IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Todos, en algún momento de la vida, hemos sentido miedo. Soledad, fracaso, enfermedad, muerte: las causas son innumerables, pero la experiencia es universal. El miedo puede definirse como el «estado emocional que surge en respuesta de la consciencia ante una situación de eventual peligro» o, en términos más cotidianos, como el «sentimiento de desconfianza de que pueda ocurrir algo malo». En su origen, esta emoción tiene una función protectora: la adrenalina que libera nos ayuda a reaccionar de forma proporcional ante un peligro real. Sin embargo, la mayoría de las veces el miedo deja de ser un aliado y se convierte en una prisión. Nos paraliza, bloquea nuestra capacidad emocional y nubla el entendimiento.
La razón de fondo es nuestra propia naturaleza humana y pecadora. Somos incapaces, por nosotros mismos, de impedir que una emoción en su origen beneficiosa tome como rehén nuestra mente y nuestro corazón. Por eso la Biblia no guarda silencio frente al temor: una y otra vez, el Señor dirige a Su pueblo con las palabras «no temas», llamándolo a descansar, confiar y poner la fe únicamente en Él (Is. 41:10, 13; Sal. 27:1).
Pocos ejemplos bíblicos ilustran esta tensión con tanta claridad como el del rey David en el Salmo 56. El encabezado del salmo lo sitúa en uno de los momentos de mayor angustia de su vida: perseguido por el ejército de Saúl, David buscó refugio en territorio filisteo creyendo que podría pasar desapercibido. Pero fue reconocido: «¿No es este David el rey de la tierra? ¿No se cantaron unos a otros de él en danzas: "Saúl ha matado a sus miles, y David a sus diez mil"?» (1 S. 21:11). En cuestión de instantes, el hombre que había protegido su rebaño del león y el oso, que se había enfrentado a Goliat con una honda y confianza en el Dios Altísimo, se encontraba atrapado entre dos enemigos sin ninguna salida visible.
Lo más notable de este salmo no es la valentía de David, sino su honestidad. El salmista no disimula ni espiritualiza su emoción: declara abiertamente que tiene miedo. Y es precisamente desde ese lugar de vulnerabilidad que escribe:
Cuando tengo miedo, pongo mi confianza en ti. En Dios, cuya palabra alabo, en Dios confío; no tendré miedo. ¿Qué me puede hacer la carne? (Sal. 56:3-4).
David reconoce el temor en el versículo 3 y, sin pausas ni rodeos, redirige su mirada hacia Dios en el versículo 4. Charles Spurgeon lo observó con precisión: «Él temía, pero ese temor no llenaba toda el área de su mente, ya que añade: "Yo en ti confío". Es posible entonces que el temor y la fe ocupen la mente en ese mismo momento». La fe bíblica no exige la ausencia del miedo; exige que el miedo no tenga la última palabra.
Si la respuesta al miedo es la fe, la pregunta inevitable es: ¿cómo se fortalece esa fe? La respuesta es tan sencilla como exigente: mediante un conocimiento cada vez más profundo de Dios. Mientras más conocemos Su carácter y Sus atributos, mayor es la confianza que podemos depositar en Aquel que se revela a través de las Escrituras. David no confiaba en una idea abstracta de la divinidad; confiaba en el Dios de Israel que le había demostrado Su fidelidad de manera personal y repetida.
Las Escrituras presentan a ese mismo Dios de forma consistente: Él sana y salva (Dt. 32:39), está cerca de quienes le invocan (Sal. 145:18), libra de la muerte (2 Co. 1:10), actúa con poder incomparable (Ef. 1:19), no es indiferente a nuestras ansiedades (1 P. 5:7), está a favor de los Suyos (Ro. 8:31) y es el único que puede dar verdadera paz (Jn. 16:33). El Salmo 119, en particular, es una cantera inagotable de versículos que muestran cómo la Palabra de Dios tiene poder para dominar el temor: «Tú eres mi escondite y mi escudo; en tu palabra espero» (Sal. 119:114); «Me levanto antes del amanecer y clamo por ayuda; en tus palabras espero» (Sal. 119:147).
«Es posible entonces que el temor y la fe ocupen la mente en ese mismo momento.» — Charles Spurgeon
No importa cuán paralizantes sean las circunstancias: Dios se revela abiertamente en las Escrituras para que Su pueblo entienda que Él es fiel a Su Palabra (2 Ti. 2:13), que no cambia ni tiene sombra de variación (Stg. 1:17), y que ama y tiene compasión por Sus hijos con amor eterno (Jer. 31:3). Poner la confianza en que Sus promesas serán cumplidas llena el alma de un gozo inefable y hace posible una vida libre del dominio del temor, porque la fe está anclada en Aquel que es la Roca de nuestra salvación.
Cuando el miedo nos inunde, corramos a los pies de Cristo. Derramemos nuestro corazón delante de Él, traigamos a nuestra mente Sus promesas y digamos junto al salmista: «Pongo mi confianza en ti… y no tendré miedo» (Sal. 56:3-4).
Jenny Thompson de Logroño es esposa del pastor Reynaldo Logroño y madre de Celso, Sebastián y Reynaldo. Es licenciada en Administración de Empresas con amplia experiencia en el ámbito escolar. Miembro de la IBI desde 2007, es diaconisa, directora del Ministerio de Escuela Bíblica Dominical y parte del cuerpo de consejeros y del equipo de mujeres Ezer.
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