IBI
Iglesia Bíblica de la Gracia
Hay pasajes de las Escrituras que se vuelven tan familiares que los leemos sin detenernos. Lucas 2:12 es uno de ellos: «Y esto os servirá de señal: hallaréis a un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Lo hemos leído en cada Navidad, lo hemos escuchado en cada sermón de Adviento. Pero precisamente en esa familiaridad se esconde el peligro de pasar por alto lo que Dios ha colocado allí con toda intención. Porque nada en la Palabra de Dios es accidental ni superfluo. Él es un Dios de propósito, y ese propósito alcanza hasta las palabras que eligió inspirar.
Por eso, cuando al estudiar un pasaje conocido aparece algo nuevo, la reacción natural es la maravilla. No porque la Escritura haya cambiado, sino porque es viva y, como bien dice el apóstol Pablo, nuestro Dios «es poderoso para hacer todo mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos» (Ef. 3:20). Lo que descubrimos no es nuevo; simplemente había estado oculto a plena vista.
La palabra griega traducida como «pañales» es sparganoó, que significa franjas anchas de tela. A primera vista, la explicación parece puramente práctica: un recién nacido necesita calor, protección, abrigo. Pero la historia del lugar donde nació Jesús revela una capa de significado mucho más profunda.
Belén no era un pueblo cualquiera. Era el lugar donde fue sepultada Raquel, una de las madres de las doce tribus de Israel. Era la tierra donde Rut, una mujer gentil, dio a luz a Obed, bisabuelo del rey David. Era la ciudad natal de ese mismo David, ungido allí como rey de Israel. Y era, además, el lugar donde se criaban y apartaban los corderos destinados al sacrificio en el Templo de Jerusalén. Muchos teólogos sostienen que Jesús nació en una cueva —del tipo que las casas de esa época tenían integradas y que servían también como establos—, precisamente el tipo de espacio donde esos corderos nacían y eran preparados.
La costumbre era significativa: para que un cordero llegara al Templo sin defecto, los pastores lo envolvían al nacer con tiras de tela confeccionadas de las túnicas viejas de los sacerdotes. Esas franjas lo inmovilizaban y lo protegían. Y fue exactamente así —envuelto en tiras de tela, en una cueva de Belén— como nació el Hijo de Dios.
Cuando los ángeles anunciaron a los pastores que «os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor» (Lc. 2:11), les dieron como señal precisamente ese detalle: las tiras de tela. Los pastores de Belén, acostumbrados a envolver así a los corderos del Templo, reconocerían la señal de inmediato. Quizás no comprendían del todo su alcance, pero Dios llevaba generaciones colocando piezas de ese rompecabezas: el Mesías sería judío, los gentiles estarían incluidos en la salvación, sería rey, sería pastor, y sería sacrificado para la remisión del pecado.
La señal de los pañales no clausura su significado en el pesebre. Al final de la vida terrenal de Jesús, el evangelio de Juan registra otro momento con esas mismas tiras de tela. Cuando Pedro entró al sepulcro vacío, «vio las vendas de lino puestas allí» (Jn. 20:6). Las telas que habían envuelto su cuerpo permanecían en su lugar, con la forma de su cabeza intacta. Cristo no las había desatado para escapar; simplemente las había trascendido. Comenzó su vida en una cueva y concluyó su vida terrenal en otra. Las telas que en el nacimiento señalaban su destino como cordero sacrificial, en la resurrección proclamaban su victoria sobre la muerte.
Nunca me imaginaría el significado que una franja de tela pudiera tener, a menos que estuviera tocada por la mano de Dios.
Las circunstancias del nacimiento de Jesús —una cueva, un pesebre, tiras de tela— nos recuerdan que incluso en un mundo caído y en condiciones que parecen poco ideales, la esperanza de Cristo prevalece y resplandece. Si algo tan aparentemente insignificante como una franja de tela puede cargar tanto significado cuando Dios la usa, vale la pena preguntarse: ¿qué está usando Él en nuestras propias vidas?
Hay detalles en nuestra historia, circunstancias que parecen menores o incluso sin sentido, que pueden estar cargados del propósito de Dios. Adorarle y pedirle que revele ese propósito es el punto de partida. Él no actúa por accidente. Todas y todos tenemos cosas escondidas a plena vista, y cuando miramos a través de Sus lentes, Él comienza a revelarlas.
Cathy Scheraldi de Núñez es doctora en medicina con especialidad en endocrinología. Es miembro, diaconisa y directora del ministerio de mujeres Ezer en la Iglesia Bautista Internacional. Además, conduce el programa Mujer para la gloria de Dios a través del canal de YouTube del Ministerio Integridad & Sabiduría. Está casada con el pastor Miguel Núñez.
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