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Cristo nos espera
Cristo nos espera

Foto de Natalia Olivera en Pexels

Vida cristiana

Cristo nos espera

Cathy Scheraldi de Núñez 3 diciembre, 2024

La familiaridad puede ser una trampa silenciosa. Conocemos tan bien la historia de la Navidad que rara vez nos detenemos a contemplar su profundidad. La leemos, la escuchamos, la cantamos —y sin embargo, algo esencial se nos escapa cuando no pausamos para meditar en lo que realmente dice. Belén no es solo el escenario de un hermoso relato de cuna; es el punto de llegada de una historia generacional que Dios había estado tejiendo pacientemente desde mucho antes de que ninguno de los personajes del pesebre hubiera nacido.

Miqueas anunció el lugar con quinientos años de anticipación: «Pero tú, Belén Efrata, aunque eres pequeña entre los clanes de Judá, de ti me saldrá el que ha de ser gobernante en Israel» (Miq. 5:2). Sin embargo, la historia comienza aún antes. Para apreciar el peso pleno de lo que ocurrió esa noche en Belén, hace falta recorrer el camino largo.

El hilo generacional que conduce al pesebre

Todo empieza con Jacob y sus dos esposas: Raquel, la amada, y su hermana Lea, la rechazada. Más de mil quinientos años antes del nacimiento de Cristo, estos personajes ya formaban parte del plan. De los hijos de Lea —la no amada, ignorada por quien debía quererla— descendería la tribu de Judá, y de esa tribu vendría el Mesías. Hay en eso una ironía divina que no puede pasarse por alto: el Hijo de Dios nacería del linaje de la rechazada, y Él mismo sería rechazado por aquellos que debían amarlo.

La historia continúa con Elimelec y Noemí, una pareja que salió de Belén hacia Moab huyendo del hambre. Noemí perdió a su esposo y a sus dos hijos en tierra extranjera, y regresó a su pueblo con las manos vacías y el corazón quebrantado. La acompañó su nuera Rut, una moabita que había abandonado sus dioses para abrazar al Dios verdadero. Rut se casó con Booz, pariente redentor de la familia de Elimelec, y dio a luz a Obed. De Obed nació Isaí. De Isaí nació David. Y de David, siglos después, nacería Jesucristo.

David mismo merece atención especial en esta genealogía. Nació en Belén aproximadamente mil años antes que Jesús (1 Sam. 16:1), y fue en ese mismo pueblo donde Samuel lo ungió como el rey más grande de Israel, «un hombre conforme a Su corazón» (1 Sam. 13:14). El bisnieto de Rut y Booz se convertiría en el eslabón que une a una mujer moabita con el Rey de reyes.

José, María y la «Casa de Pan»

Finalmente llegamos a la pareja que protagoniza el relato navideño: José y María. Aunque habitaban en Nazaret, ambas familias tenían raíces en Belén. Fue el censo imperial el instrumento que Dios usó para que regresaran al pueblo de sus antepasados, cumpliendo así la profecía de Miqueas con una precisión que ningún poder humano podría haber coordinado.

El nombre mismo de Belén es una declaración teológica: en hebreo significa «casa de pan». En ese pueblo de apenas un centenar de habitantes, escondido entre las colinas de Judea, nació Aquel que vendría a curar el hambre más profunda de la humanidad. Jesús mismo lo dijo sin rodeos: «Yo soy el pan de la vida; el que viene a Mí no tendrá hambre» (Juan 6:35). El que creó todo y lo gobierna todo eligió nacer en el lugar más humilde para hacer la obra que cambiaría todo para siempre.

Aquel que ocupa cada espacio y quien creó y gobierna todo eligió venir a un pueblito humilde para hacer la obra que cambiaría todo para siempre.

Vivir con ojos abiertos a la providencia de Dios

La historia de Belén nos llama a algo más que admiración. Nos llama a examinar la manera en que interpretamos nuestra propia vida. ¿Estamos evaluando la realidad como Dios lo hace, o seguimos aplicando nuestros propios criterios de lo que es grande e importante? Dios eligió a la no amada, a la extranjera, al pequeño pueblo olvidado. Eligió lo que el mundo desprecia para revelar su gloria.

Estudiar la Biblia con atención —detenerse, meditar, trazar los hilos de la historia redentora— transforma la manera en que vivimos. El mismo Pariente Redentor que nació en Belén, el Pan de Vida que vino a saciar nuestra hambre espiritual, nos invita hoy a alinear nuestros valores con los suyos. La Navidad no es solo un recuerdo hermoso: es una convocatoria a mirar la historia, y la propia vida, con los ojos de Dios.

Cathy Scheraldi de Núñez

Cathy Scheraldi de Núñez

Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.

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