IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Tima Miroshnichenko en Pexels
Cathy Scheraldi de Núñez • 31 marzo, 2021
«Venid a mí, todos los que estáis cansados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y HALLARÉIS DESCANSO PARA VUESTRAS ALMAS. Porque mi yugo es fácil y mi carga ligera» (Mt. 11:28-30). Estas palabras de Jesús no son una promesa de vida sin dificultades. Son una invitación a algo más profundo y más real: aprender Su humildad y, en ella, encontrar el reposo que el alma necesita.
El secreto que Cristo revela en este pasaje es claro: el descanso está íntimamente ligado a la humildad. Imitar Su mansedumbre no es pasividad; es una decisión deliberada de reorientar nuestra vida entera hacia Él. Pero ¿qué implica eso en la práctica, especialmente cuando el peso de las circunstancias parece aplastante?
Primero: enfocar la mirada en Dios, no en el problema. Cuando mantenemos la atención fija en nuestras dificultades, estas parecen crecer. Las sostenemos tan cerca que llenan nuestro campo visual y Dios, aunque infinito, parece pequeño y distante. Pero cuando intencionalmente desplazamos el enfoque hacia Él, Su poder y grandeza se hacen evidentes, y los problemas recuperan sus dimensiones reales. Este cambio de perspectiva no es negación; es fe en acción.
Segundo: confiar en Su poder y soberanía. Las Escrituras son contundentes al respecto: «¿No estás tú, oh Dios nuestro, en los cielos? ¿Y no te enseñoreas tú de todos los reinos de las naciones? No hay quien se te oponga» (2 Cr. 20:6). Nuestro Dios es el Dios de la historia: la ha escrito y la está llevando a cabo. Sus pensamientos y caminos no son los nuestros (Is. 55:8-9), lo que nos exige una postura de búsqueda activa: aprender a reconocer Su mano en todo lo que ocurre, incluso cuando no entendemos Sus pasos.
Tercero: buscar el propósito que Dios tiene en cada circunstancia. En vez de detenernos en lo negativo, la fe nos llama a buscar lo que Dios está haciendo. Como alguna vez señaló John Piper, Dios siempre está haciendo diez mil cosas a la vez, pero en nuestra debilidad y con un corazón aún no plenamente renovado, las pasamos por alto porque no coinciden con lo que nosotros haríamos. Confiar en que Dios sabe mejor no es ingenuidad; es la respuesta madura de quien conoce Su carácter.
Cuarto: reconocer que las dificultades nos forman a la imagen de Cristo. «Y sabemos que para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para bien, esto es, para los que son llamados conforme a Su propósito» (Ro. 8:28). Es imposible aprender a amar a un enemigo hasta que lo tenemos delante. Perdonar en abstracto es sencillo; hacerlo cuando hemos sido heridos de verdad es cuando descubrimos si lo que creíamos creer es realmente lo que creemos. Las dificultades exponen las áreas de nuestra mente todavía en oscuridad y nos dan la oportunidad de transformarlas para alinearse con Jesús. Y en todo esto podemos descansar en la promesa: «el que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús» (Fil. 1:6).
Quinto: soltar el control. Muchas veces estamos agotados porque queremos controlar todo. No es hasta que nos encontramos en situaciones donde el control es sencillamente imposible que reconocemos cuánto dependíamos de él. Dios es claro en Su Palabra: «Yo soy el Señor, y no hay otro; el que forma la luz y crea las tinieblas, el que causa bienestar y crea calamidades; yo soy el Señor, el que hace todo esto» (Is. 45:6-7). Rendirle el control no es resignación; es adoración.
«La fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve» (He. 11:1). El descanso que Cristo ofrece requiere desarrollar ojos espirituales capaces de evaluar la realidad con la mente de Cristo (1 Co. 2:16). Esto no ocurre de un día para otro; es el fruto de caminar con Él, aprender Sus pasos y Sus formas, y obedecerle. Cuando lo hacemos, Él mismo se nos manifiesta (Jn. 14:21) y «la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestras mentes en Cristo Jesús» (Fil. 4:7).
Su yugo es fácil y Su carga es ligera porque Él es quien la lleva, y no nosotros.
Jesús no prometió que todo sería fácil. Su propia pregunta resuena: «¿La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como el mundo la da. No se turbe vuestro corazón, ni tenga miedo» (Jn. 14:27). ¿Dijo esto porque sabía que todo sería sencillo? Claro que no. Vivimos en medio de una guerra espiritual que continuará hasta que Él nos llame o regrese. Precisamente por eso la paz que ofrece es tan extraordinaria: no depende de las circunstancias, sino de Su persona.
Nada ni nadie puede cambiar los propósitos de Dios, y Él utilizará todo —absolutamente todo— para el bien de los Suyos. El verdadero descanso no se encuentra cuando los problemas desaparecen, sino cuando decidimos confiar en Aquel que los sostiene todos en Sus manos. Todo lo que ocurre fue preconcebido y predicho por nuestro Dios soberano. Confiemos y esperemos en Él: Su yugo es ligero porque es Él quien lo carga junto a nosotros.
Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.
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