IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
La pandemia llegó sin avisar y lo cambió todo. Las frases que antes parecían impensables —«quédate en casa», «no mandes a los niños a la escuela», «solo sal si es absolutamente necesario»— se convirtieron de repente en la nueva normalidad. Esta situación nos sacó de la rutina, nos encerró entre cuatro paredes y nos dejó con una pregunta que pocos sabían cómo responder: ¿y ahora qué?
Quizás te has sentido abrumado, cansado o desorientado. Tal vez has leído con agotamiento las sugerencias de aprovechar el tiempo para organizar closets, aprender un idioma o tocar un instrumento, y te has preguntado: «¿En qué momento?». Es una pregunta completamente válida. Sin embargo, hay otra manera de ver este tiempo —una perspectiva que no depende de la productividad, sino del propósito.
Hay una verdad que puede resultar incómoda, pero también profundamente liberadora: Dios nos puso en cuarentena justo en el lugar donde Él quería que estuviéramos. No importa cuál sea la situación particular de cada uno —una relación de pareja en crisis, hijos que requieren supervisión constante, padres adultos que cuidar, trabajo desde casa o soledad—, es precisamente en ese escenario donde Él tiene algo que enseñarnos.
El Salmo 90 contiene una oración que resulta especialmente oportuna: «Enséñanos a contar de tal modo nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría» (Sal. 90:12). Dios está pendiente de cada uno de nuestros días y desea instruirnos, pero no siempre estamos atentos para recibir Su sabiduría. Cada día de confinamiento cuenta; es parte de la historia que Dios está escribiendo en nuestras vidas. Él tiene un propósito con la humanidad entera y también uno específico para cada uno de Sus hijos.
El error más común es ver el propósito de Dios y las ocupaciones del día como dos realidades opuestas. No lo son. Mientras nos movemos por la casa —cocinando, supervisando tareas, respondiendo correos—, hay una voz interior que nos señala áreas que deben ser revisadas y momentos que deben ser disfrutados. La clave está en aprender a escucharla.
Escuchar la guianza de Dios en medio del ajetreo doméstico no es tarea fácil. Requiere intencionalidad. El primer paso, y el más importante, es separar tiempo para estar en Su presencia, no como un trámite espiritual, sino como una necesidad real. Si es posible, levantarse antes que el resto del hogar puede ofrecer un tiempo exquisito de quietud: leer la Biblia, meditar en lo que se ha leído, escribir algunas notas y orar con honestidad, entregándole el día al Señor.
No es conveniente negociar ese tiempo. Así sea breve, la oración al inicio del día marca la diferencia. Y no se trata solo de hablar con Dios sobre nuestras circunstancias, sino de meditar en quién es Él. ¿Qué quiere Dios de nosotros en este tiempo? Él sabe perfectamente que nuestro día tiene veinticuatro horas, y tiene una agenda y un propósito para cada uno de ellos. El rol que nos corresponde no es arreglar el universo, sino ser fieles al llamado que Él nos ha entregado.
Mantener esa comunicación a lo largo del día es igualmente fundamental. El apóstol Pablo lo expresa con claridad: «El Señor está cerca. Por nada estéis afanosos; antes bien, en todo, mediante oración y súplica con acción de gracias, sean dadas a conocer vuestras peticiones delante de Dios. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús» (Fil. 4:5b–7). Buscar Su sosiego antes de que el día se acelere permite andar con más calma y claridad.
Con esa base espiritual, es posible organizar el día con mayor ecuanimidad. Una herramienta sencilla pero poderosa es el plan semanal: distribuir las tareas a lo largo de los días, en lugar de intentar hacerlo todo de una vez. No es necesario hacerlo todo hoy; el confinamiento ofrece tiempo suficiente para avanzar de manera gradual.
La palabra clave en este proceso es equilibrio. Un buen plan incluye no solo trabajo y obligaciones, sino también descanso, momentos de disfrute y espacios de conexión familiar. Los fines de semana, en particular, pueden diseñarse de manera diferente a los días laborales, con actividades que rompan la rutina y recarguen las energías de todos en casa.
Si se está en cuarentena acompañado de la familia, involucrar a cada miembro según su capacidad no solo es posible, sino necesario. Esto supone conversar con tranquilidad —no con tensión ni exigencia—, pedir ayuda de forma adecuada y en el momento oportuno, y asumir que los hijos no organizarán como sus padres, ni el cónyuge hará las cosas exactamente al mismo ritmo. Y está bien. En esa dinámica imperfecta se descubren facetas del carácter de cada uno, y también las propias áreas que necesitan ser cultivadas: paciencia, empatía, flexibilidad.
No estás solo: Dios está contigo… ¡y tu familia también!
Al final del día, vale la pena tomarse unos minutos para reflexionar sobre lo ocurrido: lo agradable, lo sorpresivo, lo difícil. Observar dónde fue necesario ir más despacio, dónde se perdió la paciencia, qué actitudes deben cambiar. Y antes de dormir, bajar el ritmo con intención: música suave, luces tenues, alejarse de las pantallas y, si se va a leer, que sea la Biblia.
Jesús mismo nos enseñó: «Por tanto, no os preocupéis por el día de mañana; porque el día de mañana se cuidará de sí mismo. Bástele a cada día sus propios problemas» (Mt. 6:34). Cada día tiene su propio peso; no es necesario cargarlo por adelantado.
Por último —y esto no es menor—, cultivar la gratitud transforma completamente la experiencia del confinamiento. Dios ha orquestado un tiempo en familia más largo y significativo que cualquier vacación planificada. Este período será memorable para todos; la pregunta es: ¿cómo lo recordaremos? ¿Qué habremos aprendido de nosotros mismos y de quienes amamos? ¿Qué áreas de pecado se hicieron visibles? ¿Qué nuevos compromisos habremos hecho delante de Dios? No hace falta irse a un retiro espiritual; estamos en uno. Solo hay que invitar a Dios a la agenda y confiar en que Él es suficiente para que este tiempo no sea desperdiciado.
Cornelia Hernández de Matos está casada con Ezequiel Matos. Es médico y terapeuta familiar, sexual y de parejas, y sirve como consejera bíblica en la Iglesia Bautista Internacional y en la Iglesia Piedra Angular en Santo Domingo, República Dominicana. Es autora del libro Puro sexo puro: Un regalo de Dios para toda mujer que anhela un matrimonio pleno. Cornelia es graduada del Instituto Integridad & Sabiduría y disfruta escuchar a otras mujeres y contemplar la obra de Dios en ellas “en primera fila”. Es co-host del podcast Para ser sinceras, donde enseña sobre feminidad bíblica. Puedes encontrarla en Instagram.
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