IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Foto de Atahan Demir en Pexels
Janet Adames de Lantigua • 6 mayo, 2025
Existe una lucha silenciosa que muchos creyentes conocen bien: la tensión entre lo que el mundo exige y lo que el espíritu anhela. En medio de esa tensión, las Escrituras nos ofrecen algo más que consejos; nos ofrecen una historia. Es la historia de una mujer sin nombre cuya fe habló más alto que su pasado, y cuya entrega total ante Jesús dejó una huella imborrable en los evangelios. Su encuentro con Cristo en Lucas 7 no es solo una escena conmovedora; es un espejo en el que cada creyente puede reconocerse.
Porque esa historia también es la nuestra. Cada uno de nosotros lleva cargas, imperfecciones y un anhelo profundo de escuchar de labios de Dios las mismas palabras que aquella mujer recibió: «Ve en paz, tu fe te ha salvado» (Lc 7:50). Palabras que no se pronuncian sobre una vida perfecta, sino sobre una vida rendida.
Rechazada por la sociedad, aquella mujer no permitió que el juicio ajeno la detuviera. Entró a la casa de Simón el fariseo, se postró ante Jesús, lavó Sus pies con sus lágrimas, los secó con su cabello y los ungió con un perfume costoso. Lo que para los presentes fue un escándalo, para Jesús fue una declaración de fe. No era un gesto calculado ni una actuación religiosa; era una entrega total, un reconocimiento del poder redentor de Dios expresado con todo lo que ella tenía.
Esta es la naturaleza de la fe viva: no se queda quieta. Se mueve hacia Cristo, aun cuando hacerlo cueste la dignidad ante los ojos del mundo. Y Jesús, que ve el corazón, respondió no con juicio sino con gracia: «Tu fe te ha salvado; ve en paz» (Lc 7:50). No una paz frágil ni momentánea, sino la paz que solo puede dar Aquel que tiene autoridad para perdonar pecados y restaurar vidas.
Anhelamos que esa misma fe se refleje en cada paso de nuestro andar, y que esa paz —la que sobrepasa todo entendimiento— habite en nosotros mientras vivimos el propósito que Él ha diseñado para cada uno.
Las Escrituras no nos dejan con un bello ejemplo sin herramientas prácticas. Nos ofrecen pautas claras para fortalecer nuestra fe y vivir conforme a la voluntad de Dios.
Primero, alimentar la fe cada día con la Palabra viva. «Así que la fe viene del oír, y el oír, por la palabra de Cristo» (Ro 10:17). Nuestra fe no crece sola; necesita ser nutrida con la verdad. Hoy contamos con medios inigualables para acceder a la Biblia en múltiples versiones e idiomas. La pregunta no es si tenemos acceso, sino si somos intencionales en hacer el espacio para escuchar la voz del Padre cada día. No permitamos que otras voces dirijan nuestras vidas.
Segundo, abrazar la humildad que abre la puerta al arrepentimiento. Vivir arrepentidos no es vivir acusados, sino rendidos, permitiendo que el perfecto amor y perdón de Dios nos transforme. «Arrepiéntanse y conviértanse, para que sus pecados sean borrados, a fin de que tiempos de refrigerio vengan de la presencia del Señor» (Hch 3:19). El arrepentimiento no es una carga; es la puerta hacia la libertad.
Tercero, confesar la fe como una declaración de vida. «Si confiesas con tu boca a Jesús por Señor, y crees en tu corazón que Dios lo resucitó de entre los muertos, serás salvo» (Ro 10:9). Confesar a Jesús como Señor no es un trámite religioso: es abrazar una vida nueva, guiada por Su verdad y sostenida por Su amor.
Cuarto, descansar en la gracia que ya lo hizo todo. «Porque por gracia han sido salvados mediante la fe, y esto no proviene de ustedes, sino que es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe» (Ef 2:8-9). Nuestra salvación no es una meta por alcanzar, sino un regalo por recibir. Su gracia ha sido, es y será suficiente.
Vivir arrepentidos no es vivir acusados, sino rendidos, permitiendo que el perfecto amor y perdón de Dios nos transforme.
Caminar en el propósito de Dios no significa hacerlo todo, sino hacerlo con Él. En medio de las demandas de la vida moderna, Su Palabra nos recuerda que «todo tiene su momento oportuno» (Ec 3:1). No estamos llamados a la perfección, sino a la fidelidad. Jesús nos mostró cómo vivir con propósito, paso a paso, sin prisa y con obediencia.
Al soltar las cargas que no nos corresponden y enfocarnos en lo que Él nos ha confiado, encontramos descanso genuino. Si Dios nos ha llamado, también nos ha equipado, porque «Su divino poder nos ha concedido todo lo que necesitamos para la vida y la piedad» (2 P 1:3). Nuestra paz no proviene de lo que logramos, sino de en quién confiamos.
Como Jesús, que al final de Su misión pudo decir «Consumado es» (Jn 19:30), nosotros también podemos avanzar con la certeza de que, al caminar con Él, todo cobra sentido eterno. La misma transformación que aquella mujer experimentó está disponible para cada uno de nosotros hoy: acercarnos a Jesús tal como somos, con nuestras imperfecciones y cargas, y escuchar de Su parte esas palabras que lo cambian todo: «Ve en paz; tu fe te ha salvado».
Janet Adames de Lantigua es hija de Dios por Su misericordia. Es abogada de profesión, casada con Miguel Lantigua y madre de tres hijos. Es miembro de la Iglesia Bautista Internacional, donde sirve junto a su esposo en el ministerio de discipulado matrimonial.
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