IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Isaías presenta al Señor como el Santo y Todopoderoso que destruye a sus enemigos, pero también como el buen Padre que tiene misericordia de sus hijos. Aunque Su pueblo había pecado al punto de merecer Su disciplina —«Tú escondiste Tu rostro de nosotros» (Is. 64:7)—, Su misericordia permanece firme: nunca olvida a los suyos. Esta doble realidad —la majestad del Creador y la ternura del Padre— es el corazón de la imagen que el profeta nos entrega en Isaías 64:8: «Mas ahora, oh SEÑOR, Tú eres nuestro Padre, nosotros el barro, y Tú nuestro alfarero; obra de Tus manos somos todos nosotros».
En ese versículo conviven dos verdades que se complementan: el poder absoluto de Dios sobre Su creación y el afecto incondicional de un Padre que moldea a sus hijos con cuidado. Comprenderlas juntas transforma no solo la manera en que vemos a Dios, sino también la manera en que nos vemos a nosotros mismos.
Ser «obra de Sus manos» no se agota en la creación física. El barro no simplemente recibe forma una vez y queda abandonado sobre el estante; el alfarero trabaja sobre él con constancia, con presión, con calor. De la misma manera, Dios no se limita a darnos existencia: nos transforma.
El corazón quebrantado por el pecado es sanado en Sus manos. La mente oscurecida por las tinieblas recibe luz. El alma cansada se refresca cuando encuentra su propósito verdadero en Él. No importa cuán lejos hayamos llegado en nuestra desobediencia o cuán extraviados estemos: el amor del Padre nos atrae de regreso al único lugar donde pertenecemos, bajo Sus alas, donde Él provee todo lo que necesitamos.
Esta transformación no ocurre a pesar de las dificultades, sino muchas veces a través de ellas. Incluso la disciplina de Dios —que el profeta reconoce con honestidad— tiene un propósito redentor: guiar a sus hijos preciados por el camino correcto, al lugar donde caminarán en Sus huellas. Como buen Padre, Él nunca abandona, aun sabiendo que en nuestra inmadurez haremos lo que no debemos. Su amor incondicional nos devuelve siempre al lugar que en el fondo anhelamos, aunque lo hayamos buscado en lugares equivocados.
Aunque es invisible, Dios no es un Padre ausente. Por el corazón compasivo que tiene, nos alimenta, nos guía, nos enseña, nos ama, nos fortalece y nos provee. Cuando nos eligió, nos dio la morada del Espíritu Santo, que hace posible formarnos a la imagen de Cristo (Rom. 8:29) y nos capacita para andar en las buenas obras que Él preparó de antemano para nosotros (Ef. 2:10). Quiso lo mejor para sus hijos y envió a Su Hijo —la expresión exacta de Su naturaleza— para vivir una vida perfecta y enseñarnos cómo imitarla.
Caminar en ese propósito es el punto donde el corazón y el alma se alinean, porque el anhelo con que nacimos encuentra su lugar debido. No hay satisfacción duradera fuera de Su presencia. El calor de estar cerca de Él es el único lugar donde el alma descansa de verdad, y en Su bondad, Él quiere regalarnos esa satisfacción.
La única vida que trae satisfacción a Dios y a nuestra alma es aquella vivida en Su presencia, refugiada bajo la protección de Sus alas.
Su amor alcanza más allá de lo que podamos imaginar, y es poderoso para hacer «todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que obra en nosotros» (Ef. 3:20). Su sabiduría es tan perfecta que orquesta las circunstancias para llevarnos al lugar que fue cuidadosamente diseñado para nosotros, donde seremos los beneficiados.
No hay lugar tan perfecto como el seno de nuestro gran Dios. Rendirse a Sus manos no es pasividad ni resignación, sino el acto más sabio que un ser humano puede hacer: reconocer que el barro no sabe más que el alfarero, que el hijo no supera la sabiduría del Padre. «Pon tu delicia en el SEÑOR, y Él te dará las peticiones de tu corazón» (Sal. 37:4).
Esta promesa no es una fórmula de prosperidad, sino la declaración de una realidad espiritual profunda: cuando nos deleitamos en Él, nuestros deseos mismos son moldeados por Sus manos hasta coincidir con los Suyos. El barro ya no pelea contra el alfarero; descansa en él. Y en ese descanso, encuentra por fin el propósito, la protección y la plenitud que siempre estuvo buscando.
Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.
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