir en mí.
La pregunta que yo te hago hoy, hermano, es: ¿el amor de Cristo te controla? En verdad, ¿has llegado a comprender la anchura, la longitud, la profundidad y la altura del amor de Cristo? ¿Será que tu comprensión y mi comprensión del amor de Dios ha dejado de ser un concepto emocional para ser una convicción que moldea cada aspecto de mi vida? Y si Cristo evaluara nuestras vidas hoy, ¿podría decir: "Ya no vive Fabio efectivamente; ahora yo vivo en él"? ¿Qué diría Dios de ti si te evaluara hoy?
El pastor Colin Smith ilustró, a través de cuatro perfiles, cómo lucen personas que podrían estar viviendo para sí mismas y tal vez no se dan cuenta. Estos son los cuatro perfiles. El primero: la belleza insatisfecha. Esta persona vive para hacerse bella y, sin embargo, de algún modo el yo nunca está satisfecho. Cada vez que esta persona se mira al espejo, el yo simplemente señala todas las formas en que no da la talla. Ninguna cantidad de ejercicio, ni maquillaje, ni cirugías, ni cambios en la alimentación producirán resultados que satisfagan al yo. Una preocupación constante, una insatisfacción constante con nuestra apariencia, puede sugerir que estamos viviendo para nosotros mismos.
Segundo perfil: el jubilado decepcionado. Esta persona mira atrás en la vida y se pregunta por qué no logró más. Mira a los demás y ve lo que tienen, ve su posición financiera, y se aconseja a sí mismo por lo que no tiene, y se compara con los demás por lo que tienen. Y a veces esa decepción hace que culpe a los demás, pero la miseria permanece. Ese estado de constante decepción con nosotros mismos puede sugerir que tú y yo estamos esclavizados al yo.
Tercer perfil: el ejecutivo frenético. Quizás queriendo evitar llegar a ser el jubilado decepcionado, este ejecutivo se convierte en un trabajador incansable. Siempre hay más que hacer, siempre hay un premio más que obtener, siempre hay un peldaño más que subir, siempre hay algo más, y sin embargo, no importa cuánto trabajes, nunca será suficiente. El exceso de trabajo es una señal de que probablemente estamos viviendo para nosotros mismos.
Cuarto perfil: el padre preocupado. Se ve impulsado por el temor de no estar haciendo lo suficiente por sus hijos. Hay más programas en los que podrían inscribirse, hay mejores escuelas a las que podrían asistir, hay carreras más prestigiosas que podrían perseguir. El padre preocupado pone a los hijos bajo una presión creciente para que den la talla, porque, después de todo, los hijos son un reflejo de sus padres. Y cuando los hijos toman malas decisiones o tienen dificultades en sus estudios, parecen estar fracasando, y entonces el yo tirano exige esa satisfacción. Y eso, hermanos, puede ser una señal de que probablemente estás viviendo para ti mismo.
Tal vez suene algo loco y arriesgado, ciertamente, pero nadie ha hecho algo más radical y extremo que Cristo, quien dejó su trono y su gloria para humillarse, tomando forma de siervo, para venir a buscar a pecadores perdidos y rebeldes enemigos, para llevar sobre sus propios hombros la carga de nuestros pecados y pagar con su propia vida el castigo de nuestra maldad. Y es cuando Pablo entiende eso, cuando Pablo entiende eso en su corazón, que ya no pudo vivir de otra manera. Y por eso es que le escribió el versículo 17, que quizás es el que conocemos todos de este capítulo: "De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron, y ahora todas han sido hechas nuevas."
La medida del amor de Dios es incomparable, pero en la medida en que tú y yo entendemos el amor de Cristo, vamos a estar dispuestos a vivir a partir de ese amor. Tú recuerda el relato de Lucas capítulo 7: la mujer pecadora. Todo el pueblo la conocía por quién era ella y por lo que hacía. Jesús está sentado a la mesa, cenando con un fariseo, y esa mujer irrumpe en la sala. Tú sabes la escena: se postra a los pies de Jesús con sus lágrimas, empieza a lavar los pies del Señor, los seca con sus cabellos, y después toma un frasco de perfume y lo derrama en los pies de Jesús. Todos están impactados por lo que está pasando allí en esa escena, todos están viendo lo que esta mujer está haciendo, pero Jesús conocía su corazón. "Sus muchos pecados han sido perdonados, porque amó mucho." Esta mujer estuvo dispuesta a rendirse a los pies del Maestro porque ella entendió el amor del Señor, y ella entendió que el amor de Cristo no se basa en lo que tú y yo merecemos, sino en lo mucho que Él pagó por nosotros. Y ese amor, cuando tú y yo lo entendemos, nos controla, nos quebranta, pero también nos transforma.
Así que Pablo y esta mujer entendieron, hermano: no somos amados por ser dignos, somos amados porque Cristo murió en nuestro lugar. Y cuando alguien cree eso, cuando mira la cruz y dice "eso es para mí, esa cruz fue por mí", ya no podemos vivir igual.
La tercera motivación de Pablo era la misión de Dios, versículos 18 al 21. En una ocasión, el pastor John MacArthur —todos creo que conocen al pastor John MacArthur, un predicador muy reconocido en Estados Unidos— contó una anécdota acerca de un viaje. Él iba para Texas en la aerolínea Southwest, que es una aerolínea que tiene fama por otras cosas. Y lamentablemente le tocó subir casi de los últimos al avión, en el lugar que a nadie le gusta, que es la silla del medio. Así que MacArthur se subió casi hasta la parte de atrás del avión, se sentó en la silla del medio, y a su lado se sentó un hombre de aspecto árabe.
MacArthur sacó su Biblia, bajó su mesita, la puso, puso su cuaderno de notas, empezó a estudiar, a sacar unas notas y demás. El hombre de al lado lo miraba y volvía a mirar al frente otra vez. MacArthur se dio cuenta de que le estaba mirando. Después de un momento, el hombre se animó a hacerle una pregunta: "Le voy a hacer una pregunta." "Sí, claro." "¿Eso es una Biblia?" "Sí, eso es una Biblia." "Le voy a hacer una pregunta religiosa, muy curiosa, pero claro, ¿qué quiere saber?" El hombre le dijo: "¿De dónde yo vengo, todos creemos lo mismo? Uno no elige, todos creemos lo mismo; somos musulmanes, todos estamos en la misma página. Pero yo en América veo que hay bautistas, presbiterianos, anglicanos, católicos, evangélicos, y yo no entiendo todas las diferencias. ¿Usted me podría explicar por qué aquí hay tantas diferencias?"
MacArthur se tomó el tiempo para explicarle. Dice que trató de hacerlo lo más sencillo posible para que un hombre que no tiene ningún contexto pudiera entender. Y entonces MacArthur dijo: "Bueno, ahora que yo te expliqué, ahora yo te puedo hacer una pregunta a ti." Y el hombre le dijo: "Bueno, sí, está bien."
Ustedes tienen pecados. Y él le dijo: "Sí, claro, nosotros tenemos tantos pecados que yo ni sé contarlos." Y le dijo: "¿Y tú pecas?" Entonces el hombre le dijo: "Por supuesto." MacArthur cuenta que el hombre le dijo: "De hecho, voy a Texas a pecar." Era bastante abierto este señor. Y le dijo: "¿Y tú, qué piensas al respecto de eso que tú haces?" Entonces dijo: "Bueno, seguro que se piensa que todo esto está muy mal y posiblemente yo me voy a ir al infierno." "¿Y por qué no dejas de hacerlo entonces?" "No puedo," le dijo él. "Yo no puedo dejar de hacerlo." "Pero, ¿tú tendrías alguna esperanza para evitar ir al infierno?" Y él dijo: "Solamente que Dios me perdone." No "alá", no dijo "alá."
Entonces MacArthur se quedó mirándolo y le dijo: "Bueno, pues yo conozco al Dios verdadero personalmente, y Él no va a perdonarte así no más." Y el hombre se quedó con los ojos abiertos, porque ustedes saben que en la cosmovisión musulmana ellos no conciben que alguien pueda conocer a Dios, que es trascendente. No hay nadie que pueda llegar hasta esas alturas. Entonces el hombre le dice: "¿Tú conoces a Dios personalmente?" Y van en el avión, estaban en el asiento del medio. "Tú deberías tener tu propio avión con eso que tú me estás diciendo."
Y MacArthur dice: "Bueno, yo tomé la oportunidad ahí para decirle: a menos que tú seas reconciliado con Dios, quien ha diseñado un camino para que tú puedas volver a Él y estar con Él, así es que tú podrás llegar a ser perdonado." Y el hombre le dijo: "Dime cuál es ese camino." Entonces MacArthur dice que el resto del viaje fue compartirle el Evangelio. Pero ese camino, hermano, es del que Pablo está hablando aquí en los versículos 18 y 19.
A diferencia de todas las religiones del mundo antiguo, donde el ser humano tiene que buscar la reconciliación con su Dios, en el Evangelio de Cristo es Dios quien toma la iniciativa. Ese Dios que está allá arriba en santidad, en donde todas las religiones del mundo están diciendo: "Tú tienes que escalar y tratar de subir para llegar a Él, y tienes que cumplir esto y esto y esto y esto, y tú no lo vas a lograr de todas maneras." Y el Evangelio nos dice: "Tú no tienes que subir, tú no puedes subir, tú no vas a llegar, y por eso es que Yo vengo a ti." Por eso es que Dios encarna y viene a buscarnos a nosotros.
Como dijo el teólogo Alexander McLaren: "Suplicar por amor y rogarle al enemigo que abandone su enemistad no es lo que hace un rey, eso es lo que hace un rebelde. Pero aquí, en una sublimación que trasciende todo precedente humano, el amor entronado se inclina para rogarle al rebelde, que ya está impotente a sus pies, que abandone su amargura y regrese a la gracia que está lista para derramarse sobre él."
Pablo está hablando aquí y él empieza a usar un lenguaje comercial cuando en el versículo 19 dice que Dios no tomando en cuenta a los hombres sus transgresiones. Él no está diciendo que tus pecados y mis pecados los ignora, porque Él se tapa los ojos para no ver lo que tú estás haciendo. No, eso no es lo que Pablo está diciendo. Está diciendo: Dios ve. Recuerden, Dios ve todo lo que tú y yo hacemos. Lo que pasa es que Él ve lo que tú y yo hacemos y ese pecado no lo pone a tu cuenta, lo pone a la cuenta de Cristo. Porque Él no toma en cuenta a los hombres sus transgresiones: todos nuestros pecados, sean por ignorancia o por rebelión deliberada, no son imputados a nosotros porque han sido cargados a la cuenta de Cristo.
Pero eso no es todo. Pablo continúa diciendo que Dios nos ha encomendado a nosotros la palabra de la reconciliación, y por eso somos embajadores. Y aquí es donde se reúne y se resume toda nuestra identidad: Dios, el autor de la reconciliación; Cristo, el medio de la reconciliación; y tú, hermano, el mensajero de la reconciliación. No tienes que inventarte un mensaje, solo somos llamados a proclamarlo. No somos los que producen la reconciliación, somos los que anuncian algo que ya fue logrado por Cristo.
Yo sé que como aquí hay niños y hay muchos padres y madres, todos se identifican. Cuando uno le pide a un niño hacer algo y al niño se le olvida lo que yo le dije... Yo le pido cosas a mis hijos y dan tres pasos y ya se les olvida qué fue lo que yo dije. Y así le pasa a un niño a cuyo padre le da un billete y lo manda a la tienda y le dice: "Mira, cómprame esto, esto y esto." El niño se va contento con el billete. El bolsillo se va a la tienda y entonces, cuando va en la calle, se encuentra con los amiguitos que están jugando pelota, se detiene a jugar un poquito, sigue caminando, pasa por un par de vitrinas, se distrae con todo lo que hay en las vitrinas. Y cuando llega a la tienda: "Ya no me acuerdo qué fue lo que me mandó a comprar mi papá." Así que dice: "Como que era... ya estoy aquí, me voy a comprar un par de chocolates, unos dulces, unas papitas." Y regresa a la casa con una funda llena de cosas que su padre no le pidió.
Pero eso no les pasa solo a los niños, hermanos, eso nos pasa a nosotros. Nosotros hemos sido enviados por nuestro Padre celestial con un encargo, un encargo claro: proclamar su mensaje de reconciliación. Pero cuando tú y yo caminamos por este mundo lleno de bullicio, de bulla, de distracción, en las vitrinas de los deseos nos distraemos a tal punto que terminamos gastando nuestra vida en cosas que nuestro Padre no nos pidió.
Y muchos decimos: "No, hermano, no es que yo me olvide, yo sé cuál es mi misión. Yo soy cristiano, yo sé que soy un embajador. Lo que pasa es que estoy muy ocupado, tengo muchas cosas: trabajo, familia, estudios, compromisos." Todo eso es importante, todo eso es legítimo, es bueno. Pero aquí está el problema: tú y yo podemos vivir vidas llenas y al mismo tiempo vacías del propósito para el cual fuimos enviados. Podemos terminar el día exhaustos, pero no haber hecho lo que más importa.
Y eso es lo que Pablo quiere decirnos aquí, esto es lo que Pablo quiere despertarnos para ver: Dios nos salvó no simplemente para que tú y yo vivamos vidas decentes y ocupadas, sino para que seamos sus mensajeros. Eso no significa que tú tienes que abandonar tu trabajo, eso no significa que tú tienes que renunciar a tus responsabilidades; no, todo lo contrario. Pablo nos llama a ver nuestro trabajo, nuestra familia, nuestras relaciones, nuestra universidad, nuestro colegio como el campo donde nosotros llevamos a cabo nuestra misión. La pregunta no es si tú y yo debemos seguir en nuestras tareas diarias, sino: ¿cómo estoy usando mi vida para reflejar el amor de Cristo y hablar de la reconciliación ahí donde Dios me ha puesto? El lugar donde tú estás es una oportunidad que Dios te da para representarlo. Y, hermano, no hay nada más valioso que eso.
Y yo quiero terminar ilustrándote esta verdad con la historia de Esperanza. Esperanza, una madre soltera de cuatro muchachos, encontró en Cristo el propósito de su vida. En medio de tanta dificultad como madre soltera de cuatro muchachos, a donde quiera que ella iba, predicaba el Evangelio. Si Esperanza se iba a cortar el cabello, le predicaba a la que le cortaba el cabello. Si Esperanza atendía a alguien como secretaria del lugar donde ella trabajaba, ahí les hablaba a las personas de Cristo. A sus jefes les hablaba de Cristo. Con cada persona que ella se encontraba le hablaba de Cristo.
Esperanza, por la gracia de Dios, a los cincuenta años se casó, y se casó con un misionero. Ellos vivían entonces en una comunidad donde al final de esa comunidad había una aldea, una pequeña comunidad de gente de muy escasos recursos. Pero para que esa gente pudiera llegar ahí donde ellos vivían, tendrían que atravesar todo ese recinto habitacional, esas residencias. Y ahí no entra transporte público, no permitían entrar transporte público, así que esas personas tenían que caminar por lo menos una hora para poder llegar a sus casas.
Entonces lo normal era que cuando tú pasabas por ahí, a la entrada de ese complejo habitacional, veías a muchas personas con ropas humildes pidiendo un aventón, una bola, un jalón. Y ya tú sabes qué hacía Esperanza, ¿cierto? Esperanza paraba el carro, montaba a las personas que podía y las llevaba lo más lejos que ella podía. Y cuando ya las llevaba, ¿qué hacía Esperanza? Les hablaba de Cristo.
Ella empezó a ver, junto con su esposo, la gran necesidad que había allí en esa comunidad. Entonces una vez mandó a hacer unos volantes: "Vamos a empezar a hacer una reunión en nuestra casa para compartirles a las personas de Cristo." Mandó a hacer unos volantitos para tener una reunión mensual los domingos en la tarde, los repartió, y la respuesta fue impresionante. La gente estaba deseosa de escuchar. Claro, llegaban todas las familias con sus muchachitos para disfrutar un tiempo de comer algo y de escuchar la Palabra del Señor. Pero fue tan grande la respuesta que ya no se daban abasto con el espacio.
Así que Esperanza y su esposo decidieron remodelar el segundo nivel de su casa; bueno, no había segundo nivel. Mandaron a construir un segundo nivel, un salón grande para poder recibir a estas personas, y empezaron una vez al mes con reuniones para esta comunidad. Pero no se quedaron ahí, porque Esperanza seguía viendo la necesidad junto con su esposo. Cuando ellos iban a visitar a estas personas en esa aldea se daban cuenta de que eran personas que vivían en casas de madera, tablas con una lámina, no tenían servicio, no tenían nada. Era una sola habitación donde vivían fácilmente cuatro, cinco, seis personas. Así que empezaron a recaudar fondos, a reunir fondos para poder plantearse la meta de construir diez casas para estas familias.
Pero no solo eso, sino que ahí en esa comunidad hay una escuelita pública que no se da abasto. Los niños faltan muchas veces a clase porque no hay maestros, porque no hay clases. Así que Esperanza, viendo la necesidad junto con su esposo, decidieron abrir un colegio en su casa, donde ahora tienen veintisiete niños que llegan todos los días para recibir clases gratis y recibir un almuerzo todos los días.
La Franza tiene casi 70 años. Su esposo, que tiene 83 años, fue maestro del seminario por muchos años, pero ahora está luchando con episodios frecuentes de pérdida de memoria. Las rodillas de Esperanza ya están fallando y está teniendo algunos pequeños problemas en su cadera. El paso de los años está cobrando factura, como dice Eclesiastés: los hombres fuertes se encorvaron y hasta las cosas más pequeñas se vuelven una carga.
La memoria falla, los ojos se nublan, el cuerpo se desgasta, pero el corazón de Esperanza y su esposo arde con fuerza por el Señor. Porque aunque el cuerpo se debilita, el alma está bien plantada. Como dice el Salmo 92, son como palmeras en la casa del Señor, que aún en su vejez dan fruto y están vigorosos. No porque la carne sea fuerte, sino porque el temor del Señor tiene raíces profundas, y el amor de Cristo los controla, y porque la misión de Dios late en sus pechos como el primer día.
Yo tengo el honor y el privilegio, en un día como este, de compartirles que Esperanza es mi mamá. Pero si tú ves a alguien que se invierte, que derrama su vida por Cristo, es porque alguien ha entendido el amor de Dios. Si Dios lo dio todo por ti, ¿qué vas a dar tú? Yo le decía a mi mamá: "Abrió un segundo piso para traer gente que usted no conoce. ¿Qué necesidad?" Pudiendo estar de vacaciones, pudiendo invertir su vida y su tiempo en tantas otras cosas que el mundo te ofrece.
Pero que tú y yo tengamos claro para qué estamos aquí es solo lo que el Señor quiere: que tú y yo podamos vivir nuestras vidas para Él, sabiendo que Él te ve, sabiendo todo lo que Él dio por ti. Que sea el amor de Cristo el que llene tu corazón y te controle a tal punto que todo lo que tú haces —en tu trabajo, en tu familia, con todo lo que el Señor te ha dado— hermano, que sea para Él, que sea para Él. Porque tú y yo somos Sus embajadores.
Yo quiero terminar leyendo para ti justamente la porción que sigue: 2 Corintios 6:1-2. Pablo dice: "Como colaboradores de Dios, les suplicamos que no reciban ese maravilloso regalo de la bondad de Dios y luego no le den importancia." ¡Wow! Y nosotros hemos recibido el maravilloso regalo de la bondad de Dios y nos hemos olvidado.
Quiero que inclines tu rostro, cierres tus ojos, y vamos ahora en oración. Señor, gracias por tu Palabra. Gracias, Señor, porque cada día tú nos alientas, nos instruyes, nos corriges y alineas nuestro corazón. No necesitamos tanto, Señor. Hoy yo quiero pedirte perdón, junto con mis hermanos, con esta iglesia, por las tantas veces, Señor, en que nosotros hemos vivido temiendo al hombre y no temiéndote a ti.
Por las múltiples veces y las diversas maneras en que, Señor, nuestro corazón ha estado lleno de tantos deseos por construir nuestros propios reinos y vivir para nosotros mismos y nuestros placeres, que dejamos de ver lo que verdaderamente importa y la razón por la cual tú nos has puesto en este mundo. Te quiero pedir perdón, Señor, por las múltiples veces en que tú nos has mostrado de manera clara cómo es que nosotros podemos invertir nuestra vida, edificar nuestra vida, y hemos sido desobedientes y hemos sido negligentes.
Perdónanos, Señor. Perdónanos, porque siendo embajadores tuyos no te hemos representado bien. No hemos hecho lo suficiente para corresponder al gran amor que tú nos has mostrado. Tú, siendo el Rey de gloria, el Dios poderoso sentado en su trono, que se inclina hacia rebeldes y enemigos para suplicarles: "Reconcíliense conmigo." Este es el amor que tú nos llamas a imitar. Ese es el amor que tú nos has dado. Ayúdanos a vivir conforme a eso.
Señor, si hay alguien aquí que ha resistido tu amor abrazando su pecado, quizás tratando de ganar su propia justicia, tú hoy le dices: "Deja de pelear, cesa esa tu guerra. Yo he hecho la paz. Ven a casa." Si este es un día de salvación para algunos que quizás te habían oído de lejos pero que ahora te conocen: "A mí ven. Oh, cuán grande amor tú nos has dado."
Pero, Señor, para aquellos que hemos sido reconciliados contigo, ayúdanos a vivir como embajadores fieles, vasos de barro para anunciar tesoros eternos. Y si hay alguien aquí que piensa: "Bueno, no sé cómo hacerlo, no sé cómo hablarle a alguien de Cristo", tú nos dices: el poder está en el mensaje, no en el mensajero. Ayúdanos a vivir, Señor, con una perspectiva eterna de la vida, que podamos reconocer hoy que todo lo que yo tengo es tuyo.
Señor, mi vida no es mía, te pertenece. Mis hijos no son míos, te pertenecen. Mi empresa no es mía, te pertenece. Mi trabajo no es mío, te pertenece. Lo que yo tengo en el banco no es mío, te pertenece. Todo lo que yo soy, te pertenece. Por lo tanto, yo quiero, Señor, que en todo lo que yo soy, en todo lo que yo hago y en todo lo que yo tengo, pueda vivir para ti. Te lo pedimos en Cristo Jesús. Amén.
Gracias por acceder a este recurso. Espero que haya sido de gran bendición para tu vida. Te sugiero que te suscribas a este canal, de forma que puedas recibir notificación la próxima vez que hayamos subido un nuevo recurso que pueda servirte de instrucción y bendición.
Fabio Rossi es colombiano y vivió en Guatemala desde su juventud, donde completó una Licenciatura en Biblia y Teología con especialidad en Música Sacra y sirvió durante diez años como parte del equipo pastoral de su iglesia local. Obtuvo una Maestría en Divinidades en el Southern Baptist Theological Seminary (SBTS) y se desempeñó como director ejecutivo de Coalición por el Evangelio. Actualmente vive en la República Dominicana con su esposa Carol y sus dos hijos, donde sirve como pastor en la Iglesia Bautista Internacional, asistente ejecutivo del pastor Miguel Núñez y director de contenido y desarrollo para Ministerios Integridad & Sabiduría.