Integridad y Sabiduria
Cada día… agradece a Dios Su misericordia y fidelidad
Cada día… agradece a Dios Su misericordia y fidelidad

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Vida devocional

Cada día… agradece a Dios Su misericordia y fidelidad

Jenny Thompson de Logroño 1 marzo, 2022

¿Alguna vez, en medio de una crisis, has sentido que Dios está lejos o ajeno a tu situación? No eres el primero ni la primera en experimentarlo. A lo largo de las Escrituras encontramos hombres y mujeres que atravesaron momentos similares, y a través de sus experiencias podemos aprender a responder de una manera que honre a Dios, incluso cuando las circunstancias parecen desmentir Su presencia.

El libro de los Salmos es un compendio de cánticos sagrados escritos por diferentes autores —David, Salomón, Asaf, entre otros— con el fin de guiar al pueblo de Israel a reconocer la soberanía de Dios y moverlo a adoración. En sus páginas encontramos no solo la exaltación del Señor, sino también las vidas de sus autores desnudas ante Sus ojos: su dolor, sus dudas y, sobre todo, su confianza inquebrantable en el carácter de Dios.

El Salmo 89: adorar a Dios en medio de la crisis

El Salmo 89 pertenece a una categoría denominada maskil —del hebreo: cántico o poema contemplativo—, lo que indica que fue escrito para llevarnos a meditar y volvernos entendidos respecto a la situación que el autor presenta. Su autor, Etán Ezraíta, era levita y cantor del templo en la época del reinado de David. Escribió este salmo en un período de crisis nacional, en el que llegó a la conclusión de que Dios había abandonado a Su pueblo escogido. Sin embargo, lejos de rendirse al desánimo, apeló a través de su oración a dos pilares inamovibles del carácter divino: la misericordia y la fidelidad del Señor.

«Por siempre cantaré de las misericordias del Señor; con mi boca daré a conocer Tu fidelidad a todas las generaciones. Porque dije: Para siempre será edificada la misericordia; en los cielos mismos establecerás Tu fidelidad» (Sal. 89:1-2).

Etán conocía bien el carácter de Dios, y fue precisamente ese conocimiento lo que ancló su fe cuando todo a su alrededor se tambaleaba. Esta es la lección más profunda del salmo: el conocimiento genuino de Dios transforma nuestra respuesta ante la adversidad. Así lo confirma el profeta Jeremías: «Si alguien se gloría, gloríese de esto: de que me entiende y me conoce, pues Yo soy el Señor que hago misericordia, derecho y justicia en la tierra» (Jer. 9:24). Dios valora en gran manera que tengamos un conocimiento profundo de Su carácter, porque ese entendimiento nos capacita para responder con un corazón agradecido en todas las circunstancias de la vida.

La misericordia y la fidelidad de Dios: dos pilares eternos

La palabra hebrea que el Antiguo Testamento emplea con mayor frecuencia para definir la misericordia es hesed, que significa bondad, gracia, amor entrañable y fidelidad. Es una compasión que se traduce en acción: Dios no solo se compadece de nosotros, sino que activamente busca hacernos el bien. La fidelidad, por su parte, se expresa en hebreo con el término aman, que transmite la idea de firmeza y estabilidad. La fidelidad de Dios no es un sentimiento; es Su carácter mismo, revelado a través del cumplimiento de Sus promesas a lo largo de toda la historia de la redención.

«Reconoce, pues, que el Señor tu Dios es Dios, el Dios fiel, que guarda Su pacto y Su misericordia hasta mil generaciones con aquellos que lo aman y guardan Sus mandamientos» (Dt. 7:9).

La expresión más plena de esta misericordia y fidelidad divinas es la cruz de Jesucristo. Dios nos dio la muestra más grande de Su amor al rescatarnos del pecado mediante el sacrificio de Su Hijo. Cuando confesamos a Cristo nuestros pecados y lo reconocemos como Señor y Salvador, somos perdonados y limpiados, porque Jesús llevó sobre Sus hombros el castigo que merecíamos y nos abrió el camino al trono celestial, donde encontramos gracia y misericordia cada día. «Pero Dios, que es rico en misericordia, por causa del gran amor con que nos amó, aun cuando estábamos muertos en nuestros delitos, nos dio vida juntamente con Cristo» (Ef. 2:4-5).

Tanto la misericordia como la fidelidad son atributos intrínsecos de la naturaleza divina. Dios no tiene que esforzarse para mostrarlas; simplemente fluyen de lo que Él es. Y es esa realidad la que el salmista proclama con asombro en Lamentaciones: «Que las misericordias del Señor jamás terminan, pues nunca fallan Sus bondades; son nuevas cada mañana; ¡grande es Tu fidelidad!» (Lam. 3:22-23).

Paul David Tripp, en su libro devocional Nuevas Misericordias Cada Mañana, lo expresa de forma memorable: «Una de las realidades más asombrosas de la vida cristiana es que, en un mundo donde todo está en algún estado de descomposición, las misericordias de Dios nunca decaen. Son hechas a la medida de los retos, las decepciones, los sufrimientos, las tentaciones y las luchas internas y externas contra el pecado».

Son nuevas cada mañana; ¡grande es Tu fidelidad!

Una confianza anclada en el carácter de Dios

En medio de la prueba, la respuesta del creyente no depende de que las circunstancias cambien, sino de que sus ojos estén fijos en el Dios que no cambia. Como Etán Ezraíta, podemos elevar nuestra voz al Señor con la certeza de que Su misericordia y fidelidad no están condicionadas por nuestra debilidad ni por nuestra inconsistencia. Podemos cometer errores y caer, pero Dios permanecerá fiel, mostrándonos Su eterna bondad en la medida exacta de nuestra necesidad: nunca nos sobrará, pero tampoco nos faltará.

«Porque los montes serán quitados y las colinas temblarán, pero Mi misericordia no se apartará de ti, y el pacto de Mi paz no será quebrantado», dice el Señor, que tiene compasión de ti» (Is. 54:10).

Que esta verdad no se quede en el ámbito del conocimiento intelectual, sino que descienda al corazón y transforme nuestra adoración. Cada mañana que abrimos los ojos es una nueva oportunidad de confiar en un Dios cuyas promesas están establecidas en los cielos y cuya misericordia nunca falla.

Profundiza en las Escrituras: Dt. 7:9 · Neh. 9:17 · Sal. 103:17a · Jer. 3:12

Jenny Thompson de Logroño

Jenny Thompson de Logroño

Jenny Thompson de Logroño es esposa del pastor Reynaldo Logroño y madre de Celso, Sebastián y Reynaldo. Es licenciada en Administración de Empresas con amplia experiencia en el ámbito escolar. Miembro de la IBI desde 2007, es diaconisa, directora del Ministerio de Escuela Bíblica Dominical y parte del cuerpo de consejeros y del equipo de mujeres Ezer.

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