Integridad y Sabiduria
Dar gracias por tener un trabajo
Dar gracias por tener un trabajo

Foto de George Milton en Pexels

Vida cristiana

Dar gracias por tener un trabajo

Cathy Scheraldi de Núñez 15 marzo, 2022

Vivimos en un mundo caído, y el trabajo —sin importar en qué consista— será difícil. Desde el principio, Dios lo dejó claro en el castigo pronunciado sobre Adán: «Maldita será la tierra por tu causa; con trabajo comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y abrojos te producirá, y comerás de las plantas del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo volverás» (Gn. 3:17-19). Dado que Adán nos representó a todos, ese decreto sigue en pie. Las dificultades laborales no son una anomalía ni una injusticia: son parte de la realidad que heredamos como humanidad.

Lo que muchas veces olvidamos es que esas mismas dificultades son el terreno donde Dios obra de manera más profunda. No debemos sorprendernos ante ellas, sino aprender a levantarnos por encima de ellas con una perspectiva sobrenatural. Nuestro testimonio brilla con mucha más fuerza en medio de las adversidades que cuando vivimos vidas cómodas y sin fricciones.

La dificultad del trabajo en el plan redentor de Dios

Desde la creación, el plan de Dios incluía que el ser humano trabajara para su propio sustento. Lo que cambió con la rebelión no fue la obligación de trabajar, sino su naturaleza: lo que era fácil y placentero se volvió arduo y fatigoso. No obstante, nuestro Dios es tan misericordioso que ha dado a los creyentes la capacidad de brillar «como luminares en el mundo» (Fil. 2:15), precisamente cuando trabajan «sin murmuraciones ni discusiones» (Fil. 2:14) en medio de un mundo torcido y perverso.

Dios nos está formando a la imagen de Su Hijo (Ro. 8:29) a través de las dificultades que, según su propósito, cooperan para nuestro bien (Ro. 8:28), a fin de que caminemos en las buenas obras que Él preparó de antemano para nosotros (Ef. 2:10). El trabajo difícil, entonces, no es un obstáculo para la vida cristiana; es uno de sus instrumentos más poderosos.

Esta verdad contrasta radicalmente con la mentalidad del mundo. La pandemia del COVID-19 lo evidenció de manera dolorosa: en 2020, aproximadamente 97 millones de personas adicionales cayeron en situación de pobreza extrema, viviendo con menos de dos dólares al día. Eso representó un retroceso de cuatro años en el avance global contra la pobreza extrema, elevando la tasa del 7,8 % al 9,1 %. La causa profunda no es únicamente económica: es espiritual. El mundo sigue viviendo de espaldas a Dios, y el resultado es el deterioro progresivo de todo orden humano. Por eso los creyentes esperamos con anhelo el retorno de Cristo, sabiendo que la promesa sigue vigente: «Si se humilla mi pueblo sobre el cual es invocado mi nombre, y oran, buscan mi rostro y se vuelven de sus malos caminos, entonces yo oiré desde los cielos, perdonaré su pecado y sanaré su tierra» (2 Cr. 7:14).

La actitud cristiana frente a la escasez y la adversidad

La mentalidad del mundo se resume en pocas palabras: «Mis derechos, yo merezco, yo soy lo más importante». Un ejemplo publicado en redes sociales lo ilustra bien: una mujer se quejó abiertamente porque su novio, que había perdido su empleo a causa de la pandemia y como padre soltero enfrentaba serias limitaciones económicas, no podía llevarla a cenar a un restaurante de lujo en su cumpleaños. El caso puede parecer extremo, pero revela con claridad la lógica del mundo: la exigencia, el derecho propio y el yo en el centro.

La actitud cristiana es exactamente la opuesta, y tiene un modelo insuperable: Cristo Jesús, quien «aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a Dios como algo a qué aferrarse, sino que se despojó a sí mismo tomando forma de siervo» (Fil. 2:6-7). ¿Cómo se vive esto en la práctica? La Escritura es precisa: «No hagan nada por egoísmo o por vanagloria, sino que con actitud humilde cada uno de ustedes considere al otro como más importante que a sí mismo, no buscando cada uno sus propios intereses, sino más bien los intereses de los demás» (Fil. 2:3-4).

La salvación inmerecida debe estimularnos a transformar nuestra mente para que diariamente nos parezcamos más a Cristo y, al hacerlo, mostrarle al mundo a nuestro Señor.

Esta transformación no es producto del esfuerzo humano. Es imposible sin la morada del Espíritu Santo. Dios es quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer, según su buena voluntad (Fil. 2:13). Por eso, la pregunta que cada creyente debe hacerse no es si el trabajo es difícil —lo es, y es normal que lo sea—, sino si estamos viviendo con la mente renovada (Ro. 12:2) para reconocer ese trabajo como un privilegio dado por Dios para presentar a Cristo ante un mundo que camina a toda velocidad hacia la perdición.

Todo bien viene de lo alto: gratitud como respuesta

Saber que todo lo que tenemos —el empleo, la salud, la capacidad de producir, incluso la adversidad que nos moldea— proviene de la mano de Dios, cambia radicalmente nuestra perspectiva. No merecemos ninguno de estos dones; merecemos, en justicia, una eternidad separados de Él. Esa conciencia de la gracia recibida es el fundamento de una gratitud genuina y de una actitud humilde frente al trabajo.

Por eso, en medio de las dificultades laborales, el cristiano puede y debe elevar su mirada y dar gracias, porque «toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, con el cual no hay cambio ni sombra de variación» (Stg. 1:17). El trabajo difícil también es don de Dios —un don que nos recuerda nuestra dependencia de Él, nos forma a la imagen de Cristo y nos convierte en testimonio vivo de su gracia ante un mundo que lo necesita con urgencia.

Cathy Scheraldi de Núñez

Cathy Scheraldi de Núñez

Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.

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