IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Faruk Gönendik en Pexels
Janet Adames de Lantigua • 8 abril, 2025
Vivimos en un mundo que ha hecho de la autosuficiencia una virtud casi incuestionable. La cultura nos empuja a presentarnos como personas capaces de resolver todo, a cargar con cada responsabilidad sin titubear y a no necesitar a nadie, ni siquiera a Dios. Sin embargo, debajo de esa fachada de control, muchos cargan en silencio con el peso del agotamiento, la ansiedad y la desesperanza. La fragilidad no desaparece cuando se disfraza de fortaleza; simplemente se vuelve más difícil de reconocer y más dolorosa de sostener.
Jesús mismo dejó en claro que la limitación humana no es el final de la historia: «Humanamente hablando, es imposible —les respondió Jesús—, pero para Dios todo es posible» (Mt. 19:26). Esta declaración no es un recurso retórico ni una promesa vaga; es una realidad que transforma la manera en que el creyente enfrenta sus circunstancias. La pregunta que vale la pena hacerse con honestidad es si realmente estamos viviendo desde esa convicción, o si seguimos intentando, en silencio, resolver por nuestra cuenta lo que solo Dios puede sostener.
La presión por «poder con todo» no es neutral. Cuando se convierte en la norma, sus consecuencias se vuelven devastadoras: la humildad ante Dios se erosiona, la búsqueda de éxito a toda costa alimenta una depresión que muchos nunca nombran, y los vínculos más cercanos —el matrimonio, la familia, las amistades— se quiebran bajo el peso de quien insiste en no necesitar ayuda. La autosuficiencia, lejos de ser una virtud, es una forma sutil de orgullo que nos desconecta del único que puede sostenernos de verdad.
La experiencia que la autora comparte es representativa de lo que muchos creyentes han vivido: «Durante mucho tiempo también me creí esa mentira. Quise ser fuerte por mí misma, llevarlo todo sobre mis hombros y demostrar que podía con todo. Pero en el fondo, estaba agotada y frustrada». El punto de inflexión llegó al reconocer que la fortaleza no depende de lo que uno puede hacer, sino de lo que Dios puede hacer en nosotros. La autosuficiencia solo roba la paz. Sin Dios, no hay fortaleza verdadera; solo un desgaste constante que deja vacío el alma.
La Palabra de Dios no deja lugar a ambigüedades en este punto: «Te basta mi gracia, pues mi poder se perfecciona en la debilidad» (2 Co. 12:9). Esto significa que no es nuestra capacidad la que nos sostiene, sino Su poder obrando en medio de nuestras limitaciones. Reconocer esto no es rendición en el sentido derrotista; es sabiduría.
Las Escrituras están pobladas de personas que llegaron a sus propios límites y encontraron allí la fidelidad de Dios. Ana clamó por un hijo en medio de su esterilidad y vio cumplida la promesa divina en la vida de Samuel. Rut lo perdió todo —su tierra, su esposo, su seguridad— y decidió confiar en el Dios verdadero; ese camino la llevó a un nuevo propósito que ella jamás habría trazado por sí misma. María recibió una promesa humanamente imposible y dijo sí, y en ese sí se cumplió la voluntad de Dios de una manera que transformó la historia entera. En cada caso, la confianza en Dios no eliminó la dificultad, pero sí la resignificó.
Dios sigue obrando hoy de la misma manera. Él ve cada lágrima, conoce cada lucha interna y cada temor que paraliza. Cuando intentamos resolverlo todo por cuenta propia, tarde o temprano llegamos al límite. Pero cuando confiamos en Él, esos límites pierden la última palabra, porque Él es el Dios de lo imposible.
Cuando confiamos en Dios, esos límites desaparecen, porque Él es el Dios de lo imposible.
Uno de los mayores obstáculos no es que Dios no pueda, sino que a menudo nos cuesta creerlo. La cultura forma personas que dependen de lo tangible, de lo que pueden controlar y predecir. La fe, en cambio, exige soltar: «porque vivimos por fe, no por vista» (2 Co. 5:7). Y eso no es un acto espontáneo; es una decisión que se renueva cada día, especialmente cuando las circunstancias no tienen sentido.
Creer no significa entender primero y confiar después. Significa confiar con la certeza de que Dios obrará aun en medio del proceso que todavía no comprendemos. Esa certeza se cultiva: en la oración, en la lectura de la Palabra —porque «la fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Cristo» (Ro. 10:17)—, en la comunidad de personas que también caminan en fe y en el recuerdo de la fidelidad de Dios en el pasado.
Fortalecer la fe no es algo pasivo. Requiere decisiones concretas: confiar a Dios los detalles pequeños y los desafíos grandes, rodearse de personas que edifiquen la fe y recordar que cada prueba es una oportunidad para conocer más a Dios.
Quizás hoy enfrentas una situación que parece no tener salida: un problema familiar, una crisis en el matrimonio, el peso de la crianza, un diagnóstico médico o una dificultad económica que no cede. La promesa de Dios no depende de tus emociones ni de tus circunstancias, sino de Su naturaleza inmutable. Él ha sido fiel ayer, lo es hoy y lo seguirá siendo. Puede traer paz en medio de la ansiedad (Fil. 4:6), restaurar lo que parecía perdido (Sal. 147:3) y convertir lo imposible en testimonio de Su gloria.
Si hasta hoy has intentado enfrentar la vida con tus propias fuerzas y has sentido que no es suficiente, esa sensación no es un fracaso: es una puerta. Dios te invita a confiar en Él. Hoy puedes comenzar con una oración íntima y sincera, y permitir que Su gracia te sostenga. Él sigue obrando. Su poder no tiene límites. «Porque nada será imposible para Dios» (Lc. 1:37).
Janet Adames de Lantigua es hija de Dios por Su misericordia. Es abogada de profesión, casada con Miguel Lantigua y madre de tres hijos. Es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve junto a su esposo en el ministerio de discipulado matrimonial.
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